Los personajes como ya saben no me pertenecen son de propiedad de S.M, yo solo los utilizo para dar vidas a mis locas ideas.
Capítulo beteado por Pulpi Mortensen, Beta EFF.
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Por el banner de la historia en especial a Karen Marie.
CAPÍTULO II
—Bella, cariño, ¿cómo les fue?
Escuché la voz preocupada de mi madre al otro lado de la línea, me mantuve en silencio, no tenía ánimos de explicar una situación que yo aún no asumía. Controlé el nudo en mi garganta, no quería llorar, conté hasta diez y le respondí:
—Mal mamá, ni Edward, ni yo somos compatibles. —Mi voz sonó contenida. Intenté controlar un sollozo, sin éxito.
Mi madre no dijo nada, con mi mano limpié mis lágrimas, inspiré con calma buscando controlarme, sabía que para ella también era difícil.
—Vamos amor. Hay que tener fe… Además, Nessy necesita que estés bien.
No le respondí, ella tampoco dijo nada.
De alguna manera el escuchar la respiración de mi madre al otro lado de la línea me calmaba. Mis padres eran un pilar fundamental en mi vida y en la de mi hija.
Luego de un rato, mi madre me preguntó:
—¿Qué viene ahora, bebé?
Tomé aire y me afirmé contra la pared, debía ser fuerte y explicarle a mi madre lo que seguía.
—Carlisle dice que hay que seguir buscando… Por eso deben realizarse los exámenes de compatibilidad para ver si pueden ser donantes… —expliqué. Las lágrimas seguían saliendo de mis ojos sin control, miré el techo y enfoqué mi mirada en punto fijo, quería dejar de llorar y a veces eso me funcionaba, conté hasta diez y continué—. O para descartarlos como tal.
—¡Oh, nena…! —respondió mi madre con voz afligida, sabía que también se estaba controlando para no llorar—. No te preocupes… Tanto Charlie como yo estamos dispuesto a ayudar en lo que sea… ¿Lo sabes, nena?
—Sí, mamá, lo sé… —respondí con un sollozo. «¡Malditas lágrimas!», con rabia volví a limpiarlas—. Gracias —dije finalmente.
—¿Cuándo podemos tomarnos las muestras? —preguntó mi madre.
—Carlisle dijo que lo mejor era que se acercaran cuanto antes a la clínica.
—Llamaré a tu padre para que vayamos… —Aparté el teléfono de mi oído, no quería hablar, me costaba hasta respirar del nudo que tenía en la garganta, volví a poner el teléfono en mi oído—. Bella, ¿estás ahí? —preguntó mi madre.
—Sí, mamá estoy aquí —le dije ya más tranquila.
—Todo saldrá bien… Ya verás, Nessy es una luchadora, lo sabes.
—Lo sé... —dije con resignación—. Mamá, te tengo que cortar, voy a ver a Nessy.
—Ok, nena. Dale un beso de mi parte.
No le contesté, sólo corté la llamada. Mi espalda se deslizó por la pared hasta llegar al suelo, dejé el teléfono a un lado, puse mis manos en mi cara y dejé salir el llanto que tenía. Lloré en silencio, las enfermeras que pasaban por mi lado, me miraban pero no decían nada, supongo que para ellas, que alguien llorara en los pasillos de la clínica era algo normal.
Cuando me calmé, me dirigí al baño, mojé mi cara, me miré en el espejo; mi aspecto eran horrible, mis ojos estaban rojos y tenía grandes surcos negros bajo los ojos, signos evidentes de la falta de sueño. Intenté arreglar el volumen mi pelo, pero fue imposible, lo amarré en una coleta, no había más opción.
Después de eso me dirigí al área de acondicionamiento previo y me vestí con el traje azul esterilizado. Nessy tenía sus defensas bajas producto del tratamiento al que estaba siendo sometida, por lo que Carlisle velaba porque todas las medidas preventivas se cumplieran al pie de la letra.
Mi hija se encontraba aislada en una habitación especialmente acondicionada para ella, esa era una de las ventajas de ser la nieta de una eminencia en la medicina.
Hacía dos meses que los pasillos de la clínica privada de Fork se volvieron mi segundo hogar. Conocía cada panfleto informativo que había colgado en las paredes, podía recitar los carteles que llenaban los diferentes diarios murales, había contado los azulejos de las paredes agrupándolos por tamaño, diseño o color; todas esos habían sido mecanismo de distracción, entre las esperas, ante alguna crisis o la toma de muestras para algún examen de mi hija, oportunidades en que los minutos se volvían horas.
Al llegar a la habitación 105 de pediatría, sólo esperaba que Nessy estuviera bien, sin dolores, sin sufrimientos.
Respiré hondo y entré. La habitación estaba iluminada, perfectamente limpia e higienizada. Reparé en la figura de Edward, quien estaba sentado al lado de la cama de Nessy, con la cabeza apoyada entre las manos. Cuando escuchó la puerta abrirse me miró.
—Nessy se acaba de quedar dormida —me dijo.
Yo sólo asentí.
Silencio.
Miré a mi hija dormir, estaba más pálida de lo normal. Su pelo comenzaba crecer nuevamente, su nariz respingona, sus labios en forma de corazón, era una pequeña yo, no se parecía mucho a Edward. O por lo menos eso era lo que todo el mundo decía.
Toqué sus pequeños brazos invadidos por los catéteres del suero. Tenía enormes hematomas, otra característica de la enfermedad que la aquejaba, una mueca de dolor se dibujo en su rostro, su sueño no era tranquilo.
Levanté mi vista y me encontré con la mirada de Edward.
Nos quedamos en un silencio incómodo.
Iba a comenzar a decir algo, pero se arrepintió, movió la cabeza en forma de negación.
—Olvídalo —dijo y en forma intempestiva se levantó y sin decir nada se fue. Lo observé irse y no hice nada por detenerlo, con Edward nunca se sabía.
Me senté en la silla que él estaba ocupando.
La habitación estaba tenuemente ilumina y en silencio, silencio que era perturbado por los ruidos de una clínica en constante movimiento.
Suspiré sonoramente. La noche sería larga, era mi turno de acompañar a Nessy.
La observé dormir.
«¿Qué quería decirme Edward?». Hacía mucho que no teníamos una conversación trascendental, sólo cruzábamos monosílabos y frases cortas, todo exclusivamente resumido a la salud o el tratamiento de nuestra hija. Habíamos vivido tantas experiencias juntos que era extraño no hablarle.
Había días en que me era imposible no sentirme melancólica, hoy era uno de ellos.
No podía dejar de extrañar a mi amigo, después de todo habíamos crecido juntos y desde que tenía memoria, él siempre había estado a mi lado y yo al suyo; consecuencia de que nuestras madres fueran mejores amigas, de que decidieran vivir en el mismo barrio y de que sólo nos lleváramos 6 meses de diferencia etaria. Un montón de eventos que de una u otra forma trazaron nuestra historia aun antes de que fuéramos conscientes de ello.
Me dolía verlo y no conversar y reír como antes, estar frente a él y no tener nada que decirle, ansiando que se marchara para que los momentos incómodos se acabaran. Si no hubiésemos tenido a Nessy…
Quizás todo sería más fácil, no estaríamos obligados a vernos, quizás el superarlo y seguir adelante, hubiese sido más fácil si no hubiese tenido que verlo constantemente, una de las formas más difíciles de olvidar a alguien era tenerlo cerca. Una experiencia que me enorgullecía haber superado con éxito, pero sin duda el término de mi relación con el padre de mi hija marcaba un antes y un después en mi vida.
Nuestra infancia había sido de ensueño, si bien nuestras familias no eran millonarias, teníamos una buena situación económica, vivíamos en un barrio residencial y en un pueblo tranquilo, lo que permitió que creciéramos en un ambiente familiarmente grato.
Yo era hija única de un jefe de policía y de una decoradora de interiores; Edward, por su parte, era hijo de un médico y de una organizadora de eventos; él tenía dos hermanos, Emmett, el mayor, no sólo en edad, sino que también en tamaño, y Alice, su hermana melliza, "la pequeña duende" como solíamos llamarla, sus hermanos también eran mis hermanos.
Crecimos juntos, nuestros días transcurrían entre su casa y la mía, pasábamos tardes enteras jugando en el pequeño parque que estaba detrás de mi casa. Generalmente se nos unían otros chicos del barrio, nuestros más comunes compañeros de juegos eran las hermanas Denal; Irina, Kate y la pequeña Tanya, Jake y sus primos. Todos teníamos edades similares, íbamos al mismo colegio, formábamos una gran pandilla, pero mi relación con Edward siempre fue especial, era mi mejor amigo, mi confidente, mi todo.
En un determinado momento de nuestra adolescencia y como si fuese natural y obvio, las cosas cambiaron y el cariño se transformó en algo más.
A él le di mi primer beso y yo fui a la primera chica que él besó.
A los catorce nos hicimos novios.
A los dieciséis perdimos la virginidad.
A los diecisiete nos embarazamos.
Y antes de cumplir los dieciocho, éramos padres.
Todo sucedió demasiado rápido, un día mi máxima preocupación era el color del vestido que llevaría en la fiesta de graduación y al otro, debía preocuparme de preparar biberones, cambiar pañales, llantos, noches sin dormir, fiestas a las que no pude asistir. La transición entre ser una niña sin preocupaciones y transformarme en una mujer con múltiples responsabilidades me pilló por sorpresa.
La primera vez que tuve a mi hija en mis brazos, me sentí abrumada, era tan pequeña y frágil, me daba miedo tomarla, creía que se rompería en cualquier momento, tan dependiente de mí. Quizás suene el cliché más grande del mundo, pero en verdad parecía que no hubiese pasado tanto tiempo desde ese día.
Sonríe inconscientemente al recordar el momento en que vi a mi hija por primera vez, había sido extraño, por nueve meses estuvo creciendo y desarrollándose dentro de mí, moviéndose, pateando, pero aun así, no había aceptado que sería madre hasta el día en que la tuve en mis brazos. En ese momento se volvió real, tangible, tenía un rostro, necesidades que yo debía cubrir. Me hizo crecer, dependía de mí, yo era responsable de esa pequeña vida, una vida que Edward y yo habíamos creado.
Por su parte Edward estaba feliz, durante todo el embarazo había esperado ansioso la llegada de su hija, había cumplido mis antojos, soportado mi mal humor, el odio de mi padre.
Fueron doce horas interminables de trabajo de parto, Nessy había pesado 2.505 gramos y medido 48 cm.
Acaricié el rostro de mi hija, era perfecta, mi pequeño gran milagro.
Una enfermera entró a la habitación, a cambiar el suero y revisar sus signos vitales, me aparté y la dejé hacer su trabajo. La mujer sólo me sonrió, yo le devolví una sonrisa que no llegó a mis ojos.
«Era tan frágil —pensé—, ahora más que nunca».
La enfermera me dijo que todo estaba bien y se retiró, me volví a sentar en la silla, velando el sueño de mi hija. Yo no tenía sueño, mañana el cansancio me pasaría la cuenta, de seguro andaría quedándome dormida en cualquier lado, siempre me pasaba lo mismo.
Tomé mi celular y revisé mi perfil de Facebook, tenía 20 notificaciones, dos solicitudes de amistad y dos mensaje, ignoré las notificaciones y las solicitudes de amistad, abrí los mensajes. Uno era de Lauren, una amiga de la universidad, y el otro de Garret, mi amigo con derechos, sólo me preguntaban cómo estaba Nessy y cuando iría a la universidad. Garret me reclamaba porque lo tenía abandonado. Sonreí, él siempre me hacia reír, no teníamos nada serio, pero lo quería. Había llegado a mi vida en un momento preciso, trayendo un poco de luz en momentos de oscuridad total.
El término de la relación que teníamos con Edward para mí fue difícil, él fue el que me dejó, fui yo quien se quedó queriendo.
Analizando las cosas en perspectiva y haciendo un mea culpa de todo lo sucedido con Edward, había llegado a la conclusión de que todo se había dado muy rápido, nos habíamos encontrado muy luego en la vida y habíamos fracasamos.
El embarazo y la posterior llegada de Nessy había complicado todo, tuvimos que saltarnos etapas, madurar, crecer. No estábamos preparados para ser padres, no era el momento, demasiada responsabilidad.
Amo a mi hija por sobre todas las cosas, pero llegó cuando aún éramos niños; evidentemente ella no era la culpable, fueron nuestras decisiones las equivocadas.
Suspiré.
Mi teléfono vibró, lo ignoré. Caminé hacia la ventana, eran poco más de las dos A.M. Mañana sería un día agotador, Nessy debía someterse a una nueva ronda de quimioterapia y aunque no daban el efecto esperado, ayudaba a mantener controlada la Leucemia.
Hacía casi seis años mi vida había cambiado, dos rayitas en un test casero de embarazo practicado en el baño de mi casa, había puesto fin a mi niñez y a la de Edward. Estábamos en el último año de preparatoria, ese año era decisivo para enviar solicitudes a las universidades y poder estudiar lo que queríamos, ninguno de los dos lo esperaba.
Yo me quería morir, me daba terror la reacción de mis padres, después de todo era la nena de la casa. Edward estuvo ahí, me apoyó y mientras lloraba en sus brazos, me dijo—: Estaremos juntos y todo saldrá bien, no te preocupes, mi amor… Solucionaremos esto.
Ese mismo día le habíamos contados a nuestros padres.
Mi madre y Esme lo tomaron bastante bien, no estaban felices, pero se resignaron con facilidad; por su parte, Carlisle, el padre de Edward, nos dio un sermón sobre los métodos anticonceptivos y regañó a Edward porque esa conversación la había tenido mucho antes con él, precisamente para evitar posibles embarazos y no concebía como era posible que aun con la información entregada hubiese sucedido. Mi padre, por su parte, nunca mostró su decepción, pero yo sabía que lo había decepcionado, lo veía en sus ojos cada vez que me miraba y veía mi vientre abultado.
Edward era un buen padre, cuando Nessy nació se trasladó a vivir a mi casa; era perfecto, él me ayudaba en todo, se encargaba de cambiarla, asearla y alimentarla. Teníamos una dinámica armada, él iba al instituto para lograr graduarse y yo rendí exámenes libres. Tuvimos éxito, los dos nos graduamos.
Pero debíamos pensar en nuestro futuro y nuestros sueños, sueños que debían adaptarse a nuestra nueva realidad. Éramos padres, no sólo debíamos velar por nuestro futuro sino que también por el de nuestra hija. El sueño de Edward era estudiar medicina como su padre; por mi parte, mi sueño era la abogacía. Habíamos planeado irnos a Nueva York. Viviríamos juntos en un pequeño departamento, nos graduaríamos con honores, seríamos exitosos y finalmente nos casaríamos. Pero eso ya no era posible, yo no pude irme a Nueva York, no podía dejar a Nessy por tanto tiempo.
Edward creía que podía compatibilizar sus sueños con ser padre, se negó a dejar de lado cualquiera de ellos. —No quiero culpar a Nessy de nada —me dijo una tarde, que discutíamos nuestro futuro—: Sé que si me quedo acá, en algún momento culparé a mi hija de no poder alcanzar mis sueños y no quiero eso. Quiero poder darle un futuro mejor a mis chicas, ¿me entiendes, Bella? Dime que me apoyas, nena. —Yo tampoco quería que mi hija o yo fuésemos culpables de la frustración o el fracaso de Edward, lo amaba y anhelaba el proyecto de familia que planeábamos para nuestro futuro, lo apoyé por eso, porque lo amaba.
El día que fuimos a despedirlo al aeropuerto, fue difícil. —Todo esto es por nuestro futuro, por los tres —me dijo antes de abordar el avión que lo alejaría de mí. Se suponía que él estudiaría, sería el mejor, volvería, nos casaríamos y seríamos la perfecta familia del comercial de mantequilla. Pero esos planes nunca se cumplieron.
Nessy se removió incómoda en la camilla, miré mi reloj de pulsera eran las tres y quince minutos de la madrugada.
—Mami, quiero agua —me dijo, mientras aun mantenía los ojos cerrados.
Caminé hasta su lado y la ayudé a beber agua. Después de eso se volvió a dormir. Me volví a sentar en la silla junto a la cama, recosté mi cabeza en la cama de mi hija y sin darme cuenta me dormí.
El llanto de mi hija me sacó de pensamientos. Y a penas alcancé a reaccionar y poner la cubeta de los vómitos, vació su estómago con violencia.
Después que hubo terminado la limpié y le di un beso la frente. La acaricié hasta que se hubo calmado
—¿Mami? —me dijo.
—¿Sí, bebé?
—¿Mi papi dónde está? —preguntó mientras con la mirada buscaba a Edward en la habitación.
—Se tuvo que ir.
—Ah… —me dijo con tristeza. Nessy amaba a su padre—. ¿Mami?
—¿Sí?
—¿Me puedes leer un cuento?
—¿Cuál quieres, mi amor?
—Uno de Minnie.
Busqué entre sus libros hasta encontrar el de las actividades de la casa de Mickey Mouse, su preferido. Me senté en la cama junto a ella para ayudarla a realizar las diferentes actividades del libro.
Hasta que se cansó y nuevamente se durmió.
La noche fue larga, dormí por momentos, siempre atenta a las necesidades de Nessy, ya que en cualquier momento, una nueva crisis se podía desencadenar. Sus movimientos intranquilos, sus quejidos, los vómitos, las enfermeras que interrumpían cada dos horas para cambiar el suero o suministrarle algún medicamento, ver sus signos vitales, monitorearla. Me hundí en un sueño intranquilo, siempre deambulando entre la inconsciencia y los sonidos que escuchaba fuera de la habitación. El llanto lejano de algún niño, los sonidos de camillas moviéndose por el pasillo, los murmullos de las enfermeras, etc. Ya en la madrugada, el cansancio pudo más y me perdí en las sombras oníricas de mi inconsciente.
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