CAPÍTULO III
El trabajo en La Botica no era tan horrible como pensó en un principio. Su día a día consistía en elaborar pociones sencillas, en su mayoría de carácter curativo, y sólo tenía dos compañeros que apenas le hablaban para saludarle o despedirse y el resto del tiempo le dejaban tranquilo. El lugar donde trabajaba, en el sótano justo debajo de la tienda, estaba plagado de todo tipo de ingredientes y de manuales fascinantes. No es que hubiera ninguno de magia oscura, pero sí muchos moralmente cuestionables. Además, dada la poca vigilancia que tenía, podía fabricarse su propia poción calmante y llevársela a casa. Hacía años que no la tomba, excepto alguna noche aislada en la que las pesadillas no le dejaban dormir, pero desde que había regresado a Londres y había tenido que enfrentarse a la enfermedad de su madre y al hecho de vivir en Malfoy Manor, era raro el día que no tenía que tomarla para tener un sueño reparador. No es que le gustara depender de ella para vivir tranquilo, pero no estaba dispuesto a pasar las noches en vela y a despertarse entre sudores fríos, ya le daba bastantes vueltas a la cabeza durante el día. Y luego estaba su padre. Había ido en dos ocasiones a Malfoy Manor para verle pero él no había querido recibirle. Esa tarde, en el corto espacio de tiempo que disponía para comer, Draco decidió probar suerte otra vez.
Se apareció en el hall de la mansión y en seguida la elfina se presentó delante de él, haciéndole una exagerada reverencia que le hizo tocar la alfombra con la nariz.
-Buenas tardes, señor Malfoy.
-¿Dónde está?
Preguntó Draco, aunque en realidad era una pregunta absurda. Ya lo sabía. Las veces anteriores le había pedido a la elfina que fuera a llamarle, pero ahora no estaba dispuesto a recibir un no como respuesta. Enfiló las escaleras que dirigían al piso de arriba y las subió con decisión. Detrás de él podía oír los pequeños grititos de histeria de la elfina, que no se atrevía a detenerle pero que sabía que a su amo no le gustaría esa visita. Llamó un par de veces a la puerta del dormitorio de su padre y al no obtener respuesta, entró. Recorrió la estancia con la mirada hasta que lo encontró, sentado en uno de los sillones próximos a la ventana.
-Hola, padre.
Lucius apenas le miró de reojo, se levantó y se sirvió una copa de whisky. Draco observó que la botella estaba casi vacía.
-¿Qué haces aquí?
Su voz estaba tomada por el alcohol y su aspecto era horrible. Estaba más delgado, pálido y ojeroso de lo habitual, y una atisbo de barba le sombreaba el mentón.
-He venido a ver cómo estabas.
-¿Tú qué crees?.- gruñó él.- Vete de aquí, Draco, quiero estar solo.
-¿Es así como quieres terminar tus días, borracho las veinticuatro horas y encerrado en tu habitación?
-Es mi problema.- Lucius le dio la espalda y empezó a mirar por la ventana.
-Mira...- comenzó a decir Draco, tratando de suavizar el tono de su voz- sé que nada de lo que diga va a hacer que duela menos. Has perdido a tu mujer, y yo he perdido a mi madre.- se detuvo, tratando de que su voz sonara clara y sin titubear.- Pero ella no querría vernos así.
Lucius se dio la vuelta de repente y le miró con un deje de locura en sus ojos grises, tan parecidos a los suyos. Draco retrocedió un par de pasos instintivamente.
-¿Ahora te preocupas por lo que ella querría?.- espetó.
-¿De qué hablas?
-Llevabas años sin verla, ¡¿Y ahora te preocupas de lo que ella querría?!.- repitió, alzando la voz- Sé lo que te pasa, Draco. Te sientes culpable y crees que viniendo aquí podrás redimirte y sentirte mejor.
-¿Culpable?.- replicó Draco, furioso.- ¿Culpable por no venir e verte? Oh no, padre, hace años que dejé de sentirme culpable por eso.
-No, querido, no hablo de mí, hablo de tu madre- contestó Lucius, casi susurrando. Esbozaba una pequeña sonrisa como si decirlo le produjera una enorme satisfacción. - La abandonaste todos estos años, te fuiste lejos de aquí y has regresado sólo para verla morir.
-Cállate.- dijo Draco, incapaz de seguir escuchándole. Sentía la rabia trepando por su garganta y los ojos al borde de las lágrimas. Pero no quería llorar delante de él, no quería ser débil ante su padre, no como antes.
-¿Te duele que te digan la verdad?.- Lucius seguia con esa mirada desquiciada.- Te fuiste, hijo, y ahora pretendes que todo vuelva a ser como antes. Pero no vas a redimir tu culpa conmigo.
-¿Cómo te atreves a hablarme tú de culpa? .- preguntó Draco, con ira.- No soy yo el que debería sentir remordimientos por mis actos. No soy yo el que destrozó esta familia.
-¿Destrozar?.- su padre se acercó deprisa, quedando a escasos centímeros de su cara. Draco podía oler su aliento teñido de alcohol.- Hice todo lo que hice por vosotros, para que nunca os pasara nada. Os protegí porque eráis mi familia, y cuando todo empezó a ir mal, te largaste. No eres digno de llevar nuestro apellido.
-Te aseguro que no es algo que lleve con dignidad.
-Oh sí, ahora que tratas de encajar en la sociedad y de ser un simple y mediocre mago que se junta con escoria muggle, te averguenzas de llevar nuestro glorioso apellido. ¿Qué haces aquí entonces? ¡Fuera!
Draco le dirigió una última mirada de desprecio y se desapareció de la habitación. Aterrizó en una callejuela próxima al Callejón Diagón y se apoyó contra el muro. La rabia y las lágrimas que no había querido derramar delante de su padre salieron a borbotones, y ahogó un grito para no llamar la atención, porque de buena gana se habría liado a patadas y a puñetazos con todo lo que encontrara a su paso. Las palabras de su padre resonaban en su mente, clavándose como cuchillos. No creía haberle odiado más que en ese momento. La muerte de su madre estaba demasiado reciente y su recuerdo cobraba cada día más fuerza, recordándole que todos esos años perdidos, sin verla, serían imposibles de recuperar.
Cuando volvió al trabajo, aún alterado, rebuscó en su armario de ingredientes buscando dos muy concretos. No podía trabajar en esas condiciones, y mucho menos podía permitir que nadie le viera así de nervioso, así que se tomó un mezclado de tebaína y morfina, que combinados en su justa medida eran más potentes que una poción calmante estándar y, sobretodo, se notaban los efectos más rápido.
Pasó el resto de la tarde enfrascado en elaborar Esencia de Díctamo, y fueron varias las ocasiones en las que se sintió algo mareado y con dificultad para enfocar la vista. Se temió haber tomado una dosis más alta de lo recomendado. Sólo lo habia probado un par de veces antes, cuando el imsomnio y las pesadillas rozaban un punto insoportable, y lo cierto era que no recordaba bien las cantidades. Aún así, terminó su jornada laboral y se desapareció hasta su apartamento, pero dado que su mente no estaba en las mejores condiciones y no era capaz de concentrarse en el lugar de destino, no se apareció dentro, si no fuera, a escasos metros de su puerta.
-Hola Malfoy.
Escuchó una voz femenina a sus espaldas y se sobresaltó.
-Joder, Granger- se llevó la mano al corazón y trató de recuperar una respiración normal. Ella le escudriñó con la mirada desde su posición mientras cerraba la puerta de su apartamento, dispuesta a marcharse a alguna parte.
-¿Te encuentras bien?
-Claro que me encuentro bien.- espetó Draco, algo más duro de lo que hubiera deseado, pero nada más decir aquello sintió un súbito mareo que hizo que tuviera que apoyarse con la mano en la pared para no caer.
-Malfoy, ¿Qué te pasa?
-No me pasa nada.
Draco se esforzó por levantar la cabeza, aunque ésta le daba vueltas, y fingir normalidad. Retiró el brazo de la pared, pero seguía mareado y tras tambalearse se cayó de rodillas al suelo. Hermione se acercó veloz como un rayo y le ayudó a levantarse.
-Claro que te pasa algo. Tenemos que ir al hospital.
Draco se soltó de su agarre con brusquedad, pero Hermione volvió a tomarlo del antebrazo. Toda su cabeza parecía un torbellino y sus ojos no eran capaces de enfocar las cosas, ni si quiera veía bien el rostro de Hermione aunque lo tuviera a escasos centímetros de distancia. Antes de que pudiera replicar nada, Hermione hizo que ambos se desparecieran y aterrizaran en la Sala de Espera de San Mungo. A partir de ahí las escenas que se sucedieron fueron confusas e indefinidas. Draco se dejó llevar por una enfermera que le sentó en un minúsculo cubículo y empezó a sacarle sangre del brazo. Hermione también estaba allí, muy quieta, mirando fijamente todo el proceso, parecía que hasta preocupada. Pasados unos minutos una sanadora de bata blanca y aspecto severo apareció con una libreta entre sus manos. Su mirada iba de el papel a Draco sucesivamente.
-Señor Malfoy, tiene una peligrosa dosis de tebaína y morfina en su torrente sanguíneo.- la mujer lo miró desde arriba, con sus gafas de media luna en el puente de la nariz, y Draco se sintió como un niño que hubiera hecho una trastada. Evitó girar la cabeza hacia la derecha para no encontrarse con la mirada de Hermione.- ¿Ha tomado alguna poción que contenga estos ingredientes en las últimas veinticuatro horas? Es importante saber si estaba adulterada y qué cantidad tomó para...
-La fabriqué yo mismo.
Sintió a Hermione dar un pequeño respingo ante tal revelación. La sanadora asintió sin decir nada y anotó algo en su libreta.
-Es peligroso fabricar pociones con este tipo de ingredientes, señor Malfoy, el mínimo error y podría haberse quedado en coma, o algo peor.
-Trabajo fabricando pociones, señora, sé lo que hago.
-Es evidente que no...
-Fue un fallo, nada más.- replicó Draco, enfadado por la insolencia de la mujer- ¿Puedo irme ya?
Ella hizo un mohín, apuntó algo más en su libreta, y asintió con la cabeza.
-Pueden irse, pero no se quede solo en las próximas horas, y coma algo, le ayudará a recuperar fuerzas. Es posible que siga sintiendo mareos y la cabeza abotargada, pero se le irán pasando los efectos poco a poco. Si se siente demasiado débil o no puede pensar con claridad, acuda al hospital de nuevo.
Draco dio las gracias a regañadientes, se bajó las mangas de la camisa y enfiló sus pasos en dirección a la salida. Hermione le siguió muy de cerca, podía escuchar sus taconeos esforzándose por alcanzar sus pasos.
-Malfoy...
Le llamó, pero él hizo caso omiso. No podía creer que todo eso le estuviera pasando en frente de Hermione Granger, era de lo más humillante.
-¡Malfoy!
Le llamó de nuevo, esta vez con un tono más alto y autoritario, y él tuvo que darse la vuelta.
-¿Qué?
-¿A dónde vas?
-A mi casa.
-La doctora ha dicho que tienes que comer algo. La cafetería está por allí.
Draco la observó allí plantada, con los brazos cruzados y los labios muy juntos en una mueca de enfado. Por muchos años que hubieran pasado, seguía siendo una sabelotodo.
-No pienso comer en la deprimente cafetería de un hospital. Iremos a otro sitio.
Hermione asintió, un poco sorprendida de que hubiera accedido tan rápido, y los dos salieron del hospital para entrar en la primera cafetería que vieron abierta. Se sentaron en una mesa próxima a una chimenea y Draco pidió un sándwich y Hermione un té.
-Oye, Granger, no tienes que acompañarme a pesar de lo que ha dicho la sanadora, estoy bien.
-Hace unos minutos casi te desmayas, no voy a irme a ninguna parte. Además, ya he avisado de que no iría a la cena.
-¿Tenías una cena?
-Sí, pero da igual, voy a quedarme contigo. Sé que te molesta mucho, pero es lo que hay.
-Yo no he dicho eso.
Hermione le miró en silencio y dio un largo sorbo a su bebida. Draco se terminó el resto del sándwich rápido y en silencio y después los dos se desaparecieron hasta el piso de él.
-Deberías descansar. Puedes irte a dormir, me quedaré un rato aquí sin molestar.
Él la miró en silencio durante un largo rato, extremadamente serio, hasta que Hermione comenzó a sentirse incómoda.
-¿Por qué haces esto Granger?
-¿El qué?
-Ayudarme.
-Lo haría con cualquiera que tuviera un problema.
-Yo no tengo un problema.
-¿Por qué tomaste esa poción entonces? Por lo que dijo la doctora, parece peligrosa...
-Ha sido un error en las cantidades y no volverá a ocurrir.- dijo Draco, sin estar dispuesto a ahondar más en los motivos.- Tienes razón, será mejor que descanse algo. Ya que no vas a dar tu brazo a torcer y vas a quedarte, ponte cómoda.- extendió el brazo para señalar el sofá y se perdió por el pasillo en dirección al dormitorio. Hermione se quedó sola en el salón. Si alguien le hubiera dicho que un día estaría en la casa de Malfoy vigilando de que éste se encontrara bien, no se lo habría creído en cien años, pero si se iba ahora y le pasaba algo jamás se lo perdonaría. Se sentó en el sofá y sacó el libro que estaba leyendo de su bolso, dispuesta a permanecer allí el tiempo que hiciera falta.
oooooooooooooooooooooooooooooo
Draco sintió el frío envolviéndole, y cuando abrió los ojos sólo encontró oscuridad. Parpadeó varias veces tratando de encontrar algún punto de luz, pero no había nada. Todo estaba sumido en un espeso silencio. Avanzó unos pasos a ciegas y fue entonces cuando escuchó un grito agudo, y luego otro aún más fuerte, hasta que la intensidad fue tal que tuvo que taparse los oídos para soportarlo, pero el volumen aumentaba y seguía aumentando. "Asquerosa sangresucia". Era la voz de su tía Bellatrix, que se entremezclaba con los gritos, y después sus ojos, grandes y negros, de largas pestañas, fijos en él. Lo miraban desde todas partes. Draco corrió tratando de escapar, pero cuando abrió la puerta que estaba al final del pasillo, apareció en el salón de Malfoy Manor. En el suelo, tirada en la alfombra, estaba Hermione chillando y con lágrimas corriéndole por las mejillas. Bellatrix estaba encima de ella con la varita en alto, grabando "sangresucia" en el blanco y liso antebrazo de Hermione.
-¡NO!.- Draco se despertó de golpe, con una oprimente sensación en el pecho que casi no le dejaba respirar. Apartó las sábanas de un manotazo y salió de la cama, tratando de encontrar su varita, pero entonces la puerta del dormitorio se abrió, dejando entrar la luz del pasillo.
-¿Estás bien? .- Hermione se acercó hasta él, deprisa- ¿Te encuentras mal?
Draco negó con la cabeza, sin decir nada, y cuando miró a Hermione, su cara medio en penumbra, la pesadilla se hizo aún más visible y real, a pesar de que estuviera despierto. Ella dio la luz.
-¿Estás seguro?
-Sólo ha sido una pesadilla.- se excusó él, avergonzado.
-¿Suele la poción provocarte pesadillas?
-Si la tomo es precisamente para no tenerlas.
Draco volvió a sentarse en la cama y hundió la cara entre las manos, tratando de serenarse. Hermione se sentó a su lado.
-¿Y son siempre las mismas?
-No, pero todas acaban con la misma sensación.
-Son sobre…¿La guerra?
Draco no respondió, pero bajó la mirada hacia el brazo de Hermione, cubierto por la suave tela de la camisa que dejaba entrever un trozo de piel.
-Ya no está.- susurró, sin poder apartar la mirada.
-No.- respondió ella, sabiendo perfectamente a lo que se refería.- ¿Era con eso con lo que soñabas?
Draco se mantuvo quieto, mirando su antebrazo, hasta que la sensación de culpa fue tan insoportable que tuvo que apartarse. Se levantó de golpe y trató de recomponerse.
-Gracias por quedarte, Granger, pero…ehm… ya estoy bien.
-¿Estás seguro?.- Hermione también se levantó y se colocó en frente de él, aunque Draco le reuhía la mirada.
-Sí.
Ella asintió y fue al salón a recoger sus cosas. Cogió el abrigo y el bolso y se dirigió a la puerta.
-Si te encuentras mal, avísame, por favor.
-No hará falta. Pero gracias de todas formas.
Hermione se marchó a su casa, tratando de procesar lo que acababa de ocurrir allí dentro.
