Re-subido.

No tiene contenido nuevo, tan solo palabras corregidas. Esta noche sin falta cuelgo el nuevo, gracias por la gente (si la hay) que continua la historia, y me ha pedido que siga escribiendo.

CAPÍTULO 6

- Regina - comenzó a decir la rubia.

Aún así, ya era demasiado tarde, Regina caminaba de camino a su casa, la cual estaba destrozada, tanto como interiormente lo estaba ella misma.

- Yo me encargo de este de aquí - le dijo David a Emma mientras le ponía las esposas a Jorge.

La rubia se giró hacia donde Regina se había marchado, pero tan solo pudo ver una puerta blanca con el número 108 dorado cerrándose estrepitosamente.

- Emma, será mejor que la dejemos sola - le dijo Mary Margaret dulcemente.

- Puede que sea lo mejor - contestó Emma frunciendo las cejas.

Desde que había entrado en su casa se había quedado apoyada en la puerta. No podía dejar de pensar que no era capaz de sentir el contacto de la madera en sus manos, se giró lentamente y apoyó su espalda contra la blanca puerta, sintiendo de nuevo, nada. Comenzó a llorar. Y lo hizo aún más intensamente cuando se dio cuenta que tampoco sentía como le debían estar recorriendo las lágrimas sus rosadas mejillas. Se dejó caer hasta el suelo y continuó llorando un buen rato, tirada en medio de la entrada de su casa. Todo era un desastre, su casa estaba hecha un asco y su vida daba asco.

Pero no podía parar de culparse por ello, se lo había buscado. El karma le devolvería todo el mal que había causado, nunca había creído en él, pero empezaba a hacerlo.

Su llanto aumentó.

No debería haber hecho todo lo que había hecho en su pasado.
¿Pero porqué sentía remordimientos, si nunca antes los había sentido?
Se miró sus propias manos. Su vista era borrosa a causa de las lágrimas que continuaban brotando de sus ojos. De pronto, se levantó y se dirigió a la cocina. Fue directa al fregadero. Y abrió el grifo, dejó que el agua saliera hasta que pasó de estar fría a caliento y posteriormente a arder. Agarró un estropajo y metió sus manos y brazos dentro.
Nada. No sentía el contacto de su piel con el agua. No notaba su piel siendo abrasada.

Tan solo sentía dolor.

Por aquello, y por todo.


- ¿Como estás? - le preguntó Emma a su madre mientras entraban por la puerta del apartamento.

David se había llevado a Jorge, se lo entregaría al hada azul, ella se encargaría de el.

- Bien cariño - contestó con su habitual dulzura - ¿pero como estás tu?
La miró con una cara inquisitiva.

- Bien.

- ¿Bien?

- Sí

- Emma, estuviste recluida por un psicópata demente, te dislocaste un hombro, te dispararon, y estás, ¿bien?

- Todo lo bien que se puede estar cuando no se esta acostumbrada a ese tipo de cosas.

- Emma - dijo con tono mas serio.

- ¿Qué quieres que te diga?

- Empieza contándome como te sientes – le dijo lentamente.

- Como me siento… ¿La verdad? La verdad, es que tengo ganas de llorar, y muchas - dirigió su mirada hacia arriba, un intento para que su madre no viera las lagrimas que empezaban a brotar de sus ojos, suspiró - y no paro de sentir lástima, tristeza por Regina. Cuando estábamos allí, en el cobertizo, antes de que me interpusiera entre la bala y ella, anterior a eso, Regina estaba dispuesta a dar su vida. A morir por mí. Interpuso su propia integridad a la mía. Esta sufriendo a causa de la reclusión que le provocamos en si misma. ¿Hasta que punto es ella la malvada y nosotros los buenos? ¿Hasta que punto somos diferente de ella Mary Margaret? Estamos provocando la infelicidad de una persona, una persona, que sí, ha matado, ha conspirado para matarte, pero, ¿hasta que punto esa persona, la que me separó de ti y de David, que construyó una maldición que nos trajo a todos aquí, hasta que punto, esa persona es cercana a la persona que había hoy, delante de la casa con una puerta blanca y un 108 dorado en ella?

- ¡Mamá! - gritó Henry entrando a toda prisa al apartamento.

Emma se secó las lágrimas rápidamente para que su hijo no se preocupara.

- Mirad a que bribón me he encontrado merodeando por los alrededores - dijo David.

Henry se lanzó para abrazar a Emma, y la achuchó con toda su fuerza. La rubia gimió de dolor.

- Cuidado chico o se me volverá a dislocar.

- Lo siento - dijo mientras se separaba - mamá, lo siento, de verdad – dando a entender una disculpa que no era debida al achuchón, sino a la distancia que había provocado entre ellos.

- No Henry, lo siento yo, no debí mentirte, y no lo volveré a hacerlo, pero no te separes nunca más de mi lado.

Henry volvió a romper los centímetros que los distanciaban y abrazó a su madre, esta vez con cuidado. Madre e hijo volvían a estar unidos.

Emma se separó unos centímetros para posar su mano derecha en el semblante del niño y darle un dulce beso en la frente.

- ¿Cómo estás? – preguntó una voz que hasta ahora Emma no había notado presencia alguna.

Levantó la mirada y pudo ver como Neal estaba de pie, quieto, en el lindar de la puerta.

- Ahora mucho mejor – contestó mirando a Henry.

Neal asintió en forma de comprensión.

- Chico, tengo una idea – dijo Emma.

- ¿Cuál? – Preguntó Henry asombrado – no suele tener muchas.

- Muy gracioso – dijo mientras removía el cabello del niño – ¿Qué te parece si vamos a hacerle una visita a Regina?

- ¿Enserio? – preguntó Henry casi chillando de la ilusión – pero si me dijiste que… bueno… que después de lo que pasó, de lo que nos enteramos… no querías que volviera a saber de ella.

-Cierto, lo dije, pero no obstante, me he dado cuenta que la gente cambia y estoy segura que le hará mucha ilusión verte, estoy segura que le hará feliz.

Henry no pudo evitar dibujar en su cara una gran sonrisa de felicidad mientras Emma y él se dirigían a casa de Regina.


Regina abrió los ojos lentamente y pudo ver como la oscuridad cernía su casa, estaba completamente a oscuras, no podía ver prácticamente las sombras de los muebles y aunque bajó la mirada para observar sus manos y brazos no pudo distinguir donde empezaba uno y donde acababa el otro. Era capaz de notar los latidos de su corazón fuertemente en sus extremidades superiores. Sentía como ellas ardían, como dolían. Debía tener la piel al rojo vivo y agradecía que la oscuridad se hubiera apoderado de la luz, porque no quería mirar, darse cuenta, de lo que había hecho.

¿Quizás se estaba volviendo loca? Quizás era eso.

La magia siempre conlleva un precio. Puede que ese fuera el precio: la locura.

Moriría sola y loca.

¿Qué pensaría la antigua Regina, la que tenía magia, sobre la que estaba tirada en el suelo de su cocina, con brazos y manos al rojo vivo, y sin magia?

Eres una estúpida, una pusilánime.

Sí, algo así diría.

Y ahora empezaba a hablar consigo misma. Suspiró. Lo que le faltaba. Cerró los ojos en busca del Nirvana.

Pero el sonido del timbre de la puerta resonó e hizo eco por toda la enorme casa, impidiendo, que encontrara la paz consigo misma. No obstante, no se movió, se quedó quieta donde estaba.

- Regina, abre, sé que estás ahí, te he traído una sorpresa – dijo mientras volvía a picar y acto seguido aporreaba la puerta.

¿Una sorpresa? Espérate que me ría. Dijo para ella misma

- ¡Mamá! – gritó Henry.

Regina contuvo el aliento. Si más no, Henry era lo último que se esperaba ahí fuera. Se levantó a duras penas, apoyándose donde podía. Aunque no pudiera ver nada, se sabía el recorrido de toda la casa de memoria y era capaz de caminar por ella sin llegar a chocarse. Lo cierto, es que estaba agotada, cansada, no era capaz de recordar cuando había sido la última vez que había podido dormir bien.

Llegó hasta la puerta blanca y se quedó apoyada en ella, en silencia, quieta.

- ¿Mamá? – preguntó extrañado el chico ante tal demora.

- Regina ¿estás…? - comenzó a decir la rubia.

- Marchaos – contestó la morena a través de la puerta.

Lo que más necesitaba en ese momento era abrazar a ese niño, pero lo estaba empujando a que se marchara, lo cierto era que no quería que la viera en las condiciones que se encontraba.

- Fuera de mi jardín – prosiguió lentamente con un tono más duro.


Dos semanas después.

Emma había conseguido que su hombro se recuperara. Tenía alguna molestia, pero había soldado bien. El médico le había asegurado que dentro de poco no le dolería lo más mínimo.

En cuanto a Henry, estaba triste, decaído, ella intentaba junto con Neal animarlo, pero aunque había veces que conseguían distraerlo, pronto volvía a dibujarse tristeza en su cara. Emma sabía a qué era debido. Henry estaba preocupado por Regina, y la rubia también.

¿Cuándo había dejado de querer ver a su hijo?

Era una pregunta que no alcanzaba a responder y realmente no conseguía poder verle sentido. Henry para Regina había sido su motivo de lucha y vida.

¿Qué le estaba pasando a Regina?

Habían sido catorce veces las que Emma había ido a picar a su casa. Cada día durante las últimas dos semanas, Emma había caminado hasta la puerta blanca con la intención de que la morena le abriera la puerta, en vano. Todas y cada una de ellas en vano.


Emma entrecerró los ojos. Era de noche y había estado durmiendo hasta que el sonido de alguien picando a la puerta del apartamento la despertó. Se quedó plácidamente en la cama sabiendo que uno de sus padres abriría la puerta. Oyó voces abajo pero no pudo distinguir de quiénes eran. Pocos minutos después se encontró a que alguien entraba en su habitación sigilosamente, intentando hacer el menor de los ruidos.

Bordeó la cama donde estaba durmiendo y dejó caer un peso a su lado. Emma, haciéndose la dormida, se giró hacia el otro lado y pudo ver como Neal arropaba a un Henry totalmente dormido, a su lado.

Emma sonrió.

Puede que fuera eso lo que captó la atención de Neal.

- No quería despertarte – susurró haciendo una mueca.

- Tranquilo – contestó en voz baja Emma - ¿Cómo has conseguido, dejarlo así?

Preguntó mientras señalaba a Henry.

- Buena pregunta – contestó Neal mientras asomaba una sonrisa en su cara mientras miraba al niño – te dejo descansar, adiós.

- Adiós.

Y sin más dilación, Neal cogió y se marchó.

Desde que pasó lo del cobertizo, se habían distanciado, no habían hablado del beso que se dieron. Básicamente, no habían entablado una conversación más allá de Henry.

Fue por eso que Emma se vio cambiando su pijama por ropa de calle y su chaqueta roja. Pocos minutos después se vio cambiando su cama, por el frío aire de la calle que indicaba que el crudo invierno de Maine se acercaba.

Les había dicho a sus padres que se había desvelado y necesitaba tomar el aire. Pero Emma sabía que tampoco eran muy tontos como para no atar cabos y empezar a imaginarse cosas. Veía venir una charla familiar. Emma suspiró.

- Neal – dijo Emma en voz alta mientras le alcanzaba y obligaba a detener su paseo.

- ¿Qué haces aquí? – preguntó sorprendido.

- Me he desvelado – le contestó – y quería hablar contigo.

- Yo también, llevo tiempo buscando el momento para intentar comenzar una conversación contigo, pero se ve que no lo he encontrado.

- Bien, entonces, empieza tú.

- Vale, ¿qué somos? Quiero decir, un día nos besamos, nos decimos que nos queremos y al siguiente, no hablamos… cero.

Emma asintió repetidas veces, no sabía qué responder a aquello.

- Yo te quiero – confesó, intentando empezar la explicación por ahí – te quiero, pero no sé hasta que punto deseo comenzar algo.

Neal asintió lentamente en modo de compresión.

- Lo que quiero decir, es que, no me veo, no estoy lista para retomar la historia que tuvimos. No estoy lista para continuar donde lo dejamos. Y lo último que quiero es hacerte daño.

- No, te entiendo – dijo suavemente – no podemos forzar algo sabiendo que saldrá mal.

- Te he dicho antes, que te quiero – dijo lentamente Emma – y tú también a mí.

Dijo mientras daba un paso adelante.

- Empecemos de cero, no me veo capaz de continuar en el punto donde lo dejamos, pero y si, ¿probamos de nuevo? – Dijo Emma – olvidemos el pasado y construyamos nuestro presente.

Neal sonrió.

- Nada me gustaría más – dijo feliz – ¿y si sale mal?

- Pues sale mal, pero lo habremos intentado.

Emma le dio un beso en la mejilla.

- A partir de ahora somos completos desconocidos – dijo Neal.

- Entonces hasta mañana, persona que no conozco de nada – dijo Emma siguiéndole el juego a Neal.

- Hasta mañana señorita – dijo Neal con una sonrisa plasmada en su semblante.

Acto seguido, se giró y prosiguió son su paseo.

Emma se dirigió al apartamento, pero optó por dar un paseo. Seguía desvelada, y no podía aparecer por casa con la sonrisa de idiota que tenía dibuja en ese momento en su cara.

Anduvo durante media hora, hasta que se dio cuenta que se encontraba en frente de casa de Regina. Emma dudó un instante volver a picar a la puerta, pero decidió que era mejor que no, la morena había dejado claro que no quería que nadie se le acercara.

Emma miró a su alrededor, y pudo ver, que en la acera de enfrente de casa de Regina parecía que estaban acabando de construir una casa, parecida a la de la morena, pero algo más pequeña.

De repente, oyó un grito ensordecedor. Se giró para identificar de donde provenía.

Venía de casa de Regina.

Emma corrió hasta la puerta. A medida que avanzaba el chillido era más audible. Dio un par de patadas a la puerta, intentando abrirla, pero nada. Eso en las pelis solía funcionar.

Rodeó la casa y encontró una especie de ventanal en la parte de detrás. Se enrolló la chaqueta alrededor del codo y la dejó todo lo tensa que pudo.

- Maldita sea - pronunció antes de asestarle un golpe con toda su rabia a la ventana.