Inglaterra estaba en su cama, prácticamente agonizando. Tenía las mejillas rojas, el maquillaje de sus pecas de había corrido completamente, y los ojos estaban cerrados, con las cejas levemente fruncidas. Respiraba entrecortadamente, entre jadeos.

Y todo eso por un resfriado.

—Eres un exagerado. Es sólo un resfriado—dijo Francia, que se había aparecido en la casa del inglés, para echarle un vistazo—Además, te lo mereces.

Espero un segundo, a que Inglaterra protestara, o se echara a llorar. Pero no hubo reacción.

Extraño.

— ¿Inglaterra? —Inquirió Francia, un poco alterado— ¿Estás bien? —Al ver que el británico no respondía, fue hasta la cocina en busca de un paño de agua fría— ¿Tan mal estás, que no tienes ganas ni de abrir los ojos para verme?

El enfermo entreabrió un ojo, con los músculos de la cara temblando levemente a causa del esfuerzo.

—Tú…—balbuceó Inglaterra, entrecortadamente—E-eres hermoso.

—…Sigue siendo el de siempre—comentó el francés, con un alivio que jamás imaginó poseer.

—P-pero… te ves b-borroso. A-apenas logro verte.

—…Está peor de lo que creí.

—Quiero dormir…

—Inglaterra, no duermas.

—Francia…

— ¡No duermas! ¡Imbécil! ¡Es una orden!

—M-muchas gracias por c-cuidarme.

— ¡Estúpido británico! ¡No cierres los ojos!

—G-gracias. T-te am…

— ¡No! ¡Ni se te ocurra decirlo! ¡Bastardo cejón! ¡Inglaterra! ¡Abre los ojos! ¡Inglaterra!

Lituania se removía en su cama, inquieto. Todos esos líos entre Polonia y Rusia lo estaban volviendo loco. Estaba durmiendo, y entre sueños, volvió a recordar el día en el que se separó de Polonia.

Gané. Por fin—había dicho un Rusia bastante más joven, alzando un puño en señal de victoria. Lituania y Polonia yacían derrotados, sobre la nieve.

El lituano entreabrió los ojos, viendo a Rusia, que lo observaba con cierta superioridad. El ruso alzó una ceja.

Tú pareces listo—dijo éste—Creo que te emplearé en mi casa~

No te obedeceré—escupió Lituania.

No tienes elección, imbécil. Haz perdido. Así que deja de hacer esto tan complicado, que si no te quejas, será menos incómodo para ti y para mí. Haznos un favor a los dos, ¿sí?

Me niego. No dejaré que un imbécil como tú me dé órdenes.

Lo haremos a las malas, entonces—sentenció Rusia, frunciendo el ceño, y sujetando bruscamente al lituano. Lo arrastró del brazo, llevándoselo consigo.

Lituania comenzó a forcejear, y tenía planteado empezar a gritar, pero una débil voz a sus espaldas lo hizo girarse.

Lituania…—musitó Polonia, haciendo un esfuerzo enorme para hablar—No me dejes.

¡No quiero! —Se quejó el lituano— ¡No quiero estar contigo! ¡Tampoco con este imbécil! ¿¡Por qué no me dejan en paz!?

Lituania…—volvió a musitar el polaco, bajando la mirada. Rusia sólo frunció el ceño aún más.

El rubio intentó ponerse de pie para seguir a su compañero, pero las heridas no se lo permitían. Hundió los dedos en la nieve. No quería que Lituania se fuera con el ruso.

V-vuelve conmigo—pidió Polonia, con los ojos brillantes. El lituano tragó saliva, mientras Rusia seguía arrastrándolo lejos del rubio.

No quiero estar contigo—confesó nuevamente Lituania—No me sigas. ¡No quiero verte!

¿Porqué?

No… no sé. Sólo… déjame en paz.

Lituania se incorporó, sobresaltado. Abrió mucho los ojos. ¿Porqué Polonia lograba molestarlo hasta en sueños? Luego, gritó.

— ¡Ese maldito!

— ¡Cállate! —gritaron Estonia y Letonia, desde sus respectivas habitaciones.

— ¡Si vuelves a gritar, te meteré el grifo de agua por dónde no te da el sol! —amenazó Rusia, que estaba bastante harto de los gritos del castaño a la madrugada.

A pesar de que ese sueño lo molestaba, Lituania decidió llamar a Polonia. Otra vez.

—Escucha, idiota—dijo el lituano, apenas el rubio descolgó el teléfono—Soy Lituania. Dime que comenzaste con los preparativos.

— ¿Te preocupo? —inquirió Polonia, aunque ya sabía que eso era así, por más que el castaño de esmerara en negarlo.

—No—mintió.

—Pues, tengo los preparativos hechos. Y trata de no mentir tan descaradamente.

—Bien, porque me preocupé tanto que no pude dor…—y Lituania se calló antes de revelar algo tan vergonzoso como eso. Claro que Polonia no lo pasó por alto.

— ¿Dormir? ¿No pudiste dormir? Ay, Lituania, sabes que no me va mucho lo sentimental, pero si se trata de ti…

—Cállate—gruñó.

—No te preocupes, me encargué de todo—comunicó Polonia, por teléfono. Lituania alzó una ceja.

— ¿Qué planeaste? —inquirió el lituano.

—Te sorprenderás…—la frase del polaco fue ahogada por una maldición que resonó por toda la casa soviética. Rusia gritaba, enfurecido.

—…Polonia—musitó Lituania.

—Ve a ver. Yo te espero aquí.

— ¡Odio esto! ¡Lo odio! —Gritaba Rusia— ¡Maldito polaco! ¡Sufrirá! ¡De todas las cosas horribles que hay en éste mundo, a él se le ocurre esto!

Lituania se asomó al estudio de Rusia. Allí, Estonia examinaba una carta con cara de póker, mientras Rusia despotricaba en contra de Polonia.

— ¿Qué sucede? —le preguntó el recién llegado a Letonia.

—Una carta—contestó el rubio, escuchando los insultos del ruso. Estonia le tendió la carta a Lituania, mientras negaba reprobatoriamente con la cabeza.

"Si no mandas ésta carta a veinte personas en cinco minutos, tu capital será Varsovia. Y estarás solo por el resto de tu vida. Y tendrás infortunio. Pero si lo haces, el amor de tu vida te dirá que te ama. ¡Tienes treinta segundos para pensar un deseo mientras lees una estúpida frase hipócrita escrita con horrores de hortografía, es decir, errores de ortografía!".

—Es sólo una estúpida carta cadena—musitó Lituania, con un tic en la ceja.

—…Odio las cartas cadenas—refunfuñó Rusia, pateando su globo terráqueo en el lugar exacto dónde se localizaba Polonia. La esfera salió de su eje, rebotó contra la pared, y se estampó en la cara de Rusia—…Odio los globos terráqueos. Odio a Polonia. Los odio a ustedes. Odio a todo el mundo.

— ¿Qué te pareció? —preguntó Polonia.

— ¿Eres estúpido, o practicas para un concurso extremadamente extraño y retorcido? —inquirió Lituania, enfadado.

—Sólo quería sacarlo un poco de sus casillas, nada más. ¿Lo logré?

El lituano pudo observar cómo Rusia se aplicaba hielo sobre un moretón.

—…Algo así—contestó el castaño.

—Si sigue de esta forma, Polonia terminará tan mal como yo—musitó Lituania, acostado en su sofá, con una taza de chocolate caliente, mientras observaba la ventana.

Ah, qué mal te ves—decía un joven Polonia— ¿Rusia te dio una paliza otra vez, verdad?

No te incumbe—siseó el joven Lituania.

Tienes demasiado carácter, teniendo en cuenta lo moribundo que estás.

No me digas—comentó sarcásticamente.

Si Rusia aparece de vuelta…

Cállate. Vete y déjame en paz.

Pero desaparecerás.

No te interesa.

Yo podría ayudarte.

No necesito tu ayuda.

De todas formas te ayudaré—dijo el polaco, cargando al lituano sobre sus hombros.

¡Suéltame, imbécil! ¡Puedo sobrevivir solo!

Claro que sí, campeón—se burló Polonia, dado que lo último que Lituania podría llegar a hacer en ese estado, era sobrevivir.

—… ¿¡Porqué tengo que recordar esto!? —gritó el lituano del presente. Instantáneamente, abrió los ojos desmesuradamente.

— ¡El grifo! ¡Te meteré el grifo por el culo, imbécil! —Gritó un muy enfadado Rusia— ¡Corre mientras lo busco! ¡Te dije que no volvieras a gritar!

Y Lituania corrió a esconderse, no sin antes terminar su chocolate caliente.

— ¿¡Dónde está mi grifo!? ¡Ay, olviden el grifo! ¡Lo asesinaré partiéndole una tabla en la cabeza! —Seguía gritando el ruso— ¡Pagarás por gritar! ¡Y por ir a una cita con mi hermana! ¡Bastardo!

Continuará~


Perdón por hacer sufrir tanto a Rusia. Pobrecito D': Pero tenía que hacerlo.