El resfriado de Inglaterra no había mejorado nada. Al menos no había muerto. Aún así, decía estupideces y deliraba, cosa que no alarmó a Francia. Éste se había quedado cuidándolo, a pesar de su odio constante. No era tan malvado como para dejar al inglés en ese estado. Tal vez, Inglaterra sintiera culpa y remordimiento, y lo dejaría en paz. Bueno, soñar no costaba nada.

El francés le tomó la fiebre. No bajaba para nada. Y eso que todo había empezado por un simple y estúpido resfriado. Si eso era obra de la maldita comida del británico, ya se las verían con él. Sabía que tanta droga no podía hacer otra cosa que acabar con la buena salud de Reino Unido.

Inglaterra seguía respirando entrecortadamente, con los ojos cerrados, y el paño de agua fría sobre su frente.

—Si siempre fueras así de tranquilo, serías tan lindo—comentó Francia, en voz baja. Aún así, Inglaterra escuchó, y esbozó una débil sonrisa.

—Q-qué tierno e-eres, Francia~—murmuró entrecortadamente. El nombrado frunció el ceño. No esperaba que el británico escuchara eso.

—Silencio, Inglaterra.

El inglés obedeció. Cuando todo parecía calmado, alguien abrió la puerta estruendosamente.

—Oye, estúpido Inglaterra—llamó Estados Unidos—Tengo que mostrarte algo, bastardo… ¿Eh? —Balbuceó al ver el estado del inglés, y la mirada reprobatoria de Francia— ¿Qué mierda le pasa?

—Está enfermo—masculló el galo.

—Qué honor. Encontrarme a Inglaterra en su lecho de muerte.

—No lo digas como si fuera en broma. El pobre tipo se encuentra muy grave.

—Pero no lo digo en broma. Es una buena noticia para toda la humanidad. Además, ahora que me devolvió eso que le presté, ya no tengo problema en que esté en las últimas…

— ¡Estados Unidos!

— ¿Qué? Como si pudiera morir…

—El Imperio Romano murió.

Silencio.

—E-esto no es lo mismo—dijo el estadounidense, nervioso.

—Lo es—lo regañó Francia.

M-my boy—llamó Gran Bretaña. El americano se volvió—Gracias por v-venir.

—…No venía a verte, sólo a abusar de tu hospitalidad.

—Sabía que en el fondo te preocupabas por mí.

—No lo hago.

—E-eres un buen chico.

—Ya cállate.

—T-todos están aquí. Sólo f-falta Canadá. Dile que también lo adoro.

— ¿Te estás despidiendo?

—G-gracias por quererme.

— ¿Qué mierda dices? ¡Si nadie te quiere!

—M-muchas gracias por todo—musitó Inglaterra, antes de comenzar a respirar más tranquilamente. Casi imperceptiblemente.

— ¡¿Se murió!? —preguntó el estadounidense, alterado.

—No creo—contestó Francia.

—Pero… esa despedida…

—Ya van siete veces que lo dice. Siete desde que estoy aquí, claro.

China, que había sido derrotado en la Guerra del Opio, tenía que obedecer todas las órdenes de Francia e Inglaterra.

—Oye, China—lo llamó el inglés—Dame más de estos dulces.

—Tienes un recipiente entero de dulces—le dijo el chino, que estaba agobiado a causa de la cantidad de comida que debía preparar.

—Vamos, te los pido amablemente. Aunque sabrían mejor si yo les pusiera mis ingredientes especiales…

— ¡Esa es la peor grosería que podrías decir! —lo reprendió Francia.

— ¡No quiero LSD en mi comida! —se quejó China.

—Pero si no tengo tal cosa…

—La guardas en ese moño en tu cuello, todos lo sabemos. Por cierto, ese color no te favorece…

— ¡Sí, lo hace! ¡Envidioso!

China arrugó el ceño. Los mataría, especialmente a Inglaterra. Pero no tenía más opción que soportarlos.

—Estoy harto de los europeos—murmuró China, caminando por los alrededores de su casa—Me encantaría regresas a mis épocas de poder.

Se paró frente a la puerta de entrada de su casa, dispuesto a otro día de peleas entre los europeos.

—Ya llegué…—anunció, de mala gana.

—Ah, hola—saludó Rusia, que se encontraba en la mesa del chino, tomando una sopa.

— ¿¡Qué estás haciendo aquí!? —preguntó el asiático alterado. Rusia lo miró, con una ceja alzada. La respuesta era obvia.

—Comiendo—aclaró el ruso.

—Ya sé, imbécil, sólo que… ah, olvídalo—murmuró China, mientras caía rendido sobre la mesa. Rusia terminó de comer su plato, y lo dejó a un lado, mientras observaba a la nación más vieja.

—Algún día serás uno conmigo—murmuró, acariciando la cabeza de un panda.

Francia e Inglaterra peleaban. No como siempre, sino con espadas. Y a pesar de que todo el mundo veía al inglés como un inútil, éste se defendía muy bien.

—Nunca dejarán de pelear—se quejó China. Aunque con un poco de suerte, esos dos se matarían mutuamente, y no tendría que soportarlos más.

—Francia, ¡por favor! ¡Déjame demostrarte que yo seré lo mejor que le pasará a tu corazón! —pidió Inglaterra, a gritos.

— ¡No! ¡Y menos con esa frase tan homosexualmente fracasada! ¡No eres mi tipo! —contestaba el francés, también gritando.

— ¡Pero te amo! ¡Recibe un poco de mi amor!

— ¡No necesito tu miseria!

— ¡Amor, amor! ¡No es miseria!

— ¡Es lo mismo, viniendo de ti!

— ¡No digas eso, my love!

— ¡Dejemos de gritar, me empieza a doler la cabeza!

— ¡Si me dejaras amarte, la cabeza te dejaría de doler!

— ¡Eso no tiene sentido!

— ¡Mi amor tiene todo el sentido del mundo!

— ¡Cállate, vándalo drogadicto y psicópata!

— ¡Ámame! ¡Ámame! ¡Buaaaaa!

— ¡Deja de gritar!

—Logran que hasta a mí me duela la cabeza—musitó China, frotándose las sienes.

Estados Unidos observaba al par de europeos discutir a los gritos, mientras masticaba una zanahoria.

—Me recuerdas a cierto conejo troll—comentó Rusia, que acababa de llegar.

¿Qué hay de nuevo, viejo? —comentó el estadounidense, para hacer más evidente el parecido—Voy a verlos más de cerca. Presenciar como se matan en primera fila es de lo poco bueno que queda en este mundo.

—…Me pregunto cuándo se dejarán de pelear—inquirió China, cerrando los ojos.

—Nunca jamás—contestó Rusia, apoyando una mano en el hombro del asiático.

— ¿Qué significa esto? —preguntó el chino, quitando bruscamente la mano de su hombro.

—Que algún día serás uno conmigo—comentó con naturalidad el ruso.

Desafiando toda ley temporal, Italia se encontró con su versión más pequeña, cuando Hungría lo obligaba a vestirse como mujer.

—Vaya, me veo débil—dijo, sosteniéndose entre brazos—Pero lucía tan lindo~

El pequeño Italia despertó. Contempló a su versión adulta algo asustado, aunque luego relajó la mirada.

—Dime, ¿me volví fuerte al hacerme adulto, verdad?

—Sí—contestó orgullosamente el mayor.

— ¿Y soy muy popular entre las mujeres, verdad?

—Esto… tengo contacto con varias mujeres—los piropos por la calle contaban, ¿verdad?

—Pero… ¿últimamente he besado, verdad?

—Claro—Italia consideró que Alemania contaba.

—A muchas mujeres, ¿no?

—Sí…—mintió.

.

—Soy de lo peor—murmuró Italia, tapándose la cara con las manos—Mentirme a mí mismo. Tan… inocente.

—…Tranquilízate—lo calmó Alemania—Ni que hubieras sido tan inocente.

—Eres el peor tranquilizando a la gente. ¡Maldito Alemania!

—Vamos, doy lo mejor de mí.

—Si dieras lo mejor de ti, ya estaríamos teniendo sexo salvaje.

—Me caías mejor estando deprimido.

—Oh vamos, tu pervertida mente se muere por verme desnudo…

—Cállate.

Continuará~


Creo que hago sufrir demasiado a Iggy (?) D': Algún día lo tendré que compensar con algún one-shoot :D