Roma suspiró, mientras Germania hablaba sin parar sobre sus nietos. Comenzaba a ser increíblemente molesto. Más que molesto. Insoportable. Comenzó a fruncir el ceño poco a poco. Parecía una bomba a punto de estallar.

—Y entonces Dinamarca le pegó a Suecia. Sin querer. Y se puso a llorar, dado que Suecia le daba miedo, y que no quería hacerle daño a nadie. Noruega se reía en su cara, e Islandia… ¡Ay, es un niño adorable! Aunque hay que mantenerlo alejado del agua, la última vez casi se estaba ahogando por no saber nadar, sólo porque quería ver focas… —contaba el rubio, emocionado.

Sí, Germania podía ser realmente insoportable cuando hablaba de sus nietos. Roma no era así. Y estaba harto.

—…Pero yo creo que Noruega debería dejar de molestar a Finlandia, a menos que quiera terminar muerto. Finlandia no tiene mucha paciencia…

Roma tenía un tic en la ceja. "Aguanta" se decía a sí mismo.

—Y claro, luego está el asunto de Suiza…

Y entonces Roma no se contuvo. Le estampó un golpe en la cara al germano.

Japón acababa de salir de su reunión con Alemania e Italia. Estaba un poco enojado, dado que las reuniones se llevaban a cabo en Europa, y a él le quedaba muy lejos de su casa.

— ¡Japón! —lo llamó Italia, que pasaba por ahí con su auto descapotable— ¿Te llevo?

Cualquiera hubiera pensado que se trataba de una broma por parte del italiano. Pero entre ellos dos, habían acordado que no habría bromas. Sólo para los demás. Sobre todo para Alemania.

—De acuerdo—aceptó el japonés, subiendo al asiento de acompañante.

El auto arrancó suavemente, y el italiano manejó a un ritmo aceptable. Japón sentía el viento hacerle cosquillas en la cara. Era relajante, después de haber salido de una reunión.

Pero de pronto, Italia aceleró a tope.

El viento que hacía cosquillas había empezado a darle bofetadas al asiático.

— ¡Italia! —Gritaba Japón, aunque tuvo que cerrar la boca porque sintió que se le metería un distraído pájaro— ¡Más despacio! ¡Vas demasiado rápido!

—Ay, los asiáticos y su calma~—comentó el italiano, que apenas era consciente de la velocidad.

— ¿Y las leyes de tráfico?

— ¿Y desde cuándo me preocupan las leyes? Creí que me conocías más…

— ¡Disminuye la velocidad!

— ¡No seas aguafiestas! ¡Así se puede sentir más el viento!

—Ya tuve suficiente. Si no paras, podríamos tener un accidente.

— ¿Y?

—No verías nunca más a Alemania.

Italia frenó en seco. El asiático agradeció a los dioses el haberse abrochado el cinturón, dado que sintió que saldría volando hacia adelante.

—Tienes razón… iré más despacio, para evitar un accidente—aceptó Italia.

—Bien—felicitó el japonés.

—Aunque… quiero ver a Alemania. ¡Ya sé! Iré rápido hasta tu casa, y volveré lo más rápido que pueda, ¡así veré a Alemania antes!

— ¡Espera! ¿Qué sucedió con lo de ir despacioooooo? —Apenas Japón terminaba la frase, el castaño ya estaba acelerando.

.

—Llegamos—anunció Italia— ¿Japón? ¿Todo bien?

El de cabello negro se encontraba aferrado al asiento de acompañante.

—Construiré automóviles más seguros…—juró el japonés, a nadie en particular.

—Qué aburrido eres—se quejó Italia—Ahora, bájate que quiero ir a ver a Alemania.

El Jefe España y Chibiromano.

—Escucha bien—dijo España, frente a una pizarra—En Español, se dice…

—Pero yo no quiero aprender Español—se quejó el italiano.

—Vas a aprenderlo.

— ¡Es muy difícil!

—Así es mi hermoso idioma. Lo tomas o… lo tomas.

—P-pero, ¡es difícil!

—Es similar al tuyo.

—Pero es más difícil.

—España—lo llamó su superior, una mujer muy linda, que pasó por allí— ¿Va en progreso la educación de Italia?

—… Podría decirse que sí—contestó el español. La mujer asintió, y se fue.

— ¿Quién era esa? Tenía cara de mala… —murmuró Romano.

—No la critiques. Es de mal gusto criticar a una mujer.

—Pero me da miedo. ¡Protégeme!

— ¿Eh? —España se sorprendió, dado que Italia del Sur dijo esa última frase en un español bastante bueno.

¡Protégeme! —volvió a repetir en español, mientras se abrazaba a las piernas del ibérico.

—Eres un niño muy raro.

Romano limpiaba la casa de España. No era mucho lo que podía hacer, pero se notaba su esfuerzo.

— ¿Qué estás haciendo? —preguntó el español, al verlo ensimismado en su actividad.

—Limpiando.

—No te ordené que limpiaras.

—Pero queda más lindo así.

El castaño no podía quejarse.

— ¿Sucede algo? —inquirió Romano, dejando sus tareas de lado. España sintió que algo se retorcía en su interior al ver esos ojos brillantes observándolo. Demasiada inocencia en una sola persona.

—Tú… sigue así—murmuró el mayor, antes de irse. El otro lo observó, confundido, pero volvió a su tarea, mientras comenzaba a cantar.

España decidió ir a hablar con Austria. O más bien, con Hungría, porque dudaba que el austríaco pudiera darle consejos con respecto a los niños.

Y más cuando se lo encontró persiguiendo al pequeño Italia por la casa. Al parecer, a Italia le había parecido divertido escribir en el piano del mayor "Propiedad del falso aristócrata con cara de infame. No tocas, a menos que quieras ver su cara de malas pulgas. Aterrador". Y a Austria eso le había enojado.

Se encontró a Hungría, limpiando el piano, aunque más bien parecía que intentaba dejar lo más posible aquél mensaje. Nadie parecía querer al austríaco en esa casa.

Y se alegró de tener a Romano, que limpiaba, y no al hermano menor de éste, que parecía decidido a hacerles la vida imposible a los demás. Aunque claro, los abrazos pegajosos lo hacían sentirse raro y un poco incómodo.

— ¿Los abrazos pegajosos? —Repitió la húngara, divertida, luego de que el español le contara la situación—Yo creo que es adorable. Y es normal. Los niños necesitan cariño.

—No es un niño, es una nación—Aclaró España.

—Sigue siendo un niño. Déjalo ser. Se nota que te quiere mucho, y eso hace las cosas más fáciles.

Y también más difíciles, pero ninguno de los dos lo iba a decir en voz alta.

—Ya llegué—anunció España.

— ¡España! —exclamó Romano, que estaba escondido bajo una sábana, encima del sofá. La casa estaba increíblemente limpia— ¡Creí que me habías abandonado!

El español estaba más interesado en observar las limpias paredes de su casa, aunque escuchaba los desvaríos del italiano.

— ¡…Y seguramente fuiste a la casa de Austria! —finalizó el rubio.

—Ah, sí, estuve en la casa de Austria—contestó el ibérico, como si nada.

— ¡Lo sabía! ¡Intentabas cambiarme por mi hermano menor!

— ¿Qué dices? —eso había tomado al moreno por sorpresa.

—Me quieres cambiar por mi hermano. No te culpo, él tiene algo que hace que las personas lo quieran más. Pero, ¡no me gusta que me olvides! ¡España!

—…No fui a cambiarte por tu hermano.

—Ah—dijo el italiano, bastante más tranquilo— ¿Pero no lo harás, verdad?

—Por el momento no.

— ¡Dime que no me dejarás!

—No puedo prometer nada…

— ¡No me dejes, España!

—Dije que no puedo prometerte nada.

—Pero… si dependiera de ti y sólo de ti… ¿Estarías conmigo siempre?

—No lo sé—admitió el mayor, luego de pensarlo un rato.

Romano bajó la mirada. España suspiró, y tomó al niño entre sus brazos, alzándolo.

—… ¿Te hiciste en los pantalones, no? —dijo el español, levantando una ceja.

—No—mintió el menor.

—No es una pregunta. Estás mojado.

— ¡Pero ya limpié!

—Pero debes limpiarte tú.

—…No sé dónde está el baño.

Continuará~


AMO a Romano 2P!, con todas las letras, subrayado, en negrita, Arial Black tamaño 72, etc. Kyaaa. Es mi favorito, por lejos :3. Es tan asdfgg, y es hermoso con España! Perdón, momento de locura de la escritora, pero es que, destila ternura, incluso cuando pelea a Alemania :'D.