ADAPTACIÓN ESTA HISTORIA NO ME PERTENECE (MUNDO ALTERNO)

TITULO: DESEO SALVAJE

TITULO ORIGINAL: DESEO SALVAJE

AUTORA ORIGINAL HISTORIA: GENA SHOWALTER

AUTOR ORIGINAL PERSONAJES: KISHIMOTO - SENSEI

PROTAGONISTAS: ITACHI UCHIHA Y SAKURA HARUNO

SIN FINES DE LUCRO

Capitulo 2

Cuando los animales salvajes se encuentran, luchan hasta que el más débil admite la derrota. Una auténtica Tigresa se enfrenta a cada reto con inteligencia, astucia e instinto.

Pasé la hora siguiente sentada en esa silla infernal, leyendo ejemplares atrasados de City Girl.

Disfruté mucho con un artículo: Pechos comprar o no comprar. Los míos eran pequeños. Con frecuencia me preguntaba si estaban ahí. Obviamente, después de leer el artículo me inclinaba por comprar.

Me habría encantado leer un artículo sobre el Botox. Ya había superado los temidos treinta y empezaba a ver arruguitas. Soy demasiado joven para tener arrugas y, lo admito, siempre procuro dar mi mejor imagen. No es que sea vanidosa. Pero cuando descubrí que Sasuke me engañaba, me sentí… fea. Indeseada e innecesaria. Desechable, como basura podrida que rezumara un asqueroso líquido negro.

No me gustaba sentirme así, por razones obvias, y aún tenía que luchar para conquistar todas las migajas de autoestima que estuvieran a mi alcance.

Por fin, gracias, Dios, gracias, Karin, Doncella de Lucifer, se acercó.

—¿Eres Sakura? —preguntó, como si no le hubiera dicho mi nombre ya dos veces. Como tardé en contestar, añadió, hiriente—. ¿Sí o no?

Sabía bien que no podía haberlo olvidado y me negué a contestar. Ella captó la indirecta.

—Tu nombre no está en la lista —gruñó, irritada—. Sin embargo, el señor Uchiha te recibirá.

—Gracias —me dolió decirlo, pero lo dije—. Agradezco tu interés —añadí, aunque casi me costó un riñón dar un tono cortés a mi voz.

Procuraba dar la impresión de ser comprensiva profesional porque, como ya he dicho antes, necesitaba el trabajo. Las facturas se apilaban y no me gustaba la idea de tener que renunciar a mi piso e instalarme en casa de mi madre y mi padrastro. Sobre todo porque Kakashi disfrutaba psicoanalizando cada una de mis acciones. Como si me hiciera falta saber que la razón por la que me escapé de casa a los dieciséis era que mi madre no me dio el pecho. Le tengo cariño pero, ¡por favor! Me escapé unas seis horas, porque mi madre no me había dejado salir con Shikamaru Nara, el chico que estaba más bueno de todo el instituto. Y ya.

—Sígueme —dijo Karin.

—Sígueme —repetí. Ella me miró de reojo. Abrí los ojos con expresión inocente. Alzó un labio y me enseñó los dientes. Era obvio que la mujer había liberado a su Tigresa interior hacía mucho tiempo.

La seguí. Me acordé de cuadrar los hombros y echar el pecho hacia delante. Cerebro, astucia e instinto. Esas tres cosas guiarían mis actos.

Mis pies se hundieron en una mullida alfombra color blanco roto. Era un ambiente estéril, carente de detalles personales. Karin empujó la pesada puerta doble y la sujetó mientras yo entraba.

Un momento después vi a Itachi Uchiha, y el resto de mi día se despeñó directo hacia el más profundo y oscuro de los infiernos. Nuestros ojos se encontraron y perdí el paso. Me tambaleé. Y esa vez no tuvo nada que ver con mis zapatos.

Recuperé el equilibrio mientras luchaba con el deseo de dejarlo todo e ir a mordisquearlo. En serio. Clavar mis dientes en su carne desnuda. Recorrer cada centímetro de su piel con mi lengua. Por eso no le había devuelto sus llamadas. Por eso no había querido verlo en persona. Bastaba una mirada suya para que mis hormonas sisearan y yo perdiera el control.

Tal vez él no me recordara, o tal vez sí, porque me había llamado, pero nos habíamos visto hacía seis meses, en la primera fiesta que planifiqué sola. Aunque no habíamos hablado, él me había mirado un par de veces y se me había hecho la boca agua.

El hombre era cien por cien comestible.

Después de años y años de tratar con Sasuke, Perro del Infierno, me gustaba pensar que era inmune a la testosterona. Pero ese hombre irradiaba sexo como un anuncio de neón que dijera: «Ven a por un pedazo de esto». Me sentía como un enorme aperitivo sexual que clamaba un poco de atención, directa y sucia. Me habría enroscado a una barra de striptease. O le habría dedicado una danza del vientre.

No podía ser más patética.

Itachi Uchiha debía rondar los cuarenta años. Su piel era color bronce y sus eléctricos ojos negros me observaban con intensidad. Se me encogió el estómago. ¿Tendría la cara manchada aún? Tenía la nariz recta, labios carnosos y besables. Una sombra de barba oscurecía su mentón, añadiendo un toque curtido que incrementaba su atractivo. Sus anchos hombros estaban embutidos en una cara chaqueta italiana.

Era una mezcla de George Clooney y Josh Wald, con un toque de Brad Pitt. Pensé que, al fin y al cabo, quizá no fuera inmune a la testosterona.

Itachi me dio la bienvenida con una sonrisa sexy.

Se me secó la boca y se me hizo un nudo en la garganta. Esa sonrisa era letal. Matamujeres, sin más. «Corre», gritó mi mente, «Sal de aquí».

¿Dónde estaban mi inteligencia, mi astucia y mi instinto?

Iba a charlar con ese hombre perfecto, posiblemente estrecharía su perfecta mano. Y la mía estaba sudorosa. Sólo de pensarlo mi sistema nervioso se desbocó. Tenía que calmarme. Pero ¿cómo? El consejo de mi padrastro: «cuando una persona te ponga nerviosa, imagínatela desnuda», no servía.

Itachi Uchiha… desnudo…

Forcé una sonrisa educada y decidí pensar en él como si fuera un sándwich de pan de centeno con pavo y queso. No me gustaban el pavo ni el queso, y odiaba el pan de centeno.

Él se puso en pie, miró mis labios y me ofreció una mano. La acepté. Se secó la mano en los pantalones antes de sentarse de nuevo.

Pero yo mantuve mi expresión profesional.

Creo.

—Sé que es más tarde de la hora prevista —dije, por si acaso Karin, Reina de los Malditos, no lo había avisado de mi llegada—, pero me gustaría dejar constancia de que llegué a tiempo —desde mi punto de vista, la falta de puntualidad era casi pecado mortal.

—Tomo nota —dijo él, con una sonrisa divertida.

Estuvieron a punto de fallarme las rodillas. La sonrisa ya era mala, pero unida a su voz, ¡cielos! Tenía un timbre profundo y grave, suave y rico como un buen brandy. Había sonado como si estuviera tumbado en la cama, después de una vigorosa sesión de sexo. De ese sexo que rompe esquemas.

—Por favor… —señaló con la barbilla después de observarme un largo momento— tome asiento.

Me senté y dejé mi maletín en el suelo, a mi lado.

—Espero que no le moleste la pregunta, pero ¿dónde está su madre? No la he visto salir.

No pareció desconcertarle mi pregunta; de hecho, dio la impresión de que yo le divertía.

—Ha salido por la puerta lateral.

—Ah —una mujer inteligente, no tendría que volver a enfrentarse a Karin—. Hablé con ella por teléfono el viernes pasado —decidí ir al grano. «Estoy serena. Soy una profesional»—. No estoy segura de haber entendido los detalles. Quiere que planifique una fiesta sorpresa, ¿correcto?

—Sí.

—Pero también dijo que la fiesta era en su honor.

—No intente entenderla. Se volvería loca —no ofreció más información. Se limitó a esbozar otra de esas sonrisas tipo «Soy el mejor polvo que vas a disfrutar en tu vida». Me pareció que el suelo temblaba.

—Cuando hablé con ella, no tuvimos la oportunidad de discutir mi tarifa —desde mi punto de vista eso era lo más importante.

—El dinero no es problema —dijo él, clavando su vista en mi boca.

Me sonrojé, necesitaba mirarme en un espejo y comprobar que no seguía teniendo la cara manchada.

—En conciencia, no puedo seguir adelante hasta que hayamos acordado…

—Cueste lo que cueste la fiesta —intervino él, silenciándome—, lo pagaré.

¿Le entusiasmaba celebrar que su madre estaba un año más cerca de las puertas de la muerte? ¿O la quería tanto que quería hacerla feliz, al coste que fuera?

—Señor Uchiha, no es inteligente decirle eso a una mujer que aún no ha nombrado su precio.

—Cierto —sonrió él—. ¿Por qué no echa cuentas y me envía un presupuesto por fax?

—Excelente —asentí.

—Bien. Ahora, por favor, llámame Itachi. Y yo te llamaré Sakura.

Mi nombre en sus labios sonó demasiado sensual, como una especie de llamada de apareamiento que mi cuerpo en bancarrota sexual oyó claramente. Cerró la boca antes de decir algo estúpido como que quería tener hijos suyos. Asentí.

—Señor Uchiha, el señor Hyuga está al teléfono —dijo la voz de Karin, Arpía del Sino.

Itachi se frotó la cara con aire de cansancio.

—¿Puedes disculparme? Tengo que contestar.

—Desde luego. ¿Espero en el vestíbulo?

—No, quédate dónde estás —levantó el auricular y giró la silla, de modo que yo solo veía su espalda y la parte superior de su cabeza morena—. ¿Tienes ya las cifras? —pausa. Gruñó—. ¿Por eso has llamado? Sí —pausa—. Esa —pausa—. Sí. Me alegro —pausa—. Sabes que haré lo necesario para ganar.

¿De qué se alegraba y qué pretendía ganar? Escuchar una conversación telefónica cuando sólo se oía a una de las parte era un rollo. Descomunal.

—Ahora estoy en una reunión —pausa—. Sí —pausa—. Adiós. Idiota —masculló. Hizo girar el sillón y colgó el auricular, volviendo a prestarme toda su atención—. Disculpa —agitó la mano en el aire—. En fin, me gustaría tener más tiempo para hablar contigo hoy —dijo, con tono de lamentarlo sinceramente—. Pero, por desgracia, tengo citas toda la mañana y no puedo cancelarlas. ¿Por qué no llamas dentro de unos días y concertaremos otra reunión?

Al oírlo, una nube roja nubló mi visión. A pesar de mi ira, mi instinto inicial fue aceptar su oferta con educación y marcharme. Sin embargo, aplasté mi deseo de capitular. No sería un felpudo. Nunca más. Había gastado dinero en un taxi, me habían robado el bolso y había tenido que esperar más de una hora. No me marcharía sin acabar la reunión.

Apreté los puños. «Soy una Tigresa».

—Señor Uchiha, no hemos comentado ni un detalle.

—Quiero que me llames Itachi, ¿recuerdas? Señor Uchiha hace que me sienta como mi padre. Tendremos que comentar los detalles otro día.

—Itachi —«sé fuerte. Imponte»—. He esperado ahí fuera más de una hora.

—Me enteré de que tenía una reunión contigo minutos antes de que entraras al despacho. Te pido disculpas por cualquier inconveniencia.

¿Inconveniencia? La nube roja que nublaba mi visión se convirtió en un infierno. Su disculpa no me devolvía mi chaqueta ni mi pintalabios favorito.

—¿No puedes concederme diez minutos? Tengo una lista de preguntas.

—La visita de mi madre me ha retrasado, me temo que no puedo concederte ni cinco.

Bien. Mensaje recibido. Era obvio que quería librarse de mí. No iba a contratarme. Me descubrí agarrando un taco de notas que había sobre su mesa. Empecé a desglosar el valor de mi tiempo, mi bolso, mas veinte dólares de valor sentimental añadido, un par de zapatos y, ¡qué diablos!, la factura del tinte.

—¿Qué estás haciendo? —se golpeó la rodilla con un lápiz.

—Normalmente añado la reunión previa al presupuesto, pero contigo haré una excepción. Aquí está mi factura por la reunión de hoy —arranqué la hoja y se la di.

Sus ojos brillaron con curiosidad mientras leía.

La curiosidad se transformó en diversión poco después.

—¿Lápiz de labios?

—Me robaron el bolso a la entrada del edificio y mi barra favorita estaba dentro.

—Haré que seguridad se ocupe de eso —frunció el ceño, ya nada divertido—. Eso no volverá a ocurrir.

—Gracias.

—¿Te parece bien que te envíe un cheque? —preguntó, tras una leve pausa.

—Sí —seguro que no vería ese dinero—. Claro.

—Te doy mi palabra de que haré tiempo para ti. De hecho, os dedicaré un día completo a ti y a la fiesta.

—Bien —«Mentiroso», deseé gritarle.

«Prueba A», dijo mi Tigresa interior, «Eres una débil. Lucha. Haz que hable contigo ahora. No dejes que te eche de una patada».

—Me alegro de que vayas a hacerme tiempo —añadí, ignorando a la Tigresa—. Eso es fantástico. Maravilloso —le entregué una tarjeta, segura de que no volvería a oír de él—. Ahí está mi número. Llámame cuando puedas reunirte conmigo.

La aceptó y le echó un vistazo.

—Pensándolo mejor, si hay algo que me gustaría comentar antes de que te vayas.

—¿No te quitara demasiado de tu precioso tiempo? —me felicité por eso, aunque no era bueno ser sarcástica. Ese hombre tenía amigos influyentes que podrían necesitar a una planificadora de fiestas en el futuro. Pero, diablos, aún me dolían las rodillas.

—Para esto en concreto, haré una excepción —dijo él—. Tengo una estipulación que debes aceptar antes de que te contrate oficialmente.

¿Contratarme oficialmente? Tragué saliva. Quizá sí pretendía ponerse en contacto conmigo. Vaya fallo.

—¿Estipulación? —pregunté, sin aire.

—Prerrequisito. Cláusula. Condición.

—Gracias, sé lo que es una estipulación.

—Mientras trabajes para mí —dijo con calma—, quiero que la fiesta de mi madre sea tu máxima y única prioridad.

Todos los músculos de mi cuerpo se tensaron. Debería haberlo sabido en cuanto entré en el despacho. El hombre era una Triple C. : Corporativo. Controlador. Y un Comando en toda regla.

—Estoy segura de que, como hombre de negocios, comprenderás que no me guste la idea de entregar las riendas de mis asuntos profesionales a nadie.

—Sí —concedió él, pero no retiró su petición.

Era un Triple C-B: B de bastardo.

—Te aseguro que soy perfectamente capaz de organizar distintos eventos a la vez.

—No he dicho que no lo seas.

—Nunca he permitido que un evento ensombrezca a otro —tampoco había tenido suficientes al mismo tiempo como para tener que preocuparme de eso.

—No dudo de tu capacidad.

—Si vas a insistir en eso… —estuve a punto de dar una patada en el suelo, de pura rabia, mientras él esperaba tranquilamente a que aceptara.

—Sí, insisto.

—… entonces supongo que estoy obligada a aceptar —deseé que llegara el día en que pudiera poner a Itachi Uchiha en su lugar. ¡Bajo un tacón de aguja de siete centímetros de altura!

Como si hubiera leído mis pensamientos, me lanzó una sonrisa tipo «ni-en-toda-una-vida».

Mi instinto animal debió entrar en juego, porque empezó a picarme la palma de la mano por las ganas que tenía de darle un bofetón. Kakashi, mi padrastro, me habría dicho que ese raro acceso de violencia se debía a que mi necesidad adolescente de rebelarme estaba resurgiendo, o alguna estupidez similar.

—Entonces, ¿hay trato? —preguntó Itachi.

—Primero, tengo mi propia estipulación —dije—. Espero que du… tripliques mi tarifa normal, porque tendré que rechazar a clientes. Es lo justo.

—Por supuesto.

No se negaba. ¿Por qué no? Me asombró que accediera sin discutir y casi me caí de la silla. Quizá debería haber pedido más.

—Entonces, ¿estoy oficialmente contratada sin presupuesto y al triple de mi tarifa habitual?

—Sí. Y no olvides que tengo aquí tu primera factura —agitó el papel que le había dado—. ¿Quieres que la tripliquemos ahora, o te vale después?

—Vale después —estuve a punto de abrazarlo. Casi—. Cuando estés libre, llámame. Hay una serie de detalles que debemos comentar para que pueda iniciar los preparativos —sin más que decir, me levanté.

—Vaya —dijo él pasando un dedo por el calendario de mesa—. Estoy ocupado durante dos semanas. Estaré en Arizona comprando un avión, un Piper Dakota —explicó—. Y no puedo cancelarlo. ¿Qué te parece el martes dieciséis? ¿A las doce?— sugirió—. Comeremos en Mykal.

—Me parece bien —respondí yo; no me sorprendía que pudiera conseguir reserva en el famoso restaurante italiano con tan poca antelación. La gente normal solía tardar dos meses, si la conseguía. Lo sabía bien.

Él se levantó, rodeó su mesa y extendió el brazo para estrecharme la mano. Olvidando que llevaba zapatos planos, intenté dar los pasos que nos separaban. Pero el tacón de un zapato chocó con la punta del otro. Sin previo aviso, caí sobre él.

¡Otra vez! Mi impulso lo lanzó contra el escritorio. Yo acabé con las manos apoyadas en sus muslos y la cabeza peligrosamente cerca de su entrepierna.

Él rodeó mi cintura con los brazos para equilibrarme. Debería haberme apartado de un salto, pero no lo hice. Me quedé allí… Con los ojos clavados en el centro de sus pantalones, porque parecía… , no podía ser. No podía estar teniendo una erección. Esos pantalones no se estaban acercando a mi rostro.

Con un suave tirón, me obligó a enderezarme, aunque no me soltó del todo. Sus manos, curtidas, cálidas y deliciosas, seguían sobre mis brazos. Me sentía envuelta en el aroma del pecado. Las cejas de él se unieron en una y me di cuenta de que no sabía bien qué hacer conmigo.

Me aparté de un salto. Santa madre de Dios, ¿qué me ocurría? Había estado a punto de convertir en un eunuco a ese hombre, rico, sexy y con montones de amigos influyentes. Y había disfrutado con ello. Estaba para que me encerraran.

—Lo siento mucho —cuando vi que los papeles que había habido en la mesa, estaban desparramados por el suelo, mi vergüenza subió de nivel.

Esas cosas solo me pasaban a mí.

Dejé el maletín a un lado, me agaché y empecé a recoger papeles y fotos. Todas las fotos eran de mujeres y, lo que era aún más raro, todas las mujeres llevaban ropa verde, o nada.

—Lo siento mucho —repetí, ladeando la cabeza. Una mujer parecía untada de nata verde, y ¿se estaba lamiendo el brazo? A ese hombre le iba lo extravagante—. No pretendía…

—No importa —dijo él con tono agradable, en absoluto molesto.

—¿He estropeado algo importante? —relajé la mano con la que sujetaba los papeles y las fotos porno.

—No —rió él—. Lo más importante sigue intacto.

Sentí cómo me ruborizaba de la frente al cuello. Pero dejé de pensar en lo que había insinuado Itachi al ver la foto de la mujer desnuda, abierta de piernas y brazos y tumbada sobre un montón de hojas verdes.

—No hace falta que hagas eso —dijo él—. Ya lo ordenaré después —se inclinó y me quité los papeles de las manos. Sus dedos rozaron los míos.

El contacto me sobresaltó. Me electrificó. Agarré la mano como si fuera un montón de residuos radioactivos. «Pavo en pan de centeno. Pavo en pan de centeno». Me temblaban las manos cuando recogí una de las fotos que quedaban en el suelo. Una mujer a gatas en el suelo, con un par de orejas de gato, color verde, sobresaliendo de su cabello rubio.

—Es culpa mía —dije, mirando la foto—, ayudaré.

—No, en serio. No hace falta —sonó cortante. Casi me arrancó la foto de las manos.

Entonces comprendí que estaba recogiendo las solicitudes de las mujeres que deseaban convertirse en la señora Uchiha. No era extraño que quisiera deshacerse de mí. No quería que viera a las candidatas desnudas.

—Bueno —solté una tosecilla seca—. Adiós, entonces —me enderecé, giré y casi corrí hacia la puerta.

—¿Sakura?

—¿Sí? —paré pero no me di la vuelta. Me preguntaba si había sentido la misma corriente eléctrica que yo y si me pediría que saliera con él. Tendría que rechazarlo, claro. Era un cliente. Sólo había salido con un cliente: Sasuke. Y eso me había enseñado tres valiosas lecciones que nunca iba a olvidar.

Una: nada de acostarse con clientes.

Dos: nada de desnudarse con clientes.

Tres: nada de pasar toda la noche practicando el sexo con clientes.

Pero me provocó una oleada de placer pensar que un hombre tan magnífico pudiera sentirse atraído por mí. Tensa, me estiré la falda y esperé.

—¿Cuál es tu color favorito? —preguntó él.

Admito que se me encogió el corazón. Había deseado que me pidiera una cita. Que fuera a rechazarla no implicaba que no hubiera sido bienvenida.

—¿Sakura? —repitió él.

—Mi color favorito es el azul —dije—. ¿Por qué?

—Por nada —su voz sonó satisfecha—. ¿Sakura?

Me estremecí de excitación. Ahí estaba. Iba a invitarme a cenar. Lo sabía. Lo percibía.

—¿Sí? —casi susurré.

—No olvides tu maletín.

AQUI LES DEJO EL SEGUNDO CAPITULO ESPERO LES GUSTE

Ofi Rodríguez