— ¿¡Eh!? —Exclamó Francia, sosteniendo el periódico—Mis acciones están bajando. Ya me imagino la reacción de Inglaterra.

¿Tus acciones bajan? ¿Necesitas ayuda? —Diría el inglés— ¡No importa! ¡Ven a vivir conmigo! ¡Yo te protegeré y te daré amor!

— ¡No puedo permitir que eso pase! —exclamó el galo, para sí mismo. Casi podía sentir cómo el británico gozaría eso—Te envidio, Suiza—comentó, mientras el suizo le prestaba atención—Con tus bancos, tu economía está bastante bien.

— ¿Eh? Pero si tú tienes tierras fértiles—comentó el rubio más bajo—En mi tierra era imposible sobrevivir. Sólo teníamos la moneda extranjera—un aura depresiva pareció rodear al suizo—Tuve que hacer de todo. Incluyendo…

—Mejor no entrar en detalles—lo cortó Francia.

—El punto es que los bancos son indispensables.

—Ya veo. Te imitaré.

"Banco de Francia" rezaba el cartel del edificio. Francia y Suiza lo contemplaban.

— ¿Y bien? —Preguntó Francia—La apariencia exterior no está tan mal.

—El exterior no lo es todo—opinó Suiza.

—Lo sé, pero influye.

—Yo no diría eso. Tú eres bastante poco agraciado, y sin embargo, me caes bien—opinó inocentemente.

Francia replicaría, pero sabía que el suizo no lo decía con mala intención. Aunque hubiera jurado que la cosa era al revés.

— ¡Tenemos un problema! —interrumpió el encargado del banco— ¡Todos los empleados entraron en huelga!

Las huelgas son muy normales en Francia. Y un poco lejos de allí, pero dentro del mismo país, Japón refunfuñaba por las calles de París.

—Malditos franceses y sus huelgas. Cuando vea a Francia, le quitaré toda la barba.

Definitivamente, las demás naciones tenían algún tipo de problema con la barba del francés.

El Jefe España y Chibiromano.

—Hola, niño—saludó el español al pequeño Italia. Éste lo miró.

—Ah, eres el tipo de los churros—dijo el italiano, recordando al español.

— ¿Quieres un tomate?

—De acuerdo. Oye, ¿y cómo está mi hermano?

—…Bien.

—…Es un pesado, ¿verdad?

—Sí.

España llegó a su casa. Se encontró a Romano, dormido sobre un almohadón.

—Romano—lo llamó, pero no obtuvo respuesta. El pequeño rubio seguía profundamente dormido—Romano—repitió, pero más fuerte.

El niño entreabrió un poco los ojos.

— ¿España? —inquirió, con voz somnolienta.

—Levántate—ordenó. El menor se tardó un poco, pero logró ponerse de pie y desperezarse.

— ¿Qué sucede?

—Es hora de comer.

— ¿Qué hay de comer?

—Tomates.

— ¿En dónde estabas?

—En casa de Austria.

— ¿Porqué?

—Esto no es un interrogatorio.

— ¿Quién dijo que no lo era?

—Yo lo digo.

—De acuerdo, pero no te pongas serio. Me das miedo—murmuró el menor, mientras se abrazaba a las piernas de España. Éste frunció el ceño. Si le tenía miedo, ¿por qué se abrazaba a él?

"Porque España me hace sentir seguro" habría respondido Romano, de habérselo preguntado.

Desafiando (nuevamente) las leyes temporales, Alemania sostenía a la versión niño de Italia entre sus brazos.

Niño que, por cierto, le recordaba enormemente a una niña.

—Maldito rubio alemán, comedor de patatas, fornido—decía el pequeño Italia, fulminándolo con su mirada dorada.

El más alto suspiró. Italia ya era así desde niño. ¿Cómo habría hecho Austria para aguantarlo?

Ni el mismo austríaco lo sabía.

— ¿Quién eres? —preguntó Italia, porque a pesar de que sabía que era germano, no tenía ni idea de quién era ese rubio alto.

—Prefiero dejarte con la duda.

—Bastardo. Te haré sufrir.

—No te imaginas lo cierto que es eso.

Continuará~


Perdón que haya sido tan corto, pero la mitad del capítulo trataba de huelgas, y con tanta huelga, mi imaginación para escribir huelgas se puso en huelga. Wow, cuánta redundancia ._. En fin, espero que les haya gustado, a pesar de todo :3.