ADAPTACIÓN ESTA HISTORIA NO ME PERTENECE (MUNDO ALTERNO)

TITULO: DESEO SALVAJE

TITULO ORIGINAL: DESEO SALVAJE

AUTORA ORIGINAL HISTORIA: GENA SHOWALTER

AUTOR ORIGINAL PERSONAJES: KISHIMOTO - SENSEI

PROTAGONISTAS: ITACHI UCHIHA Y SAKURA HARUNO

SIN FINES DE LUCRO

Capitulo 3

Una tigresa nunca deja que nadie le gane la partida en una conversación; nunca deja que otro diga la última palabra. Si lo hace, se convierte en receptáculo de la basura emocional de su oponente.

—¿Cuándo vas a atacar a tu nuevo jefe?

—Ja, ja —dije, dedicándole a mi prima Hinata mi mejor ceño de «Ni lo menciones».

Mi otra prima abrió la boca para decir algo desdeñoso. Sabía que el comentario de Ino sería desdeñoso porque de su boca sólo salían frases de auténtica sabelotodo. Le lancé una mirada mortal.

Funcionó. Funcionó de verdad. Doña Dilo-Tal-Cual Ino se quedó callada. Quizás empezaba a dominar en serio la expresión de «Voy a comerte viva».

Me recosté en mi asiento. La luz del sol entraba a través de los visillos rosa de la cocina, envolviendo la mesa en un halo de calidez. El aroma del café se respiraba en el aire. Igual que todos los lunes por la mañana, antes de correr al trabajo, a la escuela en el caso de Ino, estábamos sentadas en la cocina de Hinata, dándonos un festín, o atragantándonos, con la comida que hubiera preparado.

Hinata tenía una empresa de catering y estaba intentando reunir una colección de recetas frescas y exóticas. En general era una cocinera excelente, pero esas recetas «exóticas» suyas eran una porquería.

Con la Dieta Hinata, había perdido cuatro kilos.

Y yo necesitaba cuantos kilos pudiera conseguir.

No me odiéis, pero soy una de esas mujeres que no tiene que vigilar lo que come. Soy delgada, demasiado delgada en mi opinión, y siempre lo he sido. Tiene sus inconvenientes, para que lo sepáis. Que te llamen Huesos. Tener pechos pequeños. Parecer desnutrida. De hecho, mi padrastro una vez intentó asesorarme para que superase mis desordenes alimentarios.

Esa mañana estábamos a salvo, con panecillos y magdalenas de arándanos. De tienda. Hinata no había tenido tiempo de preparar nada exótico, gracias a Dios. No me creía capaz de soportar un desayuno como el de la semana anterior: tortilla de huevo de avestruz con queso azul y fresas. Sólo recordarlo me provocaba nauseas.

—¿Y bien? —dijo Hinata—. ¿Vas a atacarlo o no?

—No me siento atraída por Itachi —dije, esperando sonar convincente, aunque no lo conseguí—. Por tanto, no voy a atacarlo. Además, ¿qué idea es esa de pedir solicitudes para el puesto de esposa?

—Es excéntrico y busca el amor —dijo Hinata, como si eso lo explicara todo.

Ino dio un bocado a su panecillo, masticó y tragó.

—Es un hombre. A los hombres les gustan las fotos de desnudos y hacen cualquier cosa por conseguirlas. Fin de la historia.

Eso tenía sentido.

Ino y Hinata eran gemelas idénticas, pero distintas en muchos sentidos. Hinata había nacido con un ángel sobre el hombro. Ino llevaba al diablo en el suyo.

Ino tenía anchas mechas color rojo en su cabello rubio. También lucía varios tatuajes y piercings. Hinata, en cambio, parecía delicada, casi angelical. Tenían veinticuatro años y eran de cuerpo pequeño y ojos azul brillante.

—¿Babeaste sobre él en la reunión? —preguntó Ino.

—No. Claro que no —¿los mentirosos van directos al infierno o tienen algún tipo de inmunidad? Un mentiroso no es un asesino, ni nada así—. ¿Por qué me preguntas algo tan ridículo?

—Llevas babeando sobre su foto toda la mañana —con ojos chispeantes, Ino untó queso en su panecillo.

—Eso no es verdad —gemí.

—Oh, por favor. Podría bañarme en el charco que has hecho. Un baño largo y relajante —levantó el ejemplar del Tattler—. Pero si insistes en decir que no te atrae, tiraré esto a la basura —echó un vistazo al cubo de la basura y se puso de pie.

—Dame eso —rápida como el rayo, agarré su brazo y le quite el periódico sensacionalista. Como si no llevara una hora mirándola, estudié la foto en blanco y negro de la portada. Itachi, sonriente, rodeaba con el brazo a una morena de piernas largas.

El pie de foto decía: El hijo del multimillonario Fugaku Uchiha con Gwendolyn Summers. ¿Habrá encontrado ya Itachi a su futura esposa?

El artículo mencionaba vagamente que ambos habían asistido a una gala benéfica para niños con cáncer. ¿Quién era el auténtico Itachi? ¿El mujeriego que yo sospechaba, y lanzaba una campaña para buscar esposa, por Dios santo?, ¿O el Buen Samaritano que donaba tiempo y dinero a obras benéficas?

Suspiré. Para mi consternación, las dos últimas semanas habían pasado a toda velocidad y la mayoría de mis noches habían estado llenas de imágenes de Itachi y yo retozando como ninfas hambrientas de sexo a quienes sólo les quedaran unos días de vida.

No podía sacarme al hombre de la cabeza.

Tras haber conseguido un nuevo carné de conducir y encontrar otro pintalabios Mística Chocolate que me había costado cuatro horas y visitar seis tiendas, debería sentirme feliz. En cambio, sólo pensaba en Itachi. Y eso me hacía… infeliz.

Me había enviado un cheque, tal y como había prometido, con una nota en la que decía que si tenía problemas para encontrar el lápiz de labios correcto se lo hiciera saber, y haría que fabricaran uno. ¿Se podía ser más dulce? No hubiera aceptado la oferta pero, aún así. Lo cierto era que empezaba a obsesionarme hasta el punto de que Itachi iba a necesitar una orden de alejamiento para librarse de mí.

Sabía que no debía permitirme desear a ese hombre. Sí, Itachi era guapo: de acuerdo, deliciosamente fantástico, pero era un Triple C, igual que Sasuke. Además, por lo visto, quería una esposa. Yo no quería volver a casarme nunca.

Pero, ¿hacía mi cuerpo caso a esa lógica? Nooo.

Cada noche, antes de acostarme, hacía una lista de las razones por las que no debería sentirme atraída por Itachi, ni desear arrancarle la ropa del cuerpo y aprovecharme de él. De hecho, hacía varias listas.

Ninguna ayudaba.

—Mirad, incluso si babeara por él —les dije a mis primas—. Itachi es un hombre. Eso implica que solo le interesan las mujeres sin problemas de «pechonalidad» disminuida.

—Los pechos no importan hoy en día —Ino frunció el ceño y blandió el cuchillo en el aire—. Lo plano está de moda. Ser plana es el nuevo estilo clásico.

—¿Entonces por que tienen tanto éxito los implantes? ¿Por qué se venden tantos sujetadores de realce?

Era obvio que mi prima no tenía una respuesta.

—Olvídate del pecho —dijo, moviendo la cabeza—. Dijiste que no hacía más que mirarte los labios.

—Los tenía manchados —me había dado cuenta cuando llegué a casa y casi me había muerto de vergüenza. También le había deseado a Itachi que ardiera en el infierno por no decírmelo.

—Seguramente quería limpiarlos a lametazos. La verdad es que te has conseguido un par de labios fantásticos. Yo diría que el hombre quería sentirlos por todo el cuerpo.

—Concedo que tal vez le gustaron mis labios, pero no el resto de mí —ni siquiera me había pedido que saliera con el después de haber caído en su entrepierna. Me recordé que, en cualquier caso, yo no habría aceptado.

—Vale, no eres guapa en el sentido clásico, pero eso no implica que seas una porquería.

Casi me atraganté con la magdalena.

—Gracias, Ino —dije, cuando recuperé la voz—. Ahora me siento mucho mejor respecto a mí misma. De hecho, mi autoestima se ha disparado.

—Me estás malinterpretando —suspiró Ino, con cierta exasperación—. Tu aspecto es frágil, como de camafeo. Algo que la mayoría de las mujeres no consiguen nunca. Tienes ese tipo de atractivo que hace que surja el instinto protector de un hombre.

—Tiene razón —sonrió Hinata—. Y yo creo que eres una gatita sexual que aún no ha salido del armario, Sakura.

Gatita sexual encubierta. Miau. Nunca antes me habían acusado de eso. De hecho, Sasuke me había acusado de estar sexualmente reprimida. Lo de la Tigresa interna debía estar dando resultado.

—Vale, supongamos que ocurre un milagro y Itachi me desea con lujuria. ¿Qué debería hacer?

—Casarte con él —dijo Hinata.

—Hacer temblar su mundo —dijo Ino—, y después deshacerte de él como si fuera una basura apestosa.

Hinata soltó un gritito y perdió la sonrisa.

—Las aventuras de una noche son estúpidas, por no decir potencialmente dañinas física y emocionalmente —afirmó, seria.

—Lleva seis meses libre de las garras de Sasuke el Bastardo y no ha tenido una sola cita. Nos daría igual llevarla a la protectora de animales y comprarle unos cuantos gatos. Necesita una buena ración de sexo, no meterse en otra mala relación.

—Hola —agité el dedo índice en el aire—. Eh. Estoy aquí. En esta habitación, con vosotras.

Ambas encogieron los hombros al unísono.

—Lo juro —gruñí—. Itachi debe haber sido una almorrana en otra vida, porque ya se está convirtiendo en un dolor en el trasero. Puedo contestar a la pregunta yo misma, gracias. Itachi es un cliente, y no tengo relaciones con los clientes. Es malo para el negocio.

—¿A quién le importa el negocio cuando está en juego el amor? —intervino Hinata, la romántica.

—¿Quién diablos ha mencionado el amor?

—Esa clase de proceso mental podría impedirte experimentar algo maravilloso —me ignoró ella.

Me atraganté.

—El amor es maravilloso —se defendió ella—. Un regalo. Sé que opinas que el matrimonio es una institución para deficientes mentales, pero un día yo pienso caminar al altar con una sonrisa radiante. Y llevaré montones y montones de flores. Rosas de borde plateado rodeadas de gypsófila rosa.

La miré con horror, incapaz de administrarle una vacuna verbal mientras la pulga de la boda clavaba sus dientes en Hinata. Se le nublaron los ojos con ensoñación, sus labios se curvaron con anhelo, casi pude oír y ver sus pensamientos.

¿Era el ruido de fondo un bebé llorando?

—Ojalá no estuviera enamorada ahora mismo —dijo, confirmando mis sospechas.

—¿Nos conocemos de algo? —Ino puso los ojos en blanco.

Hinata, aún sonriendo con ensoñación, apoyó un codo en la mesa y me miró de reojo.

—Ya que Sakura no quiere casarse con Itachi, es seguro que no le importara saber que rellené una de sus solicitudes.

—¿Qué? —grité yo—. ¿Cuándo?

—Hace unos días.

—No lo hiciste —Ino se recostó en la silla con expresión atónita—. Sí, lo has hecho. No mientes. ¿Por qué no nos lo dijiste?

—Sabía que os reirías de mí —la sonrisa de Hinata se volvió malévola—. Pero no pude evitarlo. Ese hombre es la perfección masculina y sé que podría enamorarme de él.

—Amor —rezongué yo, pero mi desdén se debía más a la imagen de Itachi y Hinata viviendo felices para siempre que a mi odio por la emoción.

Empezaba a creer que el amor había sido creado por el mismo demonio. ¿Qué mejor manera había de conseguir que la gente hiciera el ridículo?

—Un día todas encontraremos a hombres que nos amen, a quienes podamos confiar nuestras esperanzas y sueños —Hinata se apartó un mechón de pelo color miel de la frente—. Hombres que… —mi risa la cortó.

—La idea de un macho cariñoso, que se preocupe y sea fiable es demasiado absurda para planteársela siquiera un segundo.

—Eso, eso —secundó Ino. Ella había tenido una buena dosis de corazones partidos. De hecho, había inflingido una buena cantidad de corazones partidos, pero esa era otra historia. Estábamos criticando a los hombres, no sacando a relucir nuestros trapos sucios.

—El amor no tiene nada de especial. Es lioso y desagradable —odiaba desilusionar a Hinata, pero necesitaba saber la verdad. Cuanto más tiempo fuera por la vida creyendo que el amor verdadero esperaba a la vuelta de la esquina, más se arriesgaba a sufrir.

Y, la verdad, odiaba pensar que la dulzura de Hinata quedase obliterada por un pene andante.

—Me niego a creer que el amor no significa nada —dijo ella—. Que tú pensaras que estabas enamorada de Sasuke el Bastardo no significa que hubieras encontrado a tu amor verdadero. Tu alma gemela está ahí fuera, Sakura, esperando que la encuentres.

Yo recé a Dios porque no fuera así.

Pero sentí una oleada de adrenalina cuando el rostro perfectamente tallado de Itachi me pasó por la mente. Rápidamente, deseché la sensación y la imagen. No creía en las almas gemelas. Ya no. Mi madre había creído que mi padre natural era su alma gemela los diez años que estuvieron casados. Por eso lo aceptaba cada vez que volvía después de pegarle o engañarla. Aún así, no podía negar que al caer en brazos de Itachi el contacto había sido eléctrico; algo que no había experimentado nunca. Ni siquiera con mi ex.

Pero eso no implicaba que Itachi fuera mi alma gemela.

—Entonces, ¿cuándo vas a ver al delicioso señor Uchiha? —preguntó Hinata.

—Mañana —alcé los hombros con gesto de indiferencia. Dios. Mañana. Tragué saliva. No sabría si podría sobrevivir a otra reunión.

—Mmm, quiero que me cuentes todos los deliciosos detalles —Ino mordisqueó su panecillo.

Con la palabra «delicioso» resonando en mi cabeza, miré de nuevo la foto del periódico. No pude evitarlo. La cámara había captado la virilidad de Itachi, pero no revelaba la ostensible sexualidad que rezumaba cada poro de su piel.

—Puedo darte los detalles ahora mismo —dije, haciendo voto de cumplir mis palabras—. Nada ocurrirá entre Itachi y yo, porque no lo permitiré.

—Lo que tú digas, sucia gatita sexual —dijo Ino, pasando un dedo por el borde de su vaso.

Yo deseé poder poner a Itachi en mi lista de «A evitar». Ya me estaba causando problemas. Una mujer inteligente lo habría llamado para cancelar el contrato. Pero, dado mi nuevo lema, «Planificaré una fiesta sobre tu trasero, si pagas lo suficiente», tenía que seguir adelante.

—Pues yo me alegro de que Itachi haya entrado en tu vida. Está consiguiendo que tu energía sexual se ponga en marcha por fin —Ino se acabó el vaso de zumo—. Ya iba siendo hora.

—Eh, ¿habéis leído esta parte? A mí se me había escapado —Hinata agarró el periódico y se puso un mechón de pelo tras la oreja—. Itachi enumera las cualidades que quiere que tenga su esposa.

—La he leído —agarré otra magdalena y empecé a recitar—. Debe compartir mi interés por el backgammon. No debe quejarse mucho. Si no habla, mejor aún. Y debe adorar el color verde —asqueada, moví la cabeza—. O es una broma o el hombre necesita psicoterapia intensiva.

—Creo que necesitamos una lista como ésta —dijo Hinata, animándose.

—¿Una lista estúpida? —pregunté yo.

—No, una de requisitos —Hinata frunció los labios.

—¿Para qué? Ino tiene a alguien. Yo no busco a nadie. Y tú, tú sólo tienes que respirar para llamar la atención de un hombre —Ino y ella eran idénticas, pero Hinata tenía una sensualidad inocente que personificaba la expresión «sueño húmedo». Los hombres se volvían locos por ella.

—Pues yo vuelvo a ser una mujer libre —dijo Ino, sin ápice de remordimiento—. Así que estoy de caza.

—¿Qué ha pasado con Sai? —la miré atenta—. Lo último que había oído era que os iba de maravilla.

—Le dejé. No dejaba de pedirme mis bragas —movió la cabeza—. No habría sido tan terrible. Si no fuera porque las quería para ponérselas.

—Nunca me gustó —Hinata arrugó la nariz—. Era demasiado… raro.

—Olvidemos a Sai, el Usa Bragas —pidió Ino.

—Preferiría hablar de nuestra lista —Hinata la miró expectante—. Quiero hacer una con los diez rasgos esenciales de Don Perfecto.

—Eso suena divertido —bufó Ino. Chocó las palmas de las manos simulando emoción.

—Todas las mujeres de América han hecho su lista de Don Perfecto, y son todas iguales —dije. Luego recité lo habitual: guapo, inteligente, bla, bla, bla—. Lo que necesitamos es la lista de Don Intocable.

Silencio.

—Cómo descubrir a un perdedor —Ino asintió involucrándose en el juego—. Me encanta. ¡Hagámosla!

—Sabemos cuánto te gusta hacer listas, Sakura —dijo Hinata—, así que tú te encargaras de apuntar.

—De acuerdo —me levanté y fui por papel y lápiz.

—Ya sé cuál debería ser la primera —dijo Hinata—. Desempleado.

—Eso es un cliché —pensativa, Ino se golpeó la barbilla con un dedo—. Tenemos que pensar de forma creativa —hizo una pausa—. La número uno debería ser un hombre que diga que la ropa nos quedaría fantástica si perdiéramos cinco kilitos.

—Bastardo —gruñí yo. Sasuke me decía todo lo contrario, pero entendía el sentimiento a la perfección «Estarías fantástica si ganaras algo de peso, Sakura. ¿Habías pensado alguna vez en añadirte pecho, Sakura? Me estás clavando el cóccix, Sakura, sería mejor que te quitaras de mi regazo y te sentaras ahí»—. Ésa es perfecta.

—El hombre con quien salí antes que con Sai tenía un ojo vago —comentó Ino—. Que ésa sea la número dos. Un hombre con un ojo vago.

—Un ojo vago no tiene nada de malo —protesté.

—Si que lo tiene cuando un ojo mira tu pecho y el otro tu entrepierna.

—Vale, vale —Hinata soltó una risita—. Número tres. Un hombre que opine que tiempo de calidad es un polvo rápido durante los anuncios de la tele.

—Eso, eso —alcé mi vaso de naranja en brindis.

—Número cuatro —Ino cruzó los brazos sobre el estómago—. Un hombre que diga que no puede salir durante el día porque es sensible a la luz solar, pero luego resulta que lo dice porque está casado, tiene cuatro hijos y…

—Eh. Para ya —reí yo. Ino estaba casi rugiendo de furia. Me recosté en el asiento y apoyé la libreta en el regazo—. Creo que «bastardo mentiroso» servirá como número cuatro.

Ella inspiró lentamente un par de veces.

—Creo que con la cosecha que llevamos este año —dijo con más calma—, deberíamos añadir hombres que eructen y se rasquen en público. ¡Y que no se afeitan bien! Odio que la barba me queme la piel.

—Excelente —apunté su sugerencia. Pero tengo que admitir que a mí no me disgusta sentir pelo duro de la barba. Bueno, me gusta sentirlo. Crea una fricción deliciosa. Tacharía ésa cuando estuviera a solas.

—¿Y un hombre que no sepa escuchar? —Hinata miró alrededor de la mesa, buscando aprobación.

—A mí me vale —aceptó Ino—. Una vez salí con un hombre que se dormía cada vez que abría la boca. Bueno, a no ser que estuviera usándola para…

—Nos hacemos una idea, sobran los detalles —Hinata movió la cabeza y puso los ojos en blanco.

—Tú te lo pierdes. ¿Por cuál vamos?

—La siete —contesté—. Pero ésa la tengo. Un hombre que opine que el regalo de cumpleaños perfecto es decirte que puedes dejar los cacharros para el día siguiente.

Ambas me miraron con los ojos como platos.

Ino soltó una risita. Me pregunté cómo podía salir un ruidito tan angelical de una mujer tan diabólica.

—Bromeas, ¿verdad? —exigió.

—Ya me gustaría…

—¿Sasuke el Bastardo te hizo esa joya de regalo?

—En más de un cumpleaños.

—¿Cómo no lo ha matado aún su karma negativo? —golpeó la mesa con el puño—. En honor a Sakura, sugiero que añadamos a los hombres cuyo nombre empiece por R.

—La secundo —dije. Eso eliminaba a Itachi. Y no me sentía molesta, en serio. La añadí a la lista, la rodeé con un círculo y puse tres estrellitas al lado.

—De acuerdo —Hinata se dio un golpecito en la barbilla—. Sugiero que añadamos a un hombre que se niegue a usar un preservativo porque inhibe su placer.

—Ésa es buena. Está muy bien —eché otro vistazo a la lista—. Nos falta una más, y tendremos diez. ¿Qué va a ser chicas?

Ino se levantó de un salto. Casi se veía la bombilla encendida dentro de su cerebro.

—¡Ya lo sé! Un hombre que te deja insatisfecha en la cama y se preocupa sólo de su propio orgasmo.

—Bueno, creo que acabamos de eliminar a todos los hombres del planeta tierra —dije yo, sonriente.

EL TERCER CAPITULO POR FIN ESTA HISTORIA SE ESTA PONIENDO MUY INTERESNTE

Ofi Rodríguez