Japón observó la consola de juegos que sostenía entre sus manos. Frunció el ceño. No estaba nada mal el hecho de poder vender sus productos, pero la producción no era suficiente.

— ¡Mocoso! —lo llamó China, que se acercaba a él.

—No me digas así—siseó Japón— ¿Qué quieres?

—Parece que necesitas ayuda.

—No—mintió el menor.

—Sí~

—No.

—Te ayudaré, porque me das lástima. En mi casa podemos fabricar productos que se parezcan.

— ¿Y eso en que te beneficiaría?

—Los dos saldríamos ganando.

—…Escucha, imbécil, no puedes ir por ahí vendiendo copias baratas…

—Siempre dicen lo mismo—murmuró el chino, aburrido, mientras el japonés lo regañaba e insultaba.

—Muy bien, hermanito—comenzó Romano—Te enseñaré tácticas para liberarte de Inglaterra~

—No comer su comida—lo cortó el menor—Ya lo sé.

—No, no. Escucha, si te encuentras con el enemigo, debes mostrarles que no tienes la mínima intención de pelear.

—Como si lo vayan a creer.

—Vamos, con esa carita inocente tuya, cualquiera lo creería.

— ¡Italia es muchas cosas, pero inocente, te aseguro que no! —gritó Alemania, que pasaba por allí.

— ¡Cállate, bastardo sin glamour, bebedor de cerveza, saco de músculos sin cerebro! —le gritó el sureño.

—Hermano, no te desvíes de tema—le recordó Italia.

—Oh, es cierto. Si te dispararan, serían los malos.

—Eso es demasiado estúpido.

—Es inteligente. Te ayudará a sobrevivir.

—No, no lo es. Oye, ¿y para que tenemos un tanque de guerra, si nos vamos a rendir?

—Para escapar sin arruinar los zapatos de cuero.

—Japón… me regaló un peluche con forma de gato—murmuró China, observando la cabeza de gato blanca, con una moña en la oreja.

—Ese peluche es extraño—le dijo su superior, un dragón chino.

—Sí, bueno, le falta la boca.

—Está maldito.

—Ese mocoso… sabía que no era un regalo como cualquier otro.

—Dibújale una boca, tal vez el mal augurio desaparezca.

China contempló el peluche. Si le dibujara una boca… quedaría espantoso. Y él no era nadie para arruinar el aspecto tierno de ese peluche.

—Mejor lo dejamos así—dijo el chino.

— ¡Suéltenme! ¡Ingleses de mierda! —se quejaba Italia, dado que dos soldados de dicha nación lo estaban metiendo en una celda— ¡No los dejaré con vida! ¡Se arrepentirán!

Fratello, basta—lo silenció Romano.

— ¿Eh? ¿Qué haces tú aquí? —preguntó el menor, viendo a su hermano sentado en un rincón de la celda.

—En este mismo momento, le estoy echando la culpa a Alemania. Todo es culpa de él. Maldito alemán.

— ¿Cómo te capturaron?

—Prefiero no hablar de eso. Los británicos tienen tan poco estilo…

—Oye, no critiques mi estilo—se quejó Inglaterra, que se asomaba desde el otro lado de la celda—Por cierto, ya casi es la hora de comer…

Los dos italianos lo observaron, horrorizados. Esa debía ser una de las peores torturas que sufrirían en esa cárcel.

—Pero… mi comida no es tan mala—dijo el inglés, esperando que los hermanos estuvieran de acuerdo.

Ninguno dijo nada.

—Así que no les gusta mi comida—un aura oscura comenzó a apoderarse del inglés.

—Vamos a morir—dijo Romano.

—Prefiero morir así que por la estúpida comida—sentenció Italia.

— ¿¡Qué está pasando aquí!? —exclamó Francia, entrando a la cárcel inglesa. Instantáneamente, el aura asesina del británico desapareció, para ser sustituida por una sonrisa cargada de dulzura.

My love! —Exclamó Reino Unido, feliz— ¡Tengamos una cita!

—No—respondió el francés.

—Dile que sí, Francia—dijo el castaño, dado que si el inglés se iba, se salvarían de su comida.

—Vamos, es un tipo con glamour—mintió Romano, siguiéndole el juego a su hermano menor.

Francia alzó una ceja, e Inglaterra le tironeó el brazo, encantado.

—Hazles caso. Soy tu mejor opción~—le dijo el inglés.

—Sí, llévatelo, Francia—insistieron los italianos.

El galo frunció el ceño, posando su mirada en los mediterráneos y luego en el británico. Suspiró.

—Sólo por ésta vez—accedió Francia, sabiendo que se arrepentiría.

Inglaterra gritó, feliz, y salió corriendo a acomodarse el pelo. El francés se volvió hacia los otros dos, y los miró severamente.

—Más les vale escapar—les advirtió.

—Ése es el plan—aclaró Romano.

—Alemania—lo llamó Italia.

— ¿Qué quieres? —inquirió el alemán.

—Japón vendrá a mi casa unos días.

—De acuerdo, ¿y a mí qué?

—Nada, era para avisarte que estaré ocupado mostrándole mi país, y que ya sé que me extrañarás mucho, y por eso…

—No te extrañaré.

—Ay, Alemania, mentirte a ti mismo sólo hace que las cosas empeoren…

—Vete.

—No sufras mucho por mi ausencia…

—Fuera de aquí.

Días después…

—Hemos vuelto. ¿Me extrañaste, capitano? —preguntó Italia, abrazando por detrás al alemán. Éste lo apartó bruscamente, pero el italiano volvió a la carga.

Ciao~—saludó Japón.

Alemania abrió los ojos como platos. Japón lucía… italiano.

Y estaba vestido con demasiado glamour. Igual que Romano.

—Ah, es que mi hermano nos encontró—explicó Italia, viendo con desagrado el atuendo del japonés—Y dijo que a Japón le sentaría bien un cambio de imagen. Después de que Romano insistiera demasiado, ya sabes cómo es él, Japón terminó así.

—Espero que sólo sea físicamente… —murmuró el alemán.

— ¡Adiós, bella signorina~!—saludó Japón a una chica que pasaba por ahí.

— ¿¡Qué mierda le hiciste a Japón!? —gritó el rubio, mirando al italiano con ansias de sangre.

— ¡Fue Romano, ya te lo dije! —se excusó Italia—Sólo paseamos y comimos.

—Pasta~—murmuró el japonés.

—…Italia, la has cagado—le dijo Alemania.

—Los italianos son contagiosos—aclaró el castaño—Al menos tengo a alguien con quién comer pasta.

—Me siento solo—se quejó el rubio— ¡Vuelve, Japón! —rezó al cielo.

—Ve~—finalizó el asiático.

Continuará~


Japón a sido italianizado! Pero se le pasará pronto, no se preocupen :D. Sólo esperemos que Grecia no quiera aprovecharse de su estado :i'mwatchingyou: