ADAPTACIÓN ESTA HISTORIA NO ME PERTENECE (MUNDO ALTERNO)
TITULO: DESEO SALVAJE
TITULO ORIGINAL: DESEO SALVAJE
AUTORA ORIGINAL HISTORIA: GENA SHOWALTER
AUTOR ORIGINAL PERSONAJES: KISHIMOTO - SENSEI
PROTAGONISTAS: ITACHI UCHIHA Y SAKURA HARUNO
SIN FINES DE LUCRO
Capitulo 4Una Tigresa marca su territorio y ataca a quien se atreva a entrar. Los furtivos deben saber a lo que se enfrentan o seguirán entrando en terreno prohibido con la esperanza de encontrar una gata herida a quien esclavizar. Lucha. No cedas un centímetro.
El timbre de la puerta captó mi atención. ¿Quién podía ser? Como había accedido a rechazar a nuevos clientes, no tenía trabajo el resto del día, había decidido hacer un poco de ejercicio siguiendo mi DVD favorito, así que llevaba puestos pantalones cortos y un sujetador deportivo.
Alcé una ceja y crucé el reluciente suelo de madera. No me apetecía hablar con invitados.
El timbre sonó otra vez. Y otra y otra. Fruncí el ceño. Por lo visto, algunas personas creían que llamando más abriría la puerta antes. Lo único que conseguían era irritarme sobremanera.
Miré por la mirilla y cuando vi quién estaba al otro lado me quedé sin aire. Helada. ¡Mierda, mierda! Itachi Uchiha. De visita.
—Oh, Dios mío —gemí, apretando la mano sobre el pomo. ¿Qué hacía él en mi casa? Yo estaba horrible. Sin maquillar. Con el pelo hecho un asco—. Mierda.
Volvió a pulsar el timbre, pero no abrí. Decidí que lo mejor sería hacerle pensar que no estaba. Era un buen plan. Se marcharía.
—Sé que estás ahí, Sakura —dijo él risueño—. Abre la puerta, boquita de mohín.
Me agaché y me retiré de la mirilla. Luego me di cuenta de lo que había hecho y me enderecé de nuevo. Él podía oírme, pero no verme. Volví a mirar por la mirilla y tragué saliva. ¿Había tenido ese aspecto tan rudo y sexy la última vez?
Me estremecí y me obligué a pensar en pavo y queso en pan de centeno. Mi táctica de distracción no funcionó. Se me hizo un nudo en la garganta al tiempo que sentí un delicioso calor en el estómago.
No podía ser más patética. Me estaba comportando como si fuera una… Recordé que era una mujer hambrienta de sexo y que él era un regalo para la vista; tenía derecho a sentir lujuria. Significaba que yo era una mujer normal y sana. Nada de lo que avergonzarse ni por lo que sentir pánico. Enderecé los hombros. ¿Qué importaba que me viera con mi peor aspecto? Ver el desagrado en sus ojos sería bueno, me ayudaría a librarme de la obsesión que sentía por él. Y esta vez no tenía la cara manchada de polvo.
Forcé una sonrisa falsa y abrí la puerta. Capté de inmediato el olor a hombre y a sándalo. Mis ojos lo devoraron. Itachi llevaba un traje azul oscuro que debía valer más de lo que yo ganaba en todo un año. No llevaba la predecible corbata. Al contrario, los dos botones superiores de la camisa estaban abiertos, revelando un trozo de piel oscura bronceada.
Alzó las cejas oscuras con expresión divertida.
—¿Paso la revista? —preguntó.
El nudo que tenía en la garganta se desplazó a mi estómago, poniendo fin a la sensación de calidez.
—No te miraba a ti —dije, buscando una excusa plausible—. Pensaba en algo que no tiene nada que ver contigo —«genial, Sakura. Eres idiota».
—Entiendo —sus ojos chispearon y tosió. Supongo que para disimular una risa.
—¿Cómo has conseguido mi dirección? —pregunté con una mueca—. ¿Qué haces aquí? Nuestra reunión no es hoy.
—No es difícil encontrar a alguien hoy en día —se encogió de hombros—, y estoy libre. No tengo que volver a la oficina hasta mañana y pensé que podíamos pasar el día juntos, tal y como prometí. Hablar de negocios —me miró—. ¿Vas a invitarme a entrar?
Itachi. En mi casa. Sólo. Conmigo. Estuve a punto de gritar «¡No!». Me contuve. No había forma cortés de rechazarlo.
Maldición.
—Bien. Como quieras —suspiré, haciéndole saber, de forma discreta, que no me volvía loca la idea.
—Bueno, ¿qué va a ser? —su rostro se iluminó con una sonrisa—. Tu tono de voz dice no y tus labios sí.
No era buen augurio para ninguno de los dos que deseara estrangularlo y arrancarle los pantalones al mismo tiempo. Di un paso atrás y le dejé entrar. Cuando su cuerpo me rozó inocentemente, me di cuenta de que tenía los pezones duros. Muy duros. Lo bastante como para sacarle los ojos. Y dado el sujetador deportivo que llevaba, él habría tenido que ser ciego para no verlo.
Itachi no era ciego.
Conseguí a duras penas controlar un taco. Me puse las manos sobre los pechos, como si eso pudiera hacerme desaparecer por arte de magia.
—No estoy vestida de forma adecuada.
Esperaba que él contestara algo hiriente como:
«Y tú que lo digas». Sin embargo, me dedicó otra seductora sonrisa.
—Lo he notado. No te cambies por mí —movió las cejas sugestivamente, de una forma que me habría hecho reír en cualquier otra situación—. Me gustas así.
Su mirada se volvió atrevida y evaluadora, y el corazón me golpeó en el pecho como si un duendecillo hubiera decidido utilizarlo de tambor. Itachi no parecía disgustado por mi aspecto como había esperado, y temido, lo admito. Parecía admirado.
—Tardaré un momento —farfullé. Me temblaban las rodillas. Giré y, de espaldas a él porque me atrevía a mirarlo, señalé con la mano—. Siéntate en la sala.
Fui a mi habitación y me quité el sujetador, los pantalones elásticos, dejándolos caer al suelo tan rápido como pude, me puse unos pantalones negros y una blusa blanca.
Recogí mi melena rosa en un mono severo. Siendo una humilde planificadora de fiestas y felpudo, la gente no solía considerarme una empresaria seria, así que utilizaba todos los trucos posibles para parecer severa e inflexible.
Eché un vistazo a la habitación, buscando mis zapatos negros. Solo tenía un par y no estaban a la vista. Después de unos minutos, me rendí. No me gustaba la idea de dejar a Itachi sin supervisión y me negaba a ponerme zapatos marrones con un pantalón negro. Saldría descalza. Al menos tenía las uñas de los pies pintadas de un bonito azul metálico Sí, azul. No soy chica de esmalte rosa.
Fui a la sala sin ganas de enfrentarme a mi némesis, pero consciente de que no tenía otra opción.
—Itachi —dije, con un tono de voz tan severo como mi moño. Estaba sentado en el sofá, y tenía un aspecto decadente, recostado en los cojines de satén rojo. Me senté en el sillón que había frente a él—. No pretendo ser grosera, pero no deberías estar aquí. Ésta es mi casa, no mi lugar de trabajo. Además, nuestra cita estaba concertada para mañana.
—Decidí cambiarla —se recostó con pose relajada, observando y escrutándome.
«No, no, no», pensé, «no aceptaré esa actitud Triple C en mi casa».
—No puedes cambiar de opinión a tu gusto —le dije, exasperada—. ¿Y si tuviera otros planes para hoy?
—¿Los tienes?
Desvié la mirada, evitando contestar. Mis ojos se clavaron en la lista de Don Intocable, que estaba a unos centímetros de la vista de Itachi. ¡Diantre! Me sonrojé al preguntarme si la habría leído.
—¿Y bien?
—Y bien, ¿qué? —en realidad deseaba decir: «Si has leído esa lista voy a arrancarte la piel a tiras y darle tus entrañas a comer al gato del vecino».
—¿Tienes planes hoy? —preguntó él.
—Sí… No.
—Prueba otra vez. Pensabas quedarte en casa, admítelo.
—No importa lo que fuera a hacer —solté un gruñido suave—. Nuestra cita es mañana.
—Lo sé, y lo siento —siguió igual de relajado.
Daba la impresión de tener todo el derecho a ocupar mi sofá como un rey que esperara que cumplieran sus órdenes—. He pasado dos semanas intentando cerrar una compra que no resultó y estoy tenso. Pensé que pasar el día contigo me ayudaría a relajarme.
¿Relajarlo? Debía pensar que mi aburrida compañía seria un sedante.
—Podías haber llamado antes —dije dulcemente. Bueno, admito que rezongué sin ápice de dulzura—. Eso habría ayudado bastante.
—Me emociona tu entusiasmo —rió él—. En serio. Creo que nunca me había sentido tan bienvenido.
—Lo siento —suspiré. Tenía que demostrarle a ese hombre que poseía cierta profesionalidad. Hasta ese momento solo había visto lo peor de mí.
—Estabas tan desesperada por hacer tu lista de preguntas la última vez, que supuse que te alegraría verme —se levantó del sofá y, en tres zancadas, se arrodilló a mis pies. De repente, nuestros ojos estaban a la misma altura.
Me erguí en el sillón. ¡Alerta roja! Pavo en pan de centeno. Pavo en pan de centeno.
—Tu agenda está libre, Sakura, y la mía también —tomó mi barbilla en su callosa mano y la alzó—. No pensé que fuera a ser un problema. Si quieres que me vaya, dilo y me iré.
De cerca era aún más guapo. Ojos negros brillante salpicado con finas rayas azul oscuro. Labios llenos y suaves que estarían aún mejor si estuviesen sobre mi cuerpo. Pestañas largas y rectas que sombreaban sus mejillas y un rastro de barba en el mentón. Mis defensas se derrumbaron. ¿Cliente? Daba igual. ¿Triple C? No era problema. Itachi estaba muy bien. Tan masculino.
Una parte profunda y primitiva de mí respondió a él, deseando más. Parte de mí echaba de menos las caricias y besos de un hombre. El ardor y la pasión.
No quería que se fuera. Carraspeé.
—Tú eres el jefe, ¿no? Si quieres trabajar hoy, trabajaremos hoy —me aparté y me puse en pie antes de hacer algo estúpido como lanzarme a sus brazos y exigirle que buscara el punto erótico de mi cuerpo que le pillara más cerca.
—Vamos a la cocina —dije. El poco espacio que había entre nosotros no era suficiente para mi paz mental—. ¿Quieres beber algo? —no esperé su respuesta. Salí, obligándolo a seguirme o quedarse solo.
Me siguió.
Cuando la barra de la cocina se interpuso entre nosotros, empecé a relajarme, a recuperar el control. Ni siquiera perdí la calma cuando se sentó en un taburete, observándome y provocando en mí un anhelo que no quería reconocer.
Me concentré en rebuscar en un cajón que contenía artículos variados. Encontré una libreta y la coloqué ante mí, casi como un escudo protector.
—Como has dicho, tengo una lista de preguntas…
—¿Por qué no te sientas aquí? —me cortó él. Dio una palmada en el taburete que tenía al lado. Cuando no me moví, añadió—. No te oigo bien.
—Oyes perfectamente.
—¿Qué has dicho? —pregunto él, llevándose una mano a la oreja.
—He dicho que oyes perfectamente.
—Por favor, habla más alto —sus esfuerzos para no sonreír eran patentes—. No te oigo.
—Eres imposible —dije, tras mirarlo en silencio.
Solté un suspiro y arrastré los pies hasta el taburete.
Me senté de modo que ninguna parte de nuestros cuerpos se rozara, lo más lejos posible de él. No entendía por qué quería que me sentara a su lado. ¿Intentaba ser amistoso? ¿Pretendía relajarme? ¿Se sentía atraído por mí?
—Pregunta número uno…
Él no me interrumpió esa vez. Oh, no. Mis palabras se apagaron en el aire cuando se inclinó hacia mí, acortando la distancia que nos separaba.
Olisqueó el aire alrededor de mi cuello.
—¿Qué estás haciendo? —pregunté, odiando el timbre jadeante que parecía haber adquirido mi voz.
—¿Qué es ese olor? —preguntó él, a su vez.
Me quedé helada. ¿Acaso mi olor era tan desagradable que sólo tenía que inclinarse hacia mí para captarlo? Controlé el impulso de romperle la nariz; por comentar sobre mi pestilencia.
—No sé que es —olisqueó de nuevo.
—¿Es muy desagradable? —pregunté, con las mejillas ardiendo.
—Es bueno. Algún tipo de flor.
Primero pensé: «¡Hurra! No apesto».
Después:«¡Oh Dios mío!».
Me pregunté si intentaba seducirme. A mí, una persona pequeña, amargada y malhumorada. Tenía que ser. Mis venas hirvieron de excitación, aunque no estaba dispuesta a admitirlo. Era asombroso, la verdad. Tal vez mis nuevos labios de putita fueran realmente irresistibles. Tal vez…
Calma. Mejor no precipitarse. Estudié los rasgos de Itachi. No había indicio de seducción ni de deseo, sólo de curiosidad. Debía haber malinterpretado sus intenciones. Mi excitación sufrió una muerte lenta. Según decía el Tattler, era posible que tuviera novia. Izumi Summers, para ser exactos. Claro que no intentaba seducirme.
—¿Cómo se llama ese perfume? —preguntó él.
—No llevo perfume. Debe ser mi champú o mi desodorante —me mordí el labio tras decir la última palabra. Tal vez decirle que olía mi desodorante equivalía a insinuarle que captaba mi olor corporal.
La libreta que tenía sobre las rodillas cayó al suelo, proporcionándome una distracción muy necesitada. Me agaché y la recogí sin mirarlo.
—Bueno, empecemos con la primera pregunta.
—Tus ojos son color jade —dijo él de repente, como si eso lo sorprendiera—. Jade líquida.
Tragué saliva y moví la cabeza. ¿Qué diablos estaba ocurriendo allí? Primero parecía que flirteaba, un momento después que no, y luego volvía a flirtear. ¿Flirteaba o no?
—Son Verdes —contesté.
—Son preciosos.
—Gracias —mi corazón dio un bote. Pavo en pan de centello—. Pregunta número uno: ¿Cuántos invitados habrá en la fiesta de tu madre?
Me miró en silencio varios segundos. Debió pensar que le cortaría su apéndice más preciado si decía otro piropo, porque encogió los hombros y contestó.
—Cincuenta. Tal vez cien o doscientos.
—Vaya, eso lo deja claro, ¿verdad? —comenté son sequedad, tomando nota—. Necesitaré una lista de todos, con nombre y domicilio.
—¿Cuándo la necesitas?
—En tres o cuatro días, si es posible —de repente se me ocurrió una idea—. Una vez que hayamos concretado los detalles, ¿debería llamar a tu madre para pedir que los apruebe?
—Desde luego que no —contesto con voz firme—. Querrá cambiarlo todo.
—Técnicamente, fue ella quien me contrato.
—Yo intenté contratarte, pero no devolviste mis llamadas. Lo que es más, soy yo quien te paga.
—Con eso me vale —ignoré el tono de censura de su voz por no haberlo llamado—. No oirá una palabra —pasé al tema siguiente—. ¿Tienes alguna empresa de catering favorita?
—No. Quien uses normalmente servirá.
—Excelente —inspiré con fuerza. Solté el aire. Se había impuesto un ritmo de trabajo fluido, la atracción sexual se había disuelto. Le pediría a Hinata que se ocupara del catering con la condición de que sirviera sólo platos aprobados por mí. Eso implicaba que no habría nada exótico en el menú—. ¿Y la decoración? ¿Querrá tu madre una fiesta de decorado sencillo, elegante o tradicional?
—Elegante, supongo —suspiró y se frotó la sien.
Yo habría dicho lo mismo, aunque a veces los clientes me sorprendían. Una vez había organizado una fiesta para una señora de setenta y tres años.
Había pedido sombreros con forma de condón y bandejas de calabacines.
—¿Hay algún símbolo o tema que prefiera? ¿Que coleccione? ¿Que adore?
—Las joyas. Nunca tiene bastantes.
—Podría hacer que el local pareciera un joyero —dije, con el lápiz sobre el cuaderno, imaginando decorados. La última vez que había ido a comprar adornos había visto unos enormes anillos de diamantes de imitación. Serían centros de mesa excelentes.
—¿Puedes hacer eso? —Itachi arqueó las cejas, que se ocultaron bajo su flequillo oscuro—. ¿En serio?
—Puedo hacer todo lo que tú quieras.
Sus ojos llamearon y me recriminé por hacer un comentario tan sugerente. Cualquier hombre habría reaccionado al oírlo. No era típico de mí.
—Dejemos el tema de la decoración en suspenso de momento —dijo él—. Aunque me gusta la idea del joyero, aún no estoy convencido al cien por cien.
Asentí y apunté. Quería que ésa fuera la mejor de todas mis fiestas. Una que la gente recordara y comentara meses después. Me di un golpecito en el labio inferior con el bolígrafo.
—Lo siguiente es el local. ¿Has decidido dónde quieres que se celebre la fiesta?
No contestó.
—¿Itachi? —me di otro golpecito en el labio.
Alcé la vista y descubrí que miraba mi boca. ¿Me habría manchado con el boli? ¿Tenía alguna miga del desayuno entre los labios? Saqué la lengua y me lamí los labios. No sabían a tinta. No había migas.
Sus ojos llamearon fuego negro.
Tal vez no tuviera nada que ver ni con tinta ni con migas. Tal vez, tal y como había sugerido Ino, deseara sentir mis labios en su cuerpo. Tomé aire, intentando no notar el calor que me abrasaba.
Él empezó a inclinarse hacia mí. Más y más. Me recordé que, por lo visto, salía con una supermodelo.
—¿Itachi? —insistí, un poco ronca. ¿Dónde estaba mi Tigresa interior cuando la necesitaba para sacarle los ojos a un hombre?—. ¿Itachi?
—¿Sí? —no apartó los ojos de mi boca.
—¿Has decidido dónde quieres que sea la fiesta?
Él siguió sin contestar y cuando se acercó aún más, chasqueé los dedos delante de su rostro.
—¡Itachi! ¡Deja de hacer eso!
—¿Qué?
—Mirarme fijamente. Me pone nerviosa.
—Perdona —gruñó él, desviando la mirada por fin—. Para tu información, no te miraba a ti. Pensaba en algo que no tiene nada que ver contigo.
Abrí la boca. Mentía, igual que le había mentido yo antes. Eso significaba… Santo cielo, significaba que había estado a punto de besarme. Mis pezones se endurecieron al pensarlo. ¿Y qué pasaba con su supuesta novia, esa zorra de Babilonia? ¿Quería engañarla conmigo? ¿Tener una aventura y luego casarse con la chica que le parecía digna de él? ¡Bastardo!
—¿Has pensado dónde quieres celebrar la fiesta? —mis palabras sonaron cortantes y secas. Apretaba el bolígrafo con tanta fuerza que casi lo partí en dos.
—No —dijo él, pareciendo sorprendido por mi vehemencia—. Aún no.
Fantástico. Con ese tipo de ayuda, el éxito de la fiesta estaba garantizado.
—He utilizado varios sitios antes. Estoy segura de que alguno te parecerá satisfactorio.
—Seguro que sí.
—Dame un momento —me levanté—. Tengo una lista en mi habitación.
Volé al dormitorio y rebusqué en mi maletín. Encontré lo que buscaba y volví a la cocina. Uno a uno, fui nombrando los emplazamientos.
—El jardín botánico.
—No —movió la cabeza negativamente.
—La Mansión de Turtle Creek.
—No.
—Omni, en Park West.
—No.
—El Adolphus.
—No.
—El Milton. El Hyatt Regency. El Four Seasons.
—No. No. No.
—¿No te parece bien ninguno de ésos? —apreté la mandíbula con tanta fuerza que me dolió.
—No —repitió él.
—Si preparas una lista de los sitios que te parezcan adecuados… —lo maldije internamente— los visitaré para ver cual es más apropiado para una fiesta del tamaño que quieres —aunque con una respuesta como «Cincuenta, tal vez cien o doscientos», era imposible saber de qué tamaño estábamos hablando.
—Suena bien —hizo una pausa y me estudió, con ojos inescrutables, que ocultaban sus pensamientos—. Ahora tengo una pregunta para ti.
Casi me estremecí. La última vez que me había hecho una pregunta con ese tono de voz, había prometido rechazar nuevos clientes.
—Dispara.
—¿Cuál es tu número de teléfono de casa?
—Mantengo mi vida profesional separada de la laboral. Por eso mi teléfono de casa no aparece en la tarjeta. Mi móvil siempre esta encendido en horas de trabajo —lo miré. Él seguía en silencio—. No hay razón para que conozcas mi número personal.
—No estoy de acuerdo. Ya que voy a pagarte el triple de tu tarifa habitual, espero que estés a mi disposición. Si necesito ver un local en potencia a las cuatro de la mañana, quiero poder localizarte.
El único local equipado para fiestas que estaba abierto a las cuatro de la mañana era el club de striptease que había a unas calles de mi casa.
—Muy bien —acepté, aunque sabía que una auténtica Tigresa no habría cedido sin más. Con cierta brusquedad, apunté mi teléfono en la libreta y se la pasé, con el bolígrafo—. Yo también necesitaré tu número de casa. Por si tengo que localizarte a las cuatro de la mañana —añadí con una sonrisa falsa y desafiante.
Él ni siquiera pestañeó. Sonrió como si le hubiera dado exactamente lo que quería y aceptó el bolígrafo. Las puntas de sus dedos rozaron mis nudillos. Sentí pinchazos de excitación sexual por todo el brazo. Me irritó comprobar que él, en cambio, no se inmutaba.
—Ésta es mi línea directa —arrancó la parte inferior de la página, con mi número, y me devolvió la libreta—. Puedes hablar conmigo sin pasar antes por la señora Carrol.
—¿Quién?
—Mi secretaria —aclaró. Ah, Karin, Señora de lo Oscuro. Casi besé el número.
—Gracias.
—De nada —echó un vistazo al trozo de papel, asintió y se lo guardó en el bolsillo de la chaqueta—. ¿Hay algún otro detalle del que debamos hablar ahora?
—No —pensé que se marcharía y deseé saltar y gritar de alegría. Bueno, eso es mentira. Aún no quería que se fuera, por mucho que tuviera «novia». Era divertido hablar con él, tenía buen sentido del humor. Además, me gustaba mirarlo.
—Bien —se puso en pie, tiro de mi mano e hizo que me levantara—. Ahora que hemos acabado con el trabajo, a comer. Me muero de hambre. ¿Te gusta la comida china? Podemos llamar para que la traigan.
—¿Comer? —¿comer con Itachi, allí y solos? Me rugieron las tripas y, al mismo tiempo, sentí un latido entre las piernas. Un «sí» de mi estómago y un «sí» de mi libido—. No —respondió el sentido común. Una comida crearía una atmósfera de intimidad para la que no estaba preparada—. No, gracias. No creo que sea buena idea —dije con más firmeza de la necesaria.
—He oído cómo te rugía el estómago —Itachi estaba tan cerca que temía que oyera el latido desbocado de mi corazón—. Si tuvieras más hambre, me preocuparía que fueras a comerte mi brazo.
—No oyes bien, ¿recuerdas? Mi estómago no ha rugido. Debían estar pitándote los oídos por tu problema de sordera. Y, para que lo sepas, hoy he desayunado fuerte —como medida preventiva, me solté y me alejé de su alcance—. Un desayuno enorme —mi estómago eligió ese momento para rugir de nuevo—. Tanto que quizá no pueda volver a comer nunca.
Él cruzó los brazos sobre el pecho y su camisa ciñó sus bien definidos músculos. Tenía el cuerpo de un guerrero troyano. Sentí un escalofrío. Siempre me había sentido pequeña estando con hombres. Con Itachi, esa sensación se disparó a otro nivel. Me sentía como una mota que se consumiera por el poder que irradiaba. Sin siquiera rozarnos, se sentía envuelta por sus anchos hombros.
—O no te gusta la comida china o estás simulando que no tienes hambre para no comer conmigo —su voz se convirtió en un susurro ronco. Entrecerró las pestañas—. ¿Cuál de las dos?
—¿No me gusta la comida china? —no había pretendido que sonara como una pregunta.
—Entonces podernos cocinar algo aquí.
—Tampoco me gusta la comida casera —me tragué el pánico—. Me sienta mal.
—Si te pidiera que bebieras algo conmigo, dirías… —él arqueo las cejas.
—No bebo. El alcohol me atonta.
—Me refería a agua.
—Soy alérgica. Además, tengo mucho que hacer.
—¿Como qué?
—Cosas. Montones y montones de cosas.
Estrechó los ojos. Vi que una luz extraña e incomprensible los iluminaba, dando al negro un tono rojizo que llamaba la atención. Me sorprendió acercándose a mí, inclinándose y susurrándome al oído.
—Creo que temes que pretenda besarte.
Sus palabras dieron al traste con mi ya temblorosa compostura.
—¿Es así? —musité, mirándolo a los ojos.
—Sí. Lo pretendo —sonrió lentamente.
Santo cielo. Pensar que me deseaba era muy distinto a oír cómo lo admitía. Distinto, horrible, desconcertante y maravilloso. El delicioso calor volvió a invadirme y mi mente lo reconoció como un peligro.
«Lucha contra él. Lucha, maldita seas».
—¿Y qué hay de tu novia? —gemí.
—No tengo novia —arrugó la frente.
Izumi Summers —le recordé.
—Una amiga, nada más —rechazó él—. Tú, en cambio… me gustaría que fueras algo más.
Mis estúpidas rodillas se doblaron. No tenía novia… quería que fuera más que una amiga… quería besarme. Mis estúpidas hormonas gritaban por probar a ese hombre.
—Entonces —dijo, convirtiendo su voz en un susurro ronco—, volviendo a ese beso.
—Ya he hecho una lista de por qué no deberíamos —hice una mueca al comprender que acababa de admitir que ya me lo había planteado. Conclusión: toda yo soy estúpida. El rostro de él se iluminó; era obvio que había captado la implicación.
—¿Cuál es la primera razón?
—Trabajamos juntos.
—Igual que otras muchas parejas. ¿Segunda?
—No sería inteligente.
—Lo mejor de la vida no lo es. ¿Tercera?
—No me interesa una relación contigo ni con nadie en este momento —eso era una mentira podrida. Deseaba desnudarme con él cuanto antes y, a mi modo de ver, esto implicaba cierta relación.
—No te creo —dijo él.
—Cree lo que quieras —era un hombre listo—. Eso no cambia los hechos. No te deseo. Nunca te desearé.
—Mientes otra vez —canturreó él—. Lo noto.
—No puedes notarlo —lo miré, incrédula y boquiabierta—. No hay forma de que lo notes.
—Vamos a hacer otra lista, ¿vale? —ignorando mi queja, se inclinó hacia mí y su aliento acarició mi mejilla.
—¿Sobre qué? —volvían a temblarme las rodillas.
—Sobre por qué deberíamos besamos. Te ayudaré con la primera razón.
Apenas tuve tiempo de absorber que la boca de Itachi descendía hasta la mía hasta que estuvo allí, besándome. Despacio primero, explorando y tanteando. Su lengua rozó la mía, la rodeó, la empujó. Sabía de maravilla, a calor, hombre y algo único de él.
Por voluntad propia, mis brazos subieron por los increíbles músculos de su pecho y se anclaron alrededor de su cuello. Mis dedos acariciaron su sedoso cabello. El mundo que me rodeaba se difuminó. Sólo era consciente del pesado latido que recorría mi cuerpo y se concentraba entre mis piernas. Me pregunté si había ascendido al paraíso por deseo divino.
—Tus labios son más suaves de lo que había imaginado —dijo él con voz grave y ronca.
—¿Los habías imaginado? —pregunté.
—Mil veces en las últimas dos semanas. Y mil más si contamos los últimos… —se detuvo.
—¿Los últimos qué? —atrapada en su atractivo sensual, rocé su nariz con la mía, inhalando su aroma, absorbiendo su calor. No podía apartarme de él.
—Nada —su lengua recorrió mi boca mientras sus brazos descendían hasta mi cintura, atrapándome y haciendo que mis caderas se arquearan hacia él. Cuando me disolví contra él, me apretó aún más.
—Oh, Dios mío —dijo, cuando su erección se unió a mi cuerpo.
—No. Itachi.
El beso ganó velocidad, pasando de sensual a salvaje en cuestión de segundos. Gemí. Mis pezones, mis traicioneros pezones, se endurecieron y clavaron contra su pecho. La fuerza y calor que irradiaba Itachi casi me abrasaba el cuerpo.
Hacía mucho que no me besaban. Demasiado. Pero nunca había sido así, nunca había sentido ese intenso anhelo de más. Esa necesidad. Los seis últimos meses habían sido difíciles, y a veces solitarios, pero los había soportado inmunizándome contra el peligroso atractivo de los hombres.
En ese momento me preguntaba por qué había luchado contra mis hormonas.
La boca de Itachi siguió poseyendo la mía.
Una de sus manos se enredó en mi cabello, la otra agarró mi trasero y me clavó contra toda la longitud de su erección. Mi excitación creció, acercándose al punto de la explosión y mi respiración se volvió errática.
—Oh, Itachi —susurré con una sonrisa.
Él rió contra mi boca. La breve pausa casi me llevó a gritar de frustración. Me apreté contra él y me empleé a fondo con su lengua. Lamió y mordisqueó, y su sombra de barba me raspó, provocando una sensación deliciosa.
—Prometo afeitarme la próxima vez —dijo, acariciando mi cara con su aliento.
No sabía por qué pensaba que debía afeitarse, pero deseé que no lo hiciera.
—Pensaba ir despacio contigo —gruñó él—. Maldición, iré despacio aunque me mate —tomó aliento antes de volver a capturar mis labios, con lentitud y suavidad esa vez. Reverente.
Era un beso de promesa, de ésos con los que sueñan las mujeres y rara vez experimentan. Yo, al menos, no lo había experimentado antes y eso me asustaba. De repente empezó a saber a pavo y queso en odioso pan de centeno. Puse la mano en su barbilla y lo aparté. Miré su rostro con pánico y vi pasión, ternura y cierta preocupación en él.
—¿Ocurre algo, cariño?
Mis ojos se ensancharon. Cariño. Me había llamado «cariño». Noté un sudor frío por todo el cuerpo.
—No rellené una solicitud —dije, temblorosa.
Sus ojos se velaron de repente. Un segundo de silencio, y otro. Se apartó de mí y cruzó los brazos sobre el pecho. Intentó adoptar una pose de indiferencia, pero una gota de sudor perlaba su sien, estropeando el efecto. Además, tenía la boca tensa. Aún seguía atrapado por el deseo.
—Eso es bueno —dijo con voz inexpresiva—. No te pedí que lo hicieras.
Sentí un escalofrío que no tenía nada que ver con el deseo. No quería que rellenara la maldita solicitud porque… imaginé la respuesta y no me gustó. O bien me consideraba inferior a él, e indigna de ser su esposa, lo cual me ofendía, o ya sabía que esperaba de mí cierto compromiso.
«Compromiso»… sólo la palabra me provocaba vómitos. Compromiso con un cliente. No me molestaba la idea de atarme a alguien. Era la idea de atarme a alguien que un día me trataría mal, perdería el interés por mí y dejaría de amarme. Alguien que un día haría que me sintiera como si fuera una basura.
Sasuke me había tratado muy bien al principio de nuestra relación. Se había ocupado de todas mis necesidades. Había hecho cuanto estaba en su poder para hacerme feliz. Pero eso se había desvanecido rápidamente en cuanto estuve atada a él.
Me dije que quizá estaba presuponiendo demasiado. Tal vez Itachi llamaba cariño a todas las mujeres. Tal vez no me veía como material nupcial, sino como la candidata perfecta para algún extraño rito sexual que había adquirido en sus múltiples viajes. Un rito que yo quería experimentar. O no. Estaba confusa.
—¿Qué quieres de mí? —pregunté.
Él no contestó, pero vi que un músculo se tensaba en su mandíbula.
—Eres guapo, Itachi, y tienes dinero. Puedes tener a la mujer que desees. ¿Por qué pedirles que rellenen solicitudes? ¿Tan desesperado estás por casarte?
Un músculo pulsó en su frente. Combinado con la furia que brillaba en sus ojos, hizo que pareciera muy amenazador. Un hombre que hacía que sus enemigos temblaran de miedo y sus amantes de deseo.
—Eso no es asunto tuyo, Sakura —pausa—. ¿O sí?
—¿Va a ser un nuevo programa de televisión? —insistí, sin amilanarme—. ¿Quieres una colección de fotos de desnudos? ¿Estás harto de citas por internet?
Silencio. Silencio rígido y pesado.
—Puede que me fuera impuesto —dijo por fin, sin dejar de mirarme—. Quizá reté a alguien: «Si tanto sabes sobre mí, búscame a la chica perfecta», y alguien tomó la iniciativa. Tal vez, cuando empezaron a llegar las solicitudes me diera cuenta de que me hago mayor y nunca he estado enamorado. Quizás —dijo con voz queda—, vi que era mi oportunidad.
Mi sangre hirvió y luego se quedó helada. Incluso si la situación no le había gustado al principio, había admitido que estaba considerando las estúpidas solicitudes en serio. Que buscaba una esposa.
—¿Así que de veras vas a hacerlo? ¿Elegir esposa?
—Puede. Y puede que no —se encogió de hombros.
—De una manera u otra, yo no soy la adecuada —bajé la cabeza y me miré las manos—. No quiero tu amor ni tu alianza. Y… —«vamos. Díselo», me dije—. Y no quiero tus besos.
—No recuerdo haber pedido tu amor ni tu mano —dijo él con una mueca fiera y rostro sombrío.
—He estado enamorada antes —expliqué, para quitar punta a mis palabras—. No me gustó.
Él extendió las manos lentamente, dándome la oportunidad de huir. No lo hice, estúpida de mí. Una caricia más no haría ningún daño, podía soportarla. Cerró los dedos sobre mis muñecas y tiró, volviendo a colocarme en posición de ser besada.
—Me ha gustado tu sabor —dijo—. Mucho —depositó besos suaves como plumas en mi mandíbula. Volví a deshacerme. Incluso mi Tigresa ronroneó de placer—. Y creo que a ti te gustó el mío. Mucho.
—No —me obligué a decir, mientras el deseo me traspasaba como una lanza—. No.
Él parecía incrédulo, excitado y… tan tentador.
—Sí —dijo quedamente—. Quieres mis besos.
—Creo que quieres más que un beso. No puedo darte más —cada punto de contacto entre nosotros hacía que mi sangre borboteara como un río revuelto.
—Querías darme más —dejó caer los brazos y se metió las manos en los bolsillos—. Noté la respuesta de tu cuerpo. Uno o dos minutos más y habríamos acabado en el suelo, desnudos.
No lo negué. Habría visto la mentira en mis ojos. Era imposible ocultar un deseo tan intenso y lo sabía.
—¿Y qué? —pregunté, a la defensiva—. Una chica tiene derecho a cambiar de opinión.
—Tienes razón —dijo, de nuevo con voz queda—. Una chica puede cambiar de opinión.
Un hombre muy listo. Diabólico pero listo. Acababa de lanzarme una invitación que me costaba rehusar: «Vuelve a cambiar de opinión y bésame».
—Lo siento —dije con esfuerzo—. Siento mucho haber dejado que las cosas se me fueran de las manos. No soy una provocadora, en serio —retorcí el puño de mi camisa entre los dedos—. No sé que me ocurrió nunca había actuado así antes.
—Por fin dices algo que me gusta —su cuerpo se relajó y se pasó una mano por el pelo.
—¿Qué quiere decir eso? —arrugué la frente.
—Descúbrelo tú —esbozó una sonrisa complacida—. Si nunca has actuado así, entonces soy el único que…
Puse una mano sobre su boca, impidiendo que siguiera. Me maldije. ¿Por qué no admitir que lo deseaba con desesperación, ya que estaba en ello?
Él aparto mi mano de su boca y vi que seguía sonriendo. Apretó mis dedos con los suyos y los soltó.
—Si lo hice una vez, puedes dar por sentado que volveré a hacerlo.
Noté que me ponía pálida. Él tenía razón. Diablos.
—Vete acostumbrando a la idea de que te bese, Sakura. Parece que va a ser inevitable.
—¿Quieres apostar? —gruñó mi Tigresa antes de que pudiera impedirlo. Vaya, vaya, por fin decidía hacer algo aparte de ronronear.
—¿Te gusta perder, Sakura? —sus ojos me retaron.
—No sabría decirte —le lancé—. Nunca he perdido.
—Bueno, cariño —un brillo malvado iluminó sus ojos—. Intentaré que tu primera vez sea lo más placentera posible para ti —su provocadora amenaza siguió sonando en mis oídos mucho después de que saliera y cerrara de un portazo.
JAJAJA ESTOY ENAMORADA :) YO TMB QUIERO QUE ME BESE YO NO LO RECHAZARÍA
Ofi Rodriguez
