ADAPTACIÓN ESTA HISTORIA NO ME PERTENECE (MUNDO ALTERNO)
TITULO: DESEO SALVAJE
TITULO ORIGINAL: DESEO SALVAJE
AUTORA ORIGINAL HISTORIA: GENA SHOWALTER
AUTOR ORIGINAL PERSONAJES: KISHIMOTO - SENSEI
PROTAGONISTAS: ITACHI UCHIHA Y SAKURA HARUNO
SIN FINES DE LUCRO
Capitulo 6Una tigresa es una depredadora y por definición una depredadora hace presa y destruye, alimentándose de otros para ostentar su fuerza. No te limites a dar un mordisco a tu oponente. Devóralo entero.
La tarde siguiente fui a Catering Cenicienta.
Hinata estaba tras el mostrador, fresca y bonita como un ramo de flores, comentando con una clienta los canapés adecuados para una fiesta de aniversario.
Le hice un gesto indicando que esperaría. Ella asintió y me sentó en el sofá. Miré por la ventana y vi a la gente pasar. Eran sobre todo ejecutivos, mujeres y alguna pareja de la mano. Mi corazón no se encogió de celos, ni imagine a Itachi dándome la mano.
Unos minutos después, Hinata se reunió conmigo.
—¿No se suponía que hoy comías con Don Fantástico? —preguntó ella.
—Se llama Don Inaceptable, y hubo un cambio de planes —contesté, tan vagamente como pude.
Aún no les había dicho a mis primas que había visto a Itachi el día anterior. Tras la fiesta de no-cumpleaños y de comer suficiente tarta de pene para tener pesadillas durante un año, las despedí y me acosté, dispuesta a olvidar todos mis problemas.
No lo hice, claro. Soñé con Itachi. Soñé con su pene, un pene de carne, no de azúcar y vainilla, y con todas las cosas que quería hacer con él. Y que quería que me hiciera.
A veces soy una chica muy mala.
Cuando me duchaba por la mañana, me imaginé a Itachi enjabonándome. Mientras me vestía, imaginé a Itachi quitándome cada prenda, con los dientes. Mientras desayunaba un helado de chocolate me imaginé lamiéndolo de su pecho. Mientras iba hacia la tienda, me lo imagine arrastrándome a un rincón oscuro y besándome hasta dejarme sin aliento.
¿Por que dejaba que ese hombre diabólico y vilmente sexual me afectara tanto? No era como si nunca me hubieran besado antes, ni como si nunca hubiera visto a un hombre guapo. Había visto todas las películas de Brad Pitt, varias veces. Además, ¿quién diablos creía Itachi que era, entrando a mi casa, jugando con mi boca y marchándose tras soltar un retador y delicioso «volveré a besarte»?
—Dios, cuanta envidia te tengo —dijo Hinata, con añoranza. Alzó las rodillas hasta el pecho, apoyó los codos en ellas y la mejilla en la palma de una mano.
—¿Tú? ¿Envidia de mí? ¿Por qué?
—¿Por qué? —repitió mi prima con incredulidad—. Estás trabajando para el hombre más bello del mundo, un hombre que pretende casarse en un futuro cercano. Tú tienes acceso a él y eso te da ventaja. Mujeres de todo el país te arrancarían la carne y comerían tu cadáver por una oportunidad como ésa.
—Uno: eso es asqueroso. Dos: no hay ninguna ventaja en ser la planificadora de la fiesta. Soy una asalariada. Y tres: no voy a aburrirte repitiendo mis razones para no querer estar con él. Siguen en pie.
—Como quieras. Pero nunca te he visto tan afectada por un hombre. Te sonrojas cada vez que se menciona su nombre, y tus ojos brillan. Resplandecen. Creo que Itachi podría ser el hombre. Tu hombre.
—No digas eso —luché contra el deseo de taparme las orejas—. Nunca jamás.
—Apuesto a que cumple todos los requisitos de la lista. Es el Don Perfecto de la lista que supuestamente tiene cada mujer —añadió—, no de la lista de Don Intocable que hicimos nosotras.
Cambié de tema para librarme del pánico.
—Hablando de Don Perfecto, ¿sigues buscando al futuro Don Hinata Gellis?
—Por supuesto —aceptó el cambio de tema sin protestar—. Incluso tengo a un candidato en mente.
—¿Quién? —fruncí el ceño. Si decía Itachi, iba a pegarle—. Hasta ayer no estabas saliendo con nadie.
—Y sigo así. Pero Naruto Uzumaki ha captado mi interés —era el vecino de al lado de Hinata y en mi opinión no la mejor opción para ella. Ella era una mariposa social y Naruto nunca podría seguirle el ritmo—. Se atrevió a tocarme esta mañana.
—¿El qué?
—El trasero —los grandes ojos azules de Hinata chispearon traviesos.
—¡No puede ser! —Naruto parecía el prototipo de chiflado por los ordenadores. Gafas. Cuerpo alto y desgarbado. Pelo castaño alborotado que siempre le caía sobre los ojos. La única diferencia era que Naruto no sabía nada de ordenadores. Era actor del teatro local de la comunidad.
—Te aseguro que sí —sonrió Hinata—. Y además, apretó. Sabía que se rendiría y lo intentaría antes o después. He visto cómo me mira cada vez que paso.
—¿Estamos hablando del tipo que no se ha quitado el chaleco de lana desde la última ola de calor de hace cuatro años?
—Exactamente.
—¿Te apretó el trasero? ¿En serio? —seguía sin poder imaginármelo.
—Bueno, es posible que yo me diera la vuelta y le pidiera que lo hiciera —dijo Hinata con una sonrisa.
—Eres incorregible, ¿lo sabías? —me reí.
—Desde luego —la sonrisa de Hinata se amplió—. Debo estar aprendiendo de Ino —suspiró—. Si Naruto no me pide una cita pronto, se la pediré yo.
—¿Tan interesada estás?
—Bueno, sí. Me gusta cómo me mira. Más que eso, me he dado cuenta de que me gusta cómo me siento cuando él me mira.
La conocía bien y entendía lo que quería decir.
Quería un hombre que le hiciera sentirse adorada.
Se lo merecía; igual que cualquier mujer. ¿Pero era posible eso? No lo creía. Nunca lo había visto.
Hasta los matrimonios más apasionados solían acabar en divorcio. Cuando más fuerte la chispa, antes moría.
Tras ese agradable pensamiento, decidí que ya era hora de hablar de negocios.
—¿Cómo tienes la agenda para la tercera semana de septiembre? —pregunté.
—Libre, ¿por qué?
—Quiero que te encargues del catering de la fiesta de Mikoto Uchiha. Ya tengo la aprobación de Itachi.
—Genial —pensativa, enrolló un mechón de pelo en un dedo—. En los últimos seis meses he tenido más encargos que mis padres en toda su vida. Y dirigieron el negocio durante veinte años.
—Es porque eres la mejor de la ciudad —cuando no estaba probando recetas exóticas, por supuesto.
—No —negó con la cabeza—. Es porque tú me envías a todos tus clientes.
—Y me adoran por hacerlo. Nunca has decepcionado a nadie —metí la mano en el maletín y saqué tres hojas de papel; una era la solicitud para ser esposa de Itachi y la guardé apresuradamente. Sonrojada, le entregué a Hinata los documentos correctos—. Aquí hay una lista de temas posibles y otra de alimentos aceptables. Comprobarás que los Uchiha insisten en que sea comida muy normal —añadí rápidamente.
—¿Estás segura? —hizo un mohín—. Tengo una nueva receta…
—¡Estoy segura!
—Allá cada uno con sus gustos —encogió los hombros con delicadeza y miró la lista—. ¿Estáis considerando utilizar un joyero como tema central?
—Considerándolo, sí. Itachi dice que su madre adora la joyas —hice una pausa—. ¿Te gusta la idea?
—No me gusta, me encanta —dijo. Sus rasgos se iluminaron, resaltando la redondez angelical de su rostro. Sonreí con alivio—. Tal vez podría presentar los aperitivos con forma de collares y pendientes.
—Eso estaría bien —asentí con aprobación—. Pero aún no estoy segura al cien por cien de que elijamos ese tema. Dame un par de días para confirmarlo.
Hinata dobló los papeles y los guardó en el bolsillo de su delantal.
—Odio volver al tema que quieres evitar, pero me muero de ganas por preguntar. ¿Has rellenado ya una solicitud para ser la señora de Itachi Uchiha?
—No —desvié la mirada—. Por supuesto que no.
—¿Piensas hacerlo?
—¿Qué clase de pregunta es ésa? Claro que no.
—Entonces, ¿por qué llevas una en el maletín?
Me ruborice tanto que si hubiera habido una alarma de incendios se habría disparado. No había tenido fuerza de voluntad para tirar la solicitud.
—La secretaria de Itachi me la dio por error.
—La guardaste, en vez de tirarla —Hinata chasqueó la lengua y me escrutó—. ¿Por qué la guardaste, Sakura?
No sabía por qué me costaba tanto deshacerme de la estúpida solicitud, y no quería saberlo. La respuesta podría asustarme.
Mi móvil aprovechó ese momento para sonar, librándome de contestar. Bendita tecnología.
—Espera un segundo —me incliné hacia el maletín, saqué el teléfono y lo abrí—. Eventos por Sakura.
—¿Dónde estás? —dijo una airada voz masculina—. Te he llamado a casa. Varias veces. No estabas.
Lo reconocí de inmediato y sentí una oleada de excitación. Y deseo. Era Itachi.
—Estoy en Catering Cenicienta —contesté—. Buenas noticias. Han aceptado ocuparse de la fiesta.
—¿Qué haces ahí? Se suponía que íbamos a comer juntos. ¿Lo has olvidado?
—No —arrugué la frente. Hinata me observaba con obvio interés—. Nos vimos ayer, Pensé…
—Pues no pienses. Nos vimos ayer además de comer juntos hoy. Te espero en mi despacho dentro de diez minutos.
—Pero yo…
—Diez minutos, Sakura.
—¿Puedes escucharme? —callé. Había colgado.
Rechiné los dientes disgustada, sobre todo por mi reacción al oír su voz. Tiré el teléfono en el maletín, deseando que fuera la cabeza de Itachi, para tirarla al suelo y pisotearla.
Me gustaba creer que era difícil alterar mi compostura. No tiene nada de malo mentirse a una misma. Sin embargo, Itachi sólo tenía que abrir la boca para agotar mi paciencia. Maldito Triple C.
—Tengo que irme. El trabajo llama —gruñí.
—¿El Soltero del Año? —preguntó, interesada.
—El mismo —dije con una mueca.
—Así que lo viste ayer, ¿eh? —cruzó los brazos sobre el pecho y me miró fijamente.
—Sí. Lo vi —no ofrecí más.
—No recuerdo haber oído nada al respecto.
—¿Crees que tendrías que revisarte los oídos? —le di un abrazo rápido.
—Más te vale soltar todos los detalles. Intenta escurrir el bulto y me chivaré a Ino.
—Te estás convirtiendo en una mujer cruel, muy cruel —simulé un escalofrío de horror.
—Eh —sus ojos brillaron con malicia—, ¿no llevarás las esposas verdes encima? Ino se sentiría muy decepcionada si no las estrenas pronto.
—No, no las llevo —a Dios gracias—. No sabía que iba a ver a Itachi hoy.
—Guárdalas en el maletín. Así siempre estarás preparada.
—¿Crees que necesitaré arrestarlo por su mal comportamiento? —arqueé las cejas simulando confusión.
—Puedes esposarlo a la mesa y aprovecharte de él.
Tuve que bloquear mi mente para que no la asaltaran deliciosas imágenes. Itachi tirado sobre el escritorio y yo gateando sobre él, lamiendo cada centímetro de su piel. Recobré la compostura y salí.
—Te veré esta noche —dije, por encima del hombro. Miré el reloj. Sólo tenía nueve minutos para llegar al edificio de Itachi.
Comprendiendo que sería más rápido cruzar la ciudad a pie que en taxi, corrí por la acera. ¿Por qué estaba corriendo como una idiota?
«Salta por el aro en llamas, gatita», se burló Itachi en mi mente.
«¿Puedo hacerlo desnuda?, contestó mi felpudo hormonal, mientras que mi Tigresa interior rugía, «¿Por qué no te mato en vez de saltar?».
Odio, odio, odio llegar tarde. Siempre lo he hecho. Desde que nací. Mi madre, que siempre es impuntual, me dijo que yo había nacido dos semanas antes de tiempo, que había hablado y andado antes de lo normal y que había entrado en «los terribles dos años», fueran lo que fueran, cuando sólo tenía uno.
Saber que cada paso me acercaba más a Itachi me atenazaba el estómago. No temía que fuera a despedirme, más bien al contrario. Recordaba demasiado bien su amenaza de que volvería a besarme.
Entré en el edificio con veintitrés segundos de holgura y me enfrente a otra multitud de mujeres vestidas de verde. Me pregunté si sería la única que llevaba bragas de camuflaje y un sujetador de satén verde. Probablemente no.
Esa vez el guarda me dejó pasar sin decir palabra. Deseé sacarle la lengua y reírme de él, pero me contuve. Era una Tigresa, no una niña. A veces.
Una campanilla anunció la planta diecinueve. Salí del ascensor preparándome para la batalla. Inspiré profundamente: «Soy una Tigresa, soy una tigresa».
En el mostrador de recepción me enfrenté a la señora Carroll, Esposa de Satán. Los ojos marrón oscuro de Karin, aún más amenazadores en su rostro vampírico, me rasgaron como garras.
—Tengo que ver al señor Uchiha —dije, con mi tono de voz más competente.
—¿Tiene una cita esta vez? —sus labios dorados se curvaron con afabilidad simulada.
—Sí.
—Vaya, ¿quién lo diría? —se paso la mano por el moño perfecto—. Su nombre no está en la agenda ¿Podría explicar este fenómeno?
Otra vez! ¿Por qué no le había dicho Itachi que me esperaba?
—Si le dice a Itachi que estoy aquí —dije con frialdad—, seguro que él le explicara este «fenómeno».
—Itachi, ¿eh? —se puso en pie y apoyó las manos en el escritorio—. ¿Desde cuándo son tan amigos? ¿O es su aventura de la semana y yo no lo sabía?
¿Aventura de la semana? Deseé preguntarle a Karin a cuántas mujeres había visto entrar y salir de la vida de Itachi. Cuantas más fueran, más me recordaría a mi ex. Y a mi padre. Y menos me tentaría.
—Anúncieme. Por favor —dije, en cambio.
—Váyase al cuerno.
Mi Tigresa interior se situó en posición de ataque.
—Tengo una pregunta para usted —apoyé las manos en el escritorio y me acerqué. Cara a cara—. ¿Está celosa porque es trescientos años demasiado vieja para él o simplemente es una mujer rencorosa?
—¿Cómo se atreve? —escupió, al borde de un ataque—. Para que lo sepa, llevo seis años trabajando aquí. Usted desaparecerá pronto. Las de su clase siempre lo hacen. Pero yo seguiré aquí.
—¿Mi clase? ¿Qué demonios significa eso?
—Barata. Fácil. Y completamente olvidable.
Mi Tigresa sacó las garras y gruñó desde el fondo de la garganta. Me pasé la lengua por los dientes y me acerqué aún más a Karin.
—¿Cree que prefiere a las de su clase? Fría. Malvada. Líder de los Muertos Vivientes.
—¡Será zorra! —enseñando los dientes, salió de detrás del escritorio, con la intención de lanzarse sobre mí. Apreté los puños, preparándome para golpear.
—Basta, señora Carroll —clamó una voz masculina.
Karin se detuvo de repente. Parpadeó, intentando recuperar el sentido común, si es que lo tenía. Su complexión pálida se tornó cenicienta mientras volvía tras su escritorio. Yo giré en redondo.
Tenía ante mí a un hombre guapo de treinta y pocos años. Su voz de barítono tenía un tono acerado. Con vaqueros colgando de las caderas y una camiseta blanca demasiado ajustada, parecía tosco y fuera de lugar en el formal ambiente de oficina.
—Lo siento, señor Hyuga —dijo Karin.
Hyuga… el nombre me resulto familiar. Debía ser el hombre con quien había hablado Itachi el primer día que estuve allí. Discutían una fusión.
El señor Hyuga le lanzó una mirada que decía claramente: «Ya me ocuparé de usted después» y concentró su atención en mí.
—No hacía falta que interviniera —le dije—. Tenía la situación bajo control. La señora Carroll no me habría hecho daño.
—No temía por la vida de ella —miró a Karin y luego a mí—. En nombre de la plantilla, te pido disculpas. Te prometo que no solemos actuar de forma tan poco profesional ni amenazar físicamente a nadie.
Puso una mano en mi espalda y me llevó a un rincón. Me miró de arriba abajo antes de centrarse en mis labios. Estaba acostumbrada a que los ejecutivos me acosaran, pero no a esa descarada fijación con mi boca. La mayoría de la gente intentaba ser discreta.
Sonrió lentamente y las esquinas de sus ojos verdes se arrugaron.
En apariencia, su atractivo era mayor que el de Itachi. Poseía la misma fuerza y el mismo poder interior, pero él no afectaba a mis sentidos. Me pregunté por qué sería eso. ¿Cómo podía haber disminuido mi inmunidad a la testosterona de manera que deseara a Itachi, desesperadamente, y no a ese hombre igualmente guapo? No tenía sentido.
Me ofreció su mano y se la estreché. Tampoco experimenté la corriente eléctrica que sentía cada vez que Itachi me tocaba.
—Neji Hyuga —dijo él.
—Sakura Haruno.
—Lo sé. Eres la que estás volviendo loco al jefe —esbozó una sonrisa avergonzada, mostrando unos dientes blancos y regulares—. Es un placer conocerte en persona por fin.
—No estoy volviendo loco a nadie que no lo estuviera ya —dije yo liberando mi mano, que él no parecía dispuesto a soltar.
Neji ladeó la cabeza mientras consideraba mis palabras, con expresión divertida. Asintió.
—Buen golpe —me miró de arriba abajo una vez más—. Veo lo que ha tenido ensimismado a Itachi tanto tiempo. Tienes un encanto clásico.
Agucé los oídos. No por el cumplido, aunque era agradable.
—¿Ensimismado tanto tiempo? ¿Cuánto? ¿Ensimismado en qué sentido?
—Vuelvo a pedirte disculpas por la grosería de la señora Carroll —dijo, ignorando mis preguntas—. Me ocuparé personalmente de que sea despedida.
Sinceramente, me habría encantado que castigaran a esa malvada. Pero, aunque odiara admitirlo, la mujer tenía facturas que pagar, igual que yo.
No quería ser responsable de poner a otro ser humano al borde de la pobreza, aunque no estaba convencida de que ella fuera humana.
—No hace falta. En serio. Estoy bien.
—Si la situación fuera al revés, ella exigiría tu cabeza en una pica —rió con calidez—. Lo sabes, ¿no?
—De hecho, creo que pediría que me arrancaran las extremidades una a una mientras ella observaba, pero tú la conoces mejor que yo.
Él apretó los labios para contener otra risa.
—Dudo que lo recuerdes, pero nos conocemos. Bueno, hemos estado en la misma sala. Antes de hoy.
Era un cambio total de tema, pero podía soportarlo. Revisé mis archivos mentales sin éxito. Él debió ver la confusión de mis ojos porque se explicó.
—Hace unos seis meses. Planificaste la recepción de la boda de mi hermana.
—La boda Hyuga-Howard, ¿correcto? —eso era mejor que decir «No recuerdo haberte visto. Nunca». La recepción había sido el primer evento que planifiqué sola, como propietaria del negocio.
Allí había visto a Itachi por primera vez. Estaba recién divorciada y lo había devorado con los ojos.
Muchas veces. Había sido tan sexy entonces como en la actualidad, y yo aún no estaba inmunizada.
Pero a este hombre… la verdad era que no lo recordaba.
—Sí. Esa boda.
—¿Cómo está? —pregunté—. Tu hermana, quiero decir —durante los últimos meses, Hanabi Hyuga, ya Hanabi Howard, me había enviado a varios clientes. Le estaba más que agradecida. De hecho, agradecía que me hubiera contratado cuando era una desconocida. Me había oído hablar con Hinata en Catering Cenicienta, le había gustado lo que decía y me había pedido una lista de ideas. La preparé y me contrató. Había sido uno de los mejores días de mi vida.
—Encantada —dijo—. Acaba de enterarse de que está embarazada.
—Eso es maravilloso —aplasté un pinchazo de envidia. Yo también había deseado tener hijos en otra época—. Dale la enhorabuena de mi parte.
—Lo haré. ¿Hay algo que pueda hacer por ti, o necesitas ver a Itachi?
—Itachi, me temo. Planifico la fiesta de cumpleaños de su madre —apreté los labios. Se suponía que era una fiesta sorpresa. Había metido la pata.
Estúpida, estúpida, estúpida.
—No te preocupes —dijo Neji, captando mi incomodidad—. Estoy en la lista de invitados.
—Gracias a Dios —dije yo, sonriente.
—Hanabi aún sigue hablando de lo fantástica que eres —pausa—. Y también Itachi —masculló.
—¿Qué has dicho? —parpadeé.
—Hanabi. Te alaba todo el tiempo.
Acababa de decir que Itachi hablaba de lo fantástica que era yo. No me había parecido que Itachi se fijara en mí aquella noche. No como se fija un hombre en una mujer a la que quiere llevarse a la cama. Me había llamado unas cuantas veces después de la recepción, pero eso había sido por negocios. ¿O no?
Se me contrajo el pecho. ¿Esperanza? ¿Miedo?
—Has dicho algo más —insistí—. Sobre Itachi.
—No —negó con la cabeza.
Sí lo había hecho, pero decidí dejarlo pasar. No estaba segura de querer oír la respuesta.
Pensé que quizá pudiera emparejar a Ino con Neji. Parecía agradable, y ella se volvería loca por sus ojos, nada vagos. Hinata le habría ido mejor, pero ella parecía interesada por su vecino.
Justo entonces noté algo a mi espalda. Dos manos se posaron en mis hombros. No necesitaba mirar para saber quién era, sentí una serie de corrientes eléctricas por todo el cuerpo. Itachi.
Mi ropa y mi piel absorbieron su delicioso calor, su aroma erótico.
—Dije diez minutos, Sakura. No once. Ni doce. Llegas tarde —no esperó una respuesta, entró a su despacho, obligándome a seguirlo.
—Por favor, dile a Hanabi que agradezco sus halagos y recomendaciones —le dije a Neji por encima del hombro. Me pregunté qué le ocurría a Itachi, no entendía a ese hombre. Ni un poco—. Significan mucho para mí.
—Lo haré —dijo Neji.
Hice un gesto de despedida, esbocé una sonrisa profesional y controlé el deseo de darle un bofetón a Karin cuando pasé ante su rostro atónito.
EN TU CARA KARIN JAJAJA
Ofi Rodríguez
