—Alemania—dijo Finlandia, quitándose el cigarro de la boca por un segundo— ¿Traes una vianda? —preguntó, divertido.

—…Me la mandó Italia—contestó el alemán, abochornado.

—Por lo que sé, no es muy bueno en el campo de batalla, pero sabe cocinar bien. Aunque yo siempre lo vi como una persona muy astuta…

—Sí, algo así—Alemania destapó su vianda, y observó su almuerzo con ojos como platos. Habían ensaladas varias, con pequeñas bolitas de arroz. Eran tres. Con los rostros de las potencias de Eje. Había una nota.

Para el sexy alemán fornido (Alemania):

Japón me enseñó a preparar onigiri. Por si no te diste cuenta, se parecen a Japón, a ti, y a mí. Espera, cambia el orden. Japón no puede ir al lado tuyo. En realidad, se parecen a ti, a mí, y a Japón. Eso es, así me gusta, tú sólo puedes estar al lado mío. ¿No son lindos? Sobre todo el mío. No es para desmotivarte, es que en versión onigiri el mío es más lindo. Aunque, si hablamos de la vida real, puede que tú lo seas. Pero claro, sólo me podré asegurar si me dejas probar Berlín. Vamos, Alemania, los besos no me bastan. Le puse a esta comida muchas cosas que te gustan. Así que, disfrútelo, capitano~.

Italia.

P.D: Efectivamente, esto es un soborno.

Alemania observó la nota con un tic en el ojo. Golpearía a Italia, era un hecho. Pero, por el momento, se concentraría en comer.

—Sacro Imperio Romano—lo llamó el pequeño Italia— ¿Sabes dónde están los adornos de navidad?

— ¿Porqué debería saberlo? Pregúntale a Hungría…

—No, está demasiado ocupada acosando a un tipo raro de cabello blanco…

—Deben estar en el desván…

—Oh, de acuerdo. Gracias, idiota.

Después de un rato, el pequeño rubio decidió ir a ver cómo le estaba yendo al castaño.

—Italia…—llamó, pero luego se quedó de piedra al ver el estado del italiano. Se encontraba dándole la espalda, boca abajo… y tenía una vista perfecta de lo que había bajo ese vestido.

Sí, Hungría también lo obligaba a usar ropa interior de mujer.

La ayudaría a levantarse, pero tenía miedo de tocarla en lugares inadecuados. Ya se imaginaba a Italia gritando "¡Sacro Imperio Romano tocó mis pechos!" y corriéndolo por la casa a punto de matarlo cruelmente.

Aunque claro, el rubio no sabía que Italia jamás tendría pechos, por el simple hecho de que era hombre.

¿Y si la sujetaba por la cintura? No, sería algo así cómo: "¡Ah, hijo de puta! ¡Deja de tocarme el trasero! ¡Te mataré!".

—Las mujeres son todo un problema—murmuró el rubio, enojado. De todas formas, la sujetaría por la ropa. En el peor de los casos, se la arrancaría, y el italiano se encargaría de matarlo lentamente.

.

—Ah, me salvaste—comentó el pequeño Italia.

—…Sí.

—Creo que me cinchaste la ropa. Podrías haberme agarrado del pecho, no había problema…

—Pero… ¿¡cómo te puedes ofrecer de esa forma!?

— ¿Eh? Qué locura tienes, hombre.

— ¡Deja de ser tan marimacha! —gritó para irse.

—Qué estúpido. Marimacha es adjetivo de mujeres, no de hombres. Bastante macho soy, y eso que me hacen vestir como mujer. Estúpida Hungría.

— ¡Te escuché! —se quejó la húngara, no muy lejos de allí.

El Jefe España y Chibiromano.

Romano regresaría a su casa por tres días. Aunque el pequeño italiano no quería irse de la casa de España.

— ¡España! —Decía Italia del Sur, con lágrimas en los ojos— ¡No quiero irme! ¡Quiero quedarme contigo para siempre!

El niño se había aferrado fuertemente al pecho del español, mientras el mayor intentaba apartarlo, sin éxito. El rubio estaba completamente apegado a él.

—Puedes ir, Romano. El camino no es difícil. Puedes ir solo—le decía el ibérico.

— ¡No puedo! Encima que tengo que dejarte, no me acompañas.

—Debes aprender eso por tu cuenta. Sabes que no podré protegerte para siempre. Madura—lo regañó España.

El rubio intentó dejar de llorar. El español suspiró, y lo apartó suavemente, acomodándole la capa de viaje.

—Estarás bien—le dijo la nación más alta.

—Pero… el camino es demasiado peligroso… ¡tengo miedo!

—Debes afrontarlo, Romano.

— ¡Pero…!

— ¡Sin peros! Vete ya.

—España.

—Adiós.

.

España miró por la ventana de su casa, como los cabellos dorados del niño se perdían en la espesura del bosque. Confiaba en que estaría bien. Romano era fuerte, en el fondo. Estaba convencido de que todo iría bien.

Hasta que vio a Francia merodear por allí.

Salió corriendo de su casa, alcanzando a su amigo, que observaba al italiano desde lejos.

—Francia—rugió el español—Quita tu estúpida mirada francesa de Romano. Ahora.

—España, amigo—contestó el rubio—No le haré nada.

—No te creo.

—Está bien, quiero que sea territorio francés. ¿Contento?

—Contento porque eres honesto. A punto de matarte, porque Romano es mío.

—Oh, el país de la pasión parece tener un celoso escondido en su interior.

—Cállate.

—Dime, si tanto te preocupa…

—No me preocupa.

—…Entonces, ¿porqué lo dejaste ir solo?

España no contestó.

.

Francia y España habían peleado cuatro veces para obtener a Italia del Sur. Y el francés parecía no rendirse. Quería a Italia. Y por culpa del galo, un peligroso país se puso en movimiento.

—Estás celoso—decía Francia.

—Es mío—contestaba España.

— ¡Qué posesivo!

Cie-rra-la-bo-ca—dijo, separando cada sílaba amenazadoramente.

España quiere a Romano~—canturreó para hacer rabiar a ibérico.

—Ahora sí lo mato.

Continuará~


Insinuaciones Spamano everywhere :'D Amo a esos dos, en versión normal y en 2P!. Son perfectos juntos. ¡Francia, Romano no será tuyo! O al menos no mientras el amargado español viva.