ADAPTACIÓN ESTA HISTORIA NO ME PERTENECE (MUNDO ALTERNO)

TITULO: DESEO SALVAJE

TITULO ORIGINAL: DESEO SALVAJE

AUTORA ORIGINAL HISTORIA: GENA SHOWALTER

AUTOR ORIGINAL PERSONAJES: KISHIMOTO - SENSEI

PROTAGONISTAS: ITACHI UCHIHA Y SAKURA HARUNO

SIN FINES DE LUCRO

Capitulo 9

Una Tigresa siempre debe estar en guardia contra un Tigre. Estos animales machos perciben el miedo, lo huelen, e intentarán utilizarlo en tu contra para obtener lo que desean de ti.

La mañana siguiente, un poco antes de las ocho, estaba sentada sola en la cafetería, esperando a mi madre. Había dejado la maldita y chirriante agenda electrónica en casa. Había estado a punto de tirarla por la taza del váter.

Olía a vainilla, canela y bollos recién hechos.

Removí mi café con leche y observe a la gente que pasaba junto a mi mesa.

No quería estar allí. La noche anterior había querido ver a mi madre. Ya no. Dios sabía que no me apetecía contestar a preguntas sobre mi vida amorosa ni discutir los méritos del amor y el matrimonio. Para eso había quedado conmigo, lo sabía.

¿Por qué había dado vía libre a ese tema?

¿Acaso era idiota?

En fin, sería mejor no contestarme.

Mi madre había llamado muy temprano para comprobar que recordaba nuestra reunión. Lo había hecho a propósito, asegurándose de que estuviera demasiado dormida para darle una excusa y evitarla.

Una mujer lista, mi madre.

Por fin llegó, sólo quince minutos tarde. Mejor de lo normal. En realidad mi madre no tenía concepto del tiempo. Durante toda mi infancia me había hecho llegar tarde a todos los sitios. Fiestas de cumpleaños, entrenamientos de animadoras, diablos, incluso al colegio. Siempre me tocaban las sobras en las fiestas y me perdía los juegos más divertidos. Seguramente mi obsesión con la puntualidad se debía a eso.

—¿Por qué llevas ese color? —fue lo primero que dijo, sentándose frente a mí.

Era una mujer atractiva que acababa de iniciar la década de los cincuenta. Pelo corto y castaño y ojos de una mezcla de marrón y verde, cargados con una especie de tristeza y vulnerabilidad que no había visto hacía mucho tiempo. Su estructura frágil su corta estatura le daban un cierto aire de damisela en apuros.

—¿Estás bien? —pregunté, preocupada.

Ella agitó la mano y me llegó una dulce fragancia de azucena. Era su perfume favorito. Siempre que había llorado por un chico, me había acogido en sus brazos y ese aroma me había envuelto.

—Deberías llevar verde —dijo—. Iría con tus ojos.

—Por si no lo sabías, mis ojos son verdes.

—Eso da igual. Ese marrón apaga el tono de tu piel.

¿Por qué se preocupaba de repente por mi ropa?

No era usual en ella.

—Me gusta parecer apagada —dije, seca—. Si no intimido a la gente con mi deslumbrante belleza.

—¿Eres tan descarada con todo el mundo, o sólo conmigo? —apretó los labios para no sonreír—. Da igual. Me alegro. Temía que Sasuke hubiera matado tu espíritu. Pero hablábamos de tu ropa y de que deberías llevar algo verde.

Abrí los ojos de par en par al comprender. Casi gruñí. Sabía lo de Itachi. Era la única explicación de su extraño comportamiento. Ella confirmó mis sospechas con sus siguientes palabras.

—¿Por qué no me dijiste que estabas trabajando con Itachi Uchiha?

«Porque no quise», contesté para mí.

—¿Cómo sabes lo de mi trabajo con el señor Uchiha?

—¿Señor Uchiha, eh? —golpeó la mesa con una uña pintada de rosa—. Según el Tattler no es así como lo llamas.

Me enderecé de golpe.

—¿Hay un artículo sobre Itachi y sobre mí en el Tattler?

—Por eso llego tarde. Cuando lo vi en el kiosco, casi me muero —arrugó su lindo rostro con desagrado. Saco el periódico del bolso y lo puso sobre la mesa. La portada destelló ante mis ojos.

Era una foto de mí saliendo de mi edificio. Estaba… fatal. Horrible. Tenía el rostro arrugado como si acabara de chupar dos docenas de limones. Tenía el pelo recogido en el moño habitual, pero la sombra hacía que pareciera ocho veces más grande, y me recordé a Marge Simpson.

El pie de foto decía: ¿Le ha lavado el cerebro a Itachi Uchiha una alienígena?

Sentí tal vergüenza que deseé que la tierra se me tragara. Enrojecí. Mi única esperanza era que estando tan horrorosa en la foto, nadie me reconociera.

—La verdad, Sakura. ¿No podías haberle sonreído al fotógrafo, o algo? Estás… no quiero decirlo.

—No sabía que me estuvieran fotografiando —dije, bajando la voz para no llamar la atención.

—Cariño, tienes que fijarte más —movió la cabeza—. Es peligroso no saber qué ocurre a tu alrededor. Un ladrón podría quitarte el bolso, o algo.

Como si yo no lo supiera.

—No te sientas mal —añadió mi madre—. No eres la única mujer a quien han fotografiado con Itachi.

—¡Qué! ¿Qué otra mujer? —tensé los hombros. ¡Ese bastardo!

—Bueno, a ésta —parpadeó y señaló una esquina del periódico. Itachi estaba junto a Izumi Summers, la deslumbrante morena de piernas largas con la que lo habían fotografiado antes. Iban vestidos de gala, muy elegantes. Quedaban perfectos juntos. Como piezas de un rompecabezas bien encajadas.

¿Qué hacían juntos otra vez? ¿Estaría saliendo Itachi con ella? Me había dicho que sólo era una amiga. No era asunto mío si salía con ella, ¡pero podía irse al infierno! Me había pedido que me casara con él. Me había besado. Dos veces. Había dicho que me quería. Era un rastrero, una rata, un perro.

Ya no me acostaría con él ni aunque me estuviera muriendo y sólo su pene pudiera salvarme la vida.

Oí un crujido de papel y me di cuenta de que estaba apretando el periódico con demasiada fuerza. También comprendí que podía haber otro fotógrafo allí, esperando para sacarme una foto. De inmediato, esbocé una agradable sonrisa estilo: «Soy feliz y no un monstruo horrible». Miré a mi alrededor mostrando la sonrisa a todo el mundo.

—¿Qué estás haciendo? —mi madre me miró como si acabara de salirme una trenza en la nariz.

—Nada —dije, aún buscando personajes sospechosos por la cafetería. Todo el mundo parecía normal. Nadie llevaba una cámara al cuello.

—Sakura, querida, tu rostro parece… No sé, congelado. Ésa es la sonrisa más falsa que he visto nunca.

—¿Para qué querías verme? Y no me digas que es porque estabas preocupada por mí. Ya te dije que nada va mal.

—¿Es que no puedo ver a mi hija simplemente porque la echo de menos?

No. Siempre había una razón. Decidí darle la vuelta al asunto y centrar la atención en ella. Sin dejar de sonreír, por supuesto.

—¿Por qué no me dices por qué pareces tan triste?

—No parezco triste —asumió una pose airosa, aunque resultó obvio que le costaba hacerlo—. Simplemente sentía curiosidad por tu vida social, eso es todo. Me llamas en mitad de la noche, preguntando por el amor y el matrimonio, y hoy me entero de que estás trabajando para Itachi Uchiha. ¿Estás pensando en casarte con él?

—¡Ni aunque eso me salvara de arder en el infierno! —«sonríe», me recordé. Enseñé los dientes.

—Bueno —clavó los ojos en mí, escrutándome como sólo mi madre podía hacer—. ¿Lo estás pensando? Y esta vez sé sincera.

—No —«sonríe, maldita seas». Claro que no.

—¿Por qué no? Y deja de sonreír así.

—Ya sabes por qué —permití que mis facciones se relajaran un poco, pero no mucho.

—¿Es porque lo has visto en una foto con esa Summers? ¿O por Sasuke el Bastardo? —arrugó el rostro—. Puede que Kakashi no se diera cuenta de cómo te cambió Sasuke, pero yo sí, y maldeciré a ese granuja mentiroso eternamente por lo que hizo con las esperanzas y sueños de mi niña. Eres una mujer bella e inteligente y deberías…

Llegó un camarero y ella calló. Me pregunté qué había estado a punto de decir. ¿Que debería sentirme cómoda con la idea del matrimonio? Si era así, no sabría qué responder. En otro tiempo había soñado con el matrimonio, hijos y felicidad eterna. Cuando Itachi había dicho que todas las chicas se imaginaban vestidas de novia, caminando hacia el altar para entregarse al hombre al que amaban, había acertado, aunque nunca lo admitiría ante él. Había deseado esas cosas intensamente. Pero ya solo quería confiar en mí misma. Quería ser feliz porque yo me hacía feliz.

Mi madre pidió un expreso y en cuanto el camarero se fue, mi madre retomó la conversación, pero cambiándola de rumbo.

—Tengo que preguntarte algo, Sakura, y quiero que me digas la verdad. No me molestaré, lo juro.

—Vale —contesté, preparándome para el impacto. La introducción no sonaba nada bien—. Seré honesta contigo —tal vez lo fuera de verdad.

Ella tomó aire, hizo una pausa, tragó. Volvió a tomar aire y a tragar saliva.

—Dilo ya —le grité.

—¿Eres homosexual?

—¡Madre! —abrí la boca y me quedé mirándola atónita. Sólo el miedo a que alguien pudiera sacarme una foto me hizo reaccionar—. ¿Por qué preguntas algo así? —primero Itachi y luego mi madre. ¿Qué tipo de vibraciones estaba emitiendo?

—Sólo siento curiosidad, cielo. Desde que rompiste con Sasuke el Bastardo no tienes citas. Kakashi dice que eso es un claro indicio de que odias a los hombres.

kakashito era como un grano en el trasero. Parecía vivir para analizar cada momento de mi existencia.

—Kakashi también dice que Sasuke el Bastardo era un pantalla de humo —acabó mi madre.

—¿Una pantalla de humo? —repetí, aunque no sabía si quería oír el significado de esa pequeña gema.

—Ya sabes —movió las manos—. Algo que se utiliza para hacer que los que te rodean crean lo que quieres que crean, en vez de la verdad —eso era una cita directa de Kakashi, lo sabía. Casi podía oír su voz mientras mi madre hablaba, como si fuera su canal.

Jesús santísimo, eso era demasiado.

—No me van las mujeres, madre. Me gustan los hombres.

—Si estás segura… —dubitativa, miró la mesa.

—Estoy segura. Quiero tener sexo con hombres —no podía creer que estuviéramos teniendo esa conversación.

—De acuerdo —suspiró ella—. Te creo.

Le trajeron el café y miró la taza un largo rato. Dejó escapar un suspiro y su rostro se contrajo.

—Creo que Kakashi me engaña.

Las palabras me golpearon como una lámpara que cayera del techo. Había esperado ese tipo de anuncio durante los primeros años de su matrimonio. Ya no. La furia me quemó las entrañas, incluso más que la primera vez que pillé a Sasuke. La contuve por bien de mi madre. Necesitaba consuelo, no ira.

—Lo siento, mamá. Lo siento mucho.

—No sé qué hacer —las lágrimas brillaron en sus ojos, que se convirtieron en lagos marrón y verde.

—¿Por qué crees que se ve con otra mujer?

—Todo empezó cuando me compró esa maldita lámpara para mi cumpleaños. ¿Qué mujer quiere algo práctico para la casa como regalo?

—Ninguna que yo conozca.

—Él debería haberlo sabido. Pero creo que me quejé demasiado porque desde entonces llega tarde a casa. Y ha estado haciendo llamadas telefónicas en secreto. Lo sé porque sale de la cama cuando cree que estoy dormida y se va a otra habitación con el móvil. Algunas tardes apesta a un perfume floral y almizclado. Sabes que yo nunca utilizaría algo así. Utilizo uno de azucenas. ¡Azucenas!

Conseguí mantener una expresión neutra. Por dentro, sin embargo, la furia burbujeaba con fuerza. Era como un caldero en ebullición, a punto de estallar. Llegar tarde a casa, las llamadas de teléfono, los perfumes, ésas habían sido las primeras pistas con Sasuke.

—Quizá yo lo llevé a ello, es solo que… —se limpió las lágrimas con una mano temblorosa—. Nunca pensé que sería como tu padre.

Al principio, yo había creado excusas. Demasiado trabajo. Emergencia empresarial. Un perfume que se pegaba a la ropa. Cuando las excusas dejaron de funcionar, me culpé a mí misma. No permitiría que mi madre hiciera lo mismo. Al menos no esta vez. Si mi padre no hubiera muerto de un infarto, mi madre seguiría con mi padre auténtico.

—No hay ninguna razón buena para que un hombre sea infiel. Nunca —puse una mano sobre la suya—. Es culpa suya, de su falta de integridad. No tuya.

—¿Qué debería hacer? —susurró ella—. No puedo volver a pasar por todo esto.

—Tienes que contratar a un detective privado cuanto antes y pillarlo en el acto.

—No sé —se removió incómoda en el asiento, sin mirarme—. ¿Y si me equivoco?

—Sólo hay una forma de descubrirlo.

—No sé —repitió.

—¿Te respetarás si no haces nada? No hiciste nada con papá. Has visto cómo me afectaron las aventuras de Sasuke. No dejes que esto te machaque. Sé fuerte y actúa.

—Yo… yo sólo…

Sabía lo que implicaba ese titubeo, así que la interrumpí antes de que absolviera al hombre.

—Si no quieres contratar a un detective, no lo hagas. Pero yo lo seguiré.

—Sakura, por favor —me miró. Al menos las lágrimas habían desaparecido—. Habla en serio.

—Es muy en serio —iba a machacar a ese bastardo de más de una manera. ¿Iba a mentir a mi madre? ¿A engañar a mi madre? Había elegido una mala candidata. Yo sería la Detective Haruno.

Mi madre apretó los labios y acarició mi mentón con la mano que tenía libre. Sonrió con ternura.

—Siempre creí que yo era la fuerte por lo que he aguantado, pero eres tú. Tú eres quien tiene fuerza auténtica. Estás ahí, dispuesta a defender mi honor.

Yo clavé la mirada en la mesa, con el corazón encogido. Se equivocaba, pero aprecié el halago.

—Lo estoy intentando —dije.

—No, no lo estás intentando. Eres fuerte.

Si seguía así conseguiría que me echara a llorar como una niña. Apreté su mano suavemente.

—Kakashi quiere verte en casa esta tarde, a las siete y media. Quiere aconsejarte sobre tus relaciones. ¿Puedes venir?

Era muy irónico. Un infiel quería aconsejarme en mis relaciones. No estaba segura de poder verlo sin arrancarle la piel, pero iría. Aprovecharía la oportunidad para investigar en la casa y buscar pistas.

—Allí estaré —dije con firmeza.

—Te quiero, cariño —me besó en la mejilla, se puso en pie y se marchó.

Obligué a Ino y a Hinata a acompañarme a la sesión de «terapia de relaciones» esa noche. Cuando acabara su charla, ellas lo entretendrían mientras yo rebuscaba por la casa. Por suerte mi furia había disminuido y creía tener suficiente control para no atacar al bastardo traidor con un látigo y un soplete.

Quería a ese hombre, pero aún así iba a castrarlo.

Tal vez no me habría afectado tanto si no hubiera visto la foto de Itachi con Izumi Tetas Grandes.

Pero creo que sí. Un engaño era un engaño.

Mi madre abrió y se animó al ver a sus sobrinas.

—¡Ino, Hinata! Me alegra mucho que hayáis venido. Hace demasiado que no os veo. ¿Cómo os va, chicas?

—Bien, tía Tsunade. Muy bien —contestaron al unísono. La abrazaron.

—Entrad, entrad —yo seguí a Ino y a Hinata, pero cuando intenté adelantar a mi madre, ella me agarró el brazo y me apartó a un lado—. Pareces lista para la batalla —susurró—. ¿Qué estás planeando?

—Es mejor que no lo sepas —la besé en la mejilla, captando su perfume de azucenas—. ¿Dónde está el doctor Kakashito?

—Sabes que odia que lo llames así —mi madre señaló la parte trasera de la casa—. Te espera en la salita de estar.

La salita era amplia y luminosa, y estaba llena de elegantes estatuillas de pájaros de todos los colores y razas. Kakashi los coleccionaba. Si yo tuviera que analizarlo a él, diría que los colecciona porque es un bastardo traidor a quien le parece bien pisotear la autoestima de una mujer y arruinar su capacidad de volver a confiar en nadie.

Eso y que quizá le gustaría salir volando.

Mi padrastro estaba sentado en una mullida mecedora, fumando una pipa y leyendo un libro. Tenía una buena mata de pelo cano y barba bien recortada.

A lo largo de los años ese hombre me había hecho terapia sobre todo, desde desórdenes alimentarios a compulsiones consumistas. Había pasado toda mi infancia excavando en mi interior, descubriendo por qué me comportaba como lo hacía.

Tal vez por eso estaba tan desequilibrada.

Una bonita mujer de veintitantos años ocupaba la otra mecedora. Ella también estaba leyendo y no notó nuestra llegada. Rizos rojos enmarcaban su rostro redondo y agradable. Sus cejas eran oblicuas y tenía labios pequeños y con la forma de los de Betty Boop. Llevaba una camiseta rosa ajustada y pantalones de rayas rojas.

¿Podía ser ella el nuevo interés amoroso de Kakashi? ¿Estaba acostándose con una mujer a la que doblaba en edad? Mi ceño se convirtió en una mueca. ¿Cómo se atrevía a llevarla a casa de mi madre? ¡Indignante! Seguramente intentaría convencernos de que la pelirroja era una «amiga». Yo había conocido a un montón de amigas de Sasuke, es decir, putas, desvergonzadas y guarras.

—Hola, Kakashi —saludé, controlando mi voz. Bastardo traidor. ¡Púdrete en el infierno!

Él levantó la vista del libro y sonrió, sin consciencia de que planificaba su muerte mentalmente.

—Sakura. Has sido muy buena al venir —dejó la pipa en el cenicero y el humo lo rodeó como una nube—. Te alegrará saber que he estado estudiando rituales de apareamiento de primates, con la esperanza de ayudarte con tu problema.

Ino resopló y tuve que pellizcarle el brazo para evitar que dijese cualquier barbaridad.

—¿Qué problema? —pregunté. Él no contestó.

—Veo que has traído a las gemelas —dijo, animándose—. Excelente. Excelente. Estoy seguro de que esto será beneficioso para todos.

—¿Quién es tu amiga? —señalé a la pelirroja con la barbilla. No pretendía sonar tan grosera, pero mi tensión sanguínea iba en alza.

—Hola, soy Kushina —la mujer en cuestión se levantó y me ofreció la mano—. La vecina de Kakashi y de Tsunade.

—Encantada de conocerte —dije, sin aceptar su mano. Vecina… la palabra debía significar «golfa» en la actualidad.

Ella parpadeó, obviamente sorprendida por mi ambivalencia.

—Yo también me alegro de conocerte —dijo.

—Yo soy Hinata —Hinata me lanzó una mirada de «¡Qué diablos te pasa a ti!» antes de darle un amistoso apretón de manos a Kushina—. Y ésta es mi hermana, Ino..

—JKushina participara en la sesión —dijo Kakashi—. Pensé que a ella también le haría bien.

«Apuesto a que sí», pensé, sombría.

Ino, Hinata y yo nos sentamos en el sofá. Mi madre se sentó en el brazo de la mecedora, junto a Kakashi. Kushina volvía a su sitio cuando Kakashi lo impidió.

—No, no, Kushina. Tú siéntate junto a Sakura.

Yo me tense, no quería a la golfa a mi lado.

—Estoy bien aquí —ella me miró inquieta.

—Al sofá —ordenó Kakashi.

Yo me moví para hacerle sitio y Kushina se sentó. Olía bien, a rosas. Tome nota mental de odiar ese perfume el resto de mi vida, así como de buscar olor a rosas en la ropa sucia de Kakashi.

—Percibo el interés de todo —Kakashi se frotó las manos con deleite. Vivía para esas tonterías—. Ése es el primer paso hacia la recuperación, ya lo sabéis.

¿De qué intentábamos recuperamos? ¿De conocer a machos tramposos y golfos?

«Controla tu amargura, Sakura. Ya habrá tiempo para eso después». Esbocé una sonrisa falsa. En el pasado siempre había soportado esas sesiones de terapias porque hacían feliz a Kakashi. Él había hecho todo lo posible para que me sintiera querida, y yo hacía lo mismo por él. Pero en ese momento, sólo deseaba que acabara.

Kakashi encendió el equipo de música con el mando a distancia. Comenzó a sonar una suave música de new age. Hinata me miró y yo encogí los hombros.

—Bueno, chicas —dijo él—. Quiero que os relajéis.

Como si eso fuera posible. Mis huesos y músculos se sentían tensos y frágiles, a punto de romperse.

—Cerrad los ojos —utilizó su voz de «Estoy-en-un-sitio-feliz»—. Eso es. Relajaos. Encontrad vuestra pradera de placer. Ino, cierra los ojos, por favor. Buena chica. Tú también, Sakura.

Aunque todas habíamos soportado múltiples sesiones de terapia a lo largo de los años, supongo que no nos habíamos dado cuenta de que no hacer lo que Kakashi pedía sólo prolongaba la experiencia.

—Tsunade, por Dios —suspiró Kakashi—. Estás haciendo sombra sobre mis notas.

—Oh, cielos. Lo siento —mi madre se levantó y se colocó en un rincón.

Yo observaba la escena con los ojos entrecerrados y estuve a punto de levantarme y darle un bofetón. ¡Nadie le decía a mi madre que se quitara de en medio! No era una interacción habitual entre mi madre y Kakashi. Actuaba de manera extraña, como había dicho mi madre, y no me gustaba.

Un punto a favor de Itachi era que nunca me hablaba con desdén, como si fuera una mosca latosa. Aún así, le gustaban las morenas de piernas largas y eso lo hacía tan indeseable como Kakashito.

—Mejor —dijo Kakashi—. ¿Por dónde íbamos? Cerrad los ojos… hecho. Prado de felicidad… sí, ya está —su voz volvió a suavizarse. Parecía idiota cuando hacía eso—. Imaginaos en un prado. Un prado verde lleno de flores silvestres e iluminado por el sol.

Hinata me apretó la rodilla.

Ino se tragó una risita.

Kushina no se movió. De hecho, apenas la oía respirar.

—Mientras estáis en ese lugar seguro y feliz, quiero que consideréis mis palabras. Quo las visualicéis, incluso. Las relaciones son como mapas. Cuando conocéis a alguien nuevo, os planteáis un rumbo.

Bla, bla, bla.

—A veces el viento os azota, claro. Pero eso no significa que vuestra ruta no sirva. Sólo significa que debéis reajustarla. ¿Entendéis que intento decir?

—Yo sí —dijo mi madre con voz dura.

—No te lo digo a ti, Tsunade.

Tuve que morderme el carrillo por dentro para no arrancarle la cabeza de cuajo.

—¿Entendéis, chicas?

Yo asentí con rigidez y di un golpecito a Hinata y a Ino. Ellas también asintieron.

—Bien. Ahora es momento de imaginar al hombre, no la mujer, con quien planeáis casaros.

Muy sutil, sin duda.

—Recordad, ninguna opción es incorrecta —se aclaró la garganta—. ¿A quién ves tú, Hinata?

Ella me miró preguntándome con la expresión: «¿En serio tengo que contestar a eso?»

Yo asentí.

—Veo a alguien a quien quiero mucho —dijo—. Pero no distingo su rostro.

—Eso no importa. Al menos sabes que tu rumbo te conducirá al amor. ¿Y tú Ino? ¿A quién ves?

—De hecho, veo a cuatro hombres.

—¿Cuatro? —gimió él.

—Uno por cada divorcio.

—Quizá tengamos que reajustar tu mapa —soltó una risita nerviosa—. Trabajaré eso contigo en privado —centró su atención en mí—. ¿A quién ves tú, Sakura?

Entonces me harté. No tenía ganas de convencer a mi padrastro de que me gustaban los hombres.

—¿Sakura? —insistió él.

—Veo a Kushina —le dije—. Me ha gustado desde que entré en la habitación —con eso, me incliné hacia la mujer y le di un gran beso.

Sorprendentemente, ella respondió.

—¿Cómo iba a suponer que Kushina es lesbiana? —susurré con furia.

Hinata, Ino y yo estábamos en la cocina, supuestamente preparando algo de beber para todos. La sesión de terapia había acabado y era la hora social.

—¿Visteis la expresión de doctor kakashi? —preguntó Ino, riéndose—. No ha tenido desperdicio.

—Sí, ven aquí y bésame, chica guapa —Hinata frunció los labios.

Me tapé el rostro con las manos. Me sentía culpable por lo mal que había mirado y tratado a Kushina, creyendo que era la amante secreta de Kakashi.

—¿Qué queríais que hiciera?

—No lo sé, pero me apunto a la siguiente sesión de terapia que quiera darnos —dijo Ino—. Nunca me había reído tanto. Quizá la próxima vez me diga que el pene de un hombre es como una flauta. Si se sopla lo bastante fuerte, hace música.

—Llevad las bebidas y entretened a todo el mundo —dije, tras una risa ahogada—. Tengo que investigar.

Primero busque en el dormitorio de Kakashi y mi madre. No hace falta decir que odie hacerlo. No necesitaba saber que dormían en sábanas de satén rojo ni que tenían espejos en el techo. No necesitaba ver los juguetes sexuales del cajón de la mesilla. Sobre todo, no necesita ver el libro Strokia Sex, fuera lo que fuera eso, que tenía Kakashi bajo la almohada.

Asqueada, rebusqué en la cesta de la ropa sucia y capté el aroma de un perfume dulzón. Floral y almizclado, sí, pero no de azucenas. Mi madre tenía razón, no se parecía al suyo. Busqué manchas de carmín y pelos en las camisas de Kakashi.

Nada. Ni una mancha ni un pelo. El hombre era inmaculado.

Por supuesto, un tramposo necesitaba ser inmaculado para ocultar sus actividades clandestinas.

Con Sasuke el Bastardo yo había contado los condones. No compraba una caja nueva sino que utilizaba la que había en casa. El número iba bajando y no los había utilizado conmigo. Pero mi madre ya había pasado la menopausia, así que eso no servía.

¿Qué mas buscar? Mi madre había dicho que Kakashi hacía llamadas en secreto. Necesitaba su factura telefónica. Aparecerían listados las llamadas recibidas y realizadas.

Con la sangre golpeteándome en los oídos, fui al despacho. Era pequeño, pero estaba lleno de libros. Casi todos de rollos psicológicos. Comprobé que los cajones de su escritorio estaban cerrados con llave. Seguro que allí guardaba fotos porno de su amante.

Me senté en el sillón de cuero negro y revisé mis opciones. Podía forzar las cerraduras con un abre cartas, pero eso me delataría. Podía buscar la llave, no encontrarla y perder un tiempo precioso.

En realidad no tenía otra opción que arriesgarme a perder tiempo buscando la llave.

Eché un vistazo a la habitación. ¿Dónde escondería la llave si fuera Kakashi? En un sitio donde mi pobre y confiada esposa no pensara en buscarla. Sasuke había llevado la suya encima o en su maletín a todas horas. Dudaba que Kakashi fuera tan paranoico. Era médico de la mente, así que se supondría más listo que cualquiera que entrara en sus dominios.

Una foto de él pescando… no. Un libro hueco… no. Demasiado típico. Seguí mirando y desechando objetos. Entonces vi un pequeño e inocente periquito azul y amarillo. Lo alcé, preguntándome por qué mi sofisticado padrastro tenía una fea figura de plástico.

Sonreí al adivinar la respuesta.

—Claro, tú esconderías la llave a la vista —susurré. Presioné el pico del pájaro y salió una llave.

Con manos temblorosas de emoción y nervios, abrí los cajones y los revisé.

Rechiné los dientes al ver fotos de una mujer normalita y conservadoramente vestida. En algunas fotos tenía en brazos a un bebé de pelo negro.

¿Tenía Kakashi una hija de su amante? Claro. Si no, no habría escondido la foto. ¡Era un sinvergüenza!

También encontré la factura de su móvil. Había demasiados números para apuntarlos, así que doblé las hojas y las guardé en mi bolsillo. Con suerte, pensaría que las había perdido.

Colérica, pero encantada con mi triunfo, cerré los cajones, devolví la llave y volví a la salita. Suspiró con alivio cuando parecieron no fijarse en mi llegada. Ino y Kakashi estaban a un lado, discutiendo sobre el divorcio. Hinata, Kushina y mi madre estaban sentadas en el sofá, hablando de las virtudes de una buena crema limpiadora facial.

Fue casi surrealista pasar de espiar y encontrar fotos delatoras a una feliz escena doméstica en menos de siete minutos. Casi deseé estar soñando.

—Es hora de irnos —dije, con voz tensa.

Todos me miraron.

—¿Te encuentras mejor, cariño? —mi madre se levantó con expresión preocupada—. Ino ha dicho que te sentías mal.

—No, no me siento mejor. Estoy enferma —tosí para dar más realismo a mi afirmación.

—Vomitar seguramente le irritó la garganta —apuntó Ino para ayudarme.

—Sí, eso es —me froté el estómago y tosí de nuevo—. Siento no quedarme más, pero estoy deseando irme a casa.

Ino y Hinata me miraron con alivio y corrieron a mi lado. Agarraron mis brazos y simularon sujetarme.

—Vamos a llevarte a casa y meterte a la cama —dijo Ino—. Tienes un aspecto horrible. Horrible.

Dejé que me condujeran hasta la puerta.

—¿Has encontrado algo? —susurró Hinata.

—Registros telefónicos.

—Te llamaré mañana para ver cómo te sientes —dijo mi madre desde la salita, confiriendo un significado especial a sus palabras.

HOLA! YA LES SUBÍ LA LISTA CON LAS HISTORIAS PARA UN FIC DE NEJI-SAKU Y LES AGREGUE UN RESUMEN PARTICIPEN PLIS SI TIENEN ALGUNA IDEA SOBRE OTRAS HISTORIAS COMENTES, GRACIAS :)

Ofi Rodriguez