ADAPTACIÓN ESTA HISTORIA NO ME PERTENECE (MUNDO ALTERNO)

TITULO: DESEO SALVAJE

TITULO ORIGINAL: DESEO SALVAJE

AUTORA ORIGINAL HISTORIA: GENA SHOWALTER

AUTOR ORIGINAL PERSONAJES: KISHIMOTO - SENSEI

PROTAGONISTAS: ITACHI UCHIHA Y SAKURA HARUNO

SIN FINES DE LUCRO

Capitulo 10

Igual que un Tigre busca y utiliza tus debilidades en contra tuya, debes encontrar y utilizar las suyas en su contra. Aprovecharse de una debilidad puede marcar la diferencia entre victoria y derrota.

Pasé el día siguiente, viernes, al teléfono.

Itachi me llamó. Sasuke también.

Le dije a Sasuke que se muriera y se fuera al infierno. A Itachi le colgué sin decir una palabra.

—Bonita tu foto con Izumi. Tu no-novia. ¿También le has pedido que se case contigo? —dije cuando llamé por segunda vez. El se rió. Y mucho.

—Es una amiga. Nada más. Hacemos juntos el circuito de actos benéficos. Me encantaría que a partir de ahora me acompañases tú. ¿Te interesa?

Sonó muy sincero, pero lo mismo había pasado con Sasuke.

—No, gracias —respondí y colgué. No sabía qué pensar. ¿Debería creerlo? ¿Y por qué diablos me importaba tanto? No teníamos una relación, de eso ya me había ocupado yo a conciencia.

Ignore la llamada «¿encontraste algo?» de mi madre y la de «¿cómo estás?» de Kakashi. Sí contesté a la de «¿te gustaría salir conmigo?» de Kushina: le expliqué la razón del beso y se lo tomó bien.

En todo ese tiempo, mi PDA no dejó de sonar.

Pitaba y pitaba sin descanso.

Finalmente tiré el asqueroso aparato por la ventana y me satisfizo mucho oír cómo se estrellaba. Sintiéndome mejor, llamé a todos los números de la factura telefónica de Kakashi, siempre con la misma excusa: «Tenía una llamada perdida suya. ¿Quién es y por qué llamó a este número?»

Las respuestas fueron variopintas. Sólo dos me inquietaron. Kakashi había llamado aAnko Mitarashi, su secretaria, varias veces en mitad de la noche. También había llamado seis veces a un salón de belleza: Body Electric. Eso sólo podía significar una cosa: el desalmado practicaba el sexo telefónico con su secretaria y pagaba sus tratamientos de belleza.

Era tópico y repugnante. Sabía que no había llamado al salón para concertar una cita para mi madre. Ella no habría hablado de otra cosa durante días.

Por muy enfadada que estuviera con mi padrastro, también me sentía muy dolida e increíblemente traicionada. Se suponía que él no era como mi padre. Se suponía que cuidaba de la unidad familiar. Que amaba a mi madre, que la adoraba. Que me quería a mí.

Me apreté el puente de la nariz. Me habría gustado ver la factura de la tarjeta de crédito de Kakashi para ver qué le había pagado a Anko . ¿Un bronceado? ¿Depilación por láser? ¿Un masaje completo para que olvidara sus remordimientos por destrozar un matrimonio?

Había visto a Anko muchas veces. Era una mujer de atractivo medio, de cuarenta y pocos años, con mucho pelo y montones de maquillaje; no era la que había visto en las fotos, la joven con el bebé. ¿Podía estar Kakashi viendo a dos mujeres? No era imposible. Sasuke, que ojalá cayera al océano y fuera devorado por los tiburones, había tenido una mujer en cada edificio de cada ciudad de Estados Unidos.

Dios, ¿qué iba a decirle a mi madre? Decidí que nada, de momento. No debía hablar sin pruebas concretas o ella podría excusar a Kakashi, dejándose llevar por la incredulidad.

Igual que había hecho yo muchos años. Y ella con su anterior marido.

Me levanté de un salto y fui a la cocina a por la guía telefónica. Buscaría pruebas. Busqué la dirección de Anko y la del salón de belleza. Acababa de apuntarlas cuando sonó mi teléfono. El identificador de llamada decía que era Uchiha, Itachi.

—¿Qué? —ladré.

—He decidido que quieras o no acompañarme, no iré a más eventos con Izumi. Sólo quiero ir contigo.

Me cosquilleó la piel al oír esa voz grave y llena de promesas. No deberían importarme sus palabras, pero me importaban. Tal vez fuera idiota; otra vez, pero en cierto modo lo creía.

«Boba», dijo mi Tigresa. ¿Sería yo igual que mi madre?

—¿Tienes hambre? —preguntó.

—No, lo siento —dije, a mi pesar—. Estoy ocupada.

—¿Haciendo qué? ¿Trabajando en la fiesta de mi madre?

—La verdad es que no. No es buen momento para hablar. Iba a salir.

—¿Dónde está tu PDA? Programé una reunión para hoy y debería haber estado pitando toda la mañana. Deberías estar de camino al despacho.

—Huy, pues no he oído nada —llamaron a la puerta. Suspiré con frustración, odiando colgar pero sabiendo que debía hacerlo—. Hablaré contigo más tarde. Tenemos que hablar del viaje a Colorado mañana, y de que sigo sin querer ir —colgué antes de que pudiera protestar. Fui al salón y tiré el teléfono sobre el sofá.

Agarré las llaves y el bolso, uno viejo, feo y blanco, porque aún no había reemplazado el robado. Llevaba puestos pantalones marrones y blusa blanca. Sandalias marrones, perfectas para un paseo de tres kilómetros. El pelo recogido de la forma habitual. Pretendía pasar desapercibida.

Sin detenerme a comprobar quién llamaba, abrí la puerta, dispuesta a librarme de quien fuera.

Me quedé parada en el sitio.

Itachi me sonrió. Llevaba vaqueros y una camiseta negra que se pegaba deliciosamente a sus bíceps y pectorales, delineando cada músculo.

Nunca lo había visto vestido tan informal y se me hizo la boca agua. Mis pezones reaccionaron de inmediato: «Hola, Itachi. Te queremos y nos gustaría una presentación en toda regla».

—Trabajé hasta tarde anoche y me he tomado el día libre porque había planificado vernos hoy —dijo, guardando su móvil en el bolsillo. Aún sonriente, quizá porque había visto mis pezones, añadió—. Voy contigo, donde quiera que vayas tan apresurada.

Luché contra un escalofrío de excitación. La idea de pasar el día con él me atraía en muchos sentidos. Oiría su voz, percibiría su calor y lo miraría tanto cuanto quisiera. Pero eso me distraería de mi importante labor como Detective Haruno.

—No, no vienes —lo rodeé, esforzándome por no tocarlo y cerré la puerta. Sin mirarlo siquiera, fui al vestíbulo de entrada. Me encantaba vivir en un bajo. Ni escaleras ni ascensor, gracias.

—¿Dónde vamos? —preguntó a un paso de mí.

Mientras intentaba ignorarlo, sentí su calor penetrar hasta mis huesos. Me detuve antes de salir a la calle. Su aroma a sándalo me rodeaba.

—No vas a librarte de mí —dijo, antes de que pudiera decirle que se largara.

—Itachi…

—Sakura. Voy contigo. Fin de la conversación.

Comprendí que si no lo invitaba a acompañarme, me seguiría y atraería toda clase de atención indeseada. Tenía un rostro demasiado sexy y reconocible. Prefería que él me distrajera a la posibilidad de que mi presa me viera.

—¿Puedes ser taimado, Itachi? ¿Puedes hacerte invisible en una multitud?

—Sí —contestó él, arrugando la frente.

—¿Has traído coche?

—Sí.

—Perfecto, puedes venir —lo bueno: no tendría que andar ni pagar un taxi si me cansaba. Odiaba los taxis, y más los autobuses, pero aún no tenía bastante dinero para arreglar mi viejo coche—. Vamos a un salón de belleza en la calle Mayor. Body Electric.

—La alegría de tu voz me reconforta.

—Entonces, hoy es mi gran día —dije, sarcástica.

Él resopló.

Señor, era sexy incluso cuando resoplaba. Sentía cómo me fundía, mis huesos se volvían agua esperando una caricia. Me ardían las manos por explorarlo. Por tocar su piel y rodear su…

—¿Qué vas a hacerte en el salón? Estás perfecta como estás.

Le hice una mueca antes de abrir la puerta. Estaba volviendo a hacerlo. Era tan dulce e irresistible que me convertía en una masa pegajosa por dentro.

—No seas amable conmigo, ¿vale? —ya estaba claro que no podía resistirme a él físicamente, pero necesitaba resistirme emocionalmente. Y eso era muy difícil con su endiablada y encantadora personalidad.

—¿Qué? —soltó una risita ahogada—. ¿Por qué?

—Porque si —la brillante luz del sol y el calor me golpearon con fuerza al salir, y de repente agradecía que hubiera insistido en acompañarme.

Habría odiado pasar más de unos segundos andando.

Junto a los arbustos, vi los restos de mi PDA e intenté distraer a Itachi.

—Para contestar a tu primera pregunta, no voy a hacerme nada. Sólo quiero echar un vistazo. ¿Dónde está tu coche?

Sin decir palabra, fue hacia una limusina negra y abrió la puerta de atrás. Ver tanto lujo y riqueza ante mi modesto edificio, con su césped mal cortado y pintura desconchada, resultaba muy extraño.

—Después de ti —Itachi hizo un gesto para que entrara. Me quedé parada, asombrada.

—¿Intentas impresionarme? Porque lo estás consiguiendo.

—La verdad —su bello rostro esbozó una sonrisa avergonzada—, es que quería tener las manos libres.

«Bravo», gritaron mis pezones.

«Esperamos que juegue antes con nosotros», apuntaron mis muslos.

—¡Maldición! —mascullé. Tenía que controlar mis pensamientos. Tal vez, quizá, me creyera lo de Izumi Summers, pero estaba en una misión para salvar a mi madre. Nada importaba más en ese momento, ni siquiera el placer.

—¿Qué? —preguntó Itachi, todo inocencia.

—Más te vale guardarte esas manos para ti —entré en el coche y tuve la sensación de que mis problemas se esfumaban. El aire acondicionado me envolvió. Los asientos eran tan mullidos y perfectos que me rendí a su decadencia. Eran blandos como nubes.

Itachi entró y nuestros hombros se rozaron. Sentí que un escalofrío recorría mi espalda.

—Body Electric —le dijo al chofer. Segundos después, la limusina se puso en marcha—. ¿Quieres decirme qué te preocupa? Tienes ojeras y estás más pálida de lo normal.

—¿Viste el artículo sobre mí en el Tattler? —pregunté, porque no quería hablar del tramposo de mi padrastro.

—Bueno, sí. Creo que todo Dallas lo ha visto.

—Me llamaban alienígena. Debería demandarles.

—¿Basándote en qué? —soltó una carcajada.

—Estoy segura de que a mi abogado se le ocurriría algo —recosté la cabeza—. Me sorprende que no hubiera nadie esperando a la puerta, para sacarnos fotos cuando salimos.

—Sí que lo había.

—¡Qué! —me erguí y lo miré fijamente.

—Había una mujer detrás de los arbustos. Su cámara nos apuntaba directamente.

—¿Y no dijiste nada? Ay. No puedo creerlo —le di una palmada en el muslo—. Más vale que hagas algo. Págale para que te dé el carrete, o amenázala con conseguir que la despidan. ¡Haz algo! Lo que sea. No necesito otra horrible foto mía circulando por ahí. La última casi maté a mi madre.

Itachi curvó los dedos sobre mi mano y se acercó, rodeándome con su delicioso olor a sándalo.

—Me ocuparé de ello —me besó en la sien antes de recostarse—. No te preocupes —no soltó mi mano.

Ese sencillo beso me afectó profundamente, pero el que nuestros dedos siguieran unidos significó aún más. Anhelé fundirme con él, absorber su fuerza, su calma. Pero me quedé donde estaba. No podía confiar en un hombre, y menos para que me reconfortara. No me permití pensar que estaba confiando en él para que solucionara el problemita de la fotógrafa.

—Gracias —dije con sequedad.

—De nada —contestó él, también seco—. Ahora, cuéntame por qué quieres ver ese salón de belleza.

—Quiero ver qué servicios ofrecen —me encogí de hombros. Era verdad. No dije que también quería descubrir si Anko era clienta habitual.

—¿Por qué? —persistió él.

Ignoré su pregunta y miré por la ventanilla. Los cristales eran oscuros por fuera y la gente no podía vernos a nosotros.

—¿Crees que podrías conseguirme una lista de las empleadas del salón? —si Anko no era la otra mujer, esa lista podría ayudarme a conseguir otras pistas.

—Desde luego —dijo Itachi—. Si me dices para qué la quieres.

—Bueno —me volví hacia él, ideando una mentira—, mi madre tiene una gemela y las separaron al nacer. Lleva toda la vida buscando a su hermana y sospecho que podría ser una de las empleadas. Y ahora que mi madre se muere de cáncer… —me limpié una lágrima imaginaria— me gustaría hacerle este regalo.

—Muy trágico —dijo Itachi seco—. ¿Sabías que tu voz se vuelve más aguda cuando mientes?

Diablos, mi madre me había advertido sobre eso. Cruce los brazos sobre el pecho y arrugué la frente.

—Tal vez un regalo mejor para tu madre «moribunda» sería darle nietos —sugirió él.

—No eres nada gracioso —le dije, al alzar las pestañas y ver cómo me miraba, divertido.

—Hemos llegado —dijo Itachi cuando la limusina se detuvo ante un edificio blanco. Sin esperar al chofer, abrió la puerta él y salió. Me ofreció una mano.

—¿Se supone que vamos de incógnito? —preguntó él. Cuando vio que yo arrugaba la frente, confusa, se explicó—. Antes de salir me preguntaste si sabía cómo ser taimado.

—No quiero que se enteren de mi nombre, pero no importa que digas el tuyo.

—Entonces, deja que hable yo.

Entramos juntos. Había un largo mostrador atendido por varias jovencitas muy atractivas. Demasiado jóvenes para Kakashi, sin duda. Aunque estuviera dispuesto a arruinar su matrimonio, no le creía capaz de arruinar su reputación profesional por una menor.

Pero, ¿qué sabía yo de los hombres?

—¿Cómo puedo ayudarles? —preguntó una rubia.

—Soy Itachi Uchiha y me gustaría hablar con la propietaria —su voz rezumó autoridad—. Mi prometida no está segura de qué salón utilizar el día de nuestra boda. He venido para ver qué clase de servicios ofrecen para que mi corderita se sienta muy especial ese día.

Se me revolvió el estómago al oír «prometida», y «corderita» me provocó un retortijón. ¡Corderita!

—El dinero no es problema —siguió Itachi—. Nos interesa el tratamiento completo, por supuesto.

Quizá me equivocaba, pero me pareció ver símbolos de dólar destellar en los ojos de la rubia.

—Vengan por aquí —dijo—. Brenda está en su despacho y estará encantada de hablar con ustedes.

—Mientras mi chiqui-queridín habla con ella —dije—, echaré un vistazo, ¿vale? —sin esperar su permiso, pasé ante el mostrador y tomé un largo pasillo.

—La acompañaré —dijo una de las chicas, poniéndose a mi lado en un instante.

Durante veinte minutos, recorrí el salón entero, charlando con las empleadas. La masajista, la experta en aromaterapia. La manicura, la especialista en bronceado. A todas les hacia la misma pregunta: ¿Es clienta mi tía Anko ,Anko Mitarashi? Porque si no lo es, tengo que traerla. Le encantaría este sitio.

—Sí, es cliente habitual —contestaron todas, confirmando mis temores.

Kakashi el Jeta estaba costeando los lujos de Anko mientras trataba a su esposa como si fuera un insecto molesto. Iba a sufrir. Yo haría que sufriera. Cuando regresara de Colorado lo seguiría cámara en mano y lo pillaría en el acto. Después ayudaría a mi madre a despojarlo de cuanto poseía.

¡Bastardo asqueroso!

Cuando acabó mi visita, volví a la entrada. Itachi esperaba en la puerta y la recepcionista flirteaba con él, pasando un dedo por su brazo mientras hablaba. Noté, con disgusto, que llevaba un brazalete verde.

Para mi sorpresa, Itachi retiró el brazo discretamente. Incluso se apartó de ella. Tenía los hombros tensos y parecía tan incómodo que la furia que borboteaba en mis venas se extinguió.

—Osito —lo llamé—. He vuelto.

—Corderita —me miró a los ojos y sonrió con alivio—. ¿Has visto todo lo que querías ver?

—Sí —intenté ir hacia él, pero no pude mover los pies. Parecían clavados al suelo. Sentí que una oleada de algo extraño surgía en mi interior. Algo triste y vulnerable. Las lágrimas afloraron a mis ojos.

Itachi estuvo a mi lado en tres zancadas y rodeó mi cintura con el brazo. Lo permití. En ese momento odiaba a todos los hombres, pero lo permití. Mi Tigresa parecía estar en huelga y no tuve la fuerza para protestar o rechazar su apoyo.

Quizá, muy en el fondo, no quería protestar. Itachi no era como Sasuke el Bastardo. Itachi no era como Kakashi el Jeta. No flirteaba con recepcionistas guapas. Itachi me telefoneaba sólo para oír mi voz y hacía que me sintiera importante y necesitada.

—Venga —dijo con gentileza—. Vamos a llevarte a casa —me condujo a la limusina. No hablamos en todo el viaje. Lo agradecí. No sabía qué me pasaba ni por qué mis emociones habían elegido ese momento para desbordarse.

—Hemos llegado, cariño.

Abrí la puerta o intenté salir, pero él me detuvo poniendo una mano en mi muñeca. Con la otra me ofreció la lista que le había pedido.

La agarré y corrí dentro del edificio antes de estallar en lágrimas.

Lloré casi toda la noche, y mis lágrimas me enfurecieron aún más. Con Kakashi. Conmigo misma. Con Itachi y Izumi. Un segundo creía a Itachi y al siguiente no. ¿Indicaba eso que era tan tonta como mi madre? Peor aún, ¿me convertía en la misma tonta Sakura que había sido antes?

Me dije que no. No confiaba en Itachi del todo.

Infidelidad… ¿Por qué se les daba tan bien a los hombres? ¿Por qué creían que estaba bien pisotear el corazón de una mujer mintiéndole y entregando lo mejor de sí mismos a mujeres distintas de su esposa? No estaba bien. No era aceptable. Era repugnante, irrespetuoso, vil y lamentable.

Cuando Itachi llegó la mañana siguiente aún tenía los ojos rojos e hinchados. Odiaba tener que ir de viaje. Había demasiado que hacer: seguir a Anko , sacar fotos de ella con mi padrastro y, por supuesto, lo más importante de la lista, matar a Kakashi.

Pero tal vez el viaje me iría bien. Itachi era una buena distracción. Además, mi madre no dejaba de telefonear y estaba ignorando sus llamadas. No podía mentirle y decir que no había descubierto nada, pero no podía contarle lo que había descubierto.

Aún no. Lo haría cuando ella no pudiera negarlo.

Le abrí la puerta a Itachi. Llevaba unas cuatro docenas de orquídeas en los brazos, una mezcla de flores amarillas, blancas, rosas y azules. ¡Azules!

Sorprendida, me quedé un momento sin habla.

—Para ti —dijo—. Sé que el azul es tu color favorito, así que hice que tiñeran algunos pétalos.

Debía tener una expresión horrorizada cuando acepté el ramo como si fuera una bomba a punto de explotar. Sasuke el Bastardo siempre me llevaba flores, rojas rosas, después de hacer algo malo.

Aún así, me aleteó el corazón. Itachi se había esforzado mucho, había pensado en mis preferencias. Y sospeché que lo había hecho para que me sintiera mejor, no para ocultar su mal comportamiento.

—Tuve que buscar en todo el maldito estado para encontrarlas —dijo.

—Son preciosas —murmuré—. Gracias.

—Si empiezas a llorar, tendré que arrancarme el corazón y entregártelo. ¿Cómo te encuentras? —sonrió, travieso—. Iba a regalarte una lista de cosas que hacer, pero eran todas bastante picantes, y prefiero esperar a que estés más receptiva.

Me reí; no pude evitarlo. Y me gustó olvidar mis problemas, relajar mis tensiones y disfrutar de él.

—¿Vas a invitarme a entrar? —preguntó Itachi—. Tengo otro regalo para ti.

—Oh, claro. Entra. ¿Qué clase de regalo? —no pude ocultar mi entusiasmo.

—Para ti —dijo, poniendo un reluciente PDA nuevo en mi mano.

¡Maldito e infernal aparato!

—Vi que al tuyo le habían salido alas y había volado por la ventana; pensé que te gustaría tener otro.

—Vaya, gracias.

—¿Estás lista para marcharnos?

—Deja que ponga las flores en agua —sin mirar atras, fui a la cocina. Una vez allí, metí la agenda electrónica bajo un montón de revistas, de donde no volvería a salir, y coloqué las orquídeas en mi jarrón favorito. Cerré los ojos e inhalé con placer su fresco y delicioso aroma.

Me gustaba que Itachi se hubiera molestado tanto por mí. Pero también lo odiaba. Empezaba a sentirme reblandecida por dentro.

Coloqué el jarrón en el centro de la mesa y luego trasladé a la encimera los claveles rosas que mi padrastro me había enviado esa mañana. No sabía por qué los había conservado. Tal vez para recordarme que en realidad el era un sándwich de pavo en pan de centeno oculto bajo una cobertura de chocolate. En la tarjeta, me felicitaba por haber conseguido un proyecto tan lucrativo y me sugería que rellenara una solicitud para convertirme en la señora de Itachi Uchiha. También pedía disculpas por presionarme para que volviera con Sasuke.

¿Cómo podía ser tan dulce y al mismo tiempo tratar tan mal a mi madre?

—¿Quién te ha enviado ésas? —preguntó Itachi a mi espalda. Estaba tan cerca que sentí su calor. Apoyó las manos en la encimera, desde detrás, atrapándome con su cuerpo.

Tragué saliva. Me estremecí.

Me lamí los labios y es posible que, y no es una confesión, que arqueara un poco la espalda para que la mejor parte de él rozara mi trasero. El deseo me asaltó como rizos sedosos que se curvaban a mi alrededor. Habrá bajado las defensas y no sabía si era por el carrusel emocional de los últimos días o porque estaba destinada a responder a Itachi pasara lo que pasara. Fuera por lo que fuera, lo deseaba.

Tal vez debería hacerme un replanteamiento sexual. Tal vez estar con él antes de la fiesta de su madre no sería tan mala idea.

—¿Quién me ha enviado qué?

Él se inclinó hacia delante y su fragancia de sándalo me rodeó con tanta fuerza como su calor.

—Eso —dijo con tono airado. Señaló los claveles.

—No es asunto tuyo —por lo visto tenía otro ataque de celos. Volví la cabeza para ver qué efecto tenían mis palabras. Ante mis ojos, la expresión serena de Itachi se volvió oscura y furiosa.

—¿Quién te envía flores, Sakura? ¿Estás saliendo con otra persona?

Estudié la línea dura de su mandíbula. Se había puesto celoso cuando creyó que flirteaba con Neji, pero esto era distinto. Más potente. Crudo. Igual que había pasado antes, una parte de mí disfrutaba al pensar que ese hombre tan sexy y maravilloso se sintiera posesivo con respecto a mí.

—Como ya he dicho, Itachi, no es asunto tuyo —tal vez jugara con fuego al pincharlo, pero en cierto sentido me atraía la idea de quemarme.

—¿Quién es él? Tengo derecho a saberlo. ¿Estás viendo a otro?

Apreté los labios, negándome a contestar. Una vena empezó a latir en la sien de Itachi. Pensé que si apretaba más los dientes se le partiría la mandíbula. ¿Era cruel disfrutar tanto con su reacción?

Mi ex, que ojalá acabara en una isla desierta acompañado por un enjambre de abejas asesinas, había sido un hombre celoso, pero sus celos habían sido acusadores, insultantes, no posesivos.

Sintiéndome temeraria y peligrosa, arranqué un pétalo de un clavel e inhalé su aroma con deleite.

—Es precioso, ¿no crees? —Itachi agarró mi brazo y me hizo girar en redondo, consiguiendo toda mi atención. El pétalo floté hacia el suelo. Sus ojos ardían como brasas.

—¿Estás viendo a otro? —ladró.

—¿Y qué si lo hago? A ti te han fotografiado con la señorita Summers.

—Eso no es una respuesta, y ya te he explicado lo de Izumi. Ya la he llamado para decirle que no volveré a escoltarla. Ahora, dime, ¿estás saliendo con otro?

—No —suspiré, inexplicablemente aliviada porque, cumpliendo su palabra, hubiera dicho adiós a Izumi—. ¿Ya estás contento?

—¿De quién son? —me soltó, relajado de repente y muy tranquilo. Sonó curioso, como si no hubiera estado a punto de estallar un momento antes.

—De mi padrastro.

—Bien —me retiró un mechón de pelo del rostro y lo puso tras mi oreja; sus dedos acariciaron mi mejilla—. Me niego a compartir. Recoge tus cosas y nos pondremos en marcha —no me dio tiempo a protestar, simplemente salió de la cocina.

«Se negaba a compartirme».

Me apoyé en la encimera que tenía detrás y fruncí el ceño. Eso era justo lo que diría un dominante Triple C. Tan macho. Tan repugnante.

Tan dulce.

Solté una exhalación. «A ti tampoco te gusta compartir, Sakura, ¿recuerdas? Y siempre habrá otras mujeres intentando captar la atención de Itachi. ¿Cuánto tiempo crees que seguirá sintiéndose atraído por ti, y sólo por ti?».

El ceño se convirtió en una mueca. No debería querer estar con él, no tanto, y sus legendarias conquistas no deberían importarme. De nuevo, no tanto.

Fui a mi dormitorio a por el bolso de viaje y el maletín. Se despertó en mi una intensa inquietud que borró todo pensamiento de mi mente; iba a subir a un avión, un instrumento volador y mortal.

Temblorosa, salí a buscar a Itachi.

Estaba recostado en los cojines rojo brillante de mi sofá, como si estuviera en su casa. Su expresión se iluminó al verme.

—¿Lista?

Conseguí asentir. Preferiría enfrentarme a las llamas del infierno a poner un pie en un avión. Tal vez debería haberle pedido a Kakashi que me hipnotizara para la experiencia. Nunca había funcionado antes, pero estaba desesperada.

—Te divertirás, te lo prometo —dijo.

Con el corazón desbocado, casi me volví loca en el camino al aeropuerto. Itachi no paró de hablar, preguntándome por mis miedos e intentando tranquilizarme con estadísticas y con los requisitos que exigía a sus mecánicos y a sus aviones. Yo no dije palabra. Estaba demasiado nerviosa para conversar.

Cuando llegamos a nuestro destino, empezaron a pitarme los oídos. Sacudí la cabeza, pero el ruido no se fue. No podía ser el PDA, no lo llevaba.

—¿Qué es ese pitido? —pregunté—. ¿Lo oyes tú?

—No. Cariño, todo irá bien —dijo Itachi—. Te lo prometo. Odio que estés tan asustada.

Mientras recorríamos un pasillo de la mano, ni siquiera había intentado soltarme, miré su perfil de reojo. Parecía perfectamente sereno. Nuestros pasos resonaban en el hangar. Cuanto más nos acercábamos al avión, más tensa me ponía, Apreté su mano, esperando que se detuviera o fuera más despacio. Había pensado que podría hacer esto.

No podía.

—Por favor, Itachi. Elige un lugar en Dallas para la fiesta —el pitido en mis oídos subía de volumen.

Él no se detuvo, ni siquiera hizo una pausa.

—Tenemos que conquistar ese miedo tuyo. Tengo que viajar, es parte de mi trabajo, y quiero que puedas venir conmigo. Una vez estemos en el aire, te encantara. Estoy seguro.

—Por favor —repetí, desesperada.

—Preciosa —me miró—. ¿Confías en mí? Tienes que saber que no permitiría que te ocurriera nada malo.

—¿No podemos conducir? Estoy segura de que no tardaríamos mucho —el sudor me perlaba la frente.

—Tardaríamos doce horas —soltó una carcajada grave que intentó disimular—. No, volaremos —dicho eso, me guiñó un ojo.

¡Como si eso fuera a solucionar mis problemas!

—Será divertido —dijo—, Ya lo verás.

Yo sabía que lo pasaría mejor si me ataran desnuda en el techo de un taxi que recorriera el centro de la ciudad a tres kilómetros por hora.

—Cuando hayas volado en un avión como éste, no querrás volver a poner los pies en el suelo.

No lo entendía. Tenía que hacerle entender. Pero lo único que salió de mi garganta atenazada fue un «Por favor». El pitido de mis oídos era tan alto que apenas me oí. Esa súplica desesperada lo detuvo por fin. Debió captar el desconsuelo y pánico de mi voz.

—Todo irá bien —me miró con preocupación. Comprendí que repetía las mismas frases para grabarlas en mi cerebro—. No permitiría que te ocurriese nada malo.

—Tenías razón, lo admito, tengo miedo. Odio los aviones —susurré. Los nudillos de la mano en la que llevaba el bolso de viaje se pusieron blancos por lo fuerte que lo apretaba.

—Eso ya lo veo —alzó mi barbilla con un dedo y me miró a los ojos—. ¿Puedes decirme por qué?

¿Dónde estaba mi Tigresa cuando la necesitaba? Me mordí el labio con fuerza, casi me hice sangre.

—Si no dejas de hacer eso, te besaré para curar el daño que te estás haciendo con los dientes.

—No es el avión —desvié la mirada—. En realidad no. Es el miedo a estrellarme.

Él me rodeó con sus brazos y el pitido bajó de nivel. Enterré la cabeza en su cuello. Acarició mi espalda para tranquilizarme.

—Tienes más posibilidades de tener un accidente de coche que de estrellarte en un avión.

—Eso ya me lo has dicho antes, pero me gustaría que se lo dijeras a todos los que han estado en un accidente de avión.

—¿Has volado alguna vez?

—Sí. Una.

—Y no moriste.

—No, pero las ruedas se torcieron al despegar y tuvimos que volar en círculos durante horas, para deshacernos de combustible. Pasé más miedo que en toda mi vida.

—Pero aterrizasteis sin problemas.

—Sí —admití.

—Conmigo de piloto y habiendo revisado el avión yo mismo, esta vez no ocurrirá nada malo.

—Yo… no puedo. Tuvieren que sedarme la última vez, y ni siquiera eso controló mi pánico.

—No es malo tener miedo. Estaré contigo. A tu lado todo el viaje.

—No puedo hacerlo.

—Sí puedes —empezó a andar otra vez, manteniendo un brazo sobre mi hombro. No protesté—. La mejer medicina para el miedo es la confrontación.

—Tienes razón —dije—. Sé que la tienes, pero eso no me impide desear que estés equivocado.

Él no contestó, me dio tiempo para que intentara superar mi pánico desbocado.

—Lo haré —me obligué a decir—. Lo haré. Sí.

—Buena chica. Vamos —apretó la mane sobre mi hombro y aceleró el paso—. No es tan malo como crees —insistió. Por desgracia habíamos llegado al avión. A la trampa mortal.

¿Cómo podía algo tan pesado mantenerse en el aire? Aunque era muy pequeño, parecía pesar toneladas, con su pesado cuerpo de metal blanco y anchas alas.

—Deja que te demuestre lo seguro que es. Te gustará tanto cada segundo que pasemos en el aire que me suplicarás que volvamos a hacerlo otro día.

Eso no ocurriría en toda su vida.

El terror que había conseguido aparcar mientras me refugiaba en sus brazos alzó su fea cabeza de nuevo, con más fuerza. El terrible pitido volvió a mis oídos, tan fuerte que casi grité de miedo.

La bolsa de viaje cayó de mis dedos fríos al suelo. Durante un segundo el mundo que me rodeaba desapareció, transformándose en destellos de luz brillante y blanca. Después, el asfalto se movió bajo mis pies. ¿Por qué tenía la sensación de estar cayendo?

Un momento después estaba de espaldas en el suelo. Busqué a Itachi en la niebla oscura que veía.

—Sakura —lo oí llamar. Parecía que estuviera al final de un largo tubo—. Háblame, cielo.

El espeso velo que envolvía mi mente empezó a retirarse y la niebla se aclaró. De repente, vi a Itachi. Me miraba desde arriba con el rostro tenso de preocupación.

¿Por qué estaba preocupado? Parpadeé confusa.

Lentamente llegó la comprensión. Y con ella la vergüenza.

Virgen santísima, me había desmayado. Nunca en mi vida había hecho algo tan infantil. Mi Tigresa interior por fin había resurgido, pero sólo para rugir con desagrado. Desagrado hacia mí, no hacia Itachi. «Debilucha», decía.

—Vamos. Háblame —dijo Itachi de nuevo.

—Estoy bien —le aseguré, con un hilo de voz.

Cuanto intenté sentarme, él me lo impidió.

—Aún no. No deberías moverte. Voy a llamar a asistencia médica. Quédate ahí.

—No —ya más fuerte, apreté su mano—. Estoy bien. En serio.

—No te creo —la ansiedad que oscurecía sus ojos me reconfortó. Verla me hizo sentirme como si me hubieran tapado con una manta, calentando mi cuerpo y dado fuerzas. Tentativamente, alcé la mano y toqué su mejilla.

—No estoy herida. Te lo prometo.

Asintió con ternura, guardó el móvil en el bolsillo y me ayudó a levantarme. No noté ninguna consecuencia de mi encontronazo con el suelo. Intenté estirar las arrugas de mis pantalones.

—Podemos quedarnos —me sorprendió diciendo.

—¿En serio? —me animé de inmediato.

—Maldición —se pasó una mano por la cara—. Ha sido como verte caer a cámara lenta. No he podido hacer nada excepto agarrarte antes de que tocaras el suelo —se masajeó la nuca—. Te llevaré a casa.

—No —mi rotundidad lo asombró, y a mí también, pero me sentía como si me hubiera golpeado un martillo. Estaba comportándome como la antigua Sakura, un felpudo temeroso del mundo. Ya no era esa mujer, así que tenía que ser fuerte—. Puedo hacerlo. Es hora de superar mi miedo, como dijiste. Además, mi Tigresa interior me matará si no lo hago.

—¿Tu Tigresa interior? —parpadeó y me miró.

—Eso es —sonreí lentamente—. Mi Tigresa interior. Es fiera, salvaje y valiente.

—Creo que quizá te hayas golpeado la cabeza —puso la mano sobre mi cráneo, buscando un chichón.

—Cuidado, o podría tener que arañarte hasta que mueras.

—Podría dejarte, pero depende de dónde quieras arañar —farfulló. Arrugó la frente y movió la cabeza—. Voy a llevarte a casa, Sakura. La idea de que te vuelvas a desmayar me pone enfermo. Te ayudaré a superar tu miedo de otra manera.

—Por favor, Itachi.

—No discutas. Ni supliques, llores o intentes convencerme. Y nada de lamerte esos deliciosos labios.

Puse los puños en las caderas; mi determinación crecía por segundos.

—O vas conmigo, o pagas a otra persona para que me lleve. Eliges tú.

—Diablos, Sakura —bufó—. ¿Qué te parecería volar en un jet grande, de la empresa, en vez de en uno pequeño?

Lo pensé un momento y asentí. Podía simular que el avión era la habitación del hotel y, con un poco de suerte, olvidar que estaba a miles de metros del suelo, a punto de estrellarme contra…

—Sí, sería mucho mejor.

—Mi tripulación puede tenerlo listo en media hora, si no te importa esperar.

—Pero, ¿y tú? —mi alivio debía ser patente, pero quería ser cortés—. ¿No te importa no pilotar?

—Me importa, quería impresionarte, pero podré soportarlo —me llevó a una sala con aire acondicionado e hizo una llamada.

No fueron los treinta minutos que había predicho. Su equipo tuvo el avión listo en veinte. Y, que Dios me ayudara, embarqué.

Una vez en el avión, Itachi me hizo una visita guiada. El lujo me dejó atónita. En la entrada había un suave sofá color marfil, y una televisión colgada, perfecta para verla recostado.

Había un despacho equipado con sillas, mesa y pizarra. Después me enseñó un cuarto de baño mayor que el de mi casa. Y por fin… me dio un vuelco el estómago al ver el dormitorio. Tenía un colchón pequeño y de aspecto cómodo, sábanas de seda y un edredón. Estaba segura de que la habitación se utilizaba para sestear, pero a mi cerebro le dio igual.

Me imaginé a Itachi allí tumbado, desnudo y llamándome con un dedo. Estaba segura de que dedicaba más tiempo a pensar en Itachi desnudo que a cualquier otra cosa. Si alguien me pagara por fantasear con él… En fin. Seguí con la fantasía: su piel bronceada contrastaba con las sábanas blancas. Todo su cuerpo estaba duro. Ardiente. Dispuesto. Seguía llamándome con el dedo y una mirada seductora.

Tragué saliva.

—Vamos a prepararnos para el despegue —el Itachi real puso una mano en mi cintura y el contacto me provocó escalofríos de deseo.

No me moví. No podía. ¿Cómo podía excitarme tan rápidamente? Lo miré a los ojos.

—O si prefieres esperar y hacer otras cosas —tragó aire—, me parecería muy bien.

Nos quedamos inmóviles, inmersos en pensamientos demasiado libidinosos para expresarlos. Por fortuna, recuperé el sentido común. Ése no era el momento ni el lugar. Necesitaba distancia. Di un paso atrás y simulé estar molesta, aunque me tentaba mucho su ofrecimiento.

—Ni lo sueñes —conseguí decir.

—Lástima —miró mis labios—. Puede que la próxima vez.

De la mano, me llevó al sofá y me puso el cinturón de seguridad. Empecé a temblar. Procuré mantener una expresión impasible, serena, para que no cancelara el vuelo. Tenía que demostrarme que podía hacerlo. Que el miedo no me dominaba.

—Hace falta coraje para enfrentarse al miedo. Me siento orgulloso de ti.

—Gracias —yo también estaba orgullosa.

Unos minutos después los motores rugieron y el avión empezó a moverse. El piloto dijo algo por los altavoces, pero me pitaban los oídos y no lo entendí.

—Si el avión se estrella contra el océano, es probable que los tiburones me coman viva.

—No volaremos sobre el océano, sino sobre las montañas.

—¡Peor aún! En las montañas hay osos —aferré la mano de Itachi. Estaba segura de que mi rostro estaba verdoso. Al menos era el color favorito de Itachi, debía parecerle la diosa de la belleza—. ¿Y si el piloto no ve una porque confunde la nieve con una nube?

—Entonces, juro por Dios que lo despediré —Itachi agarró mi barbilla y bajó la cabeza. Sus labios encontraron los míos e invadió mi boca con la lengua sin pedir permiso.

Delicioso. Mi miedo disminuyó mientras pensaba en cuerpos sudorosos, piernas revueltas y placer desbocado. Itachi sabía a puro pecado. Caliente, viril y prohibido. Su boca era como una droga.

Minutos después surcábamos el aire. Ni siquiera noté el despegue. Si moría ese día, sería con una sonrisa en la cara. Itachi sabía besar. Era innegable.

Besaba con todo el cuerpo. Con manos, pecho, piernas. Su masculinidad me consumía. Era un cambio refrescante con respecto a los besos de Sasuke, que seguían la pauta: «meter la lengua hasta tu garganta antes de meterme en tus bragas».

Él llevó una mano a mi pecho y lo acarició.

Gruñó. Yo gemí. Me excité aún más. Pensé en lo fácil que seria para él bajarme los pantalones y penetrarme. Fácil… y maravilloso.

Él se apartó de repente. Cerró los puños. Respiraba con agitación, igual que yo.

—Un día, pronto, Sakura, voy a enseñarte exactamente cuánto placer puedo darte. Y ninguno de los dos podremos andar durante una semana.

HOLA! SIGAN PARTICIPANDO PARA UNA ADAPTACIÓN DE NEJI-SAKU TIENEN HASTA EL VIERNES Y EL SÁBADO SUBO EL PRIMER CAPITULO DE LA HISTORIA GANADORA.

Ofi Rodriguez