ADAPTACIÓN ESTA HISTORIA NO ME PERTENECE (MUNDO ALTERNO)
TITULO: DESEO SALVAJE
TITULO ORIGINAL: DESEO SALVAJE
AUTORA ORIGINAL HISTORIA: GENA SHOWALTER
AUTOR ORIGINAL PERSONAJES: KISHIMOTO - SENSEI
PROTAGONISTAS: ITACHI UCHIHA Y SAKURA HARUNO
SIN FINES DE LUCRO
Capitulo 12Una auténtica Tigresa lucha por lo que quiere y con todas las armas disponibles. ¿Manipulación? Desde luego. ¿Gritos? Sin duda. ¿Puños, dientes, piernas? Oponte a ella y lo verás.
Itachi me levantó y me llevó a la pared. En cuanto mi espalda la tocó, el cuadro de flores que había colgado cayó al suelo. Él apartó el marco con un pie y me apretó contra las frías lamas de madera.
Gemí con la sensación. Nuestras manos eran puro frenesí, nuestra respiración agitada.
Pero, de repente, Itachi bajó el ritmo. Convirtió el beso en una lenta exploración. Con una mano acariciaba mi cuello, clavículas y senos. Con la otra descendió estómago abajo.
—Quiero quitarme las bragas —gemí—. Ayúdame a quitármelas.
—Sabía que eras sexy, pero no había comprendido cuánto hasta este momento —dijo él con voz fiera.
—Mmm —ronroneé. ¿Quién tenía tiempo de conversar? Yo no. Quería un orgasmo ya. Llevaba mucho tiempo sin sentir uno. Demasiado. Empecé a desabrocharle la camisa—. Quítame las bragas. Ya.
—Aún no —detuvo mis manos.
—¿Quieres sexo o no? —sus dedos acariciaron mi pezón duro y expectante. Delicioso. Todo mi ser estaba tenso como un muelle, listo para saltar.
Estaba increíblemente cerca del borde del abismo.
—Quiero saborearte.
—Saborear después —me arqueé—. Clímax ahora.
Cerró los ojos. Una gota de sudor surcó su sien.
—Aún no —dijo, tan ronco que apenas lo oí.
—¿Cuál es el problema? —jadeé. Sentía llamaradas en todos los sitios donde me tocaba, pero no lo hacía con suficiente intensidad—. Deja de vaguear y actúa.
—¿Vaguear? Preciosa, vas a agradecer mi vagancia cuando acabe contigo. Aquel día te prometí que iría despacio contigo, y maldito sea si no lo hago.
Introduje una mano entre nuestros cuerpos, abrí sus pantalones y metí la mano dentro. Agarré su larga y dura erección.
—Así que quieres ir despacio. Muy bien —moví la mano de arriba abajo muy, muy lentamente.
—Te crees muy lista, ¿verdad? —gruñó él. Empezó a hacer lo mismo que yo. Metió una mano en mis braguitas y apretó los dedos contra mi clítoris.
Trazó un círculo y volvió a apretar.
La verdad es que pensé que era un genio. Le bastó con eso para llevarme al límite. Grité. Sentí espasmos. Vi estrellas brillantes tras los párpados.
Mi sangre entró en ebullición.
—Mírame —ordenó.
Mis ojos se negaron a abrirse.
—Mírame. Vamos.
Obligué a mis párpados a abrirse. Sin dejar de mirarme, él introdujo dos dedos en mi interior y me contraje contra ellos. Con la otra mano sujetó mis caderas y me alzó, imitando el ritmo del sexo. Una vez. Dos. Me penetró. Una y otra vez, saliendo y entrando, haciendo que mi clímax se prolongara eternamente.
—Ves, Sakura —dijo—. Puedo darte placer. Podrías tener esto el resto de tu vida. Yo podría tener esto el resto de mi vida.
—Sólo unas cuantas noches —jadeé, sin aire.
—Eres demasiado testaruda —gruñó—. Puede que aún no te haya demostrado lo fantásticos que podemos ser juntos.
—Entonces hazlo. Demuéstramelo —un orgasmo no era bastante. Quería y necesitaba más.
Las puntas de sus dedos penetraron con más fuerza, moviéndose, pulsando. Me retorcí en sus manos, perdida en las sensaciones que provocaba.
—Voy a probarte —dije.
—Sí. Hazlo. Ahora —convertí su frase en una orden mía. Al fin y al cabo, yo era quien mandaba allí.
Su ceño me indicó que se había dado cuenta, pero se arrodilló de todas formas. Me bajó las bragas y saqué los pies rápidamente. Deslizó las manos pantorrillas arriba, agarró mis rodillas y las abrió. Era un poco desconcertante estar desnuda con un hombre tan sexy arrodillado entre mis piernas, pero estaba demasiado excitada para preocuparme por eso.
Sasuke nunca me había hecho eso. Ningún hombre lo había hecho. Y yo lo deseaba.
Sentí el cosquilleo del cálido aliento de Itachi antes que la primera presión de su lengua. Puro calor, puro placer. Lamió, acarició y apretó la boca contra mí creando una fricción increíble. Mis huesos se derretían. Emití un gemido grave y hambriento que llenó la habitación.
—Mmm… —no podía hablar, sólo gemir. La habitación dejó de existir. El segundo clímax fue aún más fuerte que el primero. Me obligó a arquearme, tensarme y gritar. Volé de nuevo a las estrellas.
No sé cuanto tardé en volver a la tierra.
—Han sido dos —dije, asombrada por ello. Itachi estaba de pie, mirándome con fuego en los ojos—. He tenido dos orgasmos.
—Y eso solo ha sido el aperitivo —prometió él.
Apenas podía mantenerme en pie, pero Itachi me soltó y fue hacia sus pantalones.
—¿Qué haces? —pregunté—. Vuelve. No hemos acabado —pausa—. ¿O sí?
—Preservativo —dijo él, sujetándome de nuevo—. No hemos acabado, pero no puedo esperar más. Demasiado… —con un rugido, clavó su pene en mí.
Una oleada de puro placer, intenso y abrasador me consumió. Lo rodeé con todo mi cuerpo. Él empezó a moverse, alzándome y bajándome. Poco a poco su ritmo se incrementó.
—No tenía ni idea de que fueras a ser tan salvaje cuando te quitara la ropa —su aliento me acarició el oído—. Gracias.
No pude evitar una sonrisa mientras rotaba las caderas para introducirlo más en mi interior. Gemí.
—Pues yo sí sabía que serías así de fantástico.
Introdujo una mano entre nosotros y presionó. Sus dedos se movían en círculo; su miembro entraba y salía de mí, cada vez más rápido, con más urgencia. Sí. Mi cuerpo respondió humedeciéndose, anhelando otro orgasmo.
Arañé su espalda, mordí su hombro y tiré de su pelo. Era un animal, una Tigresa, mi naturaleza salvaje se había liberado. Él embistió una vez más, con fuerza, y yo salté al abismo. Cuando mi cuerpo se contraía por tercera vez, él gruñó y me penetró hasta el fondo. Más profundo de lo que habría creído posible. Se puso rígido y rugió mi nombre.
—Maldición, Sakura —jadeó—. Creo que has estado a punto de matarme.
Con la poca energía que me quedaba, suspiré feliz. Que te den, Sasuke el Bastardo.
Cuando se trataba de una aventura salvaje, sin compromisos, ¿cuántas veces podía practicar el sexo en una noche la pareja en cuestión? ¿Una? ¿Dos? ¿Tres veces o más?
Esperaba que la última opción, porque Itachi y yo acabábamos de celebrar la tercera ronda. Esa vez en la cama. Yo estaba relajada como un trapo. Itachi estaba a mi lado y el calor de su cuerpo era como una manta. Una fina película de sudor hacía que nuestros cuerpos se pegaran el uno al otro.
Estaba completamente desnuda y tal vez nunca tuviera fuerza suficiente para hacer algo al respecto. Sabía que tenía el pelo alborotado y los labios ligeramente hinchados. Sabía también que tenía finas marcas rosadas en los pechos, causadas por su rasposo principio de barba. Debía parecer una prostituta apaleada. Y a mi modo de pensar, eso era perfecto. Mis labios se curvaron con una sonrisa satisfecha.
No fumo, de hecho odio los cigarrillos, pero en ese momento me habría apetecido uno.
Itachi apoyó el peso en un codo y se alzó sobre mí, con los párpados pesados y seductores. La luna plateada iluminaba su cabello revuelto. Le aparté unos mechones del rostro y lo miré.
—Gracias por esta noche —le dije.
—Soy yo quien debería darte las gracias —su mirada turquesa brilló como el océano.
—Probablemente tengas razón —sonreí.
—Descarada —riéndose, se levantó. Hizo una mueca y rotó los hombros—. Creo que me destrozaste cuando enredaste las piernas alrededor de mi cuello —dijo, de camino al cuarto de baño.
—Bebé —sentí frío y obligué a mis brazos a subir la sábana hasta la barbilla. Oí agua. Después silencio.
—¿Ahora te da por ser recatada? —bromeó él al verme. Llevaba una toalla húmeda en la mano.
—Ahora tengo frío —dije. Si era sincera, empezaba a sentir cierta timidez. Ese hombre se había acostado con algunas de las mujeres más bellas del mundo. Herederas embellecidas quirúrgicamente.
—Eres lo más bello que he visto en mi vida —dijo él, como si leyera mi mente. Se acomodó a mi lado y dedicó varios minutos a limpiar nuestros cuerpos. Después dejó la toallita y me acurrucó contra él.
Aunque nunca me había gustado que me acurrucaran, porque me sentía aprisionada, descubrí que me encantaba con Itachi. Era pura ternura. No quería moverme, podría pasar toda mi vida en sus brazos.
Y, de repente, eso me dio pánico.
Se me desbocó el corazón. Estar allí con él era demasiado agradable, demasiado fantástico. Tal vez… ¡No! Me negaba a creer que estaba enamorándome de él. Eso era una aventura. Nada más.
Los sentimientos estaban prohibidos.
Los sentimientos implicaban una relación. Una relación implicaba matrimonio. Matrimonio implicaba confianza, entregar mi corazón plenamente.
Y entregar mi corazón acabaría implicando dolor, sufrimiento y quizá traición. Ni siquiera el matrimonio de mi madre iba a sobrevivir y yo había creído que era una unión irrompible.
Un sudor frío empapó mi cuerpo y se me entrecortó la respiración. Empecé a sentir claustrofobia. Me mareaba, empezaron a pitarme los oídos y sentí espasmos en el estómago. Tenía que salir de allí.
Alejarme de Itachi. Ya.
—Tengo que ir al cuarto de baño —dije.
—Vuelve pronto —me soltó.
Corrí al baño y eché el cerrojo. Tragué aire con desesperación. ¿Qué iba a hacer? No podía pasar allí toda la noche, pero tampoco podía recoger mi ropa del suelo y volver a casa en taxi.
Me senté en el inodoro y apoyé la cabeza entre las piernas. «Respira. Sólo respira». No había razón para tener pánico. Ya se me ocurriría algo.
No sé cuánto tiempo estuve así.
—¿Estás bien? —llamó él.
—Bien —gemí.
Cuando se me pasó el mareo, me obligué a levantarme y echarme agua fría en la cara, pálida.
—No te preocupas cuando está dentro de ti —le dije a mi reflejo—. Así que consigue tenerlo dentro otra vez y tu preocupación desaparecerá. Es tu juguete sexual. Nada más.
Tomé aire, salí del cuarto de baño y fui hacia la cama. Itachi estaba a sus anchas, sexy, con expresión satisfecha pero también preocupada. Sentí una opresión en el pecho al verlo. Tenía el torso lleno de arañazos y marcas de mordiscos.
—¿Seguro que estás bien? —preguntó, inquieto.
—Sí —«es mi juguete sexual. Nada más».
—Ven aquí —mi juguete sexual dio una palmadita en la cama.
—¿Me deseas otra vez? —pregunté esperanzada.
—Quiero abrazarte.
Vaya porquería. Arrastré los pies hacia la cama y me tumbé a su lado. Quería acurrucarme contra él, no sabía qué diablos fallaba en mí, pero mantuve una corta distancia de separación. «Es mi juguete sexual». Le di la espalda. Empezaron a sudarme las manos y se me contrajo el estómago.
«Es mi juguete sexual».
—¿Sakura?
—¿Qué? —«por favor, no me preguntes si quiero acurrucarme».
—¿Esto es por lo del preservativo?
—¿Qué quieres decir?
—Se rompió la última vez.
Se me secó la boca y mi sangre se convirtió en hielo. El mundo empezó a derrumbarse a mi alrededor. Oh, Dios mío. Dejaron de funcionarme los pulmones y me asaltó otro mareo.
—Dime que bromeas. Por favor, dime que es broma.
—Ojalá pudiera.
—¿Cómo diablos puede haber ocurrido eso? —me volví hacia él y lo miré a la cara.
—Eh, estoy sano. No hay razón para preocuparse.
—Me alegra saberlo, ¿pero y lo otro? —no me atrevía a decir la palabra.
—¿No tomas la píldora? —se frotó la cara.
—¡No, maldito seas! —se me ocurrió algo horrible y ensanché las aletas de la nariz—. ¿Es ésa tu forma de atraparme en una relación? Porque si lo es…
—Diablos, no —se enderezó de golpe—. No necesito esas tácticas para retener a una mujer.
Lo creí. En el fondo lo había sabido. Parte de mi ira y pánico desaparecieron y pude identificar otra emoción por debajo de todo ello. Una a la que aún no quería dar nombre.
—Lo siento —le dije—. No debería haber dicho eso.
—Lo entiendo —asintió con rigidez y volvió a tumbarse—. Yo también lo siento. Esto sólo me había pasado una vez antes.
Me lamí los labios al imaginarme a Itachi jugando con un niño, el hijo de otra mujer. Las revistas del corazón nunca habían publicado que fuera padre, pero eso no significaba que no hubiera ocurrido.
—¿Y la chica se quedó… ? Ya sabes.
—No.
—Tal vez seas estéril —dije, esperanzada.
—Muchas gracias —dobló su almohada en dos para tener la cabeza más alta—. No pretendía estropear el ambiente, pero pensé que lo sabías. Y si no lo sabías, tenía que decírtelo.
—Tienes razón —suspiré.
—He disfrutado mucho estando contigo, Sakura.
Me agarré a esas palabras con todas mis fuerzas. No quería ni pensar en pañales y en las «cosas» que los utilizaban. Y tampoco quería identificar la ridícula emoción que surcaba mis venas.
—Has rugido tan alto que supongo que todos los clientes del complejo saben que has disfrutado.
Él se rió y me rodeó con los brazos.
—Antes de que subiéramos al avión mencionaste una Tigresa interior. Llevo todo el día deseando preguntarte sobre eso.
—¿Qué quieres saber? —ése era un tema manejable.
—¿Qué es exactamente?
—Una Tigresa es la parte de una mujer que es fuerte, confiada y valiente, capaz de hacer cualquier cosa, decir cualquier cosa y salir siempre vencedora. Y… —me incliné hacia él y le di un golpecito en la nariz— una Tigresa no tiene aprecio a los Tigres.
—Humm… —agarró mis dedos y los besó, para después chuparlos uno a uno—. ¿Hay algo que pueda hacer un Tigre para ganarse a una Tigresa?
Sentí un delicioso escalofrío y, a pesar de lo ocurrido con el preservativo, supe que le dejaría seducirme otra vez. Como había descubierto en el cuarto de baño, sólo me preocupaba del placer cuando estaba dentro de mí. No de sentimientos o consecuencias.
—Hay una cosa —dije.
—¿Y cuál es? —sus cejas se juntaron.
—Tiene que obedecer todas sus órdenes.
La risa profunda de Itachi rebotó en las paredes.
—Ven aquí, gatita, y dame una orden.
—Vas a dejar que te bese justo aquí —le dije, rodeando su pene con los dedos—. Y después vas a darme placer hasta que pierda la coherencia. A darme placer hasta que esté tan saciada que no pueda moverme —así no pensaría ni me preocuparía.
—Como amante de las artes animales —dijo él— considero cuestión de orgullo obedecer esa orden.
Nuestros labios y lenguas se encontraron. Las preocupaciones desaparecieron. Él sabía de maravilla, a pasión, calor y deseo prohibido. Deslicé las manos por su pecho de duros músculos cubiertos de piel aterciopelada.
—Me gusta eso de la Tigresa —murmuró él.
—Pues va a gustarte aún más —descendí lentamente hasta su entrepierna y lo tomé con mi boca.
Era grande, muy grande, y tuve que tensar la mandíbula para acomodarlo. Lo chupé de arriba abajo, disfrutando del calor y la sensación en mi boca.
—Mierda —gruñó él—. Me voy a correr.
—Miaaauu —dije yo, traviesa, después me perdí en su sabor.
Una hora después seguíamos en la cama. Las sábanas estaban revueltas. Después de dos rondas más de sexo intenso, no tenía fuerzas para correr al cuarto de baño y tener otro ataque de pánico. Estaba a gusto y, aunque me seguía asustando. no iba a moverme.
Me concedería esa noche. No más. Por la mañana lucharía contra mi atracción por él. Entonces me preocuparía por las posibles consecuencias.
—Sé que has dicho que no quieres casarte —dijo Itachi, rompiendo el silencio.
Estaba tumbado de espaldas, con las manos tras la cabeza. Yo estaba de costado, con las manos sobre su pecho. Me tense al oír sus palabras. Si ese era el principio de la siguiente conversación, tendría que reconsiderar mi decisión de no moverme.
—Pero… —titubeó— ¿esta noche ha hecho que cambies de opinión?
Intenté no encogerme, no gritar de horror. No podía enfrentarme a eso en ese momento. Les había dicho a Hinata y a Ino que ocurriría. ¡Maldición! ¿Por qué no había esperado hasta mañana?
Como no contesté, giró y se apoyó en los codos, mirándome.
—Quiero casarme contigo. Ya lo sabes.
—Ya te lo he dicho, el matrimonio no es para mí.
—¿Así que esta noche no ha cambiado tu opinión? —se levantó de la cama.
—No.
—Somos una bomba juntos —se pasó la mano por el pelo—. No puedes negarlo.
—Puede que no —conseguí mantener la calma, aunque volvían a pitarme los oídos y tenía calambres en el estómago—. Pero nunca voy a cambiar de opinión. Por nada.
Él empezó a pasear por la habitación.
—¿Ya has olvidado cómo te aferrabas a mí, cómo te movías y cómo gritabas mi nombre?
—Que hayamos practicado el sexo no significa que tengamos que… ya sabes —no quería decir la palabra, me resultaba tan difícil como otra que empezaba por B. Los oídos me pitaban cada vez más fuerte.
—¿Qué tienes en contra del matrimonio?
—No es para mí —lo tenía todo en contra.
—Podría serlo —su voz se suavizó. Se detuvo y me miró con ternura—. Somos perfectos juntos, cielo.
—No —intenté no estremecerme—. Lo siento.
—Ayúdame a entenderlo —volvió a pasear. Sus pies se hundían en la alfombra rosada y con cada paso su determinación se incrementaba—. Ayúdame a entender qué te ha llevado a ese punto. Por favor.
—¿De veras quieres saberlo? —exploté. El pitido se había vuelto insoportable—. Te lo diré. Mi ex marido desconocía el término fidelidad. Prefería a otras mujeres. Me juraba amor mientras se tiraba a muchas otras. Quizá podría olvidar eso, dada la moralidad depravada de Sasuke, pero no es el caso de mi padrastro. Es un hombre trabajador y decente y está engañando a mi madre. No volveré a entregarle mi corazón a un hombre para que me lo arroje a la cara. ¿Qué te parece esa respuesta?
Para cuando acabé la retahíla, estaba bufando y me temblaban las manos. Itachi tenía expresión de asombro. Intenté calmarme inspirando profundamente e imaginándome en mi prado de felicidad.
—Tengo que marcharme ahora —dije, ya más racional—. Necesito estar sola.
—Vas a quedarte, Sakura —se pasó la mano por el rostro—. Aunque tenga que encerrarte en el baño.
—Itachi…
Movió la cabeza, su expresión era sombría y fiera.
—Vas a escucharme. No soy tu ex. Nunca he engañado a una mujer y te juro que nunca lo haré. Sé lo que quiero y te quiero a ti. Y, nena, más te vale entender que puedo ser despiadado cuando se trata de conseguir lo que quiero.
—No soy nada especial —agité los brazos con desesperación. ¿Por qué no podía entenderlo?
—¿Que no eres especial? —se acercó a la ventana, tras la que se veían las montañas cubiertas por una fina capa de niebla—. Cielo, ya te dije cuánto me impresionaste en esa recepción. Y cuando fuiste a mi despacho por primera vez, fue aún peor. Tenías el pelo revuelto, una mancha de polvo en la cara y cuando te sentaste vi los arañazos de tus rodillas. ¿Y sabes qué? Pensé que nunca había visto nada más bello. Un vistazo a tus labios y supe que necesitaba sentirlos por todo mi cuerpo.
—Dices eso porque estás desesperado por casarte —me había puesto roja como la grana.
—Ya utilizaste ese argumento. Entonces no me sinceré del todo, pero lo haré ahora. Quiero casarme, sí, y tener familia. Quiero pertenecer a una mujer y que ella me pertenezca a mí. Quiero una mujer en casa, la misma cada noche. Quiero ver a nuestros niños corretear. Quiero una compañera que desee lo mejor para mí, que me ame pase lo que pase. Quiero todo eso contigo. Sólo contigo.
La belleza de sus palabras me devastó y algo en mí anheló ese felices para siempre que describía.
—Has recibido miles de solicitudes. ¿Y si tu «mujer perfecta» está entre ellas, esperándote? ¿Y si la encuentras después de haberte comprometido conmigo? —dije, expresando uno de mis mayores temores.
—Tiré las solicitudes cuando saliste del despacho.
—Pero…
—No hay pero que valga. Mi madre publicó la noticia. Habíamos discutido, otra vez, porque yo no salía con nadie. Me dijo que era obvio que tú no estabas interesada y decidió presentarme a mujeres disponibles. Me negué a ver a las solicitantes y la convencí para que te eligiera como planificadora de su fiesta de cumpleaños —Itachi me miró a los ojos—. No hay otra mujer con tu espíritu, Sakura. Tu sentido del humor. Tu capacidad de encenderme.
Me cubrí el rostro con las manos. Si me hubiera dicho eso seis años antes, me habría rendido y entregado. Pero ya tenía demasiadas cicatrices. No podía darle a Itachi lo que quería. No podía arriesgar mi corazón de esa manera. La idea de vínculos legales y permanentes me daba náuseas. No estaba preparada. Diablos, quizá nunca lo estuviera.
—Lo siento, Itachi, mi respuesta sigue siendo no.
N/a: Pobre itachi, sakura es muy testaruda pero la noche que pasaron juntos fue fenomenal :)
Ofi Rodriguez
