ADAPTACIÓN ESTA HISTORIA NO ME PERTENECE (MUNDO ALTERNO)
TITULO: DESEO SALVAJE
TITULO ORIGINAL: DESEO SALVAJE
AUTORA ORIGINAL HISTORIA: GENA SHOWALTER
AUTOR ORIGINAL PERSONAJES: KISHIMOTO - SENSEI
PROTAGONISTAS: ITACHI UCHIHA Y SAKURA HARUNO
SIN FINES DE LUCRO
Capitulo 15Cuando las hojas y la maleza de la jungla es demasiado espesa, córtala rápidamente para ver más claro el camino.
La música rugía por los altavoces que colgaban del techo y la pista estaba llena de hombres y mujeres bailando. Estábamos rodeadas de humo. Llevábamos allí diez minutos y ya quería marcharme.
¿Por qué había accedido a ir?
Desesperada por estar un rato sola, fui al aseo e intenté alargar mi falda a tirones. Ino me había regalado el vestido en mi no-cumpleaños. Era corto, ajustado y verde, y apenas me tapaba el trasero. Me sentía como una bolsa de caramelos en una guardería. Peor aún, me sentía como si llevara un cartel colgado del cuello que rezara:
Gratis, Toma Uno.
Varios hombres habían intentado aprovecharse de la involuntaria oferta.
El aseo empezó a llenarse de mujeres que iban a retocarse el pelo y el maquillaje. Con un suspiro, volví a la mesa y me senté. Ino y Hinata estaban rodeadas de admiradores. No era nada nuevo. A los hombres les encantaba el concepto de las gemelas. Amor por partida doble, o algo así.
Neji estaba a su lado, frunciendo el ceño a cualquier hombre que se acercaba demasiado. A veces miraba la puerta, como si estuviera deseando marcharse. Hinata lo había invitado a acompañarnos, para disgusto de Ino.
Las mujeres se acercaban a él, flirteaban y sonreían, pero él las ignoraba. Eso me sorprendió.
Sólo parecía fijarse en Ino. La observaba con ojos llenos de deseo. Ino simulaba no darse cuenta, pero lo miraba de reojo cada dos por tres.
—Neji —dijo Hinata—. ¿Por qué no sacas a bailar a Ino? Le iría bien un poco de ejercicio.
Ino la ignoró y me pasó un chupito. Las mechas rojas de su flequillo parecían aún más brillantes. Llevaba una camiseta cortada por debajo del pecho, que dejaba al aire su estómago plano y bronceado y el tatuaje de estrellas que rodeaba su ombligo.
—Bebe —me dijo.
—Ya tengo —dije, agarrando mi vaso. Había decidido beber refresco de jengibre, por razones que no iba a compartir con mis primas.
—Necesitas alcohol. Pareces la Muerte con Vestido Verde.
—¿Por qué diablos insististe en que me lo pusiera?
—Pensé que te quedaría bien. Soy capaz de admitir mis errores —empujó otro chupito hacia mí y yo negué con la cabeza—. Si no vas a beber, come algo.
Me rugió el estómago. Tenía hambre. Estaba desfallecida, la verdad. No había comido nada desde el desayuno y se me hizo la boca agua al pensar en unas alitas con salsa picante.
Llamé a la camarera y pedí dos docenas. Las alitas llegaron poco después, deshuesadas y chorreando salsa espesa y roja. Comí la primera despacio, deleitándome con su sabor agripicante. Devoré las demás en pocos minutos. Ino intentó robarme una, pero pinché su mano con el tenedor.
Los hombres que había alrededor de la mesa me vitorearon.
—Puede que ya hayas comido bastante —dijo Hinata sonriente—. Tienes salsa alrededor de los labios.
Sonrojándome, me limpié la boca con una servilleta. Un hombre eligió ese momento para sentarse a mi lado.
—¿Cómo te llamas? —preguntó. Le eché un vistazo.
—Puedes llamarme Alteza —respondí—. O Emperatriz de la Belleza.
Él soltó una risita. Pero yo hablaba en serio.
—Me gustan las mujeres con buen apetito —se inclinó hacia mí, simulando que no me oía por lo alto de la música—. Tu manera de comerte esas alitas, me ha puesto a cien. No iras a correr al baño para vomitarlas, ¿verdad? Algunas mujeres hacen eso.
Estudié su rostro y fruncí el ceño. Era mono, con pelo castaño y grandes ojos marrones. Era un poco mayor que el resto de la gente que había en el bar y eso clamaba «crisis de los 40». Suspicaz, miré su mano izquierda. Sus dedos rodeaban una jarra de cerveza, como esperaba, el cuarto dedo lucía una marca blanca dejada por un anillo, «símbolo de compromiso eterno». O acababa de divorciarse, o se había quitado el anillo para pasar la noche.
Mi Tigresa interior se despertó con un rugido, exigiéndome que le arrancara el estómago y se lo ofreciera a las mujeres que había a la mesa. Se había vuelto malvada y eso me gustó.
—¿Dónde has estado? —le murmuré.
«Crisis 40» me oyó y supuso que hablaba con él.
—Esperándote a ti, preciosa.
—¿Estás casado? —pregunté inocentemente.
—Nunca quise dar ese paso —tuvo el valor de decir, mirándome a los ojos—. Supongo que no he encontrado a la mujer apropiada —dio a su voz el tono más grave y seductor que pudo—. ¿Y tú?
—Yo tampoco he encontrado a la mujer apropiada.
Él parpadeó, pero luego esbozó una sonrisa.
—¿Te gustan las mujeres? Bueno, no te preocupes. Soy de mente abierta. Estoy a favor de la igualdad.
—No voy a acostarme contigo —le espeté.
—No, no lo hará —dijo una voz profunda y familiar. Me giré en mi asiento con los ojos muy abiertos y el corazón desbocado.
—Itachi —dijo Neji con alivio—. Ya era hora.
—Si quieres seguir vivo —Itachi clavó los ojos en «Crisis 40», sugiero que desaparezcas.
«Crisis 40» palideció y se marchó rápidamente.
Itachi estaba allí. Una mezcla de asombro y placer invadió cada célula de mi cuerpo. Sasuke nunca había vuelto a casa antes de lo previsto, nunca había actuado como si me echara de menos.
—¿Qué haces aquí? —me levanté, con las rodillas temblorosas—. ¿Por qué no estás en Florida?
Rodeó mi cintura con un brazo, tan fuerte y cálido como yo lo recordaba, y me besó en la sien.
—Volví antes de tiempo. Neji me llamó para decirme que vendríais aquí. Como me encanta la música —añadió secamente—, decidí venir también.
—La música, hum —me mordí el labio, deseando pincharlo para que admitiera algo más. No pude evitarlo. Adoraba su dulzura y en ese momento lo deseaba más que nunca—. ¿Eso es todo?
—Puede que la verdadera razón sea que te echaba de menos endiabladamente —sus ojos destellaron fuego y pasión.
—¿Qué tal tu viaje? —me acerqué más a él e inhalé su aroma a sándalo.
—Fatal. Como he dicho, te eché de menos —frotó la nariz contra mi mejilla. Sentí un escalofrío delicioso.
—No te habrás casado ni nada de eso, ¿verdad?
—He pensado en ti cada segundo de cada día, y acabé saliendo de una sala llena de compradores en mitad de una reunión. ¿Qué te parece?
Dios, lo deseaba. Me puse de puntillas y pasé un dedo por su mejilla. Él tragó aire.
—Adorable —dijo Hinata.
—Hacedlo encima de la mesa. No me importa mirar —colaboró Ino.
—Vamos a bailar —sugirió Itachi, riendo.
Me llevó hacia la atiborrada pista. Neji también sacó a Ino a bailar y no vi que ella protestara.
Sonaba una canción de ritmo rápido, pero Itachi me apretó contra él y empezamos a bailar lentamente. Me encantaba estar en sus brazos.
—Me alegro de que hayas venido —admití.
Él me apartó el pelo de la frente y sentí otro delicioso escalofrío de pies a cabeza.
—Creo que es la primera vez que admites cualquier tipo de afecto por mí.
—Ya, bueno. No te acostumbres.
—Me vuelves loco vestida de verde —deslizó los dedos desde mi hombro hasta la curva de mi cintura y siguió hasta el bajo de mi ultra minivestido—. Lo único que me gusta más es que no lleves nada.
Miré sus gloriosos y cálidos ojos azules. Ese hombre me estaba desgarrando por dentro, pero no podía apartarme de él.
—¿Qué voy a hacer contigo, Itachi? —susurré.
—Amarme. Confiar en mí.
Sus brazos se apretaron a mi alrededor.
Negué casi con violencia. Mi estómago se contrajo con tanta fuerza que emití un gemido. Me quedé inmóvil y empezó a arderme la piel.
—Creo que voy a vomitar —dije, apretando la mano contra mi estómago para contener otro espasmo.
—Lo que he dicho no ha sido tan horrible.
—No, en serio. Creo que voy a vomitar —dije. Después me incliné y cubrí sus caros zapatos italianos de alitas deshuesadas con salsa.
Un pitido estruendoso e insoportable penetró en la oscuridad de mi mente, y no era el de mi PDA.
No había bebido alcohol, pero me sentía como si tuviera una insoportable resaca.
El timbrazo continuó taladrando mis oídos.
Maldito teléfono. Extendí la mano a ciegas, con la intención de lanzarlo contra la pared, pero no encontré nada más que aire. Para cuando me incorporé, el pitido se había acabado. Con un suspiro, volví a apoyar la cabeza en la almohada.
Dios, me dolía el cerebro. Y aún tenía el estómago revuelto.
—Muerte por alitas —farfullé. Había pasado gran parte de la noche doblada sobre el inodoro, vomitando. Había deseado morir, pero en algún momento decidí hacer acopio de coraje y seguir adelante. Empezaba a pensar que había sido la decisión errónea.
Empezó otra tanda de timbrazos.
Salté de la cama para librarme del infernal ruido y tropecé con las sábanas y caí al suelo. Debía ser otro reportero del Tattler. Habían estado llamando toda la noche, mientras yo vomitaba, para preguntar por mi «supuesta» relación con Itachi, cuándo iban a nacer los trillizos y si habíamos fijado fecha para la boda. No había hablado con ellos, pero había oído sus preguntas por el contestador.
Estaba harta. Iba a decirle a quien fuera que se pudriera en el infierno. En el suelo, agarré el receptor.
—Hola —mi voz sonó áspera y ronca.
—¿Sakura, cariño? ¿Eres tú?
—Sí, soy yo —era mi madre. Eso incrementó mis ganas de acabar con todo—. Apenas.
—Suenas muy enferma.
—Lo estoy.
—Oh, cielos. Pensé que mentías cuando dijiste que te encontrabas mal en mi casa, pero decías la verdad y ahora estás peor. Eso me convierte en la peor madre del mundo por no haber…
—Estaba mintiendo —interrumpí—. Ahora sí me encuentro un poco mal.
—Bueno. Entonces no te entretendré. Sólo quiero desahogarme un poco antes de estallar. Ahora que sabes lo de Rachel, Kakashi quiere que la conozcas. Ya te diré donde y cuando. Y… he decidido que estábamos equivocadas, que Kakashi no es la clase de hombre que me engañaría.
—Mama, eso es…
—No, no. Es un hombre honesto. Y muy dulce. Ayer me regaló flores y pasamos una romántica velada juntos, cena, vino, y todo.
Seguramente la noche romántica se debía a los remordimientos de Kakashi. ¿Por qué no lo veía mi madre? Sentí otro retortijón de estómago y gemí.
—¿Ves lo que me hace ese tipo de conversación, mamá? Me dan ganas de vomitar.
—¿Quieres que vaya a cuidarte? Llevaré sopa. Creo que tengo una lata de sopa de pollo. Y si no, seguro que hay de tomate.
—Ay, Dios —me puse la mano en la boca—. ¿Intentas asesinarme? Nada de sopa. No vuelvas a mencionar la sopa. Estoy bien. La gente no se muere de una intoxicación alimentaria.
—Claro que sí —afirmó ella—. Todo el tiempo.
—Gracias, mama. Es justo lo que necesitaba oír.
—¿Estás segura de que no quieres que vaya?
—Segurísima.
—Entonces te dejaré descansar.
—Espera. Sé que quieres pensar lo mejor de Kakashi. Yo también. Pero también quería pensar lo mejor de Sasuke.
—No es lo mismo. No son el mismo hombre.
—Ahí es donde te equivocas. Sí son el mismo hombre. Todos los hombres son el mismo —excepto Itachi. Quizá—. ¿No te acuerdas de papá? Sólo era una niña pero recuerdo las noches que llegaba tarde y a sus «socias de trabajo» —en cambio, mi madre, había simulado no darse cuenta—. Y viste como yo excusaba a mi marido. Viste como sufrí, ¿por qué te expones a pasar por lo mismo?
—No tenemos pruebas —dijo ella a la defensiva.
—Lo vi. Lo vi con una mujer.
Siguió un silencio. Un gemido. Un sollozo.
—¿Quién? ¿Qué hacían? ¿Qué aspecto tenía?
Me pasé la mano por la cara. No era buen momento para tener esa conversación, pero era inevitable.
—Era Anko Mitarashi, su secretaria.
—¿Qué hicieron? —preguntó ella.
—Hablaron y olieron aceites perfumados.
—¿Eso es todo? ¿Nada sexual?
—No. Esta vez no, pero…
—Ahí lo tienes —interrumpió mi madre con alivio—. No está acostándose con ella. Estaban trabajando.
—¿En su casa? ¿Con aceite de masaje?
—No se acuestan —insistió ella con desesperación.
—Mamá…
—Tengo que irme, cariño —colgó.
Moví la cabeza. ¿Por qué se empeñaban las mujeres enamoradas en excusar a sus maridos? Incluso las que ya habían sufrido engaños antes, como mi madre.
—Tu madre me recuerda a la mía.
Giré en redondo. Un error, porque mi estómago volvió a contraerse.
—¿Qué estás haciendo aquí? —gemí.
—No podía dejarte así —dijo Itachi—. Intenté quitar el sonido al teléfono, pero el aparato se resistió. Es tan testarudo como su dueña. Y no quise contestar y darle más munición al Tattler. Ven, te ayudaré a volver a la cama.
Se acercó y me rodeó con sus brazos. Se había quedado para cuidar de mí. Sólo los hombres de las películas hacían eso. Sasuke se habría marchado, alegando que no podía permitirse que le contagiara lo que fuera. En ese momento me sumergí aún más en el hechizo de Itachi.
Aventura sin sentimientos. Por lo visto nunca iba a conseguir tener una de ésas.
ITACHI ES UN AMOR, CADA VEZ LO AMO MAS Y EN CADA UNA DE SUS FACETAS Y CHICAS ESPEREN QUE VIENE MAS FIC DE ESTA PAREJA :)
Ofi Rodriguez
