ADAPTACIÓN ESTA HISTORIA NO ME PERTENECE (MUNDO ALTERNO)

TITULO: DESEO SALVAJE

TITULO ORIGINAL: DESEO SALVAJE

AUTORA ORIGINAL HISTORIA: GENA SHOWALTER

AUTOR ORIGINAL PERSONAJES: KISHIMOTO - SENSEI

PROTAGONISTAS: ITACHI UCHIHA Y SAKURA HARUNO

SIN FINES DE LUCRO

Capitulo 16

Cuando se te embarren las patas, emocionalmente hablando, límpialas en la piel de tu oponente. Eso demuestra tu poder absoluto al tiempo que intimida, y cuanto más intimidado esté tu oponente, menos posibilidades hay de que vuelva a atacarte.

Itachi cuidó de mí toda la mañana. Haciendo té, sujetándome el pelo cuando hacía falta; o sea, cuando vomitaba, y tapándome con las mantas cuando me acostaba. A pesar de mi humillación y de que me encontraba fatal, adoré cada minuto. Él era muchísimo más de lo que había imaginado. Más maravilloso, más entregado, más bondadoso.

Esa mañana casi parecíamos un matrimonio de ancianos. Eso debería haberme provocado náuseas, pero no fue así. Me gustaba que se hubiera duchado en mi casa. Me gustaba que hubiera lavado allí su ropa, aunque fuera para librarse de las manchas y olores que yo había causado.

Su ropa estaba en la secadora, así que andaba por la casa con unos seductores calzoncillos negros. Me pregunté si una intoxicación provocaba fiebre, porque yo empezaba a arder cada vez que lo miraba. Tenía el estómago como una tabla de planchar, la piel morena y suave. Las piernas largas y esbeltas.

Lo había visto denudo antes, pero con el sexo dominando mi mente. Ahora que no tenía energías para saltar sobre él, podía apreciarlo como una obra de arte. Y lo hice. Era fuerza fluida y pura virilidad.

Se acerco a la cama y me miró con ternura. El pelo negro le caía sobre la frente, alborotado.

—¿Necesitas algo?

—No me iría mal algo de compañía —dije.

Él curvó los labios con expresión satisfecha.

—Encontré tu PDA debajo de un montón de revistas que, por cierto, tienen unos tests sobre relaciones muy interesantes. Deberías leerlos. He dejado el PDA en la mesa de la cocina. A la vista.

—Eres demasiado bueno conmigo —dije secamente.

—Podríamos interpretar esta enfermedad como una señal, ¿sabes?

—¿De qué ha llegado la hora de mi muerte?

—De que estás embarazada —dijo él tras reírse.

—Ni una palabra más sobre ese tema —me tensé—. No necesito estresarme con eso ahora.

—¿Tan terrible sería? —preguntó él.

—No voy a contestar a eso —porque si decía que sí, estaría mintiendo. Y no quería decir que no.

Eso nos llevaría a otra conversación muy distinta.

Suspirando, se sentó. Eso me permitió ver mi imagen en el espejo del tocador. Grité, horrorizada.

—Parezco un monstruo horrible —tenía el pelo revuelto y enredado. Manchas negras de máscara rodeaban mis ojos—. Tienes que irte —le dije a Itachi—. Vete ahora mismo.

—No te preocupes —rió él—. No voy a venderle fotos tuyas al Tattler.

—En serio, tienes que irte —el mundo entero podría verme así, excepto Itachi. Cualquiera menos Itachi.

—Sakura, cariño, vomitaste encima de mí. Creo que es un poco tarde para preocuparte por tu aspecto.

Casi le pedí a Dios que me permitiera ser una de las almas afortunadas que muere de intoxicación alimentaria. Me tapé la cara con las sábanas.

—Estoy feísima.

Él me destapó y puso la mano bajo mi barbilla.

—Tienes aspecto de necesitarme, y creo que ésa es una de las cosas más bellas que he visto en mi vida.

Oh. Ladeé la cabeza y empecé a derretirme.

—Te compré un regalo en Florida. Pero tendrás que venir a mi casa si quieres abrirlo.

De ninguna manera iba a ir a su casa. Era demasiado personal. Demasiado… tentador. ¿Y si decidía que no quería marcharme de allí nunca?

Pero…

—¿Un regalo? ¿Para mí? —me atravesó un rayo de calidez. Como a cualquier persona normal, me encantaba recibir regalos—. ¿Qué es? ¿Un collar? ¿Una bola de cristal con nieve? ¿Sería un anillo?

—No voy a decírtelo. Tendrás que venir a verlo —puso la mano en mi estómago y lo acaricio suavemente—. He encontrado tu libro de la Tigresa. Es bastante curioso. La verdad, a mí me parece que ya has liberado a la tuya.

Cerré los ojos y saboreé la sensación de tenerlo cerca, tocándome. Halagándome. Disfruté, sin más.

—¿Qué te hace pensar eso?

—Eres fuerte. No aceptas tonterías. Estoy dispuesto a admitir que me has dejado hecho un guiñapo sangrante más de una vez. Dudo que permitas que no te valore como te mereces.

Sentí una paz sublime. Había pasado toda la noche despertándome con náuseas o con el ruido del teléfono. La voz de Itachi parecía alejarse y volver. Me pareció oírle decir: «Incluso las tigresas tienen compañero». Después me dormí profundamente.

No sabía cuántas horas habían pasado. Pero sí que Itachi me había cuidado más de un día y que mi teléfono volvía a sonar. Y también el PDA, que estaba sobre la mesilla. ¿Dónde estaba Itachi? Desorientada, pero ya sin dolores, alcé el auricular.

—Hola.

—La señorita Haruno, por favor —dijo una dulce voz femenina.

—Soy yo —me froté los ojos para despertarme.

—Soy Hannah Carroll, de Aeronáutica Uchiha.

—¿Quién?

—La ayudante del señor Uchiha.

—¿Sí? —comprendí que se trataba de Karin.

—Llamo para ver como se encuentra —dijo.

Miré el reloj de la mesilla. Eran las nueve de la mañana. Parpadeé, confusa. Había pasado durmiendo todo el fin de semana. Ya no era domingo.

Era lunes, el día del desayuno con las geInoas. Por desgracia, ya era demasiado tarde, me lo había perdido.

—Me encuentro bien —dije. Tenía el estómago vacío y me sentía algo débil, pero nada más.

—Me alegra oír eso —su tono amable se transformó en uno de desdén—. Dado que está mejor, tengo órdenes de confirmar su cita con el señor Uchiha hoy a las diez y media. Sin embargo, si se encuentra mal, mis órdenes son decirle que se quede en casa —sonó esperanzada en esa última frase.

—Se equivoca —dije—. Hoy no estoy citada.

—Es usted quien se equivoca. De hecho, esta vez está apuntada en mi libro de citas.

—Pero, ¿Itachi no está aquí, en mi casa? —miré a mi alrededor, buscándolo. Sólo quedaba de él un leve rastro de olor a sándalo.

—No, no está en su casa —gruñó Karin—. Está aquí, en la oficina. Donde debe estar.

—Bien por él. Adiós, señorita Carroll —me incliné para colgar el teléfono, pero su grito de frustración me detuvo—. ¿Qué pasa ahora? —pregunté.

—Como el señor Uchiha acaba de regresar de viaje, su agenda está bastante apretada. No puedo cambiar la hora de la cita. Y ha insistido en verla hoy si se encontraba mejor —añadió a regañadientes.

Me senté y apoyé los codos en las rodillas. La idea de ver a Itachi me calentaba la sangre. Suspiré.

—Allí estaré —dije.

No tenía demasiado tiempo para prepararme y quería estar perfecta. Necesitaba estar perfecta, para compensar el aspecto horrible de los días anteriores. Si no conseguía borrar esa imagen mía de la mente de Itachi, más me valía poner fin a la relación.

Colgué, salí de la cama y fui a la ducha. El agua humeante cayó sobre mí como una cascada, librándome de todo resto de malestar. Me cepillé los dientes tres veces y me enjuagué la boca con un colutorio de menta durante dos minutos; tenía que aniquilar a todos los microbios.

Me maquillé, me cepille el pelo hasta que brilló como una estrella y me puse un vestido rojo oscuro que se pegaba a mis curvas y caía justo por debajo de las rodillas. No muy profesional, pero decididamente sexy. Decidí no ponerme sujetador.

Sin duda, una mujer sin sujetador borraría el recuerdo de ese repugnante monstruo que vomitaba.

Pero como no quería que todo el resto de Aeronáuticas Uchiha me mirase el pecho, me puse una chaqueta. Me miré al espejo y sonreí satisfecha.

Estaba lista para ver a Itachi Uchiha.

De alguna manera, y solo Dios sabía cómo, conseguí llegar a Aeronáuticas Uchiha con diez minutos de antelación.

Karin hizo una mueca al verme. Inmaculada, tras su escritorio, fría y dura como una piedra. Parecía echar humo de… ¿celos?

Oh, oh. Quería a Itachi para ella. No sé cómo no me había dado cuenta antes. Tal vez porque no parecía una mujer que tuviera hormonas. Ni sangre. Ni corazón. Aún así, debía verme como una amenaza.

No pude evitar preguntarme si Itachi y ella habrían tenido una relación. Si hubiera sido así… no sabía qué haría. Itachi y yo nos habíamos acostado juntos, sí, y me había pedido que me casara con él. Pero lo había rechazado, así que no podía exigirle que despidiera a su asistente y contratase a una vieja gorda que oliese a naftalina y queso. O mejor aún, un viejo gordo, que oliera a eso mismo.

Aún así, sabía lo que era anhelar la atención de un hombre a quien no podía conseguir; la prueba está en cualquiera de mis referencias a Sasuke el Bastardo.

«Sé agradable, sé agradable, agradable». Pasé ante ella con una sonrisa educada, camino al despacho.

—Buenos días, buena mujer —saludé con una sonrisa educada, y pasé ante ella.

Me miro atónita, pero no intentó detenerme. No llamé a la puerta de Itachi, entré directamente.

Él levantó la mirada de unos papeles y nuestros ojos se encontraron. Negro contra Verde. Placer contra placer. Me ofreció una sonrisa cálida y sexy.

—Me alegra que hayas podido venir.

Tenía buen aspecto. Muy, muy bueno. En vez de piel y calzoncillos, llevaba un traje, sin corbata.

El botón del cuello desabrochado y el cabello, negro y sedoso, revuelto como si acabara de salir de la cama.

—¿Cómo te encuentras? —se recostó en el sillón.

—Mucho mejor. Gracias por cuidar de mí.

—Fue un placer.

Placer… sí, placer. Yo necesitaba más y al mirarlo mis deseos se despertaron. Se me endurecieron los pezones y salivé. Necesitaba estar con ese hombre otra vez, y pronto.

Quería a Itachi en mi vida. Ya me había prometido que lo seduciría, pero en ese momento admitía que quería una relación sexual exclusiva.

Cuanto más larga, mejor.

—Dios mío —dijo él de repente.

—¿Qué? —automáticamente, di un paso atrás.

—Tu vestido.

—¿Te gusta? —se había fijado. Sonreí. Giré y el bajo del vestido revoloteó alrededor de mis piernas.

—Cariño —dijo con un delicioso acento texano—. Creo que nunca había visto nada tan bonito —se puso de pie y apoyo las manos en el escritorio—. Me estás volviendo loco. Lo sabes, ¿verdad?

—Me alegro.

—¿Te alegras? —preguntó, incrédulo—. Deberías pedirme disculpas. Dejé una reunión para volver a verte. Pienso en ti todo el tiempo. Sueño contigo.

—Bueno… —me lamí los labios y me armé de valor— tú también me vuelves loca. ¿Y mi disculpa?

—Estoy dispuesto a darte lo que quieras, cariño. Ojalá me pidieras algo más que una disculpa.

—De acuerdo. Tengo una pregunta y me gustaría una respuesta honesta —dije, sentándome. Puse el maletín a mis pies y las manos sobre el regazo—. ¿Te has acostado alguna vez con Karin?

—¿De qué estás hablando? —me miró, confuso.

—Tu ayudante. ¿Te has acostado con ella?

—¿Con Hannah? Dios, no.

Su intensa sorpresa indicaba que decía la verdad y yo respiré más tranquila.

—Sé que no es asunto mío, pero…

—Claro que es asunto tuyo. Igual que cualquier otro hombre que hubiera en tu vida sería asunto mío —hizo una pausa y, al comprobar que no lo contradecía, siguió—. No hay otros hombres, ¿verdad?

—No, claro que no. A duras penas te tolero a ti.

Él resopló y volvió a sentarse. Antes de que la conversación se desviara hacia anillos, flores o bebés, cambié de tema. Ya tenía la información que quería.

—¿Has convocado esta cita para darme mi regalo?

—No —sonrió lentamente—. Ya te dije que para eso tendrías que venir a mi casa.

—Entonces estoy aquí por trabajo —dejé caer los hombros—. Bien, sé que estás ocupado así que vayamos al grano —saqué dos hojas de mi maletín y se las di—. Como ves, he desglosado las cosas que tienes que reembolsarme e incluyo una lista de establecimientos que solicitan un depósito inicial. Para la primera lista necesito dinero en metálico. Para la segunda me vale con cheques firmados.

Sin protestar, abrió su cartera y me dio todos los billetes verdes que había dentro.

—Esto son ochocientos dólares. Más de lo que pides en tu lista, pero nunca se sabe si algo costará más de lo previsto inicialmente.

Ese dulce y adorable hombre confiaba en el uso que haría de su dinero.

—Como has visto, necesito hacer un primer pago a la encargada del catering cuando antes, para reservar la fecha. Sin embargo, no puedo hacer eso hasta que hayas elegido un local. Y eso me lleva al siguiente punto. Lugar. ¿Has elegido ya? La invitación de muestra está impresa y lista para tu aprobación —saqué la invitación de una libreta que llevaba en el bolso—. Solo falta la dirección.

Él aceptó la muestra e inspeccionó los tonos borgoña y las letras doradas.

—Vaya, eres muy buena. A mi madre también le gustará —dijo, sabiendo que iba a preguntarlo—. En cuanto al local, aún no lo sé.

—¿Por qué no? —me puse en pie, temiendo lo que diría a continuación.

—Quiero visitar una cabaña en Oklahoma.

—Imposible. Es demasiado tarde.

—Salimos en cuatro días. Ya lo he organizado.

—Pero… pero…

—No te preocupes. Nos divertiremos.

—No volveré a volar. Gané la apuesta en Colorado y juraste que no tendría que volver a subir a un avión. ¿Correcto?

—Sí. Correcto.

—Entonces no tengo que ir a Oklahoma. No puedes obligarme.

Sus labios se curvaron con otra sonrisa lenta y malvada, de puro placer.

—Puedo obligarte. Iremos en coche. Es un viaje de tres horas, cariño.

Crucé los brazos sobre el pecho. No quería ir a una cabaña primitiva y carente de lujos. Sería más difícil ser devastadoramente sexy.

—Mi respuesta sigue siendo no.

—Me temo que no tienes opción. Te pago el triple de tu tarifa, ¿recuerdas?

—Me niego a ir. ¿Me has entendido?

—Fantástico. Intenta estar lista el viernes a las tres.

JAJAJAJA ME ENCANTA ITACHI ES MUY TESTARUDO Y ES TAN TAN LINDO :)

Ofi Rodriguez