ADAPTACIÓN ESTA HISTORIA NO ME PERTENECE (MUNDO ALTERNO)

TITULO: DESEO SALVAJE

TITULO ORIGINAL: DESEO SALVAJE

AUTORA ORIGINAL HISTORIA: GENA SHOWALTER

AUTOR ORIGINAL PERSONAJES: KISHIMOTO - SENSEI

PROTAGONISTAS: ITACHI UCHIHA Y SAKURA HARUNO

SIN FINES DE LUCRO

Capitulo 17

Una disculpa es como una palabrota para una Tigresa. Admitir una culpa implica una actuación equivocada. Una Tigresa nunca se equivoca.

Dediqué varias mañanas a comprar centros de mesa. Finalmente encontré unas «lámparas mágicas» relucientes y espectaculares. Compré bolsas de gemas falsas para pegarlas alrededor de las lámparas.

A mediodía, esperaba ante la oficina de Kakashi y lo seguía durante la hora del almuerzo. Anko y él sólo almorzaron juntos una vez, y no hicieron nada sexual, ni siquiera darse un beso. No sabía si quería retorcerle el pescuezo por eso, o darle un abrazo. Ya no sabía si engañaba a mi madre o no.

¿Pero por qué le mentía, si era inocente?

Había intentado escuchar sus conversaciones con Anko, pero nunca había podido acercarme bastante.

El miércoles por la tarde seguí a Kakashi a un parque cercano. Se reunió con su hija, Raquel, y con su nieta. Las reconocí por la foto que había encontrado. Los tres jugaron, charlaron y rieron, como una familia feliz. Pero verlos juntos me entristeció. Yo nunca había tenido eso con mi padre verdadero. Había vivido y fallecido siendo un bastardo. En realidad tampoco lo había tenido con Kakashi porque, aunque lo quería, siempre había mantenido cierta distancia.

Al día siguiente conocí a Rachel en persona en otro parque. Mientras Kakashi esperaba sentado en un banco, en silencio, por una vez en su vida, nos tomamos la medida.

—Bueno —dije, mirándola. Tenía el pelo oscuro y ojos verde esmeralda. Era bonita y tradicional. La hija con la que sonaban los padres. Horror—. ¿Cómo se conocieron tu madre y Kakashi?

—Fueron juntos al instituto —dijo Rachel, tensa.

—¿Y nunca te habló de él?

—No —sonó defensiva. Tuve la impresión de que el encuentro la hacía tan «feliz» como a mí—. Pero ahora estamos juntos, eso es lo que importa.

—Me alegro por ti —dije. E intenté que sonara a verdad, cuando en realidad quería decir: «¡es mío!». En cierto modo. Supongo.

—Mi madre murió hace unos meses y me dejó una nota sobre él —se mordió el labio y desvió la mirada—. Lo busqué y ya conoces el resto.

—Siento tu pérdida —me ablandó saber que acababa de perder a un ser querido.

—Gracias —ella también se ablandó.

—Supongo que esto significa que ahora somos hermanas —nuestros ojos se encontraron. La verdad, siempre había deseado tener una hermana. Alguien con quien hablar y reír. Una compañera de juegos.

—Siempre deseé tener una hermana —dijo ella con añoranza, reflejando mis pensamientos. Sonreí. Y no hizo falta más.

Después de eso pudimos relajamos y hablar de verdad. Pasamos más de una hora juntas, hablando de nuestras preferencias culinarias, de los hombres de nuestras vidas; ella era madre soltera, y de las sesiones de terapia de Kakashi. Nos prometimos seguir en contacto. Kakashi no dejó de sonreír en todo ese tiempo. Me marché del parque con el corazón ligero y la sensación de que había hecho una amiga.

Pasé todas las tardes de esa semana hablando por teléfono con Itachi, acariciando mi PDA como si fuera mi juguete favorito. No se lo pedí, ni él a mí, pero deseaba que viniera a casa. Necesitaba que viniera. Pero todas las conversaciones eran iguales.

Yo: Creo que nos vendría bien algo de sexo.

Itachi: Mala idea.

Yo: ¿Por qué?

Itachi: Quiero algo más que sexo de ti.

Yo: Adiós, recatado y timorato bastardo.

Habíamos cambiado los papeles. Él era la mujer «Espera-a-que-nos-casemos» y yo el hombre «Vamos-a-la-cama». Esa mañana, mientras me daba una ducha caliente, comprendí que mi único recurso era convencerlo de que fuera mi «novio»; me sentí como una adolescente al pensarlo. Probaríamos eso, a ver cómo iba. No era matrimonio, pero se acercaba. Eso era lo que él quería, en cierto modo, y yo no era tan egoísta, eso esperaba, como para no intentarlo al menos. Si hablábamos por teléfono todos los días, ¿por qué no pasar las vacaciones juntos? ¿Por qué no tener citas románticas?

Practicaríamos montones de sexo alucinante y exclusivo. No le diría que lo amaba ni nada de eso, pero intentaría comportarme como una novia de verdad.

El viernes llegó muy rápido pero no lo bastante.

—¿Estás seguro de que no quieres sexo conmigo? —pregunté, mientras surcábamos la autopista en otro de los coches de Itachi, un lujoso Jaguar Azul oscuro—. Podríamos aparcar y hacerlo ahora mismo. Estoy dispuesta.

Él me lanzó una mirada ardiente que se clavó en mis muslos desnudos. Me había puesto una falda rosa corta que le había pedido prestada a Ino, sabiendo que se subiría cada vez que me sentase. Tenía mis trucos.

—Quiero hacerte el amor —su voz sonó áspera—. Créeme, estoy a punto de consumirme.

—Pero todos los días me dices que no —era imposible sonar más plañidera—. Y no has intentado tocarme en toda la semana.

—¿Recuerdas lo que te dije antes de irme a Florida? ¿Y lo que te he dicho por teléfono? Es en serio. Nada de sexo hasta que no haya compromiso.

—Seré tu novia, vale, y tú mi novio —gruñí—. Eso es un compromiso.

Siguió un largo silencio. Él tenía la vista en la carretera, pero noté que sus manos aferraban el volante.

—¿Qué me dices de ser mi prometida?

—Cada cosa a su tiempo. Novia es cuanto puedo ofrecerte de momento.

—Me parece justo —suspiró, pero fue un suspiro feliz. Puso una mano sobre la mía—. Es un gran paso para ti. Sé que no querías otra relación.

Era un paso tan grande que me costaba creer haberlo dicho en voz alta.

—Deberíamos sentar algunas normas básicas.

—Nada de normas.

—Pero…

—Nada de normas.

—Pero…

—Las normas son para los militares y los niños malos. La única restricción necesaria es la fidelidad. Nada de salir con otras personas.

Oírle decir eso me templó, por dentro y por fuera.

—Nada de pedirme mi mano en matrimonio, y nada de pedírsela a mi padrastro.

—Eso me suena a norma —dijo, con media sonrisa.

—Tú has puesto una norma, así que yo también.

—Me parece justo —repitió él.

—Entonces, supongo que somos una pareja.

—El entusiasmo de tu voz me inspira. Desde luego —dijo él con voz seca. Pero sus ojos chispearon con una mezcla de malicia, felicidad y pasión.

Me volví hacia él. El sol creaba un halo a su alrededor y se me cerró la garganta de repente.

—Así que después me harás temblar de placer. ¿Correcto?

—No —él movió la cabeza con pena y suspiró—. Lo siento.

—¿No? ¡No! ¿Qué quieres decir con no? He dicho que seré tu novia.

—Quiero reservarme para el matrimonio.

—¡Serás tramposo! —enseñé los dientes—. Retiro todo lo dicho. No soy tu novia. Soy tu peor enemiga.

—No puedes retirarlo —apretó los labios, esos labios deliciosos y traidores, para no reírse—. Así me respetarás más.

Entrecerré los ojos. Bien. Si quería jugar, yo también jugaría, pero sucio. Cuando llegáramos a la cabaña lo seduciría. Decidir llevar la relación a otro nivel había sido un paso enorme para mí, y esperaba… , no, «merecía» una recompensa.

«Espera y verás, Itachi Uchiha».

Una hora después, cuando llegábamos a nuestro destino, tenía mi estrategia planificada. Lucir piel, decir cosas malvadamente sexys y tentarlo a la menor oportunidad. Ya veríamos quién se rendía antes.

La cabaña apareció ante nuestra vista. Era pequeña y acogedora, frente a un lago de agua cristalina. Cuando el coche se detuvo, abrí la puerta y salté fuera.

—Deja tus cosas —dijo él, cuando me vio ir al maletero—. Yo me ocuparé de eso.

Ser novia tenía ciertas ventajas. Me alejé, bamboleando las caderas con descaro. EI aire era fresco y limpio, olía a pino y a verano. Los árboles se mecían en la brisa. Cuando llegué a la puerta, giré el pomo y me sorprendió que se abriera. Entré y di un gritito.

La cabaña era increíble sensual, perfecta, el sueño más erótico de una mujer. En la sala principal había un enorme jacuzzi, ya lleno, a un par de metros de la chimenea. La pared trasera era un enorme ventanal de cristal con vistas al lago.

EI lugar perfecto para ver la puesta de sol.

Perfecto para relajarse.

Era sencillamente… perfecto. Sonreí lentamente. Itachi sería incapaz de resistirse. ¿Esperar al matrimonio? Eso habría que verlo.

—¿Qué te parece?

Me di la vuelta. Itachi estaba en la entrada con mi bolsa en una mano y la suya en la otra.

—Me encanta. Es como un paraíso escondido. No serviría para la fiesta, claro, pero me encanta.

—¿Ya sabes que no serviría? —alzó una ceja.

—¿Crees de verdad que podrías meter a trescientas personas aquí?

—Puedo reducir el número de invitados si hace falta. Ya hemos tenido esta conversación antes.

—Echaré un vistazo —gruñí yo.

—Bien. Yo prepararé el almuerzo —desapareció tras una puerta.

—Sí, señor —saqué el metro de la bolsa y empecé a trabajar. Midiendo la habitación sabría cuántas personas y cuantos motivos decorativos cabían allí.

Media hora después tenía una lista hecha. Pero en vez de planificar la fiesta, había apuntado cada rincón, hueco y habitación donde quería practicar el sexo con Itachi.

Fui a la cocina a iniciar mi seducción.

Sin que él me viera, me puse a un lado y lo observé. Vi como sus músculos se tensaban cuando sacaba los platos del armario. Cómo se chupaba el labio superior cuando estaba concentrado. Capté un aroma rico y apetecedor y mi estómago rugió.

Itachi colocó una bandeja sobre la mesa.

—¿Tú has hecho lasaña? —pregunté, incrédula.

—¿Bromeas? —me miró de reojo—. No quería que tuvieras otra intoxicación, Contraté a alguien para que viniera antes. Llenó la nevera, se ocupó del jacuzzi y todas esas cosas.

Me daba igual quién hubiera guisado, si podía comerme el resultado. Mi estómago rugió de nuevo.

—¿Tienes hambre?

—Muchísima —en diez minutos, me había comido mi ración de lasaña y bebido cuatro vasos de zumo. Itachi apenas había tocado su comida.

—Date prisa y come —le dije—. Cuando acabes, podemos desnudarnos —ronroneé la última palabra.

—No, gracias —se concentró en su plato.

Todo él, desde su aspecto a su forma de moverse, prometía placer, y yo pensaba cobrar el premio.

Cuando acabó de comer, se levantó y llevó los platos al fregadero. Luego volvió, agarró mis manos y me obligó a levantarme.

—Ven —me llevó hacia la puerta—. Salgamos fuera. Hay un columpio en el porche trasero.

—No, vamos a quedarnos dentro —clavé los pies en el suelo—. Prefiero el jacuzzi. Me encantará sentir las burbujas en la piel.

—No he traído bañador.

—Yo tampoco —me pasé la lengua por los labios. Él se apartó de mí como si lo hubiera quemado.

—Eh, creo que me echaré una siesta —simuló un bostezo—. Conducir me ha cansado mucho.

—No seas crío. Somos adultos y podemos estar juntos en el agua sin que haya nada sexual —si él se lo creía, lo tendría dentro de mí en menos de una hora.

—¿Cómo sugieres que lo hagamos? —preguntó.

—Desnudos, claro.

—Me parece que no —cruzó los brazos sobre el pecho—. No hay nada más sexual que eso —una gota de sudor rodó por su sien mientras miraba mis pezones erguidos. Tragó saliva—. Sí, es mala idea.

—Pensé que te gustaba el riesgo —yo también me crucé de brazos—. Ahora somos novios. Podemos estar desnudos juntos. Es aceptable.

—No.

—¿Dónde está tu sentido de la aventura?

—Lo he dejado en casa.

—Ta, ta, ta —chasqueé la lengua y di un paso hacia él—. Creo que estás mintiendo.

Él retrocedió. El viaje había sido idea suya, yo no había querido hacerlo. Parecía que habíamos intercambiado nuestros puntos de vista.

—Para ya, Sakura.

—¿Tienes miedo de no ser fiel a tus principios? —pasé un dedo por su erección, claramente visible. Se tensó más—. Si no lo eres, te prometo que no te perderé el respeto mañana.

—No estás jugando limpio —cerró los ojos.

—Quiero que me toques —dije—. Haré lo que haga falta para conseguirlo.

—¿Qué ha sido de la mujer que se negaba a acostarse conmigo? —tenía la boca tensa y se aflojó el cuello de la camisa con dos dedos.

Atrevida y descarada, me apreté contra él. Pecho contra pecho. Dureza contra blandura.

—Por favor, báñate conmigo, Itachi. Estoy deseando meterme en esa agua, sentir su masaje. No es como si no nos hubiéramos visto desnudos antes.

—Eso fue distinto —empezaba a sudar a mares.

—Distinto, ¿en qué sentido? —besé su barbilla.

—Simplemente lo fue.

Rechiné los dientes y lo solté. A ese paso el cabezota podría rechazarme toda la noche. Tenía que probar una táctica distinta.

—Si no te apetece un baño, ¿jugamos a algo?

—¿A qué quieres jugar? —sus hombros se relajaron e incluso esbozó media sonrisa.

—¿Qué te parece el strip póquer?

—No —palideció y movió la cabeza.

—¿Y veinte preguntas?

Vi como calculaba el peligro sexual potencial de ese juego. Obviamente, y estúpidamente, decidió que no sería demasiado peligroso y aceptó.

—De acuerdo. Veinte preguntas.

Sonriendo, lo llevé al único sofá que había en la cabaña. Grande, ancho y de cuero negro. Él se sentó en un extremo y yo en el otro.

—¿Empiezo yo? —sugerí.

Él asintió y se recostó. Gateé hacia él por encima del sofá y me detuve a unos centímetros.

—¿Si te quito la ropa, dejaras que te lama de arriba abajo? —susurré a su oído.

—¡No! —casi salió disparado del sofá.

El juego iba a ser divertido. Controlé la sonrisa.

—Te toca. Puedes preguntarme lo que quieras.

Él miró largamente antes de hablar.

—¿Cuánto tiempo estuviste con tu ex marido?

—¿Cuál de ellos?

—¿Has estado casada más de una vez? —gritó.

—No —me reí—. Sólo quería que preguntaras y hacerte desperdiciar una pregunta. Sólo he estado casada una vez, durante seis infernales años.

—¿Por qué… ?

—No, no, no —canturreé—. Ha pasado tu turno. Me niego a contestar otra pregunta hasta que contestes una mía. Froté la mejilla contra su hombro—. ¿Cuál es tu mayor fantasía erótica?

—Hacerle el amor a mi esposa.

Eso borró mi sonrisa, tal y como él pretendía.

—¿Has salido con alguien desde tu divorcio.

—Sólo contigo. Hace calor aquí, ¿no crees? —pregunté, quitándome la blusa y mostrando mi sujetador de encaje rosa.

—¿Ésa era tu siguiente pregunta?

—Puede —tiré la blusa a un lado.

Itachi se removió en el asiento y miró mi ropa.

O más bien la ausencia de ella.

—No, no hace calor, hace frío. ¿Y eso se supone que es un sujetador o una tirita? Es tan transparente que veo tus pezones —me acusó.

—Lo sé.

—Basta de juegos —casi gritó—. Necesito una copa —sin esperar mi respuesta se levantó, fue al bar y se tomó dos chupitos de whisky seguidos.

Me encantó ver que le temblaban las manos, como si estuviera a punto de perder el control. Hacía que me sintiera poderosa y seductora. Algo que sólo había sentido con él.

—¿Te apetece ya ese baño? —le pregunté cuando volvió al sofá. Me miró de arriba abajo y gruñó.

Se pasó la mano por el pelo.

—Dame cinco minutos para cambiarme —moviendo la cabeza, entró al dormitorio y cerró de un portazo.

Yo me reí por lo bajo. Sin sentir la más mínima timidez, me desnudé y me sumergí en el agua caliente y relajante. Solté otra risita al imaginarme a Itachi en la otra habitación buscando desesperadamente algo que hiciera las funciones de bañador.

Mi sonrisa se esfumó cuando abrió la puerta. Llevaba una toalla blanca alrededor de la cintura. Era más provocativo que si hubiera salido desnudo. Emanaba fuerza y puro atractivo sexual.

Tragué aire. El hombre me deseaba. Estaba duro como una piedra y era bello como una escultura.

—Pareces tenso. ¿Por qué no vienes aquí y te daré un masaje en la espalda? —señalé el agua que había ante mí.

—No, gracias —entró en el agua lentamente dejando que el agua acariciara su piel tal y como yo deseaba hacerlo. Supongo que había decidido jugar con tan poca ética como yo—. Estoy bien aquí —se relajó contra el borde de la bañera con los ojos cerrados, como si no tuviera una sola preocupación en el mundo.

—Entonces quédate ahí sentado, pensando en las cosas que podríamos estar haciendo. Si me oyes gemir, no le des importancia. Probablemente estaré entregándome a los espasmos…

—Maldición, Sakura —abrió los ojos—. Tú ganas, yo pierdo. Ven aquí.

Vaya, vaya, vaya. Ensanché los ojos sintiendo un escalofrío de anticipación y victoria. No había esperado que se rindiera tan pronto.

No debí moverme lo bastante rápido para él, porque me agarró de los hombros y me dio la vuelta, de modo que apoyaba la espalda en su pecho. Deslizó los dedos por los extremos de mis pechos y luego avanzó hacia mis pezones. Me mordí el labio inferior.

Lamió una gota de agua de mi hombro y yo me abrasé con un ardor que no se debía al agua.

—Tenías razón —murmuró—. No puedo resistirme sabiendo que estás desnuda. Que me deseas.

Apoyé la cabeza en su hombro. Lo deseaba con locura. Él me dio la vuelta, haciendo que el agua se desbordara por el borde de la bañera.

—Necesito oírte decir que esto no es sólo sexo. Necesito oírte decir que es hacer el amor.

—Yo… no —moví la cabeza—. No puedo decir eso —cuanto más admitiera, más insistiría él en que nos casáramos. Lo sabía, lo percibía.

—Eres demasiado cabezota para tu propio bien, ¿lo sabías? —dijo él con una mueca de enfado.

—Tú también.

—Si pasamos la noche juntos, no prometo que no vaya a pedirte que te cases conmigo —me advirtió.

—Mi respuesta no va a cambiar —moví la cabeza y mi cabello acarició su pecho y estómago.

—Eso dices.

—Eso lo sé.

—Cambiaste de opinión respecto a ser mi novia.

—Ya, bueno… —no supe qué decir. Tenía razón.

Besó mi mandíbula y nuestros pechos se juntaron, resbalosos de vapor y agua. Deslizó una mano por mi estómago. Sus ojos brillaban con satisfacción y deseo y estoy segura de que eran un espejo de los míos.

Me levantó y me colocó sobre su regazo, con mis piernas rodeando su cintura.

—Basta de hablar —dijo—. Se me ocurre un uso mejor para nuestras lenguas.

—Demuéstralo.

Puso su boca en la mía y su lengua la invadió. La mía estaba lista para recibirlo. Sabía a whisky, pero sobre todo a Itachi, ese sabor masculino propio que me volvía loca. Era lo que quería, lo que necesitaba. Estar con él. Que mis miedos y yo nos perdiéramos en el placer que él podía darme.

El agua se movía a nuestro alrededor, actuando como un estimulante adicional. Apreté las piernas alrededor de su cintura y me acerqué más. Su erección rozó mi punto más sensible y ambos nos tensamos con súbito placer.

Recorrí su cuerpo con las manos. Cada centímetro de piel. Pecho, pezones, pene.

—Vas a matarme —rezongó él, mordisqueando mi cuello, lamiendo cada gota de agua.

—Sería una buena forma de morir, ¿eh?

—Eres mi cryptonita personal —dijo él—. Me debilito sólo con estar cerca de ti.

—Me alegro —besé su cuello, sin dejar de restregarme contra él. Dejé escapar un gemido de placer.

—Si no fuera por tus labios de cuatrocientos billetes la hora, podría haber resistido, tal vez, uno o dos minutos más.

—¿Sólo cuatrocientos? —deslicé mi boca hasta sus pezones y lamí y tracé círculos con la lengua.

—Cuatrocientos mil, cariño —puso las manos en mi rostro y me obligó a mirarlo—. Tus labios valen cuatrocientos mil dólares por hora.

Sonreí lentamente. Con mis piernas aún en su cintura, se puso en pie. Lo besé y seguí haciéndolo mientras salía de la bañera e iba hacia el cuarto de baño. Caímos sobre las sábanas frescas y secas.

Nos frotamos y revolvimos el uno contra el otro, incrementando nuestra excitación.

Después él me tumbó de espaldas y puso la cabeza entre mis piernas. Lamió mi interior y casi grité. Añadió sus dedos al juego, moviéndolos dentro mientras su lengua se ocupaba de mi clítoris. Mis piernas temblaron del placer que sentía, estaba a punto de… .

—¿Preservativo? —dijo él de repente.

—Sí —contesté rápidamente, aunque una parte de mi deseó decir que no. Iba a mantener una charla larga y severa con esa parte cuando tuviera tiempo.

—Un segundo —dijo él. Corrió hacia su bolsa.

—¿Por qué has traído preservativos si pretendías esperar hasta la noche de bodas?

—Conozco mis limitaciones —admitió él con una sonrisa avergonzada.

—Date prisa —urgí yo, jadeante y deseosa.

Él estuvo sobre mí un instante después, penetrándome hasta el fondo. Grité su hombre y arqueé la espalda. Estar con él era un placer exquisito.

—¿Puedo ser un poco brusco? —me preguntó.

—Soy una Tigresa, ¿recuerdas?

Él se retiró y embistió con fuerza. Gemí de éxtasis. Repitió la acción una y otra vez, llevándome más y más cerca del límite.

—Sakura, Sakura, Sakura —canturreaba mi nombre al moverse. Una plegaria, o quizá una maldición.

—Itachi —dije yo. Una maldición sin duda.

Su ritmo se incrementó y también mi placer.

Estaba al borde, tan cerca que moriría si no daba el salto pronto. De repente, él se echó hacia atrás, embistió de nuevo y golpeó el punto exacto donde lo necesitaba. El clímax me desgajó en dos. Veía estrellas y la sangre me golpeteaba en las venas.

Creo que incluso abandoné mi cuerpo un segundo.

Mientras mis músculos se contraían alrededor de él, soltó un rugido fuerte y largo. Su cuerpo se tensó y sujetó mis caderas. Volvió a gritar mi nombre y esa vez no me quedó duda de que era una plegaria.

JAJAJA ME ENCANTO, SAKURA SACO YA SUS DOTES DE SEDUCCIÓN E ITACHI QUE SE QUERÍA RESISTIR :)

Ofi Rodriguez