Romano estaba bastante orgulloso de su trabajo. Para ser tan pequeño, últimamente hacía los trabajos de limpieza de forma espectacular. Además, se tomaba la libertad de decorar la casa de España con cosas bonitas, ¡y éste no lo regañaba! Cosa rara, aunque sabía que el español miraba con cara de leve desagrado los adornos. Ay, esa cara, que últimamente se llenaba de golpes y heridas. El pobre Romano sólo quería alegrar un poco los ánimos en la casa, dado que tanto el dueño de ella (Y el mismo Italia del Sur) últimamente no estaban de muy buen humor. Pero tenía razones para animarse. Después de todo, ¡todavía vivía con España! Y se había acostumbrado a su vida. Era bastante divertido conversar con la gente que entraba y salía de la casa del español a diario.
Caminaba por los pasillos de la gran casa, cuando una conversación ajena llamó su atención. Se caracterizaba por ser educado (la mayoría de las veces), pero no pudo evitar alarmarse al escuchar dos voces muy conocidas: La siempre tranquilizadora voz de España, y la enojada voz de la superior de éste. Romano no soportaba a esa mujer. Siempre regañando al bueno del ibérico. Aunque varias naciones no estuvieran de acuerdo con que España fuera descrito con el adjetivo "Bueno".
—Debiste habérselo dado—decía la mujer—Es un inútil a la hora de la batalla. Sólo podría haber sido útil si Turquía se lo hubiera quedado, dado que sería una molestia para nuestro enemigo. Pero no, ¡tenías que arruinarlo todo por ese niño!
España no decía nada. Romano los espió, escondido. La nación ibérica mantenía el rostro impasible y desafiante, oyendo cada palabra que la mujer le dirigía.
— ¿¡Eres tonto!? —Gritaba ella, enojada— ¿Tienes idea de lo mucho que gastas peleando con Turquía? ¡Estamos en bancarrota! ¡Todo porque no pudiste pensar con racionalidad! ¿¡Qué te ha pasado!? Desde que ese estúpido niño italiano llegó…
El estómago del italiano se encogió. Temía que hablaran de él, aunque tenía esperanzas de que no fuera así. Se equivocó. Trató de no hacer ruido. Sabía que España lo había salvado de Turquía, y que las cosas estaban mal, que estaba continuamente peleando con el Imperio Otomano… pero escuchar como regañaban al español (¡Y qué regaños!) lo hacía sentir más culpable que nunca.
—No hables así de Romano—habló por primera vez España, desde que la mujer había empezado su discurso. Eso la sorprendió—No te metas con él. No tiene la culpa de mis decisiones.
— ¿Y encima lo defiendes? —Le espetó ella, recuperando la compostura—Definitivamente, necesitas escarmentar…
El pequeño rubio había dejado de escuchar las palabras de la mujer, y decidió irse por donde había llegado. Estaba increíblemente sorprendido por las acciones de España.
…
Esa noche, España salió de la ducha. Se vistió, mientras contemplaba su reflejo en el espejo. Estaba completamente demacrado. Suspiró, deseando poder acostarse a dormir, y que al despertar el día siguiente, todos aquellos días de guerra hayan sido sólo una pesadilla generada por una paella en mal estado.
Estaba ensimismado observando el escritorio, donde reposaban unos dibujos que Romano le había hecho especialmente a él, cuando unos tímidos golpes en la puerta lo alertaron.
Y conocía ese tipo de golpeteos.
— ¿Qué sucede, Romano? —inquirió el mayor. Sólo escuchó los murmullos del niño, aunque no pudo distinguir ninguna palabra. Suspiró nuevamente—Entra.
La cabecita rubia del italiano se asomó por la puerta, cerrándola tras de sí. Sostenía una gran almohada entre sus brazos. Se quedó estático, observando al español, y apretando fuertemente la almohada.
— ¿Qué sucede? —volvió a preguntar la nación más grande.
Romano soltó la almohada, y fue corriendo hacia dónde se encontraba España, abrazándose a él torpemente.
—España…—balbuceó, mientras sus ojos se empañaban—Tú… tú… eres tan bueno…
El español hizo una mueca. No, no era nada bueno. Había hecho muchas cosas de las cuáles se arrepentía. Y sabía que todavía le quedaban más cosas por delante. Y un niño inocente, llorando por su culpa, tampoco ayudaba.
—Romano, deja de llorar—ordenó España, obteniendo nulos resultados. Le fastidiaba observar esas lágrimas deslizándose por las regordetas mejillas del italiano.
—España—lo llamó Romano—Gracias.
— ¿Qué? —Inquirió el español, atónito— ¿Qué acabas de decir?
—Gracias—repitió el niño, esta vez hablando el español que el otro le había enseñado.
—Entendí lo que dijiste, pero… ¿porqué?
—Por salvarme de Turquía… y… y… ¡perdón! ¡Yo no quiero que te sigas lastimando por culpa mía! ¡Ese encantador de serpientes es malo! ¡Lo siento! ¡Lo siento! ¡Es mi culpa! ¡Diles a tus superiores que me regañen a mí, no a ti!
—Tú… ¿espiaste mis conversaciones?
El niño se ruborizó, apartando su mirada de los ojos rojos del español. Éste último suspiró, alzando a Romano para sentarlo sobre la cama.
—Escucha…—comenzó España—Esta vez lo dejaré pasar. Pero no vuelvas a meterte en mis asuntos—el rubio asintió, con mirada triste—Y… que sea la última vez que te echas la culpa. No fue tu culpa. ¿Entiendes?
—Pero… si yo no hubiera sido tan miedoso… podría haber escapado de Turquía.
— ¿Y quién te salvó?
—Tú…—murmuró el rubio.
—Sí. Así que… los dos tenemos la culpa.
—Entonces no deberías decirle a esa mujer malvada que yo no tengo la culpa.
—No hablemos más del tema—lo cortó el de cabello largo. Romano asintió—Ahora, ¿por qué trajiste una almohada?
—…Quiero dormir contigo.
—No.
—Por favor~.
—No.
—España~—pidió, hablando español—Por favor.
Y después de muchas insistencias, el mayor accedió.
Así fue como terminó en el borde de su gran cama, con el pequeño rubio adueñándose de la mayoría del espacio.
—Última vez que duerme conmigo—murmuró España, entre dientes, intentando correr al italiano para tener algo de espacio—Nunca más dormirá aquí.
Lástima que ni él se lo creía.
…
Segunda Guerra Mundial.
Han pasado cinco minutos y medio desde que Inglaterra y Francia salieron de la cárcel, dispuestos a ir a su cita. A los hermanos italianos no se les había ocurrido ninguna forma de escapar.
—España—llamó Romano, hablando por el teléfono que hacía allí—Te necesito. ¡Ven a rescatarme! ¡El inglés me tiene! ¡No me dejarías solo en una tortura así!
— ¿Y yo estoy pintado? —murmuró el menor, al escuchar a su hermano decir que estaba solo.
—Romano, no puedo—se excusó España, desde el otro lado de la línea—Sabes que estoy con la Guerra Civil. Debo seguir con mis tareas…
— ¡España! ¡Por favor!
—Debes arreglártelas por ti mismo…
— ¡Pero te necesito! ¡Y te extraño!
—Lo siento—se disculpó—Pero debo cortar.
— ¡España! —exclamó el italiano mayor, para luego escuchar como el otro le cortaba—…No va a venir.
—Te felicito por la noticia—comentó su hermano, sarcástico—Ahora, pensemos en algo.
—No estoy de ánimos…
—Hermano, ¿acaso quieres pudrirte aquí, con la comida de Inglaterra? Francia no lo soportará mucho. Vamos, usa tu maldito lado científico para sacarnos de aquí…
—No estoy inspirado. Rézale a tu Dios…
— ¡No haré nada de eso! Escucha, si no salimos de aquí…
—Ya no me importa nada.
—…No verás nunca más a España.
Se hizo un rato de silencio.
—Fratello! ¡Manos a la obra! —exclamó Romano, súbitamente animado.
—Sabía que funcionaría—murmuró Italia, satisfecho de sí mismo.
…
No muy lejos de allí, bajo el techo de la casa de Alemania, Austria seguía bajo custodia.
—Oh, pero si ahora Austria vive como plebeyo~—lo molestó Francia.
—… ¿Qué haces aquí? —inquirió el austríaco, mirándolo mal.
—Dejé a Inglaterra sentado en restaurante. Le dije que iría al baño.
—…Eres un hijo de puta, ¿lo sabías?
—Sólo un imbécil creería que aguantaría demasiado tiempo en una cita con él…
— ¿Saliste a una cita con Inglaterra? Y yo que creía que tenías orgullo…
—Fue para ayudar a la familia.
—… Y porque quieres.
—Cállate, Austria.
—"Cállate". El argumento de todo el mundo cuando se quedan sin respuestas ingeniosas…
Francia estuvo a punto de volver a repetir esa palabra, pero se contuvo.
—…Te odio—murmuró el galo, mientras el austríaco sonreía con suficiencia.
Continuará~
Más Spamano. ¡Sí, lo sé, mátenme! No puedo creer que haya escrito que Francia dejó a Iggy plantado. Soy un ser despreciable :( Pero ya sucederá algo, Kesese~.
