ADAPTACIÓN ESTA HISTORIA NO ME PERTENECE (MUNDO ALTERNO)

TITULO: DESEO SALVAJE

TITULO ORIGINAL: DESEO SALVAJE

AUTORA ORIGINAL HISTORIA: GENA SHOWALTER

AUTOR ORIGINAL PERSONAJES: KISHIMOTO - SENSEI

PROTAGONISTAS: ITACHI UCHIHA Y SAKURA HARUNO

SIN FINES DE LUCRO

Capitulo 18

Si permites que otro animal adquiera poder sobre ti, poco a poco volverás a una vida de cachorro dependiente. Tus emociones no te pertenecerán. Tus actividades no serán tuyas.

Pasó poco más de una semana y utilicé ese tiempo para acostumbrarme a ser novia de alguien.

Itachi venía a mi piso todas las tardes. Primero trabajábamos en los preparativos de la fiesta. Después hacíamos el… , ejem, nos dedicábamos al sexo.

No me pidió que me casara con él, pero cada noche que pasaba en sus brazos; muy feliz, por cierto, le daba vueltas a la idea. Seguía provocándome sudores fríos y náuseas. Pero menos que antes.

Yo no era de las que se casaban. Itachi nunca había hecho nada que mereciera mi desconfianza, pero aún así las dudas eran duras de roer. Itachi era un hombre. Un hombre bello y viril deseado por legiones de mujeres de todas las edades. Tenía que preguntarme cuánto duraría su fascinación por mí. ¿Un mes? ¿Dos? ¿O hasta después de la boda?

¿Era posible un «felices para siempre»? No lo sabía. Antes habría dicho que ni en broma. Ahora… Ino y Neji estaban saliendo juntos, para delicia de Hinata. Ino había sido incapaz de resistirse aquella noche en el club y ya no podían separarse.

¿Durarían ellos?

Después de desayunar con las gemelas me había subido a un taxi e iba en dirección a Aeronáuticas Uchiha. Itachi me había ofrecido uno de sus coches, pero no lo había aceptado. Intentaba reservarme, depender lo menos posible de él. Pronto me compraría un coche y no necesitaría que me prestara uno.

Bajé del taxi, salí a la acera y me quité las gafas de sol. El sol me deslumbró un momento. Parpadeé y seguí andando. El guardia de seguridad ya me conocía y me dejaba entrar sin preguntas.

Arriba, Karin, Señora de los Malditos, estaba empaquetando sus pertenencias y un hombre alto, delgado y muy femenino desempaquetaba las suyas.

Karin llevaba un traje negro y el pelo recogido en el moño habitual. Aunque llevaba más maquillaje de lo normal, parecía más pálida que nunca.

Apretó los labios al verme. No me había sorprendido que sacara las uñas como un gato.

—¿Qué pasa? —pregunté.

—Me han cambiado de puesto —dijo ella secamente—. Como estoy segura que planeabas.

—Yo voy a reemplazarla —dijo el hombre, burbujeante, mientras tocaba el collar que colgaba de su cuello. Tenía las uñas pintadas de rosa. Sonrió y me ofreció una mano—. Soy Deidara Cross. Estoy encantado de conocerte —se puso un dedo en los labios—. Eres Sakura, ¿verdad?

—Sí.

—He reconocido los labios.

Arrugué el rostro, confusa. Itachi había trasladado a Karin y había contratado a un hombre claramente homosexual. ¿Por mí? No pude evitar una enorme sonrisa. Era un hombre adorable, maravilloso.

—Borra esa estúpida sonrisa de tu cara —escupió Karin—. Da igual que hayas ganado esta ronda. Itachi volverá a traerme cuando el idiota Cross convierta todo en un desastre.

—Mira, Karin —dije. Me miró atónita—. Itachi nunca será tuyo. Acostúmbrate a la idea.

Ella siseó.

—¿Llamo a seguridad para que te escolte hasta la puerta, Karin? —preguntó Deidara.

Maldiciendo, agarró su caja y salió de la oficina.

—Eres mi heroína —dijo Deidara, sonriéndome—. El señor Uchiha me ha dicho que te deje entrar sin avisarlo siempre que vengas. Así que adelante.

Entré en el despacho de Itachi casi flotando.

—Sakura. Que agradable sorpresa —dijo Itachi sonriente cuando me vio.

—Como si no supieras que iba a venir —dije, cortante—. Eres tú quien programó el PDA y el sonoro recordatorio de que hoy teníamos una reunión.

—Bueno, me alegro que por fin hayas decidido hacer caso al aparato —sus ojos chispearon con malicia—. ¿Quieres beber algo?

—No, gracias —me senté, saqué mi libreta y un bolígrafo y dejé el maletín en el suelo—. Nos estamos quedando sin tiempo. Solo faltan unas semanas para la fiesta. Debes elegir un local. Tengo que imprimir las invitaciones ya.

—Está elegido.

—¿En serio? —alcé la cabeza—. Recuerda que prometiste que no tendría que volar —le dije.

—No lo he olvidado —su sonrisa se amplió.

—¿Dónde será?

—En el hotel Palace.

—Gracias a Dios —dije entre dientes. Había organizado fiestas allí antes, y conocía muy bien el exótico hotel—. Tendré que comprobar que el salón de baile no está reservado. Hemos esperado tanto.

—Ejes, ya lo he reservado.

El tono de su voz hizo que me enderezara. Clavé los ojos en su rostro.

—¿Cuándo lo reservaste?

—Eso no importa —se sonrojó levemente.

—Oh, sí —me crucé de brazos—. Importa. ¿Cuándo?

—El día que nos decidimos por el tema de Las mil y una noches.

Podría haberme enfadado. Debería haberme enfadado. Pero lo cierto era que me halagaba que se hubiera molestado en preparar esos dos viajes escapada. Tal vez no fuera la reacción correcta, pero había conseguido orgasmos múltiples a cambio, así que, ¿quién era yo para quejarme?

—Te mereces un castigo —le dije.

—Pues ven a mi casa esta noche y hazme pagar —dijo con un tono seductor—. Te daré tu regalo por fin. Y mientras estás allí —añadió, mirándome—, quiero que pienses en la posibilidad de mudarte.

Todo en mi se heló. Hasta entonces no me había presionado. Una parte de mí había sabido que lo haría antes o después, que sólo era cuestión de tiempo.

—Itachi…

—Escúchame antes. No te estoy pidiendo que te cases conmigo. Cuando estamos juntos, soy feliz. Cuando estamos separados, no. No me importa ir de un piso al otro, pero preferiría que viviéramos juntos.

—Es demasiado pronto.

—No es demasiado pronto. Te quiero.

Jadeé. No, no, no. No quería volver a oír esas palabras. Aún no.

—Te quiero, Sakura —repitió él.

—No digas eso —me costaba respirar—. No quiero oírlo. El amor sólo complica las cosas.

—Te quiero, Sakura —insistió—. En serio. Creo que me enamoré el primer día que te vi. Desde entonces no he estado con ninguna mujer. Sólo contigo —salió de detrás de la mesa y se arrodilló ante mí—. Te quiero —acarició mi mejilla—. Te quiero tanto que sufro cuando no estoy contigo.

Era lo más bonito que había oído en mi vida, con diferencia. Y lo más doloroso. No podía decirle lo mismo. No podía. Eso implicaría confiar en él por completo, olvidar mis miedos, dar un salto peligroso e incierto.

—Itachi, no sé qué decir —me tembló la voz.

—Di que me darás una oportunidad. Di que pensarás en mi oferta.

Me limité a asentir.

—Ah, ¡qué entusiasmo! —movió la cabeza y sonrió—. Pero me vale por ahora. ¿Vendrás esta noche?

Tragué saliva y asentí. Eso al menos podía hacerlo, por más que me asustara la idea.

Me apetecía correr a casa, taparme hasta la cabeza y no pensar. Ni en Itachi, ni en ir a vivir con él, ni en sus palabras. Pero no lo haría. Ya no vivía mi vida de esa manera.

—Respecto a tu oferta, dame un poco de tiempo. ¿Vale? Lo pensaré, te lo prometo.

—De acuerdo —llevó la boca a mi oído y susurró—. Mientras lo piensas, quiero que recuerdes cómo te hice el amor contra la pared en Colorado, cómo te besé entre las piernas en la cabaña.

Alcé la barbilla. Él tiró de mis brazos para levantarme y, con un empujoncito, me llevó a la puerta. Luego la cerró en mis narices.

Todos los músculos de mi cuerpo se tensaron.

Pasé de un estado de conflicto a uno de tensión sexual y a uno de frustración en cuestión de segundos.

El muy desalmado lo había hecho a propósito. Ya no podría pensar más que en su forma de besarme. En cómo utilizaba su lengua. En cómo me amaba.

Dios.

Volví a casa enfurruñada todo el camino.

El guarda de seguridad me dejó subir al piso de Itachi sin hacer preguntas ni comentarios, a pesar de que nunca había estado allí. Supuse que Itachi debía haberle enseñado una foto y avisado que iría.

Había pasado toda la tarde pensando en dos cosas: en vivir sin Itachi y en vivir con él. No quería ninguna de las dos permanentemente, pero tenía que elegir una. No hacerlo sería injusto para Itachi. Por desgracia, estaba tan lejos de una decisión como antes. Mi lista de a favor y en contra estaba equilibrada.

A favor:

Sexo ilimitado con Itachi.

Pasar más tiempo con Itachi.

Desayunar sobre el pecho de Itachi.

En contra:

Preocuparme por qué estaría haciendo Itachi si volvía tarde.

Preocuparme de si Itachi aún me quería cada segundo de cada día.

Preocuparme de si Itachi se cansaría de mí antes que después.

¿Cómo superaba una persona sus miedos más profundos? Había consultado mi manual de Tigresa, pero la única respuesta era que tenía que matarlos y devorar sus restos. Eso no contestaba a mi pregunta.

Itachi abrió la puerta y esbozó esa seductora sonrisa que me volvía loca.

—Entra —hizo un gesto con la mano.

—Gracias —entré. Nunca había estado allí y sentía curiosidad. Las paredes del salón eran de un clásico color marfil. Visillos blancos cubrían las cinco ventanas. A primera vista, todos los muebles parecían del mismo monocromático tono blanco. Pero al fijarme más noté que los cojines tenían fundas de tono cremoso y las fundas remates color blanco roto.

Tras el sofá había una larga y estrecha mesa de madera oscura. Sobre ella colgaba una lámpara de araña con cientos de lágrimas de cristal. Había mesitas chinas a ambos lados del sofá. Era una habitación que clamaba dinero, no comodidad. No me gustó.

—¿Quién decoró esto? —pregunté sin intentar ocultar mi desagrado. Nada de eso encajaba con la personalidad abierta de Itachi.

—Mi madre.

—Ah, le falta calidez.

—Igual que ella, en general. Decorar el piso hizo que se sintiera necesitada, así que se lo permití —me dio la mano—. Ven, te enseñaré el resto.

Me llevó a una cocina de dimensiones generosas. Las encimeras de mármol estaban limpias. No había cacharros en el fregadero ni nada fuera de lugar. De hecho, daba la impresión de que nunca se hubiera preparado una comida allí.

Después me enseñó la sala de juegos. No se parecía en nada al resto del piso. Tenía un sofá oscuro y cómodo, una televisión de pantalla grande y un impresionante equipo de música. Supuse que pasaba la mayor parte del tiempo allí y dude que su madre hubiera intervenido en la decoración.

—Y éste —dijo—, es mi dormitorio.

Los tonos azul profundo y dorado hablaban de calidez y masculinidad, y encajaban con él. La decadente cama con dosel llamó mi atención. Madera satinada y sábanas revueltas. Me encantaría revolcarme desnuda en esas sábanas de algodón egipcio.

Olía a sándalo y ese olor me excitaba.

Volvimos a la sala de estar de la mano. Me encantaba el contraste entre su mano grande y callosa y la mía pequeña y blanda. Era delicioso.

—¿Dónde está mi regalo? —pregunté—. Prometiste dármelo si venia.

—Dame un minuto —sonrió y desapareció por el vestíbulo. Volvió poco después con una caja roja de tamaño medio en la mano—. Para ti.

Era demasiado grande para un anillo. Demasiado pequeña para que fuera… otra cosa. Acepté la caja con manos temblorosas y levanté la tapa. Cuando vi lo que había dentro, solté una exclamación. Había una orquídea de cristal con pétalos azules sobre una base de espuma verde claro. Era lo más bonito que había visto nunca, delicada y digna de un sueño.

—No… , no sé qué decir. Me encanta.

—Pedí que la hicieran para ti.

Los delicados pétalos brillaban como perlas bajo la luz. Mis defensas se derrumbaron a toda velocidad. Tragué para deshacerme del nudo que tenía en la garganta y me obligué a mirarlo.

—Las invitaciones para la fiesta estarán a punto para ser enviadas de inmediato —dijo, volviendo a los negocios. Creo que estaba a punto de llorar.

Él me rodeó con los brazos, pero yo mantuve la caja entre nosotros, como escudo.

—Te has puesto pálida de repente. ¿Por qué?

—Yo… tengo que decirte algo —murmuré.

Algo frío y duro destelló en sus ojos, seguido por una mirada de determinación. Me quitó la caja y la dejó en la mesita de café. Un segundo después me tenía atrapada contra la pared y su lengua tomaba posesión de mi boca. No hizo falta más. Una caricia y lo deseaba con una urgencia incontrolable. Mis huesos empezaron a disolverse y permití que él me sujetara en pie. Que me besara y devorara.

—Itachi —dije.

—Nada de hablar —ralentizó el beso, volviéndolo suave y gentil. Me apreté más contra él. Sabía cálido, como una mezcla de sol y lluvia.

—Itachi, yo…

—Te amo —volvió a besarme lentamente, explorando cada rincón de mi boca.

Lo aparté.

—¿Qué va mal? —pregunto él, con expresión preocupada.

«¡Todo!», estuve a punto de gritar. Absolutamente todo. ¿Cómo podía decirle que me amenazaba como nunca lo había hecho ningún otro hombre? Me había metido en un buen lío y era hora de vivir o morir. Me había subido a una rama y yo tenía la sierra. Tenía dos opciones, cortar la rama o seguir allí colgada.

—Será mejor que nos pongamos cómodos —dijo él, llevándome al sofá. El fuego de sus ojos había desaparecido, dejando sólo un frío escudo azul.

Tomé aire. «¿Qué demonios iba a decirle? »

—Yo…

—Maldición, Sakura —no me dejó decir una palabra más—. No puedo creer que vayas a rechazarme —se levantó de un salto y paseó de un lado a otro—. Es lo que estás punto de decir, ¿no? Que hemos acabado.

Empezaron a sudarme las manos. Tenía la garganta tan seca que no podía emitir palabra. ¿Qué haría mi Tigresa interior? ¿Qué diría? Ella nunca permitiría que un hombre la domesticara, eso seguro.

«El matrimonio no tiene que ver con domesticación ni cambios», susurró mi mente. «Puede ser sencillamente amor. Algunos hombres son fieles. Déjale que intente demostrarlo».

—Nos pertenecemos —siguió Itachi, sin mirarme—. Me quieres. Puede que no lo admitas, pero es así. Me quieres. No se besa así a un hombre si no te importa.

—Sí me importas —ya había dicho algo—. Me importas mucho.

—No puedo creer que estés dispuesta a renunciar a lo que tenemos por miedo —dijo, como si no me hubiera escuchado—. No puedo garantizarte el futuro. Nadie puede. Pero quiero intentarlo.

—Yo también —las palabras salieron de mi boca sin que pudiera evitarlo. Lo quería, y si tenía que casarme con él para conservarlo, me casaría.

¿Me arrepentiría después? Quizás. ¿Acabaría sintiéndome herida? Era probable.

¿Quería renunciar a él? No.

Las relaciones implicaban dar y recibir. No podía aceptarlo todo de él y no dar nada a cambio.

—Yo también —repetí.

—¿Qué has dicho? —giró en redondo, atónito.

—Estoy dispuesta a intentarlo —dije, haciendo acopio de todo mi valor.

—¿Qué estás dispuesta a intentar, Sakura? —en sus ojos había una mezcla de miedo y felicidad—. Dilo.

—El matrimonio —cerré los ojos y apreté las pestañas—. Casarme contigo.

—¿Estás segura de que es lo que quieres? —me miró sin acercarse—. ¿De que no lo haces porque es lo que yo deseo?

—Sí —no—. Estoy segura —lo estaba en cierto modo.

Por fin se acercó, se arrodilló entre mis piernas y deslizó las manos por mis muslos.

—¿Cuánto tiempo quieres estar prometida?

—¿Dos años?

—Era lo que temía que dijeses —rió él—. Tendremos que negociar, porque yo quiero que sea sólo un día.

—Ni hablar. No puedo organizar una boda en un día —sentí un cosquilleo de miedo y horror—. Necesito al menos un año —sí, un año sonaba bien. En doce meses superaría mis dudas, seguro.

—Una semana.

—Seis meses.

—Dos semanas.

—Cinco meses.

—Cariño —dijo él, acariciando mi estómago—. No quiero darte tiempo a cambiar de opinión.

Era una posibilidad muy real y no podía negarla.

—Nunca te haría daño ni te engañaría. Déjame demostrarlo. Quiero estar contigo, Sakura, sólo contigo.

Me besó y el calor de su boca fue como una llama. El pensamiento racional se detuvo. Me sentí transportada en una nube de deseo. Centímetro a centímetro, derrumbaba el muro que tanto me había costado levantar contra él.

—No puedo creerlo —dije, apartándome—. Mierda. Voy a casarme otra vez.

Él esbozó una sonrisa satisfecha y triunfal. Me sentía muy vulnerable, pero sabía que lo deseaba.

—De acuerdo —dije—. Lo haremos el día después de la fiesta de tu madre —sería mejor así.

Menos tiempo para preocuparme, menos tiempo para el pánico.

—No te arrepentirás. Te lo juro. Tengo que hacer un viaje la semana que viene, pero cuando vuelva…

—¿Vas a irte de viaje? —sentí un escalofrío.

Pronto había empezado la preocupación: «¿Qué hará mientras está fuera?». Intenté no llorar—. ¿Tan pronto?

—Tengo que ir a ver otro avión —besó mis manos—. Puedes venir conmigo.

—No —moví la cabeza—. Tengo que quedarme y planear el… evento.

Recé por poder llegar hasta el final cuando llegara el momento.

YA ESTAMOS CASI CASI EN EL FINAL DE ESTA HISTORIA, ESPERO QUE LES ESTE GUSTANDO MUCHO :)

Ofi Rodriguez