De Meyer y Kenyon respectivamente, solo gano un poco de diversión haciendo esto. A mi beta Betzacosta un agradecimiento enorme.


Capítulo 1.

Universidad de Tulane

New Orleans

Tiempo presente

Finalmente el semestre de otoño había comenzando y los nuevos ingresados llegaban a las aulas con emoción y con sus cabezas llenas de sueños por cumplir, listos para comenzar una nueva aventura en la carretera de la vida universitaria.

Isabella Swan no era ajena a todo ello, a pesar de que no era una nueva ingresada, porque anteriormente ya había obtenido su licenciatura en Filosofía en la Universidad Abierta de Grecia y gracias a los programas a distancia de la misma universidad obtuvo la maestría en Historia. Pero como amante de los estudios, de los libros y la historia comenzaba cada programa de estudio como si fuera el primero.

Estaba comenzando a cursar el Doctorado en Civilizaciones Antiguas en una universidad diferente a la griega y en su primera clase observaba jubilosa cómo con pasión el profesor Julian Alexander hablaba sobre la guerra del Peloponeso. Era increíble, él hablaba como si hubiera estado allí, como si hubiera sido parte de esos formidables guerreros.

Cuando él abrió el ciclo de preguntas del postgrado ambos se enfrascaron en una formidable batalla de preguntas y respuestas que dejaron boquiabierta a toda la audiencia. Isabella Swan era muy sagaz en sus preguntas y no dejaba ningún detalle sin analizar y el profesor Alexander estaba fascinado porque era muy raro encontrar a un estudiante que se emocionara tanto en medio de una clase.

—Señorita Swan, detecto un ligero acento griego en usted que está intentando disfrazar —, señaló el profesor Alexander al quedarse apoyado de manera indolente en su escritorio.

La miraba con picardía e Isabella Swan se encogió en su asiento al notar las miradas malhumoradas de sus compañeros porque automáticamente se había convertido en la favorita del profesor, y sin quererlo, ya que no tenía la culpa que su maestro también fuera griego.

—Ehhh… mmm… Soy griego-norteamericana, profesor —, explicó con las mejillas encendidas.

Julian Alexander esbozó una sonrisa y todas las féminas del salón comenzaron a babear, porque a pesar de que él fuera un profesor, era el prototipo perfecto para un anuncio de Calvin Klein. Rubio, ojos azules, altura imposible y un carisma de muerte que hacía que las damas les lanzaran las bragas. Pero gracias a los dioses que Isabella era inmune a ello. Los rubios no eran su tipo.

—¿De qué parte de Grecia es? —Continuó interrogándole el profesor bastante ajeno a las miradas asesinas.

—Atenas —, dijo muy bajito pero Julián tenía buen oído y asintió con conocimiento.

—Bonita ciudad, muy perfecta para la diosa a la cual fue consagrada —comentó para sí mismo a pesar de que sus estudiantes le escucharon. Él detuvo sus cavilaciones y miró a Isabella—. Yo soy de Esparta.

—El campo de juegos de Ares —agregó casi sin pensar la estudiante y cuando se dio cuenta lanzó un chillido, se cubrió la boca y miró aterrada a su maestro. Estaba casi segura que él le impediría volver al salón, pero se sorprendió sobremanera cuando este estalló en sonoras carcajadas.

En ese instante el timbre del primer periodo sonó y los estudiantes comenzaron a recoger sus cosas.

—Bien, como la clase comenzó tan formidablemente, quiero un ensayo de diez páginas sobre la guerra del Peloponeso desde su punto de vista.

Varios estudiantes se quejaron y otros miraron de manera asesina a Isabella porque por su estado de emoción ante la clase y sus buenas migas con el brillante profesor, habían recibido monumental tarea en la cual no estaban ni medianamente interesados.

Ella no les prestó atención y recogió sus cosas para dirigirse a su siguiente clase, no sin antes sostener una pequeña conversación con el profesor Alexander, quien se había casado con una norteamericana y no había vuelto a Grecia desde su luna de miel. Él estaba muy interesado en la situación actual del país que no parecía alentadora en los últimos tiempos.

En cambio, la clase con la doctora Soteria Kafieri estaba resultando ser un total fiasco y una humillación para su inteligencia y conocimientos. En un principio había estado feliz porque por fin consiguió ser parte de una de las clases de la brillante y famosa experta en la civilización atlante, pero se llevó una completa decepción a los cinco minutos de haber comenzado el primer seminario, ya que en ese corto periodo de tiempo comprobó que la mujer no sabía absolutamente nada.

A pesar de que era brillante al exponer sus teorías estas no eran nada nuevas y no aportaban ningún incremento a los conocimientos de Isabella, quien podía decir con orgullo que sabía más de la Atlántida que la misma doctora Kafieri y podía demostrarlo sin ninguna duda, pero sabía que no ganaría nada confrontando a la afamada doctora.

Así que en el transcurso de la clase se dedicó a pensar en lo que a veces soñaba. De vez en cuando podía ver un páramo verde y un cielo azul decorado con esponjosas nubes blancas que solamente podían lucir así de perfectas en las películas; pero tal paisaje solía cambiar, se llenaba de fuego y sangre y ella despertaba asustada y bañada en sudor. Aunque lo que más se le quedaba grabado eran unos extraños ojos negros que la perseguían en medio del páramo verde y el fuego.

Comenzó a tener esas pesadillas cuando se mudó de Grecia a Estados Unidos, tres meses atrás, extrañamente, no era el susto lo que le preocupaba, ya que no pasaba más allá de la conmoción provocada después de tenerlas, sino que le parecían tan confusas. Ella no recordaba haber estado en algún lugar con semejante paisaje y era consciente que tampoco había estado en ningún incendio, lo cual no tenía sentido; sabía que los sueños y las pesadillas surgían por la recopilación de los acontecimientos diarios, y estaba segura que nada de ellos era una distorsión de lo que había observado, sobretodo porque cada sueño se sentía tan vívido que era como si se trasladara al sitio. Adicionalmente, los ojos negros tampoco la abrumaban, más bien le provocaban curiosidad. Quería saber a quién pertenecían, porqué la observaban tan fijamente y porqué había tanta tristeza reflejada en ellos.

Se sobresaltó al escuchar la campana que daba la culminación al segundo ciclo y observó cómo sus compañeros y hasta la propia doctora Kafieri abandonaban el salón, esta última sin siquiera dignarse en dejar tarea o lectura asignada. En un principio le pareció extraño, pero inmediatamente comprendió que al ser la primera clase de aquel semestre muchos profesores lo tomaban ligeramente, para luego arremeter con toda la perfidia profesoral existente.

Tomó todas sus cosas y se dirigió al exterior de la academia. Mientras caminaba hacia su auto se volvió a sentir observada, como en sus sueños, pero no le prestó atención, consiguiendo ignorar la tensión que quería arraigarse en su cuerpo, y tan pronto llegó frente a su mini Cooper azul, se subió en él y se dirigió a casa.

Ella tenía el privilegio de vivir en una de las más bonitas y antiguas zonas residenciales de New Orleans.

Había tenido la opción de vivir en una de las residencias del campus universitario, pero alguien de su condición no podía darse ese lujo. La privacidad era una norma que no podía quebrar, sobre todo si se tenía unos padres como los suyos.

Su controladora y megalómana madre casi la había desheredado cuando le informó que iría a estudiar a New Orleans. Su progenitora le había lanzado un discurso de dos horas donde le narró la historia de su vida, su procedencia, su estatus y las ventajas de su procedencia; le había recordado que podía estudiar en la misma Oxford si se le antojaba y que le parecía inverosímil que Isabella, siendo hija de quién era, quisiera educarse en una de las universidades menos importantes de Estados Unidos.

Isabella no había discutido ese hecho pero si se había mantenido firme ante su decisión y ni siquiera su madre consiguió hacerle cambiar de opinión.

Sin embargo, ella en un principio había tenido sus recelos, había permanecido demasiado tiempo alejada de la sociedad y muy unida a su familia, y había llegado a pensar que estar junto a su despreocupado padre y muy nerviosa madre era lo que más importancia tenía.

Cuando recibió la carta de aceptación de la Universidad de Tulane estuvo a punto de echarse para atrás, pero su progenitor al darse cuenta de sus dudas e interrogantes se preocupó e hizo algo que un hombre como él no acostumbraba: tomó cartas en el asunto.

La arrastró hasta su taller de herrería, la obligó a tomar asiento en uno de los incómodos sillones de su oficina y le había pedido que hiciera un magno esfuerzo y empezara a vivir la vida como era debido; la incentivó a irse de Grecia ya que nada fuera de allí le haría daño, no a ella, no a quién era. El mundo había cambiado y ella debía continuar su camino.

El pasado se quedaría dónde correspondía y ella debía empezar a vivir su presente para así poder estar lista para cuando llegara su futuro.

Luego su permisivo y charlatán padre le había dado un beso en la frente y pedido que le invitara a alguna fiesta de fraternidad. Isabella había reído gustosa aun sabiendo que detrás de esa fachada despreocupada se ocultaba alguien que era capaz de arrancarle la cabeza a cualquier persona que se atreviera a tan siquiera molestar a su pequeña.

Y no se arrepentía de la decisión tomada. El haber regresado a Estados Unidos y vivir en una ciudad muy distinta a Grecia le había dado una nueva perspectiva de la realidad que estaba viviendo, ya no valía la pena regodearse en su dolor porque lo que había ocurrido no había sido su culpa. El destino había pautado desde mucho tiempo atrás el camino que debía recorrer y ella debía hacerlo, sin importar los obstáculos, el daño y el sufrimiento.

Casi salió disparada del coche cuando se percató que otro auto le tocaba la bocina insistentemente. El semáforo frente al cual se había detenido ya le había brindado la tan deseada luz verde y por haber estado encerrada tan profundamente en sus pensamientos ni se había percatado. Colocó la marcha y se dirigió a su hogar.

Vivía, desde que se mudó a New Orleans, en una bonita zona residencial muy cercana al parque Audubon, uno de los principales pulmones naturales de la ciudad, sobre todo después que el huracán Katrina prácticamente deforestara toda la ciudad. En aquel maravilloso parque las personas pasaban perfectos fines de semana practicando deportes, recreándose en actividades culturales o haciendo increíbles barbacoas.

Isabella detuvo su auto frente a la cochera de una bonita casa de dos pisos pintada de verde musgo y ventanas blancas. Era una de esas casas de estilo francés muy conocidas en esa ciudad, pero que había sido reformada especialmente para que su joven inquilina no sintiera que vivía en un vejestorio caserón de doscientos años. Estaba rodeada por una imponente verja colonial de cuatro pies de alto que le indicaba al que pasaba por allí que su dueña no estaba dispuesta a recibir visitas sorpresivas y descaradas.

El camino hacia la puerta principal estaba lleno de parterres florales de diferentes tipos, ella casi tropezó con uno de los adoquines del suelo, como la costumbre lo ameritaba gracias a una torpeza que sus padres no sabían de quién había heredado, y pudo escuchar a su vecino de al lado reírse a pierna suelta. Casi estaba segura de que él vivía para burlarse de ella.

—Buenas tardes, señor Johnson —, le saludo Isabella cuando se detuvo a recoger las facturas de su porche y ni siquiera esperó a que él le devolviera el saludo, sino que entró a su casa dándole un fuerte portazo a la puerta.

Cuando se vio reguardaba por el calor de su hogar respiró con alivio. Un día más y todavía podía decir que la decisión tomada había sido la correcta. Dejó las llaves de su auto y las facturas sin abrir y su mochila sobre la mesa alargada que había en el recibidor y se adentró en el salón abriendo las ventanas una por una. La decoración era sencilla y simple, las paredes estaban dominadas por grandes libreros llenos de toda clase de libros y hacían un perfecto equipo con la gran chimenea de estilo neoclásico.

Encendió las luces de la cocina cuando entró en ella, su teléfono estaba junto al tazón de galletas de avena y chocolate a la cual era adicta. Lo atacó cuando decidió escuchar los mensajes guardados.

Isabella Marie Swan, no puedo creer que tenga que hablar contigo a través de este ridículo aparato. Llevo quince días sin saber de ti y no te has dignado en comunicarte conmigo. ¿Dónde estás…?

Clara, al punto y sin ningún gesto de cortesía o cariño. La madre de Isabella tenía poca paciencia para esas sutilezas, eso no quería decir que no la quisiera, muy al contrario, simplemente que detestaba no tener el control de la situación y mostrarse amorosa en un momento así para ella no le resultaría adecuado. Mostrarse firme le demostraba que su madre realmente estaba preocupada.

He preguntado a tu padre por ti, a mala hora se me vino a ocurrir. Ese hombre no tiene un solo gramo de cordura. Me dijo que dejara de ser tan freudianamente controladora ¡y qué me consiguiera un consolador! Por mi padre, te juro que A… A… ni siquiera puedo mencionar su nombre… Ella no ha sido buena influencia para tu estúpido progenitor.

Isabella se encontraba sumida en un crónico ataque de risa gracias al discurso que su madre estaba lanzando a través de su contestadora. A veces no entendían cómo dos personas tan completamente dispares como sus padres hubiesen sido capaces de unirse y tenerla a ella. Aunque la felicidad de la pareja solamente hubiera durado diez meses; es decir, nueve meses de embarazo y su primer mes de vida.

Uiéi(1), sé que solamente han pasado tres meses desde tu partida pero te extraño, sé que te prometí no irte a visitar hasta que me lo pidieras; pero me está costando. Llámame…

El mensaje había finalizado e Isabella suspiró. Le constaba que su mama la extrañaba de sobremanera y que se sentía muy frustrada por no tenerla cerca, pero sabía que su madre no iba a ir contra sus deseos y eso la enorgullecía, porque mostraba que respetaba su independencia a pesar de todo.

Isabella le dio otro mordisco a su galleta y descubrió mientras abría las alacenas y el refrigerador que no tenía otra cosa más sustancial que comer. Tenía que ir al supermercado con extrema urgencia y abastecerse. Ajena a su frustración la maquina chilló de nuevo ante otro mensaje de una persona que ella no esperaba escuchar.

Hola Isabella, soy Katty, me he enterado que decidiste dejar el nido y establecerte sola. No sabes la alegría que me da, pero me enfada bastante que te hayas establecido en New Orleans y no te dignes en visitarme.

Se paralizó ante esas palabras, tenía siglos sin saber de su prima y que la hubiera localizado demostraba que esta no tenía ningún reparo en utilizar todas sus armas para contactarla, sobre todo cuando tenía tan buenas relaciones y un buen poder de convencimiento.

—Joder Katty, vives en Las Vegas —masculló para sí misma.

Sí, sé que vivo en Las Vegas. ¿Por eso te instalaste en esa ciudad pantano, para no verme? ¡Qué descaro el tuyo!, pero no te vas a librar de mí, jovencita, planeó visitarte muy pronto y ni pienses que escapara de ello. Besos, mocosa.

La maquina pitó dos veces, informando que no tenía más mensajes. Bufó hastiada, amaba a su prima, pero no tenía ninguna intención de verla, ella era un recordatorio andante de todo lo que había dejado atrás. Únicamente quería estar tranquila y en paz, y sabía que teniendo a su prima o su mamá cerca no lo iba a conseguir.

De repente empezaron a tocar la puerta trasera de la casa con notoria insistencia, se asustó un poco porque en los meses que llevaba viviendo en esa ciudad pocos la habían ido a visitar, pero recordó que había alguien que la visitaría y ni siquiera avisaría antes.

Cuando abrió la puerta una tromba femenina de un metro y sesenta y siete de estatura, entró a la cocina y depositó sin mucha ceremonia una bolsa llena de frutas, legumbres y sabrán los dioses qué más, sobre la isleta.

—Hola, Isabella —, saludó la recién llegada con emoción. Ni siquiera esperó a que Isabella le devolviera el saludo y empezó a sacar todas las cosas de la bolsa.

—Hola, Veronique… ¿Qué…? —Se percató que la puerta aún continuaba abierta y decidió cerrarla, sumida en estado de completa confusión por la extraña llegada de su amiga—. ¿Qué haces aquí? ¿No deberías estar en la librería?

—No —, respondió con marcado acento canjún—. Hoy hay pocos clientes y decidí pasar por acá y verte. ¿Cómo estuvo la uni? —preguntó con interés mientras guardaba todo lo que había traído en las alacenas y la despensa.

—Estuvo bien. —Empezó a mirar el contenido de la bolsa y luego miró a Veronique—. ¿Qué haces?

—Te he traído comida, sé que no comes y que no has ido al supermercado —sentenció con seriedad—. Debes comer, ¡eres universitaria, por amor de Dios!

Isabella se sonrojó ante lo que le decía su amiga. Era cierto, por andar metida entre libros a veces se olvidaba hasta de cenar y su amiga se preocupaba. Eso le halagaba, en el corto tiempo que llevaba conociéndola, Veronique había demostrado una notoria lealtad y compromiso hacia su extranjera amiga.

Veronique Chapelet Rousset era hija de un aventurero francés que había llegado a las costas de Puerto Rico en busca de nuevas emociones, la cual encontró en los brazos de una hermosa caribeña de ojos oscuros, la madre de Veronique. La pareja se casó con tan solo tres semanas de noviazgo y se asentaron en New Orleans. Su hija de cabello oscuro y rizado había llegado a ellos un año después.

La morena había crecido protegida por el amor de sus padres, se convirtió en una chica compasiva, amigable y amorosa, de temperamento aguerrido y muy trabajadora; era dueña de la librería preferida de Isabella. Tenía un prometido llamado Olivier, adicto al deporte pero que vivía y respiraba tan solo por Veronique. Ambos estaban trabajando duro para comprar su casa soñada y tener todos los hijos que Dios quisiera enviarles.

A pesar de las reservas de Isabella hacia los desconocidos, ambas se hicieron amigas en un santiamén y Veronique se había convertido en una especie de hermana mayor, siempre estaba al pendiente de sus necesidades y no le importaba regañarle si veía un comportamiento poco adecuado en la chica, como sucedía constantemente con la comida.

—No deberías preocuparte tanto por mí —, le suplicó Isabella muerta de la mortificación. No quería ser una carga para su amiga que de seguro tenía cosas más importantes que hacer—. Deberías estar con Olivier.

—Bahh… no te preocupes por Oliver. —Tomó a Isabella de la mano y la arrastró hasta el sofá más grande del salón—. ¿Tienes planes para este fin de semana? —le preguntó mientras se peleaba con su larga cabellera, logró recogérselo en una coleta mientras miraba con interés a su amiga.

—Estudiar —, respondió Isabella con precaución. Tenía la ligera sospecha de que Veronique había venido a cambiarle esos planes.

—¿No crees que estudias mucho? —La pregunta sonó a recriminación pero era con mucha razón.

Había llegado a la ciudad a principios de verano pero no había salido una sola vez para divertirse como era la costumbre entre los jóvenes, a su amiga le constaba porque las únicas salidas de Isabella se limitaban al cine, supermercado y la librería que Veronique regentaba y donde afortunadamente ambas se conocieron.

—Tienes que venir al Santuario conmigo y Oliver —, le invitó con la mirada brillante de emoción—. Tienen una banda de rock llamada Howlers, Angel Santiago canta como los putos dioses.

—Eh… No creo que pueda…

Veronique la detuvo antes de que continuara con sus excusas. No conocía profundamente a Isabella, pero algo le decía que era demasiado retraída para su propio bien. La chica sufría en silencio, lo sabía, lo sentía, y la veía completamente sola. Lo ocurrido en el pasado debió de ser de gran envergadura para que una jovencita tan brillante y hermosa decidiera encerrarse en aquella casa llena de libros y melancolía. Se cubrió los oídos simulando que no le escuchaba.

—Este sábado te pondrás unos lindos jeans, botas, un bello top que te haga lucir esas gemelas que Dios te dio y vendrás al Santuario conmigo y Oliver. Beberás, jugaras al billar, bailaras y probablemente te echaras un glorioso polvo con uno de los hermanos Peltier.

La chica canjún estalló en risas y bastante encantada con la idea, pero Isabella lucía muy sonrojada y aterrorizada. Se sentía halagada por las consideraciones que tenía Veronique hacia ella, pero la idea de echarse un polvo con un desconocido le parecía ridícula.

—Por todos los dioses, Veronique, ¿cómo puedes decir una cosa así? —preguntó alarmada. Se puso de pie y trató de huir de allí, pero la mirada de advertencia que le brindó su amiga fue suficiente para ni siquiera mover un musculo.

—Necesitas divertirte, eres demasiado joven y la vida se te va a pasar volando —, le regañó cuando se puso de pie.

—No soy tan joven como crees —, dijo en un susurro cuando agachó la cabeza.

—¡No pasas de los veinticinco años! —Gritó fuerte, a veces podía ser muy intensa cuando Isabella la sacaba de sus casillas.

—Está bien, está bien —repitió algo irritada. Veronique, como hija de una caribeña, era muy terca y cuando se le metía algo en la cabeza no había manera de sacárselo. Mientras más rápido Isabella le hiciera olvidar el tema, mejor, aunque después tuviera que buscar una excusa realmente valedera para no salir con ella y su novio—. ¿Dónde está ese supuesto "Santuario"? —preguntó haciendo la señal de entre comillas con los dedos. Se le antojaba que el lugar no era un Santuario precisamente.

—En el Barrio Francés —respondió e Isabella abrió los ojos alarmada. En todo el tiempo que llevaba en New Orleans había evitado el Barrio Francés por obvias razones. Ese era un lugar de perdición para todo estudiante que quisiera mantenerse en el carril de la buena conducta. Era como la Sodoma y Gomorra moderna—. Ya sé, pero por un día que vayas no te vas a morir, Isabella, confía en mí —le suplicó—. Yo solamente quiero que te diviertas un rato.

—Pero no tendré que acostarme con un Pilter para complacerte, ¿verdad? —le preguntó preocupada.

—Es Peltier —rio ligeramente al corregirla—, y no, eso fue broma —aseguró—. Ahora, a pensar qué vamos a preparar para cenar. Necesitamos meter algo de grasa en esas flacuchentas caderas —se burló e Isabella no dudo en reírse.

La vio correr con ánimo hacia la cocina e Isabella pensó que a pesar de que mantenía un velo de recelo sobre su vida a Veronique no le importaba. Ella se conformaba con las pequeñas cosas que pudiera darle, una sencilla y grata amistad. Esperaba que algún día pudiera retribuirle todo ese afecto que le demostraba.

Un poco más tarde, cuando Veronique se marchó, Isabella decidió echarse una siesta para recargar energías antes de ponerse a estudiar y hacer el ensayo que el profesor Alexander había pedido a la clase.

La segunda planta de su casa estaba igual de decorada que la parte inferior, libros y más libros de todo tipo cubrían las paredes. No obstante, su habitación era la excepción.

Ese sitio era donde el violeta, el blanco y el gris regentaban las paredes y la colcha de una enorme cama de acero antiguo y dosel que ocupaba el espacio central. Sobre el cabezal de la misma había un cuadro sin marco que mostraba la imagen de un azul y solitario lago dominado únicamente por un imponente y maravilloso cisne blanco.

Era imposible no notar los hermosos ventanales en blanco que daban paso al balcón frontal de la casa y las cuales hacían tan luminosa aquella habitación que aparentaba ser de otro mundo.

Isabella se quitó los zapatos y los dejó junto al diván que estaba colocado estratégicamente delante de la cama y se acercó a ella. Levantó la colcha y la dejó a un lado, acomodó las almohadas y se apresuró a quitarse el collar que siempre le acompañaba. Era un collar de plata con un medallón que traía dibujado un búho sosteniendo una rama de olivo, una reliquia familiar que debía pasar de generación en generación, como se lo había dispuesto su madre al momento de haberle sido otorgado.

Al colocar la cabeza sobre la almohada no tardó mucho en relajarse y dormirse. Cuando el sueño llegó no sabía cuánto tiempo había transcurrido, pero si supo que ese sueño era distinto a los que había tenido con anterioridad.

Se vio así misma de pie en medio del paramo que tanto conocía, porque había estado allí muchas veces en el pasado, todas en sueños, lo sabía, aunque eso no se sentía como el sueño, se sentía como la realidad. Solamente que ese día no era como otras tantas veces, la noche se cernía sobre ella como un manto asfixiante y a lo lejos veía lo que parecía ser un pueblo azolado por las llamas.

Estuvo a punto de irse de bruces cuando un jinete cruzó deprisa junto a ella. Decidió seguirlo y no sabía cómo explicarlo pero prácticamente habían llegado juntos a la entrada de la pequeña ciudad a pesar de que después lo perdió de vista.

La gente corría de un lado para otro, algunas personas gritaban pidiendo auxilio, otros lanzaban alaridos de batalla, haciendo eco con los sonidos de las espadas que chocaban entre sí y los cascos de los caballos que pasaban desbocados y sin jinetes.

Estaba horrorizada ante tantas muertes a su alrededor, nunca en su vida había presenciado una matanza semejante en magnitud. Diferenciaba demasiado a lo que veía en las películas y era escalofriante porque la sangre derramada de tantas víctimas le hacía recordar lo que con desesperación quería olvidar.

Continuó corriendo entre las llamas, los caballos, las peleas y las personas que corrían huyendo del caos desatado. Llegó a, lo creyó ser, un pequeño torreón y siguió avanzando sin control, algo en su interior la llamaba, le pedía que entrara y no sin poco temor lo hizo.

Se encontró con algo muy diferente a lo que había afuera. Todo estaban sumido en un tétrico silencio, muchos cuerpos estaban tirados sin respeto a lo largo de todo el pasillo que recorría y la sangre inundaba los pisos, así como varias partes desmembradas y órganos pisoteados. Sintió algo parecido a nauseas que comenzaban a invadirlas pero tragó reprimiéndolas, no era el momento para ello.

Luego escuchó un grito desgarrado y se obligó a correr hasta aquel sonido ignorando la matanza anterior, ya que a diferencia de las pobres almas que estaban humilladas contra la piedra, los que gritaban aún estaban vivos y podían ser salvados. Haría lo que fuera para salvar aunque sea a una persona del vil destino que acechaba esa noche.

Al pasar por una de las grandes puertas se topó con la más horrible de las escenas; mujeres y hombres muertos frente a otro que permanecía arrodillado y amarrado en el suelo y quién lloraba y gritaba, destilando odio mientras los otros, que no se parecían en nada a los habitantes del pueblo que afuera era consumido por las llamas, se destornillaban de risa y bebían lo que parecía ser licor.

"Ellos son el enemigo esta noche…", pensó con no poca furia.

Uno de ellos le arrancó lo que parecía ser un collar a uno de los muertos, una hermosa mujer de pelo largo y oscuro que se encontraba sobre el cadáver de otro hombre también de pelo oscuro y muy grande. Junto a ella estaba otra mujer, un poco más mayor pero de igual hermosura y que tenía el color de pelo del hombre que gritaba abatido.

En el centro de la estancia había otro cadáver de una mujer desnuda, le habían atravesado el vientre y los otros hombres, también rubios, eran despojado de sus armaduras. Uno de los asesinos jugaba como un bufón con la corona del que parecía ser el rey muerto.

Isabella se encontraba asustada ante el dolor y el odio que podía percibir proveniente del hombre arrodillado, tuvo que refugiarse bajo una columna adornada por un estandarte con un escudo de armas con un león y tres tréboles que rezaba las palabras: Tapachd, creidheamh is gliocas(2). A pesar que no podía dejar de observar al hombre, casi hipnotizada.

Isabella observó a los que probablemente eran los asesinos de todas esas personas y los causantes de lo que afuera ocurría. Sabía lo que eran, los conocía, los había estudiado; eran unos oportunistas y ladrones vikingos, y sintió la misma rabia e indignación que sentía el hombre que lloraba delante de ella.

El dolor del desconocido se clavó en su alma y cuando uno de los vikingos le levantó la cabeza al afligido hombre su mirada cayó sobre ella.

Hubo conocimiento a la vez que confusión por parte de ambos, ella se cubrió la boca para no gritar mientras lo miraba. Los ojos del hombre describían todos los horrores que había presenciado, pero lo que más la sorprendió fue ver que esos ojos eran exactamente iguales a los que había visto en sus anteriores sueños.

Sin embargo, estos eran verdes, pero destilaban la tristeza, y a la vez, el mismo calor que a veces la hacía estremecer.

El odioso vikingo colocó una espada en el cuello del hombre quien no se inmutó sino que siguió mirando a Isabella con curiosidad y cuando el vikingo le cortó la garganta ella despertó de aquella pesadilla dando un fuerte grito.

Continuará…


Bien, ya han conocido a Isabella. La próxima semana tendremos a Edward o como me gusta llamarle: mi guerrero celta. Espero que les haya gustado, como siempre las palabras en griego y gaélico usadas acá se las dejo más abajo.

Un agradecimiento especial a las que me siguen, las que me dejaron reviews y las lectoras silentes. Hasta la próxima actualización.

1. Uiéi: Hija en griego.

2. Tapachd, creidheamh is gliocas: coraje, fe y sabiduría en gaélico.