ADAPTACIÓN ESTA HISTORIA NO ME PERTENECE (MUNDO ALTERNO)

TITULO: DESEO SALVAJE

TITULO ORIGINAL: DESEO SALVAJE

AUTORA ORIGINAL HISTORIA: GENA SHOWALTER

AUTOR ORIGINAL PERSONAJES: KISHIMOTO - SENSEI

PROTAGONISTAS: ITACHI UCHIHA Y SAKURA HARUNO

SIN FINES DE LUCRO

Capitulo 20

Una Tigresa auténtica… ay, diablos. Si no lo sabes a estas alturas, no eres una Tigresa de verdad. Dedícate a la jardinería o a algo y déjalo estar.

El día de la fiesta conseguí recuperar la compostura. Bueno, al menos daba esa impresión externamente. Después de pasar horas intentando encontrar mi prado de felicidad, sin éxito, me di un bofetón en la cara y me reuní con Itachi en el hotel. Estaba a su lado; esperando en la puerta del salón de baile y animando a los invitados a entrar.

Para vuestra información, no estaba vestida como una chica del harén, sino con un vestido de verano rojo brillante.

Debo decir que la decoración había quedado fantástica. Toda la zona parecía salida de Las mil y una noches. Había bailarinas del vientre y magos, y almohadones de tonos coordinados por el suelo.

Las mesas y paredes estaban rebosantes de joyas.

Abundaban las flores. Había una cascada de ponche color rosa e incluso una fondue de chocolate.

Sonaba una música suave y romántica de fondo.

Seis hombres medio desnudos esperaban fuera del salón con una litera de terciopelo. Cuando llegara Mikoto, la pondrían encima y la llevarían dentro.

Hinata y Ino, disfrazadas, con velos y gasas, ofrecían bebidas y aperitivos a los invitados mientras paseaban por el salón. Neji no se apartaba de Ino y ninguno de los dos dejaba de sonreír. Naruto Uzumakino se apartaba de Hinata y ellos también sonreían.

Había amor en el ambiente.

Retortijón estomacal, retortijón estomacal.

Itachi me presentaba como su prometida, en vez de como planificadora de la fiesta. Todos me sonreían y juro por Dios que me miraban de arriba abajo, intentando dilucidar que veía Itachi en mí, por qué me había elegido. La verdad, ni yo misma lo recordaba en ese momento.

Retortijón, retortijón.

Cuando los ciento y pico invitados estuvieron allí; había obligado a Itachi a reducir la lista, ayudé a todos a buscar escondites. Mikoto estaba a punto de llegar y, al fin y al cabo, era una fiesta «sorpresa».

—Aquí está —dijo Itachi, cuando un mensaje de texto en su móvil lo alertó.

—Silencio, todo el mundo —ordené.

Atenuamos las luces para que las velas iluminaran la escena. Se hizo un intenso silencio y oímos a Mikoto soltar una risita al otro lado de la puerta. Itachi se acercó a mí y decidió que era buen momento para besarme. No pude resistirme, nunca podía resistirme. Cuando sentía sus labios en los míos, nada más importaba. Ni el pasado ni el futuro. Ni los miedos que me atenazaban y me impedían dormir.

Gong. Gong.

Las puertas se abrieron y la sofisticada Mikoto Uchiha hizo su entrada acarreada por sus esclavos medio desnudos. Itachi y yo nos separamos. Mikoto llevaba un conservador traje pantalón marrón, y el pelo plateado recogido. Su esposo seguía a la litera sonriendo de oreja a oreja.

—Estoy deseando hacerte mi esposa mañana —dijo Itachi con ternura.

Me quedé quieta y las palabras bombardearon mi mente. «Esposa. Mañana». Palabras que había conseguido aparcar en el lugar más recóndito de mi mente, al menos un rato. «Esposa. Mañana».

—¡Sorpresa! —gritó todo el mundo.

Yo no me moví. No hablé.

Incluso tumbada en la litera como estaba, Mikoto interpretó bien su papel. Se llevó las manos a la boca.

—No puedo creer que hayáis hecho esto —dijo, tapándose la boca con las manos.

Todo el mundo rió.

Yo no, miré a Itachi, su fuerte barbilla, sus pómulos, su nariz recta. Sus labios suaves. Sus ojos azul brillante. Había pasado tanto tiempo dentro de mí en las últimas semanas que apenas sabía quién era yo sin tenerlo allí.

—Tengo que hablar con mi madre —me dio un beso en los labios—. ¿Estarás bien sola?

—Sí —dije con suavidad. Él me besó otra vez, con más fuerza, y se alejó.

Había intentado negarlo, con valentía, pero no podía negarlo más. No podía engañarme o simular que sólo sentía lujuria. Lo amaba. Y mucho. Todo mi cuerpo pulsaba con esa verdad. La rugía.

Se me contrajo el estómago con fuerza. El amor era peligroso. El amor podía arruinar mi vida. «Esposa. Mañana. ESPOSA. MAÑANA», Todos mis miedos alzaron la voz al mismo tiempo.

«Lo amarás para siempre, pero ¿cuánto tiempo te amara él?».

«Es demasiado bueno para ser verdad».

«Se cansará de ti poco después de la boda».

«Te engañará. Los hombres siempre lo hacen».

Kakashi no había engañado a mi madre, me recordé con desesperación. Y Itachi no había hecho nada que mereciera mi desconfianza.

«Aún no, quieres decir».

Me costaba respirar. Era como si estuviera atrapada en una pequeña caja sin aire. Dando vueltas y vueltas, impotente, gritando sin que nadie me oyera.

«Itachi viaja todo el tiempo. Aunque no sea su intención, un día, en algún sitio, ocurrirá algo… ».

«Te dejará hecha una piltrafa de mujer».

Incluso en ese momento había mujeres vestidas de verde acampadas alrededor del hotel.

No podía hacerlo, pensé, moviendo la cabeza.

¡No podía! No quería ser una esposa olvidada e indeseada. Otra vez no. Si no me hubiera enamorado de él, quizá habría seguido adelante. Si no le hubiera entregado mi corazón podría haberme arriesgado. Ya no.

Oh, Dios mío, oh, Dios mío, oh, Dios mío. ¿Qué iba a hacer? ¿Cómo iba a salir de ese lío?

—Respira, Sakura, respira —me dije.

El resto de la fiesta pasó como una neblina.

Itachi hablaba con la gente y yo, a un lado, me preguntaba cómo iba a escaparme de mi boda. No podía darle a Itachi la oportunidad de que me rompiera el corazón. No podía permitir que otro hombre me destrozara.

No podía vivir otro divorcio.

«Y eso es lo que ocurrirá si te casas con él. Se divorciará de ti y te quitará todo por lo que tanto has trabajado por conseguir». Callaos, quería gritar. Tenía que silenciar a mis miedos. Habían ganado. No podía casarme con él. ¿Por qué no se callaban de una vez?

—¿Estás bien? —Hinata apareció ante mí de repente, con una bandeja de… lo que fuera. Algo marrón y blando—. Pareces pálida.

—Estoy bien, gracias. ¿Y tú? —ignoré la comida.

—Muy bien —hizo una pausa—. ¿Estás segura?

—Sí.

—Tal vez Naruto podría…

—Déjame en paz, Hinata —no quería verla con Naruto. No quería hablar con Naruto. Eran una pareja feliz. En ese momento odiaba a las parejas felices y a la gente que las componía. Esas personas tenían algo que yo no: coraje para vencer sus miedos.

—Si estás segura… —se alejó, arrugando la frente.

—¿Estás bien? —preguntó Ino unos minutos después. Me ofreció su bandeja de bebidas.

—Estoy bien —ignoré las bebidas.

—Hinata dice que estuviste brusca con ella.

—He dicho que estoy bien.

—¿Qué ocurre, Sakura? —escrutó mi rostro—. Pareces la mismísima muerte. Neji podría…

—Déjame en paz, Ino. Por favor —se me cascó la voz. Soné como si me estuvieran torturando. Me rompía por dentro. Me derrumbaba. Moría—. No hables de mí con Neji, ni con nadie.

Sin decir otra palabra, se apartó de mí. La traidora fue directa a Neji y le dijo algo. Él me miró, arrugó la frente y fue hacia Itachi y le dijo algo.

Itachi que estaba manteniendo una risueña conversación con su madre, se volvió hacia mí y frunció el ceño. Sus ojos se oscurecieron con preocupación. Empezó a caminar hacia mí. Fue como si viniera a cámara lenta, cada paso resonaba en mis oídos. Se me aceleró el corazón y se me heló la sangre.

«Demasiado bueno para ser verdad».

«Engaño».

«Sufrimiento».

«Dolor de corazón».

No le di oportunidad de alcanzarme. Eché a correr. Salí del salón de baile, del hotel y corrí por la acera. Creo que oí a Itachi gritar mi nombre, pero seguí corriendo. Tenía que huir. No podía enfrentarme a él en ese momento.

Al final de la manzana me quedé sin aire. Las lágrimas me quemaban los ojos y surcaban mis mejillas. Paré a un taxi.

En casa, me cambié de vestido y preparé una bolsa. Itachi telefoneó seis veces, pero no contesté. El primer mensaje era de preocupación: «¿Qué ocurre? ¿Por qué has salido corriendo, cariño? ¿Necesitas estar un rato a solas?».

El segundo: «Llámame cuando oigas esto, cariño. ¿Dónde estás? Estoy preocupado por ti. »

Para el sexto, soltó un gruñido gutural: «Maldición, Sakura. Llámame».

Se oían coches de fondo y supe que venía a mi piso. «Sólo cree que te quiere», gritó mi miedo más profundo. «Un día se alegrará de que lo dejaras».

—Callaos. Callaos, callaos, callaos —esas voces estaban volviéndome loca, sacando mi mundo de quicio. Tenía que irme de allí. Estar sola. Encontrar paz.

Fui al único sitio donde nadie pensaría en buscarme, el aeropuerto. Compré el billete mas barato que había, que resultó ser a Oklahoma, donde había estado con Itachi, y esperé en la terminal.

Mi sangre se enfriaba a cada segundo que pasaba.

Cuando por fin anunciaron mi vuelo, empecé a temblar. Pero subí al avión, paso a paso. «Estás haciendo lo correcto. Un matrimonio con Itachi nunca habría durado». Me aferré a los reposabrazos mientras despegábamos y grité en silencio cuando estuvimos en el aire. No dejé de temblar en ningún momento y, sí, vomité. Varias veces.

Sorprendentemente, llegué a Oklahoma City viva y bien. Me senté en el primer asiento vacío que vi, para respirar e intentar calmarme. «Ya no tendrás que tratar con Itachi. Ya no puede hacerte daño».

—Cállate —grité.

Varias personas se volvieron para mirarme, pero nadie se acercó ni dijo nada. Descubrí, allí sentada, que el pitido de mis oídos moría lentamente. Mis miedos se acallaban por fin.

Por primera vez en varias horas, empecé a respirar de verdad. Dentro, fuera. Tomé tanto aire como pude. Entretanto, la gente pasaba por delante de mi asiento. Parejas, solteros, niños. Todos iban a algún sitio, haciendo su vida y viviendo lo mejor que podían.

Sí, viviendo.

Con un súbito destello de claridad, comprendí que yo no lo había estado haciendo. En realidad no. Sólo había vuelto a la vida con Itachi. De hecho, antes de él había vivido a cámara lenta, día a día, pero sin forjarme un futuro real.

Igual que mi miedo a volar, mi miedo a las relaciones me había aplastado y mantenido fija en un lugar. Siempre ese miedo de estrellarme y arder, en un avión o fuera de él. Había tenido miedo. Había, dejado que el miedo me dominara.

Era una cobarde. No una Tigresa. Ni siquiera era una mujer completa.

¿Quería vivir así el resto de mi vida?

No. Dios, no. Diablos, no.

Si muriese en ese momento, me iría a la tumba con mucho que lamentar. Eso era lo que conseguían miedo, preocupación y ansiedad. Hacían que una persona se estancara. Y yo no quería seguir estancada.

Sasuke no me había roto.

De repente comprendí que era la verdad. Sonreí lentamente al darme cuenta que no le había deseado a mi ex que ardiera en el infierno, como cada vez que pensaba en él. No me había roto. En cierto modo, él era la razón de que hubiera conocido a Itachi. Si Sasuke y yo no nos hubiéramos separado no habría iniciado mi propio negocio. Y no habría conocido a Itachi.

Itachi… Dulce, tierno y cariñoso Itachi. Era honorable. Me deseaba. Me amaba. No se parecía en nada a Sasuke, ¿por qué había permitido que los miedos que Sasuke había provocado en mi afectaran a nuestra relación?

«Cobarde, idiota, boba».

—Pero ya no —dije con firmeza, sin importarme quien lo oyera.

No podía predecir lo que traería el futuro, pero sabía que siempre querría a Itachi. Y amarlo no tenía que ser algo malo, como había temido. Hasta el momento había sido salvaje, maravilloso, puro júbilo.

Sufrir era parte de la vida. No podía evitarlo, hiciera lo que hiciera. Sin la voz del miedo golpeteando en mi cabeza, supe que era la verdad. Permitirme experimentar cosas buenas, como el amor, me ayudaría a soportar las malas cuando llegaran.

—Voy a estar bien —le dije a la señora que pasaba ante mi asiento—. De veras que voy a estar bien.

Ella me lanzó una mirada rara y siguió su camino.

Pasé toda la noche en el aeropuerto, esperando el primer vuelo de vuelta a casa. No dormí, preparé una lista para Itachi. Con cada cosa que añadía, me sentía más fuerte, más segura de que estaba haciendo lo correcto.

De hecho, sólo me quedaba decirle lo que había decidido, si quería hablar conmigo. Pero no iba a tener miedo. Lo obligaría a escucharme si hacía falta.

No más miedos para Sakura Haruno. Por fin era un Tigresa. Me enfrentaría a la vida como llegara. Amaría y sería amada.

El vuelo de regreso se retrasó por la lluvia y cuando por fin despegamos, la turbulencia casi me mató de un infarto, y yo casi maté a la mujer que tenía al lado a fuerza de apretarla. Pero lo conseguí. Sobreviví al vuelo.

Me eché la bolsa al hombro y corrí por la terminal hacia la salida. Paré un taxi y me metí dentro.

—¡A toda máquina! —le dije al conductor.

Por suerte, el piso de Itachi no estaba demasiado lejos. Pagué al taxista y corrí al edificio. Pero…

Itachi no estaba. Y no contestaba al móvil.

Piensa, Sakura, piensa. ¿Dónde puede estar?

Llamé a su madre, no contestó. Llamé a Hinata y a Ino, no contestaron. Llamé a Neji y tampoco contestó. Sin saber qué otra cosa hacer, subí a otro taxi y fui hacia la iglesia que había reservado para nuestra boda. Una boda que se habría celebrado unas horas antes si no me hubiera acobardado.

Quizás estuviera allí, explicando a los invitados que yo era una veleta que lo había dejado plantado.

Cuando llegué, abrí las puertas de par en par.

—Itachi —llamé. No sabía qué esperar, pero desde luego no lo que encontré—. ¿Itachi? —miré con asombro a mi alrededor y mis ojos se llenaron de lágrimas.

Todo el mundo estaba en su sitio, de pie, mirándome con expectación. No había coches en el aparcamiento, pero todos estaban allí.

Ino y Hinata estaban ante el altar, a la izquierda de Itachi, y Neji estaba a su derecha. Mi madre y Kakashi me sonrieron, dándome ánimos. Incluso Rachel estaba allí. Y Jennifer, que me tiró un beso. Los padres de Itachi me saludaron con la cabeza y me fijé en que tenían lágrimas de felicidad en los ojos.

—Ya era hora —masculló alguien.

—Calla —reconvino otra persona.

Apreté una mano contra el estómago. Itachi me miraba con expresión neutra. Llevaba esmoquin y estaba guapísimo, yo llevaba vaqueros y una camiseta arrugada. Y tenía el pelo hecho un desastre.

Fui hacia él con determinación. Tragué saliva y, con el corazón desbocado, le di la lista escrita.

—Toma —dije—. Esto es para ti.

No dijo nada. Se limitó a leerla, sin cambiar de expresión.

—¿Por qué estás aquí? —pregunté con voz queda.

—Decidí correr el riesgo, pensando que aparecerías —su expresión no varió—. ¿Por qué estás tú aquí?

—¿No has leído la lista? —había decidido arriesgarse. Dios, amaba a ese hombre…

—Necesito oírtelo decir, Sakura —sus ojos, fieros, buscaron los míos.

—En la lista explico todas las razones por las que no puedo vivir sin ti. Las razones por las que te quiero —mis ojos se llenaron de lágrimas. Yo también iba a arriesgarme—. Eres listo. Eres honrado. Eres divertido. Eres apasionado. Y eres… tú. Eres mío. Quiero a este hombre —grité, volviéndome hacia la congregación—. Lo quiero y quiero casarme con él. Quiero tener sus hijos.

Se oyeron varios ohs, ahs entre la gente. Me volví hacia él. Itachi y yo tal vez tuviéramos tropiezos por el camino, pero el viaje merecía la pena.

—Te amo —le dije—. Te quiero muchísimo y quiero estar contigo, ser tu esposa, para siempre. Puede que haya tardado un poco en decidirlo, pero la final he llegado a la iglesia. Considera esto mi solicitud.

—Gracias a Dios —sonrió y me dio un abrazo.

—¿Sigues queriendo casarte conmigo? —pregunté esperanzada.

—Bueno, tu PDA dice que tenemos una cita hoy —puso las manos en mis mejillas.

—Dímelo tú —sonreí.

—Sí, Sakura —besó mis labios—. Aún quiero casarme contigo. No soy nada sin ti. Te quiero desde el momento en que te vi. Ibas vestida de verde y he estado obsesionado con ese color desde entonces.

Sus palabras me golpearon con fuerza. Pensé en todas esas mujeres vestidas de verde ante su edificio. Todas las mujeres que le habían enviado fotos con lencería verde, o el cuerpo pintado de verde.

Yo era la razón de todo eso. Yo. Me tapé la boca con una mano temblorosa, asombrada de mi poder.

Si había quedado alguna duda sobre el compromiso de Itachi, desapareció. Ese hombre me quería tanto que había recordado el primer vestido con el que me vio y quería ver a todo el mundo con el mismo color. Estaba loco por mí.

Y yo por él. Bajé la mano y le sonreí.

—Entonces, ¿podemos empezar? —preguntó el pastor con un suspiro.

Mi sonrisa se amplio. Itachi volvió a besarme.

—Podemos empezar —dijimos al unísono.

POR FIN SE CASARON, TANTAS COSAS QUE PASARON POR LA INSEGURIDAD DE SAKU PERO LO BUENO QUE YA SE CASARON E ITACHI FUE UN AMOR CON ELLA YA SOLO FALTA EL EPILOGO PARA TERMINAR ESTE INCREÍBLE FIC :)

GRACIAS

Ofi Rodriguez