De Meyer y Kenyon, las grandes mentes que me han hecho conocer tantos mundos dentro de las páginas de sus maravillosos libros.


Capítulo 2

Somos la Oscuridad. Somos la Sombra. Somos los Dueños de la Noche.

Nosotros, solos, nos interponemos entre la humanidad y aquellos que quieren verla destruida.

Somos los Guardianes.

Los Cuidadores sin Alma. Nuestras almas nos fueran arrebatadas para que no alertáramos a los Daimons que perseguimos.

En el momento en que ellos nos ven venir, ya es demasiado tarde.

Los Daimons y Apólitas nos conocen. Nos temen.

Somos la muerte para todos aquellos que acechan a los humanos.

Ni Humanos, ni Apólitas, nosotros existimos más allá del reino de los Vivos, más allá del reino de los muertos.

Nosotros somos los Dark-Hunters. Y somos eternos(1).

El daimon fue enviado estrepitosamente contra la malla ciclónica que rodeaba todo el bosque del parque Louis Armstrong, provocando que esta hiciera su característico sonido chirriante y molestoso. El daimon gimió de dolor y su atacante sonrió con malicia.

—¿Te rindes, Barbie Malibu? —le preguntó con sorna, haciendo alusión a su pelo rubio y largo.

El daimon le enseñó los colmillos en señal de desafío pero el Cazador Oscuro puso los ojos en blanco. Cuando el daimon se abalanzó contra él para atacarle el legendario guerrero lo repelió con extrema facilidad enviándolo otra vez contra la malla. El antiguo rubio invocó una espada y volvió al ataque, el guerrero otra vez lo esquivó, esta vez desarmándolo y enviándolo contra el suelo. Se le quedó mirando como si fuera un alienígena.

Sinceramente, no sabía qué estaba haciendo, por lo general no jugaba al yo-yo con los daimons. Usualmente se limitaba a matarlos después del primer ataque, pero ya tenía luchando con este más de quince minutos.

Había salido frustrado de casa, quería sacarse toda la mierda de dentro. Los recuerdos de su pasado le asaltaban y estaba tan furioso que solo quería destripar muy despacio a los daimons que esa noche se le atravesaban y el que estaba en el suelo le había salido su número únicamente por cruzarse en su camino.

El daimon juró en griego antiguo y eso lo enfureció más al Cazador Oscuro. Su paciencia tenía un límite y no dudo en atravesar al daimon con su espada. Este explotó con un brillo de polvo dorado que el viento regó por todo el lugar.

Suspiró y su mente fue asaltada por los recuerdos de la pesadilla que le había estado atormentando por más de tres semanas. Era unas escenas que su subconsciente se empeñaba en mostrarle cada vez que cerraba los ojos. El día en que murió y perdió todo lo que amaba.

Había sido una rara pesadilla, no por la sangre, las muertes y el fuego, los cuales eran elementos que constantemente veía en su cabeza, sino por la extraña adición a ellos: la mujer gritona de ojos castaños. La primera vez que la vio su gritó le hizo despertar con el corazón desbocado y bañado en sudor.

Jamás la había visto antes, ni en vida, ni después de su muerte. No pertenecía a su pasado y si la hubiese conocido en su presente jamás hubiese olvidado semejante rostro. Era absolutamente hermosa, su larga caballera castaña caía sobre sus esbeltos hombros, sus grandes ojos castaños estaban llenos de una pureza y luz que jamás había visto y esa piel de alabastro celestial que invitaba a ser acariciada podría asegurar de que era suave y perfecta.

Poseía el cuerpo de una diosa, elegante, etéreo y aparentemente frágil, pero algo le decía que era todo lo contrario. Aunque esos ojos que lo observaban reflejaban miedo, sabía que detrás de ellos había una determinación y un coraje que alguien como él respetaba viniera de quién viniera.

Por más vueltas que le diera a la cabeza, sabía que probablemente la visión de esa mujer era producto de una mala jugada de su mente. Habían pasados siglos desde que él y su familia perdieron todo lo que habían tenido y en noches como esas, los recuerdos eran más profundos y más dolorosos.

Qué más daba si esa mujer estuvo o no estuvo esa noche cuando él fue asesinado, eso no cambiaba los acontecimientos de su presente, ya habían pasados mil cuatrocientos años y los amargos recuerdos debían ser enterrados.

Saliendo de sus pensamientos se sacudió todo el polvo dorado que había caído sobre su ropa oscura y volvió a su modo de batalla. Miró su reloj y quedó contento al observar que aún era bastante temprano y podía continuar haciendo su trabajo. Cazar daimons.

Los daimons eran antiguos apolitas descendientes del dios Apolo y a quienes el mismo dios del sol maldijo a vagar en la oscuridad y a alimentarse de la sangre de sus parientes; por ello, los dotó de colmillos, y a morir en su vigésimo séptimo cumpleaños de una manera cruel y terrible.

Un apolita solo podía evitar este triste final cazando y alimentándose de las almas de los humanos, y así terminaban convirtiéndose en daimons o en vampiros, como erróneamente los llamaban los ingenuos humanos.

Ante tal desastre creado por el mismo Apolo al no medir las consecuencias de su maldición, la diosa Artemisa se vio en la necesidad de crear a los Cazadores Oscuros, quienes en vida habían sido humanos y al morir trágicamente consagraron sus almas a la diosa de la luna por un solo acto de venganza contra quién los hubiera agraviado en vida.

Después de sellar el trato, Artemisa dotaba al nuevo Cazador Oscuro de poderes distintivos en cada uno, pero los limitó a vivir en la oscuridad y les dio colmillos para recordarles constantemente contra quiénes luchaban.

Y ese trato lo habían sellados a todos los Cullen la noche en la cual fueron asesinados. Cuando Artemisa les brindó su único acto de venganza los siete fueron contra los vikingos que habían destruido su pueblo y asesinado a su gente; llenaron con su sangre y miembros sucios toda la costa de la bahía de Laggan por donde los invasores pretendían huir para continuar con sus fechorías.

En Escocia, a pesar del transcurso de los siglos, todavía se contaban las leyendas del clan Cullen, quienes regresaron de entre los muertos para vengar su sangre. Una leyenda que se había convertido en parte del folklore popular y él era parte de ella y estaba vivo. Era un caminante nocturno, un Cazador Oscuro y era malditamente bueno en eso.

Edward Cullen, como humano había sido un formidable guerrero, pero como Cazador Oscuro, era más que formidable, era temible. Había tenido mil cuatrocientos años para perfeccionar lo aprendido como humano y lo que también había aprendido como un guerrero de la diosa de la caza.

Tenaz y con una velocidad envidiable, manejaba las armas como si fueran extensiones de su cuerpo agregándole a todo ello su capacidad para escuchar los pensamientos de los demás. Gracias a eso se había forjado un nombre entre el circulo de guerreros, sus enemigos lo conocían y sabían que era preferible huir antes que enfrentarse a él.

Esa noche no era la excepción, sabía que los daimons huían de él. Lo habían estado haciendo desde su llegada a New Orleans, pero él los sacaría de sus madrigueras y los volvería polvo. Artemisa no tenía en su poder el alma de un debilucho.

Con esa resolución en mente decidió volver a la plaza mayor del parque Louis Armstrong, centro de reuniones de los jonkys, músicos, artistas y charlatanes del Barrio Francés. Allí podías encontrarte con lo que sea y con quién sea. Aquel lugar siempre estaba lleno de música y fiesta en las horas nocturnas, era como entrar a otro mundo y era un imán para los daimons.

Caminaba entre los visitantes quienes le miraban con curiosidad e interés, provocaba los celos de los hombres y el deseo en las mujeres. Su cabello era un nido desordenado y atractivo de mechones rojizos, una cara perfilada y unos llamativos ojos negros que contrastaban con su piel clara y netamente escocesa.

Él era un hombre de impresionante altura y destacaba bastante con las prendas oscuras que vestía, pero sobre todo lo que más impactaba era ese andar felino y dominante, caminaba como si fuera el dueño del mundo y como si le importara un rábano quién se le atravesara por delante, él lo pisotearía y seguiría su camino.

El jazz de los grupos improvisados en medio de la plaza inundaban el lugar haciendo que la gente se agrupara para escucharlos con más atención y Edward observaba al público con interés. A su mente llegaban los pensamientos de cada uno de ellos.

Necesito un buen polvo.

Tengo que tomar un préstamo, necesito comprar ese auto nuevo.

Estoy gorda, debo ponerme a dieta.

Cuando se distraiga le sacaré la cartera del bolsillo. No se dará ni cuenta.

Pensamientos demasiados típicos, sujetos a la normalidad de la vida de la humanidad. Eran totalmente desagradables. Edward los consideraba una banda de imbéciles, eran todos unos idiotas preocupados por cosas banales.

Los humanos eran una raza llena de avaricia y deseos egoístas. Realmente no se preocupaban por lo que de verdad importaba, la misma vida, el día a día, la familia, el formarse así mismo como personas que trabajaran para su mundo, para hacerlo crecer en armonía. Consideraba que desperdiciaban esa vida, ellos eran tan frágiles y débiles que era mil veces mejor ser inmortal y vagar en la oscuridad.

Lo que no se dijo a sí mismo fue que a él la soledad lo estaba ahogando, más bien se repitió que daría cualquier cosa por dejar de escucharles, pero cuando aceptó aquel poder telepático no había pensado en las consecuencias que eso acarrearía.

Rayos, muñeco, te llevaría a la cama gratis si me lo permitieras.

Ese pensamiento provenía de una bella mujer que se encontraba a su lado, pequeña y de cuerpo agraciado. Vestía como una típica y moderna prostituta del Barrio Francés, pantalones cortos, una blusa de un fucsia escandaloso y más maquillaje que su cara podría soportar; para rematar al parecer se había echado encima todas las perfumerías del Canal Place(2).

A él no le sorprendió ni le desagradó el pensamiento y recompensó a la mujer brindándole una de sus inigualables sonrisas de anuncio de dentífrico, tan practicada y perfeccionada por siglos, perfecta para ocultar los colmillos que le dio Artemisa para recordarle su trabajo y que hacían que cada mujer que fuera víctima de esa sonrisa muriera fulminada a base de sonrojos y sonrisas tontas.

Un hombre gritó que alguien le había asaltado justamente cuando un chico de unos catorce años corría hacia Edward con lo que parecía ser una cartera masculina entre sus manos. Edward respondió deprisa utilizando su agilidad para interponer unos de sus pies con el pillo y hacerlo caer.

La cartera cayó de sus manos y el chico se levantó asustado del suelo emprendiendo la huida, sin su botín y con una lección aprendida. Antes de que el dueño de la cartera se acercara a él para agradecerle el gesto, Edward abandonó el lugar.

Sé parte del mundo, pero no participes en él(3).

Era otro credo Cazador Oscuro. Edward era un actor más en el teatro de la vida, pero era un actor pasivo sin papel aparente, era protector y guardián de los humanos pero no se sin mezclarse con ellos, estaba prohibido y para él estaba bien, aunque a veces añorara el contacto con alguien fuera de su círculo habitual y solitario.

Se podía decir que él tenía la suerte de tener a su familia todavía consigo, pero no era así, aunque sus padres y sus hermanos eran también Cazadores Oscuros, no podían verse entre sí. La opción había sido vetada por la misma Artemisa y de todas formas, aunque pudiera hacerlo no tendría sentido, su hermano y su hermana tenían a sus parejas y sus padres se tenían entre sí para apalear la soledad.

Él no tenía cabida en ese grupo de emparejados, era la silla que sobraba en el comedor y el odio visceral que la esposa de su hermano sentía contra él era muy difícil de manejar, ella lo acusaba de ser el responsable de que todos ellos estuvieran condenados a vagar por la eternidad en medio de la oscuridad a sabiendas que el trato no solo lo había hecho él, sino su padre y sus hermanos.

A su cuñada, el dolor de madre le hacía hablar y pensar de ese modo; ella hubiese preferido morir mil veces junto a su pequeño hijo que vivir sin él. Rosalie Hale lo sacaba de sus casillas, acusándolo, odiándolo y poniéndolo en contra de su hermano mayor y no ponía en duda que ambos algún día blandirían sus espadas para luchar y eso, sabía, le dolería mucho a ambos.

No porque su hermano pensara que Rosalie tuviera la razón, sino porque Emmett se dejaba influenciar demasiado por ella y Edward no dudaría nunca en echárselo en cara, a pesar de que sabía que Emmett también sufría por la pérdida del niño. Pero no sería el chivo expiatorio de la desquiciada de Rosalie, en vida jamás lo había sido de nadie y mucho menos ahora que caminaba sobre la línea de la muerte.

Su hermana Alice y su esposo Jasper se mantenían al margen. Sus padres servían de mediadores pero no era suficiente y él estaba cansado, así que valoraba bastante la distancia impuesta por los destinos a los siete.

Se encaminó hasta su Aston Martin negro, el cual había dejado en una calle solitaria cerca del parque. No le importaba dejarlo allí, a expensas de los ladrones, el auto tenía su propio mecanismo de seguridad contra mortales e inmortales.

Aún las calles continuaban atestadas de transito y personas, Edward desde la seguridad de su auto los veía ir y venir por las calles totalmente ajenos al peligro que los acechaba cada noche. Eran desconocedores de la fuerza maligna que se resguardaba en la oscuridad y que los veía como el platillo principal, el delicioso filete del menú, el aperitivo soñado y que él, con sus mundos oscuros y sus penas, era el único ser que los protegía.

Esa era su única motivación y estaba deseoso de encontrarse con otros daimons y así poder volver a sentir la adrenalina de hacia un rato. De repente sintió cierto cosquilleo recorrer todo su cuerpo, un aviso, una certeza de un visitante indeseado que se materializó en el asiento del copiloto.

—Deamhan(4)—juró con rabia al sentir la mirada libidinosa de su reciente acompañante.

—Hola corazón —le saludo con voz melosa.

Edward no respondió, se limitó a respirar profundamente y contener el mal genio que se había desatado en su interior. La mujer a su lado era despampanantemente hermosa, poseedora de un cuerpo de infarto que cubría con un largo peplo(5) blanco y dorado que le marcaba perfectamente la figura y sus turgentes senos, su pelo tan rojo como el fuego lo tenía recogido con una pesada trenza que le rodeaba la cabeza.

—¿No me vas a dar un beso de bienvenida? —le preguntó la mujer. Ella alargó su mano para tocarlo pero él se lo impidió.

Edward estaba que explotaba el mundo. La odiaba y odiaba todo lo que significaba. Ella era parte de la maquinaria que lo mantenía día tras día en ese mundo oscuro y sin esperanza. Sentía un desprecio atroz por esas mujeres griegas y lo que representaban. Solo habían aparecido para joderles la existencia. Artemisa con su trato y Tanya con su falsa amistad.

—No me toques —ladró con tirria. La pobre mujer se agazapó en el asiento cuando sintió la mirada rabiosa del Cazador Oscuro sobre ella—. ¿Qué demonios haces aquí? —le preguntó irritado, agarraba tan fuerte el volante que en cualquier momento podría partirlo en dos.

—¿No puedo ver a mi amigo? —le inquirió en un tono de queja y voz melosa que provocaba que Edward quisiera devolver una y otra vez su estomago.

Él lanzó una sonrisa irónica y amarga, ellos podrían ser de todo menos amigos. Se conocían desde hacía unos quinientos años, ella se había aparecido ante él en medio de una emboscada daimon, solo recordaba la paliza que intentaron darle esos malnacidos y de la cual se libró gracias a sus habilidades y no a la ayuda de Tanya; ella solo se limitó a observar y aplaudir cuando él hacía estallar cada daimon que se le acercó esa noche.

Cuando la batalla terminó y él quedó arrodillado en el suelo sangrando y mal herido, ella se acercó y le sonrió como una puta, para luego decirle descaradamente que quería ser su amiga porque al parecer era muy lindo y él merecía tener como amiga a una kory(6) de Artemisa.

Era muy creída y demasiado cómica, pero era una cosa muy normal entre los dioses, no importaba si fueran superiores, inferiores o simples servidores inmortales. Todos ellos se consideraban superiores a cualquier raza que caminara sobre la faz de la tierra.

—No somos amigos —replicó a modo de recordatorio, más y más disgustado. Si no lograba deshacerse de ella se olvidaría de su estatus como servidora de Artemisa y la decapitaría con su propia espada.

Detestaba aquella obsesión que ella tenía por él. Lo asediaba cada vez que podía y él estaba casi seguro de que quería llevárselo a la cama, cosa que no hacía por las represalias que caerían sobre ella si Artemisa se llegaba a enterar.

Se suponía que las korys debían ser vírgenes dado que eran servidoras de la diosa de la virginidad y los Cazadores Oscuro tenían prohibido tener relaciones amorosas, ni con sus parejas de su vida humana ni con los ligues que pudieran obtener siendo un cazador, a menos que existiera amor verdadero y este fuera correspondido como para que el Cazador Oscuro pudiera recuperar su alma. Esa era la clausura en el contrato para que el cazador retomara su vida como humano y mortal.

Por lo tanto jamás había sentido esperanza con Tanya, ella solo quería un revolcón y cuando se le pasará la fascinación lo botaría como un trapo viejo. Así que no le daría el gusto, primero se entregaría a la luz del sol antes de echar un polvo con semejante descarada.

—Pues deberías valorarme, Edward, no fue fácil escaparme de Artemisa para venir a verte —le discutió. Se cruzó de brazos y miró hacia la carretera con un gesto de enfurruñada que a Edward le pareció infantil y ridículo.

—Pues no debiste hacerlo —volvió a replicar con gesto de aborrecimiento.

Él estaba seguro de que sería muy feliz si Artemisa castigara a Tanya por atreverse a reunirse con un Cazador Oscuro, hasta se atrevería a vender su alma por una segunda vez para que eso sucediera, pero el destino tenía sus maneras de actuar y por varias razones Tanya se había empeñado en ser "su amiguita".

—¡Tenía que hacerlo! —Gritó descruzando sus brazos y agitándolos en el aire—. Artemisa está insoportable, está furiosa y cualquiera que se cruce con ella corre el riesgo de perder la cabeza.

—¿Por qué? —Preguntó fingiendo interés. Artemisa era conocida por su ciclo menstrual eterno y su mal humor hormonal.

—Una Cazadora Oscura ha roto las reglas. Una tal llamada Esme.

La respuesta encendió todas las alarmas de Edward, quién frenó de golpe y casi provocó que Tanya quedara estampada al parabrisas del auto. Ella chilló de dolor y enfado, pero Edward no le hizo caso.

—¡¿Qué dijiste?! —le gritó. Estaba aterrado, necesitaba saber qué cosa había hecho su madre para provocar la ira de Artemisa.

—¿Se puede saber…?

—Responde —le ordenó sin permitirle que comenzara una buena sesión de quejas.

—Artemisa se ha enterado que esa Cazadora Oscura se ha reunido con su esposo y ha pasado la noche con él —contestó hastiada. El tema le resultaba poco interesante—. Te lo he dicho, Edward, las reglas se han hecho para romperlas. —Se acercó a él y colocó su mano sobre su pecho, la caricia pretendía ser seductora pero Edward se estremeció—, tú y yo podemos jugar cuantas veces queramos. Soy lo suficientemente tenaz como para evitar que Artemisa se enteré de lo que podemos estar haciendo —comentó con una sonrisa picara que no causaba ningún gesto de emoción en el Cazador Oscuro.

—¿Ya ha tomado represalias contra ella? —Pregunto ocultando su terror.

—No —, contesto Tanya todavía mostrando enfado a pesar de que era bastante obvio que a Edward le tenía sin cuidado su malestar—. ¿Tú la conoces? —le preguntó curiosa pero él no contestó y solo se limitó a continuar con el interrogatorio.

—¿Por qué no?

—Ese tal Gautier la tiene controlada —respondió resoplando de manera vulgar—. Él le ha asegurando que la Cazadora Oscura no le está haciendo daño a nadie.

La respuesta lo enfureció. Que el culo de su madre estuviera a salvo por el nuevo favorito de Artemisa no le agradaba. Nick Gautier era un hijo de puta que solamente pensaba en sí mismo y en sus necesidades, sabía que en cualquier momento iría a cobrarle el favor y a Edward no le gustaba deber favores. Él probablemente le cortaría el cuello a Nick antes de darle las gracias. Así de orgulloso era.

Y ese era uno de los motivos por los cuales dejaba que Tanya lo acosara hasta cierto punto. Ella era sus ojos en el Olimpo, cada vez que la veía ella se iba de boca y le contaba todo lo que ocurría en el templo de la diosa de la luna.

Se había enterado de tantas cosas a lo largo de los siglos gracias a ella y si quisiera podría hacer un libro de todo lo que sabía, pero no era lo suficientemente malévolo como para hacer una cosa así, no era su trabajo y había muchas cosas que mejor deberían estar ocultas.

Por ese motivo utilizaba a la bocazas de Tanya para poder proteger a su familia desde la distancia. No era que pudieran protegerse solos pero sus padres y en especial sus hermanos, habían demostrado una actitud despreocupada ante sus papeles como Cazadores Oscuros.

Era comprensible hasta cierto punto, todos estaban emparejados y era difícil mantener las distancias sobre todo cuando había un amor tan profundo entre cada uno de ellos y este sentimiento les hacia perder el juicio en ciertos momento e invocar la ira de la jefa mayor.

—Necesitas volver al Olimpo y vigilar a Artemisa. —No había sido una petición sino una orden.

—No tengo porqué hacer eso —discutió volviendo a colocar sus manos sobre el Cazador Oscuro, pero él la alejó de nuevo—. Yo quiero estar contigo.

—Pero tienes que hacerlo —le explicó mirando hacia el frente, escudriñando la noche e intentando no perder los nervios—, si Artemisa no te encuentra en su templo ten por seguro que tu inmortalidad pasara a la historia.

Tanya se estremeció por el miedo y eso sí que le causó placer a Edward, verla aterrada y preocupada era uno de sus mayores placeres. No era que gozara con el sufrimiento de una indefensa mujer, pero Tanya no era indefensa y mucho menos una mujer. Era una perra griega y aprovechada que le sacaría toda la sangre si él se lo permitía.

Por eso mantenía su odio a raya y la tenía como su espía personal. Tanya no estaba por enterada, era tan pretenciosa para consigo misma que no le importaban las personas a su alrededor. Ella no conocía a Edward y no conocía su historia, por eso no le sorprendía que no supiese que Esme era su madre biológica.

—Ahora vete —, volvió a ordenarle sin importarle los berrinches caprichosos de la mujer.

Tanya intentó volver a replicar por Edward se lo impidió con un gesto duro y frío. No era tonta, su "amiguito" no estaba de buenas, aunque realmente nunca lo estaba, pero esa noche en particular estaba sobre el borde y ella no quería hacerlo saltar, suficiente tenía ya con la diosa a la cual servía.

Sin decir nada y con un gesto de enfado se esfumó del auto dejando un haz de luz que desapareció tan rápido como ella. Edward respiró agradecido, era demasiado hastío y presión para un solo día.

Tomó su celular y decidió llamar a la única persona que podía darle razón de su madre pero el teléfono sonaba y sonaba y Edward entraba cada vez más en la desesperación.

"Hola, ha llamado al móvil de Acheron Parthenopaeus. En estos momentos no puedo atenderle, le devolveré la llamada tan pronto pueda. Hasta luego".

Edward maldijo. Acheron, conocido comúnmente como Ash, era el líder y mediador de los Cazadores Oscuros ante Artemisa. Él los había entrenado a todos y cada uno de ellos podía acudir a él cada vez que lo necesitasen.

Pero él era un alma errante y había días que era inlocalizable y menos en esos momentos en que el misterioso Acheron Parthenoapeus, hombre más viejo que el tiempo y de poderes incalculables, había sido flechado por el idiota de Cupido y estaba felizmente casado y llenando el mundo de niños.

—Màmag(7) ¿Qué pretendes hacer ahora? — preguntó al viento con el corazón envuelto en un puño de preocupación.

Si su madre era ejecutada seria una perdida terrible para las filas de los Cazadores Oscuros, sus poderes eran incalculables y era demasiado apreciada, pero Esme era muy imprudente cuando se trataba de su esposo o sus hijos. Edward la entendía aunque no quería que le pasara nada, era su madre y era entrañable el saber que a pesar que no podía verla seguía estando en su vida.

No obstante, no había mucho que hacer, estaba atado de manos ante tal situación y él probablemente no se enteraría del destino de su madre hasta mucho después de que Artemisa dictara sentencia por la afrenta cometida.

Confiaba en poder comunicarse con Ash un poco más tarde porque a pesar que ya no estaba al servicio las veinticuatro horas del día y los trescientos sesenta y cinco días del año, incluyendo el bisiesto, Acheron aparecía cuando era muy necesario y esa era una situación de gran importancia. Edward podría asegurarlo, Ash era el único que pondría remedio.

Decidió proseguir con su patrullaje porque su media vida debía continuar, había Daimons que asesinar.

Cuando se detuvo en una intercepción entre Dauphine Street y Ursulines Avenue a esperar que el semáforo le diera paso, vio una delgada mujer bajando la avenida desde el Santuario, iba a prisa como si estuvieran persiguiéndola, aunque le causaba gracia que estuviera caminando tan aprisa con semejantes botas de tacón que llevaba puestas.

En un principio no le dio importancia, en New Orleans, sobre todo en el Barrio Francés, se podía ver toda clase de locos corriendo de aquí para allá, pero cuando su alarma corporal se encendió y segundos después vio bajar por la misma avenida y en post de la mujer de las botas de escándalo a cinco altos rubios supo que no era una loca, sino alguien que quería evitar a toda costa convertirse en la orden de doble carne de esos hijos de puta.

Prácticamente los perdió de vista cuando continuaron bajando la calle, pero gracias a los sentidos que tenía Edward pudo seguirles la pista. Se detuvo en la entrada de un callejón que daba con la parte trasera de una de las tantas cafeterías que habitaban en la ciudad. El olor a beignet(8) y café de achicoria inundaba el lugar.

Al bajar del auto escuchó voces masculinas que se burlaban de alguien o algo y la voz de una mujer que con determinación pedía que la dejaran en paz. Edward aprovechó el manto de la noche para resguardarse en las sombras y acercarse al lugar donde se encontraban los daimons y la humana.

Los cinco la rodeaban. El que parecía ser el líder del grupo tenía colocado sus dos brazos a cada lado de la cabeza de la mujer, aprisionándola así contra la pared de ladrillos llena de grafitis y posters de viejas películas y obras de teatro impidiéndole la escapatoria.

El largo y abundante cabello castaño de la mujer le impedía ver a Edward su rostro, pero las emociones que podía percibir provenientes de ella le indicaban que ni siquiera estaba asustada, más bien estaba extrañamente pasiva, cosa que lo confundió aun más.

Los daimons hablaban entre sí y estaban bastante curiosos por la mujer. Uno de ellos examinaba con interés un medallón que tenía entre las manos y él que controlaba la mujer no le quitaba la vista de encima. Comenzó a hacerle preguntas en atlante, luego en griego para rematar en latín pero la mujer no respondió a ninguna de las preguntas generadas. Más bien giró su cabeza hacia el daimon que tenía el medallón y le habló.

—Será mejor que me devuelvas eso —le ordenó con una voz tan fría que Edward sintió escalofríos recorriéndole todo el cuerpo.

—¿O qué? —le preguntó el daimon en un perfecto inglés.

—O serás gravemente dañado —respondió con marcado desafío.

Los daimons estallaron en sonoras carcajadas. Edward tuvo que concederle algo de crédito a la mujer por atreverse a hablarles así, tal vez era demasiado valiente o muy estúpida, pero tenía buenos ovarios, sin duda alguna.

—¿Quién eres? —le preguntó el líder. Él no la dejaba huir del interior de sus brazos, pero ella tampoco había intentado hacerlo.

—Eso a ti no te importa —contestó y continuó mirando al daimon que tenía el medallón que al parece era de ella—. No lo toques —le ordenó e intentó llegar al tipo, pero el otro la sujeto por el brazo y la volvió a colocar contra la pared. Ella ni se quejó.

La misteriosa mujer se veía tan frágil entre los brazos del daimon, su cuerpo era diminuto aunque estaba bien formada; sin embargo, su voz, su voz estaba llena de una determinación impresionante, una determinación que había sentido en muy pocas personas mortales. Era como si estuviera dispuesta a dar batalla antes de caer.

Las mentes de los daimons era un bullicio de interrogantes, quería beberse su alma pero la mujer les parecía demasiado interesante sobre todo por el medallón. Edward intentó escudriñar la mente de la mujer pero solo había silencio, intentó ir más allá pero había un muro mental que le hacía retroceder y eso lo confundió aun más.

Los daimons continuaban con las preguntas y se estaban poniendo cada vez más y más nerviosos, así que Edward decidió intervenir antes de que lastimaran a la humana. Salió de entre las sombras y los daimons al acto sintieron su presencia, en especial el líder quien miró con arrogancia al Cazador Oscuro.

—Mocosos, ¿acaso sus mamás no les dijeron que no deben molestar a las niñas? —les preguntó con un dejo de burla y sarcasmo que los termino por enfadar más.

—¡Largo de aquí, imbécil! —le dijo con la voz rebosante de veneno el líder. La mujer frente a él no se movió.

—No me da la gana —respondió desafiante dándole una mirada llena de promesas de sangre y dolor.

Miró a la mujer que ya había sido liberada de las restricciones del daimon, ella seguía pegada a la pared, pero esta vez miraba al suelo. Edward no entendía por qué no salía corriendo en medio de toda esa distracción.

Dejo de prestarle atención cuando los cinco tipos versión Fabio(9) en un pestañeó invocaron espadas con las cuales defenderse de a quien consideraban su más peligro enemigo.

—Oh… esto será muy divertido —, exclamó Edward con emoción.

El primero en atacar no se hizo esperar, el chupa almas más joven rompió la formación que mantenía con sus demás compañeros y atacó con una rapidez sobre humana a Edward, quien logró esquivarlo con mucha facilidad a pesar de que los ataques lo obligaron a retroceder.

El Cazador Oscuro desenvainó su espada y con un golpe certero decapitó al Daimon quien explotó en una nube de brillo dorado. Un fuerte viento levantó toda la basura que había en el suelo del callejón y removió la chaqueta del cazador que se mostró más peligroso frente a los vampiros sin alma.

Esperó un grito que jamás llegó proveniente de la mujer pero ella seguía inmutable, agazapada contra la pared.

"¿Pero, qué diablos?"

No lo comprendía, ella continuaba tan quieta como si no estuviera en medio de aquella escena. A esas alturas deberías de estar histérica. Intentó acercársele pero los daimons le cortaron el paso.

Un halo de luna se coló por el callejón haciendo que la espada del Cazador Oscuro brillara tenuemente y los daimons furioso rugieron mostrando sus largos colmillos, dos continuaron con el ataque.

El saltó quedando en medio de ellos dos, pateó a uno enviándolo estrepitosamente al suelo haciendo que soltará la espada y al otro lo atravesó con la suya justo en el centro de la mancha en forma de tatuaje que tenía en el centro del pecho y que era el talón de Aquiles de los daimons porque cuando los herían allí ellos explotaban y así lo hizo él.

El poder y la energía corrían a raudales por las venas del Cazador Oscuro, quien sonrió con la arrogancia típica del que se sabía dominante de la situación. El daimon que había caído al suelo lo miró con temor y cuando logró ponerse de pie corrió entre los contenedores de su basura sin mirar atrás. Edward sacó del interior de su chaqueta lo que parecía ser una larga navaja y la envió en post del que escapaba. El viento arrastró el polvo dorado y la navaja cayó al suelo.

—¿También correrán? —les preguntó a los dos que quedaban. No se movieron.

—Señor, debemos irnos —, le exclamó asustado un daimon a su líder.

—¡No! —Gritó enfurecido, destilando furia y resentimiento. Señaló con su espada a Edward—. Hoy mueres, Cazador Oscuro —le amenazó.

—Mala versión de Fabio, por favor. Yo ya estoy muerto —, le recordó divertido—. Ahora si me vas a lanzar un discurso procura que sea antes de que te mate yo a ti.

—No sabes quién soy… —empezó a decir pero Edward terminó la discusión yendo detrás de su garganta, aunque el daimon fue más estatuto y usó a su compañero de escudo. El pobre infeliz también corrió con la misma suerte de sus compañeros.

A Edward le causó gracia. El arrogante frente a él le hizo ver que no era tan valiente como aparentaba. Se sacudió el polvo dorado de su cabeza y se echó a reír con ganas enfureciendo más a la sanguijuela que quedaba viva.

El daimon cortó la distancia y lo atacó, era muy rápido, más de lo que Edward pensaba, con movimientos certeros lo hacía retroceder y esquivar los golpes. Las espadas chocaban con fuerza demencial resonando furiosamente en medio del callejón.

El Cazador se emocionó, la adrenalina corría en su interior como lava ardiente, la pelea sacaba de su interior toda la rabia que sentía.

El daimon pateó en una pierna a Edward y logró sacarlo de balance y aprovechando inmediatamente llevó su espada hasta el pecho del Cazador que a duras penas logró esquivarlo.

Al quedar en cuclillas delante del rubio demonio, Edward se percató de que su chaqueta negra tenía un largo corte en medio de la solapa izquierda y eso logró enfurecerlo.

—¡Malnacido, acabas de dañar mi chaqueta nueva! —, le gritó con los ojos inyectados de sangre—. Te va a costar la cabeza. —Abandonó el suelo y fue detrás de él.

La batalla continuó, ninguno de los dos daba cuartel, pero Edward era más hábil y logró acorralar al daimon con su espada. Entre giros y vueltas el daimon agarró del brazo a la silenciosa mujer y la colocó frente a su pecho. Edward detuvo el ataque cuando el daimon colocó la hoja de su espada debajo del cuello de ella.

Ella no gritó, no chilló, ni siquiera suplicó. Continuó con su cabeza gacha y su cortina de cabello largo y castaño aun le impedía a Edward ver su rostro.

—Te acercas y la mato —amenazó desquiciado al ver que su preciada vida corría peligro—. Sabes que puedo hacerlo, vivo para ello —le recordó con una sonrisa cínica. Edward se obligó a pensar, no podía atacar de frente, podía lastimar a la humana y eso era lo que él menos quería.

En ese momento la mujer levantó el rostro y a Edward casi le da un paro cuando vio sus ojos. Acholatados, puros y muy determinados, era la preciosa mujer con la cual había estado soñando durante toda la semana.

De manera misteriosa, sin lanzar ese grito aterrador conocido por él y sin esperarlo, vio que ella pisaba fuertemente al daimon con el tacón de su bota y no perdió el tiempo cuando él aflojó el agarre y lo estampó contra la pared con su propio cuerpo. Él soltó la espada cuando perdió el aire, ella le pegó en el rostro con la punta de su bota y cuando el daimon cayó al suelo ella tomó la espada y en un respiro ya lo había decapitado.

Fría, precisa y sin inmutarse. Lo había hecho de una manera tan elegante que hubiera pensado que delante de él había una Cazadora Oscura; pero era imposible, era demasiado humana y lo sabía porque sus poderes no habían disminuido ni un ápice desde el momento en que la encontró a ella con los daimons en ese callejón.

Edward todavía estaba analizando lo sucedido cuando de repente se escuchó un gritó desgarrador a lo lejos y el cielo se iluminó a causa de un relámpago que hizo estremecer todo a su alrededor.

La mujer no se espantó ante tal sonido, se limitó a agacharse para tomar el medallón que el daimon había soltado cuando explotó. Cuidadosa y reverencialmente lo acarició procediendo a colocárselo después. No obstante lo que más le sorprendió a Edward fue que ella empezó a dirigirse a la salida del callejón sin decir nada, ni un gracias a él por haberle salvado la vida.

Edward le cortó el pasó—. ¿A dónde rayos crees que vas? —preguntó confundido. Ella levantó la cabeza y lo miró sin entender.

—Debo irme —respondió sin más.

Era una humana muy extraña, acababa de ver a seis hombres con colmillos peleando con espadas y cuchillos y ella no había soltado ni una lágrima. Era para alarmarse, nunca había conocido a ningún humano con ese nivel de conocimiento sobre su mundo, a excepción de los escuderos, en especial porque ella había sido muy certera con sus acciones momentos atrás. A menos, que de tanto mirarlo y ver cómo se deshacía de los otros cuatro había sabido qué hacer con el último, cosa improbable, pero había sucedido.

Sin embargo, lo más sorprendente era el extraño parecido con la mujer de sus sueños. Era justo como la había visto, la misma mirada, la misma belleza y la misma pureza, aunque era más real y cuando le tocó la mano para impedir que se fuera, sintió como si una extraña corriente eléctrica recorriera sus dedos.

—Yo te conozco —, dijo curioso y ella frunció el ceño alejándose dos pasos de él. En ese momento él vio lo que no había visto anteriormente: recelo.

Sin embargo, cuando intentó romper la distancia entre ellos dos nuevamente, el antiguo guerrero en ese momento fue fulminado por un rayo que lo levantó del suelo y lo envió contra un contenedor de basura ante la mirada atónita de la misteriosa mujer.

Continuará…


Bien, hasta aquí una nueva entrega. Espero que les haya gustado.

Un agradecimiento a mi beta Betza por regañarme cuando debe y darme tan maravillosos consejos y uno especial a Bertlin, gracias por el poster amiga. Estoy enamorada de él jejejeje

También muchísimas gracias a las lectoras que me siguen y dejan comentarios. Hasta el próximo capítulo.

1) Juramento de los Cazadores Oscuros.

2) Zona donde se emplazan la mayoría de las tiendas de New Orleans.

3) Segunda regla de las catorce reglas cardinales que debe seguir un Cazador Oscuro.

4) Demonios en gaélico.

5) Túnica utilizada por las mujeres en la antigua Grecia.

6) Nombre antiguo dado a las siervas en el templo de Artemisa en el Olimpo.

7) Mamá en gaélico.

8) Buñuelo en francés. Es un dulce que se elabora mojando una fruta o una verdura en una masa bastante líquida, friéndola en aceite y luego espolvoreado con azúcar. No son donuts y son parte de la gastronomía de New Orleans.

9) Acto de novelas estadounidense famoso por su altura y larga cabello rubio.