Prusia debía vendar a Hungría. Pero no podía concentrarse en las heridas. No con el escote de la húngara mostrándole dos grandes razones para distraerse.

Sacudió la cabeza, intentando sacarse eso de la mente. Estaba rozando el pecado.

—Oye, oye—protestó la húngara, al ver que Prusia se ponía de pie— ¿Porqué te vas? ¿Le tienes miedo a un par de senos? Jo, eres un cobarde~.

—Yo no puedo profanar mi pobre alma tocando cosas indebidas—se defendió el albino.

—Entonces, ¿si yo hubiera sido hombre, me hubieras curado?

—Me hubiera resistido, pero te hubiera curado.

—…Prusia, ¿acaso no puedes dejar eso de lado? ¿Aunque yo, una vieja amistad, me encuentre en peligro?

—Yo… lo siento, pero no puedo tocarte.

—Ni que estuviera herida en esa parte. Es decir, no me molestaría, pero… puedes curarme sin tener que tocarme.

—Es que es una tentación demasiado grande—murmuró, sonrojado.

— ¿¡Acaso jamás observaste el escote de una mujer!?

Hungría pareció haber olvidado que Prusia sólo había estado rodeado por hombres desde su nacimiento.

—Me voy—anunció el albino, comenzando a caminar.

— ¡Espera! ¡No me dejes! —Se quejó ella—Vuelve aquí. Si no, te traeré yo—dijo, poniéndose de pie, amenazadoramente.

Prusia corrió por su vida.

Después de eso, Hungría pasó por muchas cosas, y se estableció en la casa de Austria.

Algo que odiaba con todas sus fuerzas.

—Lo odio, lo odio. Es un insoportable—mascullaba la chica, barriendo el patio de la casa del austríaco. Lo único bueno de todo eso es que solía ver de vez en cuando a Prusia.

Éste pasaba por ahí. Debía visitar a Austria, pero el único inconveniente (además del mismo austríaco) era tener que cruzarse con la húngara. Comenzó a caminar en puntas de pie, intentando pasar desapercibido.

— ¡Prusia! ¡Ven aquí! Tengo un beso para ti~.

Falló.

—H-Hungría—tartamudeó el albino, comenzando a temblar. Ella se acercó a él, sin soltar su escoba—Apártate—pidió.

—No quiero~.

La chica acercó su rostro al de él. Prusia quiso apartarse, pero chocó contra una pared.

Maldito Austria y sus paredes demoníacas.

Hungría rozó su nariz con la del prusiano, y acortando la poca distancia, lo besó con todas sus fuerzas.

Dándose de lleno contra la pared.

Porque Prusia se había agachado, para arrastrarse y luego salir corriendo.

—Casi… casi—murmuraba el albino, agitado por correr a toda velocidad—Casi me ganaba un pase directo al infierno.

—Qué exagerado—comentó Austria, observando la escena desde su casa. Luego, observó a la húngara, y frunció el ceño— ¡Deja a mi pared en paz!

—Alemania—lo llamó Italia, conduciendo el vehículo del rubio—Mira esto, ¡es increíble!

— ¿Qué hayas robado mi Kubelwagen sin que me diera cuenta? Pues sí, es bastante sorprendente—reconoció el alemán, comenzando a enojarse.

—Oh, no. El señor Giuliani lo modificó para mí. Además, dijo que me veía bastante bien encima de…

— ¿¡Quién es ese Giuliani!?

— ¿Celoso?

—No—mintió.

—Oh, eres tan adorable cuando estás celoso, capitano~.

—Sí, le pareceré adorable a ese estúpido cuando lo muela a golpes por hacerte un comentario que sale de lo profesional—masculló por lo bajo. Aunque el italiano lo escuchó.

—Si tanto te preocupa—comenzó el castaño—Puedes marcar territorio. Y sabes a lo que me refiero~.

—Sigue soñando.

—Por supuesto, hombre, ¿de qué crees que tratan mis sueños húmedos…?

— ¡No quiero saber los detalles de tus sueños húmedos! —volvió a mentir Alemania.

—Mentiroso—lo acusó.

—No miento. Además, ¿para qué lo modificó ese imbécil?

—Para que sea más fácil escapar…

—Así que modificaste mi Kubelwagen… sin permiso—musitó el alemán, colocándose de espaldas al otro, rodeando el cuello ajeno con un brazo, y con la otra en la cima de su cabeza, para que el más bajo no escapara.

—Sabía que tenía que contártelo para que me dieras algo parecido a un abrazo.

— ¿Lo arreglarás, verdad?

—No~.

— ¡Te voy a matar!

— ¡No si yo escapo antes! —exclamó el italiano, oprimiendo uno de los botones que había implementado.

Inmediatamente, salió disparado de su asiento, volando por los aires.

.

— ¡Italia! —gritó Alemania, no teniendo ni idea del estado de su aliado—N-no puedo creerlo. Por una tontería como ésta… ¡Por mi culpa! —Se lamentó, caminando nervioso por toda la zona—¡Italia!

No muy lejos de allí, el italiano se encontraba colgado de una rama. Había escuchado los gritos del alemán.

—No habrá sido el mejor escape de mi vida—se dijo—Pero al menos mejorará un poco mi relación con Alemania. Tal vez pueda sacar ventaja de esto~.

Y se quedó allí arriba, pensando en futuras fantasías, hasta que alguien lo rescató.

.

—Al menos estás bien—suspiró Alemania, al ver al castaño sano y salvo.

—Sí. Te preocupaste por mí, ¿no es así? —dijo el italiano, sonriendo.

—No—mintió.

—Escuché tus gritos.

—Bueno, me sentía un poco culpable. Pensé que habías muerto.

—Jo, ¿tanto te cuesta admitir que me hubieras extrañado horrores?

—Yo no te hubiera extrañado…

—Sé que mientes, Alemania. Ahora, ¿no crees que deberías recompensarme de alguna forma…?

—No.

—Ya pensaré en una forma de obligarte a hacerlo…

—Eres un maldito.

—Así me quieres~.

Continuará~.


HonHonHon, PruHun~. (A Austria y La Pared no les gusta esto) D: