El pequeño Lituania se dejó caer sobre el césped de su casa, observando el Mar Báltico. La brisa despeinaba un poco sus cabellos castaños. Y el sol hacía que sus ojos ámbar se vieran resplandecientes. Era digno de ser retratado por un artista.

Excepto porque algún gracioso le lanzaba nueces y piñas a la pequeña nación.

—Lo odio. Lo odio—masculló el lituano, tapándose con un escudo— ¿Acaso no puedes dejarme en paz?

—No hasta que te atrape, ¡pagano! —exclamó un pequeño Prusia, desde lo alto de un árbol.

— ¿Sabías que Dios puede castigarte si te trepas a los árboles? —inquirió Austria, todavía niño, haciendo una aparición allí. Al escuchar eso, el albino pegó un grito, entrando en pánico.

Y se cayó del árbol, dándose contra el suelo.

—…Eres malvado—masculló Lituania. Austria sonrió, viendo el lugar en el que le saldría un chichón a Prusia.

—Ese Turquía. Se hace el amable, pero es malvado—murmuraba Hungría, enfurruñada. De pronto, vio al pequeño lituano, que trabajaba en silencio—Oye, ¿qué haces?

—Flechas—contestó escuetamente el castaño.

— ¿Para qué?

—Para tirártelas si no me dejas en paz ahora mismo.

—Tranquilo, tranquilo—se apresuró a decir ella—Pareces más serio que los alemanes. Y eso es decir mucho.

—Es que al ser un nuevo país, muchos me molestan—se quejó por lo bajo.

—Bueno, me caes bien, a pesar que quieras tirarme flechas. Te daré algo de información sobre la clase de gente que anda por aquí~.

—…Como sea—intentó hacerse el indiferente, aunque en el fondo, agradecía la información.

—Primero está Turquía, los Turcos Otomanos. Últimamente se está haciendo muy fuerte. Que no te engañen sus palabras amables. Parece un tierno pollito mojado, pero puede ser una gallina devoradora de hombres si se lo propone. Y créeme, se lo propone.

—… ¿Gallina devoradora de hombres? ¿Acaso es un chiste?

—No. También está Valaquia, Rumania, que, personalmente, es bastante lindo.

— ¿¡Bastante lindo!?

—Sí, pero sólo físicamente. Además, hay otro que está mucho mejor, que te quede claro. Pero es mío~.

— ¿Acaso tiene tu nombre escrito? Sólo por curiosidad.

—Tiene mi nombre escrito… pero no dónde se pueda ver—mintió—También está Ulus de Jochi, o Golden Horde, de los tártaros. Ése…

— ¿Es bueno? —inquirió, esperanzado.

—No. Es el peor. Te dará una paliza sin compasión. Desearás haber nacido invertebrado, para no sentir ese dolor que te cala hasta los huesos.

—…Qué simpático—comentó, sarcásticamente—Oye, hablando de los tártaros, hace poco me crucé con un niño bajo su control—había recordado su encuentro con Rusia.

—Pobrecito de él. Oh, y bueno, dejé lo mejor para el final.

— ¿Quién? ¿Acaso también me devorará los sesos? Digo, ya que los enemigos parecen ir de mal en peor…

—La Orden Teutónica. Mi amor~.

—Oh, el tipo que tiene tu nombre escrito.

—Sí. Es albino, precioso, y…

—Creo que ya tuve el… placer, de conocerlo.

—Bien… oye, ¿por qué tienes una flecha en la cabeza?

—…Tu amorcito teutón acaba de pasar.

— ¡Adiós, pagano! —gritó el pequeño Prusia, corriendo con su arco. Gilbird lo seguía.

— ¿No es lindo? —suspiró la húngara.

—…Yo lo encuentro irritante. Y a ti rara. Sobre todo eso último—masculló Lituania.

Estados Unidos y Japón.

—Esto es jodidamente perfecto—dijo Estados Unidos, con los ojos casi brillando de la emoción. Observaba una bandeja de comida que Japón le había obsequiado—Se puede llevar a cualquier parte, es rápido, delicioso, barato… ¡y tiene vegetales!

—Me alegra que te guste—contestó el japonés.

— ¿Sabes qué faltaría?

—No.

—Colegialas.

—Pervertido.

—Mira quién lo dice. Estoy enterado de la colección de mangas Hentai que guardas bajo la cama. Y sé lo del Yuri. Y lo del Yaoi.

—El Yaoi no es algo que me emocione demasiado…

— ¿Quieres poner en práctica algo de Yaoi?

Japón escupió todo el jugo de manzana que había tomado.

— ¡No! —contestó, completamente sonrojado y descolocado.

—Para que sepas… jamás tendrás una oportunidad igual a ésta.

Romano terminó de tomar su copa de vino, mientras la depositaba elegantemente sobre la mesita de café. Pasó la lengua sobre sus labios. Estaba delicioso. Y volteó su rostro para observar a España, que mantenía la vista fija en su boca. Ambos estaban sentados en el sofá de la casa de Italia del Sur.

—Tienes un poco de vino—comentó el español, observando las comisuras de la boca del italiano.

Y Romano casi entró en pánico. Porque el vino era delicioso. Pero… ¿una gota de vino resbalando por su perfecto rostro? Simplemente imperdonable.

El ataque de pánico que el rubio estaba a punto de sufrir, fue evitado por el ibérico, que había llevado su mano hasta allí, y quitó la gota de la boca de Italia del Sur. Éste se dejó hacer.

No le vendría mal ensuciarse con vino otra vez.

.

—De nuevo perdió el SSC Napoli—se lamentó Italia del Sur. No era un gran fanático de fútbol, pero no le gustaba que perdiera ese cuadro. Volvió a beber vino, sin detenerse a pensar que se había vuelto a manchar.

España lo observaba con atención. A Romano ya le empezaba a afectar aquella bebida. Tenía un leve sonrojo en las mejillas; arrastraba levemente las sílabas, sin controlar demasiado el volumen de su voz, y estaba despeinado.

—Volviste a mancharte—anunció el español, señalando nuevamente la boca del italiano.

—Pues límpialo, mio amore Spagna~—sugirió el rubio, mientras recostaba su cabeza en el hombro del español.

—Estás demasiado grande para que alguien tenga que limpiarte.

—Oh, cumple uno de mis caprichos, per favore~—España suspiró, y tomó una servilleta para limpiar la boca del otro.

Pero cuando fue a agarrar la servilleta, se encontró con una tortuga.

—… ¿Qué hace una tortuga aquí? —inquirió el ibérico, atónito.

—No sé—contestó el otro, encogiéndose de hombros—Pero la tortuga en tu cabeza se ve graciosa.

—Hay otra allí… y otra… ¿¡Porqué hay tantas tortugas aquí!?

—Se encariñaron contigo~.

.

—Sí, sí, aquí están todas—anunció España, devolviéndole otra tortuga al oficial. Ese día, la casa de verano del italiano, en Calabria, había habido un montón de tortugas aparecidas.

—Falta una—anunció el policía.

Dicha tortuga estaba en los brazos de un Romano algo borracho.

—No quiero dársela—se quejó el rubio— ¡Ésta es la tortuga de nuestro amor!

—No digas eso—lo reprendió el español, algo avergonzado.

— ¡Se llamará "Itaspaña"!

—No.

—Es un nombre tan glamoroso~.

—Romano, devuelve la tortuga.

—Es tan glamoroso, que seguramente el estúpido macho-bastardo-idiota-patatas-sin glamour, me envidia.

.

Al final, Italia del Sur tuvo que devolver la tortuga.

Itaspaña… ¿¡porqué!? —se lamentaba el italiano, al cual no se le había pasado el efecto del alcohol. Es más, había empeorado más, dado que luego de la despedida de la tortuga, había tomado muchísimo más.

—Romano, ve a dormir—ordenó España, con el rubio abrazándose a él.

— ¡Tú ya no me das órdenes!

—Es verdad. Pero me preocupas—admitió, intentando sacárselo de encima.

—¿En serio? —esas palabras habían tocado una vena sensible en el italiano—Bien, iré a dormir.

—Me alegra escuchar eso.

— ¡Y tú vendrás conmigo!

—No.

—Prometo no robarme todas las sábanas.

—Eso significa mucho viniendo de ti… pero no.

—Por favor~—Romano se había trepado a la espalda de España. Éste último suspiró, y se lo llevó a caballito a su habitación.

—No—repitió el español.

¿Porquéeeeeee? —protestó infantilmente el italiano.

—Porque estás borracho. Y mañana tendrás una resaca espantosa.

—Por eso necesito que te quedes. Así me ayudas.

—Iré al sofá.

—Pero…

—Sin peros—se quejó el castaño, depositando al rubio en su cama. Éste quiso levantarse, pero el colchón era demasiado tentador para su cabeza que le daba vueltas—Buenas Noches—se despidió en español.

Buenas noches—murmuró el otro, también en español.

Pero luego de un rato, Romano salió de su cama, corrió escaleras abajo, y se infiltró en el sofá con España.

—…Fuera—ordenó el castaño, mientras Italia del Sur se acurrucaba contra él.

—Tú sigue mirando la repetición del partido—dijo el otro, adormilado—Yo me quedo a dormir aquí.

Al final, España no se explicó cómo terminó llevando a Romano a su cama (otra vez), pero para terminar durmiendo con él.

.

Pero siempre tuvo razón con lo de la resaca.

—Mi hígado. Mi precioso hígado—se lamentó Romano—Oh, aquí viene de vuelta.

Una terrible resaca.

Continuará~


Spamanooooooo :D Sé que lo extrañaron (?)