España estaba agotado. La pelea con Francia había sido demasiado difícil. ¿Cuándo se rendiría ese francés?
—No pensaba que caerías tan bajo—comentó el español, entre jadeos.
— ¿Acaso te importa? —contestó el galo, en las mismas condiciones que su vecino.
—Todos sabemos que esto acabará con una sola estocada.
—Sí, claro…—rió Francia. Inmediatamente, el español le atestó un golpe con su hacha, lastimándole buena parte del torso.
—Te lo dije—le recordó, viendo como el rubio se desparramaba en el piso.
…
El Jefe España y Chibiromano.
—Ya terminó—dijo España para sí mismo. Luego, tragó saliva—Oye, ya terminó la pelea. Puedes levantarte, Francia.
—Cállate—murmuró el francés—Si me hago el muerto, tal vez Inglaterra se olvide de mí.
—…No creo que se olvide de ti. Ni aunque estés muerto. Sería capaz de suicidarse para morirse contigo.
—…Tienes razón.
—Aunque sabemos que no puedes morir…
—Silencio. Ten más respeto en mi lecho de muerte.
—Eres un estúpido.
—No te quejes. Has ganado. Ahora Italia del Sur es tuyo.
.
—Ganar—murmuraba España, entre sueños—Italia del Sur… es mío. Mío. Romano…
—Españaaaaaaaaa~—lo llamó el pequeño italiano, llevando una bandeja de desayuno a la cama del español.
El mayor bufó. Lo había despertado en la mejor parte del sueño. Pero al menos traía comida.
—Te traje el desayuno~—anunció el rubio.
—Me di cuenta.
— ¿Te gusta, te gusta? ¡Lo cociné yo! —comentó, orgulloso.
—Ni siquiera me estás dando tiempo de probarlo.
— ¡Abrazo! —pidió el niño.
— ¿Eh? —el español no tuvo tiempo de reaccionar, dado que el pequeño italiano se había subido a su cama, abrazándose a él. Se resignó, y empezó a comer.
…
—La próxima vez no perderé—masculló Francia, que era llevado a rastras por un preocupado Suiza.
—Siempre dices lo mismo~—comentó el más bajo, honestamente y sin malas intenciones.
— ¡Cállate!
—Jo, y encima pesas mucho~—se quejó.
—Suiza, te tiraré por un barranco si no dejas de hacer esos comentarios tuyos.
—Pero… yo sólo digo la verdad—murmuró el suizo, inocentemente.
—…Es imposible enojarse contigo.
…
Romano caminaba alegremente por los jardines de la casa de España.
—Oye, España—lo llamó una chica.
—Bélgica—saludó el español escuetamente.
La chica de cabello castaño fijó su vista en el pequeño italiano. Abrió sus ojos rosados enormemente. ¡Ese niño era una ternura!
—Hola Romano~—saludó ella.
—H-hola—tartamudeó el italiano, un poco asustado por la desconocida. Después de todo, la última vez que se había encontrado con una nación desconocida, casi se lo llevaban de la casa de España.
— ¿Y estás aprendiendo a hablar español? —el rubio asintió tímidamente con la cabeza—Oh, qué ternura. Te daré algunos dulces de mi país~.
La belga le dio unos dulces al avergonzado Romano.
—Gracias—dijo Italia del Sur, en español.
—Ah, yo creo que se llevará de maravilla con Holanda~.
La alarma de España se activó.
—No—interrumpió el español—No quiero verlo cerca de tu hermano.
— ¿Porqué no? —inquirió la chica.
—Porque me cae mal.
— ¿Te caigo mal? —inquirió Holanda, apareciendo por ahí. Romano, al ver otro extraño, se escondió detrás de España.
—Bien. Ahora sí estamos todos—masculló el español.
— ¿Porqué no merendamos todos juntos? —inquirió Bélgica, intentando mantener la paz.
—No—cortó España, antes de que alguien pudiera decir algo.
—Sería divertido—murmuró el holandés, mientras se acomodaba la bufanda celeste. Tenía el cabello castaño lacio, al igual que su hermana, aunque él lo llevaba corto. Sus ojos verdes estaban posados en el tímido italiano.
—No—repitió el español.
— ¿Y tú qué opinas, Romano? —inquirió Bélgica.
—Yo…—murmuró el italiano.
— ¿Sabías que a Holanda le gustan las cosas lindas? —lo intentó convencer la chica.
Y a partir de ahí, Romano olvidó completamente el miedo que le daba ese desconocido.
—Maldición—se quejó España, frunciendo el ceño— ¿Por qué tenías que decir eso?
—Celoso—susurró la belga, mientras el español fulminaba a Holanda con la mirada.
…
España tenía serios problemas. No era que le molestara cuidar a Romano. Pero estaba preocupado. Turquía estaba al acecho.
—España, ¿Qué te parece juntarnos a charlar después de derramar litros de sangre en el campo de batalla? —decía siempre el turco.
Francia no se había dado por vencido.
—Estás celoso, estás celoso, estás celoso—canturreaba el francés.
También lo inquietaba Inglaterra. Aunque estuviera al otro lado del mar.
—Oh, ese niño es adorable. ¡Le daré alguno de mis cupcakes! —el británico sonreía.
Y también estaba lo de los impuestos. Y muchas otras cosas más por las que preocuparse.
Lo único que lo tranquilizaba era apretar compulsivamente las mejillas de Romano.
—España, me aprietas demasiado—se quejó el niño, ya que no podía comer su tomate.
—…Suave~—murmuró el español.
Continuará~.
Y aparecieron Holanda y Bélgica! Aunque no había demasiado sobre ellos D: Los hice lo mejor que pude e.e
