Capitano~—llamó Italia.

Alemania se dio media vuelta. Traía su típica ropa… con una capa de vampiro encima, y unos colmillos a juego.

El italiano paró en seco, observando al rubio. Luego, hizo una pose dramática, y se colocó una mano en el pecho.

Oh, dio—exclamó, con una voz extremadamente fingida—Que alguien me sostenga. Creo que me desmayaré ahora mismo. No puedo soportar tanta sensualidad.

—Italia, no dramatices—ordenó el alemán.

—Le quitas la diversión a todo. Pero con la belleza que tienes esta noche, te lo perdono.

—Deja de tratarme como una de tus malditas conquistas—gruñó.

— ¡Japón, trae la cámara! ¡Alemania está celoso!

Hoy es Halloween.

— ¿Por qué estás vestido de gato? —preguntó el alemán.

—Porque—comenzó a explicar el italiano—No todos estamos forrados, como tú. Así que tuve que arreglarme con lo que tenía en el sótano, y con las orejas que Japón consiguió.

—…Mi disfraz es sólo una capa negra.

— ¿¡Y qué me dices de los colmillos!?

—…Italia, los colmillos son de plástico. Vinieron de regalo con unos dulces que Prusia compró, y me los regaló porque era "un objeto demasiado diabólico", que le recordaba a Austria.

— ¡Así que admites tener dinero para comprar dulces!

—Yo… ¿¡porqué me tratas así de repente!?

—Me gusta que defiendas tu… ¿humildad?

—Así que la idea de Halloween es chantajear a las personas para que nos den dulces, ¿no es así? —quiso saber Polonia, caminando por una calle oscura con Lituania detrás de él.

—Sí, algo así—confirmó el lituano, que iba vestido de perro—Pero…

— ¿Qué? —dijo el polaco, dándose media vuelta.

— ¿¡Era necesario que te vistieras de mujer!? ¡Travesti!

—Bueno, no, no era necesario—respondió tranquilamente—Pero Bielorrusia me convenció.

Polonia iba vestido con un vestido rosa algo corto. Un pequeño lazo adornaba su cabello rubio. Eso sí, se había negado rotundamente a usar tacones, por lo que se había puesto sus botas de siempre.

—Además, este vestido resalta mis piernas—dijo el rubio, levantando una de sus piernas y rodeando la cintura de Lituania.

—Quita las piernas—gruñó el castaño. Polonia lo ignoró y sacó una pequeña petaca de adentro de la parte superior— ¿Cómo es que eso no se te cayó? No tienes senos como para aguantarlo…

—Pero tengo sostén.

— ¿¡Me estás diciendo que estás usando ropa interior de mujer!?

—Sólo la parte superior. Ni loco uso tangas. ¿Te imaginas lo incómodas que deben ser, con el pedacito de tela enterrándose en el medio del…?

—Sí, sí, entendí—masculló Lituania—Ahora, quítate.

—No quiero—se quejó el rubio, bebiendo un trago de su petaca. El otro bufó, y apartó bruscamente la pierna ajena de su cintura.

—Vamos a hacer algo productivo.

— ¿Y salir a pedir dulces es algo productivo?

—Más productivo que molestarme, sí.

—Bien, bien. ¿Por qué mejor no asustamos a alguien? Aunque tú con tu disfraz de perro no asustas mucho…

—Bueno, no se puede comparar a tu disfraz de mujer. Eso sí que asusta.

—Pf, tú envidias mis preciosas piernas polacas—dijo el rubio, sentándose en la acerca—Además, es cómodo.

—Polonia.

— ¿Sí?

—Si te vas a sentar usando vestido… acuérdate de cerrar las piernas.

—Y si pretendes que me crea el hecho de que no te gusta verme así… entonces controla un poco el hilillo de sangre que te sale de la nariz.

—Polonia y Lituania todavía no llegan—murmuró Letonia, acomodándose sus orejas de conejo.

—…Déjalos, mejor eso a que Rusia vaya a buscarlos—le respondió Estonio, leyendo un libro sobre biología. Se encontraba disfrazado de Frankenstein.

— ¡Letonia! —exclamó una voz femenina, de alguien que acababa de entrar a la casa. Corrió a toda velocidad hacia el aludido.

— ¿Eh? ¿Bielorrusia? —balbuceó el letón.

— ¡Pero qué lindo te ves con eso! ¡Yo sabía que te quedarían hermosas! ¿No crees que Letonia se vea adorable, hermana? —inquirió la bielorrusa, observando al rubio con los ojos brillándole de emoción.

—Ah, sí. Se ve gracioso—contestó su hermana mayor, riéndose con ganas. La ucraniana se volvió hacia el estonio— ¿Rusia ha estado aquí?

—Está encerrado en su habitación—contestó la nación, sin despegar la vista de su libro—Se enfada en estas fechas.

—Él siempre se enfada, no importa la fecha—bufó Ucrania, pero luego sonrió—Es un pequeño amargado.

Estonia asintió, dándole la razón. Ucrania fue en busca de alcohol. Bielorrusia seguía diciéndole a Letonia lo tierno que se veía con ese disfraz.

— ¿Porqué nadie viene a mi casa? —se preguntó Inglaterra. Tenía una elegante capa rosada, de mago.

Porque las capas oscuras estaban demasiado vistas.

—Y eso que cociné mis dulces especiales… con mi ingrediente especial—seguía diciendo el inglés, sosteniendo los dulces llenos de droga—Bueno, todavía me queda la esperanza de que Francia pase por aquí…

—Tampoco vienen a mi casa, hermanito~—dijo Sealand, asomándose por la ventana.

— ¿Cómo llegó ese niño aquí?

— ¡Hermano mayor!

— ¡Vuelve a casa, Sealand!

Inglaterra abrió la puerta de su casa. Allí, con un porte elegante, una larga capa roja, y unos pequeños cuernos de demonio, se encontraba el amor de su vida, Francia.

—Aunque me des dulces—dijo el francés, acercándose al británico para abrazarlo de la cintura y pegarlo a su cuerpo—Haré travesuras…—siguió, y luego le susurró al oído—…Con el monstruo que está entre mis piernas.

El inglés casi se desmayaba. Las piernas le temblaban, las mejillas iban le ardían a causa del sonrojo, y una felicidad inmensa lo invadía. Y el agua estaba muy fría…

¿Agua fría?

—Despierta, imbécil—decía la voz de Francia, con el tono amargado de siempre—Me da lástima tu mesa. La estás babeando.

Inglaterra parpadeó. Y luego borró su sonrisa de la cara. Se había quedado dormido encima de la mesa. Y todo había sido un sueño. Un hermoso y placentero sueño.

Pero al menos el francés seguía vistiendo como demonio… aunque sólo tenía los cuernos. Y tenía un balde de agua en sus manos.

— ¿Qué soñabas? —quiso saber Francia, que se había alarmado con la extraña felicidad que el inglés mostraba mientras dormía. Y también había amado esa sonrisa que tenía.

El británico se ruborizó un poco antes de responder.

—Estaba soñando contigo.

El galo frunció el ceño, sonrojado, y refunfuñó algo sobre lo molesto que era Inglaterra. El inglés suspiró, y abrazó a Francia, porque tal vez no fuera tan sexy o dispuesto a hacerle de todo como en ese sueño, pero seguía siendo perfecto a sus ojos.

—Suéltame—gruñó el de habla francesa.

I love you~—le dijo el británico, enterrando la cabeza en el pecho del mayor.

—Ya casi es hora—dijo Alemania, sintiendo como la melancolía comenzaba a invadirlo poco a poco.

—No nos veremos por un tiempo, ¿cierto? —dijo el italiano, sin rastro de malicia u humor en su voz. Sonaba algo triste.

—Así es—respondió escuetamente el rubio. No sabía qué hacer. ¿Qué se le decía a una persona que estuvo todo el tiempo acosándote e invadiendo tu espacio personal? Debía estar feliz de deshacerse de Italia por un tiempo, pero había un pequeño detalle.

Él no quería que Italia se fuera.

—Al estar de esta forma… recuerdo muchas cosas—comentó el castaño.

—Tienes razón—concordó el rubio. Sí, todos aquellos recuerdos irritantes… y los que no lo eran tanto, comenzaban a cruzar su cabeza.

—Alemania, ¿recuerdas…?—el aludido clavó su mirada lila en el más bajo—En aquella época… sí que hicimos esfuerzos desesperados.

—Sí…

—Sobre todo cuando te daban tus ataques obsesivos y limpiabas hasta la más mínima mancha.

— ¡No tienes porqué recordar eso! —exclamó el más alto, zarandando al otro.

— ¿¡Porqué no!? ¡Te veías sexy concentrado!

—Ya casi es hora—volvió a decir Alemania.

—Sí. Al estar de esta forma…—comenzó el italiano—…Recuerdo otras cosas. Por ejemplo, cuando te escribí esa carta.

— ¿Cuál de todas?

—Aquella que escribí cuando te ibas a hacer amigo de Rusia.

—Ah, sí.

—Y luego hicimos una promesa.

—Sí…

—Que siempre nos ayudaríamos.

— ¿Es necesario repetirlo en voz alta?

—Alemania, ¿la promesa sigue en pie?

—La promesa siempre sigue en pie.

—Me alegro.

—…Pero no tenías porque recordar eso—murmuró, agachando la cabeza para ocultar su sonrojo.

— ¡Señor Alemania, es hora de irnos! —dijo un soldado.

La mirada dorada del italiano se encontró con la del rubio. Si había que decir algo, ese era el momento.

—Austria, Austria, Austria—decía Italia, con sus orejas de gato—Dame dulces, infame.

—Vete de aquí—gruñó el austríaco.

—Oye, has elegido una buena máscara.

—No tengo máscara.

—Ah, perdón, es que tu cara da tanto miedo…

— ¿¡Qué mierda quieres!?

— ¿¡Y qué te parece que puedo querer!? ¡Dulces, hombre!

—Pídele a Hungría, y no molestes.

— ¡Hungría! —pidió el castaño, yendo a donde estaba la chica, vestida de bruja.

—Aquí tienes dulces. Bueno, son para Prusia, pero puedo darte algunos… —dijo ella.

—Oh, no eres tan mala. Gracias~.

—Me pregunto dónde estará Prusia…

Mientras tanto, en la casa de Prusia…

—Atrocidades. Brujería. Cosas diabólicas—decía Prusia, en posición fetal, tapado hasta la cabeza con una sábana—Halloween…

Alguien tocó el timbre.

—Queremos dulces~—decía la voz de un niño.

— ¡Fuera de mi casa, engredos del mal descendientes de Austria que arrojan huevos y papel higiénico en mi santísima morada!


This is Halloween, Halloween, Halloween~. Lástima que a Prusia no le gusta D: Demasiado pagano para su gusto (?). El próximo extra va a ser súper random, voy advirtiendo xD