Parejas: USAxChi ScottUK
Nombres: Escocia = Ian.
Jueves 8, Nueva York
No podía dormir. Llevaba dándose vueltas en la cama unas dos horas, pero aun no podía ni siquiera cerrar los ojos. Le aterraba pensar que al despertar ya no quedaría ni un solo rastro de los labios de la chica. No había pensado en que supieran a té.
Ya no había marcha atrás. Después de haber probado sus labios, no permitiría que nadie más los tocara.
02:17
Rin-rin.
¿Quién llama a estas horas? Da igual, no ha podido pegar ojo en toda la noche pero… ¿quién podrá ser?
Kirkland era conocedor de cada uno de los miedos de la castaña. Adoraba pasar tiempo con ella cuando era más pequeña, y a medida que fue creciendo esto no cambió. Bien sabía que siempre podría tener una charla amena con aquella chica.
Por eso estaba intranquilo esta noche. La había visto tan agotada que posiblemente aun dormía profundamente, pero tarde o temprano despertaría, y ¡cómo le hubiese gustado estar allí para entonces! Pero había surgido un problema y debía regresar lo más pronto a casa. Todavía tenía dudas acerca de si había sido una buena idea pero… pero no había tenido tiempo para considerarlo. Seguro que la chilena luego le haría un escándalo, pero por lo menos tenía la seguridad de que no estaría sola. Tan solo deseaba haber hecho lo correcto.
Los pasos afuera de la habitación eran constantes. Uno, dos, tres y daba la vuelta. Uno, dos, tres y… y tocó a la puerta.
― ¿Qué estái haciendo aquí? ―Inquirió ruborizada.
― Yo… quise venir antes de que…
La muchacha dio un respingo. Es que este día no podía ser peor.
― De eso… ―susurró el muchacho mirándola comprensivo.
Ah, no. Eso sí que no.
― ¿Qué sabí' tú? ―Preguntó con un hilo de voz.
― Lo suficiente ―respondió él antes de envolverla entre sus brazos justo a tiempo―. Artie me llamó a penas vio el reporte del tiempo… jamás me lo hubiera imaginado, ¿tú? ¿Miedo a los truenos?
― ¡Eso no es asunto tuyo! ¡¿Viniste hasta aquí solo para molestarme, yankee gordo?! ―Exclamó escondiendo el rostro en su pecho.
― ¡Por supuesto que no! ―Rió el muchacho apretándola contra sí.
― ¡Entonces cállate! ¿No tienes frío? ―Preguntó separándose de él bruscamente.
― ¿Eh?
La chica atajó su mano y lo llevó dentro de la habitación sin decir una palabra más. El estadounidense simplemente sonrió y se dejó guiar por ella. Después de todo, ya había decidido no moverse de su lado esta noche.
El pelirrojo fumaba un cigarrillo mientras esperaba apoyado en el auto. Se había sorprendido al recibir una llamada en la madrugada, pero le divertía la idea de ir a buscar al malhumorado de Arthur.
― ¿Por qué siempre que te veo estás fumando? ―Inquirió asqueado el rubio al salir del aeropuerto.
― ¿Por qué siempre que te veo estás con el ceño fruncido?
El inglés lanzó un suspiro exasperado y se dirigió al auto con paso firme, pero fue interceptado por el mayor.
― ¡Alto ahí! No subirás al auto hasta que digas lo que quiero oír.
― ¿Y cómo se supone que sepa qué es lo que quieres oír ―preguntó molesto. El escocés se limitó a elevar una ceja, y Arthur desvió la vista irritado―? Gracias… por venir a buscarme, Ian.
Escocia sonrió satisfecho.
Hacía años que Jones no dormía tan bien. Al abrir sus ojos, lo primero que distinguió fue el oscuro cabello enmarañado de la chica, quien descansaba abrazada a él. Hacía horas que había logrado conciliar el sueño, gracias a él, y dormía plácidamente. Si todas sus mañanas fuesen así… sería un paraíso en vida. Tendría que recordar agradecerle a Arthur por eso… ni siquiera había tenido tiempo para preguntarle qué sucedía. ¡Pero es que le había llamado irritado en medio de la noche! Y ni siquiera era el culpable de su mal humor.
― ¿Alfred? ―Musitó una adormilada Javiera.
― ¡Hey! ¡Parece que ya amaneció! ―Exclamó el estadounidense demasiado despierto.
La muchacha se enderezó súbitamente, roja como un tomate.
― ¿Lle-llevabai' despierto mucho rato?
― ¿Eh? ¡No! ¡No te preocupes! ―Sonrió el rubio. Adoraba ver ese tierno rubor en sus mejillas, la hacía ver tan dulce… algo que definitivamente era difícil de apreciar en ella.
― Ya… yo ya me tengo que ir…
― ¿Tan pronto? ―Se quejó él sinceramente deprimido.
― Tengo trabajo por hacer ―murmuró algo incómoda, queriendo huir de esa cama―… y… ¿cómo es que llegaste hasta aquí sin ningún problema a esas horas?
― Arthur me dejó su tarjeta y un mensaje en recepción.
― Ah…
La incomodidad de la muchacha no podía ser más obvia, hasta el héroe pudo notarla. Los sucesos del día anterior eran de por sí suficientes como para no poder volver a mirarlo a la cara por un tiempo, y el haber amanecido en sus brazos no mejoraba para nada su situación. ¿Cómo es que conseguía ponerla de los nervios hasta ese extremo? Se sentía incapaz de decir nada coherente para escapar de allí, pero necesitaba salir. Ya.
― ¿No te quedas a almorzar? ¡Por favor! Yo me voy ahora y nos vemos en un Starbucks que hay recto por Broadway, ¿ok?
Si esa era la mejor forma de librarse de él… pero, ¿quedarse a comer? Terminaría siendo peor, lo sabía. Al final solo estaría pasando más tiempo con él, pero…
― ¡Vamos, por favor! ¡No aceptaré un "no" por respuesta! Me voy ahora mismo, nos vemos en el Starbucks en dos horas.
Pero ya no tenía opción.
Se decidió por tomar una larga ducha para despejar su mente. Necesitaba pensar. El día anterior había sido muy confuso. Primero que nada, estaba la charla con Argentina. Por culpa del beso había bloqueado el tema por completo… solo había pensado en eso, porque, de alguna forma… le había gustado, peligrosamente. Jamás se hubiera imaginado que los labios del rubio pudiesen ser tan adictivos. Y luego cuando llegó para cuidarla en la noche… no, demasiada simpatía para un enemigo como él. No se supone que esas cosas pasen, no está bien.
Eligió su ropa cuidadosamente. Tenía que distraerse con algo. El clima aún era frío, pero no había pensado en quedarse más de un día. Lo que traía para el jueves era más fresco, para el caluroso clima de Santiago. No tuvo más remedio, solo le quedaba ir de compras por Nueva York.
Bien, quizá se había pasado un poco… se suponía que solo compraría una tenida para el día pero… digamos que se había entusiasmado un poco. Se decidió por utilizar un abrigo negro ceñido en la cintura, pantalones beige, botas negras de tacón alto, un pañuelo estilo bufanda café y un jóquey de tela negro, con el cabello castaño cayendo como una cascada por la espalda.
Ya quedaban diez minutos para la hora acordada. De repente, un maldito comercial se le vino a la cabeza con la tétrica voz rezando "queda poquito, ¡mu~y poquito![1]"
Si el vuelo había sido tedioso, la reunión que le siguió fue mortificante. Lo único que deseaba ahora era llegar a descansar a su habitación, pero su querido hermano mayor no le estaba facilitando aquella tarea.
― ¿Te vas tan pronto? Y yo que creía que me invitarías a comer ya que salvé tu día yendo por ti esta mañana.
― No eras mi primera opción, pero tampoco la última. Ya te lo agradecí, ¿no me quieres dejar en paz? No pasé una buena noche ―se quejó el inglés.
― ¿Otra vez por ese niñato de Jones? Cada vez te pasas más tiempo en su casa, casi tanto como antes, y nunca estás aquí cuando eres necesario. Quizá sea hora de cambiar al representante de Reino Unido.
La mirada que le lanzó su hermano menor fue suficiente respuesta.
Una sonrisa burlona se dibujó en el rostro del pelirrojo, quien rápidamente agarró al menor por la cintura y le susurró en el oído con tono seductor:
― ¿O podrá ser que demostrarás tu gratitud de otra forma?
Las mejillas del inglés ardían cuando lo apartó bruscamente, furioso y avergonzado. El tacto del escocés siempre le ponía los pelos de punta. Tragó saliva compulsivamente y caminó hacia la salida a grandes zancadas, con el único propósito de perderlo de vista… difícil tarea, sino imposible. Ian encendió un cigarrillo con aire despreocupado y le dio alcance sin el más mínimo esfuerzo, abriéndole la puerta de la lujosa oficina.
― ¿Y ahora a dónde vamos? ―Inquirió exhalando el humo.
― ¡No "vamos" a ningún lado! ¡Yo iré a descansar a mi casa, tú volverás a la tuya, fucking bastard!
Sorprendido, ahogó una risita que no hubiese hecho más que irritar al menor, mientras lo seguía sin inmutarse. Arthur sabía muy bien lo que se proponía, y no iba a ponérselo fácil. En un arrebato de adrenalina se lanzó del segundo piso hasta el hall de entrada; afortunadamente, pese a no ser más de la una, casi no pasaba nadie por ahí. Salió del edificio a toda velocidad y siguió corriendo un par de calles antes de tomar un taxi. No podría dirigirse a su casa de inmediato, quizá no en todo el día, pero al menos tenía cierta seguridad de que estaría libre de pelirrojos.
Mierda. ¿Por qué tenía que verse tan jodidamente bien? ¿Por qué ella tenía que fijarse en eso? Si hasta la bufanda roja que traía lucía perfecta. Sí, andaba medio rellenito pero con la altura y la ropa de invierno pasaba piola… si igual estaba mino.
Estados Unidos de América aguardaba por Chile pacientemente… ok, no. Ya no aguantaba, no daba más de euforia. Ansiaba con toda su alma que la castaña apareciera a su lado, quizá por fin… por fin podrían…
― ¿Alfred? ―Lo llamó un tanto nerviosa. Seguía sin estar cómoda en su presencia, y el verlo así tan guapo le había recordado el beso del día anterior y eso, bueno, no servía mucho que digamos.
― ¡Javi! ¡Pensé que no vendrías!
― ¡Lo siento! ¿Te hice esperar mucho? ―Se preocupó la chilena. Digamos que la puntualidad no era… su fuerte.
― Solo unos minutos, no es nada… ¿podemos entrar? ¡Me estoy congelando!
Se apresuraron a pedir un chocolate caliente y un cappuccino de vainilla ya que el rubio había estado esperando bajo el frío clima de la ciudad sus buenos quince minutos. ¿Cómo, si estaba lista antes? Ese es uno de los grandes misterios de la vida. La tensión se sentía en el aire, ninguno de los dos sabía cómo comenzar con una conversación amable, sus interacciones siempre constaban de un muchacho intentando agradarle a una chica que huía de él, nada más allá… menudo problema.
― So… ¿cuál es tu color favorito? ―Inquirió Jones con una gran sonrisa.
― ¿Eh? ―Se desconcertó la castaña. ¿Por qué chucha le preguntaba eso?
― Siento como si no supiera nada de ti, en realidad… quiero saber.
― ¿Querí' saber cuál es mi color favorito? ―Repitió incrédula la muchacha. ¿Y a este qué le pasaba?
― Y el sabor de helado, la música, la comida, quiero saber todo lo que te gusta.
― Ya… mi color preferido, creo que es el azul. El sabor de helado, chocolate; la música… el rock-punk; y la comida… un buen asado, pero ahora unas sopaipillas pasadas no estarían mal ―mencionó al contemplar las gotas de lluvia que chocaban con la ventana.
Los ojos como la miel no se desprendían del vidrio, los labios entreabiertos parecían llamar a los suyos, las blanquecinas manos que afirmaban su barbilla lo incitaban a agarrarlas entre las suyas, y cómo ansiaba ver un dulce sonrojo en las llenas mejillas. La visión que tenía frente a sí era perfecta para él. Deseaba saberlo todo de ella, ser el único que lo hiciera. El que Inglaterra conociera un secreto tan profundo había despertado ciertos celos en él, casi tanto como lo que sentía cuando la veía charlando con Argentina. ¿Por qué su ex tutor la conocía tan bien? ¡Eso era injusto!
― ¿Y tú ―le preguntó la chilena redirigiendo su mirada a los azules ojos de él―? ¿Qué color te gusta? ―agregó con un atisbo de sonrisa.
― ¿A mí? ¡Pues los de mi bandera, of course!
La chica rió suavemente, sin apartar sus orbes de él.
― ¿Y la comida? Por favor no contestí' hamburguesas.
― ¿Quieres que mienta?
― ¿Película?
― ¡Esa es difícil! Hum, no sé… alguna de terror, pero tiene que ser algún clásico… aguarda, ¡tú no respondiste esa pregunta!
― ¡Pero es mi turno de preguntar! ―Se defendió la muchacha.
Solo se escuchaba el sonido de sus pies chocando contra el piso. Estaba agitado, sentía cómo iba perdiendo velocidad… no podía permitirse esto, tenía que salir de allí cuanto antes. El puerto estaba tan cerca, no podía rendirse ahora.
― ¿Qué pasa, Arthur? Pensé que tendrías más resistencia ―rió el pelirrojo peligrosamente cerca del rubio.
― ¡Tú… ¿por qué no puedes dejarme en paz?!
― Porque es divertido irritarte.
De un salto el escocés ya estaba corriendo al lado del menor, quien respiraba forzosamente. Encendió un cigarrillo parsimoniosamente y sonrió de lado mientras ambos se detenían, ya no tenía sentido seguir.
― Ahora sí, no quiero tener que perseguirte de nuevo ―dijo Ian pasando un brazo por los hombros de su hermano.
Arthur bufó, quitándose a Escocia de encima. Caminaron sin mediar palabra hasta su casa, donde el menor se encerró en su habitación.
El pelirrojo rió para sus adentros, encendiendo otro cigarrillo. Aun era muy temprano para dejarlo tranquilo.
― ¿No vas a comer? ―Preguntó irrumpiendo en su habitación.
― ¡Hey, no entres como si…!
Hasta las orejas le ardían de ira y vergüenza. Teniéndolo a menos de dos centímetros, le era imposible continuar gritando. ¡Siempre lo ponía tan nervioso!
― What ―inquirió agarrándolo por la cintura y pegando sus frentes. El menor respiraba trabajosamente y eso solo servía para embriagarlo más. Invadió sus labios con prepotencia, obteniendo una apasionada respuesta. Al soltarlo sonrió con suficiencia―? ¿Qué vamos a comer?
― Comida china ―escupió desviando la mirada, fuertemente avergonzado.
Satisfecho, abandonó la habitación.
― Fue agradable… espero podamos repetirlo ―cantó el rubio con una amplia sonrisa.
Javiera se quedó mirándolo pensativa. En efecto, habían pasado un almuerzo verdaderamente grato, pero… Ah, ya. Era imposible ya resistirse.
― Sí, de más. ¿Dónde es la próxima junta?
― En… en… ―estaba en blanco. ¿Dónde era la maldita junta? Ella le miraba confusa y no podía pensar en el fuckin' lugar.
― ¡Ah! ¿No era en Toronto? ―expuso la chica.
― ¿Dónde?
― Canadá… ¿no es tu hermano gemelo?
La mente del estadounidense se tardó unos segundos en hacer la conexión.
― ¡Ah! ¡Sí, ahí! ¿Qué te parece si vamos a un partido de hockey? ―propuso el muchacho sin apartar sus esperanzados ojos de los miel de ella.
― Yo… ―él supo interpretar aquel titubeo, y no iba a permitirlo. Prontamente la abrazó por la cintura e inclinó su cabeza hasta apoyar su frente en la coronilla de la chilena, quien ya estaba de todos colores― ¡¿Qué hací' weón?! ¡Suéltame, culiao barsa! ―Exclamó sin obtener más resultado que la risa del chico.
― ¿Y si no te suelto? ¿Qué me vas a hacer ―inquirió en un susurro seductor―? ¿Vamos al partido entonces? ¿El viernes dieciséis?
―… ya. Pero suéltame ―pidió desviando la mirada, intensamente ruborizada.
[1] Falla temporal. Comercial de Soprole… creo que no existía en este tiempo, pero… :c
Aunque encuentro que me quedó medio raro, me gusta. ¿Y a ustedes?
¡Muchísimas gracias por leer! ¡Besos!
