Disclaimer: Todo lo que reconozcan es propiedad de la genial J.K. Rowling.


Elladora Ketteridge

1656-1729

Elladora observa los caprichosos movimientos de las nubes recostada contra la hierba. Sueña con flotar muy alto, como si miles de billywigs la picaran. Tan alto que pueda rozar las nubes con los dedos. Fantasea con la textura que tendrán cuando finalmente deslice las manos entre ellas. A lo mejor, especula, son ásperas como la cabeza de un porlock, o quizá suaves como el pelaje de un puffskein.

Se incorpora suavemente y pasa una mano por su sedoso cabello negro. Lleva bastante tiempo recostada bajo el sol, por lo que lo encuentra caliente al tacto, tan caliente que le quema los dedos. Pero a Elladora Ketteridge no le incomoda, ella ama el sol. Se deleita contemplando su imperturbable recorrido diario y anota cuidadosamente sus observaciones en el fajo de pergaminos que guarda bajo su almohada.

— ¡Elladora! Por las barbas de Merlín hija mía, si te quedas allí sentada todo el día no tardarán en salirte raíces —su madre le espeta reprobadoramente desde la puerta de su casa—. Haz algo provechoso y tráeme un poco de agua. Anda, sé buena.

Elladora se pone de pie ágilmente y coge el recipiente que su madre le extiende. Es consciente de que es solo una excusa para mantenerla ocupada con alguna actividad que no implique divagaciones bajo el sol o investigaciones y experimentos riesgosos. Sabe que con el hechizo adecuado, su madre o incluso ella misma podrían llenarlo de agua en un abrir y cerrar de ojos.

Pero no quiere contradecir a su madre. Después de todo, piensa, un paseo al lago podría ser interesante. Hasta podría aguardarla una aventura, de esas que su padre suele contarle por las noches a la luz de la vela. Historias plagadas de extravagantes criaturas, arpías venenosas y majestuosos paisajes. Recorre el sendero alegremente cuando alguien la agarra del brazo.

— ¡Por Merlín, Samuel! Me has asustado.

El apuesto joven ríe discretamente y se sitúa a su lado.

—¿Por qué llevas ese balde?

—Voy al lago, mi madre se empeña que realice alguna actividad de provecho, así que me mandó a recoger un poco de agua.

—Pues vaya pérdida de tiempo, ¿Por qué no lo llenas tú sola y así te ahorras la caminata?

—Regresaría muy rápido y sospecharía

—Podrías quedarte conmigo hasta que consideres conveniente regresar sin levantar sospechas.

—Mi madre lo notaría —niega con la cabeza, sabe muy bien que no puede, por más que la idea de pasar tiempo con Samuel le resulte tentadora—. El agua de allí es diferente a la conjurada mágicamente. Además, ya casi hemos llegado —explica señalando el lago que comienza a divisarse a lo lejos.

Samuel se limita a levantar los hombros con resignación y sigue a la muchacha hasta que llegan al lugar señalado. Elladora sumerge el balde hasta llenarlo por completo de agua y se dispone a regresar cuando algo al fondo del lago llama su atención.

—Mira Sam, ¿Ves esas extrañas plantas?

Elladora mira con curiosidad los extraños vegetales que se mecen bajo el agua. No recuerda haberlos visto anteriormente. Son de una tonalidad muy verde, casi tan verde como los ojos de Samuel. Diminutos peces de colores nadan alrededor de esta, atraídos al igual que ella a la misteriosa planta.

Introduce la mano en la helada agua del lago y arranca unos cuantos. Acerca el rostro y determina que, a juzgar por los conocimientos básicos de Herbología que posee, se encuentra ante una especie de alga. A su lado, Samuel no parece compartir su curiosidad por las extrañas algas, y la mira nervioso.

—Me pregunto si serán comestibles —murmura para sí misma

—Que ni se te ocurra probarlas —le advierte Samuel— No hagas nada insensato Ella. ¿Y si son venenosas?

Pero Elladora es curiosa por naturaleza. Las ganas de explorar y experimentar la recorren entera y le hacen cosquillas en los dedos. Las palabras prudencia y sensatez parecen no existir en su vocabulario. Las aventuras no se crean solas, piensa, siempre es necesario tomar algunos riesgos. Sin meditarlo mucho y haciendo caso omiso a los ruegos de su amigo, se mete las algas a la boca y traga rápidamente.

— ¡Elladora no! ¡Escúpelo!

Elladora ya no le presta atención, está más concentrada en el dolor agudo que se hace presente a ambos lados de su cuello y que no hace más que incrementarse. Se lleva las manos a la garganta e intenta respirar, pero no puede. Sus pulmones se han quedado repentinamente sin aire y se está asfixiando.

Samuel la coge desesperado de los hombros y la zarandea con fuerza, intentando inútilmente devolverle el aire. La muchacha se reprende mentalmente su estupidez y comprende que no le queda mucho tiempo, debe de pensar en algo pronto. Aparta a Samuel de un empujón nada amable y mete la cabeza de lleno en balde.

Casi inmediatamente, el oxígeno vuelve a ella. Elladora inhala aliviada. Sin duda, se consuela, ésta sí será una aventura digna de contar a la luz de de la vela.