¡En serio, en serio, en serio lo siento! Ni siquiera tengo una excusa para mi tardanza. Más allá de decirles que sufrí de un bloqueo producto del colegio, y diversas situaciones personales que me aquejaron en el último tiempo, no puedo hacer más que pedir perdón y publicar el mes de marzo. Afortunadamente, ahora me encuentro en posición de asegurarles una actualización semanal por al menos un mes más. Además, descubrí un par de cosillas que hacía ff con el copypaste (como que por ejemplo, los símbolos que utilizaba para separar situaciones no aparecían ;-;), así que le echaré un vistazo a lo que ya está publicado para arreglarlo y tendré más cuidado a la hora de publicar.

Sin más que agregar, los dejo que lean. Besos.


Marzo

Jueves 1, Nueva York

El sol le daba de lleno en la cara, despertándola forzosamente. A su lado no había nadie, pero sabía que seguro había ido por el desayuno o algo. No temía en que la fuera a abandonar, ya no…

Entró cuidadosamente, recelosa. Estaba segura, no había dejado ni una sola luz encendida. Alguien se había colado en su casa. Claro, seguro habían estudiado su rutina, y nunca estaba allí un día martes. Primero revisaría la situación, algo le decía que no tenía que llamar a los pacos[1].

De repente, unas manos particularmente conocidas taparon sus ojos, asustándola.

¿Quién soy? preguntó riendo.

¡Erí' un idiota, Alfred! ¡Me asustaste!

Jeje, ¡perdón! ¡Te has tardado! ¡Llevo un buen rato esperándote!

¿Por qué viniste aquí? Vivo en Santiago…

Pero me dijiste que cuando estás muy cansada o quieres pensar vienes aquí, cerca del mar… así que pensé que sería mejor buscar aquí primero explicó con una sonrisa, sin darse cuenta de lo que estaba produciendo en la castaña.

¿Cómo es que la conocía tan bien? Eso… le daba miedo… pero le gustaba, demasiado.

Desde esa noche lo supo. Ya no había marcha atrás. Habían conversado toda la noche, sin apartar la mirada del otro. El día siguiente también lo habían pasado juntos, recorriendo desde Valparaíso hasta Maitencillo, con la promesa de ir pronto al Sur. Todavía no iban, pero seguro que lo harían pronto.

Esa noche, la del miércoles veintiuno de febrero, volvió a probar los labios el rubio.

La observaba atentamente, serio. Ella, roja hasta las orejas, no podía despegar sus ojos de él, pese a su nerviosismo. Lentamente, comenzó a acercarse, prácticamente le estaba pidiendo permiso… y Javiera se lo estaba concediendo.

Desde entonces no se había cansado de probarlos, eran altamente adictivos. Y parecía que Jones también andaba encaprichado con ella. No se devolvió a su casa hasta el sábado, habiéndose asegurado de que la castaña lo iría a visitar antes de la reunión del próximo viernes, que sería en París. Y entonces se dio cuenta lo mucho que se había acostumbrado a él. Era extraño moverse por esa casa ahora, así que se quedó en Santiago. Por supuesto, su problema no se resolvió con eso. Lo echaba de menos… así que el martes fue a visitarlo.

Iba a darle una sorpresa, igual que él a ella la semana anterior. Aunque claro, no se colaría en la casa, pero al menos llegaría hasta la puerta sin que él lo supiera.

Cuando le abrió, deseó haberle sacado una fotografía. Los ojos y la boca abiertos como platos, el cabello desordenado y la ropa de andar en casa, pero su expresión de sorpresa y dicha era lo mejor. A penas reaccionó la envolvió en sus brazos y la levantó del piso, estampándole un apasionado beso que ella respondió con ganas.

Comieron entre risas –y una que otra discusión– unas hamburguesas, y luego pusieron una película de terror.

Despertó antes, así que decidió tenerle un exquisito desayuno muy americano preparado. Sonreía, recordando los hechos de la última semana. Cuando la había encontrado en su puerta pudo sentir como se le detuvo el corazón. En serio la adoraba… parecía que todo era perfecto, y lo fue… casi. Por poco y se arruina en el momento de la película, porque…

Quizá no había sido una tan buena idea después de todo. Cuando había elegido aquella película de terror todo parecía tan perfecto… ella saltaría a sus brazos aterrorizada… no al revés. ¿Pero cómo iba a saber que le encantaban las películas de horror? Y sobretodo… las de vampiros, como la que estaban viendo ahora, y esas, precisamente, no eran… el fuerte de Alfred.

Podía sentir como un sudor frío le escurría por el cuello, la película cada vez se volvía más aterradora… en cualquier momento tendría que recurrir a taparse los ojos, pero ella, en cambio, parecía no poder despegar su mirada de la pantalla.

Afortunadamente, todo terminó bien.

La película terminó, pero aun quedaba el problema de dormir. ¿Cómo lo conseguiría después de esa horrenda película? Seguro que no podría pegar un ojo en toda la noche.

Javiera le dio un rápido vistazo, hambriento y lujurioso que no pasó desapercibido para él.

Quizá sí podría dormir bien esta noche.

Alfred preparaba torpemente unos huevos con una boba sonrisa en su rostro.

La agarró por la cintura y le plantó un ansioso beso. No era como los de antes, era algo completamente nuevo. Ambos estaban buscando algo más. La llevó en brazos hasta la habitación, donde la tendió en la cama y comenzó a besarla apasionadamente, mientras ella respondía con la misma ferocidad. No iban a detenerse esa noche.

― ¡Ay! ―exclamó un adolorido Alfred.

Le había saltado aceite en el descubierto brazo.

― ¿Afred? ¿Estai bien? ―preguntó alguien desde la escalera.

― Sí, solo andaba distraído ―afirmó el rubio dándose la vuelta para encarar a la dueña de aquella inconfundible voz.

Se quedó sin aliento.

El verla con el cabello desordenado y vistiendo una camiseta suya que le quedaba enorme no hacía más que recordarle las últimas dos noches… y las mejores mañanas de su vida.

El día miércoles despertó extrañado. Algo estaba sobre él, pero no le molestaba, por el contrario, le gustaba la sensación que le proporcionaba lo que sea que estuviera apoyada en su pecho pero… la única que podía estar allí tendría que ser ella. El rubio recordó de golpe los sucesos de la noche anterior, sonriendo tontamente, abrazando aun más fuerte a la chilena que descansaba en sus brazos.

A regañadientes decidió marcharse de allí antes de que despertara y así tenerle una sorpresa de desayuno.

Chile estaba pasando por una situación similar al verlo ahí, igual que el miércoles por la mañana, con una camiseta naranja grande manga corta y unos pantalones de algodón negros.

Despertó sola en la gran cama del estadounidense. Su corazón se paralizó por un instante, y su mirada se oscureció. Tenía la impresión de que solo vería esto como algo real si lo encontraba allí por la mañana, pero… la cama ya estaba fría. Se vistió con unos shorts blancos de algodón y un peto del mismo material de color rosa. No se preocupó por su cabello y salió de la habitación sin preocuparse del frío, la casa estaba bien calefaccionada.

Al llegar abajo se encontró con una grata sorpresa. Jones intentaba preparar un desayuno decente, sin mucho éxito… pero seguía viéndose condenadamente guapo.

― Hola. ¿Necesitai ayuda con eso? ―inquirió sonriéndole cálidamente, como nunca.

El estadounidense se sonrojó ligeramente y negó enérgicamente con la cabeza. No le ocurriría lo mismo, no otra vez.

La chica se deslizó silenciosamente por la cocina y decidió hacer algo por el consternado muchacho. Sacó las tostadas y les untó mantequilla, sin que el otro notara su presencia. Luego, aguantando la risa al ver cómo se complicaba con un par de chocolates calientes, lo abrazó por la espalda y apoyó su mentón en el hombro del rubio, quien dio un salto de la sorpresa.

Parece que tení' un par de problemas con la comida, déjame que te ayude.

― Descuida, no hay problema.

La muchacha lo contempló incrédula, pero sabía que no habría remedio, así que se sentó allí, en la cocina para poder vigilarlo.


Esa mañana, como de costumbre, despertó rodeado por unos fuertes brazos. No se quería mover, pero ya era tarde, así que con toda su fuerza de voluntad intentó levantarse… y fue inútil. Todo esfuerzo fue inútil.

― Ian… ya es hora de levantarse.

― Será hora de levantarse cuando yo lo diga ―negó el pelirrojo, apretándolo más contra sí.

― Ian… ―reclamó el inglés, reprimiendo una sonrisa― Ian ya suéltame, tengo que levantarme o llegaré tarde a la reunión con Tony[2].

― ¡Es en dos horas más!

― Aun tengo que ducharme, y tú también.

Error. Una sugerente sonrisa se dibujó en los labios del mayor.

― Se me ocurrió una idea para ahorrar tiempo.


Dentro del domicilio del estadounidense solo se escuchaban jadeos e insultos. Ambos ruborizados y agitados, lo estaban dando todo, además, tenían una apuesta que ganar.

Porque en el desayuno salió el tema de un nuevo video-juego de carreras traído desde Japón. La chica afirmaba ser una gran competidora, pero el rubio estaba seguro de que nadie lo vencería, por lo que habían apostado algo… grande.

El que perdiera se convertiría en el sirviente del otro durante todo un mes… dígase aceptar todo tipo de fetiches y peticiones raras y pervertidas. Ambos temían… no por nada España era uno de los mejores amigos de Francia, así que no se puede esperar mucho de la crianza de Chile… mientras que la muchacha no sabe qué esperar del otro, pero si propuso una apuesta como esa… no puede ser muy santo. ¡¿Quizás qué pretenda hacer conmigo si gana?! piensan los dos, terriblemente angustiados. Por eso, no pueden perder, y juegan como si la vida se les fuera en la carrera.


[1] Carabineros de Chile, coloquialmente.

[2] Anthony Blair, primer ministro del Reino Unido entre los años 1997 y 2007