Disclaimer: Todo lo que reconozcan es propiedad de la genial J.K. Rowling.


Tilly Toke

1903-1991

— ¡Ralph! Deja ese cangrejo en paz y no mortifiques más a tu hermana.

El niño coloca al animal sobre la arena a regañadientes y masculla unas disculpas en dirección a su hermana. La niña, quien tiene una gran aversión hacia los crustáceos, se aferra al brazo de su madre con nerviosismo y tiene los ojos tan abiertos que dan la impresión de estar a punto de salirse.

—Vamos Bonnie, no tengas miedo. Tú eres una chica valiente —intenta tranquilizarla su madre— ¿Por qué no van a nadar un rato al mar? Creo que ya han hecho suficiente castillos por hoy.

A Ralph parece encantarle la idea, porque emprende rápidamente una carrera hacia el océano. Bonnie no tarda en seguir a su hermano mayor, deteniéndose a cada paso que da para cerciorarse de que a ningún cangrejo se le ocurra seguirla.

Tilly Toke suspira y mira con nostalgia como sus hijos juegan entre las olas, impregnándose de sal y otras sustancias marinas. Ralph, más intrépido que Bonnie, se adentra en el mar nadando con destreza. Una ola no tarda en revolcarlo y lo regresa a la orilla ante las risas de su hermana.

Al lado suyo, su marido duerme plácidamente, emitiendo tenues ronquidos cada cierto tiempo. Tilly observa la playa atiborrada de muggles. Una familia se ha instalado a unos metros de donde ella está y charlan animadamente sobre una película. Tilly ha oído de ellas, son una especie de entretenimiento muggle. La mujer más anciana de la familia parece no encontrar las películas de su agrado porque abre la boca queriendo protestar.

Pero Tilly nunca se llega a enterar de la opinión de la anciana. Justo en ese instante un ruido atronador y extrañamente melodioso irrumpe el continuo parloteo de la usualmente tranquila playa de Ilfracombe. En medio de la playa se encuentra un animal de gran tamaño y que Tilly reconoce inmediatamente como un dragón galés verde común.

Puede oír los gritos espantados de los muggles, quienes corren en todas direcciones. El dragón, aún en medio de la playa, luce asustado y aletea ferozmente a la vez que emite finos chorros de fuego por los orificios nasales. Tilly saca rápidamente su varita, apunta en dirección a los ojos del dragón y pronuncia sin titubear el conjuro de conjuntivitis. El dragón suelta un rugido de dolor y se desploma sobre la arena.

Su marido, quien se ha despertado ante el alboroto, termina de aturdir al animal con un veloz movimiento de su mano. Ralph y Bonnie llegan corriendo poco después, completamente empapados y con los cabellos rubios pegados al cráneo. La mayoría de muggles que allí se encuentran aún no se han recuperado del susto. Algunos incluso no han parado de gritar, mientras que unos pocos se acercan con curiosidad hacia el dragón.

Tilly sabe que deben de actuar rápido. Es su responsabilidad como ciudadana del mundo mágico proteger el Estatuto Internacional del Secreto. Sin dudad sería mucho más fácil fingir que no ha visto nada, irse y esperar a que los funcionarios del Ministerio de Magia se encarguen del asunto. Pero Tilly nunca se ha contentado con tomar el camino más cómodo. Desde pequeña, sus padres le inculcaron un fuerte sentido de compromiso con los demás y de lo que es correcto, y ella ha actuado invariablemente en consecuencia a ello.

Le pide a su marido que vaya en busca de ayuda. Este se niega en un inicio, pero finalmente accede. Sabe que Tilly es la más hábil de los dos en aplicar hechizos desmemorizantes y, por lo tanto, la más idónea para encargarse de la situación. Besa a su esposa y a sus hijos y se desaparece en el acto. Tilly se gira entonces hacia el muggle más cercano y apunta la varita con decisión.

—Obliviate –dice claramente. Las pupilas del asustado hombre no tardan en dilatarse y adopta pronto un aire relajado y de ensoñación.

Eso debe de ser suficiente para hacerle olvidar lo ocurrido, piensa. La familia de al lado, que tan alegremente discutía sobre películas, la miran ahora aterrados. La anciana empuña un bastón en su dirección y le lanza improperios amenazadoramente. Tilly respira procurando calmarse y avanza decidida a proseguir con su cometido.

Ralph y Bonnie encuentran pronto la forma de colaborar. Recorren la playa atrapando muggles y se los llevan a su madre para que les aplique el hechizo desmemorizante. No es una tarea muy difícil, la mayoría se encuentra en tal estado de confusión que no ofrece mucha resistencia.

Al cabo de un tiempo, han acabado de repartir encantamientos a todos los bañistas de la playa. En ese momento, aparece su marido acompañado por una cantidad considerable de funcionarios del Ministerio. El que parece el jefe de todos observa la escena estupefacto y ordena a unos cuantos que retiren al dragón.

— ¡Por las barbas de Merlín! ¿Ha desmemorizado usted sola a todos estos muggles?

—Sí, señor —responde Tilly con modestia—. Con la ayuda de mis hijos —añade dedicándoles una sonrisa.

Ralph se endereza en toda su altura y mira al funcionario con orgullo. Bonnie, aún en bañador, sonríe algo avergonzada y corre a abrazar a su madre.

El funcionario examina a los cuatro integrantes de la familia Toke y suelta un silbido de admiración.

—Esto merece una Órden de Merlín, ¡Y de primera clase! Sí señor, ya lo creo. Un gran trabajo…

Bonnie, aún en los brazos de Tilly, ha dejado de escuchar al señor del Ministerio. Un firme objetivo domina su mente. Cuando crezca, espera ser como su madre.