Viernes 7, Sala de Reuniones

Andaba a paso rápido, sin mirar a nadie a su alrededor. Esperaba que le tuviera compasión y no decidiera humillarle tanto en esta reunión que además se llevaba a cabo en París, casa del pervertido de Francis. Arthur observaba todo esto bastante divertido, habiendo recibido una explicación previa por parte de su amiga, quien ahora conversaba muy tranquila con el argentino… ¡y él ni una mala cara podía poner! ¿Cómo había podido perder una apuesta como esa? ¡Y habiéndola propuesto él! ¡Qué humillación!

― Bien, daremos inicio a la reunión ―habló calmado y contento el británico.

Segunda orden: No dirás ni una sola palabra durante la reunión sin mi consentimiento.

No faltaron los murmullos de sorpresa y desconcierto. ¿Y Estados Unidos? ¿No iba a hablar toda la reunión como de costumbre? La castaña sonreía con suficiencia. Quizá, por fin sería posible llegar a un acuerdo entre todos. No hubieron mayores discusiones y todos pudieron expresar su opinión, inclusive Japón quien tartamudeó un par de veces y luego murmuró una propuesta verdaderamente efectiva que fue del gusto de todos. El silencio del rubio parecía influenciar el comportamiento de cada nación en la sala: Grecia estaba despierto, Italia prestaba atención y un muchacho muy parecido a Jones sentado junto al francés había tomado un mayor protagonismo. E increíblemente, todo esto continuó durante el almuerzo.

― ¿Cómo puedo pedirte permiso para hablar? ―Inquirió un molesto Estados Unidos.

― ¿No te pareció que todo marchó mejor mientras estabas en silencio? Ni lo intentes, el día de hoy no participarás ―rió la muchacha.

― Podrían haber hecho esto hace años, ¡cuántos dolores de cabeza me hubieran ahorrado! ―Exclamó Arthur.

― ¡No exageres!

― ¡Y tú no te quejes! Fue tu idea ―repuso Chile sonriente.

― ¡Pero yo debería haber ganado, no es justo!

― Oh, mon chérie, ¿necesitas un consuelo?

Los amigos consumidores de té estallaron en carcajadas con la expresión de disgusto, asco y miedo que puso el estadounidense ante la propuesta del dueño de casa. Mientras que Francis, acostumbrado a este tipo de reacciones, bufó aburrido y tomó asiento junto al británico, quien casi lloraba de la risa. Este día estaba resultando demasiado perfecto.

― Ah, por cierto, Artie, aun no hemos tenido nuestra conversación… acerca de lo que pasó el otro martes ―canturreó divertido el rubio, riendo suavemente cuando el otro escupió su té.

― ¿Se puede saber qué ocurrió "el otro martes"? ―Preguntó entre risas su ex colonia.

― O quizá debería hablar con Escocia ―propuso Francia, y por fin vino la castaña a comprender lo que sucedía. Le sonrió con coquetería a su buen amigo y se arrimó a la conversación.

― ¿Qué tanto alcanzaste a ver, Francis? ―Inquirió con sorna.

― No mucho en realidad ―se lamentó―, pero por lo que me dieron a entender con palabras, efectivamente estaba interrumpiendo algo ―su rostro emanaba perversión―. Además, no es como si fueran muy discretos, desde hace un tiempo que con Ian andan muy cercanos y… el joven pelirrojo es un muchacho violento y celoso, como suponía. No ha sido muy amable conmigo desde entonces ―se quejó dramáticamente, mordiendo un pañuelo rosa.

― Ian no es amable con nadie ―espetó Kirkland.

El americano observaba todo esto desconcertado. ¿Su ex tutor, con ese pelirrojo agresivo y fumador?

― ¿Intentas negarlo?

― No, o sea, sí, I mean… ¡entre nosotros no hay…!

― Ya cálmate, Arthur ―rió la castaña―. Respira… y contesta, ¿están o no están juntos?

El americano y el francés explotaron en carcajadas. Nadie en la mesa se esperaba aquella intervención, y por supuesto no estaban preparados para la expresión que pondría el de ojos esmeralda. Las mejillas sonrojadas, el ceño fruncido y el sonido entrecortado que salía de sus labios eran una combinación… irresistible para cierto pelirrojo que recién llegaba al edificio.

―Hey, y a este qué le hicieron? ―Rió el escocés poniendo una mano sobre su cabeza haciéndolo saltar de la sorpresa.

― ¿Qué estás haciendo aquí? ―Preguntó intentando recuperar la calma.

― Hay una reunión, ¿no?

― Sí… una a la que no tenías que venir…

― ¿Ah, no ―acercó su rostro peligrosamente al del menor―? ¿Quieres que me vaya?

Arthur tragó saliva trabajosamente, fallando estrepitosamente en su intento por mantener la calma. La sonrisa en el pelirrojo se ensanchó antes de que le plantara un hambriento beso. Al separarse, el rubio no podía estar más ruborizado, el francés no podía parar de sangrar y el pelirrojo no podía ensanchar aun más su sonrisa mientras se encaminaba hacia la puerta.

― Entonces supongo que esperaré por ahí…

La castaña pateó al inglés disimuladamente por debajo de la mesa, lanzándole una mirada de apoyo. Solo ellos dos supieron interpretarla, pero eso fue suficiente para que se levantara con rapidez y saliera de allí con una pobre excusa.

La cara del estadounidense era digna de un retrato en el Louvre.

― ¿Entonces, Iggy, él, y… y… Escocia…?

― Sí ―afirmó contenta la chilena.

― ¿Y cómo es que tú ya lo sabías? ―Preguntó perplejo y un tanto celoso el francés.

La castaña rió, recordando la petición desesperada de su amigo…

Había hecho de todo para lograr llegar temprano a la reunión, y lo consiguió. Tan solo estaban Arthur y… ¿Ian? Eso era raro. Parecía que no le quitaba la vista de encima al rubio, quien leía nervioso, sin poder concentrarse, mirando una y otra vez en dirección a la puerta esperando por alguien que pudiese rescatarlo de tan incómoda situación.

―¡Javi! ¿Podemos hablar un segundo?

Afuera le relató su recién inventado plan. Lo único que podría librarle del pelirrojo. Acevedo lo contempló dudosa. ¿De verdad él deseaba que lo dejara en paz? Además ella ya había hecho planes con Alfred… pero la súplica en los ojos de su amigo la convenció.

― Ya, pero de ahora en adelante me tení' que mantener al tanto de la situación, ¿okey? De todo lo que pase… ―una sonrisa se dibujó en su rostro, y se reprendió a sí misma por andar pareciéndose al francés. Eso es cosa de Martín pensó avergonzada.

― Él me contó ―respondió sin entrar en detalles.

Ambos rubios la contemplaron sorprendidos.

― ¡¿Él te contó?! ¡¿Y a mí, al país del amor, no fue capaz de informarle?!

Ella se encogió de hombros y rió dulcemente.

― ¿Lo siento? ―Inquirió aun riendo.

― ¿Crees que volverá para terminar la reunión? ―Musitó Alfred.

Francis y Javiera compartieron una mirada divertida, él le guiñó un ojo juguetón y volvieron a reír con ganas.

― ¡Honhonhon~! Mon chérie, lo dudo mucho… no alcanzarían a…

― Está bien, está bien, ¡lo último que quiero es imaginarme esas cosas entre mi ex tutor y ese tipo! ―Exclamó el de lentes cubriéndose los oídos y cerrando con fuerza los ojos.

― ¡Y me dicen a mí pervertido! ―Bramó con fingida indignación, mas una delatora sonrisa no tardó en dibujarse en su rostro.

Llegó la hora de volver a la reunión, y efectivamente, Arthur no regresaba. Alemania dio una introducción al siguiente problema y no se supo más de angloparlantes en la sala.


― ¡Ian! ―Llamó el rubio respirando con dificultad.

El susodicho se volteó fingiendo sorpresa, y esperó con una sonrisa a que el menor le diera alcance mientras encendía un cigarrillo.

― ¿No puedes estar sin mí, eh?

― Cállate ―espetó Inglaterra frunciendo el ceño―. I just… solo quería…

― ¿Qué ―interrogó el pelirrojo agarrándolo por la cintura y pegando su frente a la de su interlocutor―? ¿Qué querías, Artie?

Ya no sabía si jadeaba por la carrera, o por la cercanía del mayor. Las orejas le ardían, y la vista se le estaba nublando, pero tenía que encontrar una respuesta coherente. Oh, damn, no había pensado en eso, bloddy hell! No se había tomado el tiempo de formular ninguna excusa, simplemente había partido tras él como una muchachita enamorada. Maldito escocés que le alteraba las hormonas.

― C'mon, Artie… contéstame ―pidió mordiendo el lóbulo de su oreja―, no es ni medio día, y ya me tienes caliente… si no quieres que te haga mío en plena vía pública más te vale responderme.

― Oh, fuck you ―bramó antes de apoderarse de su boca y colgarse de su cuello.

― ¿No querrás decir fuck me? ―Rió Escocia sin despegarse de la isla.

― ¿En plena vía pública? ¡Claro que no, idiot! ―Exclamó separándose definitivamente y desviando la mirada, acalorado y avergonzado― I… I don't… Ya no tengo que volver a la junta, de todas formas, así que…

El pelirrojo sonrió con sorna y lo agarró por la muñeca, emprendiendo su camino directo al hotel.


Era extraño, pensaba Perú. ¿Desde cuándo el gringo y la chilenita se andaban llevando tan bien? No le gustaba tanta sonrisita, y por la expresión que tenía el rubio a su lado parecía que a él tampoco.

― ¿Y vos sabías algo de esto, Miguel?

― No, pe… ¿no te parece raro?

― ¡Pero obvio, che…! No me gusta nadita esa sonrisita boba que trae el gringo…

Porque Estados Unidos de Norteamérica sonreía encantado, ya que por fin podía abrir la boca libremente, y estaba aprovechando de conversar todo lo que tuvo que callar durante la reunión. La castaña no podría huir de él. Tendrían que recorrer todo París charlando.

― ¿A dónde quieres ir primero?

― Hm… ¿qué tal si vamos al Louvre? ―Consideró ella.

― ¡Che, Javi! ¿Querés ir a comer algo? ―Preguntó Martín con una sonrisa un tanto nerviosa.

― Pucha, no puedo, Martín. Tengo todo el día ocupado, pero mañana te prometo que salimos a andar por el Sena, ¿dale?

― Dale, che, ¡pero me lo prometés, ah! ―Aceptó contento, pero un tanto herido. ¿Prefería andar con el 'héroe', que con él? Por lo menos la tendría para sí el día siguiente.

― ¿O sea que mañana no estaremos juntos? ―Murmuró desanimado Jones.

― Estaremos juntos en el desayuno y en la cena, no creo que salir a almorzar con Argentina sea un problema ―repuso Chile.

El rubio hizo un adorable puchero, pero la castaña reprimió una sonrisa y frunció el ceño.

― Eres imposible, Jones, ¡es un almuerzo!

― ¡Pero te echo mucho de menos, y cuando tenemos la oportunidad de estar juntos sales con tu vecino!

― ¡Es mi vecino, pero no puedo andar con él por el Sena un día cualquiera! Yo también ―desvió la mirada, ruborizada. Ya todo ímpetu desvanecido, sus fuerzas flaqueaban, pero no le quedaba de otra que armarse de valor―… yo también te echo mucho de menos, pero ya se lo prometí, y no puedo faltar a mi palabra, Alfred.

Él infló las mejillas como un niño pequeño, pero cuando ella se dio la vuelta, la abrazó con fuerza. Hundió su rostro en el hueco de su cuello, suspiró y luego mordió la piel expuesta, sacándole un jadeo de sorpresa y de deseo.

― Jones ―le advirtió ella moderando su voz.

Él rió, mantuvo sus brazos alrededor de su cintura y la contempló resignado, con una sonrisa dulce, antes de plantarle un suave y apenas perceptible roce en sus labios. Luego agarró su mano derecha y se encaminó con cierta prisa hacia la salida del edificio.

Ni Martín ni Miguel podían quitarles los ojos de encima.

― Entonces, ¿vamos caminando hasta el Louvre, y así nos comemos un cono de helado en el camino?

― Claro, ¿no estamos a muchas cuadras, verdad?

― Nop, un par de calles nada más, vayamos por el lado del río.

Iban tomados de la mano, y parecía tan natural… incluso mientras tomaban el helado, mientras tomaban fotografías, mientras reían por cada tontería… se sentía bien. Recorrían las calles de París como dos enamorados. Las orejas le ardían, pero no importaba. Hacía frío, muchísimo frío, pero mientras su mano derecha continuara entre los dedos del rubio todo marchaba bien. Recorrieron un sector del Louvre. Se dedicaron a ver cuadros, más que nada, pues cuando decidieron pasar a ver esculturas se dieron cuenta que ya había anochecido afuera. Tomaron un taxi, y se dirigieron a Montmartre, donde Alfred tenía reservada una mesa. Pudo ser el vino, el bufón que tocaba el acordeón, o simplemente el mágico ambiente que se respiraba por todos lados, pero ambos coincidían que, definitivamente, se hallaban en el país del amor.

― ¿No crees que deberíamos honrar a Francis? ―Propuso con una extraña sonrisa y las pupilas dilatadas.

― Creo que definitivamente debemos agradecerle por permitirnos disfrutar de esta velada, sin embargo… ¿no creí' que como que te pervierte andar por aquí? Podríamos darnos una vuelta por el Lido[1] igual…

― Hm… de que te pervierte, te pervierte, but… yo preferiría dirigirme directo al hotel ―susurró relamiéndose los labios. De repente, tenía la boca increíblemente seca.

― ¡No seai' fome, po' Alfred ―exclamó roja como un tomate ante la sugerente mirada del estadounidense―! Si… si vamos te prometo que… que no ―tomó una gran bocanada de aire, y luego cambió su actitud por completo. Ya era suficiente, no era una niñita, y tenía que aprender a reaccionar. Se inclinó en la mesa hasta quedar a tan solo unos centímetros de él, y sonrió lascivamente―… que no podrás dormir en toda la noche ―susurró antes de soltar una risilla y volver a su asiento como si nada. Sí, definitivamente era el vino.

La garganta del rubio era comparable a un desierto, pero no estaba dispuesto a pedir nada más. Rápidamente pidió la cuenta y abrió la marcha hasta el cabaret más grande y exclusivo de París.


Arthur alcanzaba a distinguir la espalda del pelirrojo por el espejo en donde se anudaba la corbata. Pese al frío, había salido al balcón a fumarse un cigarrillo, puesto que su elección de ropa había sido mucho más simple, claro que no por esto dejaba de verse impecable, elegante y atractivo.

― ¿Ya estás listo? ―Inquirió Escocia cerrando las puertas del balcón tras de sí.

― Sí, vámonos.

El mayor sonrió con suficiencia y le plantó un último y hambriento beso antes de salir de la habitación. El menor simplemente rodó los ojos, y reprimió una traviesa sonrisa que luchaba por salir. Para la frustración de ambos –pese a que Inglaterra jamás lo aceptaría–, debieron compartir el ascensor con más gente, pero por lo menos no fueron más que unos segundos. Una vez en el restaurante, habiéndose relajado, pidieron un buen vino y retomaron una vieja conversación.

― Entonces… ¿qué dices?

― No lo sé, Ian, yo… yo debería conversarlo con Tony primero.

El pelirrojo bufó, tomó un gran sorbo de la copa y luego depositó sus orbes sobre esas esmeraldas que tanto lo enloquecían.

― No estaría mal que tomaras alguna decisión por tu cuenta alguna vez, Artie ―repuso con acidez―. De hecho, quizá hasta pudieras aligerarle un poco su trabajo al viejo Blair.

― ¡Por supuesto que estaría mal, yo no puedo tomar esa clase de decisiones por mi cuenta, es irresponsable! ―Bramó exasperado el rubio.

― ¡Oh, eres tan aburrido ―exclamó con fingida molestia, sin poder retener una sonrisa traviesa―! Entonces… cuando terminemos aquí, ¿vamos al Lido?

― Sí.

―Ok… no pareces muy entusiasmado… ¿estás molesto?

― No.

― ¿Vas a continuar toda la noche con respuestas monosílabas? ―Preguntó mientras una oscura y tenebrosa aura se dibujaba a su alrededor, el ceño fruncido y una sonrisa un tanto aterradora.

El menor de los Kirkland desvió la mirada un tanto nervioso, con el ceño fruncido y la boca curvada en una extraña mueca.

― I don't think so ―murmuró turbado.

― Bien, cuatro palabras, vamos mejorando ―ensanchó su sonrisa mientras se acercaba peligrosamente a su presa, digo, a su pareja―. Ahora, ¿por qué no mejor en vez de dar respuestas negativas o afirmativas comienzas a decir lo increíble y sexy que me encuentras? ―Propuso haciendo sonar sus nudillos.

― ¿Por qué no mejor en vez de andar intimidándome pagas la cuenta y nos largamos de aquí? Todo apesta a rana asquerosa y pervertida, quiero irme ―espetó con furia contenida.

Ian rió, y se relajó notablemente. Se puso de pie junto con el rubio y lo agarró de la muñeca con fuerza, simulando muy bien una caída y para luego sostenerlo por los hombros.

― Uh, parece que el pequeño anda con ganas de amenazarme, ¿eh ―susurró en su oído―? Sí que tienes agallas el día de hoy, ¿no, Artie? Pero no te bastará solo con eso. No te preocupes, no planeo hacerte nada todavía… pero espero que tengas en cuenta que no te será tan fácil caminar mañana, Darling.

Arthur tragó saliva trabajosamente. Seguía tenso y alterado, los nervios no lo abandonaban, pero tampoco se plantearía la retirada. Jamás se mostraría como un cobarde ante el mayor… y claro, tampoco es como si no anduviera con ansias ya por todo lo que se avecinaba esta noche. Lo siguió con una impecable actuación, ni siquiera sus hadas se darían cuenta de que no se encontraba en realidad enfadado. No le dirigió la palabra en todo el camino, y una vez en el cabaret, se plantó a beber sin siquiera mirarlo. Escocia no le quitaba los ojos de encima, se estaba empezando a enojar. Pidió un whisky y se inclinó hasta posar sus labios en la oreja del rubio donde suspiró para luego morder el lóbulo con suavidad.

― No te saldrás con la tuya, Artie ―susurró―. Ya me aburrí de este lugar, ¿por qué no nos vamos al hotel antes de que tenga que cargarte?

― ¿Arthur?

El inglés casi se atragantó con el ron cuando escuchó esa voz. Se enderezó rápidamente, echándole un último vistazo burlón al pelirrojo, antes de ir al encuentro de la chilena.

― No pensé que los encontraría por aquí ―dijo sonriente.

― Fue idea suya ―aclaró el estadounidense―. Quería venir a toda costa, pero no creo que nos quedemos mucho.

― Ah…

― ¿Andai' con Escocia? ―Preguntó la castaña con una sonrisa ligeramente pervertida.

― Sí, pero nosotros ya nos estábamos yendo ―habló el mayor integrándose a la conversación―. Un gusto alcanzar a verlos, claro.

― Oh, ¿se van tan pronto? ―Murmuró Estados Unidos claramente decepcionado.

― Sí ―espetó Ian antes de que el rubio tuviese la oportunidad de rebatir. Hizo un ademán con su mano derecha y con la otra agarró al menor por la muñeca y lo deslizó a través del local a una velocidad impresionante.

Ambos americanos se quedaron un tanto confundidos.

― ¡Oye, tú, espera! ¡No puedes ser tan grosero! ―Bramó Inglaterra ahora enfadado de verdad.

― No estoy siendo más grosero que tú. ¿Ahora quieres hablar? ―Siseó el pelirrojo entrando último al auto.

― Eres un imbécil.

Escocia se volteó a verlo iracundo. Si antes estaba enojado, ahora estaba furioso.

― ¿Yo soy el imbécil ―rugió sin siquiera sonreír―? ¡¿Yo soy el imbécil ―repitió empujándolo, de modo que quedó recostado en el asiento―?! Será mejor que empieces a comportarte, Artie ―susurró estando sobre él, sus rostros a pocos centímetros―. ¿Acaso tendré que enseñarte modales básicos ―sus manos tampoco estaban quietas. Una recorría juguetona el espacio libre entre ambos cuerpos, mientras que la otra acariciaba gentilmente el cabello rubio―? ¿O quizá… debería darte una lección ―tiró de un mechón de cabello con fuerza, y Arthur no pudo evitar cerrar fuertemente los ojos―? No, no, no. Sabes que me gusta que tengas esos dos ojos tuyos bien abiertos… otra razón más para odiar tus días de niño rebelde, ¡pirata! ¿Por qué diablos llevabas un parche en un ojo? Sí, sí, todavía no te he castigado por ello…

― Yo no necesito que nadie me castigue, ¡mucho menos tú! ―Profirió con voz ahogada, pero potente. Las esmeraldas refulgían de rabia.

― ¿Te estás poniendo insolente, niño? ―Sin previo aviso, lo besó furiosamente. Ambos Kirkland parecía querer devorarse al otro de este modo. Las manos del mayor luchaban con el traje negro que llevaba el rubio, mientras que éste se asía con fuerza a los hombros contrarios.


― ¿Qué acaba de pasar? ―Preguntó Jones frunciendo el ceño.

― Bueno… acabamos de presenciar una discusión de pareja…

― Y entonces Arthur es… ya sabes… el… la…

― Ajá.

― Bien… bueno, a decir verdad, con Mattie le decíamos Mommy, ¿sabes? Aunque se me hace raro pensar… pensar en…

― ¿En Escocia como daddy? ―Rió la chilena con ganas.

Estados Unidos se le unió armoniosamente. Era una imagen aterradora que siempre intentaría borrar de su cabeza. Por lo menos, esta vez, tenía a Acevedo para aligerar el trauma.

― ¿Y si nos vamos ya? De verdad que todo este lugar apesta a pervertido, ¿no prefieres ir a Las Vegas? ―Pidió como un cachorrito.

― Hm… de que me gustaría ir a Las Vegas, me gustaría. Con tal de no despertar casada, todo bien ―sonrió como hacía poco estaba haciendo muy seguido.

― ¿Y casada con quién? ―Preguntó una voz con un acento inconfundible.

― ¡¿Martín?! ¡Hola! ¿Andai' solo?

― Vine con Venezuela, pero vino con Colombia, y vos sabés cómo se ponen cuando se plantan a beber juntas.

― Pf, de más, ya me imagino. ¿Y tus primos?

― Ni idea, ché, pero creo que voy a terminar yéndolos a buscar. ¿Y ustedes? ¿Ya se van?

― Sí ―ladró el del hemisferio norte―. Estamos algo cansados, y ya vimos suficiente.

― ¿De verdad? Bueno, de paso me aseguro que mañana no estarás muy agotada ―sonrió Argentina―. Pero, ¿segura, segura?

― Sí, hasta mañana, ¡chao!

Algo en su vecino la hacía sentir incómoda, y la actitud de Estados Unidos no ayudaba para nada.


[1] Famoso cabaret de París, más incluso que el Moulin Rouge.


Bueno, como prometí, una actualización semanal jeje, ojalá les haya gustado, ¿o habrá sido mucho ScotUk? ¡No puedo evitarlo, es que me encantan esos dos!

¡Besos! ¡Gracias por leer!