Sábado 8, París

Al principio fue incómodo. Las primeras palabras eran controladas y escuetas, pero poco a poco fueron soltándose. Al rato se encontraban charlando como los viejos amigos que eran, aunque de vez en cuando se denotaba el resentimiento en la voz del argentino.

― ¿Y ahora? ¿Qué pensás hacer?

― ¿Ahora? Bueno… había pensado juntarme con el Alfred, pero…

― ¿Pero preferés pasarlo conmigo? ¡Andá, di que sí! ―Rió Martín.

Javiera lo acompañó en sus carcajadas, y aceptó. Total, no habían quedado de verse en la tarde, sino para la cena.

Caminaron todo el día, entre risas y fingidos disgustos; recordando viejas conversaciones, acontecimientos y romances, compartiendo esos pensamientos que nadie más podía conocer. Porque, pese a lo mucho que quería al estadounidense, con Argentina existía una confianza incomparable, resultado de cientos de años en cooperación y compañía, cuando nadie más estaba allí. Sin darse cuenta, el helado día había pasado entre cálidas sonrisas.

― Oh, cada vez se pone más helado acá, ¿vendrá siendo hora de volver al hotel? ―Comentó el rubio.

― Bueno, anocheció súper temprano po'… ¿qué hora es? A lo mejor yo ya debería irme…

― A ver, son las… ¡¿diez ya?! Con razón nos estábamos congelando, ché…

― ¡¿Las diez?! ―Se horrorizó la chilena.

― Vos nunca has sido la más puntual, ché… no creo que se moleste mucho.

― Ojalá que no ―dijo ella―. No me gustaría discutir justo antes de volver a casa.

Se separaron con un rápido y cariñoso hasta luego, quedando para almorzar una vez ambos hubieran tenido una reunión con sus jefes. El argentino se fue tranquilo y sonriente, mientras que Chile corría nerviosa y preocupada, no sabiendo qué esperar. Definitivamente, lo que se encontraría superaba con creces a aquello que se había imaginado.

― ¡Alfred! ¡Lo siento mucho, de verdad que no me di cuenta que…!

― ¿De verdad ―la interrumpió él, soltando una risotada amarga―? ¿De verdad no te diste cuenta? ¿Tan solo se te pasó la hora? ¡¿En serio me crees tan imbécil?! Do you?!

― Alfred… ¿por qué sino habría llegado más de dos horas tarde?

― Se me ocurren varias razones ―siseó Jones―. I mean, no es como si hablaran de trabajo toda la tarde, ¿no es así?

― Alfred… ¿qué andai' insinuando? ¿Qué te pasa?

― ¿Y me lo preguntas?

― ¿Piensas que te engañé? ¿Y con Argentina ―Javiera rió sin humor―? Puta que estai' mal weon… sabía que estabas medio cagado de la cabeza, pero no creí que tanto… o sea, ¡¿qué chucha?! ¡¿Qué pensai' de mí ―bramó con furia, acercándoselev?! Porque, pucha, si no confías en mí, entonces… entonces no tengo idea de lo que estoy haciendo aquí, no estoy para perder el tiempo.

El rubio no sabía si detenerla o continuar alegando su culpabilidad. No le creía, pero tampoco quería perderla. Ni siquiera se había decidido para cuando Chile salió del edificio.

Una vez de pie a las puertas del hotel, se sintió desfallecer. ¿Y ahora qué? ¿Volver a evitarlo, como antes? ¿Sería capaz de odiarlo ahora? Ni siquiera era hora de volver a casa todavía, pero no podía quedarse en Europa ni un minuto más. No cuando él estaba tan cerca. Lo que necesitaba era estar sola. Sola como siempre terminaba. O casi siempre.

― ¿Javi? ¿Qué hacés acá sola? ¿No ibas a cenar con el gringo…?

No fue necesaria ninguna explicación por parte de ella. El trasandino ni siquiera preguntó. Enredó su bufanda alrededor de su cuello y la abrazó por la espalda, guiando una marcha sin rutas ni destinos establecidos, tratando de evitar las excesivamente transitadas calles parisinas.

― ¿Querés comer alguna cosa?

― No.

Y no volvieron a emitir palabra en toda la noche. Tampoco durmieron. Caminaron durante horas, sin quejarse. Con la hora de partida cada vez más cerca, el silencio de Acevedo comenzaba a atormentar al argentino, quien no la había soltado en ningún momento. ¿Qué había pasado con Jones?


― ¿Qué estás haciendo, idiot ―Inquirió Inglaterra con fingida indignación―? Ya vamos a llegar…

― Todavía nos queda más de una hora, además después tendremos la reunión con la reina y ni siquiera me dejarás tocar…

― ¡Por supuesto que no! ―Exclamó el rubio más rojo que un tomate.

― Vaya, pero si el pequeño Artie es todo un pervertido, ni siquiera me dejaste terminar la frase.

― Sabía que deberíamos haber viajado en avión… ―murmuró ahogando un gemido.

― Pero si en avión te quejas aun más… así por lo menos tienes tu tan importante discreción.

Arthur prefirió no hacer ningún comentario y apretar sus puños alrededor de la baranda. Las juguetonas manos del escocés lo recorrían sin dar tregua mientras su lengua recorría la piel expuesta de su cuello. Era un manojo de nervios, ¿qué harían si alguien los descubría? Posiblemente ningún pasajero se asomaría a ese rincón del barco[1], ni siquiera a cubierta, pues la violencia que traía el viento ponía a recapacitar al mayor de los imprudentes. ¿Qué estaban haciendo allí? ¡¿En serio no podía aguantarse hasta llegar a tierra firme por lo menos?! O hasta finalizar la reunión con la reina, que posiblemente duraría horas… Bloddy hell. Sabía que la reunión se les haría insoportable sin un poco de acción previa, ¡pero era indebido, no eran unos malditos adolescentes, maldición!

Se le escapó un suspiro de placer que no hizo más que avergonzarlo e infundirle ánimos al pelirrojo.

― ¿Ves? Te dije que eras un pervertido ―murmuró Ian antes de devorarse su boca con hambrienta necesidad.

― Pues claro que lo es, pero a ti no te llega ni a los tobillos, hermanito ―cacareó una voz burlona e inconfundible.

― ¿Qué diablos quieres, William? ¿Y qué haces aquí? ―Inquirió un indignado colorín, sin un gramo de pudor. En cambio, el pobre rubio había clavado sus ojos en el suelo, y no parecía tener intenciones de moverse o pronunciar palabra alguna.

― A Tony se le ocurrió que quizá debería echarles un vistazo… no estaba muy seguro de a qué se refería, pero… creo que ahora entendí.

La voz de Lennon en If I fell in love with you acabó con la tensión en el ambiente. Arthur se apresuró a sacar su teléfono y apartarse un par de metros para hablar con un angustiado americano.

― ¿Alfred? Alfred, cálmate, what's wrong?

― I lost her. La perdí, y nunca podré recuperarla ―gimoteó.

― Dile que vaya a llorar a la playa[2] ―espetó Gales.

― Shut up! ―Susurró molesto el menor.

― ¿Puedo ir a tu casa? Yo…

― ¿Quieres que te vaya a buscar? ―Lo interrumpió su ex tutor, ignorando el bufido que lanzó su pareja.

― No, no es necesario… ―el rubio sintió como le arrebataban el teléfono en el otro lado.

― ¿Puedes venir a buscarlo? Si no, yo lo llevaré para tu casa ―era Francia quien hablaba―. No puedo dejar que se vaya así como está. Me aterra pensar en lo que podría pasarle ―aguardó unos segundos, y en un susurro agregó―; nunca lo había visto tan mal, nunca. Pero no ha querido decirme lo que pasó, no deja de repetir que la perdió… ¿tú qué crees que haya pasado?

― Bueno, más allá de haber discutido con Chile, no sé qué pudo ser. Parecía que estaban tan bien anoche… la llamaré ahora, pero de verdad me harías un favor si lo traes tú.

― Partiremos ahora mismo.

Los Kirkland observaban a su hermano menor con incredulidad. A veces les costaba creer lo sobre protector que era con ese muchacho. Pero William empezó a preocuparse. Claro, no por el americano, sino por su hermano a su lado. Eran pocas las ocasiones en que lo había visto tan molesto. Mientras que Arthur no parecía darse cuenta, absorto en su conversación con la chilena.

― Javi, please, I beg you…

― Arthur, ¡me acusó de engañarlo! ¡Y con Argentina! Por favor, Arthur, te ruego que no me pidas que lo perdone, cuando sabes que lo más probable es que en algún momento lo haga… de verdad, necesito estar sola…

― Pero no estás sola, ¿verdad? ―Murmuró desganado y un tanto decepcionado.

― No, está conmigo. Y no pienso moverme de su lado ―contestó el argentino, quien poseía el teléfono ahora y se dirigía a otra habitación.

― ¿Quieres pasarme a Chile, por favor?

― No. Ya ha tenido suficiente de todos ustedes. ¡Las cosas iban bien en Nueva York! ¡Si yo no me hubiese ido…!

― ¡Pero te fuiste! ¡Te fuiste y la perdiste, así que no te quejes ahora!

― Pero ahora tengo mi oportunidad de recuperarla, Artie ―escupió el apodo―. Y ahora que por fin tengo mi oportunidad, no voy a desperdiciarla por nada en el mundo.

― No. No la tienes. Porque si haces un movimiento en este momento, no estarías haciendo otra cosa que aprovecharte de su vulnerabilidad. Ya viste cómo se puso, lógicamente ni siquiera se le ha pasado por la cabeza el llegar a tener algo contigo ―bramó burlón. Recuerdos de Nueva York pujaban por salir a relucir en su cabeza, pero decidió hacerlos a un lado y confiar en que Acevedo no haría algo tan estúpido como entregarse al argentino―. Así que será mejor que te pierdas y le devuelvas el teléfono.

― ¡Seguí soñando, ché!

Por poco lanza el celular al mar cuando el trasandino le cortó. Y si lo tuviese frente a él en ese momento, también lo lanzaría al mar. ¿Era posible detestar tanto a una persona? Bueno, tal parece que sí.

― ¿Qué fue todo eso, Artie?

― Espero que nada que no tenga solución, si no, sinceramente no sé qué voy a hacer con Alfred.

― ¿Y por qué es responsabilidad tuya? ¡¿Por qué siempre tienes que andar cuidándolo?! ―Espetó un violento y furioso escocés.

― ¡Porque es como mi hermano pequeño! ¡No puedo simplemente ignorarlo mientras sufre!

― ¡Sí, sí puedes!

― No. No puedo ―dijo reteniendo la ira que clamaba por salir. ¿Cómo podía reprocharle por eso? ¡No podía ser tan egoísta! ¡Tenía que estar bromeando! ―. No puedo ignorarlo, y si estás esperando que lo haga porque tú me lo pides, entonces anda dándote cuenta de tu error.

El representante de Reino Unido se encaminó de vuelta al restaurante del ferri, pero el pelirrojo lo detuvo una vez más.

― Piensa muy bien tus palabras, pequeño Artie… piénsalas muy bien. ¿Qué vas a hacer ahora?

― ¿Ahora? Voy a ir a comer algo antes de llegar, y trataré de apresurarme en la reunión para esperar a Alfred. Porque necesita mi ayuda.

Se soltó con un seco movimiento, y se perdió dentro del barco. Gales le tendió una cajetilla de cigarrillos que Ian por poco deja caer. Las manos le temblaban, y ardía de rabia, por lo que su hermano tuvo que encender el cigarrillo por él. Se fumó más de una cajetilla antes de llegar a tierra, y una vez en la habitación donde se llevaría a cabo la reunión, y, dicho sea de paso, donde Inglaterra no se encontraba, se terminó la segunda, llevándose un regaño galés cuando intentó abrir la tercera.

― Sé que no morirás de cáncer de pulmón, pero al menos intenta controlar el vicio.

― Dejaré de fumar cuando tenga a Arthur encadenado a mi cama. Hasta entonces, puedes ir pasándome el encendedor que me quitaste en el barco.

― Te lo quité porque ibas a incendiar el barco antes de prender el cigarrillo ―bufó.

― Bien, ¿podemos comenzar ya con la reunión, jóvenes? ―Inquirió Blair quien ingresaba en la habitación seguido de Inglaterra.

― Primero quiero saber dónde estaba él ―espetó Escocia.

― ¿Arthur? Conmigo, ¿no te dijo? ¿No venían juntos de Francia?

― Nos separamos antes de bajar.

El primer ministro alzó una ceja, incrédulo, pero se ahorró cualquier comentario que pudiese provocar alguna discusión entre los hermanos.

Una vez se habían tratado los temas importantes, el menor de los Kirkland se retiró bajo una impotente e iracunda mirada de ojos verdes.


[1] Se llega desde cubierta, bajando una escalera, pero tiene una cadena que impide el paso.

[2] Cortesía de Paulina Lara. Ink_Arlequin.


¿Y? ¿Qué les pareció este abrupto giro en la historia? Gracias a los que se toman el tiempo para comentar, y también a quien esté leyendo esto. Ojalá les haya gustado, ¡motívenme! Para que termine el próximo capítulo luego jijiji