I. Supervisión
Alexander era el más pacífico de los dos, y aún así sentía ganas de asesinar al ya muerto rubio. ¿Cómo se le ocurría abandonar a su hermana en su estado? Maldito americano, no se merecía todo el amor que su querida sestra[1] le profesaba. Ni hablar de Vladislav, era mejor ni acercársele. En situaciones como esta se entendía el porqué estaban tan solos esos tres hermanos, siendo que Alexander parecía un amor la mitad del tiempo. Era dulce y cariñoso, incluso estaba mejorando sus relaciones exteriores, pero su papel como hermano mayor iba por sobre todas esas cosas.
Afuera caía una fuerte tormenta. Alexander contemplaba a su hermana en silencio, con gesto duro. Vladislav no podía creer que no les hubiera dicho nada en tanto tiempo.
— Tienes que decirles. Me parece poco probable que Matvey no le haya dicho nada a nadie… será mejor evitar cualquier malentendido e informarles a los demás que llevas en el vientre al próximo Canadá. Además, ese chico tenía dos padres y un hermano gemelo, ¿no? Estados Unidos merece saber que será tío…
— ¿En serio te crees que ese idiota no le dijo nada antes de morir —soltó con ira el bielorruso—? ¡Te aseguro que él lo supo antes que nosotros!
— Vlad, ya es suficiente —lo regañó Alex. Tenía que ser duro con su hermana para hacerla entender, pero ya estaba lo suficientemente lastimada como para echarle en cara el haberles ocultado algo tan grande durante tanto tiempo.
Cualquiera que no la conociera podría decir que no le sucedía nada, pero para ellos no pasaban desapercibidos sus ojos apagados y su actitud desganada. En las mañanas era posible apreciar que había estado llorando, y ya ni siquiera se esforzaba por sonreír tétricamente. Ninguno de sus dos hermanos soportaba verla así, y eso solo servía para incrementar su rabia.
— No tengo un buen presentimiento —murmuró la chica—. Algo me dice que no debo contarle a nadie de esto, al menos por un rato.
— Pero tienes que hacerlo —le sonrió Alexander tiernamente.
Fueron interrumpidos por el sonido del teléfono. Bielorrusia no se movió, y Anya miró implorante a su hermano mayor, quien contestó con su habitual tono desenfadado.
Quien quiera que estuviese al otro lado de la línea, no tenía buenas noticias.
— Arréglense los dos, habrá una reunión en Londres —musitó calmadamente una vez había colgado.
— ¿Justo ahora —se quejó Vladislav—? ¿Y para qué?
La fría mirada que le lanzó su hermano mayor fue suficiente para que el irascible muchacho no abriera la boca hasta la misma sala. Ergo, Rusia no tuvo idea de qué iba el asunto. Cuando entraron, todos los presentes se voltearon a mirarlos. Cada par de ojos fijos en ellos, más bien en ella. Eso la ponía nerviosa, sentía como en cualquier momento alguien se iba a levantar de su asiento y exclamaría "¡Está embarazada!". No quería que nadie se metiera, era algo solo suyo. De nadie más. Solo su querido Matvey podía opinar, pero él ya… él ya no podría hacerlo. ¡Cómo deseaba poder contemplar sus orbes violetas una vez más para que le infundieran la confianza que había perdido, pero eso ya no era posible!
— Antes de comenzar, quisiéramos hablar a solas con Anya —expresó Arthur con tranquilidad, pero con extrema frialdad, incluso para ellos.
— Define ese "quisiéramos", por favor —pidió Ucrania con calma.
— Francis, Alfred y yo.
— Quiero entrar yo también.
— No.
Un incómodo silencio se extendió por el salón. Nadie decía nada, los ojos esmeralda de Inglaterra estaban congelados, sin ningún brillo, sin ninguna posibilidad de ceder. Francis y Alfred esperaban detrás de él, el primero mirando con mucha atención a la pared a su derecha, como si de una pintura se tratase, y el segundo no separaba sus azules ojos de la rusa, poniéndola nerviosa. Era tan parecido, pero a la vez tan distinto de su amado, que incluso le dolía verlo. Por supuesto, el pequeño Matvey era más delicado, dulce, tierno como un niño… bien, su hermano gemelo también parecía un niño pequeño, pero uno malcriado y ruidoso, absolutamente insoportable.
— Está bien —declaró Anya ya cansada. Le dirigió una débil y prácticamente imperceptible sonrisa a su hermano y entró en la habitación.
— ¿No tienes nada que decirnos? —Inquirió Francis habiendo cerrado la puerta tras de sí.
El modo de caminar, el tono de voz, la forma en que la observaban, todo le decía que ya lo sabían, pero no iba a dar su brazo a torcer. Ellos no debían enterarse, no… se mantuvo en silencio, con esa inocente y falsa sonrisa en su rostro.
— ¡Habla de una vez, maldita sea —exclamó Alfred fuera de sí—! ¡También somos su familia —la agarró por los hombros y la miró con fuego en sus ojos—! ¿Cuánto tiempo pensabas ocultarlo? ¿O acaso nunca nos lo dirías? ¡Dime! Todos hemos sufrido esta pérdida tanto como tú, ¡era mi hermanito! ¿Acaso pensabas que él no me diría nada?
— Alfred —gruñó Arthur apartándolo suavemente. Su expresión ya no era fría, pero tampoco tranquila. El inglés también estaba dolido—. Rusia… sé que nunca nos llevamos bien, pero… ese niño que llevas dentro es como mi nieto, no puedes apartarnos, menos ahora que no estarás con Matt —se le quebró la voz al final, y suavizó su mirada. Ahora podría haber pasado por cariño, excepto que no había nada como eso entre ellos. Con ninguno de ellos.
— Rusia —esta vez fue Francis quien habló—, todos estamos de acuerdo en que no puedes pasar esto sola…
— No estoy sola —lo cortó ella sin modificar su sonrisa.
— El clima tampoco es el adecuado… —continuó el francés.
— Es mi casa —volvió a interrumpir la chica.
— La cosa es que vamos a plantearle el tema a los demás países, y lo llevaremos a votación. Después de todo, es el futuro de Canadá, de alguien como nosotros, así que le incumbe a todo el mundo —explicó cabreado Estados Unidos.
— ¿Quieren explicarme qué tanto quieren votar?
— Pues tú… que pases tu embarazo en mi casa —terminó esperando una explosión por parte de la chica.
Por su lado, intentó mantenerse serena, con la sonrisa intacta, y esperó a estar segura de que su voz saldría controlada. No iba a dejarse llevar, no, pero ardía de la furia por dentro. ¿Quién se creía ese yankee gordo para imponerle una decisión como esa? ¡Por supuesto que no le incumbía al resto del mundo! Ella pasaría su embarazo en su casa, acompañada de sus hermanos. No necesitaba la vigilancia de nadie.
— Me parece una medida totalmente innecesaria —dijo con voz completamente neutral.
— Eso lo veremos —masculló Arthur completamente exasperado.
¡Los tres sabían que ella no se encontraba bien, que estaba dolida y enfadada, entonces ¿por qué demonios no podía borrar esa estúpida y falsa sonrisa de su cara?! No lo soportaba.
Salieron los cuatro en silencio, atrayendo las miradas de todos en la sala. Vladislav fue el primero en notar algo raro. Alexander le había contado la llamada que había recibido, pero algo en la mirada de su hermana le decía que saldría muy enfadado de allí.
— Gracias a todos por venir —los saludó el inglés haciendo uso de todo su autocontrol y buenos modales—. Tenemos una noticia que darles, y luego les pediremos su opinión acerca de un tema de gran importancia. Todos sabemos que cuando un país muere, otro nace en su lugar… pero nunca hemos visto este proceso de cerca. No sabemos de dónde provenimos, y tampoco estamos seguros de que sea lo mismo en todos los casos, pero… nosotros sabemos quién ocupará el lugar de Matthew —guardó silencio y contempló a la muchacha que estaba sentada a su lado, quien se mantenía impasible. Mantenía esa sonrisa que tanto detestaba, pero sus puños estaban fuertemente apretados—. Rusia está embarazada —soltó provocando un murmullo general por toda la habitación. La exaltación era obvia, nadie se esperaba una noticia como esta, mientras que Bielorrusia y Ucrania quedaban paralizados en su sitio. ¿Por qué demonios enunciaba algo como eso en una reunión semejante? ¡Eran temas personales, maldita sea! Nada que tuvieran que enterarse los demás.
— Estoy seguro que todos estarán de acuerdo con nuestra propuesta —opinó ahora el estadounidense—. Lo más lógico es que pase su embarazo en mi casa —Alex tuvo que sostener a su hermano en su sitio para que no se lanzara sobre el de lentes—, así estará con un clima más grato y estará vigilada constantemente, con asistencia inmediata, y sin contar que cerca del lugar en donde el pequeño vivirá posteriormente. Además, sería prudente asegurarnos así de que no se evitará ningún contacto con nuestra familia pese a no estar Mattie ahora con nosotros.
Todos comentaban esta posibilidad y estaba claro que estaban de acuerdo. La aceptación estaba pintada en sus caras.
— ¿Alguien se opone? —Preguntó el francés.
— ¡Por supuesto, ¿qué clase de estupidez es esta?! —Alegó Vlad alterado.
— Yo tampoco le veo ninguna lógica —agregó Alex. Ambos hermanos claramente disgustados.
— ¿También es su sobrino, no? ¡Vamos, es lo mejor para todos! Podrán visitarla cuando quieran.
— ¿No crees que esta debería ser mi decisión? Es a mí a quien están forzando a pasar más de siete meses lejos de mi hogar.
— Oh, no lo creo, por lo menos un año —la corrigió Alfred, ganándose una mirada de advertencia por parte de su ex tutor.
Alemania propuso llevarlo a votación, cosa que rápidamente todos aceptaron. Por supuesto, los únicos que se opusieron fueron los dos hermanos, puesto que no le permitieron a Anya votar. Claro que incluso si lo hubiese hecho, no hubiera servido de nada. La decisión ya estaba tomada mucho antes, antes incluso de llamarla. Era obvio.
— Queda decidido entonces. Se te darán setenta y dos horas para prepararte, y un jet pasará por ti a Moscú para entonces. Te avisaré una hora antes, para asegurarme de tu asistencia, claro que si no estás allí iré a buscarte —habló quien era ahora el único representante de Norteamérica—. Desde a partir de entonces, te quedarás conmigo hasta que considere prudente que se retiren —remarcó al final el plural.
Listo. Ya no había marcha atrás.
Dentro de tres días comenzaría su infierno.
[1] Hermana
