II. Mudanza
Llevaba tres maletas grandes y una de mano, además de su portátil y un bolso. El cabello largo iba recogido en una coleta alta, la ropa bajo el grueso abrigo era fresca, y llevaba un cambio de calzado a mano. Por supuesto, la bufanda que le había regalado su querido hermano mayor iba alrededor de su cuello, como siempre.
El menor de los hermanos no se encontraba por ningún lado, y ya casi era hora de partir. Jones ya había llamado hacía unos minutos y debía llegar al aeropuerto si no quería tenerlo merodeando por ahí. Alexander lo buscaba, pero no había ni un rastro del rubio. Ambos suspiraron resignados, no habría caso. El chico simplemente no quería decir adiós.
— Prométeme que estarás bien, y ante cualquier inconveniente me llamarás, sin importar la hora. Me da igual si me puedo meter en problemas, porque si tengo que ir y patearle el trasero al idiota de América lo haré —le habló dulcemente después de darle un apretado abrazo.
— Por supuesto —aceptó la chica, con una, aunque débil, auténtica sonrisa en su rostro. Una que no había enseñado en mucho, mucho tiempo. Y posiblemente no volvería a enseñar nunca.
No intercambiaron más que miradas durante todo el trayecto. No quedaba nada que decir.
Allí, Alfred ya les estaba esperando, con una mueca de aburrimiento y kilos de ropa encima, pero aun así temblaba de frío.
— S-se ta-tardaron —intentó sonar como una broma, pero el reproche estaba claro en su voz, además el castañear de sus dientes no ayudaba mucho.
— Lo sentimos, hubo un par de inconvenientes antes de salir —se excusó Alex con la mejor sonrisa que pudo esbozar, siendo ésta no muy creíble.
Estaba tenso y enfadado, y abrazaba a su hermana protectoramente por la cintura. Entregársela a ese infantil capitalista con complejo de héroe no le gustaba nada.
Tampoco es como si Anya estuviera muy cómoda, sobre todo porque ella sentía que era la única capaz de ver un lado que todos pasaban por alto en el americano: sus ansias de poder. Jamás iba a tolerar tenerlo cerca de su bebé. Aunque tuviese que descuidar a su nación por años, no iba a permitir que influenciaran a lo único que le quedaba de Matvey, no, no algo tan ruin. ¿El país de la libertad? Ja. Sí, la Unión Soviética no había permitido partidos políticos, pero el tener dos partidos que significan lo mismo no es una gran diferencia.
El viaje a Nueva York fue largo, sin turbulencias y principalmente silencioso. Ninguno de los dos países deseaba la compañía del otro, pero estaban obligados, de una u otra forma, a ello. Alfred se había sentado lo más lejos posible de su nueva huésped, quien a su vez había buscado hacer lo mismo. Ambos con la mirada perdida por la ventana, pensando en el incierto futuro. La rusa estaba cansada, con hambre y de muy mal humor, algo no muy extraño de acuerdo a la posición en que se encontraba. Pese a todo su cansancio, no fue capaz de dormir en las diez horas de vuelo, aunque ni siquiera se le notaba el abrumador sueño que sentía… pero quizá eso no fuese tan bueno como a ella le gustaba pensar. Siempre había preferido que nadie se diese cuenta de su estado, ya fuese anímico o físico, aunque con el paso del tiempo sus hermanos la conocían tan bien como a sí mismos, así como ella a ellos. Después de haber pasado tantos siglos sola, no era tan malo que un par de personas te conocieran, ya que estaba segura que ellos jamás podrían herirla.
Alfred F. Jones era todo lo contrario. Como un libro abierto, era efusivo, extrovertido e hiperactivo. Un verdadero dolor de cabeza, sociable y siempre rodeado de todo el mundo. Había tenido un tutor excelente, quien había sido un padre para él; un hermano gemelo más que dulce y otra multitud de hermanos, e incluso a Francis se le podía incluir en el grupo. Él, que nunca había conocido el verdadero frío, la verdadera soledad, nada.
No había forma de que llegasen a congeniar, jamás. Su estadía en su casa no sería más que un verdadero infierno para ambos… sin embargo, había insistido tanto.
No le prestó ni la más mínima atención al camino hacia la casa de Alfred, en el centro de Manhattan. Por fuera parecía imponente y señorial, pero por dentro bien podría haber sido el piso de un estudiante universitario. Tan típico de Jones.
— Esta será tu habitación —dijo el rubio un tanto incómodo—. Dejaré las maletas aquí mientras te muestro el resto del lugar, y… bueno, luego puedes pedir que alguien te ayude a ordenar, por lo general Lituania viene una vez por semana para ver que aún sea posible caminar por la casa —rió el estadounidense sin despertar la más mínima sonrisa en la muchacha.
— No será necesario, puedo hacer las cosas sola. Estoy embarazada, no inválida —replicó mordaz.
— Ok, ok! No es necesaria tanta agresividad, cálmate, commie —musitó con una sonrisa forzada.
Él la estaba obligando a vivir con él, se suponía que tendría que soportarla, ¿no? Ahora la chica sí reía, rodeada de un aura oscura. Le haría esa tarea lo más difícil posible.
— Si tanto te desagrado, entonces puedes enviarme de vuelta a mi casa, cerdo capitalista. No necesito la supervisión de nadie, menos de alguien como tú.
Era la cuarta o quinta vez que decía eso luego de la reunión. Todo el mundo, literalmente, había decidido que lo mejor era que pasara el embarazo con el rubio, quien se mostraba legítimamente preocupado por el bienestar del bebé. Al fin y al cabo, todos lamentaban profundamente el fallecimiento de Williams, sobre todo porque nadie había tenido la oportunidad de apreciarle y conocerle como merecía. A la vista de todos, lo correcto era que se quedara con él, donde tendría un clima más agradable y una supervisión constante, en vez de estar en su casa completamente sola. Solo Alexander y Vladislav se habían opuesto, alegando que ellos estarían allí para ella, pero no tenían nada que decir a favor del clima. En conclusión, Estados Unidos siempre se salía con la suya.
— Llevas a mi sobrino contigo, así que por mucho que me moleste, te quedarás aquí hasta que considere que él estará a salvo.
— Él se llama Dmitri —espetó con ira.
— ¡Es un nombre horrible! ¿No has pensado en algo como Michael, Jackson, o quizá…?
— ¡No! No llevará un nombre en inglés —lo cortó indignada.
— ¡Pero es el próximo Canadá, ¿no se supone que lleve un nombre canadiense?!
— En Canadá también hablan francés.
— Pero nadie habla ruso —refutó con una sonrisa burlona, sabiéndose vencedor.
— Es mi hijo, no el tuyo —atacó ella, no habiéndose imaginado jamás los resultados que obtendría.
Por alguna razón, había sido un golpe duro para el de lentes. Sí, sabía que no era su hijo pero… lo sentía como tal, después de todo, era el hijo de Matthew, su hermanito. No era justo que lo tratara así, como si no fuera nadie, ¡también llevaba su sangre! También tenía derecho a opinar… el pequeño iba a vivir sobre él, en cambio ella estaría a miles de kilómetros, ¡no debería buscarse tantos problemas! Uno de sus argumentos era que él siempre estaría al alcance del pequeño, se convertiría en quien podría apoyarse ante cualquier cosa, por eso debía conocerlo desde siempre, era lo más adecuado…por supuesto, jamás le diría a nadie que había sido Matt quien le pidió que los cuidara. Era una promesa que cumpliría a toda costa, sin importar la resistencia que opusiera la chica.
— Será como un hijo para mí —declaró él con voz ronca, desviando la mirada.
Ella lo observó iracunda. Nunca, nunca le permitiría una relación así con su hijo. El americano no tendría tolerado tal acercamiento, jamás. Antes de eso, escupiría sobre la tumba de su amado.
— Eso sobre mi cadáver.
— ¿Piensas prohibirme que siquiera me le acerque? ¡¿Es que acaso no prestaste la más mínima atención a la reunión?! ¡¿Cómo piensas estar ahí para él todo el tiempo, eh?! ¡En algún momento deberás atender tus asuntos en tu casa, y cuando eso ocurra, yo estaré ahí para él, siempre! Podrá recurrir a mí en un abrir y cerrar de ojos, ¡seremos vecinos, Anya!
¡Paf!
— Nunca me eleves la voz, y ya deja de tomarte tantas libertades conmigo, maldito yankee, tú no tienes derecho a llamarme por mi nombre —masculló antes de darse la vuelta y dejar el departamento airosamente.
La mejilla le ardía dolorosamente. Siempre había sabido que la muchacha tenía fuerza, pero esa cachetada le había tomado completamente desprevenido. ¿Y ahora a dónde se había ido? No debería dejar que anduviera sola por las calles de Nueva York, no era seguro, pero no se le antojaba salir a buscarla. Sabía que armarían un escándalo, y si había algo que molestaba al canadiense eran los escándalos, recordó con una sonrisa melancólica en su rostro. Nunca pensó que lo echaría tanto de menos. Era su hermanito, después de todo.
Braginsky había salido de la casa completamente furiosa. Necesitaba descansar, pero ya. Sentía que en cualquier momento sus parpados se sellarían y su cuerpo no la soportaría. Pero había cerrado la puerta, no tenía llave y no iba a tocar el timbre para que ese idiota la abriese con burla. Decidió que lo mejor sería caminar, dar unas vueltas para conocer el lugar, pero se sentía pesada y rara. Algo le decía que no debía moverse, pero… sus pies ya no la sostenían.
No. No eran sus pies, eran unos fuertes y cómodos brazos que la envolvían y le habían evitado un seguro golpe contra el piso.
— ¡Vaya! Salgo porque pienso que seguro no has llevado las llaves y me encuentro con que casi pierdes el sentido. ¿Estás bien?
— Aún no me has dado ninguna llave, idiota.
Intentó ponerse de pie, pero el chico la apretó contra sí, para luego entrarla en brazos a la casa.
— ¡Oye, suéltame!
— No. Estás muy cansada, y ni siquiera dormiste en el avión. Te llevaré a tu habitación y… ¿qué quieres para comer? ¿Qué tal un poco de helado?
La muchacha se sonrojó sin siquiera saber porqué. ¿Tanto se le notaba el hambre y el cansancio? Sabía que la respuesta era negativa… entonces, ¿por qué ese idiota lo había notado?
— Helado estaría bien —murmuró desviando la mirada.
El chico sonrió con ganas. Quizá no iba a ser tan difícil, después de todo. Había pensado que sería imposible… en realidad nunca había entendido la fijación que tenía su hermano por su enemiga. Sí, aceptaba que sus ojos eran cautivadores, pero hasta ahora nunca la había visto de verdad. Siempre cubierta con ese enorme abrigo, apenas sí era posible apreciar su cabello. Nunca la hubiese imaginado tan ligera, ni tampoco tan… ¿tan qué? ¿Qué era eso que había ocasionado que su corazón latiese tan aprisa?
Ahí estaba otra vez, ese condenado rubor en sus mejillas cuando le entregó el helado. Por alguna extraña razón su pulsó se aceleró violentamente.
— ¿No crees que es… un poco, eh, mucho?
— ¿Eh? ¿El helado, dices?
Bien, quizá había exagerado llevándole una cazata entera.
— ¡Come lo que puedas! El resto me lo das a mí, quien como el héroe que soy, te salvaré —rió estrepitosamente.
Anya alzó una ceja, pero comenzó a comerse el helado con muchas ganas. Para desgracia del americano, parecía que se lo iba a comer todo.
— Creí que habías dicho que era mucho —se quejó el rubio haciendo un puchero.
— ¿Eh? Creí que habías dicho que lo comerías solo para salvarme, no porque quisieras —repuso ella. Y es que se estaba esforzando por tragarse hasta el último bocado, solo para no dejarle a él.
Lo siguiente fue involuntario. Ambos se sorprendieron bastante, pero es que el estadounidense se veía tan adorable exigiendo su helado, simplemente no pudo evitarlo. Luego de que el chico tragara la enorme cantidad que la muchacha había puesto en la cuchara, sonrió radiante y abrió la boca, esperando por más. Ella bufó y le tendió el helado.
— Nunca he visto que te tengan que ayudar a comerte tus hamburguesas, yankee.
— ¿Eh? ¡Pero así puedes practicar para el futuro! ¿No? —ni siquiera sabía porque insistía, pero le había gustado, y quería que continuara comportándose así.
— ¡No seas idiota! —exclamó ella alzando levemente las comisuras de sus labios.
El americano rió de buena gana, sinceramente animado. Quizá la estadía de la chica no sería tan mala después de todo.
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