Editado: diciembre, 2017
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Fría tensión
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Cuando el aire de la mañana atronó contra las ventanas de su habitación, Riven abrió los ojos, enfocando su visión en las cortinas de tela que atrapaban la luz grisácea del exterior.
No había dormido bien, pero no le sorprendía. Con pereza, pasó una mano por su cabello magenta y deslizó los pies descalzos hasta el piso, irguiéndose en la cama. Se percató de que el pesar que lo había albergado hacía una semana, al leer la carta del juez, aún permanecía en su cuerpo. El cansancio era otro asunto y ese lo tenía desde meses atrás.
Despabilándose por completo, miró su celular a un costado suyo. Musa no tardará en llegar, pensó. Y en efecto, diez minutos después de haber verificado la hora, el timbre de la puerta sonó tres veces seguidas, mientras él se rasuraba.
Con una toalla secándose el rostro, salió del cuarto de baño. Teniendo cuidado de no mirar la habitación contigua a la suya, atravesó su nuevo, feo y pequeño apartamento, hasta la puerta de entrada. Era Musa, su más cercana amiga, y hasta que notó que ella vestía suéter, botas e impermeable, se percató de la lluvia que caía a raudales. El entrecejo de la mujer se frunció levemente
— Sigues en pijama— observó, mirándolo de arriba abajo.
Sin responder, se hizo a un lado para permitirle la entrada. Ella se despojó del impermeable y lo colgó en la perilla de la puerta, para después seguir a Riven hasta la cocina. Recargó su cuerpo en la estufa y lo vio sentarse frente al desayunador, apático.
El único sonido perceptible se volvió el de la lluvia caer sobre el edificio, escurrir por las cornisas, chapotear al caer. Ninguno hablaba. Nerviosa por el silencio, Musa se movió, abriendo puertecillas y cajones. Sacó dos tazas y cucharas; encendió la cafetera que, bien sabía, Riven siempre dejaba preparada y volvió a dirigir su atención a su amigo, esperando una señal de vida, sin embargo no sucedió. Cuando el cargado aroma a café inundó la cocina, pausó el aparato y sirvió las tazas, con la esperanza de que eso haría hablar a Riven, pero nuevamente se equivocó.
Sólo se dignó a levantar la vista cuando una taza humeante se postró frente a él. Quizá ella esperaba, cuando menos, un "Gracias", pero estaba demasiado molesto con su vida como para dirigirle la palabra.
— ¿No piensas hablar? Acordamos que vendría—recordó Musa, halando una silla para sentarse a su lado.
Riven fingió beber de su taza, para hacer tiempo. Apreciaba que estuviera ahí, pero Musa turbaba su poca tranquilidad. No hacía más que rematar ese horrible día. Sin haber tocado el café, se levantó de la mesa y se fue a vestir. La conocía perfectamente y viceversa, así que imaginaba que sólo se quedaría sentada, mascullando alguna grosería por lo bajo.
Caminó hasta su habitación, rehaciendo la costumbre de no mirar el cuarto contiguo al suyo. Abrió el armario bruscamente, sacando el traje formal que la noche anterior había enlistado. No era la gran cosa, pero no podía ni quería exigirse más con su actual salario. Cerró las puertas corredizas con violencia y las ventanas de su habitación vibraron.
— ¡Tirar la casa no servirá!— lo regañó Musa desde la cocina, provocando que apretara los dientes hasta el dolor. Según el psicólogo que había enviado el juez, Riven necesitaba controlar su mal humor.
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Media hora después, para cuando ambos caminaban por la acera bajo la protección de un paraguas, Riven aún no le dirigía la palabra a Musa. Antes de llegar al vehículo que manejaría por muchos años, volvió a maldecir su suerte: Le resultaba una verdadera lástima el tener que usar un anticuado y deteriorado coche rojo, dejando atrás la lujosa motocicleta que su padre le había regalado. Recordar que había fallecido hacía menos de un año, empeoró su estado anímico.
Riven encendió el carro, ignorando el feo rugido que hacía el motor. Al acomodar el espejo retrovisor, este le dio la perturbadora imagen de una silla para bebé, instalada en los asientos traseros. Desvió la mirada y se percató de la mano de Musa queriendo encender la radio.
—Ni se te ocurra — le advirtió, recibiendo un sonido de falsa indignación.
Mientras manejaba por los grises suburbios de Magix, Musa notó a través de la ventana que los edificios y las señales de tránsito parecían pasar volando.
—No va a funcionar nada de lo que hagas —canturreó Musa. A veces tenía la ligera sospecha de que él deseaba ser arrestado. Tendría sus buenas razones, pensó, como ser desmerecedor de la custodia de su hija.
Riven apretaba el volante, pero nada lo destensaba más. Si aquel hubiese sido un día normal, habría sido el tráfico el causante de su enojo; sin embargo, no podía borrar la desesperante punzada de fastidio que sentía al ver a Musa. De pronto, lo soltó:
— ¿Debías mentirle al psicólogo?—inquirió severamente, doblando en una esquina con vehemencia y provocando que el coche se tambaleara.
— ¡Eso no es cierto! –protestó poniéndose rígida con la intención de evitar inclinarse hacia los lados cuando Riven diera una vuelta— Si te confesé ayer lo que le dije, fue para que estuvieras informado de cómo te clasifican.
Cuando los servidores sociales la habían entrevistado, cabía la posibilidad de que hubiera exagerado las cualidades de Riven; sin embargo, sus intenciones jamás habían sido el perjudicarlo a él o a su hija.
—Y no tenías derecho a entablar mis asuntos familiares ahí.
—Me lo solicitaron—esclareció, hundiéndose caprichosamente en el asiento del copiloto.
—Si no lo dije fue por algo—murmuró entre dientes.
El sonido del motor y las llantas salpicando agua a los costados los calló unos instantes.
— ¡Tu mentiste, yo no! ¡Acéptalo, Riven!
Él decidió no responder. Había aprendió a callarse en las discusiones con Musa. No era un gesto de cordialidad, era más bien una prevención a cualquier épica discusión; además, muy en el fondo, sabía que Musa estaba siendo una excelente amiga al acompañarlo en todo ese proceso.
Amiga. Era la palabra que se repetía una y otra vez. Volvió a apretar los dientes, frustrado.
Ambos llegaron, aún molestos, a las oficinas gubernamentales. Curiosamente el sitio estaba desértico. No había más de tres personas en la sala de espera, incluyendo a la recepcionista. Ni siquiera preguntaron si su abogado ya había llegado, porque sabían a la perfección el procedimiento burocrático. Tomaron asiento.
—Pudimos haber llegado más tarde—murmuró Musa.
Riven rodó los ojos. Lo sabía, pero a única vez que había decidido llegar tarde a una cita, su abogado se había enfadado tanto que había postergado la reunión tres semanas; y no era cómo que esperara ansioso el final de ese día, pero no se sentía preparado para vivir por siempre en la incertidumbre. Ese día el Servicio Infantil de Magix le iba a entregar a su hija de tres meses. Su estado anímico decayó un poco más, de tan solo pensarlo.
Sus problemas legales habían comenzado hacía un año, más o menos. Al principio, el embarazo de Darcy había sido su única preocupación; pero dos meses después su padre había fallecido, dejándolo a la deriva y sin consejo qué seguir. Había pensado que, tras graduarse, tendría tiempo suficiente para conseguir un empleo y ahorrar dinero, pero a un mes de terminar la universidad, Darcy había dado a luz prematuramente. Si había llegado a pensar que todo eso era malo, dos días después del nacimiento de su hija, Darcy había huido del país.
El hueco legal de su partida tardó un par de meses en resolverse, porque sólo había una persona en el mundo que podía cuidar al bebé y era él, por más esfuerzos que puso en buscar a Darcy, a sus hermanas o padres.
Llevaba meses sintiéndose impotente y pequeño, preguntándose si, de haber tenido la oportunidad, habría tenido el coraje de huir. Se cuestionaba cómo iba a poder cuidar a un bebé. Su padre lo había cuidado a él, solo; pero sentía una diferencia abismal entre su madurez y el gran hombre que había sido su progenitor. Apenas estaba aprendiendo a ser autosuficiente y la paternidad no lo emocionaba ni en lo más mínimo.
Transcurrida una hora y tres cuartos, un hombre entró al recinto. Era el abogado más barato que había podido contratar y, pese a que era un buen hombre, Riven había pagado en disgustos y tiempos de espera todo aquello que se había ahorrado en sus servicios. Era el hombre más impuntual y burocrático de todo Magix.
— Llegaron temprano — observó el abogado, sonriendo frente a ellos.
—Desde de las diez— indicó Riven con apatía. Soltando un suspiro de asombro, el abogado miró su reloj de muñeca.
— Nadie es tan puntual, a excepción de ti, claro —bromeó, indicándoles con un ademán que lo siguieran hasta su oficina —. De hecho, los servidores sociales lo notaron y te evaluaron mejor por eso.
Riven cerró los ojos, forzándose a respirar lentamente. No quería ser bueno para los servidores sociales, en verdad no. Musa le dio un suave apretón en el hombro.
Una vez en la oficina, el hombre les ofreció asiento, mientras ocupaba el puesto detrás del escritorio lleno de papeles ordenados en pilas. Cruzó sus manos frente a la cara y murmuró:
— La servidora social dijo llegaría al mediodía ¡Pongamos manos a la obra!—hurgó en una de las columnas de hojas—Tendremos que revisar y repasar ciertos papeles… ¡aquí están!—extendió sobre la superficie varios documentos repletos de letras y líneas— Léelas cuidadosamente. Sólo para darle seriedad. Tú sabes ya de que trata esto, pero ¡veamos el lado bueno: hoy todo acaba!
Musa desvió la mirada, sintiendo una ironía en esa frase, pues creía todo lo contrario. Las cosas apenas comenzaban para su amigo.
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Con la corbata desanudada, Riven abrió la puerta del departamento, dejándole el paso a Musa que tenía al bebé en brazos. Él no había elegido su nombre, pero este era Hannah. Sietemesina, con un par de problemas respiratorios controlables y, al parecer, silenciosa. Las servidoras sociales se la habían entregado dormida a Musa y así había permanecido todo el camino.
—Es muy tierna— comentó Musa cómo por onceava vez, pero Riven no aún no tenía ánimo de observarla o cargarla. Cerró la puerta de un portazo y un agudo llanto los sorprendió.
— ¡Tonto! la has hecho llorar. Si vas a querer sobrevivir, tendrás que deshacerte de esos modos.
Él rodó los ojos, fastidiado y siguió a su amiga hasta la habitación contigua a la de él. La que había evitado en busca de paz mental. Aquel era un cuarto rosado, con una gran ventana de cortinas color perla, una cuna y montones de cosas para bebé. Por supuesto, él no había elegido absolutamente nada de ahí. Él había alejado las manos y no le había molestado que sus amigos y amigas más cercanos hicieran todo el trabajo—con el dinero que él les había dado.
Aún parecía ser la vergüenza del grupo o, cuando menos así lo pensaba él. La forma condescendiente en que Stella lo había tratado esos meses le daba a entender perfectamente que no contaría con las ayudas de sus amigos para cuidar de Hannah, pero les estaba agradecido con el alivio que habían producido en su mente al ocuparse de esa habitación tan… femenina. Para empezar, ¿cómo iba a saber él qué cosas eran adecuadas para una niña?
El agudo llanto de Hannh se volvía aún más molesto, conforme se aproximaba a ella; se recostó en el marco de la puerta y observó a Musa revolviendo con una mano las cosas de un cajón, seguramente en busca de algo que callara la fuente de sonido recostada en la cuna.
—Necesito ayuda—masculló molesta.
—Sabes que no tengo ni la menor idea o interés de averiguar qué buscas.
Musa giró automáticamente a verlo, fulminándolo con la mirada. Se acercó muy lentamente a él, para dejar en claro lo que iba a decir, pero olvidó su discurso. Supo que su mirada había sido suficientemente dura para poner en su lugar a Riven, porque él no se atrevió a mirarla directamente.
—Ve a la cocina y llénalo de agua hasta la mitad— murmuró fríamente indicando el biberón que estaba encima de una mesa. Obediente, Riven salió de ahí.
Para su regreso, Musa ya había logrado tranquilizar a Hannah, arrullándola con una melodía. Se recargó en la pared, con los brazos cruzados, mirando por la ventana cuyas cortinas Musa había descorrido. El paisaje no era fabuloso, sólo era la vista a la ajetreada y fría ciudad.
—Ponle tres cucharadas de fórmula—ordenó su amiga, indicando la misma mesa de donde había tomado el biberón.
— ¿Cómo sabes esas cosas?
— Helio te dejo un libro en el estante y Flora hizo un resumen ¿No lo habías notado? —cuestionó, haciendo referencia a una hoja encima de la misma mesa. Riven se acercó a leerla. Flora se había tomado la molestia de escribir a mano con una letra pulcra algunas anotaciones y, además, había señalizado en qué página podía encontrar más información.
Miró con desconfianza la hoja. Creía que era un tonto para todos, Stella se lo había dicho; que no lo ayudarían porque debía hacerse responsable de sus actos. Aún estaba molesto con ella, pero más aún con él mismo, porque tenía razón. Entonces ¿Por qué Flora hacía algo así?
Bueno, era la novia de su mejor amigo; razonó.
Una vez concluido el instructivo de forma exitosa, se acercó a Musa para darle el biberón; evitando ver a Hannah.
—Noté que tiene el color de tus ojos— le indicó su amiga, ganando su atención. Hannah parecía comenzar a dormitar, mientras bebía.
—Se parece a ella—corrigió Riven secamente, refiriéndose a Darcy. Había notado su incipiente cabello castaño y algo en sus rasgos que figuraba más a la madre, que a él.
El silencio perduró hasta el amanecer. Un nuevo llanto despertó a los chicos, que habían caído rendidos en la cama sin deshacer. Habían conversado poco, lo usual en aquellos tiempos en que su relación se sentía sumamente rota. No habían tocado temas controversiales o emocionantes. Conversaron, cómo dos compañeros encontrados de forma casual, hasta perder las pocas fuerzas y quedarse dormidos uno junto al otro. En cualquier otro momento de sus vidas, anterior a ese, la idea de compartir una cama, incluso sin una connotación sexual, habría sonado fascinante; pero ahora no había cavidad para ello.
Para cuando el atronador llanto estaba en su clímax, Musa se despidió, haciendo caso omiso de este.
—Hazte cargo de ella. Si necesitas ayuda, no me llames—agregó, guiñándole un ojo. Al abrir la puerta del apartamento, una corriente húmeda de aire entró a la casa y al cerrar, ya sin Musa en el hogar, Riven sintió el pesar y la tensión acrecentarse sobre sus hombros.
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¡Hola! Puff, el nombre de la hija de Riven se volvió, meses atrás, un dilema. No encontraba nada bueno que pudiera encajar con una hija no deseada entre Riven y Darcy, pero Muziek me ayudó. Le debo las gracias a ella.
Por otra parte, prefiero aclarar que los capítulos no tendrán una línea temporal recta. Serán pequeños capítulos que con el transcurso se vincularán y atarán cabos sueltos ;)
Y eso sí, de todo corazón, gracias a quienes se toman su tiempo para leer y/o dejar review. Me levantan el ánimo.
Hasta la vista
Cereza Prohibida
