Editado: mayo, 2018

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Tinta acariciada por agua

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Bajo un cielo gris y entre copos de nieve, Musa atravesaba el campus universitario sin ánimos de saludar a nadie a su paso. El nuevo semestre llevaba dos semanas y la noticia se había esparcido lo suficiente para que una vieja conocida la saludara el día anterior, siguiéndole el paso.

–¡Hey, Musa! Hola… Oye, escuché algo y quería preguntarte ¿es cierto que Darcy está embarazada?

Musa se había quedado sin aliento, ante la audacia de la chica.

–No hablo con ella desde la preparatoria– evadió con desagrado, caminando más rápido para dar por concluida la conversación –. Deberías preguntárselo tú mismo.

Había huido de esa clase de chismes y comentarios, e incluso evitaba que sus amigas le dijeran más, pero aun así, incluso había bastado una larga fila en la cafetería para escuchar una sola frase que ya sabía desde hacía dos semanas, gracias a Bloom:

"Escuché que Riven es el padre."

Musa apretaba los ojos y suspiraba cada vez que eso repiqueteaba en su mente. Sí, hasta donde sabía, Riven era el padre y no sólo eso era el problema entre ellos, sino que él, su mejor amigo, no le había dicho nada hasta la fecha. Él no había escrito ni marcado, así que ella estaba decidido a tampoco hacerlo.

–Si el cielo me diera una señal, quizá–murmuró Musa para sí misma, sacudiendo las virutas de nieve en su ropa, antes de entrar a uno de los edificios.

Vivía en la incertidumbre ¿Riven y Darcy tenían una relación, nuevamente? ¿Cuándo habían regresado y por qué no le había dicho a nadie? ¿Si todo el mundo sabía, significaba que criarían juntos al bebé?

Volvió a apretar los ojos, intenando tranquilizarse. De nada servía dar vueltas y vueltas al asunto. La situación ya era lo suficientemente dolorosa, como para añadir la ausencia de Riven. Él la había alejado. Le había dicho primero a sus amigos del equipo de fútbol, antes que a ella; había permitido que se enterara por terceros y aun así no la buscaba. Respiró y caminó hasta su salón.

Al entrar, entonces vio a Jared sentando en una de las mesas dobles. Sonrió, alegre de ver un rostro conocido y amigable. Había faltado varios días a sus clases, así que era la primera vez que lo veía desde las vacaciones de invierno.

–¡Jared!– saludó a su amigo. Al verla, el aludido bajó las hojas que leía, para pararse de la banca y abrazarla.

–Me alegra verte– confesó el chico, respondiendo el gesto con calidez. Al separarse, sus brazos se deslizaron para tomarla de las manos–. ¿Qué tal las vacaciones?

Musa sonrió incómoda y se zafó del agarre con el fingido pretexto de acomodarse el cabello. Quería a Jared, en verdad que lo quería, pero simplemente no respondía nunca a su coqueteo. No lo veía de esa forma.

– Bien. Fui a Melody, a visitar a mi papá y todo bien – explicó sentándose junto a él – ¿tú que tal? ¿Te hicieron bien estas semanas?

Jared evitó su mirada, avergonzado, al recordar el enorme pozo de tristeza en que él se había convertido antes de las vacaciones, cuando su novia lo había terminado y Musa apoyado emocionalmente.

–Fui a esquiar y me dediqué a componer. Mi mamá me presentó a un amigo suyo que toca en la filarmónica y le gusta lo que hago, así que me ha sentado bien este tiempo.

Musa sonrió, verdaderamente alegre por el bienestar de Jared. Por un momento se sintió menos miserable aquel día.

–En verdad te estoy muy agradecido por todo lo que hiciste –continuó su amigo–. Creo que nunca me habías visto en ese estado.

Musa suspiró, volviendose a sentir terrible emocionalmente. Maldijo a Riven mentalmente.

–Las…traciones duelen. Es horrible creer que puedes confiar en alguien y que no te paguen del mismo modo. No podría culparte.

Jared frunció el ceño, extrañado por el repentino ensombrecimiento de Musa.

–¿Estás bien?

–¡Sí, sí!... Es solo que en verdad me indigna todo lo que hizo Sam–mintió ligeramente –. La vi en los pasillos esta semana y no tuve siquiera ánimos de regresarle el saludo.

–Está bien. Ya no pienso en ella– declaró Jared, orgulloso. Acomodó las hojas que anteriormente estaba leyendo y las extendió hacia Musa –. Cómo te decía, preferí enfocarme en otras cosas y mi nuevo maestro me ha ayudado a pulir muchos aspectos en mis composiciones, pero quería que les dieras un vistazo.

El rostro de Musa se iluminó, halagada. Jared era increíble componiendo y por ello era un honor que siempre le pidiera una crítica.

Hojeó las partituras escritas con tinta. Más de alguna vez Tecna le había sugerido a Jared un programa para hacerlas en computadora e imprimirlas, pero su libertad creativa le pedía el método de la vieja escuela.

–Esto se ve prometedor–felicitó la chica.

– Gracias. Lo aprecio mucho de tu parte, creeme. Me gustaría unirme a la filarmònica de Melody, al terminar la carrera; así que tengo que trabajar muy duro.

Musa levantó las cejas, muy impresionada. Su madre, fallecida muchos años atrás, y la de Jared habían sido amigas en la Escuela de Música Sacra de Melody, así que en verdad era un sueño dorado para Jared trascender en su carrera musical. Durante años había intentado convencerla de unirse juntos en ese sueño, pero para ella específicamente aquel ámbito musical en los escenarios causaba más congoja que ilusión.

Después de todo, los mejores momentos con su mamá habían sido cuando la tenía cerca, junto a su padre. No en la fama ni en la fortuna de ser reconocida.

Durante un rato solfeó en voz baja, siguiendo las notas, hasta que la profesora llegó al aula. A intervalos, ignoró las clases de toda la mañana, intercalándolo con la lectura de las composiciones. No tenía ánimos de tomar notas de la clase, así que sencillamente dejó que Jared lo hiciera por ella. Pensaba que la música era el contraveneno universal y en esos momentos necesitaba una dosis grande de cualquier cosa que alejara a Riven de sus pensamientos.

Al término de la última clase juntos, Jared guardó sus cosas y se despidió, besándola en la mejilla.

–Tómate tu tiempo y si necesitas rayarlas, estará bien.

Musa asintió y lo miró irse. Entonces un pequeño dolor volvió a calar en su corazón. Últimamente usaba esos recesos para ir con sus amigos en la cafetería del campus, pero no tenía ánimos de escuchar ni a Stella decirle nuevamente que mandara a volar a Riven ni a Layla animándola a confrontarlo.

Colgó su mochila al hombro, tomó la partituras en la mano izquierda y el celular en la derecha. Se detuvo en la pared más cercana a la salida del edificio, para escribir a Tecna y entonces, al levantar la mirada, vio a Riven al otro extremo del pasillo discutiendo con un profesor. Casi al instante, él la miró luciendo turbado, y rapidamente volvió su vista a la conversación.

Musa guardó el celular, sin enviar ningún mensaje y huyó del lugar, caminando nuevamente bajo la nieve. De acuerdo, eso no fue una señal. No hablaré con él, se dijo a sí misma, tomando rumbo para la cafetería; sin embargo, un paso antes de entrar, su celular vibró y hasta ese momento, se percató de lo mucho que esperaba recibir uno de Riven.

"¿Nos vemos en las bancas?", había escrito él.

Sus ojos se humedecieron y tuvo que cerrarlos fuertemente, para recomponerse. Las virutas blancas de nieve se fundían en su ropa y hacía frío, pero coincidió en que no había mejor lugar para hablar con Riven que las bancas, donde ninguna mirada los juzgaría si comenzaban a discutir, y donde solían pasar las horas de descanso en común.

Las bancas, como ellos lo llamaban, era un jardín al sur del campus universitario, inmediato a los muros que lo separaban de la calle. Abarrotado en primavera y solitario en invierno; rodeado de árboles y arbustos, con bancas metálicas estilo parque.

En aquellos instantes, imaginó Musa, los asientos estarían helados, y los árboles desnudos no los protegerían del viento; pero seguía siendo especial. Usualmente, cuando se topaban en los pasillos a la última hora de clases, caminaban hasta aquel punto exacto donde se despedían, pues sus respectivos caminos a casa eran contrarios. Sin embargo, cuando no deseaban terminar la charla, se sentaban, deteniendo el tiempo con maravilla.

Recordó con un amor que se fracturaba, la tardes del otoño pasado, cuando Riven la rodeaba con un brazo y ella apoyaba su cabeza en él. Compartían auriculares y escuchaban una mezcla de sus canciones favoritas. La desilusión volvió a atacarla. Incluso el último día de clases de invierno, él la había acompañado a su casa tomados de la mano.

Bueno, se dijo a sí misma recordando a Jared, los amigos a veces hacen eso.

Al llegar al jardín, se percató que todo estaba tal y como lo imaginaba. Despejó la nieve de una banca con una mano y sin pensarlo dos veces se sentó, aguantando el frío. Hasta entonces cayó en cuenta que no había guardado las partituras.

Las observó con horror.

Jared sonreiría forzada y dulcemente cuando las viera, pues había caído nieve sobre las notas, arruinando la tinta. Abriendo su mochila, pensó que al llegar a casa debería reescribirlas o grabar con firmeza sobre lossignos degradados. Entonces las sostuvo una vez más, frente a sus ojos.

Muchas notas no se entendían y la hoja principal estaba muy arruinada.

Suspiró, ignorando una fugaz reflexión, y las guardó finalmente.

Esperaría a Riven durante el tiempo que fuera necesario; pero si al final del receso él aún no llegaba, habría problemas. Repasó muchas palabras por decirle; decenas de frases se agolpaban en su mente, pero ninguna era lo suficientemente buena o sincera.

No podía regañarlo, pues Riven no era un niño y tampoco podía pedir una explicación de sus actos, porque en realidad estaba fuera de lugar. Era amigos. Si deseaba ser clara, debía admitir ante él que creía que había algo sentimental entre ellos, pero no tenía sentido hacerlo. No en ese momento, con aquellas cartas sobre la mesa. En realidad, quizá solo podía decirle lo herida que se sentía por no haberle confiado sus problemas actuales.

De nueva cuenta suspiró y llevó sus manos a las rodillas. Riven y Darcy habían sido novios en la preparatoria, muchos años atrás. ¿En qué momento habían regresado? Stella sugería que quizá solo había sido cosa de una noche, pero aun así era extraño. Riven no era así. Quizá en otros tiempos, cuando en la preparatoria creía que podía tener a quien quisiera si se lo proponía. Sin embargo, lo había visto madurar bastante en la universidad, así que la idea final la entristeció: Quizá en vacaciones Riven y Darcy se habían reencontrado…

Se recargo en el respaldo de la banca, mirando las copas desnudas de los árboles. Con las botas, hizo círculos en la nieve, distraídamente. Dolió, pero aceptó que siempre lo iba a querer por ser quién era. Antes que nada, era su mejor amigo. Con el pasar de los años, desde preparatoria, había sentido que algo romántico florecía entre ellos, pero si así había sido o nunca en realidad, era algo que no tenía lugar en ese momento. Se convenció de ello los minutos que esperó sentada.

Entonces lo vio llegar. Llevaba un termo de café en cada mano y le extendió uno, mientras se sentaba junto a ella. Era el inicio de su ritual de reconciliación. Bebieron y nadie dijo nada durante un par de minutos. Finalmente se vieron a los ojos y Musa sonrió, aún con la tristeza nublando sus ojos, pero esperando transmitir confianza. Riven la saludó con un gesto de cabeza. Unas oscuras ojeras nacían debajo de sus ojos amatistas.

El viento siseó sonoramente por la enramada. Se impacientó, esperando que él hablara, así que lo observó. Parecía sumamente hundido en sus pensamientos, apoyando sus codos en las rodillas y con la vista en los pies. Bebía sorbos de café, totalmente derrotado; similar a cuando concluían un semestre, tras haberse desvelado durante toda la etapa de exámenes finales.

No comprendía su nueva actitud y tampoco entendía cómo lo que antes era un hecho– como sus mutuos sentimientos, el comprenderse, su comunicación y sinceridad–, sin previo aviso se había tornado confuso entre ellos.

Llevaban años escribiendo esa relación, pero ahora todo era confuso.

Riven.

Su relación.

Lo que había parecido una buena composición, ahora parecían las partituras arruinadas por la nieve y tenía miedo de tirar las hojas, ahora indescifrables.

Ese día Riven le pidió una disculpa por ausentarse y prometió una explicación, pero Musa le dijo que entendía. No era cierto del todo, porque en verdad no comprendía qué había sucedido, pero ese día simplemente tomó una hoja en blanco y decidió que trataría de darle a la borrosa un trato indiferente.

Lo haría hasta que ambos estuvieran seguros de querer descifrarla.