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Diferencias
Riven volvió a mandarle una mirada fulminante a su hija, que se removía en la silla especial para niños que, amablemente, una mesera del restaurant se había ofrecido a colocar sobre una normal. Hannah apenas había comido, debido a la impetuosa necesidad de quitarse las correas que le sujetaban del estómago. Riven lo sabía y no le iba a dar el lujo de salirse con la suya.
Helio, viejo amigo de Riven y padrino de Hannah, con gracia nata giró hacia la pequeña de dos años y tanto, sonriendo y comentando:
–Me parece que lo dulce la inquietó más.
La niña, reaccionando ante la voz de su padrino clavó la vista en él; luego, suplicante miró a su padre balbuceando su deseo de bajarse de ahí.
–No saldrás al jardín– aseguró Riven por quinta vez refiriéndose al pequeño espacio verde con que contaba el lugar. La voz seria y la expresión de indiferencia fueron suficientes para que Hannah captara la realidad de aquello. Miró enojada a su joven padre, tomó con torpeza su cuchara y la enterró con agresividad en la rebanada de pastel que tenía enfrente, ahogando un berreo en su garganta. Riven la ignoró, sabiendo con perfección que aquello la haría rabiar.
– ¿En qué me quedé?– murmuró, retornando la atención a Helio.
–No gritó–examinó su mejor amigo, mirando sorprendido a su ahijada
– ¿De qué hablas?
Puso los ojos en blanco, al comprobar el encanto que su hija tenía con las personas que no la toleraban todos los días, cuando Helio le indicó que se refería a Hannah.
–No pienso ceder –hizo una pausa y agregó con sorna–. Ayer atacó a un niño en la guardería ¿Quieres que lo haga con otro hoy?
– ¿Qué opinas de darle un advertencia? ….cómo en el libro que te mostré.
Riven miró a su hija, la cual continuaba comiendo agresivamente el pastel. Pensó en lo que– según el Best Seller que Helio le había prestado– debía hacer y con una punzada de fastidio le dijo:
–Hannah…Estuvo bien que no gritaras, así que puedes salir– por último, dando un toque personal y severo, manifestó–. Si muerdes a un niño, nos vamos.
La aludida asintió curveando los labios en una significativa sonrisa de victoria.
Después de desabrochar los cinturones que la mantenían esclavizada y ponerla en el piso, la pequeña caminó apresuradamente y con torpeza hasta el jardín, mucho antes de que su padre se levantara y la llevara. Ambos hombres en la mesa la miraron entrar al área y prosiguieron su charla.
–Lo hiciste bien– apremió Helio.
Riven lo miró severamente. Helio pareció comprender aquello, sin necesidad de explicaciones, pues, tras una breve pausa en la que bebió de su taza de té, cambió de tema.
– Hablábamos del gimnasio
Riven, reflexivo, recorrió el mantel blanco con la vista antes de responder que posiblemente lo cerraría.
Cuando el padre de Riven era joven, había sido un atleta reconocido que, al entrar a la madurez, abrió un gran gimnasio como parte del legado que su hijo heredaría a su muerte que, por desgracia había sido temprana y circundante a la época de la concepción de Hannah.
A pesar de que en el pasado, susodicho lugar mantenía a Riven, este lo había descuidado por razones que rayaban entre el fallecimiento de su progenitor y la noticia del embarazo de Darcy (ambos con situaciones y arreglos legales de por medio). Había conseguido un empleo cercano a su departamento y a una guardería; pero en los últimos tiempos de aquel entonces su economía no le permitía continuar con el gimnasio abierto.
–Timmy sugirió, anteriormente, venderlo– le recordó.
Riven sonrió con ironía.
– Si alguien lo compra, será porque previamente lo haya remodelado...y si invierto mi dinero en eso, no valdrá la pena una venta.
–No comprendo.
–Por el terreno no me pagarían mucho; tampoco por el material actual. Si lo remodelo y luego lo vendo no recuperaré la inversión.
– ¿Y si lo remodelas y te quedas con él?
–Ya lo pensé; no sirve… Debería mudarme a una casa, no hay guarderías ni departamentos cercanos.
–La podrías tener ahí contigo–sugirió, refiriéndose a Hannah.
–Encerrada en una oficina, con una correa–completó Riven, riendo quedamente ante la alusión del hecho. Por inercia, miró hacia el jardín, dejando la mirada en Hannah recogiendo una hoja seca y mostrándosela a una niña de su edad.
Ninguno de los dos dijo algo más; hasta que, Helio, pensativo, cambió su gesto al de sorpresa y exclamó:
– ¡Aguarda! ¿No me dijiste que irías a buscar una casa, hace poco? Además, Flora me dijo que…– y estrepitosamente se calló, al recordar perfectamente lo que su prometida le había comentado. Musa y Riven habían discutido cuando ella le había estado ayudando a encontrar una casa.
Riven fingió no haber escuchado y, regresando la vista de Hannah a él, preguntó:
– ¿Qué decías?
Antes de que Helio respondiera, un sonido polifónico albergó la mesa. Helio, sabiendo que era su celular, lo sacó de bolsillo mandándole a su amigo una mirada de excusa. No tardó en contestar, sin evitar una sonrisa que no dejó lugar a dudas para Riven de quién se trataba del otro lado de la línea.
Helio no tenía hijos ni estaba casado. Trabajaba como doctor en la sala de emergencias del Hospital General de Magix y su vida era la medicina y su prometida, Flora. Ellos dos estaban a meses del casamiento y serían los primeros de su círculo de amigos en dar un paso que la mayoría consideraba grande. Nadie se metía con la idea de lo importante y, sobre todo, bien planeado que debía ser el tener hijos, por supuesto, por razones obvias de evitar silencios incómodos.
Riven se desconectó de lo que decía su amigo y volvió a vigilar atentamente a Hannah.
–Los siento. Era Flora…me necesita para decidir algo de los arreglos – le dijo Helio, al colgar.
– Claro…además ya es tarde– Se viró hacia la mesera más cercana, solicitando con un ademán la cuenta.
Pagada la merienda, ambos hombres se levantaron de la mesa. Helio se viró hacia el respaldo de la silla, donde había colgado su chaqueta. Al colocársela, miró a Riven buscando a su hija con la mirada.
– ¿Dónde está?–preguntó extrañado verificando que su hija no jugara esconderse debajo de la mesa.
No estaba.
Miró hacia todos lados: entre mesas, sillas, meseros y personas; pero ella no estaba. La inconfundible figura enana de chaqueta rosa no estaba por ningún lado. Una voz de chica lo hizo voltear.
–Oye, ¿buscas a tu hermanita?–cuestionó una de las tres chicas de la mesa de a un lado, la misma que le había enviado una mirada coqueta al entrar al local, y que él había ignorado olímpicamente.
–Eh…
Se fijó en la chica de en medio, cuando ella exclamó:
– ¡Castaña!, ¿verdad? ¡De chaquetea rosa! Juraría ver una niña salir del local…– lo miró apenada.
Fue entonces cuando sintió un terrible hueco, que ni en sus peores sueños había aparecido. Ni siquiera continuó escuchando a la chica. Sin premeditarlo, salió corriendo del lugar y la calle ajetreada lo hizo sentirse peor. ¿Cómo diantres la había perdido de vista? ¿Y si se la habían llevado? Miró los carros a toda velocidad y concibió de las peores cosas que podrían sucederle a su hija. Mareado y con algo inexistente obstruyéndole la garganta, cerró los ojos un segundo, y al abrirlos se dedicó a inspeccionaren lugar.
En la Avenido principal sólo se veían borrones transitando por la calles a máxima velocidad. En la acera personas caminaban sin fijarse en nada más que ellos mismos. Se llevó las manos al rostro, pensando seriamente. No puede ir muy lejos, le dijo su mente, pero su cuerpo comenzaba a mostrar signos evidentes de impaciencia.
Helio llegó hasta él, diciéndole algo que no escuchó. Como adjetivo hacia él mismo, que como respuesta a Helio, lanzó un improperio y salió corriendo hacia su izquierda.
Los ojos comenzaron a calarle conforme sentía no tener sangre en el rostro, ni aire en los pulmones, mientras más murmuraba insultos y mientras la culpabilidad lo hacía correr. Freno y pensó en ella, no sabía dónde estaba o si alguien se la había llevado; volvió a pensar en que la atropellaran y miró a la calle cerciorándose de que el tránsito corría a un ritmo normal. Sintió como si los ojos fueran a salírsele de las órbitas y volvió acerrarlos, tensionando todo el cuerpo.
¿Dónde diantre podía estar Hannah? ¿Y si la perdía para siempre? ¿Y si nunca la encontraba? ¿Y si Hannah corría y le daba un ataque de asma? ¿Y si moría?
–Hannah, Hannah…Hannah–se dijo así mismo, mirando, esperando encontrarla, buscando un policía que le ayudara.
Pero la miró a los lejos, en una esquina, y fue como si de un golpe sus pulmones permitieran la entrada de aire; como si el golpe del pecho martilleara un poco menos fuerte y como si la sangre que sentía desde hace poco no tener, se hubiera estancado de la impresión.
Alguien la cargaba. No importó quien fuera ni como era; ahí estaba Hannah en una esquina llorando en brazos de alguien.
Corrió como loco y con un grito esquizofrénico le arrebató su hija con violencia jadeando su nombre completo. Y se permitió respirar teniéndola en el pecho llorando y jadeando como si aire le faltara.
– ¿Disculpe?–le preguntó una mujer que con cautela le ponía una mano fuerte y dura en el hombro. Y al mirarla, reconoció a una oficial de policía.
–Es mi hija…–respondió Riven, mientras buscaba en el bolsillo de su chaqueta el respirador de Hannah con medicina para el asma. Su hija, que no lo necesitaba en ese momento, lo rechazó meneando la cabeza.
La oficial le miró con descarada incredulidad y aun teniendo cautela, como si estuviera frente a un criminal peligroso, hizo ademán de quitarle a la niña de los brazos.
–Permítame su identificación, deme a la niña y no se mueva de aquí.
Riven, ignoró las manos de la oficial y se aferró mas a la niña con un brazo mientras su mano izquierda tanteaba la cartera.
–Es mi hija–insistió como un demente.
–Joven, no puedo dejarlo marcharse así, permítame su identificación y deme a la niña– agregó con suavidad–. Se la daré cuando termine la verificación.
Y Riven se sintió completamente estúpido, carente de autoridad, entregándole a su hija. Prefería repetir cientos de veces la frase del libro de Helio que aquella situación. La oficial dejó a la pequeña dentro de la patrulla y se giró para tomar la identificación que Riven le tendió, aclarándole que haría un par de llamadas.
Él, incrédulo, resbaló su espalda contra el automóvil, hasta sentarse en el suelo. Miró a Helio acercársele corriendo. Este miró a Hannah pegada al vidrio de la patrulla y luego a su mejor amigo.
– ¿Qué sucede?
–No cree que sea mi hija… ¿Y porqué sonríes?
–Riven– Helio no borró su sonrisa– no pasas ni pareces pasar los veintiséis y tu hija y tú no se parecen en nada.
Riven lo sabía, se había percatado de aquello desde un principio; sin embargo, jamás lo había tenido tan presente. Cuando la gente le preguntaba si Hannah era su hermana, su sobrina, su prima o la niña de uno de sus amigos, imaginaba que la mayor parte de esa suposiciones eran por su edad, más nunca por el parecido.
Al ver desocuparse de su labor a la oficial, sacando a Hannah del vehículo, se incorporó. Tomando de regresó su identificación y a su hija.
– ¿Porqué te saliste?–le preguntó a Hannah que hipaba, aferrada a su papá con mucha fuerza. Parecía que la distancia le había afectado más a ella.
–Realmente disculpe por los inconvenientes– comentó la oficial–, pero son órdenes. Debía asegurarme.
–Sí, gracias–respondió Riven desganado. Helio, procurando ocultar la sequedad de su amigo, le sonrió a la policía y se retiró junto con su amigo y su ahijada.
– ¿Por qué te saliste?–repitió Riven, pasado un momento. Más su hija no contestó –No vuelvas a separarte de mí ¿entendido?–habló severamente. Ella no se movió. La calidez de tenerla en brazos aún no se esfumaba, pero el enojo comenzaba a aparecer en rus racionalidad. Una ráfaga de miedo se apoderó de él y contradiciéndose ante su hija, comentó –Perdóname… ¿estás bien?–la pequeña continuó apoyada contra el pecho de su padre– ¡Hannah!–ella asintió y él añadió más presión al abrazo.
Si supiera…, pensó Riven. Evidentemente Hannah no tenía ni la menor día de cuanto había sufrido. Divagó con esa idea durante mucho tiempo, inclusive después de que dejara a Helio con Flora, y se despidiera de la pareja; inclusive después de regresar al departamento y dejarla dormida en su cama; cuando veía la tele si verla, cuando estaba recostado en la cama. No podía borrárselo y es que el pasado lo atacaba.
Cuando ella había finalmente llegado a su vida, el miedo de no saber quererla como su padre a él, lo había hecho agonizar. Aquella tarde, cuando no la encontraba en ningún rincón, mentalmente era abofeteado por la realidad, que le decía a gritos que podía comprender cómo su padre lo había llegado a amar.
Acababa finalmente de perdonarle tantos errores pasados.
En la oscuridad de su habitación, lo evocó. Cada enseñanza, regaño y bofetada de él comenzaban cobrar sentido, si analizaba los porqués. Elevó una ceja, sabiéndose conocedor de algo nuevo. Cuando era niño, una vez se había alejado de su padre en un centro comercial. Habían pasado dos horas antes de poder encontrarlo, y cuando llegaron a la casa, su padre le gritó hasta hacerlo explotar de ira. Su padre jamás había sido un hombre de tacto y mucho menos, uno capaz de expresar sus sentimientos. Y habían tenido que pasar, irremediablemente, tantos años para entenderle.
Se abrazó al recuerdo de su padre.
Dejó pasar un minuto entero en la expectación y encendió la lámpara de su mesa de noche, decidido: Iría a buscar los clasificados para encontrar la casa más cercana al gimnasio, porque no podía desprenderse del último vestigio de aquel hombre.
Al sacar los pies de la cama y depositarlos en el suelo, algo duro palpó su pie. Su celular. Seguramente había caído en la mañana y hasta ese entonces no se había fijado de la falta de él en su bolsillo. La luz intermitente de un mensaje no leído brillaba hacia el lado oscuro del debajo de la cama. Tomándolo, miró la pantalla. Era un mensaje de texto de Musa:
"Sí, bueno, fue una tontería pero no es para que la guerra de quien posee más orgullo comience (de nuevo) ¿o sí? La casa que decías no era tan mala, después de todo"
Y recordó con claridad la razón por la que la vez anterior no encontró casa: Él había reñido con Musa, mientras buscaban una.
Olvidando por completo el anterior objetivo, con una media sonrisa en el rostro, apagó la luz; guardó el celular debajo de su almohada y, cerrando los ojos, deseó que pronto amaneciera para llamarle.
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¡Bien!
Bueno, esto fue un enfoque que imaginé Riven merecía, respecto a su evolución como padre.
Digo, es la médula del fic, debía tener su capítulo.
Por otro lado, disculpen la tardanza. Si bien, tenía todo el capítulo hecho, pero como nunca he trabajado en un papel donde Riven sea padre, me sentía confusa de hasta donde llegaría su personalidad. La verdad me guíe un poco en cómo reaccionaría si le pasara algo a Musa, pero más paternal y menos apasionado, claro. xD
Por último, muchas gracias a quienes se toman un momento para leer y a quienes me dejan sus comentarios: etérea–chan, muziek
Bien, bien. Muchos besos. n3n
Cereza Prohibida
