Con cariño, para todos aquellos que esperaron.
Especialmente a Luky01 por sus ánimos ;)
Espero lo disfruten.
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Casual
Musa sabía que su encuentro con Riven en el sillón no había sido un simple impulso. No había bebido suficiente vino para respaldar lo que acababa de suceder. Sus cinco sentidos estaban en buen estado, tanto que sabía que estaría atrapada entre recuerdos eróticos durante mucho tiempo. Dio un último suspiro de resignación y abrochó con torpeza los botones de su camisa. Se levantó del frío piso de la sala y se recostó en el sofá que aún guardaba el calor de sus cuerpos.
Riven estaba en la habitación de Hannah, averiguando porqué su hija había gritado y, mientras tanto, ella pensaba en que nunca se hubiera esperado algo así. Apenas un par de segundos atrás se estaban besando y el mero recuerdo la hizo sonrojar, con la emoción expandiéndose por el cuerpo. Negó con la cabeza y recordó firmemente que Hannah, quien hacía poco había cumplido los tres años, dormía en la misma casa en donde ella no dormiría esa noche.
Bueno, no es que esperara dormir con él, pensó Musa.
Se reincorporó y dirigió la mirada por encima del respaldo, para observar la puerta de la habitación de Hannah. Dejó de respirar unos instantes para escuchar mejor lo que padre e hija decían, pero era imposible. Esperó ansiosa hasta que la luz se apagó y Riven cerró la puerta al salir.
Él caminó hasta la sala y se quedó de pie, mirando a cualquier cosa que no fuera ella. El silencio entre los dos era vergonzoso.
—Creó que iré a casa. —murmuró Musa— No quiero que las chicas se preocupen.
—Te llevo.
— ¡No! Pediré un taxi. Hannah se preocupará, si vuelve a levantarse y no te ve.
Musa buscó su bolso, que en algún momento había ido a parar del sillón al suelo y, al encontrarlo, sacó su celular. Nerviosa, marcó el número del servicio de taxis. Su único pensamiento, mientras esperaba a que contestaran del otro lado de la línea, era saber qué había visto Hannah.
Riven se recargó en la pared más cercana, acariciando su nuca en un gesto de preocupación. Le preocupaba qué pudiera pensar de él, que estuviera furiosa, que le acusará de ser un patán. Acaba de hacerle cosas que, aunque parecían primarias, jamás le habría hecho con la mente en frío. No cuando se suponía que eran solamente amigos.
Su filosofía personal no lo llevaba a pensar que todos esos años de amistad irían a la basura por el momento anterior, sin embargo, sí pensaba que todos los años, desde el nacimiento de Hannah, todo ese tiempo comportándose casual ante sus sentimientos por Musa, habían sido en vano con la tontería de esa noche. Hacía años que había aceptado el estilo de vida que merecía desde la noche en que se había salido de una fiesta para irse con Darcy y sabía que esa forma de vivir distaba de la de Musa.
Refrenar sus impulsos y sus sentimientos hacia ella había sido divertido en los años de preparatoria. A veces, la tensión sexual podía ser muy divertida Sin embargo, para aquellos años él ya sentía que el actuar casual se enfrascaba en un juego inútil que parecía haber terminado con la velada. Aquel día habían roto los reglas que silenciosamente ambos habían acordado y ni siquiera recordaba quién había sido el primero en infringirlas.
Musa terminó la llamada y enmudeció, mordiéndose el labio inferior. El silencio era extraño y doloroso, entonces la pregunta que la hacía enrojecer de vergüenza salió de su boca como un murmuro cohibido
— ¿Qué vio Hannah?
Los temores de Riven se disiparon: para comenzar, ella no sonaba enojada.
— Tuvo una pesadilla. — sin esperarlo, escuchó un gran suspiro de alivio. Riven no contuvo una sonrisa. Cuando habían escuchado gritar a Hannah, la misma idea había cruzado por sus mentes: que ella los había descubierto.
Musa se levantó del sofá y comentó que el taxi no tardaría en llegar. Parada en el umbral de la puerta fue cuando ambos se miraron a los ojos, preguntándose qué seguía. Hacía mucho tiempo atrás, en el primer año de universidad se habían besado en un juego de fogata y durante años se habían burlado de ese beso cientos de veces. Ahora, sin decirlo, cada uno sospechaba que lo que había sucedido hacía unos minutos era diferente. Ninguno tenía la posibilidad de comprobarlo con el otro y el hecho de sentirse ligeramente expuestos les causaba pánico.
Un taxi se estacionó afuera de la casa, haciendo sonar el claxon. Ambos hicieron la misma triste media sonrisa en señal de despedida.
Esa noche, mientras Musa llegaba al departamento, que rentaba con sus amigas, para intentar dormir en vano; mientras Riven limpiaba las copas de vino y acomodaba los cojines del sofá, ambos repasaron mentalmente el día, componiendo excusas tontas, como preguntarse qué tanto habría tomado el otro, porque cada vez que lo pensaban, carecía de sentido que algo tan bueno pudiera suceder en realidad.
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Ese mismo día, en sábado, Riven se había dedicado toda la mañana a desempacar cajas en la nueva casa y sin escuchar ruido alguno de Hannah desde hacía horas. Si bien, ella había prometido ayudar en la mudanza, lo cierto es que se había tomado el tiempo de ver caricaturas, recolectar gusanos en el jardín y de pegar en el refrigerador un par de dibujos recién hechos.
Fue hasta el mediodía que el timbre sonó. Riven, que desempacaba cacerolas en la cocina, dejó sus labores para atender la puerta. Le costó dos segundos en reconocer a la sonriente chica parada frente a él. Era Musa, pero peinada con una sola coleta y vestida de manera formal. De hecho, demasiado formal para ser Musa, pensó Riven viendo su camisa blanca, el pantalón negro de vestir y tacones. Musa se veía inusualmente extraña, pero especialmente bonita. El único colorido era la botella de vino tinto que le presumía, meciéndolo con una mano ante sí.
— ¿Vienes de la entrevista de trabajo? —preguntó el hombre.
—Sí. Y…bueno, mientras venía para acá, decidí traerte un pequeño regalo por tu nueva casa.
—Nada mal, es muy bueno — comentó él mientras examinaba la botella—Dado que eres tan buena eligiendo vinos y luces como una mesera, imagino que tu entrevista fue como catadora.
Musa golpeó a Riven en el brazo, mientras él reía entre dientes y se hacía a un lado para dejarla entrar.
— ¡Cállate! Por supuesto que no — Respondió, entrando a la casa— Te odio. Me preguntaron si siempre visto así.
—No eres tú de blanco y negro… a menos que desees convertirte en cantante de jazz.
Musa lo miró con fingido rencor y dejó su bolso en el sillón. Inspeccionó la casa, que era un poco fría, y notó que su amigo se había decido por el feo color de paredes que ella misma le había advertido que nunca funcionaría.
—Me gusta—mintió.
—A Hannah también.
Les había costado casi un año encontrar esa casa, pero ahí estaba. Aún con la fea pintura, era perfecta: estaba a pocas cuadras del gimnasio de Riven y muy cerca había una escuela a la que Hannah pronto asistiría.
—Lamento decirte que estaré muy ocupado. Si vuelves mañana, podré escucharte.
Musa frunció el entrecejo
— ¡Vaya grosería! Vine ayudar a desempacar.
—Creí que no querías tener nada que ver con cajas, o eso fue lo que dijiste hace una semana.
—Lo hago por… ¡Hannah ahí estás!— la niña se había abalanzado sobre su pierna y le abrazaba con fuerza—Te extrañé ¿Le has ayudado mucho a tu papá?— como respuesta, la niña negó con la cabeza, desvergonzada y sonriente.
—Mira—dijo la pequeña con torpeza, señalando los dibujos en el refrigerador.
La mujer se acercó y se agachó para poder apreciarlos mejor, a la pequeña altura a la que Hannah los había pegado con imanes. Sonrió. Dibujado con crayones, el primero eran manchones que a juzgar por los tamaños y figuras parecían ser Helio y Flora en el hospital con su recién nacido. El segundo dibujo era una casa con tres figuras dentro. El manchón con cabello magenta parecía ser Riven y el pequeño con cabello castaño, Hannah. La tercera figura tenía el cabello negro.
—Son muy bonitos. Ese de ahí ¿Es tío Helio?—preguntó Musa.
—Eres tú. —respondió la niña, como si fuera lo más obvio del mundo.
Fue entonces que Riven miró detenidamente el dibujo. Turbado y con la cara ardiendo de vergüenza, comenzó a acomodar los sartenes.
—Musa nos ayudará a desempacar, Hannah-comentó el hombre, que sonrió victoriosamente para añadir— Ella desempacará tu cuarto.
La niña gritó de emoción y tomó la mano de Musa quien lanzó una mirada de frustración a su amigo, quien reprimía una sonrisa. Definitivamente, le gustaba hacerla enojar.
Fue hasta la mitad de la tarde, que Hannah se había cansado de querer jugar con cada juguete que Musa sacaba de una caja, pero también se había cansado de ordenarlos y había optado por rodar en el tapete de la sala.
Para cuando Riven fue a rescatar a su amiga de sus labores, ella ya había pasado a acomodar el armario de blancos en el pasillo.
—Eres muy rápida.
—No tanto, pero conociéndote imagino que te habrás tardado más en empacarlo.
—No tienes idea—Riven se detuvo, recargándose en la pared para observarla. Había mechones de cabello saliendo de su coleta, tenía las mangas de la camisa arremangadas y sus mejillas estaban sonrosadas por el ir y venir acarreando cajas. Se veía cansada, se veía tan normal como una persona después de un día trabajando y cuidando niños, pero hubo algo en eso que a Riven le resultó especialmente cautivador.
—Haré la cena, ¿por qué no te tomas un descanso?
—Te ayudo a hacerla, vamos.
Riven puso a hervir los espaguetis, mientras Musa hacía la ensalada. Jugaban mientras cocinaban, se daban empujoncitos y escuchaban lo que Hannah les contaba que había visto esa mañana en la televisión. Era la visión más cálida y hermosa que Riven recordaba del atardecer, algo como lo que algún día de niño le habría gustado tener: un padre y una madre unidos y ser un hijo feliz. Lamentablemente no había sido así y lamentablemente su hija no tenía una madre, pero cuando volteaba y miraba a Musa acariciando la mejilla de Hannah, no podía evitar sentir felicidad y pensar en lo acertado que era el dibujo en el refrigerador. Musa era la figura materna más cercana de su hija y eso…eso estaba bien.
Al término de la cena de esa noche, mientras ellos lavaban los platos sucios, Hannah había caído dormida en el sofá.
—Iré a llevarla a la cama, ahora vuelvo—murmuró él.
Musa asintió y continuó limpiando. Para cuando Riven regresó, ella estaba distraída secando un plato, pero le preguntó.
— ¿Sabes qué le faltó a la cena?
— ¿Qué?
La chica lo miró con los ojos brillantes, mordiéndose el labio inferior.
—El vino—aseguró, asintiendo.
Riven imitó su sonrisa y sacó la botella del congelador. Tomó dos copas y las sirvió. Brindaron por la mudanza y continuaron su labor de limpieza, intercalándolo con algunos sorbos a sus respectivas copas.
—Entonces ¿cómo te fue en la entrevista?
—Bien, bien…espero que me llamen. Ofrecen un muy buen sueldo y ¿sabes? Creo que eso de producir un disco, además de grabarlo, hace más interesante todo el asunto. Ambas cosas me gustan y creo que lo impresioné cuando le expliqué todo eso…tú sabes. Si tengo suerte, comenzaría a trabajar en dos semanas y quizá algún día grabe mi propio disco.
—Espero así sea—dijo Riven, elevando su copa. Jamás se imaginó que tiempo después aún recordaría ese brindis.
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—Te mentí— confesó Musa que, ante la mirada extrañada de su amigo, explicó— no me gusta tu casa. Es muy fría.
Ambos descansaban en el mismo sillón, descalzos y con la cálida luz de una lámpara iluminando la habitación.
—Es para que las cientos de chicas que vienen, acepten acurrucarse conmigo—respondió Riven, rodando los ojos como si aquello fuera lo más obvio del mundo. Ella sonrió, cómplice.
—No, Riven. Ese horrendo color de paredes alejará de tu casa a todas las mujeres.
— De acuerdo, me atrapaste. Debo confesar que por eso lo elegí, eso de embarazar mujeres se me da, así que prefiero tenerlas lejos; pero sigues aquí. No se cómo hacer que te vayas.
Musa sonrió contra la copa de vino en sus labios. Era normal que de vez en cuando se tomaran a la ligera toda esa cuestión. Riven la imitó y le dio otro sorbo a su copa. Musa giró hacia él, cruzando sus piernas en posición de flor de loto.
El hombre se quedó pensativo unos momentos y adoptó un gesto serio.
—Quería hablar de algo contigo.
Musa dejó su bebida en la mesita de café y lo miró, esperando a que continuara.
—Es sobre el dibujo de Hannah—murmuró, rascándose la nuca y dirigiendo la mirada hacia otra dirección—No quiero que te incomode eso, ¿sí? Puedo hablar con ella, si así lo quiere, es sólo que…creo que le haces mucho bien.
Musa bajó la mirada, sonriendo. No habría manera en que algo así le incomodara, porque realmente amaba a Hannah; podía ser caprichosa de vez en cuando y por culpa de Riven, pero era una niña dulce, inteligente y graciosa.
—No vi nada de malo, para serte sincera ¿a ti te molestó?
—No—confesó Riven— en lo absoluto…pero, no sé, creo que Hannah comienza a verte como a una figura materna. Pasa tiempo con Flora, pero no es lo mismo. Ella realmente te quiere. Te obedece, pero sabe que puede contar contigo—Riven, suspiró, pensativo. No se atrevía a mirar a los ojos a Musa— Temo el día que entre a la escuela y le hagan notar que algo le hace falta, pero ello no significa que quiera incomodarte con la actitud que Hannah tome hacia contigo. Tú tienes una vida y…
Musa lo interrumpió, colocando una mano en la rodilla de su amigo y negando con la cabeza.
—Riv, sé que ambos sabemos lo que significa lidiar con esa ausencia y lamento mucho que Hannah tenga que pasar por ello. Sabes que ustedes siempre contarán conmigo.
Ambos se quedaron callados, pensando en el millar de posibilidades que podrían existir en el futuro de Hannah.
— ¡Pero no te pongas triste!—exclamó Musa.
Ella se acercó un poco más a él y recostó la cabeza en su hombro, abrazándolo. Él, por inercia, la rodeó con un brazo. No era nada fuera de lo ordinario. Era un gesto que de vez en cuando sucedía, cómo cuando había silencio en la casa, Hannah dormía y ellos no estaban riendo estrepitosamente o discutiendo. No había ninguna doble intención, más de la que siempre hubiera podido existir entre ellos dos; pero era tan normal y tan cotidiana que ni siquiera podían notarla.
Distraídamente, ambos acariciaron el brazo del otro. No había nada erótico intencional en esa caricia, pero Riven no pudo evitar sentir como su piel se erizaba con las yemas de los dedos de Musa subiendo y bajando. Se quedaron en silencio unos momentos, hasta que ella habló.
—No deberías entristecerte. No es un dibujo tan feo.
Riven, como padre protector, giró su cabeza para mirarla con reproche hasta percatarse de la risa que la mujer se esforzaba por contener. Cedió y sonrió, mientras ella le quitaba de las manos la copa de vino. Riven no dejó de mirarla, observando como sus labios rosas se apoyaban en el cristal para beber. Bajó la mirada hasta su cuello, para ver como subía y bajaba al tragar el sorbo y se quedó así, viendo el cuello blanco de su camisa fundiéndose con el de su piel. Cuando volvió a subir la mirada, Musa lo observaba. En unos instantes se sonrojó, sintiéndose descubierto.
— ¿Veías algo interesante?
—No…sólo pensaba.
— ¿Ah, sí? ¿En qué?
—En eso de la casa fría y las chicas. Creo que funcionó—bromeó, quitándole la copa para beber en el mismo lugar donde habían estado los labios de Musa. Ella tardó unos momentos en comprender, hasta que todo encajó.
— ¡Eres un tonto!—exclamó, ella, separándose y pegándole en el brazo.
Riven no contuvo una carcajada y la miró. Se veía tan hermosa, que no pudo evitar sentir cierto grado de excitación. Molestarla era una especie de aliciente y ella no comprendería nunca lo hermosa que se veía enojada.
Musa sonrió por fin y se quedaron callados. Riven dejó su copa en la mesa, junto a la de Musa y retornó a su postura pensativa. Parecía como si dentro de sí librara alguna extraña batalla entre hablar de cosas serias y bromear.
—Regresando al tema y queriendo darlo por cerrado—se adelantó la mujer, en voz baja—Quiero mucho a Hannah, Riven, tanto como te quiero a ti.
Él la miró y en un impulso, se acercó un poco a ella para acomodar un mechón de cabello detrás de su oreja.
— De verdad, gracias. Nosotros te queremos—murmuró nervioso —No sé qué sería de Hannah sin alguien como tú. Y yo…yo también te quiero—confesó, sin atreverse a mirarla a los ojos.
Estaban tan cerca que ni siquiera habían reparado en que hablaban en voz baja y, cuando cayeron en cuenta, ninguno retrocedió, temeroso de romper ese silencio tan armonioso, esa sincronía tan íntima. No era lo normal.
Musa acarició la mejilla de Riven con la palma de su mano y, sin meditarlo, acercó su rostro para delinear con la punta de su propia nariz la de Riven, de arriba a abajó, continuando hasta la frente y bajando por la sien derecha. Riven, al identificar el olor de la fragancia dulce de Musa, cerró los ojos, respirando profundamente, mientras alcanzaba la mano que ella reposaba en el sillón, para acariciarla lentamente con el pulgar. El bienestar que lo embargó parecía resumirse en la calidez y suavidad de la caricia que ambos se ofrecían.
Estaban tan cerca que presintieron lo que se avecinaba. Ninguno de los dos pudo recordar, horas después, quién había dado el primer paso, pero lo que verdaderamente había sucedido era que sus bocas se habían atraído con la naturalidad con la que hacen los imanes y, aunque el primer roce de sus labios había sido tierno y delicado, la húmeda suavidad terminó convirtiéndose en un fuego arrasador. Ahogado por una ola de adrenalina, Riven arrastró una mano por la cintura de Musa y enterró los dedos de la otra en el cabello, despeinándola. Por su parte, Musa deslizó las suyas por el pecho de Riven, hasta descansarlas en sus hombros.
El beso significaba todo lo que alguna vez habían deseado y para Musa parecía tan irreal, como una esperanza lejana que había creído jamás sucedería. Era tal su emoción, que sentir los besos de Riven en sus labios y sus mejillas era una sensación triplicada.
La punta de la lengua de Riven rozó el labio inferior de Musa, pidiendo una especie de silencioso permiso, con lo que la boca de Musa respondió con un suspiro entrechocado con sus labios, entreabriéndolos para experimentar de Riven algo que jamás había sucedido.
Desesperado con la pequeña distancia que los separaba, Riven haló con sus manos a Musa, abrazándola contra sí, deslizando sus dedos por su espalda y apretando su cintura. Ella entendió al instante su necesidad. Era tan hermoso y tan delicioso que se sorprendió a sí misma besando su cuello, acariciando su cabello magenta con la impaciencia del amor no resuelto, despeinándolo y reduciendo el espacio que hubiera entre ellos dos, al abrazarse más a él.
Cuando Riven pasó una mano por las costillas de Musa y la subió lo suficiente para sentir la costura del sostén, pasó el dedo pulgar por su pecho, haciéndola estremecer y arquear la espalda. Musa lo haló hacia ella, cayendo juntos sobre el asiento del sillón.
Horas después, en sus recuerdos, Musa se avergonzaría de ella misma por haber desbrochado algunos botones de su blusa para que Riven pudiera besarla un poco más allá del escote normal, pero en ese momento, ella lo había hecho con tal naturalidad, que él había entendido el concepto.
Apenas se miraban a los ojos y cuando lo hacían, la necesidad de besarse regresaba y todo era más arrasador.
Musa deslizó una mano por debajo de la camisa de Riven, acariciando las líneas de su abdomen, incitándolo a que se separara para quitársela. Una vez hecho, sus labios se volvieron a unir, con la ya familiar impaciencia. Eso era, en definitiva, algo que Riven podría haber hecho toda la noche y se preguntaba, entre besos, porqué había tardado tanto tiempo en besarla y qué lo había detenido, pero su mente nublada por la excitación y la suavidad de la piel de Musa se lo impedía.
Riven jaló un poco la blusa para pasar su lengua desde el hombro hasta su mandíbula. Entonces, justo en el momento en que Musa suspiró en su oído, enredando los dedos en su cabello magenta, la respuesta a las preguntas de Riven llegó: Hannah, desde algún lugar del mundo, lo llamaba gritándole "papá".
Ambos se miraron en un segundo frío para separarse y después acordar en buscar al mismo tiempo, pero por separado, lo que les quedaba de decencia, recuperando las piezas del rompecabezas que acababan de desacomodar.
Musa resbaló, hasta sentarse en el suelo, intentado acomodarse la camisa de vestir y Riven la miró un segundo antes de ponerse la playera y apresurarse al cuarto de Hannah.
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