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Miedo

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—¿Puedo saber por qué pusiste el carro a la venta? — preguntó Musa, curiosa, en cuanto puso un pie dentro de la casa de Riven. Habían pasado dos semanas del asunto con él en el sofá y aquel sábado se había armado de valor para caminar hasta ahí y aclarar las cosas, pero el letrero de se vende, en la ventanilla del carro de su amigo, la había desconcertado.

—¡Oye, tuve problemas en el negocio!–saltó Riven, que se había dispuesto a secar los platos que descansaban en el escurridero. Musa dio un respingo y se sentó en una silla de la cocina. Al llegar había notado que Riven estaba de mal humor, pero no habría creído que una pregunta tan inofensiva lo pusiera así – Y, no estoy seguro de que lo sepas–continuó el hombre –, pero cuando uno tiene algunos problemas en el negocio, no es posible pagar a tiempo la colegiatura del jardín de niños.

Musa hizo una cara de verdadero desconcierto. O Riven pensaba que ella era muy ingenua o, en efecto, el problema (del cual apenas se enteraba) había dejado muy mal al gimnasio; para comenzar, la escuela a la que Hannah había ingresado era bastante modesta. La joven mujer continuó viendo desde su silla como Riven parecía no darse cuenta de que restregaba un plato ya seco y se percató de que Hannah había adoptado la misma conducta perfeccionista cuando algo le estresaba.

—¿Y nunca pensaste en pedirnos ayuda a tus amigos?–cuestionó la chica, con un tono de obviedad.

La mirada entremezclada de furia e incredulidad de Riven no inmutó a la mujer.

—Soy un hombre independiente, Musa, por si no habías caído en cuenta de eso. Además…

—De acuerdo. Ni sigas–interrumpió agriamente la chica—. Pasemos a otro tema, pero pienso que no tienes porqué ponerte así cuando te ofrecen ayuda.

Riven le dio la espalda, rodando los ojos y terminó de secar los platos.

Un movimiento en la puerta, alertó a Musa. El cartero acababa de resbalar tres sobres blancos por debajo de esta. En silencio, ella se levantó y los recogió.

—Te llegaron estos— comento, dirigiéndose a la mesa— Es del banco, del banco y…

Riven ignoró el silencio, imaginando que ella estaría intentando descifrar de que era la última carta. En el preciso instante que una idea cruzó por su mente, la volteó a ver, esperando que no tuviera en manos la carta que pensaba, pero era tarde: pasmada, Musa miraba un sobre en especial.

—¿De quién es? — preguntó Riven, temiendo la respuesta.

Musa, respiró hondo, se sentó frente a la mesa, donde dejó los sobre del blanco, y le extendió la carta a Riven.

— Es de Darcy— murmuró Musa, pensando en la explosión que haría en ese instante su amigo.

Pero Riven no hizo nada que ella esperara, no arrojó al suelo la pila de platos ni rompió el sobre, soltando palabrotas. Puso la carta en la caja de correspondencias, arriba del refrigerador; se dio la vuelta y continuó en su labor con la vajilla. Parecía estar en una resignada relajación, guardando platos en el estante.

Musa lo observó confusa y le tomó un par de segundos comprender.

—No es la primera vez que te escribe.

—¿Qué acaso debía decírtelo? —evadió.

—No, pero…— un estremecimiento recorrió el pecho de Musa. Se sentía nerviosa— ¿Qué...qué es lo que quiere? Estás demasiado tranquilo.

—No lo sé. Me ha pedido que nos veamos.

—¡No se va a llevar a Hannah! — explotó Musa, levantándose de la mesa.

—¡Calla! —ordenó Riven, inspeccionando que su hija no estuviera por los alrededores. Continuó en voz baja — Eso, no es tu incumbencia. Yo sé qué hacer.

— Disculpa, pero…

— Deja de entrometerte; ella nunca preguntó por Hannah.

—¡Riven!–chilló Musa, al borde de la histeria – ¿Cómo puedes siquiera leer las cartas que te manda? Ella te abandonó a ti y a…

—Es su madre— cortó fríamente Riven, mirándola a los ojos—Me hubiese gustado que mi madre le preguntara a mi padre por mí, y Darcy, que lo está haciendo… — ni siquiera quiso terminar la oración, porque no estaba de humor para sentimentalismos ni para sentirse juzgado— ¡Musa! No le voy a negar el privilegio a mi hija de que sepa de ella.

—Eres ridículo, tu madre no te abandonó a los días de nacida

Riven le lanzó una mirada terriblemente fría.

—Puedes decirlo más alto, Musa; quizá Hannah te escuche.

Ella bajó la mirada y después estiró el cuello para corroborar, a través de la ventana, que Hannah siguiera en el jardín delantero, jugando con el cachorro de la vecina.

—Riven… ¿qué quiere Darcy?

—Ya te dije que no te incumbe. Es más, no sé ni porqué estás aquí; lo único que has hecho es criticar mis decisiones como padre.

La mujer formó una expresión de verdadera indignación.

—Vine aquí para…

Calló súbitamente. Había ido para resolver muy seriamente el desliz que tenía como testigo al sillón, pero claramente Riven estaba enojado y precisamente con ella. No se habían visto en dos semanas y la única conversación que habían tenido había sido por mensajes de texto. De Musa, para anunciar que había conseguido el empleo en la disquera; de Riven, para decir que Hannah había tenido un espléndido primer día en el jardín de niños. No hubo llamadas, ni disculpas ni silencios vergonzosos que dieran pie a hablar sobre esa noche.

Durante esos quince días, había tenido demasiado miedo de ir a casa de Riven para platicar sobre lo sucedido y ahora que había seguido el consejo de Layla y de Tecna, no podía más que pensar que nunca tendría la ocasión para quitarse de la cabeza la pregunta que tanto la desestabilizaba. Necesitaba saber por qué había surgido aquel arrebato en el sillón y qué sería de ellos dos, porque a veces creía obvio que él debía sentir algo por ella; pero la mayor parte del tiempo, no podía creer que algo así fuera posible.

—¿Para qué? — insistió el hombre.

Musa sintió los ojos arder. Iba a llorar y no quería eso. Si lloraba, Riven iba flaquear en su posición indiferente ante los hechos acaecidos y no deseaba chantajearlo, aunque fuera sin intención.

—Me largo.

Abrió la puerta de entrada, percatándose de que Hannah la miraba extrañada y fue lo único que logró que no azotara la puerta, al salir. Le sonrió con fingida alegría y se despidió con un gesto.

Presurosa, Hannah entró a la casa cargando al cachorro en brazos. Riven bajó la mirada hasta su hija.

—¿Papi, a dónde fue Musa?

—Tenía que irse. Olvidó que tenía que ver a una amiga— respondió él, desviando la mirada.

Hannah no le creyó.

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De la cafetería, entraban y salían personas, pero no Darcy.

La campanilla de la puerta anunciaba un nuevo cliente y Riven levantaba la cabeza, esperando encontrarla; sin embargo, no ocurría y regresaba a mirar las gotas deslizándose por su vaso de agua fría. Era la única manera de ocultar su miedo a la expectación. No había lugar para pensar en lo que sucedería cuando ella llegara, ni lo que había sucedido todos los años anteriores. Así habían sido las cosas con Darcy desde un principio: se vivía el presente, sin saber si al minuto siguiente contarías aún con ella.

El rugido de una motocicleta lo invitó a mirar hacia la puerta, esperando a que ella entrara un minuto después y así fue. Tragó saliva, para desaparecer la sensación fría que subió por su garganta.

Darcy se quitó los lentes de Sol y se acomodó el cabello. Lucía distinta de la última vez que se habían visto, cuando llevaba siete meses de embarazo y su figura se había redondeado. Con tantas curvas, líneas perfectas y la ropa ajustada, dejando entrever el ombligo y la cintura, no existía evidencia de maternidad en su cuerpo. Verla caminar hasta la mesa fue una comparación terrible para Riven, pues mientras ella parecía haber retornado con total fluidez a sus diecinueve, él comenzaba a sentirse de treinta, cómo si la comparación y la paternidad pesaran y como si en esos casi cuatro años él se hubiera convertido en un ser gastado.

La mujer caminó hasta su mesa y se sentó en la silla frente a él. Se miraron a los ojos en silencio, esperando quién sería el primero en hablar. Riven no resistió la oportunidad.

—¿Cómo me encontraste?

–Mandé a investigarte, y si no me equivoco contigo, sé que hiciste lo mismo. Las grandes mentes piensan igual ¿no?

—Tú y yo — aclaró Riven— no somos iguales — tomó un sorbo de su vaso, buscando calmar la marea de adrenalina y la miró a los ojos para murmurar —. Me dijeron que andas metida en negocios muy sucios.

Darcy sonrió.

—¿Piensas llamar a la policía, Rivie?

—A mí no me interesa lo que tú y tu familia hagan, mientras no involucren a mi hija.

—Así que crees que vine por la niña. ¿Cómo se llama, por cierto?

El semblante de Riven se oscureció.

—Creo que tu investigador debió haber reunido bastante información ¿no?

—Te equivocas–esclareció al instante, verificando el esmalte de sus uñas—. Investigar a un menor de edad se paga con años de cárcel. No podía arriesgarme.

Riven se quedó en blanco. ¿Darcy pensaba que él era estúpido y pretendía hacerle creer que ella tenía escrúpulos o respeto hacia la ley? Antes de soltar una palabrota, un mesero joven irrumpió frente a la mesa ofreciéndole a Darcy algo de tomar.

—No creo quedarme mucho tiempo— se excusó la mujer con una sonrisa fría y fingida. El mesero se alejó intimidado y Darcy volvió a mirar a Riven, esperando su respuesta.

— Darcy, traficas drogas y armas— susurró Riven.

—Oh, Riven… investigar a un menor de edad, cuando tienes una denuncia de abandono es mucho más peligroso que la pequeña mafia.

Ella sonrió, complacida. Parecía que todo era un juego, que estar ahí era natural y sencillo. De su bolso sacó una cajetilla de cigarrillos y lo encendió. Le ofreció uno a Riven, pero este negó con la cabeza.

— Ya no fumo— murmuró, mirando hacia otro lado, como si la cajetilla representara su juventud, cuando después de una noche con Darcy ambos compartían el mismo cigarrillo, entre espirales de humo y sábanas.

—¿Qué le has dicho de mí? — cuestionó Darcy, girando la cabeza para exhalar humo.

—Mi hija no tiene madre y punto.

—Vaya, tan duro y seco, cómo tu padre. ¿Quién lo diría, eh?

Riven apretó el puño y lo destensó.

— Un comentario más de ese tipo y me voy.

Por respuesta, Darcy se limitó a fumar y a exhalar.

—¿Por qué querías verme? — preguntó el hombre, antes de tomar más agua.

—Bueno, como ya sabrás, el negocio familiar llama— murmuró con un aire irónico, viendo las ondas de humo desvanecerse en al ambiente—Saldremos pronto del país y, si todo sale bien, creo que no tendré que volver a Magix nunca más.

Riven se quedó en silencio, escuchándola. Analizando sus gestos y expresiones.

—Sólo quiero saber qué ha sido de la niña, antes de irme para siempre. Tú entiendes, ¿no?

—Hannah. Se llama Hannah— corrigió Riven, asqueado de ver como Darcy no podía siquiera llamarla por lo que era: su hija.

Darcy asintió, saboreando su nuevo descubrimiento. El motivo de varios de sus problemas tenía nombre.

—Y dices que no sabe quién soy. — tanteó la mujer

—Aun no pregunta por ti.

En el silencio, Darcy continuaba fumando. Era todo lo que hacía, como si el humo fuera una barrera entre los dos. El mesero llevó un cenicero a su mesa y se retiró sin siquiera mirar a la mujer. Riven añadió.

—Cumplió tres años hace dos meses

—Sí, lo sé. — Murmuró ella— No me malinterpretes, Riven, no es como que quiera verla. Me alejé y las cosas deben seguir así.

—No puedo creerte, Darcy.

Tres años y dos meses atrás Riven lo habría entendido. Habría comprendió que alguien no quisiera ver a un hijo ni planeado ni deseado, pero algo había cambiado en él y, pese a que Darcy jamás había sido tocada por toda esa aura que emanaba Hannah, muchas veces se había preguntado si no pensaría en ella, cuando sus hermanas no revolotearán a su alrededor o cuando las fiestas y reuniones se hubieran acabado. Cuando se quedara sola en el silencio.

Sin saberlo, Riven tenía en parte razón. Darcy había tenido suficiente tiempo para pensar en Hannah y, al huir del país recién había dado a luz, tenía bien en claro que una hija no figuraba en sus planes llenos de viajes, estudios y del negocio que familiar, adherido a ella como una marca de nacimiento. Sin embargo, Darcy era sincera cuando decía que no quería conocerla, porque verla en persona significaba abrir una brecha que desde un principio había decidido cerrar. En aquellos tres años, en sólo dos ocasiones su padre había mencionado a su nieta abandonada y, viéndolo decir eso había despertado en ella repulsión y odio, pero también miedo. Miedo por el destino de Hannah. Aquellas dos ocasiones Darcy dio el mismo veredicto: No quería oír nada del tema.

— Te puedo asegurar que no me quita el sueño el que no me creas, Riven. Pero si voy a ser muy firme en esto: no te conviene buscarme en el futuro. Y lo mismo va para Hannah. Hay algunos beneficios en haberla abandonado y uno de esos es que no está involucrada con mi familia.

—Ahora dirás que huyendo del país, te sacrificaste por ella.

—La abandoné por que no estaba en mis planes quedarme a cuidar una niña que es tuya. —sentenció con firmeza.

Era una frase fría y triste que hizo sentir a Riven pena por Hannah. El recuerdo de su madre cruzó por su cabeza y se preguntó si ella habría pensado así de él.

—Sólo quiero saber de ella, antes de irme. — repitió la mujer, fastidiada.

Riven asintió, pensativo.

—¿Qué es lo que quieres saber?

—No lo sé. ¿Cómo es?

—Tengo una foto de ella aquí. —dijo Riven, sacando su cartera del bolsillo, sin siquiera premeditarlo.

Darcy se quedó quieta en su silla, a la expectativa por la posibilidad de ver una foto de Hannah. Su detective le había dejado muy en claro que no le entregaría información de ningún menor de edad, así que no tenía ni idea de cómo luciría.

Riven sacó la pequeña fotografía y la colocó en la mesa. Darcy la tomó con aire indiferente y la contempló. La piel de Hannah, su nariz y la forma de sus ojos se parecían a los de ella de pequeña, mientras que las pupilas eran del color de los ojos de Riven. Su cabello castaño y ondulado lo tenía acomodado con un listón rojo y sonreía hacia la cámara.

Su mirada cambió en un momento y la desvió, evitando la reacción que darle un rostro a Hannah, había causado en ella.

— ¿Puedo quedármela? — murmuró con voz grave y aparente frialdad, para después dar una última calada al cigarro y apagarlo en el cenicero.

Riven asintió, inseguro.

Darcy sacó su cartera y guardó la fotografía. Cuando levantó la cabeza, Riven la miraba a los ojos con una fiera determinación.

—No te acerques a Hannah.

—No lo haré. Y si un día se le ocurre esa tontería de buscarme, dile que no lo haga, porque no quiero verla.

Riven asintió, pensativo. Por otra parte, Darcy, incómoda por el resultado obtenido, más que satisfecha, se levantó de su asiento y giró para irse. Se detuvo dos pasos después y viró la cabeza hacia Riven.

—Por cierto, no deberías vender el auto. Digo, imagino que lo pusiste en venta por el detective. –Arrastró la mirada, hacia otro lado y sonrió, misteriosa— Como sea, ya no tendrías que preocuparte por pagarle. No era tan bueno, pues el mío lo descubrió. Nos vemos, Rivie.

A Riven se le desencajó el rostro. Quiso levantarse y detenerla para preguntarle qué rayos había hecho, pero Darcy salió por la puerta. Nervioso, sacó el celular de su bolsillo y marcó al investigador por el cual efectivamente había decido vender el auto para costear sus servicios.

Después de esperar tras varios toques, finamente alguien respondió.

—Hola, Riven ¿todo bien?

Riven suspiró. Por un momento había imaginado el peor final para ese hombre.

—¿Te encontraste con Darcy?

El hombre al otro lado de la línea carraspeó.

—Sí, este… ¿si te dijo lo del pago, cierto?

— ¿Cuál pago?

—Ella saldó tus servicios.

Riven se llevó una mano a la frente y cuando miró por la ventana, Darcy ya se había marchado en su motocicleta. El terror que lo seguiría durante tres meses comenzó en ese instante, porque jamás habría confiado en que alguien como Darcy pagara algo por él.

Durante todo el trayecto de regreso a casa, despegó al mínimo los ojos del espejo retrovisor en el auto. Tenía miedo de que alguien lo siguiera. Llamó a Helio y le pidió que recogiera a Hannah en el jardín de niños y la cuidara el resto de ese día. Tenía miedo de que Darcy supiera donde estudiaba su hija y desconfiaba de ella, de su curiosidad por Hannah y, al mismo tiempo, de su renuencia a conocerla.

Los tres meses que siguieron fueron muy difíciles para Riven. Comenzando, habló con la directora de jardín de niños y acordó que sólo dos personas en el mundo podían recoger a Hannah, al terminar sus clases: él o Helio. Se había visto en la tentación de añadir a la lista a Musa y a Flora, pero no había querido meterlas en ninguna situación desagradable.

Durante ese tiempo, Hannah notó que las salidas con su padre ya no eran divertidas, pues no tenía permitido jugar con otros niños en el parque, correr por la plaza de Magix para ver la fuente o salir sola al jardín delantero a jugar con el perro de la vecina. Lo cierto era que Riven se volvió un poco sobreprotector y desarrolló la tendencia de observar analíticamente los autos y a las personas de la calle.

Afortunadamente fue poco el tiempo de incertidumbre y miedo. Aquellos días oscuros finalizaron de manera cortante la mañana en la que la fotografía de Darcy apareció en la pantalla del televisor. Fue mientras Riven veía el noticiero, recostado en el sofá de la sala. Echó un vistazo a Hannah que, absorta en un libro para colorear, no tenía interés en el programa.

Darcy había tenido razón al decirle que ella y su familia intentarían salir definitivamente del país, pero, a diferencia de sus esperanzas, algo había salido mal y Riven, al verlo en la televisión, supo con seguridad que no debía temer durante muchos, muchos años de que Darcy los espiara, porque tras un juicio, ella estaría confinada a permanecer en un solo lugar.

Ni siquiera esperó a ver los detalles del noticiero. Apagó el televisor y le preguntó a Hannah si deseaba ir al parque.

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¡Hola! Me alegró mucho leer sus reviews sobre el capítulo anterior. Me contagiaban su emoción (¿cómo no, con Riven y Musa en el sofá, pueh?). La verdad es que, como escritor -y muchos de ustedes lo comprenderán-, es realmente satisfactorio recibir retroalimentación de tu texto y el capítulo anterior era clave para la historia.
Gracias a:
David Prez, dulcenathy, yeselin y Luky01 :D

Espero haber trasmitido de manera creíble la posición de Darcy. Originalmente pensaba en no involucrarme en sus sentimientos, pero lo cierto es que creo que en la serie, aunque Darcy es un personaje muy misterioso, frío y hasta rudo, muestra en algunas ocasiones cierta sensibilidad, que al instante es apagada por sus hermanas o porque debe seguir un protocolo del que, si saliera, habría problemas.

Por otro lado. Les recuerdo que creo que eventualmente terminaré cambiando este fic a Rating M. Por lo mismo, si desean saber cuándo actualizo, cada vez que entren coloquen el filtro en "Rating: All" o denle clic abajo, donde dice Follow Story. ;)

Espero hayan disfrutado este capítulo. ¡Nos leemos pronto!
Espero sus comentarios, críticas, tomatazos y amor (:

Atte.
Cereza Prohibida