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Gracias, como siempre, por todos sus hermosos comentarios que me animan.
La verdad es que me fascina leer sus reacciones y tener retroalimentación. (:
ItsMetalItsOurBand, AladdinJasmine100 y diminuta

Respecto al capítulo anterior, no quise decirlo en los comentarios de forma inmediata, así que lo diré en este momento "¡Tomen a su maravilloso Jason Queen!" Ja,ja,ja,ja. No saben cómo sufrí todas las veces que me escribían cosas como "Ojalá que termine junto a Musa" (Aunque debo decir que me encanta. Es maravilloso, después de todo)

En fin, sin más preámbulo: el capítulo ;)

Cereza Prohibida

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Vida y muerte

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Cuatro años atrás, cuando Riven llevaba poco de saber sobre el embarazo de Darcy, su padre había fallecido sin ni siquiera saber que sería abuelo. Aquella ocasión, en la que su vida mutaba entre la universidad, los rumores sobre él, la paternidad y su maltrecha relación con Musa, se había consolado pensando que, cuando menos, seguro pasarían décadas hasta tener que volver a asistir a otro funeral, cuando fuera lo suficientemente viejo para que sus amigos comenzaran a irse. Se había equivocado. En el ataúd estaba Nabu.

Todos los amigos más cercanos de Nabu habían ayudado en los preparativos y en hacer llamadas difíciles a los familiares físicamente lejanos. Las chicas de igual manera, sin embargo, habían estado aún más concentradas convenciendo a Layla de comer y descansar. Lo intentaban arduamente, pero ella siempre encontraba una excusa para negarse y hacer algo.

Tras el quinto infructuoso intento de Musa por ofrecerle café a su amiga, rendida, caminó hasta la banca donde estaba Riven. Se sentó justo a un lado suyo y lo abrazó. Era su forma de darle el pésame, pues sabía lo cercanos que ellos dos se habían vuelto en el relativamente poco tiempo que llevaba en el grupo.

Nabu era demasiado joven, pero también demasiado valiente y, aunque aquella última característica no fuera despreciable, era lo que los tenía ahí reunidos. Días atrás Layla y Nabu habían salido a dar un paseo, cuando tres asaltantes los interceptaron. Pese a que tranquila y obedientemente habían cooperado con sus billeteras y teléfonos celulares, cuando jalonearon a Layla y la amenazaron con un arma, al descubrir que no les había entregado el anillo de compromiso, Nabu la había defendido.

Riven pasó un brazo alrededor de los hombros de su amiga. No deseaba siquiera imaginarse estar en una situación así. Era capaz de defender a Musa a cualquier precio, pero de solo pensar en que Hannah quedara sola, sentía vértigo. El miedo lo invadió y asió más a Musa contra su cuerpo. La observó, cuando ella cabeceó e intentó despabilarse.

— ¿Desde hace cuánto no duermes?

Musa respondió un quejido sin importancia. La tarde que Jason y ella habían terminado, había pasado la noche en vela componiendo una canción cómo desahogo. A la mañana siguiente había creído que sería bueno esperar a dormir hasta la noche, sin embargo al atardecer había sucedido el asalto y Musa y las demás chicas habían pasado desde entonces siendo la sombra protectora de una Layla que se negaba a ser consolada.

Musa se recargó en el pecho de Riven y cerró los ojos, comenzando a llorar. Su mente era un caos. Lloraba por muchos factores. De cansancio, de empatía por Layla; de miedo, porque odiaba los funerales; por Nabu, porque en verdad era un buen amigo; pero dentro de toda esa mezcolanza, también lloraba del desprecio que sentía sobre ella misma por el que su principal razón de tristeza fuera toda la frustración atascada que sentía por Jason. Se sentía la peor persona del mundo.

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Al final de ese día, cuando Riven llevó a las chicas a su departamento y regresó a casa; cruzó la calle para tocar a la puerta de su vecina. Era la anciana cuyo perro Hannah adoraba. En ocasiones, la mujer debía salir de la ciudad y Riven le hacía el favor de cuidar a su mascota. En paga, Riven tenía de vez en cuando una noche libre para salir con sus amigos y Hannah quedaba a su cuidado.

Cuando la puerta se abrió, Hannah salió corriendo a abrazar su pierna, mientras lloraba.

—No quiero que te mueras—gimoteó la niña, secando sus lágrimas en el pantalón de su padre.

El hombre miró a la anciana, perplejo.

—Me temo que escuchó cuando me contaste lo de tu amigo, antes de irte. No ha podido parar de llorar.

Fueron los inicios del traumatismo de Hannah por perder a las personas y de su mala época de escuchar conversaciones ajenas y de adultos—porque las de niños no solían ser interesantes. —

Aquel día, en su mejor intentó por explicarle la naturaleza de la muerte, Riven recordó su frustración sobre lo malo, insensible e inexperto que era como padre. Había procurado ser maduro y ofrecerle un razonamiento adulto a Hannah sobre la inevitabilidad del deceso, pero fracasó. La misma hija que apenas se había girado para despedirse de él en su primer día de clases, lloró desgarrada la mañana siguiente al funeral, cuando la dejó en el jardín de niños.

Un día después Hannah aún insistía en seguirlo por toda la casa y en dormir junto a él, así que Riven acudió a Helio. Era una especie de genio bendito sobre paternidad y medicina, así que sonaba lógico que ayudara; sin embargo sus explicaciones personales sobre una poetizada muerte, y las profesionales, como doctor, solo habían confundido y empeorado a Hannah. Así que mientras tanto, Riven dio por sentado lo mal padre que era y lo poco que dormiría hasta que su hija pasara el trauma.

Concluyó que pedirle auxilio a Musa era una buena opción. Hannah siempre la escuchaba tanto como a él, pero de todos modos, el día que Riven marcó a Musa para solicitarle consejo, ella no parecía tener ánimos de conversar.

—No sé qué hice mal—murmuró Riven en voz baja con el teléfono al oído. Estaba tan desesperado que poco le importó la apatía inicial de su amiga.

—Es normal—le explicó ella, un poco más sensibilizada que al inicio—Cuando mi mamá murió, temía que mi papá fuera el próximo.

En la línea, Hannha comenzó a llorar. Les tomo un segundo comprender que ella había estado escuchándolos por otro auricular.

—¡Hannah!—vociferó Riven, tapando la bocina con una mano.— ¿Qué te he dicho?—Riven retomó la conversación, mientras caminaba hacia su cuarto. Efectivamente Hannah ya había colgado el teléfono, pero seguía llorando. Se despidió de Musa e intentó explicarle por enésima vez a su hija que no debía espiar a los adultos y que no podía asegurarle que no moriría, pero que era poco probable que sucediera pronto. Tardó años en darse cuenta de que había sido una respuesta muy poco práctica para una niña de tres años y medio.

Fue entonces que una semana después Flora llamó a Riven.

—Helio aún siente remordimiento por la explicación que le dio a Hannah y me dijo del pequeño problema que tiene.

—Pequeño problema fue cuando se negó a dejar los pañales. Ni siquiera me deja dormir.

Flora sonrió tras el teléfono.

—Permíteme intentar hablar con ella.

Riven arrugó el ceño. ¿Qué podía decirle Flora a Hannah que le devolviera la estabilidad emocional? Pero como muchas otras veces, lo sorprendió.

Cuando la visitaron, lo primero que Hannha hizo en cuanto vio a Flora fue aferrarse a su pierna.

—Si me abrazas tan fuerte, no podré mostrarte la sorpresa que tengo para ti —explicó la mujer con gentileza. Hannah la analizó unos segundos, sopesando la situación y cedió, tomando su mano. Juntas caminaron hasta el jardín trasero, lleno de arbustos de flores, parcelas de vegetales y pequeñas macetas.

Flora le enseñó a plantar una semilla. Le explicó que con agua la semilla germinaría y que, con un poco de tiempo y sol, se convertiría en una flor. Aunque entretenida, Hannah solo atinó a mirar con decepción su maceta.

—Pero un día va a morir.

—Así es la madre naturaleza. Todos nacemos, crecemos y morimos algún día. Es cómo este arbusto —le aclaró Flora, señalando uno de sus rosales—para que nazcan nuevos brotes, los más viejos deben morir. Lo importante es lo mucho que disfrutamos de ver las rosas, tenerlas y respirar su aroma. ¿No crees?

Hannah asintió un poco confundida, olfateando una.

—Eso que sientes y ves. Su belleza y su aroma, siempre estarán aquí—dijo su madrina, señalando su corazón –. Y eso también incluye a todas las personas que conozcas en tu vida. Nos quedaremos en tu corazón para siempre.

Riven terminó recordando todos los favores que Flora le había hecho a su paternidad a lo largo de esos años. Su relación no era precisamente estrecha. Los vinculaban Helio y Hannah; y aunque nunca lo había dudado, esa ocasión en especial recordó la buena elección que había hecho al elegirlos padrinos de su hija.

De regreso a casa, Hannah colocó la maceta en el alfeizar de su ventana, para que pudiera recibir sol durante el día. Durmió en su propia cama y dejó de atosigar a Riven, sin embargo fue en ese entonces que el temor de Hannah por la muerte se convirtió en fascinación. Parecía como si el ciclo de nacer, crecer y morir, fuera parecido a la magia. Riven, aunque agradecido, solo esperaba que su fascinación terminara pronto. Sus esperanzas fueron escuchadas solo a medias. La curiosidad de Hannha la había motivado a querer descubrir todo sobre los que habían vivido antes que ella. Sobre todo, en la familia. De ahí a que comenzara a tener más curiosidad por su abuelo. Aparentemente, y viéndolo en fotografías, el abuelo no solía parecer uno: tenía cabello y no tenía ni bastón ni barba canosa. Era un hombre común, nada parecido a ningún abuelo que hubiera visto antes.

Las fotografías se convirtieron en su nueva obsesión. En ellas podía constatar que su abuelo incluso había sido joven y que su papá algún día había sido un bebé, aunque eso último le parecía extraño, así que prefería ver las fotografías del abuelo, de quien tenía cientos de preguntas que saciaba con su padre: ¿Cómo dijiste que se llamaba el abuelo? ¿Cómo era? ¿Le gustaban los perros? ¿Cuál era su color favorito? ¿Por qué no tenía el cabello blanco? ¿Veía la tele?

Sus conversaciones giraban en torno a él, así que Riven optó por mostrarle todos los viejos álbumes familiares que encontró. Abundaba en tías abuelas lejanas y en primos que hacía años no saludaba, pero también en cientos de fotografías de su padre cuando era atleta y de sus primeros años con Riven.

Entonces las conjeturas de Hannah y la línea de sus pensamientos toparon con un montón de dudas. Lo que Riven más temía sucedió mientras terminaban de cenar.

—Papi, ¿todos los niños vienen de una mamá?

Riven la miró fijamente, masticando. Tenía tres años ¿por qué le preguntaba eso? Sabía que en algún momento tendría cierto tipo de conversaciones con Hannah y nunca estaría preparado para ello. De hecho, había esperado fervientemente que cuando ella tuviera esas dudas, Musa, Flora o en todo caso Helio, le explicaran lo que el jamás hablaría con su hija abiertamente.

—Sí— respondió. Su mente, operando al cien por ciento, recordó uno de los estúpidos libros de auxilio para padres que Helio lo animaba a leer. Como la lectura sugería, a su pesar añadió—. ¿Por qué?

—Por qué no hay fotos de tu mamá. Todas son del abuelo y tú.

Riven la miró fijamente, totalmente fuera de su zona de confort. Por un segundo deseó que la duda de Hannah hubiera tenido fines biológicos.

—Sí, así es. Sólo tengo fotos de tu abuelo.

—¿Porqué?

—Ella no ha estado con tu abuelo y conmigo desde que yo tenía unos dos años.

— ¿Se murió, cómo la mamá de Musa?

—No.

—¿Entonces?

—Simplemente se fue.

—¿A dónde?

—No lo sé.

—¿No te quería?

La pregunta le dio un pinchazo a Riven. Dolió aquella falta de tacto, natural en los niños. La pregunta que él se hizo muchos años, pero nunca nadie le había formulado. Solo que ahora resultaba más incómoda que dolorosa. Se quedó en silencio un momento, mientras Hannah lo veía a la expectativa, ansiosa por tener una respuesta.

— No es eso—respondió y, aunque le supo a mentira, por primera vez su parte racional le dijo que seguramente era la respuesta correcta—. Ella tenía muchos problemas dentro de sí y por alguna razón quiso resolverlos sola, así que se fue a algún lugar, sin nosotros.

Hannah asintió y continúo comiendo. Tenía demasiadas dudas que no lograba resolver sola y deseaba, necesitaba aclararlas, así que dos minutos más tarde, retomó la conversación.

— ¿Papi?

—¿Mmm?

—Entonces ¿por qué todas las mamás se van o se mueren?

—Hannah. No es eso—respondió malhumorado.

—Entonces, si todos los bebés vienen de una mamá: ¿Mi mamá murió o se fue, como la abuela?

Sí. El día realmente temido había llegado. Riven miró a su hija, expectante con sus ojos amatista realmente abiertos, ávida de una respuesta. Deseó que Hannah tuviera dudas de cualquier cosa. Lo que fuera. Guerra, bebés, parejas, penes. Cualquier cosa menos eso.

Desde antes de tener a Hannah bajo su techo, sabía que llegaría el día en que ella preguntaría por Darcy, pero de las cientos de situaciones que imaginó, nunca había pensado que sería con base a esas conjeturas y no había siquiera sospechado que ella hilaría a su propia madre con Darcy.

—¿Se murió?—insistió Hannah.

Riven negó con la cabeza. Hacía tiempo había decido que crear un imaginario altar para Darcy, era una mentira que no podría sostener para siempre.

— Al igual que la abuela—tanteó, en busca de las palabra correctas— ella tenía muchos problemas. Creyó que huir era la solución. Pero nunca es la solución, ¿me entiendes?

Hannah asintió, aunque confundida.

—¿Cuándo se fue?

Fue entonces que Hannah presintió que tocaba terreno complicado. El rostro de su padre lucía tan serio y cansado que temió haber hecho algo malo.

—Cuando eras un bebé.

—¿No me quería?

Riven tragó saliva. No. Por supuesto que no. Él era quien se había desvelado cuidándola, quien había luchado por amarla y quien había deshecho toda su juventud, con tal de darle un buen lugar. Pero era algo que no quería decir. No quería que ella sufriera.

—Hace muchos años que no hablamos—mintió —. Para ella era difícil demostrar amor, aunque lo sintiera.

Hannah se quedó en silencio.

—¿Hay fotos de ella?

Riven negó con la cabeza

— Mañana buscaré algunos anuarios de la universidad; quizá haya alguna fotografía de ella.

La pequeña asintió, temerosa. Parecía que lo que había preguntado no era algo bueno, pues su padre lucía muy molesto.

Continuó cenando, callada; mientras Riven, quien había perdido el apetito, la veía sin tener ni la menor idea de qué decir o hacer. Nadie lo había preparado para eso y cuando era niño y preguntaba por su madre, su padre le había dado respuestas tan frías, tan ásperas y realistas que simplemente se había roto algo en él. No quería lo mismo para Hannah.

Cuando ella terminó de cenar, su padre la cargó en brazos.

—Hay que cepillarte los dientes y luego debes dormir, mañana puedo mostrarte fotos de ella.

Hannah asintió.

—¿Estás enojado conmigo?

—Por supuesto que no.—respondió Riven intentado sonreír.—Te terminaste la cena— aclaró, fingiendo tranquilidad. Pasó una mano por los mechones ondulados de su hija, despeinándola. Sonriente y complacida de no haber hecho nada malo, Hannah recargó su cabeza en Riven. Durante toda su vida pudo recordar la emoción y expectativa con la que se fue a la cama, esperando a que pronto amaneciera. Todos tenían una mamá y eso la incluía a ella.

Sin embargo, cuando a la mañana siguiente despertó, consideró seriamente que su estrategia consistiría en esperar a que su padre recordara los anuarios. Había aprendido que insistirle era un terreno peligroso e incierto. Esperó pacientemente en su cuarto, jugando con sus muñecas, hasta que Riven se asomó por la puerta.

—¿Hannah?

Ella lo miró, atenta, esperando ansiosa a que su padre no hubiera olvidado la fotografía.

—¿Aun quieres ver el anuario?

Su hija asintió vehementemente y, haciendo sus juguetes a un lado, siguió a su padre como un patito, hasta su habitación. Ambos se sentaron en la cama y este hojeó uno de los cuatro anuarios que tenía. Lo abrió donde previamente había marcado la hoja y, entre las filas de fotografías personales de cada alumno, señaló un cuadro en especial para Hannah.

—Su nombre es Darcy.

Hannah se inclinó sobre el libro, emocionada. Jamás olvidó la impresión de ver a su madre por primera vez.

—Es muy bonita—declaró apenas la vio.

—Sí, tienes su cabello.

La pequeña sonrió emocionada y tomó un mechón entre sus dedos, como queriendo retener ese hecho y asegurándose de que así fuera. Siempre había pensado que sería divertido tener el cabello color magenta, como su padre; pero ahora que veía que su madre era castaña, comenzaba a parecer genial. Continuó apreciándola. Usaba gafas, tenía el cabello largo, lacio y parecía muy suave. La blusa que usaba era morada. Mentalmente se emocionó más. Ese era su color favorito.

Transcurrieron un par de minutos en que Riven solo observó a su hija enamorarse perdidamente de la imagen de Darcy. Él no recordaba ni por asomo haber sido así de feliz cuando alguna vez vio a la suya en fotografías, porque había crecido odiándola.

—¿Por qué no está aquí? –preguntó Hannah en un quejido.

—Se fue. Tenía problemas, como te dije.

—¿Cómo cuáles?

Riven meditó un par de segundos su respuesta. En definitiva Hannah no tenía edad para saber que Darcy pertenecía a una excéntrica familia mafiosa, ni que actualmente estaba en la cárcel por las mismas razones. Esperaba que un día, dentro de diez o doce años, ella entendiera que simplemente Darcy había rechazado la maternidad.

— Su familia era muy…estricta—dudó Riven. Sonaba mejor que explicarle a su hija todos los asuntos turbios en los que vivía Darcy—. Creo que quizá ella sintió la presión de hacer lo que ellos le dijeran y se combinó con sus miedos.

Hannah no comprendió.

— ¿Volverá?

—No.

— ¿Se fue por mi culpa?

— ¡No!—se apresuró Riven, temeroso de haberle dado una idea equivocada a su hija—. Se fue porque tenía problemas, al igual que tu abuela. Y no fue valiente para resolverlos. Creyó que huir sería lo correcto; pero, como te dije ayer: nunca es correcto huir de tus problemas. Debes resolverlos—recordó a Nabu y un nudo se le hizo en el pecho—. O buscar un amigo que pueda ayudarte. Por ejemplo, siempre que tengas un problema sabes que puedes decírmelo a mí o a Musa o a tus padrinos.

Hannah asintió cabizbaja, acariciando las hojas del anuario.

—Entonces, ¿ella no me quiere?

—No es eso.

—¿Entonces, ella me quiere?

—No tengo forma de saberlo, Hannah.

Su hija elevó las comisuras de su boca en una sonrisa triste y continuó viendo la fotografía. Repetidamente se talló los ojos. Riven la acercó a él y la abrazó. La empatía que sintió por su hija, lo hizo sentirse agobiado. Si tan solo Darcy hubiera visto de la misma manera la fotografía de Hannah, cuando menos él habría podido corroborar sobre los sentimientos que guardaba muy en el fondo de su corazón. Pero apenas tenía una ligera idea de lo que Hannah causaba en Darcy. Riven, entonces, recordó un detalle. El único que lo hacía imaginar que quizá Darcy se había detenido alguna vez a observar la fotografía de Hannah.

—¿Sabes?—llamó su atención— De lo único de lo que estoy seguro es que ella guarda una fotografía tuya en su cartera.

Su hija lo vio con la cabeza inclinada a un lado.

—¿Por qué?

—A veces las personas guardan en su cartera la fotografía de las personas más importantes.

Riven se estiró para tomar de su mesa de noche la suya. La abrió y sacó una pequeña instantánea tamaño infantil. Era de un día que Hannah y Musa lo habían convencido de entrar los tres a una cabina de fotos, en un festival.

—Entonces. ¿Soy importante?

—Sí, Hannah.

Para él sí, pero apostaba que de algún modo, para Darcy también.

Ella sonrió. Si su papá y su mamá tenían una foto de ella en su cartera, por supuesto que debía serlo.

—Yo no tengo una de estas—dijo Hannah señalando la cartera.

—Puedo conseguirte una…o puedes guardarla en un lugar especial.

—¡Mi caja!—exclamó Hannah, emocionada. Riven entendió al instante a qué se refería. El lugar más honorifico, especial y misterioso donde Hannah guardaba celosamente cosas. Para empezar, no permitía que nadie se acercara a su caja sin permiso previo.

Hannah asintió emocionada y señaló el anuario.

—¿Cabe en mi caja?

Riven lo miró. Para cuando su hija supiera leer, quizá tendría serias dudas sobre las cosas que el equipo de futbol había firmado y escrito para él.

—Recortaré la fotografía para dártela.—solucionó rápidamente. No le pesaba hacerlo.

Hannah fue muy feliz. Aquel día, la fotografía escolar de Darcy terminó dentro de la caja.

Días después, Hannah le pidió una de las fotografías de su abuelo. Riven sacó una del álbum y se la regaló. Su destino fue el mismo que la otra.

Por solidaridad, finalmente le mostró en su computadora varias fotografías recientes de ellos. Hannah eligió una donde salía acompañada de Musa y Riven y la imprimieron. Totalmente fuera de las expectativas, no la guardó junto a las demás.

—¿No irá en tu caja?—la cuestionó su padre, cuando notó el lugar que había elegido para tenerla.

—No, ahí me gusta—fue toda la explicación que su hija le dio.

Riven se sintió profundamente dolido. ¡Él había cambiado sus pañales! ¡Musa y él! Eran más especiales que Darcy ¿Por qué Hannah no lo notaba? Esa noche llamó a su amiga, quien continuaba con un humor increíblemente apático. Le planteó la situación en forma de desahogo.

—Riven, no somos especiales—explicó la mujer, cuando él terminó. Si no hubiera usado el mismo tono molesto durante toda la conversación, Riven habría creído que le había afectado también. Hubo silencio y Musa, finalmente, terminó de explicar —. Nos tiene siempre. Todos los días. En esa caja está todo lo que es especial porque no puede tener o retener. Nosotros somos especiales, porque estamos con ella siempre. Son cosas distintas y no, claro que no lo nota porque nos ama y nos tiene ahí. No sabe lo que es nuestra ausencia y no deberías desear eso para vanagloriarte.

Riven se sintió indignado. Confortado, pero indignado.

—¿Tuviste un mal día?

—Quizá—cortó Musa—. Lo siento.

Hubo silencio.

—Un momento, ¿tú sabes lo que guarda ahí?

—¿En la caja? Sí, ella me la mostró hace unas semanas.

Su dolor alcanzó niveles insospechados. Ellas dos tenían un vínculo que, para su indignación momentánea, parecía más bien una especie de sabotaje hacia él. Hannah le había prohibido ver el contenido.

Celoso, una tarde rompió la promesa que algún día de su juventud se había hecho a sí mismo, sobre nunca verificar los objetos personales de sus hijos. Buscó la caja. Esperaba encontrar dulces contrabandeados o dibujos, pero su hija lo sorprendió. Había hojas secas de distintas formas y colores; lápices a los que le había sacado la punta hasta hacerlos muy, muy pequeños; una Catarina que en definitiva hacía tiempo había dejado de vivir, una pequeña piedra deforme parecida a un corazón, las coloridas cuentas de una pulsera rota y las fotografías del abuelo y de Darcy. Riven cerró esa especie de ataúd, sintiéndose culpable y extraño. Parecía comprender aquello de que los padres nunca conocían en su totalidad a sus hijos. Hannah por ejemplo, parecía más profunda y melancólica de lo que él jamás habría imaginado.

Fue entonces que Riven tomó con mucha filosofía que la foto, en donde él y Musa le ayudaban a soplar las velas del pastel, en su cumpleaños número tres, estuviera junto a la maceta que había plantado con Flora.