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La parte más ingenua

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Cómo todos los lunes, miércoles y viernes, la sala de espera que daba vista al salón de ballet estaba repleta de mujeres jóvenes viendo a sus pequeñas bailar. Ese día en especial, en lugar de Riven, era Musa quien esperaba a que Hannah saliera; pero apenas podía disfrutar de sus torpes movimientos en tutú, pues las palabras de Jason resonaban en su mente. Se repetían una y otra vez, acusándola de ser la eterna niñera de Hannah: "Creo que deberías dejar de hacer tantos favores a Riven". Él se lo había sugerido mucho antes de que terminaran— y de eso hacía dos semanas—, pero ese consejo chocaba contra las cosas que él había dicho esa mañana en la oficina.

Respiró profundo e intentó concentrarse en la clase de ballet, pero sus pensamientos comenzaron a contratacarse unos con otros. Palabras viejas y nuevas de Jason. Este era más reciente: "¿Sabes? Creo que me equivoqué respecto a Riven. Si te soy sincero, no pude evitar sentir celos más de alguna vez."

La cabeza le dio vueltas. Había evitado a Jason en la oficina durante esos quince días, dándole su espacio para pensar; sin embargo, aquella mañana, al llegar al trabajo todos parecían brillar de felicidad, hablando sobre las buenas noticias que Jason Queen había traído en forma de invitación elegante. Mientras decidía si lo mejor era declararse enferma y regresar a casa o ir hasta él y pedirle una explicación, Jason apareció en la puerta de su oficina.

—Creo que ya escuchaste la noticias ¿Podemos hablar un momento?—preguntó entrando a su oficina y cerrando la puerta tras él. Durante los meses que había durado su relación habían sido tan profesionales en la disquera que sólo un par de compañeros estaban enterados.

Musa lo observó atentamente, pero Jason aún no estaba seguro cómo abordar la situación. Puesto así, ella tomó la palabra:

— ¿Veías a Catherine mientras tú y yo…?

— ¡No!—apresuró— No, en verdad no, Musa. Jamás habría hecho algo así. Desde un principio fui honesto contigo y cuando terminamos realmente necesitaba ir con ella a solucionar nuestros problemas.

Musa se mordió el labio, comprendiendo que habían resuelto sus problemas maravillosamente. Toda la disquera tenía una invitación de bodas. Todos menos ella, claro.

— ¿Y entonces?

Jason sopesó sus palabras. Desde el momento en que se había dado cuenta de que no regresaría a Musa, tuvo muy presente que querría ser claro al momento de explicarle la situación; pero no quería lastimarla aún más.

—Bueno, creo que viste las invitaciones. Durante estos meses, ella y yo no estuvimos en contacto, pero…

Musa hizo un gesto con la mano, deteniéndolo.

—Olvídalo. No estoy segura de querer escucharlo. Ahora dirás que lo nuestro fue un error.

—Jamás podría arrepentirme del tiempo que estuvimos juntos, Musa. Creí que no podía aprender más cosas sobre una relación, pero me diste una perspectiva tan única. Tan tú… Aprecio todo lo que vivimos. Eres una chica increíble, llena de talento y bondad; y si te lo propusieras, sé que podrías tener a cualquier hombre a tus pies.

Musa se pasó una mano por la frente respirando profundo, sintiendo el enojo formarse dentro de sí. Culpa. A eso sabían las palabras de Jason. Lo miró, esperando a que continuara.

—Pero, me di cuenta de que eso no cambia lo que siento por Catherine y es injusto para ti y para mí. En verdad la amo y estamos hechos el uno para el otro.

Musa cerró los ojos un momento, esquivando el dolor.

— ¿Cuándo fue que ustedes…arreglaron sus diferencias?

Jason le respondió la fecha y cuando Musa hizo las cuentas comprendió que había sido cuatro días después de su rompimiento. Se quedaron en silencio.

Jason quería huir, en verdad odiaba tener que pasar por eso y, más aún, sentir que era por su causa y culpa que Musa tuviera que soportarlo. Sin embargo, estaba dispuesto a afrontar cualquier reacción o respuesta.

—No planeé que las cosas con Catherine salieran así —explicó rápidamente temeroso de que Musa pensara que él la había engañado—. Cuando la busqué, simplemente conversamos durante horas de todo lo que había sido de nuestra vida, en estos meses separados.

Musa intentó respirar profundo, pero no podía. Su mente de debatía entre la molestia y la tristeza.

—Nos dimos cuenta de que jamás debimos de habernos alejado. Tuvimos libertad y volvimos a ser jóvenes; salimos con otras personas, pero…no era lo que necesitábamos.

— ¿Y en qué momento decidieron lo de la boda?

—Esa misma semana— Jason mintió ligeramente. Había sido la madrugada del día que había ido a buscar a Catherine; pero presentía que contarle con lujo de detalles la sorpresiva felicidad que él había reencontrado en Catherine, podía ser innecesariamente doloroso para Musa. Sencillamente, tras pasar toda la tarde y toda la noche conversando, se habían sentido cómo dos piezas de rompecabezas perdidas por años y recordaron que encajaban perfectamente. Repentinamente el júbilo tuvo mucho más peso que las discusiones y los miedos, y habían comprendido que no querían vivir más tiempo alejados.

— Quiero que salgas de aquí —murmuró Musa con acritud.

—Me siento tan avergonzado…—explicó Jason, intentando pegar lo que accidentalmente había roto en Musa. Después de aquella conversación le tomó mucho tiempo perdonarse, culpable de haberla herido en la búsqueda de su propia felicidad.

— ¡Fuera de aquí!—exigió la chica. —Realmente fuiste honesto todo el tiempo, ¿no? Quizá no deberías darme una explicación.

—Creí que merecías saberlo. Perdóname, Musa.

La mujer se cruzó de brazos y miró hacia la salida. Jason abrió la puerta, rendido. Lo merecía, lo sabía y, aun así, sabía que Musa estaba siendo toda una dama. Nunca habría esperado lo contrario.

—Se que…—comenzó, en el marco de la puerta, dudando de sus palabras—. Comprendo si quieres tomar tiempo para hablarme, incluso si no vuelves a hacerlo, pero deseo lo mejor para ti. Aprendí demasiado a tu lado y por siempre te agradeceré todo lo que compartimos. Nunca quise lastimarte.

Musa desvió la mirada, soportando las lágrimas. Jason continuó, dispuesto a decir algo que llevaba semanas pensando era imprudente. Prefería serlo, si eso evitaba en Musa los errores que él había cometido con Catherine.

—Creo que debes hablar con Riven sobre todo lo que han vivido.

—Él no tiene lugar en esta conversación—aclaró Musa, pero Jason sonrió de una manera tan irónica, tan burlona, que se sintió desarmada.

— ¿Sabes? Creo que me equivoqué respecto a Riven. Si te soy sincero, no pude evitar sentir celos más de alguna vez— Musa lo miró escéptica. Él continuó—. Ustedes dos tienen algo, y te creo cuando dices que piensas que no es así; pero deberías dejar de mentirte. No cometas mis errores.

En medio de la sala de espera del ballet, Musa apretó los puños. Jason no tenía derecho a inmiscuirse en su relación con Riven, ya fuera porque había sentido celos o porque ponerlo de distracción aminoraba la culpa que sentía. Sin embargo, toda esa furia no era más que necesidad de llorar. Había resistido dos semanas ese dolor en solitario y aquel día había sido muy fuerte, fingiendo frente a todos en la oficina que estaba de maravilla. Había planeado encerrarse en su habitación, al salir del trabajo; sin embargo Riven le había rogado por teléfono que fuera recoger a Hannah a su clase de ballet. Así que ahí estaba, sin saber si hacía justo lo que Jason le había sugerido primero no hacer y luego sí. Sin saber si hacía lo correcto.

Con su pulgar atrapó una lágrima y verificó que ninguna de las madres que esperaba a sus hijas hubiera visto eso. Aliviada de no haber tenido atención, parpadeo para evitar llorar y continuó mirando la clase de ballet, tras recomponerse.

Maldito seas, Jason.

Sacándola de sus pensamientos, una madre la saludó con un gesto al pasar frente a ella. Se dirigía a la sala de espera de los niños de clase de música. Musa sonrió jovialmente hasta que ella desapareció. La conocía, pues había sido maestra de piano de uno de sus hijos.

Se mordió el labio, melancólica de la vida y de estar ahí. Era en ese lugar, la Academia de Artes, dónde había trabajado como maestra de música. Su sueldo en ese entonces no era tan atractivo, como ahora que trabajaba en la disquera, pero había sido muy feliz dando clases de piano, flauta, canto y guitarra. De haber sido muy honesta con ella misma, habría dejado todo por seguir ahí; pero no era el momento.

Terminada la sesión, una marea de tutús rosados corrió hacia la sala de espera. Las pequeñas iban hacia sus madres y el rostro de Hannah se iluminó al ver a Musa. Igualando a sus compañeras, fue hasta ella y tomó su mano, orgullosa. Musa la observó: se veía realmente linda con el tutú, pero Riven había hecho un pésimo trabajo con el peinado. Del rodete salían pequeños mechones, contrastando en lo absoluto a cómo una bailarina debía presentarse. Se agachó para abrazarla. De todas formas la consideraba la niña más bonita del mundo y ya tendría el tiempo de enseñarle a Riven cómo peinar de forma decente.

Ambas caminaron tomadas de la mano por las calles de Magix. El gimnasio estaba a veinte minutos, pero Hannah se sentía privilegiada por el hecho de que Musa la llevara y no se quejó; al contrario, emocionada, le platicó sobre todo lo aprendido esa sesión.

Musa fue feliz de escucharla, porque pese a que las palabras de Jason seguían meciéndose dentro de su cabeza, atacándose una a la otra, las palabras de Hannah eran un aliciente para no escucharlas. Para no sentirse nuevamente la tonta Musa, la eterna amiga de Riven, la niñera, la soltera, el plato de segunda mesa de Jason.

Al llegar al gimnasio, Hannah fue recibida con saludos de varios clientes. Al ser la adorable hija del dueño, Hannah era toda una celebridad. Las personas le sonreían y ella no tenía vergüenza en responder. De hecho, durante toda su vida nunca se sintió enfadada o intimidada por los hombres que entrenaban, aunque sus intenciones y forma de verlos variaron conforme creció.

Cuando los clientes asiduos levantaban la mirada y se percataban de la presencia de Musa, la sorpresa se veía reflejada en sus ojos y la saludaban dudosos. Desde hacía meses no pisaba el gimnasio; m ás o menos desde que había comenzado a salir con Jason y habían corrido rumores sobre qué había sido de ella. Siempre había sido la intocable amiga del dueño y, de hecho, los rumores decían que quizá era la madre de Hannah, pero que lo mantenían en bajo perfil, porque era muy joven. Fuera cómo fuera, de todas formas, nadie se atrevía a coquetearle o a mirarle el trasero al pasar. No si Riven andaba por ahí.

— ¡Hey, Hannah!—llamó uno de los jóvenes que asistía a prácticas de boxeo. Era casi un adolescente—. Justo nos preguntábamos donde estabas. Te queda bien el tutú.

Mientras Hannah se sonrojaba de felicidad, retorciéndose de un lado al otro con el halago, el chico saludó con un gesto a Musa, pero continuó hablando a la niña.

—Tom y yo haremos otro round, ¿quieres ver?

La niña chilló emocionada.

— ¡Tu papá te espera!—advirtió Musa.

— ¡Ya voy!—respondió, corriendo hacia el área de box, donde se sentó en una silla metálica para poder apreciar la pelea desarrollada en el cuadrilátero.

— ¡Musa! —exclamó una mujer. Reconociendo su voz, giró para ver a Mirta, la asistente de Riven —. Me alegra volverte a ver por aquí ¿Qué ha sido de ti?

—Ah...yo…hmm… ¡He tenido tanto trabajo! Pero, bueno, hoy Riven me pidió que fuera por Hannah, así que aquí me tienes.

—Ya veo. ¡Sí! Hasta hace cinco minutos todo era un caos. Un tipo quería usar una membresía que expiró hace dos años y armó un escándalo…pero Riven estaba ocupado atendiendo a la directora de un grupo de yoga que quiere rentar un salón para las clases...así que todo fue un caos.

Musa asintió, mientras veía a los chicos comenzar una pelea de box y a Hannah sumamente atenta observándolos.

—Vaya. Y yo que creí que Riven estaba siendo un flojo.

—Jamás lo he visto serlo—admitió Mirta, riendo por lo bajo. Su jefe podía ser muy estricto y malhumorado, pero era bueno administrando el negocio y siempre estaba de un lado a otro. Entrenando a los chicos o siendo padre.

—Veo a más personas de lo usual.

—Sí, de un tiempo para acá Riven ha promovido las clases de box y los entrenamientos.

Asintió despacio, triste de haberse alejado tanto. Incluso, hacía una semana Hannah había tenido una crisis pensando que todos morirían y ella ni siquiera se había tomado la oportunidad de visitarla para ayudar.

—Si quieres ve con Riven. Yo siempre suelo cuidar que Hannah no se lastime con los aparatos o suba al ring.

—Gracias. Sólo iré a decirle que estamos de vuelta.

Caminó por el gimnasio, hasta la puerta que daba a la oficina. Al abrirla, su mejor amigo la miró desde el escritorio, con un montón de papeles en las manos.

— ¿Por qué Hannah y tú nunca tocan la puerta antes de entrar?

Musa rodó los ojos con amargura.

—Solo quería avisarte que ya llegamos. Hannah se quedó viendo el entrenamiento de Tom y… ¿cómo se llamaba?

—Phill. ¿Hace cuánto no venías?

—No sé...mucho—murmuró incómoda, acariciando su propio brazo. Tiempo atrás sabía el nombre de todos los chicos que entrenaban ahí—. Bien, debo irme.

—En verdad, gracias por el favor –la detuvo Riven, formando los papeles en una columna.

—Sí, no te apures—dijo con un ademán, restándole importancia—. Mirta me contó lo que pasó. Además, me alegró ir por Hannah. Creo que el ballet la emociona.

—Sí, mucho.

Musa desvió la mirada. En verdad quería ir a casa y encerrase en su habitación.

—Bien. Adiós.

— ¡Hey, espera!—exclamó Riven—. Si me das media hora, puedo llevarte a casa. Es lo menos que puedo hacer.

Musa volvió a suspirar.

—Lo siento, es que tengo cosas por hacer.

—Cierto, supongo que verás a Jason ¿Saldrán a algún lugar en especial?

Entonces todo se desplomó. Riven había dicho la palabras exactas para provocarla, así que Musa solo hipó, tomando aire y se cubrió el rostro, porque no quería que nadie la viera llorar.

Riven se quedó estático.

— ¿Dije algo malo?

Musa negó con la cabeza, comenzando a llorar de forma inconfundible. Sintió a Riven estar junto a ella en menos de un segundo, guiándola a una silla. Tras dudar un segundo, aceptó y se acomodó.

— ¿Qué hizo Jason? — Riven cerró la puerta de su oficina con seguro y se paró junto a ella, de brazos cruzados— ¿Debo ir a golpearlo?—preguntó con total seriedad.

Musa negó con la cabeza mientras intentaba secar sus lágrimas con las manos.

—Terminamos hace dos semanas.

Riven elevó las cejas, sin ocultar su sorpresa. Caminó hasta su silla, detrás del escritorio ¿Qué debía decir? ¿Que lo sentía? Porque no era así, por más doloroso que fuera verla llorando. De hecho sentía una culpable pizca de satisfacción. Musa se recompuso, respirando profundo.

—Lo siento. No había hablado de esto con nadie.

—No deberías disculparte por esas cosas.

Ambos guardaron silencio durante un momento, sin intercambiar miradas.

— ¿Por qué nadie sabe?

—Porque las chicas me dirán "te lo dije" y no estoy de humor para ese discurso, en serio. Además…Layla no ha llorado por Nabu y ¿yo lloraré por un chico?

Cansado y agobiado, Riven pasó una mano por su cabello magenta.

— ¿Qué te hizo? y ¿qué es lo que ellas te dijeron? —hizo un esfuerzo sobrehumano para no decirle que él también le había advertido. Apretó la mandíbula, esperando a saber si efectivamente debía ir a patear el trasero de Jason Queen.

—Nada. Es solo que…a Tecna no le agradaba del todo y Stella…discutí con ella … me dijeron que estaba ilusionándome muy rápido y que debía…ir lento.

—Ve lo bueno: Sólo perdiste un poco de tu tiempo.

Musa bufó con la ironía pero la risa se convirtió en llanto nuevamente y se cubrió el rostro con sus manos. Eso era parte del complejo, que deseaba sólo haber perdido tiempo, pero había invertido e involucrado demasiado de ella misma en esa relación.

—Hablo en serio. No es cómo que hubieras desperdiciado diez años de tu vida con él. Solo fueron unos cuantos meses.

— ¡No, Riven!—defendió, acusándolo con un dedo—. Si hubiera pasado diez años con él, nos estaríamos casando—bramó, molesta, recordando a Catherine —. Y si no fuera así, por lo menos sabría que él valió la pena, pero el problema es que duramos tres meses. ¡Tres! Creí que si me esforzaba y daba todo de mí, por una vez en la vida tendría una relación seria. —Volvió a llevarse las manos al rostro y las lágrimas regresaron para horror de Riven.

Él la analizó unos segundos. En sus —de hecho, diez—años de amistad, nunca había visto a Musa afligida por un hombre. Conocía a un tipo, él la invitaba a tomar una café y al final ella decía que no era la gran cosa y lo dejaba. Nunca tenía conflictos amorosos, nunca les daba importancia, por más que le agradara en un principio. Tengo prioridades, decía cuando Stella le sugería conseguir un novio o cuando sus tías le habían dicho que Hoboe, su padre, jamás sería abuelo, si seguía preocupándose por guitarras en lugar de aprender a cocinar.

— ¿Fue por él que nos has evitado?

—Algo así.

Riven se sintió mareado emocionalmente. Una parte de él se regocijaba de saber que, cuando menos, no tendría que ver a Jason cerca de Musa; sin embargo, no quería comprender cómo y en qué grado Jason había hecho algo en la vida de su amiga para tenerla así, llorando en su oficina. Lo apenaba verla sufrir y quería consolarla, pero no pensaba darle una palmadita, cuando él mismo le había dicho que Jason no era la gran cosa. Con una actitud casi indiferente, se estiró para tomar la pañalera de emergencia de Hannah y sacó un paquete de pañuelos desechables. Se levantó y sentó sobre el filo del escritorio, frente a ella, y le ofreció uno.

—No deberías permitirte llorar por un tipo con el que sólo saliste tres meses y que ha sido tan tonto, como para perderte. Entiendo que lo amabas, pero…es un imbécil.

Musa negó con la cabeza, mientras el paquete entero para sacar varios pañuelos. Ella se sentía la tonta. Ingenua.

—¡Eso es lo peor! ¿Sabes? Mi mamá me dijo de niña que solo puedes amar lo que conoces y…—se encogió de hombros, adolorida. Le había tomado muchas horas afrontar eso—. Cuando sabes las cualidades de alguien y te enamoras, es tan fácil creer que todo es perfecto.

—¿Entonces?

—Quería que el fuera el indicado. Sólo quería creer eso y solo fue por eso que le entregué tanto. Jamás lo había intentado ¿sabes? Sólo dejarme llevar y creer que todo marcharía viento en popa.

— ¿No quieres que vaya a su casa y simplemente…?—Riven golpeó un puño contra una mano

— ¡No! Hace dos semanas me dijo que necesitaba solucionar algunos problemas ¿sí? Entonces terminamos...pero hoy….hoy repartió las invitaciones de su boda por toda la oficina, cómo dulces en Halloween.

Riven palideció.

—Musa—pronunció su nombre con total seriedad. Por un momento, no se sintió su amigo o cualquiera de las cosas que quería ser de ella, sino como si Hannah estuviera frente a él y hubiera hecho algo terrible— ¿Sabías que él estaba comprometido?

— ¡No! Ella es su exnovia…o lo era. Habían estado juntos por siete años y rompieron. Seis meses después él y yo comenzamos a salir y…bueno ¡Se reconciliaron! —bufó molesta.

Riven acarició su propia frente, pensando en qué decir. Comenzaba a imaginar lo que Musa sentía.

—Lo peor es que tienes razón—prosiguió Musa— Con todo esto de Nabu… el que yo esté llorando por un chico es completamente estúpido y egoísta. Layla me necesita, y tú y Hannah lo pasaron mal y no hice nada.

—No es parte de tu trabajo confortar a los demás.

Musa negó con la cabeza.

—Lo sé, pero…Soy una mala persona, Riven —declaró, cubriendo nuevamente su rostro, avergonzada. No recordaba haberse sentido así en su vida, jamás. Se creía irreconocible. Finalmente hizo una confesión que la hacía sentir miserable—. En el funeral de Nabu no dejaba de pensar en Jason.

Riven suavizó la expresión en su rostro, totalmente empático.

—Creo que no está mal.

Musa lo miró sorprendida. Era lo último que esperaba escuchar de él.

—En el funeral de mi padre no dejé de pensar en todo el dinero que necesitaba—confesó, Riven —. No tenía empleo, quería sacar mi título, no sabía cómo mantenerme y Hannah iba a nacer. Me sentí muy egoísta en ese entonces; pero cuando lo veo en perspectiva, creo que es comprensible…

—Claro, tu vida era un caos en ese entonces.

—Aparentemente la tuya también en estos momentos.

Musa bajó la cabeza y volvió a secarse las mejillas con el pañuelo. Nabu apareció en su mente sonriendo. En verdad lo extrañaba.

—No sé qué haremos sin Nabu.

Riven bajó la mirada. Tampoco lo sabía.

—El diría algo cómo que deberías hablar de tus sentimientos con las demás chicas y que ellas lo entenderían…

Sonrieron ligeramente. Sí. Nabu habría dicho algo similar. Habría pasado de largo que Stella le diría "Nosotras te lo dijimos", pero al final de cuentas, su consejo habría sido el indicado.

—Lo sé, pero no estoy segura que querer contarles aún. Layla está pasando por un momento muy difícil, para que yo le hable de estas tonterías—respiró profundamente y suspiró—. Es por eso que no le había dicho a nadie y mira, tú también me lo advertiste.

—Puede que estuviera celoso — admitió Riven. Musa bufó con la ironía, incrédula, pero él no tenía forma de comprender que Jason había dicho algo similar esa mañana. Musa se levantó y lo abrazó.

—Gracias.

Él aceptó el gesto, abochornado y sin saber específicamente qué había hecho para que ella se sintiera agradecida. Rodeó su cintura con los brazos.

—Entonces…¿quieres que te lleve a casa?

Ella se acurrucó en su pecho y respiró el aroma de la playera de Riven, antes de responder.

—En verdad ya no sé si quiero llegar a casa y llorar más. Creí que sería lo mejor, pero ahora que lo pienso …—suspiró rendida, alejada repentinamente del pequeño humor reciente —. No tengo fuerzas para que Tecna me diga que me lo advirtió, ni para hacer sentir mal a Layla. No quiero nada de eso, pero tampoco quiero estar sola ¿Podríamos hacer algo los tres?

Riven asintió, pensativo, mientras Musa se acomodaba entre sus piernas y descansaba la cabeza en su pecho. La sensación de ser un pañuelo por causa de Jason, pinchó su ego; pero intentó alejar ese pensamiento. Él la había necesitado en muchos malos momentos y lo mínimo que podía ofrecerle era intentar ser un buen amigo, por más herido que se sintiera.

— ¿Quieres quedarte hoy con nosotros? —propuso finalmente—. Ya sabes, cómo en los viejos tiempos. Vemos una de esas películas bobas que Hannah pueda ver y, cuando se vaya a dormir, hacemos cosas de adultos, cómo limpiar su desastre y hablar del trabajo hasta quedarnos dormidos.

Musa sonrió, reconfortada de escuchar esa propuesta.

— Me gusta el plan.

De pronto, la perilla de la puerta comenzó a girar torpemente, deteniéndose por el cerrojo. Ambos la miraron.

—Te dije que ustedes dos no saben llamar antes de entrar—murmuró molesto, separándose de Musa para quitar el cerrojo. Cuando la puerta cedió, Hannah entró corriendo para abrazar su pierna.

— ¡Hola, papi!

Riven sacudió su pequeña cabecita, tomándola por el carrete despeinado.. Hannah se alejó riendo, entonces vio a Musa y su sonrisa se deshizo en preocupación

— ¿Papi te hizo llorar?

El aludido se horrorizó, indignado, creando una carcajada en Musa.

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Esa noche fueron a cenar juntos. Al regresar a casa, cómo Riven auguró, pusieron una película para Hannah. Cuando finalizó, ella apenas podía seguir despierta y le pidió a Musa que le cantara para dormir.

—Comienza a hacer las cosas de adultos, quizá vuelva pronto—murmuró Musa al oído de Riven, refiriéndose a los cojines que Hannah había esparcido en el suelo de la sala y en el vaso en que había estado bebiendo leche. Riven no le hizo caso, sino que se quedó en silencio, recargado en la pared del pasillo para escuchar su conversación y, finalmente, el arrullo de Musa. No recordaba la última vez que ella le había cantado a Hannah para ayudarla a dormir.

Cuando Musa regresó, Riven ya estaba recogiendo todo y conversaron sobre la maceta en el alfeizar de la ventana de Hannah. Si Riven no hubiera estado haciendo ese montón de cosas que le correspondían como papá, habría notado algo raro en Musa, pero no fue así. De hecho, no lo notó en toda la noche, porque la línea de sus pensamientos giraba más en torno a corresponderle a Musa como amigo, agradeciendo todo lo que ella había hecho por él durante años. Los meses sin ella— y más aún las dos semanas anteriores, con la crisis de Hannah— había notado su ausencia de forma casi dolorosa.

En definitiva los pensamientos de ambos iban en sentidos contrarios. Cuando Musa entró a la recámara de Riven, una idea llevaba horas burbujeando en su mente. Dejó su bolso en una silla y lo observó abrir el armario, pulcramente ordenado, para sacar una pijama para ella.

—¿Jersey o playera?—le preguntó Riven, dándole la espalda.

La cabeza de Musa giró desbocaba entre una imagen de ella en cualquiera de las dos, pero sin nada más debajo que la pantaletas. Recordó que llevaba las de encaje rosa.

—Jersey—apresuró—. Tu casa es demasiado fría.

Podía demostrarlo, si se deshacía del sostén. Sonrojada, borró la insinuación que su propio lívido le hacía. Era eso lo que temía. Ese pensamiento que rondaba su mente. Intentó relajarse, pero había un debate dentro de su cabeza.

No iba a hacerlo con Riven. Era una pésima idea. Una muy mala.

Pero ¿y si Jason tenía razón? ¿Y sí había algo entre ellos? ¿No era su desilusión con Riven lo que la había hecho aceptar a Jason, en un inicio?

No, Musa. Se repetía.

Pero un segundo después, recordaba que así habían empezado Stella y Brandon su relación. En la preparatoria, ella no buscaba nada serio en los hombres y él era una especie de Don Juan. Se frecuentaban, porque Bloom y Sky, sus respectivos mejores amigos, salían. Entonces, un día de infortunio en que habían reprobado una materia, salieron de noche a un pub a brindar por sus desgracias. No recordaban mucho, pero habían terminado en la cama de Stella y a la mañana siguiente Brandon le había sugerido ir a desayunar. Sin premeditarlo, luego fueron al parque de diversiones y en la noche al cine. Entonces se dieron cuenta de que podían agendar un millón de salidas, porque era genial estar juntos. Sin darse cuenta, en cuestión de dos meses habían perdido el interés en otras personas y comenzaron una relación que desembocaba en su actual compromiso.

Riven giró para darle la ropa, que incluía unos pantalones de dormir de banda elástica. Musa los conocía de sobra. Eran lo que él solía prestarle cuando ella se la pasaba viviendo en su casa para ayudarle con Hannah.

— ¿Quieres el baño? Yo me desvestiré aquí.

Musa asintió, imaginándoselo en boxers. Entró al baño, convencida de que debía estar perdiendo la cabeza. Mientras se desvestía —dejándose el sostén, porque iba ganando su inteligencia emocional—, pensó con un dejo de envidia sobre por qué no podía ella tener algo como Stella. Un encuentro fortuito, sellado mágicamente por esas cursilerías del destino que terminaran haciéndola feliz.

Mirando el pantalón del pijama dudó seriamente en salir sin él y simplemente arrojar a Riven a la cama. Mentalmente se burló de ella misma. Nunca Riven la vería de ese modo. Nunca. No sobrio.

¿Por qué Jason había sentido celos? ¿Porque llevaban años siendo amigos? ¿Porque había estado enamorado de él? —y corrección, se dijo a sí misma, sigo sin poder superarlo—. Pensaba que debía ser un invento de Jason para reconfortarse, porque simple y sencillamente ella y Riven no. O, más bien: Riven no la quería de ese modo. No tenía oportunidad. Salir y arrojarse a sus brazos, nunca, bajo ningún concepto, haría que él la quisiera de esa forma y, mucho menos, para algo serio.

Se puso la pijama, molesta y avergonzada de sus intenciones iniciales. Intentar alejar a Riven de su corazón, saliendo con Jason, había sido una mala idea; y querer salir y arrojase a los brazos de Riven era casi lo mismo. No necesitaba enredar más las cosas. Sí, disfrutaba y valoraba que Riven la quisiera apoyar, pero sospechaba que debía estar en casa, no pisando la línea de fuego.

Además, aún se sentía lo bastante culpable de sus decisiones con Jason, como para comenzar a tener sexo espontáneo. El recuerdo la hizo sentirse triste, retornando a su inicial estado anímico. Se llevó las manos al rostro y se recargó en el lavabo, cabizbaja. Le costó un par de minutos serenarse.

Para su sorpresa, al salir del cuarto de baño, Riven no estaba en la habitación. Su celular comenzó a vibrar, dentro del bolso. Fue hasta él y leyó en la pantalla un mensaje de Layla "Estamos preocupadas. ¿Todo bien?"

A Musa le partió el corazón leerla de ese modo. Rápidamente respondió "Sí, dormiré con Riven"

Enviar.

Se arrepintió al instante. Ahora todas creerían que estaba engañando a Jason Queen con Riven. Se abofeteó mentalmente y escribió "Mañana te explico". Se arrojó a la cama, extendiéndose. Estaba bien, solo se desahogaría con él. Era su mejor amigo y estaba ahí, ofreciéndole su apoyo. Cómo si leyera sus pensamientos, él entró a la habitación y se sentó junto a ella. Le puso sobre el estómago un pequeño contenedor frío, haciéndola respingar.

—No creo que a Hannah le moleste saber que te lo di—mintió Riven, viéndola incorporarse para observar el envase.

— ¿Helado?

—Bueno—dudó Riven, encogiéndose de hombros y rascando su nuca—en las películas siempre ponen a chicas comiendo helado, cuando lloran. Supuse que podría hacerte sentir bien. No sé de estas cosas…yo iría a golpear un saco de box.

Musa sonrió, incorporándose, mientras Riven le hacía entrega de una cuchara metálica. La compartieron.

—Somos tan…—comenzó Musa.

— ¿Adolescentes?

—Paternales, iba a decir. La mayoría de las personas de nuestra edad irían a beber.

—Bueno, no somos cómo los demás. —apuntó Riven mullendo las almohadas para recargase en ellas, contra la cabecera de la cama. Tras unos momentos le cedió completamente la cuchara a su compañera, empalagado; pero ella consideró que no estaba mal seguir — ¿Te sientes mejor?

—El helado no es mágico, pero quizá me ponga gorda y así lograré mi objetivo de vida. Solo debo conseguir veinte gatos.

—Estarás bien— le dijo Riven. Aún consideraba extraño verla tan pesimista, pero había algo en la falta de felicidad en Musa que lo hizo percatarse de que simplemente necesitaba desahogarse. Se vio reflejado en ella, como cuando era más joven y no sabía qué iba a ser de su vida: cuando dormía tres horas por noche y no sabía cómo ser un padre —aunque aún no estaba seguro de cómo serlo, pero lidiaba con la presión.

Repentinamente Musa secó una lágrima, con el puño de la sudadera y continuó comiendo.

—Supongo que él no era lo que esperabas.

Porque sí, podía odiar a Jason y podía amar que hubiera terminado con Musa; sin embargo, jamás la había visto así de pequeña y vulnerable, derrotada por un error. Musa no era de las que se equivocaban. Musa era la clase de chica valiente que se jactaba de siempre hacer lo que ella consideraba correcto, pero de nunca hacer nada tonto. No obstante, ahí estaba, frágil.

Le dolió verla así.

—Me costó un poco aceptarlo, pero en verdad quería que él fuera el indicado. Me siento increíblemente boba admitiéndolo, pero a veces veo a todas las chicas haciendo su vida. Casándose, teniendo hijos…Soy joven para eso, ¿sabes? Pero entonces veo a todos nuestros amigos haciendo mágicamente su vida y me pregunto si eventualmente yo tendré algo así. Me gusta pensar que hago algo mucho más importante. Me dedico a la música, es mi sueño desde niña, pero…debo admitir que esta vez Jason logró mover una fibra muy sensible en mí. Jamás había estado en una relación tan seria.

—Musa. Tienes veintiséis… ¿no es la edad en la que deberías salir con chicos y divertirte?

—Sí, pero nunca ha sido mi estilo. Intenté divertirme y nada salió bien. Además...las cosas que Stella me dijo…— hizo una pausa, planeando cómo abordar el tema—. Fue cuando llevé a Jason a la fiesta de Sky. Me dijo que debía divertirme y olvidar…mis responsabilidades...porque acabaría siendo…una anciana con veinte gatos—mintió ligeramente. No quería sacar viejas heridas entre Riven y Stella, diciendo que en realidad el miedo era terminar siendo la niñera de Hannah.

Riven miró incrédula a Musa, pero ella se talló los ojos y continuó comiendo helado.

—Solo quería tener una relación seria una vez en la vida y…creer que él era el indicado.

— ¿Cuál es la prisa?

Musa se encogió de hombros. No le gustaba admitirlo, pero era algo que a veces la intimidada. Antes podía hablar con las chicas de miles de cosas, pero de un tiempo para acá todo eran bodas, maridos que no cerraban la pasta de dientes, cotilleos sobre sexo y horas interminables hablando sobre la planeación de bebés. ¿Dónde quedaba ella? Se sentía una niña aún enamorada de su mejor amigo.

—Musa, en verdad…

—No digas nada. Yo misma sé que es una tontería, pero…—se echó a la cama, junto a Riven—debo estar enloqueciendo.

—Sólo iba a decirte que pareces todo un cliché.

—Tú eres el que me dio el bote de helado.

Se lanzaron una mirada cómplice y volvieron a ver a la nada. Tras unos minutos en silencio, Musa habló.

— ¿Puedo confesarte algo?

Riven asintió.

—Siempre creí que terminaría teniendo mi primera vez contigo.

Riven supuso que quizá estaría sonrojado, pero lo cierto es que, sin ni quiera haber analizado el comentario, toda la sangre de su cuerpo fluyó hacia el sur. Intentó pensar.

—No puedes decirle eso a un hombre que lleva tanto tiempo sin sexo que deberías considerarlo virgen. Y no puedes decírselo, sobre todo, si planeas dormir en su cama.

Musa soltó una carcajada, pero de pronto, sin preverlo se secó un par de lágrimas. Continuó comiendo helado.

Riven se mantuvo en silencio unos momentos, esperando a que Musa se calmara. Intentando descifrar su llanto repentino y sus palabras. La conclusión a la que llegó encajó perfectamente.

—Lo hiciste con Jason y ahora te sientes culpable— afirmó, rodando los ojos.

Musa se quitó las lágrimas con el dorso de la mano y siguió comiendo helado, mientras asentía. ¿Lo veía? ¿Él lo notaba?

Más lágrimas.

—¿En verdad no quieres que lo golpee?

Musa negó con la cabeza.

—De haber sabido que duraríamos tres meses, jamás me habría metido en su cama.

La previa erección de Riven estaba ya muy lejos de ese momento. Se sintió fuera de lugar, sabiendo eso. Entre ellos dos había una ligera línea que separaba esa clase de intimidades. Un par de años atrás, cuando básicamente vivían juntos cuidando a Hannah, Musa guardaba en la gaveta del baño una caja de tampones. Las cosas no pasaban de eso. Las cosas no pasaban a intimidades sexuales. Porque había una abismal diferencia entre fantasear con Musa en la ducha y entre ser un auténtico mejor amigo que escuchara su vida sexual. No estaba emocionalmente preparado para imaginarla en brazos de otro hombre.

Sin embargo, de pronto los celos le dieron espacio al miedo.

— ¿Él te obligó?

—No. Yo fui lo que se lo sugirió— confesó molesta y avergonzada. Silencio y helado. Mucho helado y más silencio— ¿Estas incómodo, cierto?

—Un poco… pero si necesitas hablar de esto, entiendo.

Esperaba fervientemente que se negara.

Más silencio.

— ¿Quieres que te confiese algo?—comentó Riven, intentando animar el momento— Siempre creí que terminarías haciéndolo con Jared.

La cara de horror e indignación que Musa puso, lo satisfizo enormemente.

— ¿Cómo pudiste pensar algo así?

—Eran tan unidos.

—Qué asco…—murmuró de solo pensarlo. Nunca habría visto a Jared de esa forma.

—Bueno, ¿Por lo menos el sexo era bueno?

— ¿En verdad quieres saberlo?—preguntó, aún con un dejo de disgusto en el rostro.

—No, pero supuse que podría hacerte sentir mejor.

—Todo lo contrario. Créeme.

Musa leyó la etiqueta del bote, verificando los gramos. No era muy grande y no se sentiría tan mal de acabárselo. Se encogió de hombros y siguió comiendo.

—Para ustedes el sexo es tan fácil— murmuró apuntándolo con la cuchara—Podrían acostarse con la mitad de Magix y nunca se sentirían culpables. Es más, apuesto a que después de tener tu primavera vez, si tu papá se enteró, seguramente te dio una cerveza. ¿Qué crees que pensaría mi papá si lo supiera? ¡Me convertiría en la decepción familiar!

—Deja de lamentarte por eso—le ordenó, arrebatándole el bote de helado y la cuchara—. Siempre he pensado que la virginidad está sobrevalorada—apuntó, mientras comía, solo para camuflar su bochorno.

— ¿Cómo puedes ser tan cruel? Creí que la usaría en alguien especial con quien tendría un vínculo toda la vida.

— ¡Por eso pensaste que tú y yo lo haríamos!, para perder tu virginidad, sin sentir remordimiento.

— ¡No!—exclamó molesta. Realmente lo había creído porque eran sus esperanzas, pero él no podía saberlo—. Porque somos unos tontos y te recuerdo lo que sucedió en el sillón. Algún día debíamos estar lo suficientemente ebrios como para terminar haciéndolo.

Riven suspiró, haciendo acopio de toda su paciencia. Se sentía insultado. Como una clase de plato de segunda mesa. No lo intuía, pero Musa no distaba de sentirse igual. ¿Cómo podía Jason decir que entre ellos había algo?

A Riven le tomó un momento serenarse. Finalmente, se apiadó de ella. Su primera vez había sido con Darcy, cuando iban a la preparatoria; y aunque se había sentido orgulloso de perder la virginidad, lo cierto es que su vida sexual había estado plagada de un vago sentimiento de soledad al finalizar. ¿Era así como Musa se sentía? ¿Vana?

Porque sí, claro que había sido divertido experimentar con Darcy, y viceversa; pero había sido más banal y físico, que amoroso. Helio y Nabu le habían llegado a hablar de un sentimiento trascendental que iba más allá del cuerpo y, pese a que sabía de sobra que ellos eran cursis y románticos hasta la médula, suponía que evidentemente debía haber una gran diferencia entre acostarse por diversión y por amor.

—Venga. Deja de lamentarte. Ningún Jason Queen merece tus lágrimas.

Musa dio una última cucharada y le pasó el bote a Riven para que lo dejara en el buró. Se acercó a Riven, recargando la cabeza en su brazo. Tras unos minutos en silencio, él habló:

— ¿No estas embarazada, cierto?

— ¡Por supuesto que no!—bramó, molesta, dándole un manotazo en el pecho. Volvió a acurrucarse y Riven le pasó una mano por el hombro, atrayéndola más a él.

Tras unos minutos, Musa volvió a hablar

—Debes pensar que me comporto como una niña tonta

—Musa. La mayoría de las personas tenemos estas crisis en preparatoria. Ya sabes…y en el peor de los casos, eres el hazmerreír de todo el equipo de futbol, porque embarazas a tu exnovia o porque alguien te contagió algo raro. La mayoría ya hicimos estas tonterías y no creo que deberías sentirte tonta sólo por eso. No es como que te hubieras acostado con Brandon por reprobar una materia—criticó rodando los ojos. Musa respingó, asustada de la cercanía de sus pensamientos.

— ¿Entonces, te sentiste culpable después de tu primavera vez?

—No, pero para tu información el viejo me regañó cuando supo que lo había hecho.

— ¿Entonces cómo puedes decirme que la mayoría ha pasado por esto? No puedes comprenderlo.

— Hablo de crisis y problemas de índole sexual. ¿Debo aclarar a qué edad me convertí en padre?—respondió con ironía. Sopesó que Musa podría sentirse mejor si le confesaba uno de sus más oscuros episodios. Lo tenía guardado bajo llave y nadie, absolutamente nadie en el mundo lo sabía — Una vez hice algo muy estúpido de lo cual aún me avergüenzo.

—¿En serio?

—Sí…pero prométeme que no se lo dirás a nadie.

Musa asintió.

—¿Recuerdas cuando me deprimí hace unos años? Ya sabes, cuando recién me dieron a Hannah.

Musa volvió a responder afirmativamente con la cabeza.

—Llevaba seis meses horribles en un trabajo odioso, siendo padre—comenzó a enumerar con los dedos—Había vendido mi casa para vivir en un feo departamento; y mi moto, por ese carro viejo; todos los días debía dejar a Hannah en la guardería e ir a trabajar; regresaba, cambiaba pañales y limpiaba desastres. Mi vida era lo mismo. Estaba realmente fastidiado y…bueno…digamos que una de la maestras de la guardería me coqueteó.

Musa abrió mucho los ojos, sorprendida.

— ¿En serio?

Riven asintió, nada orgulloso. Miraba a la nada. No pensaba entrar en detalles, como lo principalmente deprimido que estaba en ese entonces, porque sabía que su oportunidad con Musa estaba a años luz. La había perdido para siempre y hecho de que ella lo ayudara con su crisis parental, lo hacía sentirse más culpable.

—En verdad estaba desesperado, porque ni siquiera era interesante, pero—se encogió de hombros—. Hay veces que tu vida esta tan de cabeza que solo quieres tomar los trozos y romperlos más.

Musa desvió la mirada. Lo comprendía, porque sus previas ideas de arrojarse a sus brazos sonaban como el deseo desesperado de arruinar todo aún más.

—Ni siquiera llegamos a salir. Solo teníamos sexo casual de vez en cuando.

Musa agradeció que él no pudiera ver su rostro. Le avergonzó sentirse tan puritanamente sorprendida, pero jamás había sospechado que Riven tuviera aventuras. Una pizca de miedo y celos la hizo sentir incómoda.

—¿Por eso sacaste a Hannah de esa guardería?

—Al principio no; fue hasta después. No me importó que Hannah siguiera ahí, porque ella no la cuidaba y porque mutuamente nos estábamos utilizando para pasar el tiempo. Pero, un día me citó y me dijo que no debíamos vernos más, porque quería salvar su matrimonio.

Riven se inclinó para observar interesado la reacción de Musa, cuyo rostro se convirtió en un la incredibilidad y consternación personificadas.

— ¿Era casada?

Riven asintió, avergonzado, pero más ligero.

—Sí, y hasta ese momento sentí pena por el pobre diablo que tenía por esposo. Me recuerda lo miserable que puedo llegar a ser.

Se quedaron en silencio por un par de minutos.

—Ahora me consideras un monstruo, ¿cierto?

—No, realmente. Se lo que estabas pasando y no puedo culparte por querer arruinar tu vida aún más.

— ¡Oye! —interrumpió ofendido.

—… ¡y en tu oficina me regañaste, cuando creíste que sabía del compromiso de Jason!

Riven puso los ojos en blanco, aún dolido; pero sabía que merecía el regaño.

—Es frustrante ver a otros cometer mis errores. ¿Sí?

Volvieron a estar más tiempo en silencio, abrazados.

— ¿Y te has acostado con más chicas?

Riven volvió a rodar los ojos.

—Te dije que llevo tantos años sin sexo, que podrían volverme a considerar virgen. Basta de humillarme.

Musa se acurrucó en sus brazos y Riven acarició su cabeza. Entonces quiso asegurarse de que contarle ese episodio de su vida había valido la pena:

— ¿Te hice sentir mejor?

—Un poco. Gracias— respondió Musa, estirándose para besar su mejilla.

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.

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A la mañana siguiente, cuando el sol aún no salía, Riven abrió los ojos y vio a Musa dormida, a su lado. Se había dormido con Musa en los brazos, pero el sueño los había hecho separarse, en la búsqueda de una posición cómoda. Mirándola, le parecieron demasiado lejanos aquellos días en que despertaban juntos todas las mañanas. Era cuando Hannah era un bebé y, aunque Musa no ganaba nada de eso, lo apoyaba en su prematura paternidad. De pronto, toda esa incomodidad de soportar su decepción por Jason Queen le pareció lo mínimo que podía hacer por ella.

La observó hasta que la puerta de su habitación se abrió. Sabía que era Hannah, así que se dio la vuelta y espero a que ella llegara, como todos los fines de semanas a acurrucarse; sin embargo, hábilmente Hannah entró por debajo de las sábanas y se arrastró hasta quedar en medio de los dos.

Cuando Riven giró de vuelta, Musa ya había abierto los ojos y besaba repetidamente el rostro de Hannah, quién sonreía como toda una niña mimada. Hannah se acomodó finalmente entre los brazos femeninos y cerró los ojos.

—Traición—bromeó Riven hacia Musa, en silencio, moviendo únicamente los labios. Ambos sonrieron, cómplices.

Comenzó a sentir el sabor de la victoria regodearlo. Musa estaba ahí, con él. No era suya y suponía que nunca lo sería, pero estaban juntos, tal como en los viejos tiempos, cuando se desvelaban conversando y dormían en la misma cama. Hannah los levantaba temprano y ellos dos se rotaban algunos deberes y apostaban sobre quién le cambiaría los pañales. Creía haberla perdido, pero se sentía a calma ahí con ella, sabiendo que no sería pronto cuando ella realmente encontrara a su hombre perfecto y se alejara.

A diferencia de Hannah, no pudieron volver a dormir y fue entonces que Musa sintió los ojos de Riven sobre ella. Correspondió a su mirada y comenzó a sentir nervios, con el deseo retrepando por todo su cuerpo y la creciente necesidad de que él la abrazara o, cuando menos, las abrazara y se quedaran así durante horas. Se preguntó qué habría podido suceder, si Hannah no estuviera presente, pero no profundizó en ello; simplemente se permitió mirarlo, intentando explicar qué sucedía, casi rayando en la necesidad de ser totalmente sincera con él. Una especie de pacífica felicidad la invadió, al recordar cuánto lo amaba y cerró los ojos, cómoda con Hannah entre los brazos y entre esas sábanas con Riven.

Por un momento, esa cama fue el lugar más feliz del mundo. Para los tres.

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.

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Despertar los sábados en casa de Riven consistía en una rutina nada perezosa. El gimnasio debía abrir a las 9, así que Riven movió a Hannah y ambos prepararon el desayuno para llevarlo a la cama. Durante este, rodeada de tanto amor y atenciones, fue que el estado anímico de Musa comenzó a descender, sintiéndose culpable.

Amaba estar ahí, pero no el momento.

No podía saltar de lío amoroso en lío amoroso; ni de brazos en brazos, esperando ser confortada.

Le había tomado solo una semana aceptar ante ella misma que el detonante de su relación con Jason, había sido su decepción con Riven. Y ahora estaba ahí, acurrucándose en su cama, lloriqueando en su hombro y permitiendo que él la alimentara. Su relación con Jason, lejos de curar ese dolor inicial, no había hecho más que agravar todo, porque estaba nuevamente ahí, con Riven. Sí, feliz, pero herida.

Cuando comenzó a salir con Jason, tenía algo muy en claro: él y la relación eran reales, a diferencia de cualquier cosa que hubiera pensando, podría tener con su mejor amigo. Era por eso que había entregado tanto de sí misma, sin ninguna precaución o reparo, porque la parte más ingenua de ella había deseado que él fuera el indicado y que todo sería perfecto de ahí en adelante.

Al terminar el desayuno, Musa tomó su ropa y se dirigió al cuarto de baño.

—Ya debería irme

— Hannah y yo iremos al gimnasio. Puedo llevarte a casa.

—No. Necesito caminar. Quiero pensar y acomodar mis pensamientos— ambos notaron que Hannah los miraba, interesada en la conversación. Riven le entregó los platos y le pidió que los llevara a la cocina. Haciendo un puchero, se fue obedientemente.

Riven se incorporó de la cama y se paró frente a ella, pero fue interrumpido antes de abrir la boca.

—Y perdón por todo lo de ayer. Creo que dije muchas cosas bobas y me arrepiento de ello.

El chico rodó los ojos, bufando en una sonrisa irónica.

—He estado peor y he dicho y hecho cosas realmente estúpidas. A veces, de pensar en todo lo que me has oído decir, me sorprende que sigas hablándome.

Musa sonrió, negando con la cabeza. Sí, Riven había tenido épocas realmente oscuras, pero nunca había cambiado la forma en la que lo veía. Lo conocía y así lo amaba.

—En vedad te agradezco todo lo que hiciste por mí. Me ayudó a aclarar muchas cosas y creo que me siento mucho mejor, pero sé que debo pasar un tiempo a solas.

Necesitaba sanar la herida de Jason en su corazón y, finalmente, recobrar fuerzas para encarar de forma decente todos esos sentimientos hacia Riven.

—Si necesitas de alguien, no dudes en llamarme—dijo el hombre, finalmente—…y, en verdad, tal vez sí deberías hablar con las chicas. Ellas sabrán qué decirte.

Musa le dio la razón; sin embargo, cuando regresó al departamento y comprobó con alegría que Tecna no estaba cerca para interrogarla.

Se escabulló silenciosamente hasta su habitación, donde la cama la esperaba para un round de llanto y tocar la guitarra. Se acurrucó debajo de las sábanas, pero no pasó mucho tiempo para que Layla abriera la puerta y asomara la cabeza.

— Necesito saber qué fue de ti ayer en la noche, pícara.

—No es lo que crees—atinó a decir, rendida.

— ¿Ah, no? Creí que Jason y tú habían terminado.

— ¿Cómo lo supiste?

—Lo noté, simplemente—indicó, sentándose junto a ella y acariciando su cabeza —. ¿Todo en orden? ¿Por qué no nos contaste?

Musa se mordió el labio, nerviosa de responder, pero Layla se adelantó.

— ¿Por lo de Nabu?

Musa lanzó un quejido, enterrando el rostro en la almohada.

—Ha sido muy fuerte—consoló Layla—. Cuéntame todo.

.


¡Ah! Este capítulo quedó mucho más largo de lo usual en este fic, pero creo que dado el tiempo de tardanza y lo que tenía planeado, no estuvo tan mal. De todos modos, saben que espero fervientemente que les haya gustado c:

Muchas gracias por sus bonitos reviews a:
diminuta, ItsMetalItsOurBand y a Luky01
Son demasiado lindas: muchas gracias por todo su apoyo, siempre.

Por otro lado, quiero confesarles algo. De unos capítulos para acá siempre me da una crisis al escribir Casual. No lo considero mi obra-prima/bebé-consentido (Ese es Verano Fugaz) Y una vez dije "Quiero hacer un fic súper dramático…tipo telenovela", pero cada vez que comienzo un nuevo capítulo es cómo "Por favor, ya bájenme de aquí" (donde metafóricamente esto es una montaña rusa). Voy a terminarlo, solo que a veces… ¡dios! ¡ya! ¡bájenme! (consejo: ¡nunca tengan un hiatus, nunca permitan que su fic se alargue tantos años, nunca hagan tesis y nunca hagan nada! Bueno, pues, sí hagan la tesis)

Ah, sí, por cierto. He estado haciendo ediciones en los primeros capítulos. Nada trascendental, pero el capítulo 2 me causaba "Agh" (traducción: vergüenza) cada vez que lo leía. Alargué las cosas importantes, quité las aburridas y añadí algunos detalles que pues bueno...son eso…detalles.

En fin.
¡Besos y abrazos! c:
Cereza Prohibida