2. La maldición de Ladybug
El día que Marinette aceptó ser Ladybug, Tikki, su Kwami, le advirtió que no trabajaría sola. La idea de que en algún rincón de París hubiera otra persona en su misma situación la tranquilizó, pues eso significaría no solo que tendría compañía, sino también ayuda en caso de no saber qué hacer o cómo actuar.
Sin embargo, en el preciso momento en que su cuerpo salió disparado desde su balcón, impulsado por aquel yo-yó prodigioso, la asaltó la incertidumbre de no saber cómo era dicha persona. Se imaginó a otra chica de su edad, volando en dirección opuesta y con la misma cara de pánico que con seguridad mostraba ella. No le dio tiempo a divagar más, pues su cuerpo cayó en picado y antes de darse cuenta se había precipitado sobre alguien. Bocabajo y balanceándose de un lado a otro, aprisionada por la cuerda de su yo-yó, solo pudo distinguir un par de ojos verde brillante. Acababa de dar con la persona en cuestión.
«Soy… Chat Noir; sí, Chat Noir. ¿Y tú?» Ahí empezó todo.
Marinette debía reconocer que en un principio no le hizo mucha gracia. Su compañero, aunque simpático, era torpe, engreído y pesado. O al menos, esa fue su primera impresión. Si bien su presencia no le molestaba, pensó que no necesitaría su ayuda en absoluto, trabajaría mejor sola.
«¿Pero qué dices? De no ser por ti, esa chica ahora no estaría aquí, así que tranquila, sin nosotros no podrán, nos necesitan. Ten confianza.» Ahí fue cuando Ladybug comprendió lo mucho que necesitaba a su compañero.
A partir de ese momento todo cambió. Se veían casi a diario, cada vez que un Akuma importunaba la paz de la ciudad, y la heroína se alegraba de poder contar con él. Empezó a darse cuenta de que más que torpe era impulsivo, tanto como valiente, juguetón y dicharachero. Gustaba de hacer chistes malos y perder el tiempo, pero cuando se le necesitaba de verdad, siempre estaba ahí y eso era algo que tanto Ladybug como Marinette valoraban más que nada: la confianza y la lealtad que solo él podía brindarles. Pese a desconocer la identidad de la persona bajo la máscara de Chat Noir, Ladybug sentía que lo conocía desde siempre y que si se diera el caso, le confiaría su propia vida sin dudarlo.
A veces era un poco dura con él, demasiado, le molestaba que se pusiera a coquetear con ella descaradamente o a contar chistes en mitad de una pelea. Que perdiera el tiempo en tonterías cuando tenían que hacer algo tan importante como salvar la ciudad, o que no cuidara esa torpeza o impulsividad tan característica suya. Le recriminaba su falta de atención y lo reñía como quien riñe a un niño por cometer una imprudencia. A veces ella también cometía errores, también era impulsiva e imprudente, aunque él nunca se lo reprochara.
Y es que con su mirada orgullosa de heroína adolescente, solo veía lo que creía ver y pasaba por alto ciertos detalles de peso, como por ejemplo que él no era para nada torpe, sino hábil y si se despistaba era porque había dejado de prestar atención a lo que hacía para centrarla solo en ella; si se lanzaba ante el enemigo de manera impulsiva, era porque prefería anteponer la vida de ella a la suya; si contaba chistes malos, era para aligerar el ambiente y hacerla reír; y si le coqueteaba descaradamente, era porque estaba loco por ella. Tardó en darse cuenta de todo eso.
A veces Marinette pensaba que también podría quererle de la misma forma, pero sus sentimientos por Adrien Agreste eran demasiado fuertes y eclipsaban cualquier posibilidad de que eso sucediera. Chat Noir era un buen chico, lo sabía, y estaba lleno de virtudes, pero no era Adrien.
«Acabarás cogiéndole cariño, ya verás.» le había dicho Tikki aquella vez, cuando le expuso lo poco convencida que estaba con su compañero. Como siempre, su Kwami estaba en lo cierto.
Por muy mal que le hubieran ido las cosas, o lo enfadada que estuviera, cuando Chat Noir aparecía ante ella con su radiante sonrisa y sus buenas intenciones, el corazón de Ladybug se ablandaba; le sonreía con ternura mientras se sentía culpable por tenerle tanto afecto. Temía enamorarse y no poder elegir. Acabó dándose cuenta de que si temía perder a Adrien, la idea de no tener a su gatito la asustaba al mismo nivel. Los necesitaba a ambos, aunque se sintiera por ello la persona más egoísta del planeta. Si tan solo ambos fueran la misma persona…
Pero eso era imposible, impensable. Al margen de su visible parecido físico, el dulce y comedido Adrien Agreste no podía ser el descarado y arrogante Chat Noir. Eran como la noche y el día, como el agua y el aceite, opuestos e incompatibles.
Sin embargo, aunque en un principio la decisión fuera fácil, a esas alturas ya no lo era tanto. Si tuviera que elegir a uno o al otro, aunque sus labios clamaran por Adrien y su cerebro gritara Chat Noir, su corazón suplicaría por los dos. Estaba enamorada de la perfección de Adrien y fascinada por la imperfección de Chat Noir. Suponía que seguiría así, sin hacer nada por evitarlo, enamorándose cada día un poco más de su compañero de clase y dejándose fascinar a cada segundo por aquel otro compañero suyo al que en un principio creyó despreciar. Quizá no todo en ella fuera suerte. Era lo que ella llamaba la maldición de Ladybug.
