Capitulo 21 La cena en el apartamento de Harry

El domingo, Harry miró con nervioso el reloj mientras esperaba a Rose. Confiaba en que Ginny se acordara de su cita. No la había llamado desde el día de sus caricias en la piscina. Estaba intentando centrarse más en su vida y necesitarla menos. Había tenido que recurrir a toda su voluntad para no llamarla ni ir a verla.

¿Y bien, Harry? – Preguntó Ronald, vestido ya para la fiesta de cumpleaños – ¿Le has hecho a Ginny la pregunta definitiva?

Todavía no.

¿Por qué? – su hermano hizo una pausa -. ¿Estas esperando a que se declare ella?

Necesito tiempo, Ron

Lo estás posponiendo.

No es cierto.

Sí lo es. Tienes miedo de que te rechace otra vez.

Harry se metió las manos en los bolsillos de los tejanos.

De acuerdo; eso es cierto.

Hermione cree que Ginny dirá que sí en cuanto se lo pidas.

¿Se lo dijo ella?

No con esas palabras

Entonces Hermione no lo sabe de cierto.

Sí estas esperando una garantía escrita antes de…

¡Tío Harry, ya estoy lista! Vamos a buscar a Ginny.

Rose le tomó la mano y lo sacó de la casa antes de que pudiera responder al comentario de su hermano.

En zoológico de Londres, Ginny, situada entre Rose y Harry trató de reprimir la sensación de que los tres formaban una familia, pero no lo consiguió del todo.

¿Sabes lo que quiero? – preguntó la niña

¿Qué, Rose?

Me gustaría que fueras mi tía.

La joven tragó saliva y miró a Harry. Es un deseo muy grande.

Lo sé, pero me gustaría. ¿Por qué no puede ser? Eres la mujer más estupenda con la que ha salido el tío Harry.

Rose, creo que estás poniendo a Ginny en un apuro – intervino éste.

No importa – musitó la joven. Pero sí importaba. Formar parte de la familia Potter era lo que más deseaba en el mundo.

Rose, convertirme en tu tía sería un proceso muy complicado.

¿Por qué? Mi tío te quiere y tú lo quieres a él, así que… en aquel momento oyó la campana de un carrito que vendía algodón de azúcar. ¡Oh mi dulce favorito! – exclamó

Harry le tendió unas monedas. Cómprale otro a Ginny.

La niña corrió hacia el carrito y Harry observó a Ginny acercarse al estanque de las tortugas gigantes. Trató de reprimir su decepción.

Ginny no había contestado a la pregunta de Rose. No le había dicho que sería su tía en cuanto él se lo pidiera. Se preguntó si alguna vez estaría dispuesta a casarse con él.

Recordó el comentario de su hermano. Quizá lo ponía tan nervioso aquella proposición que exageraba todo lo que ella hacía y decía. Se acercó a Ginny y la tomó por la cintura. Espero que el comentario de Rose no te haya estropeado la tarde.

No, no – repuso ella -. Lo estoy pasando de maravilla.

Rose volvió con los algodones y Harry se riñó por exagerar todos los comentarios de ella. Su hermano tenía razón. Estaba posponiendo lo que más deseaba en el mundo. Tenía que encontrar el modo de pedirle que se casara con él sin que pudiera rechazarlo.

Cuando la dejó en su casa, dejó a su sobrina en el coche y acompañó a la joven hasta la puerta.

¿Quieres venir a cenar a mi casa el martes? – preguntó.

Ginny estuvo a punto de dejar caer la llave. ¿A solas con él en su casa? ¡Imposible!

Harry, puede que tenga trabajo esa noche.

Di que sí – insistió él -. Quiero mostrarte mi apartamento y te prometo no cocinar sushi.

La joven recordó la primera cita y sonrió. Empezó a abrir la puerta, buscando el modo de decirle que no podía. De repente oyó la voz de su hermana en el contestador.

Hola, Gin; solo quería hablar contigo. Voy a Salir, así que no me llames…

Sí, iré a cenar a tu casa, sí – dijo Ginny con pánico. Entró en su apartamento y cerró la puerta antes de que pudiera oír nada más.

El martes por la tarde, Ginny estaba tan nerviosa en el salón de belleza que estuvo apunto de teñir de rubio platino el cabello de una cliente que le había pedido un color negro.

Se apresuró a corregir su error y, cuando terminó, entró en la salita del café a recuperar la calma. Tenía que llamar a Harry y decirle que no podía asistir. Estaba a punto de hacerlo cuando llegó Lavender en la sala con un ramo de gardenias blancas.

Ginny, han traído esto para ti.

¿Para mí?

Era la primera vez que alguien le enviaba flores.

Apuesto a que se de quienes son – dijo su amiga.

La joven contuvo el aliento y abrió la tarjeta.

He pensado en ti toda la mañana. Estoy deseando verte esta noche en mi casa. Harry.

Está muy enamorado de ti – comentó Lavender. Es evidente que significa mucho para él que vayas a su casa.

Ginny olió las gardenias con ansiedad. Sabía que si cancelaba la cena, se sentiría dolido. No podía hacerle eso.

Lavender, ¿Qué debo hacer cuando llegue? Preguntó nerviosa -. ¿Ofrecerme a ayudarle con la comida?

¿Cocinar? – repuso su amiga, con incredulidad Ginny, esta noche puede ser la noche más íntima de vuestra relación. Es posible que no lleguéis ni a sentaros en la mesa.

No digas eso.

Su amiga la observó

¿Por qué tratas de reprimir tu amor por él?

Porque nunca podré estar con él – repuso Ginny, sin darse cuenta.

En ese momento llegó una clienta nueva y se sintió confusa. Necesitaba compartir su dilema con Lavender. Quería oír su opinión, pero sabía que no podía añadir más.

Ginny, no sé que es lo que te ocurre – dijo su amiga – pero estoy segura de una cosa. Te casaras con Harry Potter.

La joven estaba muy nerviosa a pesar de sus esfuerzos, no consiguió apartar a Harry de su mente en toda la tarde. Cuando por fin terminó de trabajar, miró el reloj y se dio cuenta de que sólo disponía de una hora para prepararse para su cita. Asió su bolso, tomó el jarrón y tendió una gardenia a Lavender.

Gracias por ser mi ángel guardián – dijo, antes de salir.

En su apartamento, Harry frió su especialidad de pollo en una sartén, probó las patatas con ajo que se asaban en el horno y cortó la lechuga para preparar una ensalada.

Quería que Ginny se sintiera tan a gusto en su casa que, cuando al fin le pidiera que se casara con él, no le quedara más remedio que aceptar. Esperaba que las gardenias hubieran servido para expresarle su amor y su deseo de tenerla a su lado en el futuro.

Mientras cortaba los tomates para la ensalada, sonrió al pensar en la última llamada del señor Lestrange. Habían acordado que iría el siguiente fin de semana a su casa de Shell Cottage. Tenía un buen presentimiento de ese encargo y estaba seguro de que se hallaba a punto de ampliar su negocio.

Aderezó la ensalada sin dejar de pensar en su suerte había cambiado mucho desde su encuentro con Ginny. Aunque ella no había dicho todavía que quisiera pasar el resto de su vida con él, en su interior tenía la impresión de que era así.

Por eso quería que esa noche se sintiera a gusto en su casa, tanto que, cuando él hablara de matrimonio, no vacilara ni un instante en aceptar su proposición.

Sonó el timbre de la puerta. Harry apagó el fuego y bajó la temperatura del horno. Al acercarse a abrir, vio unos calcetines blancos en el suelo de la sala de estar y se apresuró a meterlos en un cajón. Abrió la puerta y vio ante sí a la mujer de sus sueños.

Todo el miedo y la ansiedad de Ginny se evaporaron en cuanto sus ojos se encontraron. La miraba como si la presencia de ella iluminara su vida.

Espero no llegar demasiado pronto – dijo.

Me alegro de que estés aquí.

¿Por qué tenía que estar tan atractivo con una camisa y pantalones vaqueros? ¿Era preciso que le hiciera sentirse tan especial cuando tenía que esforzarse por dejar de amarlo?

Entró en el apartamento y miró los suelos de madera, el sofá cómodo, la mesita de café llena de revistas y periódicos, la alfombra gris y el equipo audiovisual que ocupaba una pared entera de la sala.

¡Qué apartamento tan increíble! – comentó, sintiéndose en casa.

Sólo cuando tu estés en el – musitó él con una sonrisa. Me alegro mucho de tenerte aquí.

Será mejor que no lo repitas mucho o no me marcharé – se burló ella.

Eso es justamente lo que espero – musitó él, mirándola a los ojos.

Ginny se ruborizó. ¡Tenía que cambiar de tema rápidamente!

¿Qué clase de música tienes?

Jazz, rock, clásica. Elige lo que quieras de uno de esos cajones mientras termino el sushi. Le guiñó un ojo y salió de la estancia.

Ginny respiró hondo ¿Cuánto tiempo más podría ocultar el inmenso placer que sentía a su lado? Abrió uno de los cajones y se encontró un par de calcetines arrugados. Supuso que los había escondido allí en el último momento y sonrió. Sintió un deseo repentino de cuidar de él. Se preguntó si tendría una cesta para la ropa sucia.

Miró en el cuarto de baño. La toalla colgaba sobre la puerta de la ducha. No vio cesta y se asomó vacilante a su dormitorio. Tenía una cómoda de madera de castaño y en un estante cercano a la cama había una televisión pequeña. Miró la cama doble cubierta con un edredón azul y su respiración se aceleró al imaginarse a Harry desnudo bajo las sabanas.

Entonces oyó un ruido de cubiertos que se estrellaban contra el suelo de la cocina.

¡Lo tengo todo controlado! – gritó él.

La joven deseó poder decir lo mismo. La tensión volvió a su cuerpo. ¿Por qué soñaba con él cuando sabía que jamás podría hacer realidad aquel sueño?

Volvió a la sala y se sentó en el sofá, donde se frotó la espalda en un esfuerzo por relajarse. Sabía que no podía quedarse mucho tiempo allí o acabaría por sucumbir a su deseo.

Ginny, ¿Te has hecho daño en la espalda? – preguntó Harry detrás de ella.

Un poco

El hombre se sentó a su lado.

¿Te duele justo aquí? – preguntó, tocándole la espalda.

Ginny asintió.

Probablemente es por haber estado todo el día de pie – explicó.

Estás muy tensa – dijo él.

La joven contuvo el aliento al sentir que los dedos de él recorrían su espalda.

Túmbate en la alfombra – sugirió – te daré un masaje.

¿Un masaje? ¡No podía permitirlo! Pero antes de que tuviera tiempo de protestar. Harry la tomó de la mano y la ayudó a levantarse. Se tumbó boca abajo sobre la alfombra. El hombre se sentó a horcajadas sobre ella y comenzó a masajearle la parte inferior de la espalda.

Relájate – le pidió.

A Ginny le latía con fuerza el corazón. Los pulgares de él presionaban con firmeza su dolorida espalda.

Sienta bien – musitó. Tus músculos empiezan a aflojarse – repuso él con voz ronca.

Sus dedos se movieron más abajo y ella contuvo el aliento. Sí ya estaba relajada, ¿Por qué no ponía fin al masaje? Sabía bien por qué. Porque quería que las manos de él permanecieran en su cuerpo.

El pulso de Harry se Aceleró. Su mente se hallaba invadida de palabras de amor que quería pronunciar, preguntas que deseaba hacer sobre el futuro de ambos.

Mientras frotaba los músculos de ella, sus dedos rozaron la cremallera de su bajó para poder darle mejor le masaje. Su piel desnuda era suave y cálida. Bajó el elástico de sus braguitas para poder tocarla más.

Un gemido brotó de los labios de Ginny. Harry masajeó sus nalgas y una de sus manos resbaló entre los muslos desnudos de ella. La joven dio un respingo cuando uno de los dedos de él rozó su humedad.

Harry se inclinó hacia delante, frotando el rostro contra el cabello de ella, deseando fundir su cuerpo con el de ella.

Ginny – murmuró -. Te deseo mucho.

Le pareció que ella susurraba algo. Harry, yo también te deseo.

Movió el dedo en su interior y captó un espasmo de ella. Su sexo empujaba contra los tejanos queriendo fundirse con ella.

Al instante siguiente, sintió que se apartaba de sus caricias. Se levantó del suelo con las mejillas sonrojadas, el cabello revuelto y mirada preocupada.

Lo siento – musitó – necesito ir más despacio.

Entró corriendo en el cuarto de baño y Harry se dirigió a la cocina, decepcionado consigo mismo. No había sido su intención intentar hacerle el amor. Sin embargo, percibía que el deseo de ella era tan fuerte como el suyo. O quizá no sabía interpretar bien los signos. ¿No sabía ver que no estaba preparada todavía para hacer el amor con él?

Miró con ansiedad la puerta cerrada del baño y se preguntó que pensaría ella, que sentiría. No se lo decía nunca y él no entendía por qué no se abría más.

Ginny vaciló antes de salir del baño. Sabía que Harry estaría molesto con ella y no lo culpaba por ello. Quería que la tocara íntimamente y él lo sabía. Pero su deseo de hacer el amor con él era tan intenso que no tenía más remedio que reprimirlo.

Se acercó a la puerta de la cocina y vio que Harry servía pollo frito y patatas en dos platos. En el centro de la mesa había dos velas rojas. Su corazón se inundó de amor. Habría dado cualquier cosa por ser su hermana y poder quedarse con él.

Harry la sorprendió observándolo.

¿Todavía quieres quedarte a cenar? – preguntó

Desde luego. Tengo que ver que tal cocinas.

Ginny, sobre lo de antes, no era mi intención…

No tienes que explicarme nada. Yo lo deseaba tanto como tú. Lo que me preocupa es dónde has escondido el sushi.

El rostro de él se relajó; le apartó una silla para que se sentara.

Cuando terminaron de fregar y secar los platos, Harry percibió que ella estaba lista para marcharse. Pensó en la proposición de matrimonio y comprendió que este no era el momento ideal.

La acompañó al coche con el corazón latiéndole con fuerza en el pecho.

Ginny, el sábado tengo una cita con el Sr. Lestrange en su casa de Shell Cottage ¿Quieres venir conmigo el viernes por la noche?

Subir el viernes para una cita del sábado implicaba pasar la noche en un hotel.

¿Shell Cottage? – repitió ella.

No te preocupes- se apresuró a añadir él – pediré habitaciones separadas.

No lo sé, Harry.

Ven conmigo, por favor. No puedo ir sólo. De no ser por ti, no habría conseguido esa cita.

Lo intentaré – repuso ella -. Tengo que revisar mi agenda en el salón de belleza.

Cuando se alejó con el coche, Harry rogó por que se decidiera a acompañarlo. En Shell Cottage quería pedirle que se casara con él.

Ginny aparcó el coche y apagó el motor; estaba ansiosa por llamar a su hermana y comentar con ella la invitación. Tenía que convencer a Molly de que no podía acompañar a Harry a Shell Cottage porque anhelaba hacerlo con todas las fibras de su ser.

Abrió la puerta y apretó el interruptor. La luz no se encendió. Repitió varias veces la operación, pero no ocurrió nada.

Se lanzó hacia la cocina, sin pensar, en busca de la linterna, justo cuando la encontró se dio cuenta de que ya no tenía miedo a la oscuridad.

Harry Potter había alterado su vida para siempre. Le había hecho ver el mundo a través de sus ojos. Había llegado a su interior de tal modo que ya formaba parte de ella.

Por eso no se atrevía a acompañarlo a Shell Cottage. Temía que, si pasaba el fin de semana a su lado, no podría resistir la tentación de hacer el amor con él.

Entonces se encendieron las luces y vio que tenía mensajes en el contestador. Lo encendió.

Gin, te llamo desde un avión de camino a Japón – dijo la voz de Molly – sí, has oído bien: Japón. La compañía me envía allí para terminar un proyecto en Tokio. Estaré fuera unos días.

Ginny se quedó sin aliento. Harry, Shell Cottage. Un hotel. ¿Qué iba hacer?

No te preocupes – siguió la voz de su hermana – estaré pronto en Londres. Sé que estas haciendo lo imposible por que mi relación con Harry vaya de maravilla. Te quiero, hermanita.

Ginny apagó el contestador. Las expectativas de su hermana colgaban sobre ella como una tonelada de acero a punto de caer sobre su cabeza ¿Cómo podía negarse a ir a Shell Cottage? Si rehusaba sin el permiso de su hermana, arruinaría la relación de Molly con él antes incluso de que ella pisara Londres. Buscó en su bolso el cristal de cuarzo de Rose y lo apretó con fuerza, con la esperanza de que el amuleto le diera la fuerza de voluntad necesaria para no echarse en los brazos de Harry. Sabía que no podía hacer el amor con él por mucho que lo deseara. Tenía que ser fiel a su hermana. Además, si lo hacía, entregaría su alma a Harry para siempre.