Capitulo 23 La llegada de Molly y sus consecuencias.

El lunes por la mañana, Harry contempló los anillos de diamantes expuestos en un mostrador de una joyería de Charing Cross Road.

Había tomado la decisión. No dudaría más del amor de Ginny. Nada de esperar el momento ideal: ése no llegaría jamás. Tenía que decidirse lo antes posible. La vendedora le sacó varios anillos para que los viera mejor. ¿Quiere un diamante ovalado o redondo?

Ovalado. Miró la piedra montada en oro blanco. Le daría una sorpresa a Ginny. Se declararía y le colocaría aquel anillo en el dedo como había deseado hacer siete años atrás.

Una elección excelente – dijo la vendedora. Metió el anillo en una cajita de terciopelo negro -. La mujer a la que ama encontrará irresistible su proposición.

Harry apretó la cajita con ansiedad. Eso espero.

Joven, cuando le pida matrimonio, debe usted parecer más asertivo. Así no tendrá más remedio que decir que sí

Tiene razón

Buena suerte en su matrimonio.

Gracias. Muchas gracias.

Ginny levantó por enésima vez el teléfono para llamar a Harry y volvió a dejarlo en su sitio sin marcar ¿Qué iba a decirle? ¿Qué no era Molly? ¿Qué nunca podría ser la clase de mujer de la que creía haberse enamorado?

Entró en la cocina para ver si conseguía armarse de valor. Buscó algo de comer, pero el frigorífico se hallaba vacío. Se sentó en la mesa con un papel y un lápiz. Quizá si escribía antes lo que quería decirle, le resultara más fácil hacerlo. Escribió: "No soy quien tú crees. No soy la mujer de la que te has enamorado. No soy…"

Arrugó el papel y lo tiró a la basura. Lo cierto era que no quería decirle la verdad. Quería seguir siendo Molly para que él continuara amándola.

Se obligó a levantar el auricular. Le preguntaría sí podían verse y le diría que tenia algo importante que decirle pero debí hacerlo cara a cara. Cuando empezó a marcar, la sobresaltó el timbre de la puerta. Dejó el teléfono y corrió a abrir.

¡Gin, soy yo! – exclamó su hermana gemela con una gran sonrisa.

¡Molly! – La abrazó – Me alegro mucho de verte. A su lado había un hombre alto, delgado y bien vestido, de cabello claro y facciones bien cinceladas.

Ginny, te presento a Colín Creevey, mi prometido – anunció Molly con orgullo

Bienvenido a la familia Colín.

La joven lo abrazó, deseando que se sintiera plenamente aceptado.

El hombre frunció el ceño. ¿Cómo voy a diferenciaros?

Molly sonrió con malicia.

Colín, tendrás que vernos desnudas, porque Ginny no tiene el corazón tatuado que yo tengo en…

¡Molly! Exclamó su hermana, escandalizada por su comportamiento.

Colín sabe que estoy un poco loca – repuso Molly; lo besó en los labios.

Ginny sintió una tristeza súbita al pensar que Harry no la conocía en absoluto. Sólo creía que era Molly, su antigua novia. A su hermana no le pasó por alto su expresión.

No te preocupes por Harry. La tomó del brazo y la llevó hacia el dormitorio.

Ginny vio que Colín se sentaba en el sofá y abría el periódico para darles unos momentos de intimidad. Molly se cambió el traje que llevaba por unos tejanos y una blusa.

Tengo miedo de perder a Harry – confesó Ginny.

No lo perderás. Cuando le explique lo ocurrido, pensará que estoy tan loca como siempre y luego te abrazará y no te dejará marchar nunca.

Pero no está enamorado de mí. Te quiere a ti, y cuando descubra que yo no soy tú…

Todo saldrá bien – Molly la abrazó y se acercó a Colín -. Estamos muertos de hambre y cansados de comer en restaurantes ¿Podemos preparar unos sándwiches aquí?

El frigorífico está vacío – Ginny tomó su bolso -. Voy a la tienda a comprar fiambre, pan y ensalada de patatas. Vosotros dos poneos cómodos.

Volvió la cabeza y vio que Colín tiraba de su hermana y la sentaba en su regazo. Molly se acurrucó contra él.

Una angustia profunda la embargó al pensar que el hombre al que amaba desaparecería de su vida cuando se enterara de que era una farsante. Tan alterada estaba, que salió del apartamento sin cerrar la puerta. Subió a su coche y se dirigió hacia la tienda sin pensar en nada que no fuera su amor por Harry.

Harry estaba muy nervioso. No podía seguir esperando el momento ideal para declararse; tenía que hacerlo ya. Llamó al salón de belleza y le dijeron que Ginny y Lavender habían salido a comer.

Dobló la esquina y aparcó delante del apartamento de ella. Apretó con ansiedad la cajita de terciopelo negro. Esa vez no se la entregaría cerrada, levantaría la tapa y sacaría el anillo con cuidado para colocárselo en el dedo antes de que tuviera ocasión de decir que no.

Cuando se acercó al apartamento, notó que la puerta estaba entreabierta. Vaciló un instante. Miró el diamante ovalado que llevaba en la mano.

Se recordó que no podía vivir sin ella y se prometió que esa vez no la dejaría escapar. Entró en la casa con energía. Estaba a punto de llamar en la puerta abierta cuando se quedó inmóvil.

Vio a Ginny en el sofá, sentada en el regazo de otro hombre, y tuvo la impresión de que acababa de recibir un puñetazo en el estómago.

La joven se hallaba tan absorta que ni siquiera se dio cuenta de que él estaba en la puerta.

Besó y abrazó al otro y a Harry se le cayó el corazón a los pies. Entonces, horrorizado, oyó que susurraba:

Te quiero. Eres el único hombre para mí.

Tenía la garganta seca y apenas podía respirar. Apretó los puños con tanta fuerza que sintió que el anillo de diamantes se le clavaba en la mano como un cuchillo.

Incapaz de controlar el dolor y la rabia que lo embargaba, abrió la mano y miró el anillo que ya no significaba nada. Miró luego a Ginny abrazada a otro hombre.

Cegado por el dolor y la furia, estaba a punto de meterse el anillo en el bolsillo cuando su codo golpeó la puerta abierta.

¡Harry! – oyó gritar a Ginny cuando se volvió. Su voz le sonó extraña, probablemente debido a los remordimientos y la sorpresa de haber sido descubierta.

Siguió andando, incapaz de contestar. Se sentía vacío por dentro. La oyó gritar su nombre varias veces más, pero entró en la furgoneta y se alejó con rapidez.

Ginny aparcó y sacó la bolsa de comestible del vehículo. Los pocos momentos pasados a solas no habían aclarado sus pensamientos. Todavía la angustiaba su próxima conversación con Harry. Tal vez pudieran hablarle Molly y ella juntas, así comprendería porque se había hecho pasar por su hermana. Tal vez entonces lo entendiera y la perdonara.

Cuando llegó a su apartamento, vio la puerta abierta y comprendió que había olvidado cerrarla al salir. En cuanto entró, vio la expresión alterada de su hermana.

¿Qué ocurre Molly? –preguntó alarmada.

Harry acaba de estar aquí.

¿Harry?

Ginny, me ha visto besando a Colín y ha creído que eras tú.

¡Oh, no! La bolsa se le cayó de las manos y la comida rodó por el suelo. Sin pensar lo que hacía, corrió a la puerta y miró al exterior; tenía que verlo y contarle que todo aquello era un terrible error.

Oyó que Molly le decía algo desde la sala, pero no la escuchó. Al volverse hacia ella, vio un objeto brillante en el suelo. Se agachó y vio un anillo de diamantes cerca de la puerta. Lo tomó con gentileza, con el corazón hecho pedazos.

Harry había ido allí a declararse. Pensaba regalarle aquel anillo como prueba de su amor. Tragó saliva. Recordó el diario de Molly, recordó el anillo que le había ofrecido la noche de su graduación y que su hermana había rechazado.

Olvidó por un momento su dolor. Sólo podía pensar en lo desolado que debía sentirse Harry al verse rechazado por segunda vez.

Gin, es culpa mía – dijo Molly -. Lo he estropeado todo.

Molly, no, por favor…

Iremos ahora mismo a su apartamento. Verá que ha sido un error.

Ginny le mostró el anillo. Ha venido a pedirte que te casaras con él.

Molly la miró con fijeza.

No, es cierto, Ginny. Iba a pedírtelo a ti.

La joven no podía creer aquello por mucho que deseara hacerlo. Tengo que hablar con él. Quiero contárselo todo.

Tenía que devolverle el anillo de compromiso, ya que nunca había estado destinado para ella, sino a Molly.

Les pidió a su hermana y a Colín que la dejaran un momento a solas y marcó el número de la tienda, pero Neville le dijo que Harry no estaba allí. Lo llamó a su casa.

Deseaba poder borrar su dolor. Quería decirle que todo había sido una broma de mal gusto, que ella lo amaba y nunca podría estar con otro hombre que no fuera él.

Pero el teléfono sonó y sonó y nadie contestó. Sabía que él no quería hablar con ella. Sabía que era la última persona en el universo a la que deseaba volver a ver.

En el patio de la casa de su hermano, Harry lanzó con rabia la pelota, que chocó contra el aro de la canasta y cayó al suelo.

¿Qué haces aquí entre semana? – preguntó Ronald con preocupación; tomó la pelota y se la arrojó.

Necesito compañía.

No podía volver a su apartamento después de haber visto a Ginny en brazos de otro hombre. Necesitaba estar cerca de su familia acompañado, porque sentía la mayor pérdida de su vida.

Ronald lo observó.

¡Ha roto Ginny contigo?

Harry lanzó la pelota contra el tablero. Los ojos le ardían, pero apartó la vista, ya que no quería que su hermano viera lo dolido que se sentía.

Se acabó – dijo -. Hemos terminado para siempre.

Tío Harry, ¿Quién ha terminado? – preguntó Rose, corriendo hacia él.

Rose… - empezó a decir su hermano.

No importa, Ronald. Ella también tiene que saberlo – se agachó hasta quedar a su altura -. Ginny y yo ya no salimos juntos.

¿Por qué? – Preguntó la niña- . Yo creía que ibais a casaros.

No ha salido bien, Rose.

La pequeña lo miró con los ojos llenos de confusión.

¿Ginny te ha dicho que no?

Harry recordó a la joven besando al otro hombre.

Más o menos.

¿Y no puedes preguntárselo de nuevo? – sugirió la niña -. A lo mejor estaba de mal humor. A lo mejor la próxima vez te dice que sí.

Ronald se acercó y rodeó con el brazo los hombros de su hija.

Rose, pregúntale a mamá cundo estará lista la cena.

Pero, tengo que saber lo que pasa con Ginny.

Vete, insistió su padre.

La niña hizo una mueca.

De acuerdo.

Harry la observó alejarse, pero sabía que aquello no había terminado. Rose quería que Ginny fuera su tía. El también lo quería y había creído que Ginny deseaba lo mismo ¡Cómo se había equivocado!

Harry, ¿Qué diablos ha ocurrido? -preguntó Ronald.

Ginny sale con otro hombre. He ido a su apartamento a proponerle matrimonio. Incluso llevaba el anillo de compromiso. Y la he encontrado… con él.

¿A la Ginny que conocemos? – Preguntó su hermano con incredulidad-. Pero no es esa clase de mujer. Parecía muy dulce y leal.

Harry se dejó caer en una silla del patio.

Era ella, Ronald. Me alteré tanto que perdí el maldito anillo.

¡Vaya! – su hermano se sentó a su lado -. ¿Qué te ha dicho? Debía haber una explicación.

No me he quedado a averiguarlo. He salido corriendo de allí.

En aquel momento de acercó Hermione con expresión preocupada.

Harry, ¿Estás bien? Rose me ha dicho que Ginny y tú habéis roto.

El aludido tragó saliva.

Ya vuelvo a ser un hombre disponible.

No puedo creerlo- la mujer movió la cabeza-. ¿Ginny parecía tan sincera cuando habló conmigo!

Harry se puso en pie. No podía soportar el dolor de seguir hablando de ella.

Tengo trabajo en la tienda.

Apenas recordaba haberse marchado de casa de su hermano. Sus acciones estaban envueltas en una especie de niebla y nada le resultaba ya real.

Ni siquiera la cita que tenía el sábado siguiente en Shell Cottage y a la que había deseado asistir con Ginny.

Aquella noche, sentado en la pequeña oficina de la trastienda, se esforzó por sacar el diseño que había empezado a dibujar para la casa de los Lestrange, pero no pudo concentrarse en él.

Sin Ginny, la expansión de su tienda carecía de significado. Sin ella en su vida, ya no le importaba lo que ocurriera con su trabajo.

Ginny condujo al apartamento de Harry con el corazón latiéndole con fuerza en el pecho. Había intentado llamarlo un sinfín de veces, tanto a su casa como a la tienda, pero no contestaba. Incluso había ido hasta la tienda, pero encontró la puerta cerrada y las luces apagadas.

Llamó al timbre del apartamento, con el anillo de compromiso en la mano. Permaneció allí varios minutos angustiosos, pero él no abrió la puerta. Se alejó, decidida a llamarlo hasta que al fin quisiera hablar con ella. Sabía que estaría muy herido y que no confiaba en ella. Y lo que más la atormentaba era saber que ella jamás podría hacerle daño por estar con otro hombre; jamás.

Una vez en su coche, miró el anillo. Por un instante, se atrevió a ponérselo en el dedo. El corazón le latió con fuerza.

Harry, te quiero tanto – susurró

Se quitó el anillo y lo metió en el bolso, al lado del cristal de cuarzo de Rose.

Sabía que él no oiría nunca sus palabras de amor.