Los personajes pertenecen a Stephenie Meyer, la historia es mía.

¿Aún me recuerdan? ¡Soy yo, Amy!

Lo lamento. Estoy en todo esto de estudiar para entrar a la universidad y mi vida ha sido un desastre últimamente.

Gracias por estar aquí.

A leer.

Capítulo 12: Liberado Pt. 2

Bella's POV.

Son los padres de Bryan, ¿los conoces?

Edward abre los ojos como platos.

¿Tanya... ella...

Entonces las piezas caen en su lugar. Por supuesto. Qué tonta fui.

Ella es Tanya Denali —suspiro. No es una pregunta.

Edward se arrastra hacia atrás, sin importarle que el suelo esté cubierto de lodo.

Camino en cuclillas hacia él, intentado no hacer ruido, pero fallo miserablemente al pisar una rama y caer sobre mi estómago hacia el frente. Me incorporo, sacudiéndome la suciedad, y alargando mi brazo.

—Edward… —murmuro—. Yo no sabía... no sabía que Tanya…

Él cierra los ojos un momento, luego me toma la mano. En ese momento, las luces del exterior de la casa se prenden a la vez, colocándonos peligrosamente en evidencia.

—Fue un error haber venido. Vámonos —sisea Edward.

Sin más explicaciones, tira de mí hasta que nos adentramos de nuevo en el bosque y regresamos a la vereda por la que llegamos.

Caminamos durante minutos sin una sola palabra. Las cigarras y otros insectos nocturnos eliminan el silencio.

Boqueo como un pez, indecisa de si debo hablar o no, pero al final retiro mi mano de la suya y lo llamo. Él se detiene y se gira para mirarme.

—¿Qué pasa?

Levanto las cejas.

—Bueno, ¿no quieres hablar de… Tanya?

Él recoge los labios, su gesto flemático transformándose por completo.

—No.

—Yo también estoy confundida, no sé qué pensar. Tal vez deberíamos…

—¡Yo no estoy confundido, Isabella! Las cosas no podrían ser más claras —se acerca con dos largas zancadas a mí—. Tanya es la madre de Bryan y, desde que él tiene tú edad, eso significa que ella se embarazó al poco tiempo de mi muerte.

Absorbo sus palabras como una esponja. Cuando mi pobre mente, aturdida por lo que acaba de pasar, se da cuenta de lo que sucede, es como si mi corazón se congelara.

Doy un inseguro paso hacia atrás, pero me mareo y vacilo sobre mis pies. Edward me sostiene por el brazo, impidiendo que me caiga, pero su toque es ausente.

—Tú… tú todavía la amas. Estás celoso de su matrimonio —jadeo.

Su mandíbula se tensa.

«Edward… está bien. Tú y ella estaban juntos y se querían, todo fue tan inesperado que tú… —continúo balbuceando cosas que deberían tener sentido, pero eso no hace que duela menos.»

Mi concentración está tan lejos en este momento, que vuelvo a ser consciente del presente solo cuando me siento chocar contra algo duro y liso.

Una roca.

Estoy sobre una roca enorme y húmeda por las últimas lluvias, con Edward mirándome enigmáticamente.

—Bella, mi Bella, —murmura—, yo solo te quiero a ti. ¿Cómo puedes dudarlo luego de todo lo que te he dicho?

Me concentro en sus ojos verde oscuro y en su aroma, entonces me doy cuenta que no puedo ayudarme a mí misma; que si él se va de mi lado no quedará nada. Y me aterra. Me aterra pensar en esa posibilidad.

Enrosco mis brazos en su cuello y lo aplasto aún más contra mí, hallando un infinito placer en la sensación de su torso presionándose contra el mío. Gimo entrecortadamente y entierro mi rostro en su cuello.

—Ónix, no vuelvas a hacer ese sonido o… —entierra sus dedos en mi cintura y gruñe.

—Tócame —musito.

—No, Bella, aún no. Sht, tranquilízate.

—Me dijiste que querías que te rogara. Edward, por favor, te lo suplico, tócame. Tócame, por favor, por favor.

—Aún no estás lista.

—Lo estoy, lo prometo. No volveré a huir, quédate conmigo. Por favor, Edward… —mis lágrimas son inminentes y me avergüenzo de no poder contenerlas. Comienzo a hipar cuando Edward retira mis manos de su cuerpo.

—Sht, Bella. Pon tus manos sobre mis mejillas —murmura. Entonces abro los ojos, el llanto relegándose a un segundo plano.

—¿Qué?

—Antes de empezar necesito asegurarme de que sabes que soy yo. Nadie más, ónix.

Entonces lo toco, obedeciendo a su orden de repasar cada uno de sus rasgos con mis dedos, memorizándolos, embebiéndome en su aroma.

Durante el tiempo que hago esto, él no deja de decirme cosas reconfortantes, recordándome que me ama y que se sintió atraído hacia mí desde el primer instante.

—Como una polilla al fuego, ónix.

Cuando sus dedos se aventuran debajo de mi blusa, no existe la más mínima sensación de peligro en mi sistema.

—¿Entonces, tú ya no amas a Tanya?

Él sonríe.

—No hay comparación entre lo que sentí por ella y lo que ahora siento por ti.

—¿Lo prometes?

Sus dedos se encuentran con el broche de mi sujetador y, al mismo tiempo que él deshace los ganchos, dice:

—Lo juro.

Antes de empujar las copas hacia arriba junto con el filo de mi sudadera, él acaricia mi ombligo y lo besa en un acto que me toma por sorpresa. Me sobresalto.

—¿Estás bien? —inquiere.

—Sssí.

—¿Puedo subir tu blusa?

Mi blusa está justo debajo de mis pechos, por lo que sé a lo que se refiere. Nunca me he sentido más vulnerable que estando desnuda.

Edward enrolla la tela todo lo posible y acto seguido me insta a levantar los brazos y quitarme la ropa. Él coloca la sudadera debajo de mí, para que la piedra dura no me toque.

El aire frío despierta cada parte de piel y levanta mis pezones; jadeo una vez más y me muerdo el labio, avergonzada de mi reacción. Edward me mira largamente y yo intento relajarme, batallando con el instinto de cubrirme.

—Ven aquí —dice y me atrae hacia él, envolviendo sus brazos en mi torso y sus manos calentando mi espalda. Sus dedos retiran el cabello de mi hombro y me besa dulcemente el cuello y la barbilla—. Eres preciosa, ónix. Tus senos… me vuelven loco.

Un escalofrío me recorre, pero él me sostiene en mi lugar con fuerza, impidiéndome moverme.

La humedad comienza a acumularse entre mis piernas y no podría estar más sorprendida. A excepción de un par de veces con Connor, nunca había sentido esto.

Excitación. Calor. Placer.

Edward mordisquea mis clavículas, mis lóbulos y mis hombros. Para cuando comienza a descender por mi cuerpo, siento que mis extremidades están hechas de mantequilla.

—¿Cómo te sientes? —pregunta, mirándome fijamente.

—Hum… perfecta —. Si es que la perfección se siente como levitar.

—¿Confías en mí, ónix? ¿Me crees cuando te digo que solo existes tú para mí?

Su mirada es tan abrasadora, tan intensa, que no puedo siquiera procesar lo que digo.

—Sí. Te creo.

¿Creer? Era una promesa que me guardaba a mí misma. El no volver a creer en nadie. Confié en Renée, sin que ella me lo pidiera, pensé que ella me defendería de esos hombres; no lo hizo. Creí que Connor sería quien me reviviría de entre las cenizas; me hundió más en ellas.

Pero en este momento, decir que sí, liberarme de todo el peso sobre mis hombros, se siente correcto.

Edward sonríe y se inclina para tomar mi sostén, luego pasa los tirantes por mis brazos.

—¿Qué estás haciendo?

—Vistiéndote.

—¿Qué? Pero…

—Bella… —murmura, su rostro cerca del mío mientras sus manos abrochan el sujetador detrás de mi espalda—. Solo quería estar seguro de que confiabas en mí lo suficiente como para que dejaras que te desnudara. Y ahora lo sé, sé que me crees, y no voy a desperdiciar eso empujándote más allá de lo que puedo.

—Pero yo te quiero… Yo quiero…

—La única razón por la que piensas que quieres estar conmigo ahora es porque crees que sigo sintiendo algo por Tanya.

No discuto, no digo una palabra. Tiene razón. Oh, mierda, la tiene.

—Lo lamento —cierro los ojos, conteniendo las lágrimas.

—Estoy loco por hacerte el amor, ónix, pero no aquí… y no ahora.

«Ven conmigo, te llevaré a casa.»

OoO

—¿Puedes subir la ventana? —inquiero. Edward echa un vistazo hacia arriba y asiente.

Me doy la vuelta, encaminándome hacia el porche, preparándome para lo que sea que Charlie vaya decirme.

Lo encuentro lavando trastos en la cocina y, cuando escucha la puerta cerrarse detrás de él, gira el grifo y se vuelve para enfrentarme.

—¿Quieres decirme en dónde estabas? Te he buscado toda la noche, Isabella.

—Siento haberte preocupado —digo mirando al suelo. ¿Qué mentira tendré que inventar?—. No debí haberme ido así… es que…

—¿Quién es el tipo que te vino a buscar? Más vale que me digas la verdad.

Trago saliva. Obviamente no puedo decirle que es Edward Cullen, el estudiante al que asesinaron hace años en la preparatoria.

—Es… es alguien que..., —carraspeo—, es un amigo de Phoenix. Éramos muy unidos pero no había podido hablar con él desde que llegue aquí.

Charlie entrecierra lo ojos. No está comprando mis palabras.

—¿Y no pudiste haber explicado eso antes de irte como una desesperada?

—Me dijo que tenía que hablar conmigo porque era urgente y pensé… Me alteré cuando Bryan salió para enfrentarlo. No quería que las cosas se salieran de control. Si ellos se hubieran peleado, todos estarían hablando de eso mañana en la escuela. No quiero ser el centro de atención.

Charlie me pasa de lado y se deja caer en el sofá, parece darme una tregua.

—¿Y qué era eso tan "urgente" que tenía que hablar contigo?

—Oh —frunzo los labios. Vamos, tú puedes—. Fue un poco dramático con eso. Me dijo que… que hace unos días jugó a la ouija y ahora siente que hay espíritus vigilándolo y quería que lo ayudara. Es todo.

Charlie asiente un par de veces y toma el control remoto.

—Debe estar realmente desesperado si vino desde Phoenix solo para buscarte.

—Sssí.

—¿Y lo ayudaste?

—Llevará tiempo. Se está quedando en un hotel en Port Ángeles.

Con la pantalla plana encendida, Charlie deja de prestarme atención. Aprovecho la oportunidad para correr hacia las escaleras.

—Por cierto, —dice él, sobresaltándome—, deberías llamar a Bryan. Estaba muy preocupado por ti.

Subo los escalones a velocidad y, cuando al fin puedo encerrarme en mi habitación, siento la tención de mis músculos abandonarme y dejarme como gelatina.

—Hey, estás pálida. ¿Qué pasó allá abajo? —Edward se incorpora de la cama y viene a tomarme los hombros.

—Le mentí a Charlie.

—Oh, y te sientes culpable por eso.

—¿Qué? —digo extrañada—. ¡No! Es… es que no fui muy convincente. Sé que no me creyó, pero decidió dejar las cosas por la paz.

Salgo de su agarre y camino hasta la mesita de noche en donde reposa mi celular.

—Tengo que llamar a Bryan.

—¡¿Qué?! —exclama.

—¡Sht! ¿Quieres que Charlie sepa que estás aquí?

—Ónix… —susurra—. ¿Por qué tienes que darle explicaciones?

Ruedo los ojos.

—¿Por qué si yo puedo confiar en ti tú no puedes hacer lo mismo?

—Porque es distinto. Nadie tiene más de lo que tú me das, pero todos pueden ofrecerte lo que sea comparados conmigo.

Suspiro. Quizás Edward nunca entenderá que yo estoy arruinada para todos los hombres. Nunca podré estar con nadie más.

—Tengo que aclarar las cosas con Bryan si no queremos que él sospeche —respondo y me estiro para besar su mejilla.

Él bufa, pero acepta con una mueca y regresa a la cama colocando los brazos por encima de su cabeza. Dejo que una agradable tibieza se extienda por mi pecho al verlo aquí, frente a mí, en mi cuarto. Nunca había fantaseado con tenerlo en un espacio que no fuera la escuela, por lo cual la escena me resulta extraña e increíblemente feliz.

El teléfono timbra muchas veces, hasta que la voz de buzón acaba con mis esperanzas de que Bryan conteste.

Quizás está muy molesto conmigo.

Le quito importancia. Bryan no tiene el derecho de molestarse por cosas que no le conciernen.

Regresando mi atención a Edward, doy tres pasos hasta que mis rodillas chocan con la cama y me llevo una mano a la nuca, indecisa sobre lo que voy a decir.

—¿Vas… uh, a dormir…?

—Puedo dormir en el suelo, si eso te hace sentir más cómoda.

—No —agito la cabeza—. Quiero dormir contigo.

Siento el rubor colorear mis mejillas y corro al baño antes de que él pueda verlo. ¿Cuándo fue la última vez que me sonrojé? Ni siquiera puedo adivinarlo.

Me lavo los dientes y el rostro, pensando en que esta será la primera vez que Edward me vea sin delineador y labial rojo. Tomo una respiración profunda antes de salir.

Él ya está debajo de las sábanas y mis ojos viajan en un microsegundo a la silla a un lado de la ventana, en donde sus vaqueros descansan. ¿Él está… en bóxers? Carraspeo y voy hacia el clóset para sacar una playera vieja con el logotipo de Slipknot en el pecho y unos pantalones de chándal.

Al volver a cerrar las puertas de madera, Edward está frente a mí, con una sonrisa bailando en sus labios.

—Déjame ayudarte —dice con sus dedos posándose en el filo de mi sudadera, sacándola por encima de mi cabeza. Ante mi silencio, él toma la playera de mis manos y me cubre con ella.

«Con eso bastará —me quita los pantalones de las manos y los deja en la silla junto a la ventana. Me lleva hasta la cama y abre sus brazos—. Ven aquí».

Tiro del borde de mi pijama, a pesar de que esta me tapa hasta la mitad de los muslos, e intento no mirar a las piernas desnudas de Edward. Apago la luz antes de tenderme a su lado y dejar que él pase un brazo por encima de mi estómago.

Viro el rostro y lo hallo a él mirándome de forma indescifrable. Para acabar con el silencio incómodo, le digo la información que Charlie me dio cuando le pregunté acerca de su asesinato.

—Creo que hay una manera de reunir pruebas sobre lo que te pasó —murmuro.

Su rostro se constriñe con amargura, pero se las arregla para disimularlo al momento siguiente.

—¿Cuál?

—Charlie habló con Marcus Vulturi, el papá de Alec. Mi papá sabe que Alec fue quien te asesinó, pero no se atrevió a hacer nada cuando Marcus sobornó al alcalde y se las arregló para que este diera la orden de que cerraran el caso, argumentando que no había pruebas suficientes para declarar asesinato.

—Lo sabía —el agarre de Edward se tensa—. Siempre supe que Marcus había movido sus influencias o no hubiera habido otra manera de que Alex se librara de la cárcel —suspira—. Pero no comprendo, ¿cómo puede esto servirnos de algo?

—Bueno, hace años que el alcalde ya no es el alcalde; si logro que tu familia reabra el caso, Charlie podría declarar lo que sabe…

—¿Estás consciente de que eso pondría la vida de tu padre en peligro? Marcus es tan despreciable como su hijo, él haría lo que sea con tal de…

—Sé que es peligroso, pero tú y tu familia se merecen un cierre adecuado. Es lo justo.

Sonríe y me besa la frente.

—O quizás solo debería ir a la corte y declarar todo lo que pasó esa noche: "Señoría, hace diecisiete años me asesinaron y sé quién fue".

Agito la cabeza.

—¿Por qué no estás tomándotelo en serio?

Él se incorpora y se inclina sobre mí. Sus piernas entrelazándose con las mías.

—Lo único que quiero es hallar la manera de hacer que este raro conjuro que hiciste dure más… para siempre, si es posible. Estoy harto de pensar en el "¿qué tal si…?". Yo también quiero avanzar, ónix, al igual que todos lo hicieron.

Veo la melancolía en sus ojos y no puedo evitar compadecerme de él y tocar su mejilla.

—Te duele que Tanya te haya superado tan pronto —no es una pregunta. Lo veo querer protestar, pero pongo un dedo sobre su boca—. Es entendible. Está bien.

Él esconde su cara en mi cuello.

—No la amo, ónix, lo juro, pero me da tanta rabia… Íbamos a casarnos, a tener una vida, y en cuanto desaparecí de la suya, ella corrió a refugiarse en otro.

Echo mis brazos a sus hombros.

—Tienes que ponerte en su lugar. Quizás fue exactamente eso lo que pasó… quizás solo buscó apoyo y lo de Bryan fue inesperado.

De inmediato cierro la boca. Sueno ridícula incluso a mis propios oídos. Incluso para mí es difícil asimilar el hecho de que Tanya haya sido la novia de Edward y de que sea la madre de Bryan.

—Ya no quiero hablar de eso, ónix. Duerme, estaré aquí cuando despiertes —se inclina y me besa los labios—. Mañana hallaremos la forma de prolongar este hechizo, bruja.

Se instala de nuevo en su lugar a mi lado, la palma de su mano abierta sobre mi estómago y su respiración en mi sien.

Me cuesta trabajo conciliar el sueño; cada terminación de mi cuerpo avivada por la emoción del cuerpo de Edward tocando el mío.

Pero al fin, mis párpados se sienten pesados.

OoO

Los toques en la ventana son tan fuertes que mis ojos se abren abruptamente, incorporándome de inmediato de la cama. Edward hace lo mismo, pero sin deshacer su agarre en mi cintura.

Cuando mis ojos se ajustan a la escasa luz, ahogo un gemido.

—¿Qué hace aquí? —inquiere Edward en un peligroso tono.

—Mierda —murmuro—. No… no lo sé.

Me doy cuenta que es demasiado tarde para pedirle a Edward que se oculte dentro del clóset, pues Bryan ya tiene los ojos fijos en él.

Quito las cobijas de encima y abro la ventana.

—¿Estás loco? —susurro furiosa—. ¿Qué demonios haces aquí?

Bryan brinca desde su lugar en la rama del árbol hasta el interior de mi habitación.

—¿Quieres explicarme que hacían ustedes dos en mi casa? —reclama Bryan, con las manos en puños.

Miro a Edward por encima de mi hombro. Él tiene los ojos entrecerrados y la mandíbula apretada.

—¿Pero qué dices? Nosotros no estábamos… —pero él me interrumpe y da una zancada hacia Edward.

—Esme te vio, Isabella, no trates de negarlo. Así que dime qué carajo hacías en mi casa.

OoO

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Un besoooote.

Amy W.