Tuve un fin de semana muy hermoso. Sucedieron muchas cosas…pero entre otras situaciones, no dispuse de acceso a Internet desde mi laptop, jhé. Por eso no había podido publicar. Ah…todo este asunto de "cuento de hadas que al final no parece cuento de hadas" es mucho más difícil de lo que pensé, pero estoy haciendo mi mejor esfuerzo.
Resumen: En un reino aparentemente pacífico, vive Zoro, un príncipe. Aparece en escena Robin, una mujer de quien nadie sabe nada. Mi mundo y el tuyo. Diferentes. Incompatibles. ¿Podemos cambiarlo?
Advertencias: Bueno, como es universo alternativo es un poco difícil manejar algunas cosas. Estoy tratando de evitar por completo el OoC, pero no garantizo nada. Espero que en este sentido sean buenos conmigo, hago mi mejor esfuerzo para tratar a mis queridos Zoro y Robin.
Disclaimer: One Piece y sus personajes son del gran mangaka Eichiro Oda (*^* Oda sama!). Yo escribo esto únicamente por diversión y sin fines de lucro.
Dos mundos
Capítulo 4: ¿Clases de baile?
Robin despertó, como varios de los últimos días, totalmente desubicada acerca de qué hora sería realmente, pero consciente de que era la hora adecuada de levantarse. Se puso de pie de su cama y siguió la misma rutina que se había establecido desde que llegó allí; se dio un baño, se puso un vestido limpio, se cepilló el pelo y finalmente se sentó a la orilla de la cama a esperar a que Zoro se dignara a abrirle la puerta y le dirigiera las palabras más frías para mandarla a pasar el rato con Sanji o algo por el estilo, pero pasó un buen rato y nada.
Pasaron varios minutos y ella, extrañada, pegó su oído a la puerta, preguntándose si el príncipe había cambiado de opinión con respecto a ella y al entrenamiento… era muy raro, según sus cálculos habían pasado una media hora desde que el peliverde debía haberla llamado. Quizás ese día no la dejaría salir. Quizás ese día ella solo iría a los entrenamientos y cumpliría el hecho de ser una "prisionera" el resto del tiempo, lo cual no había ocurrido en los últimos días.
Comenzó a aburrirse así que volteó. En la repisa atrás de ella, había dejado un par de libros que Sanji le había filtrado desde la biblioteca. Tomó uno de ellos y comenzó a leer, recostándose en la cama y tratando de olvidarse de una molestia que acababa de apoderarse de ella. En cierto momento tuvo que detenerse y tomar algo de aire; la sensación extraña no abandonaba su pecho. Trató de asomarse por la pequeña ventana que tenía la habitación. Apenas podía ver una pequeña parte de los techos de la ciudad a lo lejos. Entre otras cosas, una columna de denso humo llamó su atención. Se regresó a la cama y trató de continuar leyendo. No recordaba cuando había sido la última vez que se había sentido tan absolutamente encerrada y sola, a esas alturas, por lo menos Sanji hubiera aparecido para llevarle el desayuno, cosa que tampoco había ocurrido.
Pasó una hora, hora y media, dos horas, y ella seguía igual de inquieta, encerrada y pensativa.
De pronto, una gran agitación se dejó sentir en la habitación de a lado, la de Zoro. Robin, que apenas estaba logrando concentrarse en el libro que llevaba en las manos, tuvo que dejarlo en la cama. La curiosidad la llevó a hacer florecer, en una esquina bastante escondida del cuarto del peliverde, una mano con una oreja y otra con un ojo, para saber qué ocurría allí. Vio de espaldas a un grupo de hombres que dejaban "algo" sobre la cama, aunque no sabia de qué se trataba aún pues no la dejaban ver. Entre esos hombres reconoció a Sanji. Frunció el ceño, ahora tratando de poner más atención en lo que decían.
-Este idiota- murmuró Sanji, evidentemente molesto- ¡Ustedes traigan a un médico!- les indicó a los hombres que venían con él y obedecieron en seguida. Él se quedó allí y se acercó un poco más a la cama, dándole a la morena una vista mejor de el príncipe, que estaba recostado y aparentemente inconsciente. Robin se alarmó. Sanji estaba revisando los signos vitales del moreno, lucía muy enojado y no dejaba de murmurar maldiciones para su peliverde amigo.
-Cocinero san- llamó ella desde la habitación, en voz apenas suficientemente elevada para llamar su atención- ¿qué ha ocurrido?
-Ro…Robin chwan- Sanji se acercó a la puerta y abrió con unas llaves que llevaba guardadas en su saco. Robin salió, y comenzó a comprender que ocurría allí. Sanji regresó rápidamente a lado de la cama de Zoro y comenzó a explicarle para que tuviera una idea más clara.
-Temprano en la mañana le pedí al marimo que me acompañara a hacer unas compras. El problema fue que de regreso aquí un edificio con mucha gente dentro se estaba incendiando- se acercó al peliverde y le abrió un ojo, revisándolo, según él- el muy idiota se metió a sacar a las personas, pero no tuvo el más mínimo cuidado y respiró mucho humo…mierda- murmuró- necesito ir por algunas cosas mientras traen al doctor. ¿Puedo encargártelo un momento?
La morena asintió y Sanji salió disparado de allí. Ella se sentó al borde de la cama y observó en silencio al espadachín.
Éste respiraba de manera entrecortada.
Ella suspiró, ligeramente… ¿triste? La verdad es que nunca pensó llegar a ver alguna vez a tan poderoso hombre lucir vulnerable. Estaba sudando copiosamente, el pecho le subía y bajaba a descompás. Robin acerco su mano a su vena yugular y sintió su pulso, iba demasiado rápido. De pronto él comenzó a quejarse.
Lamentablemente Robin sabía que una persona sin conocimientos profundos de medicina no podía hacer nada en caso de una intoxicación con humo, pues el tratamiento medico era muy específico. Lo único que podía hacer por él en esos momentos era tomarlo de la mano fuertemente para... ¿para qué? ¿Tranquilizarlo? ¿Transmitirle un poco de calma, para que dejara de quejarse?
Se acercó un poco para comprobar su respiración; se había vuelto todavía más pausada y difícil. Se acercó todavía más, colocando su rostro muy cerca de su nariz. No se sentía casi nada. Luego el espadachín comenzó a toser fuertemente, lo cual asustó a la morena.
-No…no, no…- Robin le abrió la pesada chaqueta de un jalón, y trató de aflojar la camisa que tenía debajo- respira, por favor, respira.
Comenzó a presionar su pecho con fuerza para que sus pulmones succionaran aire, buscó acomodarlo de un modo más cómodo para que le fuera más sencillo respirar, y de nuevo se acercó a sus fosas nasales para asegurarse de que estaba mejor. Sintió que el aire fluía con más tranquilidad. Su respiración seguía escuchándose, pausada, casi deteniéndose. Pero no tosía más. Sólo se quejaba en voz baja, apretando los ojos, y causando con esto que Robin sintiera que se le encogía el corazón. Ella se calmó, había sido poco tiempo, pero se había asustado de verdad.
Apretó su mano morena y grande, fuertemente entre las suyas y miró ansiosamente a la puerta. Sintió que con fuerza él apretaba su mano y no la soltaba. El espadachín comenzaba a retorcerse y a quejarse cada vez más y ella no podía hacer mucho más que eso para tratar de tranquilizarle.
La puerta se abrió con fuerza:
-Déjenme pasar- pidió un viejo doctor, haciéndole a Robin una seña para que se apartara de la cama. Ella se puso de pie pero su mano quedó fuertemente sujeta por la de Zoro; le costó un poco conseguir que le soltara, y él se seguía retorciendo.
Atrás del doctor apareció Sanji, quien miró con extrañeza a Robin, pero la voz del doctor lo llamó.
-Ven, muchacho- le pidió el médico- límpiale la cara. Cuidado con la nariz, cerciórate de que no tenga hollín- pidió, mientras comenzaba a registrar los pocos signos vitales que el peliverde mostraba. Sanji obedeció y le limpió la cara con cuidado pero con firmeza con unas toallas y agua que había llevado desde la cocina. Robin solo observó. El doctor le hizo algunas pruebas a Zoro, dándole algunas indicaciones a Sanji para que lo cambiara de posición o le pasara los instrumentos que traía dentro de su maletín.
Pasaron un buen rato en esto; el hombre aplicaba distintas medicinas y continuaba revisando su pulso, su respiración, su temperatura, ante los ojos curiosos de los otros dos. Sanji maldecía por lo bajo la capacidad nula del espadachín por mantenerse al margen, mientras ayudaba al doctor en lo que le pedía y Robin se mantenía atenta por si hubiera algo que pudiera hacer, más lo único que le solicitaron fue que abriera las ventanas para que corriera el aire y que fuera a la cocina por una jarra de agua.
Los minutos corrían lentos mientras el médico estabilizaba a Zoro, pero pronto se vieron los frutos del trabajo pues la respiración del peliverde se volvió normal, dejó de quejarse, dejó de sudar y comenzó a parecer como si simplemente estuviera plácidamente dormido en una de sus habituales siestas.
-¿Niña…tú le abriste la chaqueta al príncipe?- Robin asintió un poco insegura, mientras el doctor le tomaba una vez más el pulso- hiciste bien. Un poco más y quizás no lo hubiera superado.
Suspiró. Al parecer, se encontraba fuera de peligro.
-Mira, niño- le dijo a Sanji, sacando algunos frascos de su maletín- estas son las medicinas que puede necesitar el príncipe. Denle esta si se siente mareado o si comienza a vomitar. Esta es para los dolores de estómago, y ésta por si se le dificulta respirar. Hasta cierto punto es normal que experimente todo eso durante los próximos días y las medicinas son para estabilizarlo. Si necesita algo más entonces llámenme. Tenemos la ventaja de que el príncipe es un joven fuerte y con una gran resistencia, cualquier otro ser humano en su lugar ya habría muerto.
Sanji asintió tomando los frascos y tratando de memorizar cuál usar en que caso.
-Puedo decir que se encuentra estable. Pero eso era de esperarse. Ahora, tiene que tomar muchos líquidos, tomarse los medicamentos y guardar reposo absoluto- hizo cálculos con los dedos- entre cinco días y una semana. Llámenme por si ocurre cualquier cosa, ¿de acuerdo?
-De acuerdo- aceptó Sanji, y fue entonces que el médico se retiró de la habitación. El rubio se dejó caer en una silla y Robin por su parte, se volvió a sentar en la orilla de la cama, observando en silencio al peliverde.
-Me resulta…difícil verlo así, cocinero san…- dijo ella, volteando a ver al rubio con expresión melancólica- preferiría mil veces verlo discutiendo contigo.
Sanji hizo una sonrisa irónica. Sacó un cigarrillo y un encendedor de su bolso, y lo encendió mientras apoyaba los pies sobre la cama descaradamente, sabiendo que de estar despierto a Zoro le valdría un cacahuate.
-Este idiota se pondrá a entrenar apenas abra los ojos. Seguramente nos pelearemos con él para que vuelva a la cama y no nos escuchará- le dio una calada al cigarrillo y dejó ir el humo hacia arriba- se repite cada vez que se enferma o tiene una herida.
Robin miro de nuevo al peliverde, que seguía durmiendo con tranquilidad.
-Ustedes se llevan de una manera muy extraña, cocinero san. No es lo que cabría esperarse entre un príncipe y el cocinero del palacio.
-Bueno, nos conocemos desde muy niños y ya entonces no nos llevábamos muy bien- se quedó pensativo un segundo- además no solo soy cocinero, Robin chwan, soy capitán de la guardia y gracias a eso tengo cierto estatus dentro de este lugar. No estoy ni cerca del nivel de marimo pero… ¿conoces su historia?
Robin miró a Sanji y trató de hacer memoria. En su vida había viajado de un lugar a otro desde que era muy pequeña. Ciertamente había escuchado la historia de aquel reino, por encima, pero de Zoro y de su nivel como príncipe, sabía realmente poco.
-No. Es una lástima.
-Ojala él pueda contarte- el rubio la observó con una media sonrisa- creo que es algo que no me corresponde a mi. ¿Has notado- preguntó, cambiando súbitamente de tema- que se molesta cuando nos ve conversando?
-No…- sonrió ella a pesar de estar consciente de que estaba mintiendo escandalosamente; claro que lo había notado- ¿Por qué lo mencionas?
-Solo porque ya se está despertando…- contestó el rubio y Robin volteó entonces a ver al príncipe. Zoro abrió sus ojos y los miró alternativamente, de Robin a Sanji y de Sanji a Robin.
-¿Qué…pasó?
-Pues que casi te nos mueres intoxicado, cabeza de alga- Zoro intentó incorporarse, pero Sanji apoyó un pie sobre su pecho y, de una forma sorprendentemente fácil lo empujó para que se acostara de regreso- ah-ah-ah… tu de aquí no te mueves. Sigues muy débil, mira qué sencillo resulta impedirte el paso.
-Oye cejas tú…- replicó Zoro tratando de incorporarse nuevamente, pero siendo esto evitado por Sanji de la misma forma que la vez anterior, con el zapato del cocinero sobre su pecho. Detrás de él, la morena se llevó una mano a los labios para disimular una traviesa risilla, lo cual para el príncipe fue como un golpe en el estómago. Se volvió a recostar pero apartó la vista y les volteó la cara, molesto.
-Vaya, ahora cedió con facilidad. Que interesante- comentó poniéndose de pie. Se sacudió los pantalones y dejó salir un poco mas de humo de su boca y volteó a ver a Robin- lamento desde lo más profundo de mi corazón pedirte esto, hermosa Robin chwan pero, ¿podrías cuidar del marimo un rato? Iré a prepararle algo de comer y a ayudar al viejo con el almuerzo.
-¡No soy un bebé, no necesito que me cuiden!
Esto solo provocó unas risas por parte del cocinero.
-Jajaja…es gracioso como se cree feroz aún estando tan indefenso. Ya vuelvo, Robin chwan. Espero no tardar demasiado.
-Adelante, cocinero san- concedió ella y el rubio se retiró luego de hacerle una inclinación y besar su mano de la forma más galante. Zoro seguía recostado con los brazos cruzados, como un niño haciendo berrinche.
Robin sonrió. Se puso de pie y caminó a su habitación. Tomó un libro y regresó a sentarse a lado del espadachín. No lo conocía mucho, pero sí lo suficiente para saber que era hombre de pocas palabras y que, aún sobre esto, si tuviera que elegir con quien hablar no lo haría con ella. Así pues, Robin tomó asiento y abrió el libro.
-No tienes porqué estar aquí- dijo el príncipe- vete a tu habitación.
Robin apenas bajó el libro y le miró. Se puso de pie y en silencio se metió al pequeño cuarto.
-Si me necesita para algo sólo llámeme, ¿de acuerdo?
Él no contestó. Ella se metió al cuarto y se sentó sobre la cama. En lugar de seguir leyendo, como hubiera querido, tuvo que bajar el libro y esperar. Si se distraía…quien sabe qué le podría pasar a Zoro. Lo mejor sería permanecer atenta hasta que volviera Sanji y se hiciera cargo.
Hasta cierto punto, no le sorprendía que el espadachín fuese incapaz de aceptar su presencia allí, pues hasta a ella se le hacía incómodo… pero era un poco difícil de admitir, que le desanimaba ligeramente que rechazara su compañía de un modo tan severo.
Pasaron los minutos y Sanji volvió, riñendo a Zoro por haber corrido de allí a Robin. Más tarde el mismo rey fue a visitar al peliverde, advirtiéndole con palabras amables que tuviera cuidado la próxima vez que saliera a la ciudad. Robin tuvo que sonreír. Parecía que no era la primera vez que el príncipe se metía en problemas. Ya le preguntaría a cocinero san acerca de eso después.
No requirieron la presencia de Robin allí en todo ese rato, y, por órdenes del peliverde, Sanji tuvo que cerrar su puerta con llave de nuevo. A ella realmente no le causó sorpresa, tenía lógica ya que no era más que una prisionera en ese lugar. Supo que no saldría de su habitación por lo menos hasta que el peliverde pudiera salir a entrenar también.
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Llegó la noche, y un día más, y la situación en la habitación del príncipe peliverde no había cambiado. Estaba tan débil que no podía hacer uno de sus habituales actos de huir y entrenar, pues cada vez que lo intentaba era patéticamente devuelto a su cama por Sanji o por quien estuviera presente. Una de las cosas que mas le molestaba era que el rubio se tomaba la libertad de conversar largos ratos con Robin, utilizando como pretexto el hecho de que según él sólo iba a llevarle comida. Lo dejaban allí solo y se burlaban de él, podía escuchar sus alegres risas desde su cama y eso lo estresaba.
¡Era su cuarto, maldita sea! Quería dormir con algo de tranquilidad, ¿era mucho pedir? o salir a entrenar y a que le diera el sol. Pasearse por el castillo como le gustaba hacerlo, perderse, con un demonio, si era necesario, pero quedarse allí, encerrado todo el día, soportar que otros estuvieran "cuidándolo" todo el tiempo como si fuera un estúpido chiquillo inútil…era algo simplemente insoportable para él.
Dejó que el día pasara. Entrada la noche, cuando no escuchó más ruido por el castillo, se enderezó completamente por primera vez en dos días. Sintió un ligero mareo, pero comprobó que sus miembros tenían suficiente fuerza para mantenerlo en pie. Se sostuvo en sus piernas durante varios segundos y dio un paso, otro paso, y otro paso más. Se encaminó a su ropero y se puso un pantalón y una camisa y tomó sus espadas, amarrándoselas en la cintura.
Robin escuchó los ruidos que Zoro hizo al ponerse las botas, así como el ruido de sus espadas chocando unas contras otras mientras comenzaba a caminar torpemente.
Se levantó, alarmada. El doctor había dicho que el príncipe necesitaba reposo absoluto por varios días y apenas y llevaba dos. Floreció un ojo en la habitación de a lado y lo observó encaminarse a la puerta con paso tambaleante.
-¡Espadachín san! ¡No puede salir!- le dijo, tomando el pomo de la puerta, tratando de abrirlo- escúcheme, por favor.
Él detuvo su camino, volteó un poco la cabeza pero volvió a fijar su vista en la puerta y salió de la habitación dando un portazo.
-¡Espadachín san!- y en cualquier otra situación Robin no hubiera estado tan preocupada, pero aquello estaba superando sus fuerzas. Es que nadie más que ella lo había visto quejarse el día que lo llevaron allí, con tanta fuerza, al borde de la muerte. Nadie más que ella lo había escuchado gemir en la noche, entre pesadillas, fiebre y dolor. Que lo disimulara durante el día enfrente de Sanji era otra cosa, pero ella había terminado por preocuparse genuinamente por Zoro.
Trató de forzar la puerta pero era demasiado grande y pesada para ella. Pensó en robar las llaves pero no tenía idea de donde las tenía Zoro, así que no podía ayudarse para ello con sus poderes. Comenzó a golpear con fuerza la puerta y a gritar con fuerza pidiendo ayuda para llamar la atención de alguien. Fue totalmente inútil pero luego pensó que de todos modos, quien fuera… no lograría detener así como así a Zoro. Y ella, aunque pudiera salir de allí, tampoco podría hacerlo.
De modo que se dejó caer sentada en la cama, genuinamente preocupada por él. Era imposible no estarlo, después de todo. Que siempre tratara de evitar sentir aprecio por las personas no significaba que dejara de lado totalmente a su corazón, no tratar de interferir en esa situación hubiese sido inhumano.
Suspiró. Lo único que le quedaba era esperar.
Pasaron, según sus cálculos, entre tres y cuatro horas antes de escuchar que se abría la puerta. Se puso de pie y repitió el procedimiento de florecer un ojo dentro de la habitación, solo para ver como el peliverde caía sobre su cama como un peso muerto. Suspiró con cierto alivio, pero volvió a alarmarse al notar que su respiración era demasiado débil.
Miró por toda la habitación de nuevo, y vio, en una chaqueta que estaba tirada en el piso, un brillo plateado. La sacudió, floreciendo una mano y cayó al piso un juego de llaves. Consiguió llevarlas hasta la puerta y una a una las fue probando hasta que encontró la que abría la puerta de su habitación. En cuanto pudo salir, se precipitó adentro de la habitación del príncipe. Lo volteó sobre la cama, para dejarlo boca arriba, y se acercó a él. No respiraba bien. Su pulso estaba acelerado, y su frente se encontraba hirviendo. Hizo lo mismo que la vez anterior para facilitarle el respirar, aflojar un poco la ropa que traía puesta y hacer presión en su pecho. Corrió a la mesa de noche y tomó las medicinas, y llenó un vaso con el agua que estaba dentro de una jarra. Se fue de nuevo hacia él que no había conseguido normalizarse.
Seguía sin respirar con propiedad. Se quejaba y murmuraba cosas que ella no conseguía entender, quizás delirando, quizás en una terrible pesadilla.
Robin consiguió recargar la verde cabeza en su regazo, para elevarlo un poco y que no se fuera a ahogar con las medicinas. Se las dio con cuidado, al igual que casi todo el vaso de agua que de alguna manera él bebió. Luego de esto ella se quedó quieta, limpiándole el sudor de la frente con un pañuelo, mientras él seguía respirando despacio, y quejandose en voz realmente baja. Robin se inclinó sobre él y tomó su mano, que como la vez anterior él sujetó con fuerza y no soltó. Pasaron unos diez o quince minutos, antes de que se estabilizara de nuevo. Y tampoco pasó mucho tiempo antes de que el peliverde abriera los ojos con pesadez y la mirara, cansado, pero lúcido.
La morena suspiro y sonrió. Menos mal.
-O…oi… ¿qué…qué pasó?- preguntó antes de reparar que estaba tomado de su mano. La soltó, desviando la vista.
Ella lo sujetó y con cuidado acomodó la almohada para colocarlo sobre ella. Lo miró de forma seria.
-Recaíste- le dijo secamente- pero tenemos las medicinas. Pude estabilizarte.
Zoro se medio incorporó en la cama, pero ella se acercó y presionó su mano firmemente contra su pecho, tratando de hacerlo acostar de nuevo, más Zoro se incorporó violentamente, mirándola con desafío, como advirtiéndole que no se metiera con él, pero casi en seguida sintió una punzada en su estomago que lo dobló, y lo obligó a acostarse de nuevo.
-Alteza…debo decirle que necesita descansar. Ya salió a divertirse- dijo, mientras bajaba de la cama las espadas y las acomodaba en un rincón- no es necesario que siga sobre esforzándose.
Zoro guardo silencio un momento, sorprendido con la voz que ella usaba hacia él. Normalmente sonaba más dulce, ahora parecía seca y áspera, como si estuviera profundamente molesta por algo. Ella se había sentado a lado de la cama otra vez. Zoro decidió no vela, y se quedó mirando hacia el techo con evidente molestia.
-Me quedaré hasta que se duerma- declaró ella con convicción- por si llega a ocurrir cualquier otra cosa.
Zoro la miró. No le tenía la confianza. Ella sacó las llaves, que todo el tiempo habían estado bajo su poder. Se aproximó a la puerta y la aseguró con ellas. Regresó y se las entregó. Zoro las recibió, confundido, y la miró. Ella solo sonrió ligeramente.
-No pienso escapar- declaró. Luego se fue a su cuarto, tomó el libro que había estado leyendo y se volvió a sentar junto a su cama, concentrándose en leer, pero sin dejar de mirarlo de reojo de vez en cuando. El se mantuvo igual, mirando hacia el techo, recostado en la cama, con su ropa de entrenamiento que igual era cómoda para dormir. Estiró su brazo y tomó la jarra, se bebió un vaso grande de agua y volvió a ver al techo como antes.
-No puedo…dormir…-declaró luego de un largo rato de incomodidad.
Ella bajó el libro.
-¿Necesita algo?
Él no contestó, por lo que ella volvió la vista a las letras. Zoro se removió, y casi sin quererlo, volteó a verla.
-¿Qué es lo que estás leyendo?- preguntó finalmente. Robin bajó el libro de nuevo, con cierta sorpresa pero sin perder en ningún momento el dominio sobre si misma.
-Es una historia de amor. Muy triste, por cierto.
Zoro no contestó nada, pero no desvió la vista de ella, lo que la animó a continuar:
-La leí hace mucho tiempo, pero me sigue gustando bastante.
-¿De que trata?
-A grandes rasgos…es una pareja cuyo amor es imposible. Son separados, el tiene que someterse a sus estudios y al ejercito, y ella se vuelve una sacerdotisa vestal, y nunca se vuelven a ver pero intercambian cartas en las que se nota todavía el gran amor que sienten uno por el otro.
Zoro no despegó su vista de ella. Robin abrió el libro y buscó una página. En cuanto la encontró, usó su dedo para guiarse un poco, y recitó con voz suave las palabras:
-Para hacer la fortuna de mí la más miserable de las mujeres, me hizo primero la más feliz, de manera que al pensar lo mucho que había perdido fuera presa de tantos y tan graves lamentos cuanto mayores eran mis daños- volvió a mirar al peliverde y sonrió- esa es una de las frases que ella le escribe a él- buscó otra página, la miró en silencio y sonrió.
- Pero, ¿qué puedo esperar yo, si te pierdo a ti? ¿Qué ganas voy a tener yo de seguir en esta peregrinación en que no tengo más remedio que tú mismo y en ti mismo nada más que saber que vives, prescindiendo de los demás placeres en ti -de cuya presencia no me es dado gozar- y que de alguna forma pudiera devolverme a mí misma?- respiro profundo, luego de leer esto último- es una de mis frases favoritas. Pero esta es una de las mejores: ¡Feliz es el destino de las vírgenes vestales!Pues olvidan al mundo y el mundo les olvida a ellas.¡Brillo eterno de la mente inmaculada!Cada oración aceptada y cada deseo renunciado…
Zoro cerró los ojos, como si tratara de procesar lo que aquellas palabras significaban, pero no obtuvo respuesta satisfactoria en su mente.
-No entiendo de poesía- dijo secamente, pero Robin pudo notar el sonrojo en su rostro.
-Es bastante más sencillo de lo que parece- contestó ella- básicamente le dice que no puede vivir sin él, pero que su nueva vida no le permitirá verle más.
-¿No vuelven a verse nunca?
-No. Pero…cuando mueren los entierran juntos, y descansan así para la eternidad.
Zoro se quedó en silencio, y de nuevo mirando hacia el techo. Volteó a ver a la morena una vez más.
-Quisiera oír un poco más.
Se sorprendió mucho por la petición, sin embargo no la rechazó. Sonrió. Tomó el libro y buscó sus pasajes favoritos para leérselos al peliverde, que raro era verlo en semejante disposición y tranquilidad. Pasaron varios minutos para que, a la voz de las últimas palabras de un dulce verso, Zoro se quedara profundamente dormido ante la mirada de Robin, quien tuvo que sonreír. Se puso de pie y se acercó. Le arropo cuidadosamente, no sin antes cerciorarse de que su temperatura y su respiración marchaban bien. Luego se metió a su cuarto, se acostó, satisfecha.
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En cuanto Zoro sintió una luz fuerte dándole en los ojos, tuvo necesidad de incorporarse.
-Ah, que bien, ha despertado- dijo el doctor, que continuó auscultándolo para disgusto del peliverde. Volteó. A la derecha del doctor, Sanji estaba de pie, fumando, mirándolo molesto. Zoro le devolvió la mirada, y siguió con el análisis de su habitación. Robin no estaba presente, pero el libro que le había estado leyendo durante la noche estaba en su mesa.
El doctor terminó de revisarlo.
-Está bien, pero si vuelve a escaparse como anoche, entonces puede recaer una vez más. Reitero, necesita reposo absoluto, por lo menos durante cinco días más. De ser necesario- el doctor volteó a ver a Sanji- que alguien lo vigile de manera permanente. Por suerte no tiene tanta fuerza para resistirse.
-Yo me encargaré personalmente- contestó Sanji, y le dio una calada a su cigarrillo. Posteriormente, dejó salir el humo y soltó un pequeño suspiro. El médico salió y Sanji se quedó en la habitación con Zoro.
-¿Me quieres explicar que ha sido esto? – preguntó el peliverde, recargando la espalda en la cabecera de su cama. Sanji se sentó y tomó el libro. Lo hojeó.
-Robin chwan me contó lo que ocurrió anoche, cuando vine a dejarle el desayuno- sonrió- es una mujer hermosa, ¿sabes?…mira que preocuparse por un marimo maleducado, malagradecido e infeliz como tú.
Zoro no contestó, mirando al rubio como si estuviera únicamente esperando a que se fuera.
-Ussop nos mandó una lista con direcciones de los escondites que han encontrado de esa banda. Tu padre me dijo que en vista de que estás….incapacitado para cumplir con tu parte, mandaremos a algunos de nuestros soldados para ver qué avance pueden hacer.
-Tsk…¿Y porqué no haces tú algo de eso entonces, caracol?
Sanji levantó la pierna con toda intención de pegarle una patada, pero en cuanto lo dejó caer, lo detuvo a un centímetro del pecho del peliverde, sin que este mostrara más que una mirada de enojo hacia él. Dejó caer su pie despacio hasta tocar con su talón su pecho.
-Porque tengo que estar aquí haciendo de tu niñera y que no te vayas a hacer daño- suspiró- pero que quede claro que no lo hago por ti, ni loco. Lo hago por tu padre, que nos ha tratado tan bien al viejo y a mí. A él sí que no le puedo fallar.
Retiró su pie y miro a la puerta de la habitación de Robin. Volteó a ver a Zoro de nuevo.
-No puedo creer que le hayas causado tantas molestias a la pobre de Robin chwan. Deberías de ver las ojeras que tenía hace rato- le reprochó haciendo un puchero. Zoro rodó los ojos.
-Déjala salir- le dijo, como dándose por vencido- pero encárgate de que no se vaya a escapar.
En realidad estaba fingiendo molestia. Tenia la sensación de que, como la noche anterior, la mujer no iba a intentar nada.
-Ahora duerme…o eso espero- contestó- sería una lástima que su rostro perdiera su frescura por estarle velando el sueño a un inútil como tu.
-¿Quieres dejar de insultarme, ceja rizada?
Lo cierto es que Robin no dormía, y de hecho no parecía necesitarlo. Después de un rato, salió de su habitación cuando Sanji le abrió la puerta y pasó unos minutos cuidando a Zoro cuando el rubio fue a prepararle la comida. Le ayudó a impedir que el peliverde saliera a entrenar, lo cual era muy peligroso para su salud en esos momentos.
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Pasaron los días y a Zoro se le permitió salir de su habitación, pero los entrenamientos con Robin fueron cancelados hasta nuevo aviso pues el doctor, luego de revisarlo nuevamente, había decidido que solo podía permitirle hacer ligeros calentamientos, si acaso correr y hacer flexiones, pero en cantidades moderadas y sin las exageradas dificultades que al peliverde le encantaba involucrar en sus entrenamientos.
En ese primer día, Zoro regresó más que frustrado a su habitación luego de no haber podido hacer todas sus increíbles rutinas de entrenamiento. Robin iba atrás de él, cuidándolo por encargo de Sanji, quien había ido a preparar la cena que les llevaría unos minutos después.
Al entrar en la habitación, Robin miró a Zoro y le sonrió, preguntándose qué le respondería el peliverde a esa sonrisa. Mas como era habitual, él solo la observó con ese gesto de molestia, tan normal de observar en él.
Se sentó a la orilla de la cama, masajeándose un hombro y el cuello, y ella se sentó en una silla cercana. Se puso de pie, se paró frente a él y le tomó la muñeca, jalándole para que se pusiera de pie.
-¿Le parece si mientras cocinero san nos trae la cena, practicamos un poco el baile, alteza?- preguntó. Él se negó rotundamente.
Robin sonrío de forma traviesa….cualquier cosa con tal de evitarse el mal humor del peliverde. Estaba segura de que cuando menos con el baile, conseguiría descolocarlo lo suficiente para que dejara de mirarla de esa manera tan hostil.
Zoro se volvió a negar cuando sintió el jalón, pero varias manos aparecieron a la espalda de Zoro, empujándolo fuera de la cama.
Robin sonrió cuando finalmente, sonrojado y sin poder oponer gran resistencia, Zoro se paró enfrente de ella, desviando la vista.
Se acercó un poco más.
-Ahora, señor, recuerde que lo primero para sacar a una señorita a bailar es pedírselo de una manera adecuada- unas manos le acercaron la silla del escritorio del príncipe, donde ella se sentó elegantemente, con propiedad- adelante.
Zoro frunció el ceño. Robin se cubrió la boca mientras reía un poco.
-Primero haga una inclinación y diga un cumplido. Luego extienda su mano, e invite la dama a bailar. Besar la mano de la mujer es opcional en estos casos... aunque un poco excesivo diría yo.
Zoro suspiró. ¿La mujer hablaba en serio?
Clases de modales las había tenido toda su vida, tanto de tutores personales como de Sanji, que a pesar de ser tan mal hablado sabía mucho del tema.
También, desde muy joven, sabía perfectamente cómo colocar su cuerpo al inclinarse ante una mujer, y que al besar su mano no debía de hecho besarla: bastaba deslizar un poco su nariz o quizás la parte más externa y superficial de sus labios sobre el dorso de la mano; plantarlos de forma ruidosa y pegajosa no hacía más que evidenciar vulgaridad. Por otro lado, si el beso en la mano era suave y cariñoso se trataba de algo más íntimo, y aquello evidenciaba una relación de amistad verdaderamente cercana, intensiones amorosas, o una relación de pareja ya establecida entre ambos.
En realidad ninguna de esas cosas era de su gusto ni se enorgullecía de ser un caballero perfecto. Lo hacía cuando era necesario para cumplir con su papel y no avergonzar al rey, y punto.
Hizo, de una manera más adecuada de lo que Robin hubiera esperado, una inclinación.
-Luce usted muy bella esta noche- expresó sin muchas ganas, y ofreció su amplia mano- ¿Me permitiría este baile?
Robin sonrió ampliamente. Aceptó su mano y se puso de pie.
-Será un gusto, caballero.
Zoro no supo qué hacer. Frunció el ceño, aquella era la parte más difícil.
-Ahora, espadachín san- le dijo ella- lleve su mano a mi cintura, y la otra con mi otra mano.
Zoro frunció el ceño y estiro un poco sus brazos sin atreverse a tocarle. Ella fue quien se acercó y provocó el contacto. Le miró a los ojos y sonrió.
-Ahora, siga mis pies. En el baile, lo correcto es que sea usted quien dirija, pero en vista de que eso no es posible por el momento, lo haré yo. Esperemos que en unos días sea usted capaz de dirigirme.
Zoro miró al piso con el suelo fruncido, como si aquello no fuera un baile sino un reto, se dispuso a seguir todos los pasos de Robin. Se movía de un modo tieso, sin ritmo, sin secuencia. No estaba bailando.
Para Robin, ya era bastante buena señal que hubiera accedido a seguirle con eso, pero el tiro de gracia para Zoro fue que en ese momento, Sanji entró a la habitación sin decir agua va. Se quedó estático unos momentos el rubio, que llevaba un carrito de comida, al observar los últimos dos pasos que dio Zoro. El pobre recién en ese momento se percató de su presencia.
Las burlas momentos después fueron monumentales. A pesar de estarle sirvindo la cena, Sanji no perdió oportunidad para hacer una tras otra, bromas acerca de su desempeño al bailar, diciéndole cosas como que tenía la gracia de un elefante, o que tenía dos pies izquierdos, o diciéndole con ironía que no era lo mismo bailar que pelear. Zoro trataba de ignorarlo, si seguían así le iba a caer mal la comida.
-Fíjate bien como se hace, alga- indicó el rubio poniéndose de pie. Tanto él como Robin habían terminado ya de comer-. Hermosa dama, ¿Me concedería el inigualable honor de bailar conmigo?
La inclinación de Sanji era incluso más perfecta que la de Zoro. Sus palabras eran galantes, sus ojos denotaban cortesía y sinceridad, la mano que ofrecía, delgada, pálida y cuidada, demostraba estatus. Robin aceptó su mano y se puso de pie.
Siguió sus pasos. Los pies de Sanji se deslizaban con facilidad por el suelo, casi sin tocarlo, llevando a la moren a un ritmo lento pero armonioso. Ella lo seguía con facilidad, gratamente sorprendida, sin embargo, por las inmejorables habilidades del rubio. La forma en que la sujetaba era firme, correcta y cómoda. Su mirada era cortés, y no se despegaba de su rostro.
Cuando terminaron, él se alejó un paso, se inclinó de nuevo y tomó la mano de Robin, besándola con suavidad y mirando a Zoro en el proceso, como retándolo a hacerlo aún mejor. El peliverde enrojeció de furia al tiempo que Robin reía, encantada con la galantería de Sanji.
El rubio se quedó un rato más allí, para molestia de Zoro que no paraba de insinuarle que se fuera, que ya iba a dormir y que no era necesaria su presencia.
-Bien bien, me marcho- dijo él- que pases una bella noche, Robin chwan.
-Igualmente, cocinero san.
-Sueña con que bailes mejor, marimo kun- le deseo con burla a Zoro, quien le contestó con un gruñido, cosa que le hizo gracia, y posteriormente se marchó de allí.
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Se quedaron en silencio los dos un buen rato. Robin tomó un libro y se puso a leer en silencio. Volteaba a ver, de vez en vez, a Zoro. Pasaron varios minutos antes de que decidiera que ella también se iba a dormir, aunque su plan era esperar tras la puerta un rato y asegurarse de que Zoro no fuera a escaparse a entrenar de nuevo.
-Buenas noches, espadachín san- expresó mientras se ponía de pie. Apenas logró dar un par de paso, cuando sintió la mano de Zoro deteniéndole. Una electricidad extraña corrió por todo su cuerpo, surgiendo del lugar en su brazo donde los dedos del príncipe permanecían clavados. Se dio la vuelta con lentitud, siendo sujetada entonces por él, un brazo en su cintura y la otra mano juntándose con la de ella.
La distancia entre sus cuerpos era adecuada, la postura de Zoro también. Su agarre a su cintura era el adecuado y sus rostros también estaban a la distancia correcta, cosa que no había sucedido un par de horas antes, en su primer intento, durante el cual el príncipe se había portado de lo más torpe.
Zoro comenzó a moverse, quizás de una manera no tan fluida como Sanji pero sí con cierta naturalidad, y de hecho le fue sencillo llevar el mando esta vez. Ella no dejaba de mirarle, sorprendida, a los ojos, que también mostraban gran intensidad y determinación.
Después de un par de minutos haciendo esto, Zoro la acercó más a él, presionándola ligeramente contra su cuerpo.
-Cuando se tiene un poco más de confianza, es correcto acercarse- le dijo acercándose a su rostro y a su cuello en el mismo tono que antes había usado ella hacia él, como dictándole una lección- y al decir algo se puede mantener la distancia. Pero si es algo íntimo, se puede decir al oído- indicó, haciendo precisamente lo que decía, soplándole al oído las palabras, con naturalidad.
-No tenía idea de que usted sabía todo esto- le indicó ella.
-Me enseñaron desde muy chico- contestó- pero nunca lo he puesto en práctica…como se debe.
Diciendo esto se separó de su oído. Se miraron a los ojos unos segundos, sin darse cuenta, mucho antes habían ya detenido el baile.
Robin quiso alejarse pero Zoro no la soltó. En cambio se acercó más, y cada vez más. Se perdió en su mirada y bajó los ojos a sus labios, su barbilla temblaba, como anticipando lo que estaba por suceder,
Zoro la tomó de la barbilla, buscó su boca lentamente, y la besó. Despacio, intenso. Exploró sus labios un momento, mientras ella oponía una leve, levísima resistencia. Segundos después, ella comenzó a corresponderle y a abrazarlo con más fuerza de la que ya ambos empleaban en sujetarse.
Robin abrió un poco su boca y lo dejó internarse en ella. Se sentía tan bien, pero sin fuerzas.
Fue entonces que sus labios y los del príncipe se separaron. Miraron un momento los labios del otro, percibiendo en ellos la humedad, las ansias de seguir, la necesidad que tan repentinamente tenían uno del otro.
-Besar la mano de la dama es opcional- terminó el peliverde con su "lección"- lo demás queda…al instinto de los bailarines.
Robin lo miró fijamente, sin atreverse a separarse de su cuerpo, sin terminar de procesar lo que acababa de ocurrir. ¿Qué había sido?
Zoro por su parte, sintió como si estuviera saliendo de un sueño. Como si hubiese estado volando y acabara de tocar tierra con sus pies. Era como si el de minutos antes no hubiera sido él. Como si de pronto una parte de él que no estaba visible, deseara darse a notar.
-Vete…a dormir- indicó finalmente, soltándola, todavía confundido por lo que acababa de suceder. Robin obedeció sin dudarlo.
Una vez que estuvo dentro del cuarto, Zoro cerró con llave, y guardó su llavero en un cajón. Se desvistió, se puso su ropa para dormir y se tiró a su cama.
Robin, por su parte, pegó su espalda a la puerta, tocó sus labios y sonrió, entre feliz y melancólica. ¿Qué acababa de pasar?
Se había sentido muy bien. Más que bien. El cielo.
No quería hacerse ilusiones en vano, pero no se podía negar el disfrutar del momento. Suspiró y con la misma sonrisa confundida, se puso a dormir.
Continuará
Quedó más largo que los anteriores, por lo mismo que tuve bastante tiempo para escribir.
Aclaraciones: primero que nada, según he leído las intoxicaciones con humo en incendios son bastante comunes, el problema es que dependiendo de una serie de circunstancias, la sintomatología presentada en el paciente puede variar muchísimo; mareos, dolor de estómago, dolor de cabeza, vómitos, dificultad para respirar…las complicaciones pueden llevar al coma o hasta la muerte. El tratamiento medico debe ser inmediato y varía de acuerdo a los síntomas. Ya que estamos hablando de Zoro, jeje, resistió muy bien a pesar de no recibir atención inmediata, pero ya sabemos, es Zoro.
Segundo: lo del beso en la mano lo leí hace mucho tiempo, no estoy segura de qué tan bien lo describí pero es verdad que existen ciertas "reglas" para que un hombre bese la mano de una mujer. ¿Les ha pasado? A mi sí, y es un detalle de lo más lindo, juju.
Y tercero: el próximo capítulo veremos un poco de lo que sucedió con Nami después de que Luffy decidiera llevársela, jeje. No pude incluirlo en este capitulo por que ya había escrito bastante :p
Bueno eso es todo. Muchas gracias por leer.
Hasta pronto. Aoshika October
