Este debe ser el capítulo más largo que haya escrito alguna vez para un fic. Es que… ¡no podía dejarlo a medias! Espero que lo disfruten a pesar de la extensión. Nos leemos abajo.

Resumen: En un reino aparentemente pacífico, vive Zoro, un príncipe. Aparece en escena Robin, una misteriosa mujer de quien nadie sabe nada. Mi mundo y el tuyo. Diferentes. Incompatibles. ¿Podemos cambiarlo?

Advertencias: En el capítulo de hoy, también hay lemon. Como es universo alternativo es un poco difícil manejar algunas cosas. Estoy tratando de evitar por completo el OoC, pero no garantizo nada. Espero que en este sentido sean buenos conmigo, hago mi mejor esfuerzo para tratar a mis queridos Zoro y Robin.

Disclaimer: One Piece y sus personajes son del gran mangaka Eichiro Oda (*^* Oda sama!). Yo escribo esto únicamente por diversión y sin fines de lucro.

"Nuestro amor es como la llovizna que cae quedamente, pero desborda el río." Proverbio Africano

Dos mundos

Capítulo 7: Conozco esta habitación...

A pesar de la gran confusión que se vivía en esos momentos en el castillo, las órdenes de Zoro fueron claras. Había conseguido sacudirse el aturdimiento y ponerse de pie, mirar al imbécil de Sanji, que se había quedado parado tras él sin decir nada, y finalmente comenzar a poner orden en ese lugar. A los soldados que estaban demasiado heridos los mandó a la enfermería para que les revisaran. Al resto los mandó a las calles y los alrededores de la ciudad a buscarla, él y Sanji se incluyeron en esta misión. Sin embargo pasaron las horas y no hubo noticia de ella.

Al anochecer suspendieron la búsqueda. Cuando el príncipe y el cocinero regresaron al palacio fueron a cenar con sus amigos, todos ellos estaban esperando noticias pero tuvieron que decirles que no había nada que hacer, no habían conseguido encontrarla.

-Seguiremos buscando mañana- opinó Sanji, sentándose a la mesa. Había tratado de ayudar a Zeff con la cena pero éste lo había regañado porque luego del desayuno no había probado bocado en todo el día, y ahora estaba sentado a la mesa como cualquiera de sus amigos.

Sin embargo, Zoro no compartía su idea.

-No. Ya no vale la pena seguir buscando, si ella quiso irse entonces ya está.

-Pero...Zoro-trató de protestar Chopper, que le había desarrollado un gran cariño a la mujer- Robin…

-A estas alturas ya debe estar lejos- le explicó el peliverde con suavidad y firmeza, dándole unas palmaditas en la cabeza- Está bien. Si era lo que ella quería…

Sanji volvió a su comida viendo al peliverde de reojo. Parecía tan tranquilo….

Parecía resignado.

El resto de la cena casi todo fue tristeza. Nadie hablaba, nadie levantaba la vista del plato. A pesar de que hacía muy poco que Robin estaba con ellos, se sentía su vacío en la mesa.

Nami aprovechó la quietud para hacer una petición a Luffy. Sabía que debido a la situación se estaba arriesgando a un rotundo no, pero Luffy era muy noble, así que lo intentó.

-Luffy, ¿crees que puedas dejarme ir un rato a la ciudad?

-¿Qué?

-Bueno, ten en cuenta que cuando me llevaste fue muy precipitado- se explicó la pelirroja con calma- tengo algunas cosas que arreglar, y por lo que tengo entendido no piensas dejarme libre en bastante tiempo más, ¿O me equivoco?

El joven se encogió un poco en su asiento mientras los demás lo observaban con cierta curiosidad. Todos sabían que Luffy era exageradamente posesivo con las cosas y sobretodo con las personas que le gustaban. Hubo una temporada que consideró seriamente la idea de secuestrar a Zoro y a Sanji y llevárselos a su palacio; si estos no fueran tan fuertes, pero sobretodo, suficientemente listos para controlar sus lapsus, quizás lo hubiera conseguido. La sola idea de dejar ir a Nami sin él era algo simplemente inconcebible y algo que todos los presentes, Nami incluida, sabían a la perfección. La reciente desaparición de Robin no iba a hacer sino complicar las cosas.

Luffy por su parte torció la boca ligeramente, pero para sorpresa de todos, sonrió con cierta confianza.

-¿Me prometes que no desaparecerás como Robin?- preguntó.

Nami sonrió. Sabía que Luffy no le iba a fallar.

-Lo prometo, Luffy. Una hora. Prometo que no tardaré más.

-Trato hecho.

.

.

.

Nami salió del palacio apenas terminó de comer, y fue acompañada por algunos guardias hasta cierta parte, donde les pidió que la dejaran sola. Se internó en la ciudad. Se paró una esquina y se ubicó bien. Decidió su ruta y poco a poco llegó a uno de los lugares más recónditos de la ciudad, de muy difícil acceso pero que para ella resultaba familiar. Finalmente encontró un callejón; oscuro, abandonado. Había cajas y pedazos de madera olvidados por todo el lugar, basura, entre otras cosas. Sin embargo se internó allí. Buscó con la vista, hasta que ubicó un bulto en una esquina. Se acercó casi de puntas, pero fue detenida a escasos dos metros por un agarre que la jaló con violencia hasta tirarla al suelo de espaldas y sujetarla allí.

-¡No! –alcanzó a gritar cuando sintió la mano sujetar y presionar su cuello-¡Tranquila, Robin! ¡Soy yo, Nami!

Eso último lo había dicho con el poco aire que quedaba en su boca luego de unos segundos de fuerte presión. Fue soltada en seguida y una fuerte tos la obligó a retorcerse en el suelo mientras luchaba por recuperar el oxigeno que sus pulmones habían perdido.

-Maldición- dijo, sentándose en el suelo mientras continuaba tratando de reponerse-, tienes mucha fuerza.

El bulto que estaba en una esquina se alargó hacia arriba. Se acerco a ella y pudo distinguir sus rasgos mientras se quitaba la capucha que se había puesto en la cabeza para ocultarse un poco mejor, y se inclinaba a su lado.

-Lo lamento, ¿estás bien?- preguntó mientras le revisaba el cuello. Nami asintió- ¿qué haces aquí?

-Vine a buscarte, obviamente.

-¿Cómo supiste que estaría aquí?

-Solo lo deduje- contestó la pelirroja- el día que te conocí, te encontré aquí, ¿recuerdas? Cuando vine a esconderme. Lo que me llamó la atención fue que…parecía que llevabas días en este lugar. Cuando no te encontraron los soldados, ni Sanji…ni Zoro…supuse que te habías escondido muy bien. Salir de la ciudad te hubiera tomado más tiempo del que duraron ellos buscándote y por fuerza hubieses tenido que pasar por alguna de las calles principales, donde te habrían encontrado, sin embargo eso fue todo lo que ellos se pudieron figurar- finalizó, orgullosa de su propio razonamiento- por lo tanto supe que tenías que estar aquí, a nadie se le hubiera ocurrido buscarte en uno de los lugares más recónditos y turbios de la ciudad.

Robin sonrió.

-Debo admitir que eres muy inteligente, Nami san.

Nami sonrió, aliviada de haber encontrado a Robin, y de que estuviera bien. Pero estaba inquieta por todo lo ocurrido la noche anterior. Tenía tantas preguntas que quería hacerle, sin embargo no había pensado en cómo hacérselas sin parecer demasiado entrometida, violenta, o peor, que ella creyera que le iba a hacer traición para que la encarcelaran de nuevo. Robin estaba sentada frente a ella, esperando a que ella comentara cualquier cosa, así que Nami buscó qué palabras sonarían correctas para todas las preguntas que tenía que hacer. Decidió comenzar por lo que, a su parecer, era lo más complicado.

-Robin…si todo lo que dijeron de ti anoche es cierto, ¿qué piensas hacer ahora? – preguntó suavizando su voz al máximo, diferente de cómo se había acostumbrado a hablarle a Luffy, a Ussop y a Chopper, a quienes se la pasaba regañando y gritando por casi cualquier cosa.

La morena no contestó, y se tomó un buen rato en hacerlo. Mientras tanto miraba algún punto en el piso. Sus ojos parecían transparentes y tristes, pero Nami no tenía tanto tiempo y necesitaba una respuesta pronto.

-Robin…

-No lo sé, Nami. Supongo que…debo volver.

Nami vio a su amiga, sintiendo una profunda tristeza por ella.

-Quédate. Podrías tener otra oportunidad si lo haces. En esa organización…no hay un futuro para ti.

-Aquí tampoco lo hay- contestó ella, haciendo una media sonrisa que evidenciaba su profunda melancolía. Pero para esto, Nami ya tenía un plan.

-¡Claro que lo hay!-contestó con ánimo-Zoro estaba dispuesto a dejarte libre. Es una gran oportunidad, podrías tener su protección, por eso te estaban buscando.

Robin guardó silencio una vez más, y Nami aprovechó el momento de silencio para frotarse un poco los brazos. El frío había aumentado ese día, y fue entonces que se percató de que su amiga no llevaba nada con ella, solo la capucha, que por cierto no era gruesa ni mucho menos. El vestido que usaba era el que traía puesto el día anterior, cuando la habían encarcelado. Robin notó su confusión.

-Aquí no tengo nada. Es otro de los motivos por los que debería regresar. Digamos que…he dejado muchas cosas pendientes por estar aquí. Necesito volver.

-¡No, Robin!... por favor…solo inténtalo…

-Nami…

-¡Por favor!- insistió la pelirroja, mirando a la morena con tierno chantaje- al menos…quédate hasta el día del baile… asiste y ve a Zoro, por favor…él te dirá que quiere que te quedes, todos lo queremos.

Robin cerró los ojos, negando con la cabeza.

-Luego de lo ocurrido…no creo que Zoro quiera volver a verme.

-Él fue quien salió corriendo primero a las calles para buscarte.

Robin no dijo más. Nami suspiro con resignación.

-No me creas si no quieres hacerlo- contesto- solo inténtalo, por favor. Te puedo jurar que valdrá la pena.

Robin suspiro, y sus ojos se dirigieron al cielo. La noche estaba estrellada y el frío le erizaba la piel. El recuerdo de la noche anterior le produjo una especie de calor que le nació desde el pecho y se extendió por todo su cuerpo, causándole nuevos estremecimientos, un temblor en su estomago, un hundimiento en el suelo bajo ella, ganas de reír, ganas de llorar. ¿Una oportunidad? Quizás. Tal vez valdría la pena intentarlo, solo eso.

-Cuando te conocí… me pareciste el tipo de chica demasiado agobiada por los problemas como para creer en cuentos de hadas y esas cosas- sonrío Robin, al parecer, un poco menos triste- ahora pareces ilusionada, tanto, que quieres hacer que yo también crea.

Nami se sonrojó ligeramente. Trató de justificarse.

-Hay quienes te hacen creer- luego sonrió-, puedo decir que…supongo que gracias a Luffy…ahora creo.

Robin sonrió un poco más extensamente. Quién sabe, quizás ella también podía darse ese lujo. Una nueva vida, y en un caso realmente hermoso, verdadera felicidad.

-¿Cuánto falta para el baile? Creo que lo he olvidado- pregunto, sonriendo pues sabía que Nami se contentaría rápidamente.

-Una semana y media, más o menos- contestó la pelirroja, con evidente entusiasmo, sus ojos brillaban.

-Es mucho tiempo. No quiero ir al palacio ahora- suspiró, mirando hacia la salida del callejón- no quisiera…enfrentarlos en este momento.

-Entonces…ven conmigo- le propuso Nami- tengo un escondite. Puedes quedarte allí.

-¿Escondite?

-Sí. Puedes quedarte allí… ¡Y aparecer el día del baile!- repitió su idea, su rostro iluminándose por completo- Todos estarán deslumbrados al verte, lo sé. Te quedarás en mi escondite y yo te llevaré comida y ropa, y agua. Tendré cuidado, nadie sospechará. Para entonces los ánimos estarán más calmados y podrás hablar con Zoro con tranquilidad.

Robin sonrió. No perdía nada, ¿cierto?

Aceptó. Ambas se pusieron de pie, dejando el frío piso, y comenzaron a caminar por los callejones. Finalmente llegaron a un viejo edificio. Entraron a un pequeño y ruinoso callejón a lado de éste, donde había una puerta que entraba a la planta baja de la construcción.

-No es mucho- comentó Nami, un poco apenada por las condiciones del lugar- pero es algo.

Era un pequeño cuarto, donde había muy pocas cosas; una cama en una esquina, una mesa, una silla. También había un baúl. Se acercaron al interior. Nami abrió el baúl y sacó de este unas cuantas sabanas gruesas para la cama. En el fondo del baúl había unos vestidos. Robin tomó uno para ponérselo.

-Espera un momento aquí- pidió Nami- iré por algo para que cenes.

Robin caminó y se sentó en la cama. Tomó una de las cobijas para cubrirse, el frío era insoportable a esas alturas. Así la encontró Nami, cuando llegó pocos minutos después con algo de pan y café. Ambas comieron en silencio.

Nami le dio una mordida a su pan y sonrió un poco mientras masticaba.

-Se siente bien traer algo de dinero en el bolsillo de vez en cuando.

-¿A qué se debe?- sonrió Robin.

-Ussop me asignó el cuidado del dinero de Luffy. Cuando salimos a pasear o algo, tomo un poco para comprarle cosas. Le encanta comprar comida y dulces, y a veces alguna curiosidad. No creo que le moleste si llega a saber que lo usé para que cenaras.

-Yo tampoco lo creo. Es un jovencito muy noble- se quedó pensando un momento- ¿Esta casa es tuya?

Nami negó con la cabeza. Bebió un poco de café.

-Encontré este lugar en una ocasión mientras huía. Sé que está abandonado, quienes fueran los dueños jamás han vuelto. Suelo venir cuando tengo que pasar algo de tiempo en la ciudad, pero nunca me quedo más de dos noches, por eso el dueño del edificio nunca nota mi presencia. La cama y la mesa ya estaban aquí. El baúl y lo que hay en él son míos, y me costó mucho traerlos- sonrió- pero el lugar me ha servido bastante bien para refugiarme cuando estoy en problemas.

Robin sonrió, mirando a su alrededor.

-De verdad lamento esto, sé que es algo triste- se disculpó otra vez Nami. Robin negó con la cabeza.

-No te preocupes. Me adapto a todo. El día que nos conocimos…llevaba dos días durmiendo en ese callejón- confesó para tranquilizarla, haciendo una sonrisa ladeada que llenó a Nami de tristeza. Finalmente llegó su hora de irse, casi se cumplía la hora que le había prometido a Luffy y tardaría mínimo unos veinte minutos en llegar al palacio.

-Entonces esto será mejor para ti. Te lo prometo. Vendré a traerte más comida y ropa limpia mañana- suspiró, y se llevó una mano a la frente- aunque no sé como lo haré con Luffy pegado a mi como una lapa. Pero no te preocupes, yo me arreglo.

Robin sonrió, y murmuró un "gracias" débilmente.

Se dieron un abrazo y Nami salió de allí a toda velocidad.

Robin se preguntó si podía hacerlo. ¿Podía confiar en corazonadas, en deseos improbables, en cuentos de hadas? Nunca en su vida…bueno, más bien, desde muy pequeña había dejado de creer. ¿Porqué hacerlo ahora? ¿él era un buen motivo?

Recordó entonces todos los besos y las caricias de la noche anterior. Recordó la ternura y la rudeza, y recordó como su razón y su cordura se habían ido al demonio con solo sentir sobre su piel los dedos fuertes y rugosos de ese hombre…que de pronto había volteado todo lo que ella era, que sin querer… la había hecho creer. ¿Sería capaz de perdonarla por la traición? Ojala fuera así.

Se acercó a la mesa y apagó la lámpara de aceite. Se volvió a la cama y se envolvió en las sábanas, deseando poder quedarse dormida pronto. Y lo consiguió bastante pronto, debido al agotamiento, sin embargo, un ruido la despertó.

-Robin…Nico Robin.

Ella se incorporó y se sentó. La voz rasposa que la había despertado provenía de la ventana que estaba junto a la cama. Sabía que no tenía que asomarse a enfrentarle así que se quedó allí.

-¿Qué haces aquí?- preguntó, sin alterarse en ningún momento la uniformidad característica de tu voz- ¿cómo fue que me encontraste?

-Sabes que es mi trabajo. Solo vine a decirte…que se acaba tu tiempo.

-Necesito más- pidió ella- solo…una oportunidad.

La voz no se oyó en aproximadamente un minuto. Luego, se escuchó que contestaba.

-Bien. Pero lo que sea que vayas a hacer resuélvelo pronto, ¿quieres? Sabes que hay mucho en juego esta vez.

Robin sintió como sus ojos se llenaban de lágrimas. Allí, sola, sin que nadie la viera, podía dejarlas correr libremente por su rostro y perderse en su barbilla, disfrutar de su dolor. Pero las limpió furiosamente con su mano antes de tratar de deshacer el nudo que sentía en su garganta, que no le había dejado hablar. Sabía que tenía que ser rápida, porque era en ese momento en el que podía establecer sus condiciones. De otra manera él se iría, y quien sabe qué podía pasar si no ocurrían las cosas como ella deseaba.

-Sólo…el baile, ¿sabes cuando es?

-Sí. Entonces supongo que al día siguiente será tu plazo.

-Sí. Es todo lo que necesito.

-Está bien. Sabes que yo no cuestiono tus decisiones, pero lo que sea que quieras hacer, has que funcione, ¿de acuerdo?-pidió. Robin sonrió. Él nunca le hablaba de manera específica.

-De acuerdo.

No fue "malo" con ella. Nunca lo había sido, o al menos no por voluntad propia. A pesar de esto, consiguió dejarla con gran inquietud. Sabía que luego de que ella dijera las últimas palabras para cerrar un acuerdo con él, cuando ya no contestaba, simplemente se iba. Pero ella se quedaba allí, con la sensación de que estaba extraviada, extraviada y sola.

.

.

.

Los días avanzaron lentos al día del baile. A diario, desde temprano, Zoro se levantaba para ayudar al rey a supervisar los avances en los preparativos. Un buen rato después, Luffy se levantaba y comenzaba a corretear por todos lados, así que tenía que ir tras él a cuidarlo. El pequeño había decidido quedarse hasta después del baile, de modo que increíblemente los planes se estaban ajustando a todo lo que Nami necesitaba.

En cuanto a Sanji, en esos momentos se dividía entre ayudar al viejo Zeff en la cocina, dirigir las acciones de los soldados que se habían ido en misión para infiltrarse en la organización, y asegurarse de que Zoro no sobrepasara los límites de sus fuerzas; el muy idiota había seguido sobre esforzándose bajo cualquier pretexto, y tanto el médico del castillo como Chopper le habían impuesto más días de descanso… o que por lo menos dejara esos entrenamientos exhaustivos que de todos modos hacía escapándose al bosque o a donde fuera.

Los días en el palacio se volvieron tan agitados, que muchas veces no se veían las caras unos a otros hasta la hora de la cena. El ir y venir de la gente era tan confuso, que Zoro encontró en ello un pretexto…para no pensar. Un buen pretexto…para olvidar mientras pudiera hacerlo. Era difícil hablar con él, más difícil de lo que nunca había sido. Parecía totalmente impermeable a las locuras de Luffy, a la preocupación de Chopper, a los intentos de buen humor de Ussop, a la plática de Nami, al enojo de Sanji. No había dejado de ser cordial, y hasta cierto punto, suave y amable con las personas a las que les daba ese trato, sin embargo todos lo notaban cambiado, desde su padre hasta el último sirviente del palacio sabían que algo importante había pasado con el peliverde príncipe.

Nami era quien más le observaba. Era bastante más sencillo de lo que ella hubiera pensado el descifrar qué era lo que estaba ocurriendo en la mente del espadachín, evidentemente luego del escape de Robin habia sido el que había quedado más shockeado que cualquiera de los demás, así que la pelirroja supo que el día del gran golpe conseguiría que él y Robin tuvieran un encuentro en el que la morena saldría muy beneficiada. Quizás pudo haberla convencido el día anterior de que fuera con ella….pero esperar era un arte, y sabía que si las cosas salían como ella quería…

Lo importante era que entre el alboroto y la emoción, había conseguido escabullirse en diferentes ocasiones para llevar a Robin comida, agua y ropa. La morena parecía disfrutar sus visitas; eso era evidente, ya que no podía salir de ese cuarto y sus horas debían ser lentas y fastidiosas. También le llevaba libros, que la morena leía con voracidad. Agradecía todas las atenciones con una sonrisa, pero no dejaba de evidenciar un gran decaimiento.

Bueno, el clima tampoco ayudaba. El frío había aumentado con los días, y aunque se acercaban cada vez más las fechas festivas, no era suficiente pretexto para no quejarse de las manos congeladas y los preparativos al aire libre en las calles, aunque en el fondo todos disfrutaban con la perspectiva de la gran fiesta que se celebraría en el reino.

.

.

.

-Oi, Nami…-le dijo Luffy una mañana durante el desayuno- le mandaremos una carta a Makino para pedirle que nos mande nuestros trajes de gala, ¿quieres que le pida un vestido para ti?

La mente de Nami se iluminó. Disimuló unos segundos. Por suerte ese día, como los anteriores, había tantas cosas que hacer que solo ella y Luffy estaban en la mesa comiendo. Chopper había salido temprano a perseguir a Zoro por todo el castillo, tratando de convencerlo de que descansara un rato luego de una larga noche donde se había escapado para poner su cuerpo al limite como era lo usual. Ussop había ido a ayudar a Sanji.

-¿No quieres que yo escriba la carta, Luffy? Me gustaría contarle algo a Makino san- sonrió.

-¿Ah? ¿Qué cosa vas a contarle?- preguntó el joven rey, con la boca llena de comida.

-Pues…cosas de mujeres, Luffy- contestó Nami , guiñándole un ojo. Insistió varias veces, ya que el moreno insistía en escribir la carta él mismo. Estuvieron discutiendo por un buen rato hasta que Nami utilizó una de las maneras más crueles que tenía para hacer que le hiciera caso.

-Entonces como quieras, Luffy, pero…creo que le diré a Sanji que estás a dieta- dijo Nami, protegiendo su plato de la mejor manera que podía, mirando al moreno con una expresión sádica en el rostro- sabes que me hará caso. Y eso será siempre mientras estemos aquí, ¿comprendes?

Luffy tragó saliva.

-¿Alimento para conejos?- preguntó Luffy, atemorizado. La pelirroja asintió con una hermosa y terrible sonrisa en su rostro.

-Lechuga y zanahorias, y nada más.

Luffy asintió.

-Ha…haz tú la carta Nami…-sonrió- pero…¡No me dejes sin carne, por favor!

Jhá, fue más fácil de lo que creí…pensó la pelirroja mientras ella y el joven se dirigían a la habitación. En el camino pidieron a un sirviente papel, pluma y un sobre.

Nami se sentó al escritorio y Luffy se sentó en la cama, mirándola escribir.

-¿Tienes sello, Luffy?-preguntó la pelirroja, doblando la hoja luego de diez minutos de escritura.

-Mmm…sí. Ussop siempre lo empaca en esa maleta de allá- señaló con su dedo una pequeña maleta, pero estiró su brazo y la jaló hacia sí. Abrió una bolsa lateral y entregó el sello a Nami.

Nami agradeció y guardó la carta en el sobre, el cual selló con cuidado.

-Bien. Iré a pedir que la envíen. ¿Quieres salir a hacer algo, LUffy?

-Sí- el pequeño saltó de la cama, entusiasmado- ¡quiero ayudar a Zoro con los preparativos que faltan!

-Muy bien. Vamos entonces.

Después de entregar la carta a un sirviente, con instrucciones precisas para hacérsela llegar a Makino, Nami consiguió encasquetarle a Zoro la exhaustiva tarea de cuidar a Luffy. Una vez que Luffy quedó literalmente colgado de Zoro, la pelirroja se excusó diciendo que tal vez Sanji necesitara su ayuda y salió de allí. El espadachín la miró con cierto enojo, se notaba que sabía aprovechar bien su posición a lado de Luffy. Ahí su voz se respetaba y se escuchaba como si fuera la de una princesa.

.

.

.

Tres días después, unos paquetes llegaron al palacio, junto con una carta de la dulce Makino.

Querida Nami san.

Recibí la carta y es un placer decirte que todos aquí nos encontramos perfectamente, aunque algo tristes ante la perspectiva de festejar sin ustedes la navidad y el año nuevo. Por favor, cuide de nuestro rey, y de los queridos Ussop san y Chopper san.

Es un placer poder serle de ayuda. He enviado todo lo que me pidió en una caja aparte; puede pretextar que un vestido de mujer necesita mejores cuidados que las galas de un caballero. Mis mejores deseos para usted y su noble misión.

Dele mis cariños a su alteza, así como a Zoro san.

Felices fiestas.

Atte. Makino

Nami sonrió. Sabía que Makino la ayudaría.

Tomó la caja y la llevó a su cuarto, haciendo como la mujer le había dicho; pretextó que al ser ropa y cosas para dama necesitaban ser tratados con mayor delicadeza. Una vez en la habitación que le habían asignado, abrió la caja y sacó su vestido, los zapatos y la elegante cinta para pelo que le correspondía a ella. Luego, un poco más al fondo, vio el otro vestido, zapatos y demás accesorios que eran para Robin. Sonrió.

-Se verá hermosa.

.

.

.

Luego de mucho esperar, llegó el día del baile.

Zoro atendió hasta mediodía los últimos preparativos. Una vez que lo hizo, se fue de allí. Se escabulló lejos y se la pasó el resto del día de la única forma en que podía permanecer en paz; entrenando.

Nami estuvo desde temprano preparando a los tres niños que tenía bajo su cargo, esperando con todas sus ganas que Robin estuviera bien…y que se presentara. Mientras tanto, se aseguraba de que Chopper no se ensuciara su traje comiendo algodón de azúcar, que Ussop no tratara de seguir ayudando a los sirvientes con los detalles que faltaban, por que todo lo que conseguiría sería ensuciar su elegante traje, y de acomodar con cariño y dedicación el moño del moreno, que a pesar de que lo había intentado, no había conseguido evitar que siguiera comiendo. Por lo menos había prometido hacerlo con mayor juicio, para no mancharse.

Sanji iba de aquí para allá cerciorándose de que las fuentes con aperitivos estuvieran verdaderamente presentables. Probó el ponche, revisó los últimos detalles en los pavos y jamones que se iban a servir… hasta que una patada en su cabeza lo tiró al suelo.

-Ouch… ¡¿Qué rayos sucede contigo, viejo!?- preguntó a su padre, realmente enojado mientras se ponía de pie.

-¡Pues que aquí ya todo está listo, berenjena ridícula!- le espetó el mayor- vete a arreglar y deja de molestar aquí. ¿Dónde está el príncipe? ¿No lo tenías que estar cuidando? Ya sabes que ese marimillo es tan cabeza dura como tú.

Sanji trató de hacer memoria. La última vez que había visto a Zoro….había sido como seis horas antes. ¿Dónde podría estar? No podía perderse el baile, él era el anfitrión. Un poco extrañado, el rubio salió de la gran cocina, para recorrer el castillo de arriba abajo en su búsqueda. Pasó incluso por el enorme salón donde sería la fiesta, sin embargo no consiguió encontrarle.

-No puede ser tan estúpido- se dijo a si mismo, rascándose la nuca- para haberse ido a entrenar. Sabe que tiene que estar aquí.

.

.

.

Zoro se quitó el pañuelo de la cabeza y miró a lo lejos. El castillo brillaba, y más allá podía escucharse el escándalo que ya había en la ciudad. Hacía mucho rato que había oscurecido; el baile seguro estaba por comenzar. Suspiró y comenzó a caminar de regreso. En el trayecto se deshizo de su camisa sudada. Su cuerpo tardó mucho antes de resentir el frío, debido al calor producido al entrenar. Llegó al castillo y entró en él por una puerta trasera, sorprendiendo a los sirvientes por su estado.

-Llévenme a mi habitación- les indicó. Uno de ellos lo guió y lo dejó en la puerta.

Zoro entró y lanzó sus espadas sobre la cama. se metió a su baño y tomó una ducha rápida con agua caliente. Se vistió a toda velocidad con un traje negro, donde brillaban dos de sus más importantes medallas. Se puso sus botas nuevas y se miró al espejo. Se pasó los dedos por el cabello y lo controló un poco. Se amarró las espadas a la cintura y estuvo listo.

Comenzó a caminar adonde escuchaba más alboroto y terminó llegando a la cocina, donde Zeff lo sacó a empujones hasta dejarlo en la puerta del salón.

-Es ahí, alteza- le dijo con algo de dureza y se regresó a la cocina. Zoro suspiró. Sabía que tenía que poner su mejor cara, pero terminó por decidir que su mejor cara era la de la seriedad, decidió dejarlo así.

.

.

.

Mientras tanto, ella se ajustó el vestido. Se puso las zapatillas y acomodó su cabello con una cinta. Había tenido que tomar un baño con agua un poco fría; temblaba. Pero también era un nerviosismo enorme que podía con su corazón.

Se puso el abrigo sobre el vestido, y luego se puso encima la maltratada capucha. Sabía que andar tan elegante por las calles sería sospechoso. Finalmente, salió de la casita.

.

.

.

La sorpresa fue general al ver al príncipe entrar al salón. Su presencia era poderosa; se esforzó por poner una sonrisa de seguridad en sus labios y en seguida se ganó las miradas y los cuchicheos y los sonrojos de las jovencitas nobles que estaban presentes; el príncipe era muy buen mozo y por supuesto, el mejor de los partidos. Pero claro, que él nunca se fijaría en cualquier mujer, por Dios, ¡era un príncipe!

La desilusión entre las chicas ya había sido general cuando un rato antes Luffy había llegado con Nami del brazo; la pelirroja traía puesto un bello vestido color vino. Se creía que el joven rey no tenía compromiso pero a lado de la pelirroja se veía más que feliz, y ella también.

Al llegar Sanji, nuevos suspiros se comenzaron a esparcir en todo el salón, pero esto no duró mucho ya que el rubio se dejó ir poco decorosamente sobre todas las chicas lindas que encontró.

Pero en cuanto a Zoro, su llegada provocó admiración…pero también silencio. A diferencia de los otros dos, lucía como si nadie pudiera tocarlo, y quizás quienes pensaban eso tenían razón.

Pasado el shock, el festejo siguió su curso. Faltaba un rato para el primer baile y las parejas ya estaban formándose.

-Hola Zoro san…

El peliverde se dio la vuelta ante la dulce voz y sonrió ligeramente, aunque sin abandonar el tono serio de su rostro.

-Vivi- se inclinó- Siempre es un gusto verte.

-Hacía más de un año que no te veía-sonrió la peliazul- ni a Luffy san o a Sanji san. Pero se siente como si fueran siglos.

La hermosa princesa usaba un vestido en un tono bronce; era llamativo y realzaba el color blanco de su piel. Una cinta roja con una medalla y una sencilla tiara de brillantes eran el resto de sus accesorios; llamativo para cualquier mujer pero apenas lo esencial para una princesa. Se tomó del brazo de Zoro y él la acompañó a saludar a los demás.

Ella y Nami congeniaron en seguida y se retiraron a platicar juntas. Zoro sonrió. En realidad, no tenía muchas ganas de lidiar con mujeres ese día.

.

.

.

Se encaminó por las calles sin llamar la atención de nadie. Por suerte la capa la cubría bastante bien. Se internó entre la gente buscando su rumbo al castillo. Evadió los puestos, los bailes y el alboroto; también las chispas de las primeras luces de bengala y buscapiés que los niños se divertían en encender. El aroma a pólvora comenzó a llenar sus pulmones, pero esto la hizo sonreír un poco. Por primera vez en más de una semana, se sintió viva.

.

.

.

Llegó la hora de abrir el baile y como era de esperarse, Vivi y Zoro fueron pareja. Ya lo habían sido un par de veces antes, en bailes de años anteriores. A la peliazul le avergonzaba un poco la escasa capacidad de bailarín que tenía el príncipe, pero agradecía sus conmovedores esfuerzos por quedar bien con ella. Sin embargo al comenzar a bailar, se sorprendió de descubrir lo bien que lo estaba haciendo.

Zoro por su parte estaba concentrado. No miraba a Vivi, sino a un punto por encima de su cabeza. Imaginaba unos profundos ojos azules en los cuales centrar su mirada mientras efectuaba los movimientos del baile.

La princesa no era la única sorprendida, todos estaban impresionados con el inmejorable desempeño que el espadachín mostraba en la pista de baile. Nami bailaba con Luffy y Sanji con la única dama que no huyó de él en todo el salón.

Pero todas las vistas estaban puestas sobre los príncipes, que sorprendentemente hacían una pareja perfecta.

Cuando el baile terminó, Zoro se alejó distraídamente de Vivi y se fue a servir ponche, tratando de ignorar el rostro extraño que ponía Nami al verlo.

.

.

.

Llegó a las calles principales de la ciudad. Se detuvo cuando unos niños la rodearon, correteando entre ellos. Los miró un momento y sonrió mientras seguía abriéndose paso.

¿Cuánto hacía que no asistía a una fiesta así? ¿Cuánto hacía que no usaba un vestido así de lujoso?

Se quitó la capucha de la cabeza y más de uno en el camino se quedó embobado de la belleza que despedía.

.

.

.

-¿Pasa algo, Nami?- preguntó Luffy, acercándose al balcón donde la pelirroja estaba mirando hacia el bosque, agarrada de la barandilla y con la vista hacia el cielo. Lucía preocupada.

-Hay algo raro en el clima, se siente un cambio muy brusco en el aire- contestó ella en tono pensativo, para luego levantar su brazo y apuntar a los lejos- mira esas nubes de allá. Va a llover, muy fuerte.

Luffy, para sorpresa de ella, le tomó la mano y la llevó de regreso al salón.

-Nunca ha pasado el día de la fiesta- comentó el joven con una sonrisa entusiasta- esperemos que no sea hoy la primera vez, ¿de acuerdo?

Luffy de vez en cuando tenía esos arranques de confianza. La alejó de allí con una sonrisa, para ir de nuevo al salón, ahora a buscar algo de comer.

-Bueno- se dijo la pelirroja, hablando más para sí misma- quizás ocurra algo especial esta noche.

.

.

.

Zoro asistió al lugar del salón donde su padre estaba sentado con otros monarcas que habían asistido a la celebración. Lo había mandado llamar con un sirviente, pero para sorpresa de Zoro, ahora estaba sentado a lado de Nefertari Cobra, el padre de Vivi. Conversaban; Vivi también se dirigía hacia ellos, y le miró, como preguntándole si sabía qué era lo que querían sus padres. Zoro negó con la cabeza. Él tampoco lo sabía.

-Zoro kun…es un placer verte, ya eres todo un hombre- comentó el rey Cobra, saludándole con una informalidad contrastante con la grave inclinación que efectúo Zoro.

-Un placer, señor.

-Hermosa Vivi, qué alegría ver que estés bien. Te has convertido en una mujer muy bella-comentó el padre de Zoro, mientras la princesa se inclinaba con una sonrisa jovial.

-Para mi es un gusto verlo, señor.

-Iremos al grano, ya que ambos son jóvenes muy inteligentes y fuertes- decidió Cobra al ver la cara que había puesto Zoro, como de impaciencia, como esperando a que le dijeran qué tenía él que ver en eso.

-Zoro…tu y Vivi se conocen desde hace mucho, ¿cierto?

-Sí, padre.

-¿Se agradan?

Ambos se quedaron callados. Ninguno esperaba tener que contestar semejante pregunta.

-Encuentro una gran compañía en Zoro san, majestad. Es un caballero en todo el sentido de la palabra y un joven excelente en cualquier aspecto. Para mi es un honor poder llamarme su amiga.

Vivi se mantenía estoica, pero al parecer, tanto ella como Zoro sabían a donde iba aquello.

-Opino lo mismo de Vivi san, señor-contestó Zoro, en un tono inusual en él- es una mujer magnífica y…para mi también es un honor contarla como mi amiga.

Los dos reyes se miraron y asintieron.

-Como sabrán…la unión de dos reinos con una boda es una alianza sagrada e irrompible. Ustedes…están en edad. Se llevan bien y son compatibles en muchos aspectos- explicó Cobra- su matrimonio sería muy beneficioso para ambos reinos.

-Pero esto, claro- interfirió el otro rey- solo será si ustedes están de acuerdo.

Zoro frunció el ceño, tratando de ahuyentar de su mente la única imagen que la había ocupado en los últimos días. Esos ojos mirando profundamente los suyos, esa boca semiabierta, húmeda, esperando otro beso, ese pecho desnudo subiendo y bajando, intentando respirar con normalidad otra vez.

-Yo…haré todo lo que sea necesario por hacer un bien a mi reino- declaró la princesa, firme y valientemente, mirando de reojo a Zoro. El peliverde pensó rápido y decidió….que había cosas que simplemente no estaban en sus manos. El pasado se había quedado atrás. Robin debía quedarse como un sueño, como una pintura, como un cuento, guardado en algún cajón telarañoso de su memoria. Era lo mejor.

-Estoy dispuesto- declaró-a compartir mi vida con la princesa Vivi. Estoy seguro de que la nuestra será una unión ideal.

.

.

.

Se quitó la capa cuando vio más cerca el palacio. La gente se apartaba al verla pasar, lucía verdaderamente hermosa. A pesar de que la mayoría de los invitados llegaban en elegantes carruajes, ella llegó a la puerta a pie, con una gran tranquilidad. Mostró una invitación al hombre que custodiaba la puerta del castillo y sonrió de una forma tan suave, tan elegante y con tanto dominio de si misma, que el hombre no dudó que estuviera invitada.

Entregó su abrigo y comenzó a caminar con mayor seguridad todavía.

Subió por las escaleras hasta llegar a las puertas principales del salón, y entró en este. Alrededor de la pista de baile la gente estaba de pie, viendo algo, al parecer muy especial. Sus ojos entonces ubicaron a qué se debía y se acercó un poco más.

.

.

.

-Buenas noches, amigos. Muchas gracias por asistir al baile de invierno de este año- el padre de Zoro hizo el saludo, aunque formalmente el peliverde fuera el anfitrión- esperamos que se diviertan mucho y que pasen una bella velada. Quisiera aprovechar este momento para hacer un anuncio muy importante.

Zoro y Vivi caminaron hacia él, ante la sorpresa de todos los presentes.

Nami sintió un vuelco en el estómago y vio hacia la puerta, encontrando en ella a la única persona que en esos momentos no quería ver allí.

-La princesa Vivi…y el príncipe Zoro se conocen desde niños- dijo el rey- y es mi placer anunciar que a partir de esta noche, ellos están comprometidos- tomó la mano de Zoro y la juntó con la de Vivi- su matrimonio no solo unirá sus vidas, también creará una alianza de paz y prosperidad para ambos reinos.

Se dejo escuchar un gran aplauso de entre la multitud. Vivi apretó la mano de Zoro, y el peliverde le correspondió. Se miraron de reojo un momento. No, ninguno lo quería de verdad, pero, ¿qué remedio?

Zoro de pronto sintió…recordó que el no tendría porqué estar allí…

Si Kuina hubiera vivido… él estaría, probablemente, parado junto a Sanji, observándolo todo. Tendría como pareja a cualquier otra chica. Probablemente Luffy estaría bailando con Vivi y estarían comprometiendo en matrimonio a Kuina con alguien más, y eso no afectaría su vida, solo sería un espectador. Pero sobretodo, no habría conocido a Robin, no la estaría recordando en ese momento, no estaría sintiendo su respiración contra su rostro, o sus labios sobre su cuello, y sobre su pecho.

De pronto se sintió irreal, absurdo. Todo lo que estaba ocurriendo alrededor de él…era como si sucediera en otra dimensión…la gente…los rostros eran conocidos pero sentía que estaba en medio de desconocidos…veía a sus amigos y de pronto ninguno le pareció familiar.

Vio a la multitud aplaudir y gritar algo…

No comprendió en seguida pero creyó distinguir la palabra "beso" entre sus gritos. Volteó a ver a Vivi y la vio sonrojada, y sintió como posaba su mano en su mejilla y se alzaba en puntas hacia él, y conseguía unir sus labios en un beso superficial, pero que fue suficiente para que la gente comenzara a gritar y a aplaudir con más fuerza. Cuando se separó de ella, algo molesto por todo aquello, en ese instante, apenas fue que su vista volvió al público.

Y fue entonces que se encontró con esos ojos azules, profundos y bellos….que lo habían cazado en sueños…que había visualizado para poder entrenar con fuerza, con furia…que había alucinado en sus recaídas, que había imaginado para impulsarse al bailar. Eran reales, estaban a varios metros de él y ahora lo veían.

El resto del rostro de la morena mostraba una especie de confusión. De pronto todo a su alrededor se detuvo y solo estuvieron ellos dos. No sabía qué hacer… ella lo había visto todo…

.

.

.

La vio ahí de pie. Hermosa, con un vestido azul que la hacía ver como una princesa, con sus bellos hombros descubiertos, su preciosa figura, que parecía estar perdida entre todo ese mar de gente, todos tan indiferentes, tan grises, tan ajenos a su presencia y a la historia que compartían… ella abrió un poco los labios, como si fuera a decirle algo, pero los cerró enseguida. Aplaudió un par de veces mientras el resto de la gente lo hacía…luego dio dos últimos aplausos, pausados y lentos. Se detuvo, se dio la vuelta y salió corriendo de allí.

Zoro soltó violentamente la mano de Vivi y dio dos pasos cortos ante la vista de los demás. Todos voltearon a ver a donde el peliverde lo hacía…pero allí no había nadie. El baile se reanudó en segundos y Zoro se vio arrastrado por las personas, que lo felicitaban y lo jaloneaban de aquí a allá a pesar de la extraña reacción que había tenido segundos antes.

Miró a Nami, que estaba sentada en una silla sujetándose la cabeza, con Luffy a lado de ella ofreciéndole de comer y preguntándole, probablemente, porqué estaba así. Ella solo lo trataba de alejar un poco y volteaba a ver a Zoro… ¿ella lo sabía todo?

Como pudo, el espadachín se liberó de los abrazos, de las conversaciones…de su padre, de Vivi, de Cobra… de Luffy, de Nami, de Ussop, de Chopper…de todos…y corrió a la puerta…

Salió del castillo, volteando a todas partes sin poderla visualizar. El frío se había vuelto casi insoportable…pero la gente estaba en las calles, gritando, bailando, celebrando alegremente. Zoro los miró y a su mente vino un rápido flashback….muy niño, él había estado allí.

Corrió y se internó entre las calles. Buscó entre la gente. Corrió, temiendo perderse como siempre, pero a estas alturas, ¿qué era lo peor que le podía pasar?

Debió pasar una hora antes de que toda la gente del palacio saliera en estampida y se mezclara con las personas que celebraban en las calles de la ciudad. El alboroto se hizo todavía mayor. Zoro siguió corriendo, tratando de encontrar de nuevo esos ojos azules, esa piel morena que tanto había deseado (aunque no lo dijera) volver a ver, volver a tocar.

Sintió como lo atropellaban, sintió en su nariz el olor a comida, a pólvora. Escuchó la música, escuchó los gritos… y se escuchó a si mismo…escuchó su voz gritando por ella, llamándola por su nombre, como deseaba hacerlo siempre.

Preguntándose si no había sido una visión…una trampa de su debilitada mente o de su cuerpo, a los que no había dado descanso pese a sus amigos y a su mal estado de salud.

Se alejó de los alrededores de la ciudad que conocía y se internó en los peores lugares que hubiera visto, pero que de todos modos le parecían familiares, como sacados de una pesadilla… mientras caminaba la fiesta que en el palacio parecía tan bella y llena de vida se transformaba poco a poco en un camino de decadencia, de gente tirada en el piso, de borrachos, de llantos que venían de la nada, de charcos, de bares, de enfermedad, de vida callejera…

Y de pronto, en medio de la fría niebla de toda aquella inmundicia… una imagen…. Una silueta.

Apretó los puños y corrió tras ella, viendo entre las gotitas de llovizna que empezaban a caer, su espalda y sus brazos descubiertos, tiesos a los lados de su cuerpo, entre una especie de niebla que se esparcía en las calles… tal vez era su imaginación pero, ¿acaso estaba temblando? Sí… el frío calaba hasta los huesos y ella no traia abrigo. Siguió corriendo pero no la alcanzaba… no la alcanzaba…

Ella dio vuelta en una esquina y él corrió tratando de ignorar todo lo que sucedía a su alrededor, solo tratando de dar alcance, tratando de ahuyentar el frío, la oscuridad y la incertidumbre…

Dio la vuelta tras ella…

Pero todo lo que vio ante sí fue un callejón vacío. Oscuro, frío, húmedo y vacío.

Sin embargo, un peso se hacía presente sobre su cuerpo, sobre su espalda. Su respiración estaba agitada por la carrera, por los nervios y por todo lo que se le había acumulado en el cuerpo en esos escasos minutos, sin embargo, logró tranquilizarse poco a poco…y cuando lo hizo, percibió otra respiración, que al compás de la suya, trataba de bajar la velocidad, el volumen y la intensidad.

Volteó. A su izquierda, pegada contra la pared, ella lo miraba.

Se quedaron de pie uno frente al otro… Zoro sintió en seguida tantas cosas en su mirada…reproche, tristeza, resignación.

-Robin…-su nombre sonó más a un soplido que a una palabra- yo…

-Lo siento si creíste…que te había traicionado- dijo ella, interrumpiéndole con una voz muy débil- espero que comprendas que esa no fue mi intención, nunca lo fue. Yo…debo volver…tu debes volver también.

-Robin…- se acercó abriendo sus brazos ligeramente hacia ella, pero Robin se encogió contra la pared, sintiendo como su cuerpo se entumía.

-No me debes nada…-le dijo, tratando de no apartar la mirada-así que deja de decir mi nombre de ese modo.

Zoro guardó silencio un momento. Solo la observó temblando bajo la llovizna suave que continuaba cayendo sobre ellos.

Se acercó un poco más y ella se encogió más todavía.

-No puedo decirlo de otro modo- protestó, acercándose a ella, tan peligrosamente, tan tentadoramente, tan dulcemente, que Robin por un momento no supo que hacer…hasta que reaccionó con sus poderes y volteó la situación, golpeándolo contra la pared donde ella estaba antes recargada.

-Basta- pidió ella con determinación mientras sus manos sujetaban al peliverde por los hombros-ya ha sido suficiente.

Pero él seguía mirándola de ese modo…y su voz seguro sonaría de ese modo…

Como si tuviera algo de qué disculparse. Robin lo supo enseguida.

-Vete…- pidió mientras se inclinaba hacia él y recargaba su frente en uno de sus hombros, en una completa contradicción entre sus actos y sus palabras.

Zoro le sujetó los hombros y se sorprendió del tacto helado que tenía la piel de estos. Al sentir el calor de las manos de Zoro, ella se alejó de nuevo.

-Vete- repitió, clavando las uñas en sus hombros- vete.

Zoro la observó un segundo. En un movimiento rápido, que ni él mismo se esperaba, desenvainó sus espadas y la empujó hasta golpearla contra la pared contraria, clavando ambas katanas, una a cada lado de la mujer...

Como tantas veces en los entrenamientos.

Como tantas veces en sus sueños.

-No.

Y se miraron de nuevo a los ojos. Una brisa, un estremecimiento, una gota de agua. La piel de la mujer estaba fría. Quitó sus katanas pero no por eso se separó de ella. Se quitó la chaqueta y se la ofreció.

Ella había dejado el abrigo en el castillo. Y al salir, no lo había pedido de regreso. No quería perder tiempo para perderse entre la niebla.

Y se negó a aceptar la chaqueta.

Él insistió. Ella se negó. Forcejearon. Se miraron. Se retaron. Y sus respiraciones se mezclaban con el aire frío, con la humedad, con los gritos de la ciudad a lo lejos. El forcejeo se volvió violento, las miradas feroces, la respiración perdió por completo el ritmo.

-¡Robin! ¡Sólo tómala, maldición!

Por toda respuesta, ella se quedó quieta. De pronto, unas gruesas gotas de lluvia comenzaron a caer sobre los dos. Alcanzaron los hombros y el escote de Robin y el cabello de Zoro. Ella aprovechó la confusión que de pronto él sentía para empujarlo y salir corriendo de allí.

Pero él la siguió. Corrió tras ella tan fuerte como pudo, procurando no perderla de vista, ya que si lo hacía, todo se iría al demonio.

Ella corrió internándose cada vez más en los callejones de los lugares más inhóspitos del reino, y él la persiguió bajo la lluvia que caía sin piedad sobre ambos, que lo comenzaba a congelar, que le hacía difícil la vista y la respiración, que hacía pesadas sus ropas, que hacía que dolieran todos los huesos de su cuerpo.

Robin no se podía detener. A pesar de que estaba congelada, de que la lluvia le causaba dolor con cada feroz gota que caía sobre ella…no, no podía detener su carrera.

Estaba asustada, ya que, literalmente…huía de una tentación, quizás la más fuerte y peligrosa que hubiera enfrentado en su vida.

Zoro siguió tratando de darle alcance con verdadera desesperación, mientras ella sentía con cada vez mayor claridad como si su aliento le chocara contra la nuca. Llegaron a un callejón. Llegaron ante una puerta.

Robin abrió de un empujón pero no pudo evitar que Zoro entrara tras ella y la empujara adentro con violencia, y que la sujetara de la cintura de una manera posesiva mientras la besaba profundamente. Ambos chorreaban el agua de lluvia y temblaban por el frío. Ambos sentían como la barbilla les temblaba y cómo este temblor hacía del beso algo tosco, desesperado, pero a la vez, sublime, satisfactorio y cálido. Se mordieron los labios mientras sus dedos ansiosos estrujaban el cuerpo del otro, ella le sujetaba los fuertes brazos y él apretaba su cintura, jalándola hacia su cuerpo cada vez más.

Separaron sus labios, y vieron sus cuerpos, empapados por la lluvia.

-Vete- pidió ella una vez más, mirándolo fijamente, con la voz firme a pesar de que el temblor no había pasado. Tanto que cualquiera hubiera creído que realmente lo deseaba, que él se fuera. Cualquiera, cualquiera menos Zoro.

En lugar de protestar, de contradecirla, de quejarse, se acercó un poco a su rostro y le besó la frente mientras le sujetaba el mentón con una mano. Ambas pieles, frías y húmedas, chocaron, provocando un temblor aún mayor debido al frío que sentían, pero poco a poco la mano y el rostro generaron algo de calor, reconfortante para ambos cuerpos en ese momento. Robin cerró sus ojos y se dio por vencida.

Levantó la mano y tocó también el rostro de Zoro, sin mirarlo. Sintió como sus dedos tocaron los labios, y estos se abrieron, dejándole el paso libre, humedeciéndolos un poco con su lengua. Robin recorrió los labios de Zoro con sus dedos, sintiendo su textura, su suavidad, en la misma caricia que él había efectuado sobre ella aquella vez. Bajó un poco su dedo, recorriendo su barbilla, y luego siguió en línea recta, cuello abajo, deteniéndose en la abertura del cuello de su camisa.

Zoro traía el saco en la mano; lo tiró al piso al sentir que ella comenzaba a abrirle los botones de la camisa. La vio humedecer su dedo de nuevo, pero esta vez con su propia saliva, y comenzar a recorrer con él su pecho… a pesar de que en ellos la humedad de la lluvia era evidente. Sintió su piel erizarse por el tierno y a la vez intenso contacto.

La camisa también terminó en el suelo. Cuando ella terminó de recorrer su pecho y su abdomen, él detuvo sus manos.

-Estas helada- le dijo con suavidad, pero con una extraña timidez- no es que me disguste…que me toques. Pero es algo que puede arreglarse.

Y dirigió sus manos a la espalda de la morena, buscando el broche del vestido. No quería ser el único expuesto allí. Para disminuir un poco la tensión, se inclinó sobre ella y la besó de nuevo, suavemente.

El pesado vestido quedó en el piso, lo mismo que unos pantalones, también pesados, y tres igualmente pesadas katanas quedaron recargadas contra una solitaria silla frente a una mesa bastante maltratada, sobre la que descansaba una vieja lámpara de aceite, que nadie quizo encender.

Sin dejar el beso, se dirigieron despacio a la cama, caminando lo más lentamente, con cuidado para no caer.

Zoro se sentó en la orilla, y sujetó a la mujer de la cintura para sentarla sobre él. Robin comprendió lo que él deseaba, se subió a sus piernas y cruzó las suyas detrás de la espalda del peliverde. Las caricias aumentaron en cantidad, en presión, en velocidad, en ansia. El calor aumentó poco a poco, ya liberados ambos de la pesada ropa húmeda y tan íntimamente juntos que podían casi escuchar los latidos del corazón del otro. Se ahogaban en besos. Se perdían en caricias.

Zoro se fue acomodando hacia atrás hasta recostarse sobre la única almohada que encontró. Sintió una lengua cálida que recorrió su cuello mientras un escalofrío recorría su cuerpo, y en respuesta, la aferró más contra él, clavando con fuerza los dedos en su perfecta cadera. Pensó rápido en un punto débil, como cuando peleaban, así que se movió hasta que sus labios encontraron su estómago y besó y lamió esa piel, disfrutando de los suaves gemidos que ella soltaba mientras aferraba su hombro con una mano y con la otra le sujetaba la cabeza, debatiéndose entre alejarlo de allí o dejarlo que siguiera, urgirlo a que siguiera.

La soltó por un momento, y dejó que ella misma regresara a sus labios y se aferrara a ellos, en busca de tranquilidad, de reposo o simplemente para seguir el juego.

Un concierto de mordidas invadió ambos cuerpos a continuación; no eran capaces de soltarse aunque quisieran hacerlo. La necesidad que sentían del cuerpo del otro, era demasiada. La sed que tenían de la lluvia, en la piel del otro, fue repentina y exigió una satisfacción inmediata. Y el hambre que sentían de besos, de mordidas, de caricias, era lo que los había estado matando desde que Zoro se levantara aquella vez, solo para abrir la puerta.

Robin se movió suavemente, haciendo que Zoro la penetrara. Mientras entraba en su cuerpo, ella le arañaba la espalda y pegaba la cara a su pecho. El peliverde la acariciaba, sintiendo en seguida una oleada de placer. Al quedar totalmente sentada sobre él, ella apenas podía respirar. Zoro se incorporó de golpe y la abrazó contra él, lamiendo sus orejas, su cuello, y finalmente apoderándose de sus labios una vez más. El ligero balanceo que creó con este movimiento fue brutal. Aun en medio del beso, pudo sentir el fuerte gemido descargándose dentro de su boca. Se acariciaron más y más mientras Robin se calmaba un poco, no dejaba de temblar.

Las paredes se humedecieron por la fuerte lluvia que no dejaba de caer afuera. La ventana, cerrada con dos pedazos de madera, parecía que en cualquier momento colapsaría por el furioso viento, pero no fue así. La habitación seguía helada, pero ellos no lo notaron en lo más mínimo.

Zoro se movió para colocarse encima de Robin. Besó su cuello con suavidad mientras comenzaba a embestir lentamente en su interior. Siguió y siguió, aumentando un poco el ritmo, luego bajándolo. Sus manos bajaban por el cuerpo de la mujer mientras ella correspondía a cada uno de sus movimientos con caricias suaves.

Los gemidos inundaban el lugar, amortiguados ligeramente por el sonido de la lluvia que no dejaba de caer afuera.

Se miraron una vez más antes de juntar sus labios de nuevo. Ella le sujetó la cara, y él la abrazó juntando su pecho al de ella. Siguieron besándose al ritmo de las embestidas, primero suavemente, luego con más fuerza…

Se fundieron uno en el otro. Se llenaron de suspiros y de besos, y perdieron la consciencia finalmente en medio de un grito desesperado; el nombre de su amante…lo único que podían pensar en esos momentos, en medio del incendio de placer que los estaba quemando vivos a los dos.

Siguieron besándose aún sintiendo los últimos espasmos dentro de sus cuerpos. Separaron sus bocas y Zoro se retiró del cuerpo de Robin para poder tomar una sábana y cubrirlos a ambos del frío. Ella le dio la espalda, pero él aprovechó para abrazarla por la espalda y apoyar la barbilla en su hombro.

Y para ella, aquello fue un gran alivio.

-Te necesitaba- sintió un estremecimiento profundo al pronunciarle esto en el oído. Esperó una réplica que tratara de alejarlo o un incómodo silencio, pero lo que obtuvo fue que ella levantó su mano hacia él y le acarició la barbilla.

-Y yo a ti. Pero…- ese "pero" causó un vuelco en el estómago de Zoro- esto es una gran falta.

-Si hubiera sabido que volverías no lo hubiera hecho. Pensé que nunca volvería a verte.

Robin se removió un poco pero no buscó alejarse, al contrario, se diría que buscaba un poco más de comodidad, un poco más de contacto con su cuerpo.

-Ya te dije que no me debes nada. Yo fui la que falló- acarició un poco la barbilla y subió la mano hasta tocar su cabello. Parecía inquieta, pero definitivamente más serena que antes. Zoro solamente quería seguir sintiendo el aroma de su cabello- Tienes…tienes un compromiso ahora.

Zoro besó su hombro.

-No me importa.

-Es importante- repuso ella- hay muchas cosas implicadas en una situación así. No es algo que puedas romper con facilidad. Además, como príncipe, el bienestar de tu reino es tu primer deber. No puedes ponerlo en peligro por un simple capricho.

-No es un capricho. Y…- lo pensó un momento, y frunció el ceño al darse cuenta- ¿cómo sabes eso?

Fue lo primero que le habían enseñado al ser adoptado como nuevo príncipe. El bienestar de su reino.

-Es un capricho- confirmó ella, sin que Zoro pudiera seguir procesando sus propias dudas, para concentrarse en lo que le decía-… no es algo…verdadero.

-Es verdadero ahora mismo- repuso el príncipe, susurrándole al oído- y eso es más que suficiente para mi.

Ella suspiró un poco cuando sintió la lengua cálida recorrer su oreja…luego besar su cara, y bajar lentamente por su cuello, el cual marcó como su propiedad succionando y mordiendo a su paso. Bajó hasta su hombro y siguió por su brazo. Luego se internó en su costado, en sus costillas, luego el borde de su estómago, de su cintura y de sus caderas…mientras ella le pedía sin convicción que se detuviera, por favor, y él se negaba rotundamente, con firmeza y con una voz ronca que no hacía sino erizarle la piel a ella.

La haría suya de nuevo…se detendría si ella se lo pidiera de verdad, pero en esos momentos ambos sabían que eso era lo último que ella hubiera querido.

Entrelazaron sus manos mientras ella quedaba boca abajo, y el encima, comenzaba a besar su nuca y seguía para besar húmedamente su espalda mientras sus manos soltaban las de ella para acariciar sus piernas.

Vio como ella se aferraba a la almohada para resistir, y sonrió.

Se agachó hacia ella, y buscó su boca. Se besaron como pudieron en esa posición. Zoro deslizó sus manos debajo de su hermoso cuerpo para acariciar sus senos mientras no dejaban de besarse y estuvieron mucho rato así. Ella le acariciaba los brazos mientras él no dejaba de explorar su cuerpo con ternura, dejando a su paso un verdadero incendio en la piel de Robin.

Comenzó a penetrarla de nuevo. El beso se cortó por el gemido de sorpresa que dio ella, dejándose caer en la cama mientras una lágrima se dejaba caer por su rostro.

-Zo…Zoro…-gimió, buscando cambiar la posición. Se separaron y ella se dio la vuelta, para quedar de frente otra vez.

Siguieron así. Les gustaba más…poder verse, poder tocarse, con suavidad, con facilidad. Alcanzaron el orgasmo una vez más y se derrumbaron de nuevo uno en el otro. Continuaron por horas, de todas las maneras que se les ocurrió amarse, poseerse, uno al otro, como siempre hubieran querido hacerlo.

La mañana no trajo claridad. De hecho nunca se dieron cuenta si había amanecido o no, pero las horas habían sido largas y sabían que ya tenía que ser de "día", a pesar de que afuera seguía terriblemente nublado. Lo único que estaba claro era que la lluvia había disminuido para convertirse de nuevo en una suave llovizna que, sin embargo, no parecía que fuera a detenerse pronto.

Robin tuvo que preguntarse cómo habían terminado así. Ella estaba acostada completamente sobre él, que no dejaba de acariciar su espalda. Olía a él. Todo su cuerpo estaba lleno de su saliva, de sus labios, de su cuerpo, de su esencia. Nunca antes se había sentido así. Tan entrelazada a alguien. Tan unida a alguien.

-Yo…vivía aquí- dijo Zoro de repente, rompiendo la quietud- a…aquí era donde vivía antes de conocer…a Kuina…

Robin levantó un poco la cabeza hacia él, que parecía sorprendido al mirar el techo.

-Re…recuerdo esas vigas de allí. Siempre pensé que terminarían por caerse...- le dijo, apuntando a una cuya madera parecía especialmente podrida- y esa mesa y esa silla… esta vieja cama…también era mía.

Robin volvió a recostar la cabeza en su pecho.

-¿Vivías con alguien?- en realidad, no le sorprendía…de alguna forma, era una coincidencia poéticamente perfecta.

-No…estaba solo…-suspiró- desde que tengo memoria…he estado solo.

Y dieron el tema por zanjado.

Hacía unos diez minutos que habían terminado su último "encuentro". Habían dormido en pequeñas intermitencias. Pocas palabras se habían cruzado pero ambos sabían que no había necesidad. Sin embargo con el día, todo comenzaba a aclararse.

-Debes volver- insistió ella. Había sido hermoso, no podía negarlo, pero ¿para qué engañarse? Ella sabía…y él también sabía, lo que un compromiso así implicaba. ¿Cómo explicaría que lo quería romper? ¿Porque amaba a otra mujer? ¿Y eso cómo dejaría a Robin? No era fácil….no, no lo era, de hecho era casi imposible que la aceptaran así nada más. No temía por su padre, pero, ¿el resto? La juzgarían sin piedad. No podía someterla al sufrimiento que aquello implicaba, a pesar de lo fuerte que era, el boicot podía provenir de cualquier parte. ¿Y si Cobra se molestaba? ¿Y si rompían la amistad entre ambos reinos? Era lo mismo. Sabía que Vivi era muy noble y lo iba a comprender, pero ¿Y la gente de Arabastra? La querían tanto que tratarían de matarlo a él. No era que les tuviera miedo pero…

La primera responsabilidad de un príncipe era, como había dicho Robin, el bienestar de su reino.

-Si tuviera tiempo tal vez…

-No hay tiempo para nada- repuso Robin, apretándose un poco más contra él- debes cumplir. Debes hacerlo.

Y se besaron una vez más. A estas alturas, los labios ardían casi hasta sangrar. Sus pieles estaban cubiertas de marcas. Pero no estaban saciados el uno del otro. Zoro giró sobre ella y jugaron un rato antes de llegar a unirse, a ser uno solo de nuevo. Siguieron un ritmo lentísimo en comparación al resto de la noche, y alcanzaron un clímax silencioso, compartido, íntimo y cálido. Se quedaron unidos por un rato largo. Demasiado largo.

-Vete- pidió ella. Sin dejarlo de abrazar. La contradicción provocó en el príncipe una sonrisa cansada, triste, derrotada. Sabía que esa era la definitiva.

Porque aunque lo intentaran…aunque siguieran haciendo el amor por días, eso no les traería paz, a ninguno de los dos.

-¿Qué harás tú?

-No importa. Tienes que irte. Deben estar preocupados por ti.

Las cosas se habían puesto en perspectiva. Ambos sabían que ella tenía razón. Pero, ¿para qué querían razón?

Sin embargo…Zoro tenía un sentido del deber demasiado fuerte. No podía ser malagradecido con tantas personas. Aunque amara a Robin… había aprendido (o se había obligado) a ser primero un príncipe, y luego, ya casi al último, a ser Zoro.

Sin muchas ganas se incorporó de la cama. Buscó su ropa y se vistió. Seguía húmeda, pero no le importó.

-Algún día…iré por ti. Será pronto, no lo dudes- prometió con un intento de sonrisa. Ella, desde donde estaba recostada en la cama, le sonrió también a medias.

-Ojala así fuera…pero por el bien de ambos…quizás lo mejor será que nunca nos viéramos de nuevo.

Zoro tomó sus espadas y las amarró a su cintura. No dijo nada más. La miró por última vez y se fue.

Robin se incorporó con gran esfuerzo. Sus piernas resentían la actividad reciente.

Bajó de la cama, cubriéndose con una sábana que aferró a su cuerpo; el aroma no se iba. Caminó hasta el baúl y tomó un vestido y ropa interior limpia. Buscó el agua que Nami le había traído para bañarse, y se aseó despacio, ya que estaba muy fría.

Se vistió rápidamente y arregló el lugar lo mejor que pudo, antes de decidir que era hora de irse. Buscó papel y lápiz y acomodó sobre la mesa todo lo que la pelirroja había tenido a bien llevarle. Escribió una nota explicando un poco lo sucedido. Se despidió y le agradeció todo lo que había hecho por ella, y por ayudarle a creer, aunque al final no hubiera salido como ellas querían.

Robin miró la carta y lo pensó un momento. Si Zoro la aceptaba de vuelta…si él no tuviera ese compromiso… ¿ella podría quedarse con él? ¿Y la organización? ¿Qué les hubieran hecho de haberse enterado que ella los traicionaba?

De cualquier forma habría sido demasiado peligroso. Se dijo a si misma que no había caso, por donde lo mirara era algo completamente sin futuro…pero…si él se lo hubiera pedido… ¿habría corrido el riesgo?

Lo más probable…era que sí.

Dobló la hoja y la dejó en la mesa.

Tomó un pequeño suéter y se lo puso. Salió de allí.

Una vez que salió al callejón, una voz llamó a sus oídos.

-Nico Robin, ¿tienes idea de la hora que es?

-Mmm… ¿medio día?- preguntó ella sin voltearse, esperando simplemente que él llegara hasta donde ella.

-Son casi las seis de la tarde. He estado esperando demasiado.

Robin se sorprendió. Pero no se arrepentía de nada.

-¿Quién era ese hombre? ¿Tu "dueño"?´- preguntó, haciendo referencia a la subasta.

-Sí. Él era.

-No me digas que te compró para su entretenimiento personal.

-No…bueno…te contaré en el camino. ¿Está todo listo?

-Sí. Iremos a la base tres, es la más cercana. ¿Fue donde te vendieron, no?

-Sí. Está bien. Tengo una pequeña cuenta pendiente con Mr. 3.

Guardaron silencio un momento al caminar. Él siguió preguntando.

-¿Qué te ocurre?

-Estoy muy cansada.

-¿Funcionó lo que sea que estuvieras planeando?

-Créeme…si hubiera funcionado, yo no estaría aquí. Seguiría en esa casa-sonrió- o tal vez en otro lado, pero no en camino a la base tres, eso es seguro.

-Robin…lo que sea que pasara…tú sabes que no soy como los otros agentes…

-Será porque ni siquiera eres agente, sino un deudor, ¿O me equivoco, "rey del bajo mundo"?

-Ya. Sabes a lo que me refiero.

Robin sonrió un poco.

-Claro que lo sé. Pero ahora no. ¿Rentaste un carruaje?

-Sí. Supuse que no querrías montar a caballo en un frío como este.

-Bien. Entonces te contaré cuando subamos al carruaje. Sé que puedo confiar en ti…Franky.

Continuará…

Otro capitulo que disfrute tanto escribir…

Uff.

Bueno, creo que con este capitulo llegamos a algo así como la mitad de esta historia.

Ahora se preguntarán ¿qué pinta Franky en todo esto?

¿Y qué pasará ahora con mis preciosos Zoro y Robin?

Nótese que este capitulo tiene un poco más de cuento de hadas.

El "hada madrina" que ayuda a la heroína, el baile, etc.

Muchas gracias a todos por sus reviews. De verdad que no saben lo mucho que me impulsan para seguir escribiendo capítulo tras capítulo de este fic.

Nos leemos pronto

Aoshika October