CAPÍTULO 43

Snape meditó su conversación, la propuesta era casi imposible, más viniendo de una mujer que nunca había mostrado simpatía por él, sin embargo, sin saber el por qué hizo caso y su conducta fue ejemplar. El día acordado llegó los nervios estaban presentes, pero eran evidentes. Cuando ya dudaba de la aparición de su "salvadora", la vio aproximarse con tranquilidad, jugueteando con un llavero viejo y oxidado, sin decir nada, buscó y escogió una llave, la introdujo en la cerradura y la celda se abrió.

-Listo, larguémonos de aquí-. Él no se movió, en su pensamiento la idea de que estaba loca, era firme, pero se veía tan normal, tan segura, que optó por preguntar:

-¿Tan fácil? ¿Voy a salir por la puerta principal?

-Así es.

-Pero… ¿no me harán daño? ¿Y Alastor?

-¿Moody? Seguramente te extrañará, pero no intentará nada…tiene sus debilidades como cualquier hombre. Y si no tienes más que decir da un último vistazo, si es que lo deseas. No es agradable para mí sentir éste piso-. Snape deseaba cuestionarle tantas cosas, pero entendiendo a la mujer no lo hizo y la siguió.

Los pasillos estaban vacíos, como si se tratara de una cárcel fantasma, sus pisadas ocasionaban eco, bajaron cientos de escalones, sin interrupción alguna. Al ver la entrada principal, Snape corrió por impulso, su corazón se aceleró, atravesó la puerta, miró al cielo alzando las manos, brincando, hasta que reconoció la tétrica figura de los dementores. Esperó a que la mujer lo alcanzara, ella no se burló de la expresión de felicidad, lo tomó por la muñeca para sacarlo de su ensimismamiento, no lo soltó hasta que terminó de explicarle lo que harían.

-Escúchame con atención. Nos trasladaremos a un sitió secreto, a unos cuarenta kilómetros de aquí. Has perdido tu magia y estás delicado, por eso no podemos utilizar la aparición. Al llegar encontraremos un traslador. Ahora- con un movimiento de varita surgieron dos escobas, le otorgó una, preocupada le preguntó: -¿crees poder volarla sin dificultad? Es un viaje largo-

-Sí, lo único que quiero es irme de aquí- montó la escoba.

-Espera, no pensarás que voy a dejarte con esos harapos- con una palabra el uniforme andrajoso se convirtió en una camisa y pantalón en color azul marino que se complementó con una capa larga y gris, los zapatos se quedaron igual (sucios, a punto de romperse), pero él ni siquiera lo notó, acariciaba con el entusiasmo de un niño su vestimenta. Le dio las gracias retraídamente.

-Vamos-. Emprendieron el viaje. Snape disfrutó cada roce del viento sobre su rostro, seguía a la mujer, aunque en ocasiones sin resistir, se aceleraba y tomaba la delantera, aun ignorando la ubicación del sitio al que se dirigían. Cada metro avanzado era un nuevo respiro, que le permitía un triunfo a sus desastrosos últimos dos años, principalmente. Redujeron la velocidad y descendieron lentamente. Un paraje boscoso los recibió, caminaron por un par de minutos. Se detuvieron delante de una roca y encontraron un portarretrato roto.

-Es aquí, a la cuenta de tres. Uno…dos…tres-. Ambos tocaron el objeto. Sintiendo que se hundían y abatían en el vacío. Con movimientos casi mecánicos cayeron en un huerto, iluminado por una luz blanca proveniente de decenas de faroles circulares. Una casona de madera pintada de blanco se levantaba a unos cincuenta metros. Algunas luces se reflejaban en las delgadas cortinas que cubrían los ventanales. Salieron de entre los arbustos y siguieron el camino de piedra rojiza. El silencio de la noche era abrumador, con la brisa helada que entonaba una sinfonía con ayuda de los grandes y frondosos árboles dorados, el cielo despejado que se perdía más allá de la vista y el murmullo de un río inquieto que reclamaba atención.- "Un verdadero paraíso"- pensó Snape. Le hubiera gustado que Charlotte estuviera presente, si se hubieran casado, ese sería su hogar.

-¿Dónde estamos?

-En la ciudad de Glendalough, del condado de Wicklow- él puso cara dubitativa- Irlanda- dijo fastidiada.

-¿Qué hacemos aquí?

-Ya te responderé cuando mi ánimo sea el ideal. Cuidado con los escalones.- subieron pasando la mano por el barandal, ella le abrió la puerta. Entró con timidez. La calidez lo envolvió de inmediato. Un saloncito campestre, con muebles de mimbre natural, una alfombra con un bordado en tonos rojizos, el fuego encendido en una lujosa chimenea que sostenía diversos retratos que no pudo distinguir, paredes tapizadas en color marfil, lámparas doradas. Disfrutaba cada rincón por el cual posaba sus ojos, no se había movido un solo paso. Alguien bajaba las escaleras a toda prisa, perturbando la tranquilidad. Se detuvo al mirarlo, lo reconoció, a pesar de su físico y sin ninguna expresión de repulsión, se acercó con las manos al frente que él asió de inmediato.

-¡Oh, Severus!- unas lágrimas se escaparon, para dar paso a un largo abrazo. -¡Mi querido Severus! Ha pasado tanto tiempo, ¡perdóname!, por no haber ido yo misma en tu búsqueda. Pero ya estás a salvo-. Él sintió un nudo en la garganta que le duró apenas un instante, tenía que hablar.

-Narcisa, sólo puedo agradecerles a ti y a Bellatrix, la compasión que han tenido al rescatarme…

-No es necesario Severus, tú sabes lo importante que eres para la familia, es injusto lo que has aguantado. Pero siéntate, debes estar cansado.

-¿Pero así?- se refería a su aspecto desaliñado, a pesar de su nueva ropa.

-Por supuesto, no hay problema. ¿Quieres té?- él asintió- Iré por él.

-Manda a la servidumbre- terció Bella, que ya se encontraba acomodada en un sillón lleno de cojines, pero Narcisa la ignoró. Enojada Bella vio con desaprobación cómo Snape tomaba asiento y continuó:

-Ya sabía que Cissy se pondría así al verte, pero espero que al menos seas conciente de que a mí no me agrada tu presencia, por infortunio te necesitamos. Ya te pondré al corriente de las normas que deberás acatar. Espero que muestres un mínimo de humildad y absoluta lealtad por cada sacrificio que se ha hecho por ti-. Se levantó, lanzó una mirada casi inhumana. -Buenas noches- y se retiró.

Narcisa volvió a la salita con una charola de porcelana, acompañada de pequeñas tazas, una tetera a juego y algunos bocadillos que no se cansó de poner en el platito de Snape, él no pudo despreciarla. Platicaron.

-Es una alegría tenerte aquí

-Gracias, es una residencia hermosa, aunque no me parece muy al estilo de Lucius.

-Sí lo sé, pero eso no importa, porque Lucius nunca regresó a mi lado-. Se llevó una mano al rostro.

-Lo siento, pero yo pensé que te buscaría. Era lo obvió.

-Bueno no lo hizo, tendrá sus motivos. Yo estoy bien, sabes tengo un romance, es un hombre tierno, amable, vivimos cómodamente y Draco lo aprueba. Se llama Nial Mayfair.

-¿Hablas en serio?- preguntó con incredulidad y a la vez curiosidad.

-¿Lo conoces?

-Un poco- soltó una sonrisa- es burlesco, porque al igual que Lucius se rindió ante los encantos de…-se detuvo, le costó trabajo pronunciar el nombre de la difunta- Charlotte.

-Ya es tarde, es mejor que te lleve a tu habitación-. Sabían que ese tema no era conveniente continuarlo.

Subieron a la segunda planta, doblaron a la derecha y entraron en la segunda puerta. Después de Azkaban, él se hubiera conformado con cualquier espacio para dormir, pero Narcisa no deseaba hacerlo pasar malas noches.

-Me tomé la molestia de pedir que te prepararan la ducha, te irá de maravilla. En el armario hay ropa, bata. En el baño hay loción, jabón…puedes afeitarte, por la mañana nos encargaremos de tu cabello. Si necesitas algo, no dudes en pedirlo. Debes comer para recuperar tu peso…hay tanto por hacer, pero ahora descansa. Severus, le dio un beso en la mejilla- no sé que hubiera hecho si te pasaba algo. Hasta mañana.

-Tú también descansa.

Snape no sabía por dónde empezar, le habían privado de cualquier cantidad de atenciones estando en prisión, que en ese instante, en su nueva recámara se sintió inútil. Intentó organizarse. Primero se quitó la ropa y se sumergió en la amplia tina. Cada centímetro de su piel fue liberado de la tensión, un agradable placer invadió sus sentidos. Meditó sobre su futuro sin llegar a ninguna conclusión. Las duras palabras de Bellatrix le parecieron tan ciertas, que decidió aceptar cualquier designio que le pidieran. Salió del agua antes de quedarse dormido.

Eliminó la barba y el bigote, con sumo cuidado para no dañar su piel. Pero la persona que se reflejaba en el rostro, no era él por completo, tantos cambios había experimentado su cuerpo. Buscó en el armario el atuendo para dormir. Cogió un libro del escritorio del cual sólo leyó la introducción, porque el cansancio y la comodidad de la cama lo sumieron en un delicado sueño.

CAPÍTULO 44

El reloj marcaba mediodía cuando despertó, una sonrisa de satisfacción recorrió su rostro, todo era real, no existían rejas que lo pudieran detener, corrió las cortinas, la luz iluminó la habitación mientras sus ojos exploraban desde la ventana los regados sembradíos, las tonalidades de verde y dorado se confundían como un rompecabezas, el cielo azul le daba la bienvenida a su nuevo inquilino, el canto de los pajarillos le acompañó como complemento de su desayuno. Al terminar se arregló lo mejor que le permitió el guardarropa, inmediatamente bajo, pues escuchó que las hermanas reñían. Se percató que la causa de la discusión era él, pero no supo el por qué, ya que al verlo, ambas callaron, Narcisa se apresuro a cambiar el tema, le dio un beso de buenos días, a pesar de que era la una y media de la tarde.

-Severus, mira que bien luces sin esa barba. Pronto serás el hombre que conocemos- expresó nerviosa.

-Escuché que gritaban, ¿todo en orden?

-¡Por supuesto!, ¡NO!- ambas hablaron al mismo tiempo dando su punto de vista.

-¡Bella!, no hables, por favor. No seas imprudente.

-No hermanita, las reglas del juego se ponen al comienzo. Pues mira Snape, entérate de que está casa, no es hotel, y tú no eres un invitado de honor, no mereces consideraciones especiales. ¡Razónalo! Y comienza asumiendo el papel que te corresponde…de lo contrario puedo enviarte de regreso a Azkaban.

-¡No lo harás!- intervino Narcisa, protegiéndolo.

-¿Quieres apostar? No te voy a pedir permiso.

-Narcisa- habló Snape con voz baja- agradezco tu gentileza, pero no es necesario que me defiendas ante tu hermana. Estoy conciente de mi deuda, la cual pagaré como es debido. Así que no te preocupes Bellatrix, tienes razón, aunque creí que me comprenderías, ya que tu misma admitiste odiar la prisión.

-Eso no te justifica. Entre tú y yo hay notables diferencias. Yo doy las órdenes y tú obedeces. Disfruta tu mágico día, a partir de mañana inicias tus deberes-. Se retiró retadora y despiadada.

-Trata de entenderla, mi hermana no es mala, ha sufrido. Nadie tiene idea, pero un gran dolor la invadió desde que enviudó. No es la misma.

-Nadie es el mismo cuando muere un ser amado, yo sé de eso.

-No nos pongamos melancólicos. Piensa que entre tanta tristeza hay esperanza y alegría, mírate, ¡eres libre! Bien siéntate para que pueda cortar tu cabello, a menos que lo quieras mantener así.

-No, por favor córtalo hasta los hombros- ella accedió, y con gran habilidad se encargó de devolverle su aspecto de siempre, a la par que platicaban.

-¿Cómo recuperaré mi magia?

-Con el tiempo, no te desesperes. Eres un mago poderoso, te conseguiremos otra varita. Hay un cuarto que he adecuado para que lo uses como estancia de pociones, te lo enseñaré en cuanto terminemos, sólo un poco más.

-¿Tú sabes lo que hizo Bellatrix para sacarme de Azkaban?

-Creo saberlo, pero no hay manera de asegurarlo. Ella decidirá si me lo confiesa o no.

-¿Qué fue de los demás mortífagos, después de la muerte de Dumbledore?

-De eso sé poco. Se separaron, pero están a salvo regados por el mundo, seguramente en la búsqueda de más aliados. Sin duda pronto volverán para enfrentarse a la Orden del Fénix y a Potter.

-Comprendo, y en qué parte entro yo.

-Bella es la del plan, pero es obvio que volverán al lado de los mortífagos. Se asombraran al verte.

-Cualquiera lo haría.

-Es lo que sé, de lo demás mi hermana se encargará, principalmente de Lucius- pronunció con odio.- A él le espera la peor parte. ¡Has quedado perfecto!- cambió abruptamente el tono de su voz, recuperando su natural dulzura. -Ve a tomar una ducha, después comeremos e iremos de compras.

Snape se sentía complacido, se preguntó si Narcisa trataría de igual forma a Draco y aseguró para sí mismo que Lucius había sido tremendamente estúpido al abandonar a esa gran mujer, por supuesto que Charlotte no fue ningún desperdicio, pero era tan distinta, ambiciosa, caprichosa, retadora, provocadora, impulsiva y hermosa, aunque él había sido privilegiado al descubrir detrás de ese antifaz, de aquél corazón, por el cual corría la sangre más fría que jamás conoció, a una bondadosa chica preocupada por los alumnos, desesperada por huir de su pasado, la comprensiva amante que lo rodeaba con su brazos y lo envolvía en un mar de caricias cuando lo necesitó. No podía olvidarla, aunque lo ansiara, siempre terminaba por mirar su brillante brazalete de diamante negro. Lo maldecía, de igual manera que se maldecía por haberlo adquirido.

Al reunirse con Narcisa disfrutaron una grata comida casera, posteriormente fue conducido al cuarto que ella le había anunciado, cubierto por persianas, era la habitación más oscura de toda la mansión, líquidos viscosos de colores en decenas de frascos, polvos, hojas secas, calderos nuevos, libros. Bien podría ser ocupado como salón de clases. No pudo esconder su admiración.

-Es impresionante, hay de todo.

-Sí, pero se lo debo a Nial, fue idea suya.

-No es el imbécil que creí. Por cierto, no lo he visto, quisiera aclarar algunos asuntos con él.

-Eso será imposible, ya que se encuentra en la ciudad de Carlow, paseando con Draco, ya sabes tienen que conocerse. Ahora iremos a "Mistique" es un antiguo mercado de magia, utilizaremos traslador-. En está ocasión el aparato era un reloj de arena situado en el corredor principal. Fueron transportados, rápidamente descendieron en una enorme chimenea de mármol, Snape ayudó a la mujer a incorporarse.

-Es aquí, no es muy convencional un mercado dentro de un castillo, pero así te evitas el mal clima. Era un sitio enorme, abarrotado de brujas que corrían tras sus niños, magos de largas barbas de varios colores, con exóticos sombreros y capas a tono que arrastraban por el suelo gris. En cada habitación encontraban algo distinto. Él trataba de esconderse lo mejor que podía.

-No te preocupes, aquí nadie te conoce, además están tan ocupados en sus asuntos que apenas ponen atención en los rostros. Ven, en la Torre Este encontraremos una preciada varita-. Subieron por una escalera de caracol y entraron al aislado local, polvoso, pero acomodado.

-Me han dicho que con sólo mirarte, el Sr. Lerth, sabe cual es tu varita ideal, nunca se equivoca.

-Así es- reconoció una voz ronca y apareció un hombre alto, maduro, blanco de rasgos delicados, de penetrantes ojos grises, de porte elegante y bien vestido. -Permítanme un momento- se alejó, sin causar ruido. Regresó con una caja rectangular que dio a Snape, impaciente él la abrió mientras escuchaba la explicación.

-Treinta y un centímetros, ébano proveniente de América del Sur, una franja plateada forjada en tierras orientales, en su interior se encuentra un pelo de unicornio negro, (si lo sé es extraño) bañado en sangre de dragón. Se darán cuenta de que es una pieza única, no digna de cualquiera, pero usted, sin duda debe ser su poseedor.

-Es preciosa, pero no puedo pagar algo así.

-Eso no es impedimento, Severus yo me encargo- anunció Narcisa-. Y no quiero reproches- advirtió al percibir que Snape iba a decir algo.

Agradecieron al hombre y continuaron su recorrido. Compraron una levita como las que vestía en el colegio, hierbas mágicas, un par de libros y regresaron a la mansión por la red flu.

A pesar de que la noche se asomaba con total esplendor, él se encerró en el cuarto de pociones para leer y practicar. Deseaba recuperar su poder, lo antes posible.